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Saturday, February 16, 2019

Reflexiones y escolios


A propósito de Los últimos días de Batista. Contra-historia de la revolución castrista, de Jacobo Machover. Madrid, Editorial Verbum, 2018.

La fijeza reveladora

Por Alejandro González Acosta

Más que una “contra historia”, este nuevo aporte de Jacobo Machover resulta una “vera historia”, con el sentido original que tiene esta frase en los anales americanos, desde el contrapunteo fundador entre las Cartas de Relación del capitán Hernán Cortés (testimonio directo inicial), la del cronista oficial –que nunca viajó a América- Francisco López de Gómara y La conquista de México, y la del soldado Bernal Díaz del Castillo y su Verdadera historia de la conquista de la Nueva España. En este caso, sería parte de esa necesaria y siempre muy ocultada versión cubana de “la visión de los vencidos”, vituperados y acallados por una historiografía falsaria pero bien establecida.

Aunque tampoco debe olvidarse que los vencidos de hoy pueden ser, y generalmente resultan al final, los vencedores del mañana. A pesar de sus resultados, nadie puede negar la admirable perseverancia, la heroica resistencia que ante la ceguera interesada y el silencio cómplice de casi todo el mundo, que los luchadores por la democracia en Cuba han demostrado y siguen demostrando, con una fijeza ejemplar contra todos los vientos y mareas adversas. La disyuntiva es terminante: verdad contra mentira; memoria contra olvido.

Machover es hoy uno de los más acreditados, persistentes y documentados especialistas en el estudio histórico de la tragedia cubana. Ha sostenido con una admirable fijeza esa pasión de un historiador comprometido seriamente con la verdad, desde sus primeros estudios hasta el presente. No es, pues, un improvisado, ni un glosador complaciente.

Una de las grandes virtudes de esta nueva propuesta historiográfica, es la capacidad que demuestra para motivar en el lector sus propias reflexiones, comparar sucesos semejantes, recordar hechos olvidados o poco tratados, y elaborar algunas lecciones como balance del panorama ofrecido. En estos aspectos considero que se encuentra lo mejor del libro.

Por otra parte, Machover demuestra ser un perspicaz pesquisidor y analista de los sucesos históricos, así como de sus resultados más trascendentes. Es un historiador riguroso que no teme enfrentar las opiniones fabricadas, ya establecidas por una academia inescrupulosa y manipulada por intereses muy diversos y poco honorables. Confirma siempre esta heroica capacidad expuesta, pues pertenece por su formación cultural, y hasta diría que genéticamente, a la más antigua escuela hermenéutica clásica: la de los filólogos hebreos adiestrados puntual y devotamente en la exégesis de los textos sagrados, la Torah fundamentalmente, sumando innumerables generaciones, las cuales sostienen y acreditan esta aplicada tarea durante miles de años como en ninguna otra cultura. Machover es, en síntesis, nuestro Flavio Josefo insular. Así como hoy algunos tratan de borrar la terrible Shoah, Machover procura y lucha para que no se ignore ese otro holocausto cubano, que cuenta con miles de muertos y millones de desterrados, olvidados, agredidos e ignorados por la complaciente complicidad de sus negadores y detractores.

Para empezar, Machover propone un muy audaz paralelo entre la Cuba de 1959 con la Francia de 1945 y la España de 1936, que ofrece interesantes puntos en común para la construcción de la historia de los hechos recientes. Si Rusia tuvo a sus publicistas entusiastas (John Reed, el primer George Orwell, Bertrand Russell, André Gide), también Cuba se benefició de la enigmática atracción de algunos intelectuales hacia esos fenómenos llamados de “luchas populares”. Machover se consagra al estudio del origen de lo que llama los “60 años de la entrada de Cuba en la historia universal” contemporánea. Hasta ese momento, la isla casi sólo era conocida por su capital, La Habana, y uno de sus productos que prolongaban y difundían su nombre por el planeta: los habanos.

Algo quizá anecdótico pero que considero revelador, es que, con la admirable perseverancia de un imán, el autor insiste en emplear su nombre en la forma hispana de Jacobo, que lo vincula con Santiago de Compostela, y rehúsa adoptar un Jacques afrancesado y desarraigado, por muy inmerso e identificado que hoy esté con la cultura francesa donde ha pasado su largo exilio. Pero se siente y se muestra sobre todo como un historiador plenamente cubano.

Fueron contados quienes vieron, como advierte Machover, detrás de tanta euforia triunfal con la llegada a la capital de “los barbudos”, que se avecinaba una dilatada tragedia sobre el incauto y alborozado país. Pocas veces antes un sueño pasó tan velozmente de la utopía a la distopía, del sueño a la pesadilla. La “luna de miel” con una prometida liberación duró tan poco, como el clásico merengue a la puerta del colegio.

Fidel Castro y sus cómplices más directos (muchos de ellos después asesinados y sacrificados en altar personal del ego del líder supremo e incuestionable), fabricaron con gran éxito y sin resistencia apenas su ficción del “monstruo” derrocado. Una generación de fotógrafos, diseñadores y gacetilleros (formados curiosamente en las más acreditadas y exitosas agencias publicitarias del mundo, entonces inspiradas por la Escuela de Chicago), trabajó con empeño y gran éxito para crear un “Frankenstein” útil a sus propósitos y muy efectivo. Al demonizar todo lo anterior, empezando por el líder depuesto, se justificaba todo lo que vendría después.

Si Batista siempre aparecía en público y en privado atildado y pulcramente vestido, sin excesos ni lujos, con una corrección republicana, Castro y sus constructores de imagen (Celia Sánchez la primera), prefirieron que en esa etapa se mostrase hirsuto y rural, provinciano y “auténtico”: la estampa cabal del “revolucionario” despreocupado por su aspecto y sin vanidosas ataduras materiales. Si Batista vestía de riguroso dril blanco, Castro lo haría de verde oliva insurgente; si Batista fumaba –escasamente- cigarrillos, Castro se exhibiría por todas partes con su humeante puro, un símbolo fálico purificador, como sahumerio ofrecido a los dioses de la venganza, pues su poder totalitario sería aplicado en el servicio de una “causa superior”, de redención y castigo.

Alguien que supo ver bastante temprano el engaño y lo caricaturizó con precisión implacable, fue un judío neoyorquino, Woody Allen, quien esmirriado en su holgado y patético uniforme, con unas barbas postizas, ralas y descuidadas, personificó fársicamente al nuevo dictador en su Bananas (1971). Él hizo con Castro algo semejante a lo que Chaplin en su momento ejecutó con Hitler en El gran dictador. Quizá ahí se popularizó el término de “repúblicas bananeras”, aunque fue desde la ya olvidada novela Mamita Yunai (1941), del comunista costarricense Carlos Luis Fallas, cuando se utilizó la frase primeramente.

Lejos de implantar, según la retórica leninista, un “estado de nuevo tipo”, Castro logró imponer, a sangre y fuego (y hasta con aplausos) “una dictadura de nuevo tipo”, que ha resultado ser, hasta ahora, por sus resultados y permanencia, la más perfecta y perdurable del mundo occidental. Sólo la aventaja en el universo oriental la de Corea del Norte. Si ésta es el ridículo “reino de los Kim”, lo que se muestra en la isla es la grotesca “monarquía de los Castro”, dos nuevos apellidos para el Almanach de Gotha político. Y ambas coinciden en proclamarse como “auténticas democracias”, dando así muestra de la relatividad caprichosa de este concepto, tan desvirtuado en nuestros tiempos. Con la necesaria exclusión de todos los demás países del orbe entero, ellos sí son demócratas, pero el resto no, y por supuesto deben aprender de su ejemplo. Han logrado vender con gran éxito tanto para el consumo interno como el externo, con un persistente y hábil marketing ideológico, la servidumbre como liberación, el yugo como ala, lo negro como blanco y la oscuridad como luz. Sin embargo, el ejemplo norcoreano nunca ha disfrutado la aceptación externa que sí ha tenido y todavía tiene para muchos el modelo cubano, así que sus publicistas han sido mucho más hábiles y efectivos, empezando por su principal histrión y coreógrafo, el carismático Fidel Castro. Y en ese proceso que no ha perdonado flora ni fauna, vivos y muertos, clima y suelo, costa y montaña, selva o prado, la Historia ha resultado también travestida y perversamente desfigurada, de tal suerte que hoy puede hablarse de “dos historias de Cuba”, la oficial y la del resto, completamente discrepantes y contradictorias.

Uno de los eslabones más resistentes de esta cadena de falsedades, y de los más antiguos, es la caracterización de Batista como “el malo de la película”, “el enemigo perfecto”, “el más odiado”, “el villano más atroz”, “el modelo de la perversión” y el “monstruo por excelencia”; en realidad, esta construcción comenzó desde antes que Castro monopolizara el poder, y sus inescrupulosos creadores no fueron por siempre sus más fieles y eternos colaboradores incondicionales. Ciertamente, la raíz de estos males se afincó desde mucho antes y por diversos personajes, quienes, envidiosos o insatisfechos de sus apetitos, vendidos o cómplices ingenuos, fueron levantando el pedestal de la horca sin percatarse que ellos también penderían algún día de ella. El maniqueísmo bipolar aplicado ha sido tan útil para Castro, como lo fue, si vamos al real origen de la práctica, para los maestros del sistema, Joseph Goebbels y Willi Münzenberg, esos dos grandes seductores de multitudes e intelectuales útiles.

El abuso castrista contra los niños no empezó con la “Operación Pedro Pan”,  los adoctrinados pioneros, o la Masacre del Remolcador 13 de Marzo: aunque su propia familia fue protegida expresamente por Batista, mientras Castro estuvo en una cómoda cárcel condenado por sedición y aún durante su insurrección, los hijos de su contrincante desplazado fueron perseguidos y vituperados por él y sus seguidores dóciles y complacientes, rabiosos y adocenados, cuando fueron agredidos al llegar dos días antes de la caída del gobierno cubano a Nueva York, según recupera el conmovedor testimonio de Roberto “Bobby” Batista, que integra Machover en su libro.

Al llegar al destierro, los hijos de Batista fueron víctimas totalmente inocentes, como recuerda Machover, del “primer acto de repudio revolucionario”, esos “minutos de odio orwellianos”, inocultables abuelos de los actuales escraches podemitas hispanos. En las primeras horas del 30 de diciembre de 1958, cuando llegaron a Estados Unidos, ya los esperaban las sedientas hordas castrófilas en el aeropuerto, para agredirlos, regocijadas con su inminente victoria, que celebraban eufóricamente.

Tal parece que Fidel Castro, en su obcecado redentorismo purificatorio e incendiario, nunca entendió y menos aún aceptó, que pudiera haber alguien que no quisiera participar en su empresa utópica. No podía concebir que nadie se le negara para ser parte de sus huestes que construirían el futuro sólo por él concebido. Partir o negarse no podía asumirlo sino como traición, a él y, en su persona, a la misma Patria encarnada (que para él eran lo mismo). Es revelador que con el tiempo dejó de referirse a “Cuba”, para reducirse sólo a un concepto prefabricado por él a su imagen y semejanza, la sempiterna “Revolución”, su revolución, la de él y nadie más.

Asombrosamente, para los republicanos Eisenhower y Nixon, Batista era un “socialista” y un “dictador”, y hasta había sido aliado (coyuntural) de los comunistas cubanos. Y, en cambio, Castro era -en el principio- un “liberal idealista” (luego al menos Nixon rectificó, pero ya era tarde), un “Robin Hood del Caribe”. De ahí el mortal embargo de armas y el irresponsable abandono de Batista por el gobierno de Estados Unidos en marzo de 1958, lo cual fue mucho más demoledor y decisivo que cualquier otro golpe militar de los insurrectos contra la república cubana. Ya fue muy tarde cuando Eisenhower revisó su juicio sobre Fidel Castro, y su desplante de no recibirlo, sólo aumentó la popularidad de éste, al quedar como víctima del victorioso militar estadunidense: así comenzó el mito del David caribeño enfrentado al Goliat americano, que se ha implantado tan hondamente en el inconsciente colectivo mundial.

Una de las figuras más tenebrosas y retorcidas, y que ha sido absuelta cegata e irresponsablemente por la historia elaborada a partir de los turiferarios, es la de Ramón Grau San Martín, el peor traidor a la causa cubana de todos los tiempos; vaselinoso, ambiguo y hasta feminoide, dos veces faltó a su palabra empeñada y empujó al país hacia el desastre final, atendiendo sólo a su resentimiento y frustración. Su inopinado desistimiento para competir en las elecciones de 1954 y 1958, apenas unos pocos días antes de los comicios, fue un boicot irresponsable contra el único mecanismo entonces posible para encontrar una solución pacífica a la guerra civil. Ese contubernio fue generosamente premiado, al permitírsele acabar sus días sin ser molestado en su opulenta residencia de la Quinta Avenida en Miramar, a la que se refería modestamente como “La Chocita”.

Castro aprendió muy bien de los errores de Batista: por eso él no los repetiría. Jamás le tembló la mano para reprimir sin piedad, ni compasión (vocablo que reveladoramente nunca aparece en su léxico personal, aunque forma parte del Himno del 26 de Julio), ni menospreció al más ínfimo de sus adversarios: los aplastó a todos, lo mismo familiares, que amigos y compañeros de infancia.

Desde la famosa entrevista con Herbert Matthews para acá, Castro fue el campeón de la propaganda, pero aún antes, con la fantochada de la Campana de la Demajagua, su desempeño en el Colegio de Dolores, en El Bogotazo, y en el mismo Asalto al Cuartel Moncada, fue siempre un hábil manipulador. Todos estos fueron “golpes de efecto” aplicados desde muy temprano para la exaltación de su ego hipertrofiado, construyendo precozmente un futuro perfil heroico. Esa personalidad patológica marcó el devenir de su país, de tal suerte que su historial clínico sería tan útil para los historiadores como su biografía política e ideológica, y hasta podrían intercambiarse, según ya apuntó alguien.

Nadie que pudiera competir con él prevaleció en el entorno de Castro. Como el frondoso baobab, ninguno pudo crecer bajo su sombra: el mismo José Antonio Echeverría era tan protagónico como Fidel Castro, y de haber sobrevivido a sus aventuras terroristas, el choque futuro entre ambos era inevitable, pero una vez más el destino favoreció a Castro: la Parca apartó a Manzanita del camino para no estorbar el vertiginoso ascenso al poder del biranense.

Lector asiduo de Primo de Rivera y Mussolini, pero en especial de Maquiavelo, para quien “el fin justifica los medios”, Castro introdujo en la lucha política elementos antes desconocidos, como el secuestro de aviones y personas, que después crearían una calamitosa secuela: valga recordar que el corredor de autos Juan Manuel Fangio no fue el único secuestrado (23 de Febrero de 1958) por las células terroristas del Movimiento 26 de Julio: el mismo año, un comediante, también argentino, el popular Pepe Biondi, fue raptado en las cercanías del Edificio Focsa, cuando Castro dictó la proclama “ni una fiesta ni una risa”, para impedir la celebración del 4 de Septiembre batistiano. Bombas es cines y cabarés, se convirtieron en sucesos de siniestra cotidianidad dentro la pelea sin cuartel desatada por Castro.

La historiografía oficial da por sentado el triunfo del candidato Roberto Agramonte por el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) en las Elecciones Generales de junio de 1952, interrumpidas por el Golpe de Estado del 10 de Marzo realizado por Batista, pero actualmente esta afirmación resulta muy cuestionable. Se afirma, sin sustento sólido, que Batista dio el golpe de estado porque sabía que perdería en las elecciones unos días después”. Esa es hoy una aseveración gratuita y sesgada, pero que ha gozado de fortuna historiográfica por ser incansablemente repetida.

La industria de la publicidad en Cuba, iniciada tempranamente desde 1907 con la Liga Cubana de Publicidad fundada por Walter Stanton, y que para los años veinte contaba con dos compañías establecidas como la Havana Advertising y la Tropical Advertising, ya para el 8 de marzo de 1935 agrupó a los profesionales en la Asociación de Anunciantes de Cuba  y existían formaciones gremiales como la Asociación de Agencias de Anuncios (AAA),  y la Asociación Nacional de Profesionistas Publicitarios (ANPP), y ya en 1945 se estableció la Escuela Profesional de Publicidad, pero esta intensa actividad estaba referida a la publicidad comercial, pero no existía un auténtico marketing político, y lo que se hacía en las campañas electorales eran las formas más precarias y elementales de la propaganda política casera, con carteles, anuncios, volantes, bisutería diversa y pegajosas canciones (las congas, para las cuales no desdeñaban colaborar hasta músicos de renombre como el jingle de Carlos Prío obsequiado por Osvaldo Farrés), pero no existía en Cuba –como tampoco en Estados Unidos aún- un estudio científico del mercado y las preferencias políticas, y todo se fiaba al “olfato” y a la “intuición” de los actores contendientes.

En 1952, 1954 y 1958 tampoco había verdaderas encuestas de opinión y de intención de voto, con métodos profesionales como aspiran a ser las actuales, elaboradas por casas especializadas y de prestigio, y con amplias muestras estadísticamente representativas. Los análisis demoscópicos estaban aún en pañales para esa época, y los “estimados” existentes eran sólo “a ojo de buen cubero”, o las parcializadas y muy sesgadas “encuestas”, elaboradas y publicadas por la claramente tendenciosa y muy antibatistiana revista Bohemia, en manos de su polémico y ambiguo director-propietario Miguel Ángel Quevedo, de triste memoria, quien terminó abjurando de sus pasados errores y suicidándose, aunque tratando de lavar el grave daño que había ocasionado a Cuba con su decisivo apoyo a Castro. Quevedo, intentó después descargar parte de su responsabilidad al acusar de deslealtad a su mano derecha, el “dipsómano” (así lo llamó) Enrique de la Osa, autor de la célebre mentira de “los 20 mil muertos de Batista”, que todavía sigue apareciendo en las páginas oficiales castristas. Esta colosal mentira se ha asumido como verdad indiscutible, confirmando aquella frase de Goebbels que cuanto más grande es el infundio, más fácilmente será aceptado.

Sin embargo, nadie ha reparado en un hecho sobre esto: en estos 60 años de dictadura y propaganda activa, el régimen cubano nunca ha publicado un libro donde aparezcan esos “20 mil mártires”, aunque ha tenido a su completa disposición investigadores, empleados, archivos, testimonios, partes médicos e informes de nosocomios suficientes para documentar su acusación, y tampoco ha editado un libro donde aparezcan todos “sus” mártires, pues quedarían atrapados flagrantemente en su mentira. Contando con todos los medios a su alcance, el régimen cubano ha sido incapaz de ejecutar lo que el exilio sí ha realizado, sin apoyos ni recursos, con el formidable Archivo Cuba, registro serio y puntual, profesionalmente documentado, contrastado y actualizado, de todas las víctimas del castrismo, fundado en Washington en 2001 como una iniciativa del Free Society Project, Inc. por Armando M. Lago (1939-2008) y María C. Pino Cañizares (1934-2008), entre otros, y continuado en la actualidad por una Junta Directiva presidida por María C. Werlau. Allí aparecen, con nombres y apellidos y con al menos dos de sus fuentes, 7,173 muertos y desaparecidos imputados a Fidel Castro hasta su muerte el 25 de noviembre de 2016, según cita Werlau en su artículo “Castro superó a Pinochet” (El País, 4 de diciembre de 2016).

 Otros publicistas muy populares como José Pardo Llada, Luis Conte Agüero y Luis Ortega Sierra, también incurrieron en esa actitud de ingenua complicidad en el mejor de los casos, aunque –como reveló el propio Batista- aceptaban de buen grado sus “donativos”, y alguno hubo que hasta le reclamó que ese dinero obsequiado “no le alcanzaba para un viaje a España con su mujer”. Sin embargo, “jalaron soga para su pescuezo”: después de sus servicios con el micrófono en favor de Castro, este se lo arrebató para quedárselo él solo. Creo revelador el hecho que tanto Pardo Llada como Ortega Sierra, después de un largo exilio, fueron tan inescrupulosos de visitar a Cuba y ser amistosamente recibidos por el propio Fidel Castro. A la larga, amarga lección de la historia, sólo fue el repudiado Otto Meruelo quien único dijo la verdad desde el principio, aunque fue calificado –y condenado- como calumniador y pluma vendida del régimen batistiano, y sufrió 18 años de dura prisión (la condena fue de 30), antes de poder salir al exilio. Raúl Castro lo consideró su “preso personal”, pues nunca le perdonó que lo llamara “la china de los ojos tristes”.

En este nuevo libro de Machover se reúne una mejor y más completa relación de sucesos, su relación y jerarquización, así como el impacto que tuvo cada uno en los acontecimientos posteriores. Resulta así más expositivo y didáctico que otros estudios similares, y sin dudas es un material sólido y compacto de extraordinaria utilidad para esparcir nuevas luces cobre un momento especialmente oscuro y manipulado de la historia cubana, los últimos días del gobierno de Batista, y la irrupción de un nuevo régimen que venía cargado de promesas pero que pronto decepcionó a la mayoría.

Concentrar toda la problemática cubana de la época exclusivamente en la figura simbólica de Batista, allanó la marcha arrolladora de Castro hacia el poder absoluto. Pocos o casi nadie advirtió que, al combatir ferozmente a un dictador circunstancial y fluctuante, estaban construyendo acelerada e irresponsablemente el pedestal de otro mucho peor, ese si un dictador orgánico, pleno e integral, quien fue vendido –y comprado- como el justiciero que vendría para arrasar a sangre y fuego la putrefacta Babilonia republicana. Como el popular Chacumbele, ellos mismos se mataron y de paso sacrificaron a los demás: con sus ambiciones mezquinas y actuaciones miopes, aquellos mque pudieron evitarlo, asesinaron, sepultaron y apisonaron a la juvenil República.

Batista intentó varias veces entablar una negociación a través del diálogo y el compromiso político, pero nadie quiso escucharlo, y otros fingieron hacerlo y luego lo traicionaron –apuñalando a Cuba, de paso- cerrando todas las puertas y tirando las llaves para una transición y solución pactada. La respuesta a sus gestiones, ya francamente absoluta, fue: “Todo o nada”. Castro haría uso de esa fórmula al servicio de su interés personal: se quedaría con todo y nadie más recibiría nada.

Todavía para muchos que revisan los sucesos de esta época resulta inconcebible que casi nadie se haya percatado realmente de lo que sobrevendría, y pensaron con asombrosa ingenuidad que siempre podrían manipular al ambicioso caudillo oriental. Como resultado de tanta ignorancia e imprudencia, todo el poder quedaría concentrado en una sola persona, quien sería el árbitro supremo y dueño absoluto de la plantación recién conquistada. Más que credulidad ingenua, cabe suponer que fue una soberbia ignorante y egoísta la que ocasionó todo esto: la obsesión por “tumbar al Indio” como fuera cegó a todos.

Quizá el estrábico Jean Paul Sartre en su parcializada y falsa visión de Fulgencio Batista Zaldívar sintió la influencia de quien fue su cercano chevalier servant y cicerone durante sus visitas a Cuba (del 20 de febrero al 15 de marzo y del 21 al 28 de octubre de 1960); era su segunda vez en la isla pues la primera fue en 1949, mas ahora venía, junto con su pareja Simone de Beauvoir, como invitado oficial de Carlos Franqui, quien lo contactó en París, pero sospecho que el impulso superior de este viaje partió del propio Ernesto Guevara (único del círculo de hierro, del famoso “gobierno en la sombra”, que ya conspiraba para instaurar un sistema comunista) que leía del francés, pues dudo que Franqui tuviera autorización suficiente para semejante iniciativa. Por otra parte, Sartre se había declarado antisoviético poco antes cuando la invasión a Hungría, y eso marcaba una cierta distancia muy grata para el argentino, que andaba por el mismo rumbo (aunque apenas unos días antes, el 4 de febrero, Anastas Mikoyan había visitado Cuba, por gestión iniciada por Guevara antes en Egipto), lo cual no frenaba su comunismo visceral reflejado en una de sus frases más famosas: “Un anticomunista es un perro”. Ahora, para atenderlo a él y a Simone estaba su traductor cubano Juan Arcocha, y era también escoltado por el joven Lisandro Otero, hijo de quien con igual nombre (Lisandro Otero Masdeu, 1893-1957), fuera Presidente de los periodistas cubanos bajo Batista, y uno de los más agraciados con las atenciones y reconocimientos del General. Era un clásico “niño bien” del Vedado Tenis Club y del Havana Yacht Club.

Sartre desató su imaginación existencialista en esa visita con su reportaje Huracán en el azúcar (publicado como artículos sucesivos en France-Soir del 28 de junio al 15 de julio de 1960, y el mismo año recogida en una edición cubana). Y Otero, continuó tras su huella, y perpetró Cuba: ZDA (Zona de Desarrollo Agrícola), 1960, siguiendo la receta del ambiguo intelectual parisino, quien persistía en querer considerar a Cuba como un típico país del peor Tercer Mundo, víctima del monocultivo, atrasado y dependiente. A Otero, criollo blanco, refinado y elegante, con relumbrantes y magnéticos ojos verdes, es en gran parte presumible atribuir los juicios peyorativos y los infundios gigantescos (como aquel tigre alimentado con los revolucionarios), de Sartre contra Batista.

Racial y culturalmente, Otero era mucho más afín con Castro (blanco, hijo de español y exalumno de los colegios de Dolores y Belén), que con Batista (mestizo de origen paupérrimo y autodidacta), a pesar de la cercana relación de su padre con el General, quien llegó a imponerle la Orden Carlos Manuel de Céspedes, la más alta y honrosa del país. Ambos, además, compartían la condición de muchachos sostenidos económicamente durante mucho tiempo por sus laboriosos padres.

Algún día habrá que reconocer y estudiar a profundidad el factor racista subyacente en la llamada “revolución”, pues gran parte de la oposición a Batista lo criticó y se burló de su condición de no blanco puro, y además el apoyo mayoritario de negros y mulatos de extracción popular hacia su gobierno. Basta ver la nómina de los opositores –civiles y guerrilleros- para apreciar la enorme proporción de cubanos blancos de clase media y alta, y muy contados negros, como refleja el mejor barómetro de esa meritocracia totalitaria que es el Comité Central del PCC original, con la presencia –más bien simbólica- de contadísimos miembros de la raza negra.

El papel cómplice de Jean Paul Sartre también es un tema muy interesante de esta obra. Sartre fue uno de los primeros vendedores (merolicos les dicen) de la tesis del subdesarrollo cubano republicano como justificatorio de la “revolución” castrista, y en esas filas se integrarían rápida e inopinadamente otros como Antonio Núñez Jiménez, el inefable “Toñito Cuevita”, otro de sus solícitos anfitriones, al frente entonces del truculento INRA, organismo expresamente creado para monopolizar la agricultura cubana y demoler lo construido por el Banco de Fomento Agrícola e Industrial (1950) creado por Prío y afirmado por Batista. Sartre ignoró entre muchas otras cosas, que Batista había fundado instituciones fundamentales para el progreso económico del país, como la Financiera Nacional de Cuba (1953), el Banco Cubano del Comercio Exterior (BANCEX), y el Banco de Desarrollo Económico y Social (BANDES), ambos en 1954. Todas estas entidades proyectaban la diversificación productiva y la distribución más equitativa de la riqueza nacional, creando oportunidades crediticias para sectores más amplios.

Sartre venía a Cuba en misión de campaña, como la expresión corpórea del “intelectual comprometido”, es decir, del pensador que acepta adoptar un catecismo prestablecido, y con una ideología que le sirve de anteojera y mordaza a la vez: venía a ver sólo lo que quería ver. Revestido de entrada como reportero parcializado, se forró con el atuendo eurocentrista de un antropólogo en función de propagandista, un espíritu moralmente superior, representante del Iluminismo de Izquierda, portador de la verdad única y de la antorcha reivindicatoria y redentorista, un taumaturgo iluminado, como un nuevo redescubridor después de Colón y Humboldt; sin haber dedicado antes ni siquiera un leve intento de esfuerzo intelectual para documentarse sobre la realidad latinoamericana, y especialmente cubana; vino a “dictar cátedra” como Magister, con un puñado de conocimientos sujetos con alfileres muy superficiales, formando un delgado barniz, como la avanzada filosófica del existencialismo de izquierda, de inspiración marxista, con un tenebroso y oscuro pasado personal durante la ocupación nazi de Francia, y una hoja de servicios patrióticos falsa e inflada, y como el adversario ya frontal del pensamiento liberal y democrático representado por los mucho más coherentes Raymond Aron y Albert Camus. Asumió con deleite su misión de intelectual orgánico y comprometido, pero duró poco su himeneo con el castrismo, pues, aunque se plegó totalmente al deseo del dictador, aún resultó insuficiente su pleitesía: fue apartado y desechado una vez cumplió con su utilidad como “compañero de viaje” o “ingenuo aprovechable”. Pero al llegar a Cuba Sartre era el candidato perfecto: predispuesto a favor de la “revolución”, adecuadamente prejuiciado sobre el período anterior, y con una clara conciencia de hacer valer una consigna ideológica.

Si para algo sirve el estudio de la historia- nos recuerda Machover- es para tratar al menos que los errores no se repitan tan milimétricamente como suele suceder. La obnubilación momentánea es explicable y hasta justificable, pero cuando la miopía o ceguera voluntaria se convierte en crónica e irreversible, ya resulta muy preocupante. Esto podría hacernos pensar que las sociedades más preparadas y conocedoras de su historia serían también más resistentes a estos errores, pero no suele ser así, pues los acontecimientos actuales confirman lamentablemente la perseverancia para cometer dislates en países con cualquier nivel de desarrollo.

La misma prensa camelada, el propio sector académico norteamericano deslumbrado que vio con calurosa y franca simpatía a Fidel Castro y repudió en masa a Fulgencio Batista, es semejante a los que hoy están entusiasmados candorosamente por los “cambios”, ni siquiera epidérmicos ni cosméticos, de su hermano heredero de la satrapía, Raúl, y de su fantoche interpósito Miguel Díaz Canel. La posición de éste es la misma de un diligente mayordomo o mayoral, quien acude presuroso para satisfacer las indicaciones de su hacendado y representarlo en los puntos a los que el otro ni se digna visitar.

La extraordinaria, preocupante y ya perversa perseverancia en el error, parece demostrar el lugar asignado por ese sector académico de “las buenas conciencias y el “pensamiento políticamente correcto”, en su distribución de papeles en la escenografía mundial, para Cuba y el resto de la América Latina: el laboratorio de las más peregrinas ideas nocivas, las cuales condenan, no a un siglo, sino a mil años de soledad, orfandad democrática y hegemonía caudillista.

Sartre es agradecido con su generoso anfitrión, y produce aceleradamente invectivas y falsedades: cambia epítetos por mojitos, insultos por daiquirís, escupidas por habanos. Mordaz como siempre, Cabrera Infante lo retrató como “el Bizco, mirando con un ojo el Ser y con el otro la Nada”. Y fue igualmente de las primeras víctimas –terminales- de esa aguda disentería ideológica que también el novelista definió como “la castroenteritis aguda”.

No estuvo solo en la defenestración de sus decepcionados anfitriones: pronto se le juntó otro izquierdista ingenuo, K. S. Karol, quien creyendo prestar un gran servicio a la causa castrista, publicó Los guerrilleros en el poder y sólo recibió la acusación del propio Castro de ser un “agente de la CIA”, como era usual en él con sus imputaciones sin pruebas. Tanto uno como otro fueron de los primeros agentes y luego sujetos fusileros del “asesinato de la reputación”; rápidamente, la triste historia de su relación con Castro, les demostró lo fácil que se intercambian los papeles en el paredón de la moral revolucionaria: hoy podías estar frente al muro y al rato siguiente recostado a él, enfrentando los fusiles.

Machover reseña con grandes pero reveladores trazos lo que fue La Habana en los años inmediatos anteriores al desastre progresivo de 1959. La capital cubana era como la Ciudad Maravilla, la Ciudad Esmeralda del Mago de Oz, el París de las Américas -así se le conocía- con tiendas como El Encanto y su Salón Francés, y las exclusivas de Christian Dior, Flogar, Fin de siglo y La Época... Una urbe repleta de vida y de esperanza, movida por una fiesta perpetua y con sueños de grandeza…

El hedonismo pagano fue abatido por la austeridad: una rencorosa Esparta santiaguera siempre desplazada de la historia, sometió finalmente a una Atenas habanera, hedonista y despreocupada. Aquella asombrosa Acrópolis batistiana, la Plaza Cívica, no sólo era un modelo latinoamericano excepcional en el momento (Brasilia aún ni se proyectaba, pues comenzaría apenas en 1956), sino la propuesta inicial para una reurbanización de la capital y luego de todo el país. La prenda codiciada se convirtió en el primer hurto castrista, al auto adjudicársela implícitamente y rebautizarla como Plaza de la Revolución, que era como decir, la Plaza particular de Fidel Castro. Paradójicamente, sin proponérselo, Batista fue, también, el escenógrafo de Castro, pues plantó el decorado para sus perfomances posteriores.

Como en tantos otros desastres, la arquitectura castrista ha sido un fracaso total, constructiva, estética y urbanistamente considerada. Un gobierno unipersonal, totalitario y absoluto, como el de Castro, desaprovechó lo único que podía justificarlo, arquitectónicamente: no debía respetar, consultar ni negociar un replanteamiento del paisaje; podía hacer y deshacer a su antojo sin nada ni nadie que lo enfrentara, como sucede en los estados de derecho democráticos; y sí hizo y deshizo, pero mal, muy mal, carente de un criterio estético –y tampoco social- para perjudicar el perfil de las ciudades cubanas con sus bodrios que, al menos, por fortuna, han sido minúsculamente escasos, lo cual es su única virtud: una ambiciosa y vanguardista Escuela de Arte, más inconclusa que la sinfonía de Schubert; un banco faraónico devenido en disfuncional hospital, que tardó en construirse más que las pirámides de Gizeh, y un restaurante leninista cuyo nombre es sinónimo del país y del efecto sobre las billeteras de sus presuntamente proletarios consumidores: Las Ruinas. El escaso resto son los galpones de los Médicos de la Familia y las koljosianas Escuelas en el Campo, ya en franca extinción por inanición.

Nuevo Catón El Viejo, desde el fondo de su alma puritana Castro se propuso destruir hasta sus mismas bases esa Nueva Babilonia, esa Sin City luminosa, que se burló cruelmente de él tantas veces, por palurdo y desaseado, y donde recibió el más desacralizador de sus títulos, otorgado enfática y unánimemente por sus mismos compañeros de universidad: Bolae’Churre. “Delenda est Habana”, musita cada noche antes de dormirse, pistola a la cintura y con las botas puestas que no se quita ni para dormir, según testimonios creíbles, desde la lujosa suite 2324  del piso del Hotel Habana Hilton, recién inaugurado por sus laboriosos financieros, los afiliados del Sindicato de Trabajadores Gastronómicos de la República de Cuba, sus verdaderos dueños, y no Mr. Conrad Hilton, propietario sólo de la franquicia.

Sin buscarlo ni quererlo inicialmente, Cabrera Infante resulta al final el entusiasta trovador melancólico de La Habana de Batista (a quien combatió y criticó acerbamente, pecado juvenil que después pagará con creces junto con otros más), no la de Castro, quien será su implacable Ángel aniquilador. El novelista, como aquel Boabdil que suspiró desde el Sillón del Moro en la Alpujarra granadina, al volverse para mirar por última vez la ciudad de la Alhambra, pudo quejarse también: “Ay de mi Habana”. A él le tocó el papel de entonar el triste canto del cisne y, luego, retorcerle el cuello.

La muy sui generis “dictadura” de Batista es lo menos parecido a lo que en el medio latinoamericano se entiende como una dictadura clásica, de rompe y rasga y de tiempo completo, sin medida ni tasa. La Habana se mostraba como la ventana vanguardista de lo que en poco tiempo más podía ser el resto del país, un escenario de creciente y sólida prosperidad, garantizada por el cuerpo de leyes y decretos, y la creación o fortalecimiento de instituciones, cuyo funcionamiento no podría haber sido ni medianamente exitoso sin contar con virtudes políticas propicias como son una estabilidad material y seguridad jurídica. Las débiles democracias latinoamericanas de casi todo el siglo XX, no fueron en gran parte, ni son todavía, modelos de ninguna de ambas virtudes.

Un formidable espejismo para incautos revolucionarios encegueció a Cuba, o casi toda. El tóxico sortilegio y la hipnosis colectiva del nuevo encantador de serpientes, se cernió sobre todos, incluso los más despiertos, o quienes solían serlo, como Jorge Mañach o José Lezama Lima; ellos creyeron ver en el advenimiento de un salvador, una necesaria purificación redentora sustentada por un peregrino misticismo tropical, de la mano de un nuevo mayoral mesiánico y vindicador. El Ángel de la Jiribilla acudió presuroso, sonrojado, pudibundo e ingenuo, a denunciar al inquietante Bustrófedon por exhibicionismo pornográfico y atentado a la moral pública.

El primero de enero de 1959, con Castro planeando sobre el país, fue la Hora Cero de la desgracia nacional. Pretenderá entonces que la Historia comienza y termina con él, mucho antes de Fukuyama. Querrá dejarlo todo a su paso “sic tabula rasa” y sólo en eso tendrá éxito, el único triunfo palpable de su trayectoria nefasta. Así como el agua del bautismo borra todos los pecados, su revolución será la inundación purificadora, la nueva eucaristía no del pan (cada día más escaso), sino del fuego (cada momento más intenso), y suprime todas las memorias molestas: sólo sobrevivirán los recuerdos útiles para la causa, y si estos no existen, se fabricarán diligente y disciplinalmente por los nuevos escribanos aplicados, y si ya estaban, pero no resultan adecuados, se deformarán convenientemente: porque la “revolución” es dueña no sólo del futuro y del presente, sino del pasado.

El boicot de los partidos políticos contra las propuestas de negociación y acuerdo presentadas por Batista y su equipo (responsabilidad absoluta y puntual de sus líderes individuales), impidió cualquier solución civilista al conflicto creado y atizado por ellos mimos. No advirtieron en su ceguera, su vanidad, su orgullo o su mezquino egoísmo estúpido, que, de esa forma, al deslegitimar todo, se estaban también autodesligitimando y desautorizando ellos mismos. Cavaron su propia tumba, y con ella, la de la incierta y frágil república, facilitando el trabajo final del sepulturero de las instituciones que acechaba no muy lejos, Quinto Jinete del Apocalipsis, ya con la pala en la mano para entonar el requiescat in pace liberticida, definitivo y total.

La legitimidad de las elecciones de 1954 y 1958 fue dinamitada concienzuda y suicidamente por la oposición, no por Batista. Cada medida propuesta por éste para negociar el conflicto y solucionarlo, fue rápidamente ripostada con otra contrapuesta negativa y descalificadora, cerrando todas las vías de alivio patriótico del problema, y engordando el caudal de la gran inundación que vendría después, cubriendo al país. Batista sacrificó su prestigio democrático (ganado a pulso en 1940), por la efectividad política necesaria para el progreso y bienestar del país (que atropelladamente lastimaría en 1952 con el Golpe de Marzo). Buen jugador, Batista sopesó las probabilidades y colocó su apuesta: pero perdió. Sus oponentes cerraron el juego. La fortuna le fue adversa y los intereses organizados contra él y su proyecto, fueron demasiados y lo superaron ampliamente. Levantó una ola que después no pudo aplacar a pesar de todas sus concesiones. Si el juego hubiera durado más, y con otros jugadores menos peseteros, quizá habría ganado y con él, Cuba. Hoy ya no se hablaría de Batista, y menos, de Castro.

En virtud de aportes como este de Machover y varios estudiosos más, Fulgencio Batista se aprecia cada día más con todas sus luces y sus sombras, como el más grande estadista cubano del siglo XX por su visión y proyecto, y paradójicamente, también quizá el peor político, por sus resultados.

En esta tragedia, la dramaturgia de Castro se impuso desde el principio, pues fue concebida e interpretada en tono heroico. Para la izquierda mundial, carente entonces de figuras emblemáticas (el “padrecito” Stalin había muerto en olor de maldad en 1953), fue una bendición. Joven, exaltado, con un perfil legendario, oriundo de una isla exótica que nadie ubicaba muy bien y sólo de identificaba por sus habanos, en un continente telúrico donde aunque dentro epistemológicamente dentro del mundo occidental, la prédica y la praxis racionalista nunca se asentaron debidamente ni echaron raíces profundas; de verbosidad incontenible en los tiempos cuando la televisión ya comenzaba a empujar a la radio, a pesar de sus reiterados fracasos y sus excesos peligrosos como con los misiles rusos, y el derrumbe de la patética Zafra de los Diez Millones (su primero de muchos reveces convertidos en pírricas victorias), resultó anormalmente simpático y logró grabar en la psique mundial, con el jubiloso entusiasmo colaborativo de los medios y las academia de elite, su perfil griego, despojado ya de su referente humano: se convirtió en la estatua invencible, en el monumento unipersonal de la revolución mundial y en el valor transcendido de su significado, válido por él mismo: el símbolo de sí mismo. Y por su desesperante supervivencia, en un mito; además, por su longevidad, el último de los mitos del siglo XX, que vio figuras admirables de distintos signos ideológicos, y se prolonga incluso venenosamente en el XXI.

Mañach fue uno de los primeros incautos “compañeros de ruta”, pero fue prontamente desechado; a él le seguirían muchos otros: Carlos Franqui, Guillermo Cabrera Infante, César Leante… y la lista continúa hasta hoy.

La tristemente famosa Revolución cubana, que rebasa cualquier intento de resumirla sucintamente, permanece agazapada pero activa, como arqueológica advertencia, igualmente virulenta para los ingenuos, lo cual nos recuerda con creces este oportuno libro de Machover, que desmonta acontecimientos desconocidos o desvirtuados, los cuales ofrecen nueva luz para tratar de entender mejor nuestra historia y así procurar –es sólo un ingenuo deseo vagamente optimista- no repetirla.

Friday, January 19, 2018

Fulgores de Fulgencio IV: El “malo de la película” (Final)

Por Alejandro González Acosta, Ciudad de México.

Eduardo Lolo ha sintetizado admirablemente el balance de aquella República “de Generales y Doctores”:
… Y aunque todo lo anterior no implica que la Cuba republicana fuera el Paraíso Terrenal, no es menos cierto que resulta difícil de entender y doloroso de reconocer que prácticamente todo lo anterior se haya revertido dramáticamente, en extraña degeneración del mármol en barro. Ello se debió al hecho de que las deficiencias en el orden político arrastradas desde la Colonia, y de alguna forma mantenidas por la Intervención Norteamericana, siguieron en la república un desarrollo semejante a los aspectos positivos señalados. Por un lado, de lo bueno se pasó a lo mejor; por el otro, de lo malo a lo peor. La interrupción periódica del orden constitucional en forma de cuartelazos, asonadas palaciegas, revueltas caudillistas, intentos de perpetuidad en el poder, corrupción administrativa a todos los niveles y otros males resultantes destruyeron la República no obstante todos sus logros. Junto al sueño sublime hecho realidad, se fue agigantando una pesadilla no menos real. Al final vencieron las sombras, que devoraron hambrientas casi todas las luces cultivadas desde la Colonia. (“Mayo es el mes más cruel”).
A través de la Historia, la arquitectura es el testimonio sólido y palpable de la cultura en cualquier país. Ella es el arte que nos permite habitarlo: vivir dentro de él es una forma de utilizarlo y que al mismo tiempo nos utilice. Residir en una casa nos transforma, nos condición y nos hace diferentes. Si Dios hizo al Hombre “a su imagen y semejanza”, los hombres han hecho sus casas a la medida de sus sueños. Y cuando la casa se convierte en país, la transformación es más profunda y perdurable. Podrán borrarse y olvidarse las palabras, pero las obras quedan ahí como testimonios de sus afectos y temores, de quienes las construyeron y las habitaron. Las grandes civilizaciones dejaron su huella histórica en sus monumentos: Egipto se recuerda por sus pirámides, Grecia por sus templos, Roma por sus edificios y caminos… ¿Y la Cuba que tiene un presente continuo desde hace 57 años, por cuáles monumentos se recordará? ¿Qué quedará, tangiblemente, después del “experimento” que inició en enero de 1959? ¿En qué monumentos y restos se aplicarán los arqueólogos del futuro?
En la América Latina generalmente los períodos de prosperidad económica y bienestar material se han acoplado con regímenes autoritarios. Así fue en el México de Porfirio Díaz y la Venezuela de Marcos Pérez Jiménez. Y Cuba no es la excepción: los gobiernos de “orden y progreso” en la isla, como los de Mario García Menocal, Gerardo Machado y Fulgencio Batista, significaron un importante avance material cuyo testimonio palpable aún puede comprobarse en los restos arquitectónicos que se dispersan por toda la isla.

Sin embargo, en Cuba, como en otros países latinoamericanos, ha prevalecido una curiosa pulsión autodestructiva: precisamente cuando han transcurrido estas etapas de prosperidad, se han fermentado y levantado oscuras fuerzas disolutivas que han operado en sentido contrario: los momentos de bienestar fueron sucedidos por etapas convulsivas: la revuelta de La Chambelona para el Mayoral de Chaparra, la Revolución de 1933 para el Asno con Garras, y la Revolución de 1959 para el Hombre de la Grulla.

No le pertenece en exclusiva al pueblo cubano esa asombrosa capacidad de autodestrucción, esa invencible tendencia para perjudicarse en sus mejores intereses, como una dialéctica centrípeta-centrífuga, un movimiento de ying y yang, creador-destructor, en un permanente y extremo movimiento pendular que nos ha llevado comúnmente “del azafrán al lirio” en palabras de un certero poeta, o más popularmente, “de palo pa’rumba”. En otras palabras, lo que le confió El Viejo Gómez a su querida Manana, en términos tan confidenciales como desesperados: “Estos cubanos, o no llegan, o se pasan”. Esa ha sido nuestra maldición. Esa, nuestra sostenida condena de Sísifo.
Tal pareciera, como glosa de lo anterior, que mientras los empresarios y profesionistas cubanos y el pueblo en general hacían su tarea de hacer avanzar, impulsar y progresar al país durante los primeros cincuenta años de la vida republicana, por el otro lado abundantes políticos y militares se dedicaban egoísta y miopemente a sabotear todo lo anterior: una suerte de trayectorias contiguas, no paralelas, sino divergentes, pues mientras una procuraba el ascenso, la otra lo impedía, frenaba, sujetaba, lastraba y precipitaba inevitablemente hacia la caída. Un vuelo de Ícaro interrumpido por la soberbia, combinado por una incesante e irresponsable tarea de Penélope, destejiendo en la noche de la ambición lo que se urdía en el día laborioso. Un empeño estéril de Sísifo, siempre empujando la piedra que casi en la meta se despeñaba, y le devolvía al comienzo en una eterna condena de promesa incumplida y propósito siempre fallido.
Podría decirse que esas contradicciones impulsaron al país hacia su ruina y su crisis actual sostenida y crónica, pero eso no reflejaría la triste realidad de la tragedia: nadie lo empujó, fue el propio país quien no dudó en dar los pasos necesarios para despeñarse, mientras aplaudía irresponsablemente. Pocas veces se ha visto un espectáculo de suicidio colectivo semejante y a esa escala: toda una muchedumbre vociferando “paredón, paredón”, “armas para qué”, “elecciones para qué”, “para lo que sea”, “ordene, comandante”, “esta es tu casa” … ajustándose milimétrica y festivamente el dogal al cuello. Nadie nos lo hizo: fuimos nosotros mismos, los ya nacidos y los aún por nacer. Convencidos de que era “nuestro momento estelar”, en realidad fue el auto-holocausto de un país, amenizado con tambores y maracas de aquel grotesco “socialismo con pachanga”, en una conga interminable y autodestructiva: “La ORI, la ORI, la ORI es la candela; no le digan ORI, díganle candela ...”
Y en esa hoguera, gloriosa, gozosa e irresponsablemente nos metimos de cabeza. Y por eso hoy somos polvo, pero nada enamorado, sino lleno de temores y dolores. Lo que construíamos con las manos, ajena del empeño la cabeza reflexiva, lo destruíamos con los pies. Por eso el personaje emblemático de Cuba debe ser no un prócer epónimo ni un conspicuo benefactor, sino un irresponsable y autodestructivo Chacumbele. Él nos define y nos retrata en su espejo: somos sus reflejos de Narciso. Como el pobre trapecista celoso José Ramón chacón Vélez, también resultamos víctimas del equilibrio. Y esos polvos trajeron estos lodos. Es algo muy triste y cierto: sus hijos ganaron a Cuba… y luego la perdieron. Y así vamos: “lo que trajo el barco”, dice una clásica de hoy, con certera y sincera amargura, Zoé Valdés.

Pero mucho antes, el fundador de los exilios y los dolores cubanos, José María Heredia, lo había esculpido en versos imborrables y premonitorios: “Dulce Cuba, en tu seno se miran / en el grado más alto y profundo / las bellezas del físico mundo / los horrores del mundo moral…” Es un sino terrible. Un destino inevitable quizá. Un pathos sin areté, una catarsis sin ananké. Una terrible parábola. Justicia poética. Inapelable. De ahí que, desesperados los cubanos en su hybris, se entregaran al deux ex machine: la hecatombe como su estado natural. Y por eso, contradictoriamente gozosos, en el fondo nos complace torturarnos, pues hacemos del dolor y la añoranza, de la frustración y la melancolía, una profesión: Heautontimorúmenos, Terencio entre nosotros. Y todavía dicen que los griegos son viejos… Son nuestros contemporáneos más que nosotros mismos. Porque ellos también, frente a los enemigos persas y los envidiosos espartanos, crearon, forjaron y perdieron su democracia: el Areópago eligió mal, como suele suceder. Y al final, Esparta triunfó sobre Atenas. Y hablando de Atenas y los griegos, es inevitable regresar al comentario sobre arquitectura.
La silueta arquitectónica de la Cuba actual -tan cautivante para algunos- sigue siendo, en lo esencial, la expresión palpable de las obras de tres presidentes republicanos: Mario García Menocal, Gerardo Machado Morales y Fulgencio Batista Zaldívar. Y los tres padecieron la tentación de prolongar su mandato, como si además de la ambición personal tuvieran el propósito arquitectónico de fabricar e inaugurar el país. No sólo quisieron construir las instituciones sino edificar sus recintos. Pretendían hacer la historia y cambiar el paisaje. Quisieron diseñar la patria.
Tenían muy cerca el modelo egregio tanto de sus logros como de sus excesos: el mexicano Porfirio Díaz Mori, quien también construyó su patria, pero se excedió en el mando y tuvo el grave problema de envejecer. Y hasta contrataron al mismo paisajista, el célebre Forrestier. El gran error de Díaz, además de envejecer, fue abrigar la entendible vanidad de inaugurar las obras que había construido: salvador de un país deshecho por cuarenta años de anarquía y guerras civiles, quiso coronar su obra con el botellazo consagratorio que diera curso a la nave procelosa de la República de Paz, Orden y Progreso. Por eso, después de haber anunciado su retiro, se decidió por competir una vez más: tres meses después que inaugura el Monumento a la Independencia, estalla la “revolución” liderada por el hijo y nieto de dos de sus más favorecidos devotos, los patriarcas de la familia Madero. Al embarcar en el Ipiranga apenas en mayo de 1911, Díaz envió por un amigo en común un terrible y auspicioso mensaje para Madero: “Dile a Panchito que ahí le encargo el tigre. A ver cómo le va…” “El Tigre” revolucionario devoró a Madero y su vicepresidente Pino Suárez, en menos de dos años. A mí me recuerda la despedida de Batista en el Campamento de Columbia, antes de tomar el avión para República Dominicana… Nos dejó con El Tigre. Pero, antes, todos los cubanos (algunos más, otros menos), le abrieron la puerta de la jaula a la fiera.

Thursday, January 18, 2018

Fulgores de Fulgencio III: El gran desconocido.

Por Alejandro González Acosta, Ciudad de México.
 Mea culpa. Mea maxima culpa…

En un rincón tenebroso de mis recuerdos infantiles están incrustadas algunas imágenes terribles de Fulgencio Batista Zaldívar.
En la mente impresionable de un niño de cinco años, quedaron grabadas las visiones horripilantes de otro niño un poco mayor que yo, quien posaba sonriente junto a unos cráneos humanos.
En la ya amarillenta revista -aunque entonces recién publicada- el pie de la foto aseguraba que el vástago del dictador fugado, tan cruel y sádico como su padre, se entretenía en jugar con los huesos de sus víctimas: era El Hijo de la Bestia, tan monstruoso como su progenitor. Mucho tiempo después supe que ese atroz recuerdo tenía un origen falso: aquel niño, tan inocente como yo, ni siquiera fue el perversamente fotografiado junto a unos restos arqueológicos de unos indígenas taínos que habían muerto 500 años antes. Ni los cráneos eran de víctimas, ni el niño era el niño que decía. Todo era una burda mentira. “Nos casaron con la mentira…” pero esas terribles bodas ocurrieron desde mucho antes y hasta mucho después, hasta hoy, por así decirlo.
En aquellas primeras revistas Bohemia de 1959 recuerdo otras imágenes, cada una más espantosa que la otra: instrumentos de tortura para sacar uñas y ojos, cortar manos y piernas, lastimar, herir, matar… Luego supe que todo era un montaje hábil e inescrupulosamente armado, un Gabinete del doctor Galigari, pero de attrezzo. Como suele ocurrir en los martirologios cristianos de ojos extirpados y testículos cercenados, eran mentiras malvada y fríamente concebidas. Todo este teatro del grotesco se resume en una cifra espeluznante: 20 mil muertos. Cifra terrible… y falsa también, como reconoció antes de suicidarse el autor tácito, y por tanto también cómplice (sonora justicia de las esdrújulas), Miguel Ángel Quevedo, luego expropiado y expulsado director-propietario de Bohemia, manipulado por su hábil acólito Enrique de la Osa: bíblicamente, en su pecado recibió la penitencia. Quizá su mea culpa final le haya ganado el perdón de su crimen contra todos los cubanos. Amén.
Aquel hombre horrible que había huido en la madrugada, siempre era mostrado en su ángulo más canallesco y bestial. Recuerdo en especial una foto tomada en una perspectiva de abajo hacia arriba, donde las ventanas de su nariz aparecían hiperdilatadas, anchas, brutalmente negroides, como un enorme tiburón dispuesto a devorarnos desde la página, o el hocico de un monstruoso lobo que iba a tragarnos a todos. La malignidad de la foto ampliada, reproducía en implacable detalle hasta los vellos nasales del personaje, deformado hasta una amenazadora caricatura de sí mismo. Era demasiado perfecta la sevicia y crueldad del personaje para ser real: ni aún un sangriento Macbeth resultó tan físicamente acorde con su papel.
Fue luego, mucho más tarde, cuando que quien había armado (o consentido) todo ese teatro, se había suicidado, asqueado por lo que hizo y cansado de tanta mentira, la cual al final se volvió contra él, según suele suceder. Fue el aprendiz de mago atrapado en su mismo error: invocó fuerzas que lo superaron y terminaron aplastándolo. Pero no era el único: fueron muchos los cómplices.
Con cruel perseverancia y absoluta falta de escrúpulos, implacablemente nos enseñaron a odiar aquel hombre y a todos sus seguidores y colaboradores, como lo peor del universo, cual un monstruo horrendo, un aborto terrible de la naturaleza, y grabaron en nuestras mentes el epíteto implacable e inapelable: La Bestia.

Como ha dicho certeramente Néstor Díaz de Villegas, la llamada Revolución Cubana ha sido y sigue siendo, ante todo, un exitoso espectáculo muy bien montado, una performance de la crueldad más refinada y efectiva. Constituye un enorme teatro del mundo donde todos, aún a nuestro pesar, hemos sido actores o comparsas, pero el guion y la dirección han venido de otros, un grupito muy eficaz y hábil, donde lo mismo se encuentran editorialistas del New York Times que antiguos espías del KGB soviético, y otros miles que han colaborado entusiasta e irresponsablemente en esta gigantesca representación. Muchos de estos artífices han sucumbido a su misma obra, como Pigmalión o Dr. Frankenstein; por cierto: justicia poética. La “revolución cubana” ha sido un asombroso producto de la mercadotecnia política, elaborada con un dominio ejemplar de la manipulación de multitudes y la manipulación individual, difícilmente repetible. Aunque los artífices y orfebres del engendro han negado insistente y convenencieramente su “excepcionalidad”, y promueven la ilusión de su reproducción (“crear dos, tres, muchos Viet Nams” dijo Ernesto Guevara en la Conferencia Tricontinental), lo cierto es que ninguna de las réplicas ha tenido el éxito de público logrado por la performance cubana hasta hoy.
Esta evocación es mucho más que el recuerdo aislado de un niño cubano: es la memoria compartida de toda una generación y de varias que la siguieron. “Nos casaron con la mentira”, dijo alguien que después resultó el mentiroso mayor y se nombró Amo de la Verdad; claro, su verdad … Y el profeta iluminado agregaba, sin saber -o sabiendo quizá que algún día esa profecía se volvería acusadora contra él- “por eso parece que la tierra se abre cuando conocemos la verdad”. Lo confieso, desde hace mucho, a mí la tierra me tragó. Y no sólo a mí, sino a muchos más. Y continúa con ese insaciable apetito, “esa hambre, mi amor, hereditaria”. Los cubanos padecemos de muchas hambres, pero, sobre todo, del hambre de la verdad.
La Historia en su devenir resulta una concatenación de acontecimientos, donde los personajes van actuando en una compleja y contradictoria coreografía, que muchas veces ni ellos mismos suponen, organizan ni visualizan: los hechos anteriores nos conducen imperceptiblemente a los siguientes, y esto se produce no en una nítida línea recta, sino sinuosa, con saltos y regresiones, tomando a veces rumbos insospechados y atentando contra toda lógica, atravesando contextos complejos y diversos dentro de una compartida universalidad. Es una contradanza diabólica y de círculos perfectos e implacables.

En la medida que con los años me sumerjo por mí mismo, sin anteojeras ni mediadores, en el estudio del pasado, mirando con saludable escepticismo la historia del relato que ya me fue dado, se diluyen mis certidumbres y debo replantear todo lo que aceptaba como cierto, definitivo y claramente establecido. Creo que esto es un síntoma común a muchos de mi generación y las posteriores, y sabemos bien que no es una empresa fácil sino muy dolorosa. Los historiadores complacientes y acomodados (y cómplices), llamarán a esto “revisionismo histórico” y lo condenarán inapelablemente: es ya una antigua costumbre nacional que descalificar sin ponderar ni debatir sea la mejor forma de eludir el diálogo argumentado, documentado y razonado. Colgar una cómoda -e injusta- etiqueta denigrante y descalificatoria siempre es más fácil -y menos comprometedor- que enfrentar una opinión o una reflexión con verdades. Pero sucede que precisamente en este preciso momento, por nuestros formidables bandazos históricos como país, los cubanos necesitamos ahora más que nunca antes, revisitar nuestra historia, y revisar con honestidad y perseverancia todo lo que nos enseñaron como verdadero y establecido.
Todavía mucha de la historiografía cubana de todas las orillas y horizontes acepta que la situación actual de la isla comienza a partir del fatídico 10 de Marzo de 1952. Esta atribuye exclusivamente a Fulgencio Batista, a su egoísmo ambicioso y una ceguera política, la responsabilidad de todo el drama que aún padecemos. Se olvida intencionalmente, de paso, el clamor popular que celebró el incruento “Golpe de Estado” como algo no sólo tolerado y aceptado, sino esperado y también ansiado. No hay duda que la memoria y su contrapartida, el olvido, son selectivos.
Cuando quienes lo descalifican a priori, acríticamente, hayan leído toda la obra de Batista, quizá podrán tener argumentos provocadores que les permitan (si realmente son honestos en su pensamiento) replantearse su visión. Yo ya lo he hecho (en su mayor parte), y he quedado no sólo sorprendido sino también emergido del otro lado de la corriente con un sentimiento de íntima culpabilidad.
Pero es un hecho incontrovertible que Batista, antes de 1952, fue uno de los “hombres de 1933”, los cuales derrocaron a otro “dictador”, Gerardo Machado Morales, quien también reclama una nueva visión y un juicio más equilibrado, si no justo, ante la Historia.

Wednesday, January 17, 2018

Fulgores de Fulgencio: ¿Fue Batista un “populista”? (II)

Alejandro González Acosta, México, UNAM.

¿Fue Batista un “populista”? Definitivamente, no. En todo caso, fue un gobernante popular, que es muy diferente. Los populistas se caracterizan, sobre todo, por prometer irresponsablemente lo que saben (o quizá creen que sí) no pueden cumplir. A pesar de su casi inexistente educación formal, obligado por su humilde origen, e impulsado por un afán de superación personal, Batista supo convocar y reunir a los especialistas más destacados y convocarlos alrededor de un proyecto de gobierno. Su talento natural y despejado, que muchos de sus cercanos detractores reconocen, no sólo posibilitó la formación de un equipo de asesores, a quienes escuchaba, sino la creación de un estilo de gobierno. Durante sus períodos de mando, Batista no sólo ayudó decisivamente para crear las condiciones de un desarrollo sustentable, sino que respetó los principios esenciales que lo posibilitaban y además, y esto no es asunto menor, colocó en los puestos decisivos para alcanzar los logros propuestos, a los mejores y más capacitados hombres para ello, con destacadas personalidades como Emeterio S. Santovenia, a quien le encargó la reestructuración del BANFAIC (Banco de Fomento Agrícola e Industrial de Cuba, creado en 1950), con tal amplitud de criterios que sin distinción de “ideologías” al historiador marxista y antiguo militante comunista (del Partido Comunista Francés) Julio Le Riverend Brussone, luego implacable represor desde la Biblioteca Nacional de Cuba “José Martí”, disfrutó de una de sus direcciones más estratégicas hasta 1959. Y tampoco desdeñó escuchar opiniones de otros comunistas ortodoxos como Juan Marinello, Carlos Rafael Rodríguez y Salvador García Agüero, a quienes agració con los nombramientos de “ministros sin cartera”, los cuales distaban de ser simbólicos y testimoniales, según se ha tratado de menoscabar: sí opinaban y sí decidían en el Consejo de Ministros, como señaló Andrés Domingo Morales del Castillo.
Batista, todo lo contrario de su sucesor, sí reconocía, apreciaba y respetaba el talento de sus colaboradores más escogidos, que eran de los más graneado de la intelectualidad cubana: en su equipo estaban, además de Santovenia, el doctor Joaquín Martínez Sáenz, Presidente del Banco Nacional de Cuba, y el preclaro ingeniero pinareño Amadeo López Castro, al frente de la Comisión de Fomento, quien logró –con su grupo de activos colaboradores- la Ley de Coordinación Azucarera (extraordinario convenio para la protección de los medianos y pequeños productores, de avanzada a nivel continental), que Batista respaldó decididamente desde 1937. Batista estableció también el Banco de Desarrollo Económico y Social (BANDES) en 1955, organismo de breve pero prometedora vida, que se sumó a otras entidades creadas en el batistato para diversificar la economía cubana más allá de la excesiva concentración en la industria azucarera. Quizá este fue uno de los primeros proyectos para reducir el monocultivo y la monoexportación en la isla.
Varios analistas de la política económica impulsada por Batista no dudan en calificarlo como un keynesiano intuitivo, lo cual resulta congruente con su afinidad hacia una socialdemocracia responsable para las condiciones latinoamericanas. El ideario social de Batista proponía un compromiso responsable y solidario del capital con los obreros y campesinos, a través de un cuidadoso entramado regulado por las leyes, como un balance de intereses complementarios, estableciendo en el país la adopción de una función social para la propiedad privada. Fueron estas premisas las que posibilitaron una alianza –estratégica más que táctica- entre Batista y los comunistas cubanos, y que muchos de sus líderes expresaran sinceramente su admiración y reconocimiento, no sólo nacionales, sino también extranjeros, como el poeta Pablo Neruda.
Son los hechos y los documentos los que imponen considerar a Batista no como un sátrapa tropical –según se ha encargado de fijar la historiografía que lo denigra, incluso desde el exilio político- sino como un auténtico luchador por los intereses de la clase trabajadora, que lo aclamó numerosas veces y sostuvo su apoyo hasta el final, en contra de las fuerzas lideradas por la pequeña y mediana burguesía y sostenida por el gran capital, a quienes lógicamente tuvo que afectar en sus intereses. Su discurso en la Conferencia Anfictiónica de Panamá en 1956 lo confirma puntualmente. Quizá esto explique también el malestar que cierto sector del empresariado nacional profesó contra el mandatario, así como las regulaciones que aplicó en el recién fundado Banco Nacional de Cuba y las prioridades establecidas en la Financiera Nacional de Cuba. Al caer Batista, y junto con él, el proyecto modernizador cubano, el régimen castrista implantó en 1960 la inoperante pero dócil Junta Central de Planificación (JUCEPLAN) de tristísima y ruinosa memoria.

Batista creía, como buen keynesiano, en un Estado fuerte pero acotado. El BANDES, complementado por el Tribunal de Cuentas –extraordinario avance contenido ya desde la Constitución de 1940- creaban un sistema de contrapesos contra el poder absoluto del Estado sobre los ciudadanos: era una fuerte autoridad ejecutiva, pero limitada, regulada y balanceada, con una marcada presencia de la consulta a los sectores sociales (sindicatos, empresarios, líderes políticos de oposición…)
El apoyo que Batista brindó para la elaboración ecuménica de la Constitución de 1940 distó de ser algo coyuntural y de conveniencia política: su ideario social y económico se identificaba plenamente con el modelo propuesto por la carta magna cubana. No era asunto de coyunturas, sino de esencias. Su actitud era mucho más estratégica que táctica: apostaba al futuro más que a un presente inmediato. Tenía la idea de una Cuba no aislada ni enquistada, sino inserta en el mundo, como un país que pudiese satisfacer sus necesidades básicas a partir de una agricultura, ganadería y economía entregadas a las necesidades del mercado, donde además se apoyara la exportación de bienes de consumo externo (el tabaco, el ron, los minerales, el azúcar) e interno (el turismo), y buscaba pragmáticamente la prosperidad del país y sus ciudadanos, ajeno a etiquetas ideológicas y alejado de propósitos trascendentales y globalistas. Era, en esos términos, un gobernante, un estadista doméstico, no grandioso, sólo ajustado a una realidad y satisfecho con el progresivo y equitativo bienestar de sus gobernados, con una Cuba reducida sensatamente a sus límites geográficos, sin ningún propósito redentorista, ecuménico, o apocalíptico. Era, sencillamente, un hombre sensato. En ese sentido, un José de San Martín, que prefiere alejarse cuando no lo aceptan. Todo lo contrario del tremendismo de un proyecto majestuoso -y a qué precio- de un Bolívar poseído por la idea de trascendencia, de inmortalizarse en la gloria de todos los tiempos a costa del sufrimiento y el sacrificio de su pueblo: un Fidel Castro, por ejemplo.
Batista y Castro representan pues las antípodas respectivas, como en su época más de un siglo antes lo presentaron Bolívar y San Martín. El decursar de los acontecimientos ha demostrado quién tenía la razón. Hay pues que revisar los saldos históricos y ajustar las mirillas para guiar la brújula en la búsqueda de un camino que finalmente nos ofrezca un horizonte mejor, sobre todo, más realista.  El ajuste de un “liberal hobesbiano”, un “optirealista” (como en la visión estadística de Hans Rosling), y sobre todo el “posibilismo” que ofrece con testaruda persistencia la realidad, esa tumba de los proyectos utópicos.
Hoy América ofrece el paradójico panorama donde el “populismo” es más bien una opción que amarillea entre viejos y maduros, añorantes de otras épocas de sueños siempre frustrados, pero perversamente persistentes. Los más jóvenes piensan con mayor realismo, ajustando sus perspectivas a las posibilidades concretas y las metas que suponen. El populismo ha sido en realidad la enfermedad infantil del izquierdismo, así como este lo fue del comunismo. Todas estas utopías han terminado en pesadillas, pero los pueblos –los electores efectivos- empiezan poco a poco a desperezarse de sus ensueños y asumir una estimulante realidad, aceptando las reglas del mercado y la posibilidad de empoderamiento que brinda el liberalismo económico, regulado por leyes, aplicadas con equidad y sabiduría.
Con su propia legitimidad, Batista sanciona y consagra la legitimidad de la Constitución de 1940 y la afianza y consolida con su acción. Su magnífico ejemplo de no pretender contender de nuevo en 1944 –a pesar de las demandas de sus colaboradores, bien o mal intencionados- fue loable, aunque lo olvidó pronto, quizá movido por otras urgencias.
Es quizá ese el instante –fugaz pero brillante y ejemplar- más luminoso y glorioso del constitucionalismo cubano. Por eso frustra las expectativas existentes sobre los siguientes mandatos, pues tanto Grau como Prío, tuvieron gobiernos fallidos e inmorales. Lo que ganó en prestigio la legalidad cubana entre 1940–1944, lo perdió rápidamente en los ocho años siguientes, con los dos gobiernos “auténticos”, entre 1944-1948-1952. Se explica en ese contexto que el incruento golpe de 1952 fuera no sólo reclamado y demandado, sino aplaudido y apoyado mayoritariamente, con excepción de algunos sectores muy combativos e intransigentes, con intereses muy marcados.
Luego todo esto, obviamente, se suprimió, porque tenía que ser suprimido. El modelo estatal que impone Castro es el de un Estado todopoderoso, sin límites ni cotas, con un propósito superior intangible que justifica todos los excesos: el pretendido bienestar del pueblo… Nunca se ha explicado bien lo que significan en ese modelo ni el “bienestar” ni “el pueblo”, ese ente amorfo. Luego, ese concepto de “bienestar” fue sustituido retóricamente por la “dignidad y soberanía”, burdos disfraces para ocultar el fracaso. Cuando un gobernante habla para “el pueblo” en vez de “los ciudadanos”, algo empieza a descomponerse, pues la estratagema de manipulación es evidente. El “terrible dictador” Batista aceptaba y promovía ese sistema de pesos y contrapesos, que su sucesor, el “magnífico líder benéfico” suprimió, para llevar adelante su proyecto “bienhechor”, plenamente convencido que la bondad de su causa y la legitimidad de su sueño justificaban cualquier exceso, pues, como dijeron los franceses de 1789 y él asumió con entero beneplácito, “la revolución es fuente de derecho”.
Más allá del nombre y sus circunstancias, tan vilipendiado el primero y tan ignoradas y desvirtuadas las segundas, lo más importante, trascendente y rescatable es el saldo final incontrastable, y que por inevitable comparación resulta hoy abrumador. El saldo histórico de Batista y lo que él significó y quienes se agruparon bajo su bandera, es abismalmente superior al de la actualidad: de la cima a la sima, Cuba ha protagonizado como víctima uno de los descalabros mundiales más espectaculares en los últimos 60 años, que, aunque la oficialidad del régimen se empeñe necia y obtusamente en negar, ya ni maquillando sino intentando una cirugía reconstructiva mayor, puede ocultar esa empeñosa y testaruda opositora que es la realidad, su principal enemiga.
Batista no fue (ni quiso serlo) un líder, sino un conductor; un aglutinador propiciador, más que un tirano egocéntrico. Posiblemente eso mismo lo perdió, dadas las características de la Cuba que gobernó y lo arrojó del poder, configurando el peor atentado contra sus propios intereses, el triste suicidio de un país. Porque más que el caudillo de un país, se sentía el arquitecto de una nación. Por supuesto, aunque influido por modelos heroicos como Napoleón Bonaparte y José Martí, Batista carecía de una noción de él mismo como un Mesías; en todo caso, era el “hombre fuerte” que reclamaban las especiales y complejas circunstancias por las que había derivado históricamente la política insular, siempre presa de apetitos, ambiciones y egoísmos inenarrables, que marcaron la trayectoria de su apenas medio siglo de vida republicana, hasta conducirla finalmente al despeñadero irreversible.

Las cifras y las estadísticas pueden acumularse, de ambos lados, de forma casi infinita: pocas veces dos “verdades” han sido tan contrastantes, lo cual indica la certeza de que una de las dos es necesariamente falsa. Pero más allá de los guarismos y fórmulas, hay una piedra de toque para identificar el metal espurio del auténtico: Cuba, país con una antigua historia tradicionalmente de inmigrantes, desde 1959 se ha transformado en uno de emigrantes, sin haber padecido ninguna plaga, epidemia ni desastre natural: su hecatombe ha sido obra de los hombres, o mejor, de UN hombre, quien impuso su omnímoda voluntad a un grupo de cómplices solícitos y atemorizados.
La epidemia que ha asolado el país es una ideología represora que encarcela al individuo y el desastre ha sido el resultado evidente y monstruoso de un país en ruinas físicas y morales. ¿Cómo explicar y menos aún justificar que un país tenga más del 20% de su población fuera de sus límites nacionales y la cifra siga aumentando, y eso a pesar de todas las restricciones tanto del emisor como de los receptores?
¿Qué tipo de país quería Batista? Esencialmente, un país sensatamente reducido a ofrecer una vida de mejoras constantes y progresivas a sus pobladores, alejado humildemente de los grandes escenarios de la Historia. Un país modestamente satisfecho, sin trompetas ni clarines, con la saludable y razonable satisfacción de las necesidades y los sueños de sus ciudadanos: un país a la escala sencilla y cotidiana de sus habitantes. No un país de héroes permanente e infinitamente sacrificados, sino de ciudadanos contentos y esperanzados con sus sueños y proyectos individuales de legítimo mejoramiento. Un país a la medida y en la exacta escala de su estratégica ubicación en el ombligo del mundo, en el cruce de las principales rutas comerciales y turísticas del planeta, adecuado a su esencia de ser lugar de acogida y reposo.
Todo parecía disponer a Cuba para este propósito: su clima, su territorio con amplias bahías y hermosas playas, una vegetación exuberante de permanente verdor, un territorio predominante llano y fértil, con una dilatada temporada de lluvias, temperaturas cálidas pero refrescadas por las brisas marinas, el carácter normalmente cortés y hospitalario de sus activos y diligentes pobladores, con una agradable combinación racial y una cultura rica y en expansión, hacía posible suponer que la Cuba del futuro sería el emporio turístico del planeta. Mientras la “visión” cubana de Castro era “heroica” –sin contar con la voluntad de sus ciudadanos, a quienes él, quisieran o no, guiaría por el sendero de la Gloria para construir su propio pedestal- la concepción de Batista fue, ramplona y sensatamente, doméstica. Un hombre que amaba entrañablemente a su familia no podía condenar a su familia mayor, la nación, a un destino que la comprometía, todo lo contrario de Castro, que por la inexistencia de un sentido familiar –su misma vida lo demuestra, si no bastaran los testimonios de sus propios hijos y hermanos- no le importaba en lo más mínimo los destinos individuales de los ciudadanos, atento sólo a su engrandecimiento: Ad maioren gloriam mea. Pro domo sua.
Castro infundió la noción judeo-cristiana del odio a la riqueza, de la repulsión a la comodidad y la prosperidad: de la Atenas que podía y debía ser Cuba, se empeñó por obra de su monstruosa personalidad egoísta y megalomaníaca en transformarla en la caribeña Esparta contemporánea. Sustituyó la pluma por la espada, el automóvil por el cañón, la paz por la batalla permanente, y en primer lugar, contra sus propios ciudadanos, en esta inacabable guerra incivil de casi 60 años que hoy continúa.
De esta suerte, en la Cuba de los años de la década de 1950 se reprodujo el enfrentamiento de las dos formas de entender a la américa Hispana que pulsearon 120 años antes: la visión del autoritario Simón Bolívar, con una concepción individualista del poder guiado por una causa superior bajo su absoluto control, y la de un José de San Martín sensato, consciente de la diversidad que pretendió unificar, aceptando la diversidad y la coexistencia de fuerzas disímiles, pero complementarias. Una vez más, como en su momento original, la causa más sensata perdió ante la otra, más ejecutiva y grandiosa, pero con un costo mayor de sacrificios y fracasos.
Un Gran Sastre Mayor e inapelable despojó a los cubanos de sus trajes de Dril 100 y los obligó a vestir uniformes de milicianos, los finos zapatos bostonianos fueron sustituidos por incómodas botas de campaña, el jipijapa por la gorra de campaña, los festivos carnavales por desfiles militares, las carrozas por tanques y la Historia por un acto de incesante y eterno sacrificio. La Cuba que soñaron Batista y su equipo, como representación y condensación de sus factores integrantes y su papel en el presente del continente y de su futuro, fue demolida cuidadosa e implacablemente por la Cuba concitada por Castro y su camarilla: una negaba a la otra y por tanto, sólo podía sobrevivir una de ellas; por el momento, la última, pero la primera continúa pertinazmente prendida en el inconsciente colectivo de la Nación: a ella ha de volver, inevitablemente, en un acto de contrición y expiación de escala formidable y ejemplar.
En una de sus más reveladoras declaraciones, Batista no se concebía como un “policía” ni tampoco un “conductor”: la íntima y modesta comprensión de su papel era la de un “arquitecto de la Nación”, un unificador de voluntades, un forjador de destinos, quien conjunta los esfuerzos de distintos constructores para levantar un edificio, y esa vocación se concretó en numerosas obras que señalan su huella imborrable en el desarrollo de la nación cubana.
Cuando termine de desplomarse por su propio peso el engendro absurdo de la pesadilla castrista, quizá sólo sobrevivirán como pertinaces testimonios tétricos de proyectos anteriores, entre las ruinas humeantes, los últimos restos de lo que fue el pasado representado por Batista y los otros grandes constructores de Cuba: Gerardo Machado y Mario García Menocal. Muy poco, casi nada, por fortuna, sobrevivirá de la arquitectura “revolucionaria”, quizá sólo en un restaurante con nombre de rara y efectiva elocuencia: en el Parque Lenin (en cuyos árboles se ocultó Reinaldo Arenas, perseguido por la policía política, nuevo Tarzán cubano, famélico y acosado), “Las Ruinas”.
Los testimonios que mejor representarán este período serán, en difícil concierto polifónico, los libros del propio Arenas y de Zoé Valdés, Guillermo Cabrera Infante, Abilio Estévez, Leonardo Padura, Pedro Juan Gutiérrez, Eliseo Alberto y Antonio José Ponte, como los autores más destacados, entre muchos más. Cada uno de los desmesurados “proyectos” castristas, tendrá su epitafio literario: desde las monstruosas UMAP’s (Un ciervo herido, de Félix Luis Viera) hasta el atropello sistemático de las mujeres cubanas (Habana-Babilonia, de Amir Valle). Con estos proscritos, habrá que escribir la verdadera historia de la literatura y cultura cubana del futuro.
Ícaros a su pesar, los cubanos, juguetes prescindibles de una monstruosa voluntad, finalmente se han precipitado al mar, con las alas quemadas por acercarse demasiado al “sol revolucionario”, ese que, según frustrada profecía de un poeta inmolado por sus propios camaradas, sería como “la gran aspirina” universal, pero que terminó partiéndole el corazón en una oscura e ignota selva centroamericana.
Tristemente, en el cubano actual de la isla predomina la asombrosa bipolaridad de una egoísta apatía temerosa, con un exaltado –exagerado- disfrute momentáneo sin futuro: la desoladora y deprimente imagen reciente de un grupo de vecinos en medio de la calle y ante un edificio con peligro evidente de derrumbe, jugando dominó en medio de una inundación de aguas negras, es el símbolo de esta época. “Sobrevivir” como sea y que los problemas que nos afectan a todos los solucionen los demás. Curiosa combinación de la tortuga escondiéndose en su caparazón, o el avestruz metiendo la cabeza en la arena para enfrentar la tormenta que le pasa por encima y lo aplasta.  “El cubano, avestruz del trópico” (1938) dijo en temprana y clarividente fecha Enrique Gay-Calbó. El “desmesurado delirio de grandeza” condujo inevitablemente a la ruina y el derrumbe: patético hybris tropical que nos trajo esta némesis interminable.
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