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Sunday, February 25, 2018

Hardman Hall o de cómo se inventa una guerra

Por Enrique Del Risco

Uno de los sitios que con más frecuencia usaron los exiliados cubanos en Nueva York para sus actos patrióticos fue el Hardman Hall situado en los números 138-140 de la Quinta Avenida. El Hardman Hall un salón creado por una famosa fábrica de pianos para exhibir sus productos y promoverlos a través de conciertos tal y como ocurría con otros locales usados por el exilio cubano como el Chickering Hall y el Steinway Hall. Allí Martí habló “en no menos de doce ocasiones entre 1889 y 1893” según el investigador Enrique López Mesa. La mayoría de estos eventos se daban en ocasión de fechas patrióticas como la del 10 de octubre cuya conmemoración tuvo por sede el Hardman Hall en los años 1889, 1890, 1891 y 1892. Pero ninguno de ellos fue más importante para el futuro de la historia cubana que el de 1891. No tanto por el contenido del discurso en sí sino por las circunstancias en que se dio y por la cadena de hechos que de él se derivaron.  
El 10 de octubre de 1891 pudo haber sido una fecha más en el calendario patriótico del exilio cubano de Nueva York. Ese día se celebraba el 23 aniversario del inicio de la primera guerra de independencia cubana sin que el estado de cosas en Cuba o en el exilio presagiase la proximidad de la guerra definitiva por la que año tras año se clamaba por esas fechas. No contando siquiera con la superstición de los números redondos poco se podía esperar. Lo cierto es que ese día sin que nadie lo pudiera constatar se inició el proceso que llevaría a la creación del Partido Revolucionario Cubano, dirigido por Martí y de ahí a la preparación y arranque de la guerra que anualmente se anunciaba como inevitable.
En su libro José Martí: letras y huellas desconocidas el estudioso Carlos Ripoll da una convincente versión de lo que debió suceder aquella noche. Contrariamente a lo que la mayoría de los historiadores da a entender, (aunque sin atreverse a afirmarlo directamente), a inicios de la década de los 90 el exilio cubano no era precisamente un hervidero de entusiasmo ni Martí su líder indiscutible. A principios de 1891 sólo se mantenía activo en Nueva York el club “Los Independientes”, fundado en Brooklyn tres años antes. El propósito de esta organización se reducía a recaudar fondos para cuando pudiera iniciarse una acción militar contra España. Sin embargo, los modestos trabajos de ese grupo separatista lograron atraer la atención del diario The New York Herald. Allí, con el objeto de alarmar a España y forzarla a respaldar acuerdos comerciales que le convenían al Ministro de Estado norteamericano, James G. Blaine, fue publicado un extenso artículo en el que se daba mayor importancia de la que en realidad tenían a las actividades revolucionarias de los cubanos. En la edición dominical del 13 de septiembre salió bajo estos titulares: “Cuba Determined to be Free from Spain; The Cuban Colony in this City Raising Funds and Preparing for Another Revolution” (Ripoll.1976.101). 
“La colonia cubana en esta ciudad —declaraba el artículo— no es grande. No es rica colectivamente ni es tan influyente como las colonias de otras naciones extranjeras pero es más unida que cualquier otra colonia extranjera a excepción, quizás, de la china, y es más fervorosamente patriótica”. 
El artículo daba por hecho el estallido inminente de una nueva guerra por la independencia. Exageraba, entre otras cosas, el número de miembros del club elevándolos a “dos millares de miembros juramentados para empuñar las armas en cuanto empezara otra insurrección en Cuba”.
En principio los representantes españoles en los Estados Unidos no le dieron importancia a tales declaraciones. El embajador español en Washington, al tanto de los movimientos de los emigrados cubanos comentaba a las autoridades de Madrid: “… La maravillosa facultad creativa de los Yankees ha convertido la caja del club en una manigua y ha hecho de cada dollar un filibustero”(103). En cambio, la reacción de la comunidad exiliada fue muy diferente: deseaba creer en los avances de los trabajos conspirativos y en la inminencia de la guerra que conseguiría la independencia para Cuba. Por ello acudió en masa al acto en el Hardman Hall. “Hacía años que no se lograba reunir a tantos cubanos en una fiesta patriótica. Entre los oradores se encontraban Gonzalo de Quesada, Rafael de Castro Palomino y Rafael Serra, presidente la SociedadProtectora de la Instrucción La Liga. El discurso que cerraba la noche estuvo a cargo de Martí.
Artículo sobre el evento en Hardman Hall
La celebración de discursos en Nueva York se había convertido, como habíamos dicho, en una suerte de rutina patriótica del exilio cubano neoyorquino y a Martí en su principal oficiante. Sin embargo Martí se cuidó de convertir esta ocasión recurrente en ejercicio gratuito de retórica y, lejos desmentir los rumores sobre los supuestos preparativos de guerra desde el inicio del discurso dio a entender –oscuramente- que los rumores que lo dicho en el artículo del New York Herald el mes anterior era cierto.

Venimos a caballo como el año pasado, a anunciar que al caballo le ha ido bien; que las jornadas que se andan en la sombra son también jornadas; […] que no es la hora todavía de soltarle el freno a la cabalgadura, pero que la cincha se la hemos puesto ya, y la venda se la hemos quitado ya, y la silla se la vamos a poner […] ¡A caballo venimos este año, lo mismo que el pasado, sólo que esta caballería anda por donde se vence, y por donde no la oye andar el enemigo! [Los subrayados son míos]
En el informe que hizo del discurso un espía al servicio de España hizo notar una “particularidad notable”: “No se insultó a España ni a sus hijos, y se mencionó entre aplausos y vivas el de los españoles liberales y honrados que han perecido por el derecho, la justicia y la libertad de América”.
Como si quisiera reforzar la impresión de que los preparativos para la guerra se hallaban muy avanzados al día siguiente de su discurso Martí dio un paso cargado de dramatismo: presentar la renuncia a sus puestos consulares de las repúblicas de Argentina, Paraguay y Uruguay en la ciudad. Ciertamente sus declaraciones en el discurso eran incompatibles con su condición de representante de un país que tenía relaciones con España pero no es menos cierto que no era la primera vez que Martí pronunciaba discursos de este cariz siendo representante consular. Dicho gesto le daba un peso adicional a su discurso. Si Martí estaba dispuesto a renunciar a un consulado por un discurso ¿qué no estaría dispuesto a hacer por la libertad de Cuba? Al margen de cualquier especulación lo cierto es que tanto el discurso como las renuncias fueron eficaces a la hora de atraer la atención tanto de las autoridades españolas como del exilio cubano. Enrique Trujillo, contemporáneo suyo, comentaba en 1896 que “la determinación del señor Martí le llenó de admiradores y su acción fue comentada favorablemente y repercutida [sic] en Cuba, en la América Latina y hasta en España”. (Ripoll.1976.111)
 El éxito oratorio junto a su renuncia a su condición de cónsul múltiple (retendría el de cónsul uruguayo por un tiempo más) agrandó la figura de Martí ante los ojos del resto de los emigrados del país. Al mes siguiente fue invitado a hablar en Tampa donde tuvo un éxito apoteósico gracias a dos de sus más memorables discursos, pronunciados en noches consecutivas: “Con todos y para el bien de todos” (26 de noviembre) y “Los pinos nuevos” (27 de noviembre). Poco después viajó invitado a Cayo Hueso con resultado similar. A su regreso a Nueva York de su viaje a Cayo Hueso Martí se había convertido en líder indiscutible del exilio en Estados Unidos. Al año siguiente se fundaría el Partido Revolucionario Cubano encargado de organizar la guerra.
No pretendo sugerir aquí que el liderazgo de Martí, la creación del Partido Revolucionario Cubano y la organización de la última guerra de independencia cubana fuera solo el resultado de una de las tantas exageraciones en que incurre la práctica periodística y de su manipulación por parte del cubano. Al insistir en las circunstancias que rodearon estos hechos sólo intento subrayar la contingencia de un proceso histórico al que generalmente se le ha dado una explicación providencial, mítica. El entusiasmo despertado por el fantasioso artículo del The New York Herald se habría disipado en los meses siguientes si Martí no se hubiera estado preparando desde hacía tiempo para aprovechar, inflar y, sobre todo, darle sentido a la primera circunstancia favorable una vez que se presentase.

El Hardman Hall se trasladó años después a otro edificio en el 433 Fifth Avenue pero en el 138 de la Quinta Avenida, queda, tras varias modificaciones el edificio donde se conjuraron las circunstancias para convertir un discurso en el germen de la última guerra de independencia cubana.

138 Fifh Ave., Nueva York, Foto del autor



Saturday, January 13, 2018

Un cementerio del exilio

El ahora conocido como el Caballero Rivero Woodlawn North Park Cemetery and Mausoleum es uno de los cementerios más antiguos de Miami. Fue fundado en 1913 por tres de las figuras más importantes en el desarrollo inicial de Miami ―Thomas O. Wilson, William N. Urmey and Clifton D. Benson― establecida como ciudad menos de veinte años antes, el 28 de julio de 1896. En 1926 un reconocido arquitecto funerario McDonald Lovell fue contratado para diseñar el mausoleo principal del cementerio. La Funeraria Caballero, fundada en la Habana en 1857, que fue reabierta en la calle 8 en los años sesenta luego de que sus dueños se exiliaran desde Cuba, en 1990 se fusionó con Woodlawn Park Cemeteries and Funeral Home. Tres años más tarde, en 1993 la nueva entidad adquirió Rivero Funeral Homes fundada en la Habana en 1946 y que para entonces se había convertido en el mayor negocio funerario de la Florida con lo que asumió su actual nombre: Caballero Rivero Woodlawn North Park Cemetery and Mausoleum. Desde antes de estos cambios ya el cementerio situado en la calle 8 de SW entre las avenidas 32 y 33, corta distancia del concurrido restaurante Versailles acogía restos de cubanos, famosos o no fallecidos, en la ciudad.

Allí reposan los restos de los expresidentes Gerardo Machado y Carlos Prío Socarrás, el de los líderes del exilio Manuel Artime y Jorge Mas Canosa, el del afamado caricaturista Antonio Prohías y del bailarín y estrella del American Ballet Theater Fernando Bujones. El Caballero Rivero Woodlawn North Park Cemetery de la 8 calle con la 32 avenida del suroeste es, en mayor medida que otros, el cementerio del exilio cubano.

Recorrido:
Al entrar al cementerio y tomar la senda de la derecha a unos cincuenta metros de la entrada encontramos el mausoleo de Carlos Prío Socarrás (1903-1977) quien fuera el último presidente de la república elegido en elecciones democráticas (1948-1952) depuesto por el golpe de estado de Fulgencio Batista. 


Unos metros más adelante se encuentra la tumba de Jorge Más Canosa una de las figuras más importantes del exilio en las décadas del 80 y 90 del siglo pasado y fundador de la Fundación Nacional Cubano Americana.



Algo más adelante se encuentra el mausoleo principal del cementerio.



En este se encuentra el nicho que contiene los restos del caricaturista Antonio Prohías (1921-1998)

El de Gerardo Machado Morales (1871-1939)


 Y el del tristemente célebre Esteban Ventura Novo (1913-2001):


Cerca de la salida a mano derecha se encuentra la tumba del bailarín Fernando Bujones (1955-2005):


Muy cerca se encuentra la tumba del coronel Emilio Bacardí Lay (1877-1971), quien acompañara a Maceo en la invasión a Occidente y posteriormente fuera vicepresidente de la compañía de ron Bacardí. No confundir con su padre, el patriota, político y escritor Emilio Bacardí Moreau  (1844–1922) quien se halla enterrado en el cementerio Santa Ifigenia de Santiago de Cuba.






Thursday, June 29, 2017

Reinaldo Arenas: vida, pasión y muerte en dos apartamentos

Foto tomada por Nicolás Abreu en su casa en una cena de Navidad. Juanto a Arenas el escritor Luis de la Paz
Por Enrique Del Risco
Otra tregua fecunda
Cuando Reinaldo Arenas interrumpió los devastadores estragos del sarcoma kaposi atracándose con medicamentos y whiskey el 7 de diciembre de 1990 en su apartamento en el centro de Manhattan no hacía más que dar fin a una escena interrumpida tres años antes. “Yo pensaba morir en el invierno de 1987” son las primeras palabras del prólogo de su autobiografía. Hablaba del invierno en que una crisis de su enfermedad lo obligó a ingresar en un hospital de Nueva York. Al ser dado de alta regresó al apartamento con pocas intenciones de seguir viviendo. Pero de pronto tropieza con una revelación en forma de un matarratas:
Ya en casa, comencé a sacudir el polvo. De pronto sobre la mesa de noche me tropecé con un sobre que contenía un veneno para ratas llamado Troquemichel. Aquello me llenó de coraje, pues obviamente alguien había puesto aquel veneno para que yo me lo tomara. Allí mismo decidí que el suicidio que yo en silencio había planificado tenía que ser aplazado por el momento. No podía darle el gusto al que me había dejado en el cuarto aquel sobre.
Pero se trataba de algo más que de llevarle la contraria a un enemigo anónimo. La meta antes de que la muerte llegara era concluir con los proyectos que habían obsedido su carrera literaria: concluir el ciclo de cinco novelas que llamaba pentagonía y escribir su autobiografía. Según su recuento ese mismo día “como no tenía fuerzas para sentarme en la máquina, comencé a dictar en una grabadora la historia de mi propia vida”.
Al año siguiente, luego de otra recaída y otro ingreso de vuelta a su apartamento de la vez anterior, (también el de su muerte) tiene lugar la escena con la que cierra su dramático prólogo de Antes que anochezca.
“Cuando yo llegué del hospital a mi apartamento, me arrastré hasta una foto que tengo en la pared de Virgilio Piñera, muerto en 1979, y le hablé de este modo: ‘Óyeme lo que te voy a decir, necesito tres años más de vida para terminar mi obra, que es mi venganza contra casi todo el género humano”
Menos de dos años bastaron para arribar a la meta que él mismo se había impuesto.
La ciudad prometida
Al salir de Cuba durante el éxodo del Mariel Arenas había vivido en Miami poco más de tres meses. Fue entonces que en agosto de 1980 recibió una invitación para asistir al Segundo Encuentro de Intelectuales Cubanos Disidentes en la universidad de Columbia. Al parecer la ciudad lo fascinó al punto de trocar una visita breve en el lugar que viviría el resto de su vida. “Y de pronto, yo que había llegado solamente por tres días a Nueva York, me vi con un pequeño apartamento en la calle 43 entre la Octava y la Novena Avenida, a tres cuadras de Times Square, en el centro más populoso del mundo”. El dramaturgo Iván Acosta escribe que cuando Arenas “llegó a Nueva York vivió 21 dias en mi apartamento del Manhattan Plaza. Luego mi mamá, que era amiga del super del edificio 333 West calle 43, le consiguió un apartamento en el 4to piso”. 
Aspecto actual del 333 W 43rd Street
En su autobiografía, ya desencantado de la ciudad, Arenas explica aquella decisión como una mezcla de enamoramiento y autoengaño. “El desterrado es ese tipo de persona que ha perdido a su amante y busca en cada rostro nuevo el rostro querido y, siempre autoengañándose, piensa que lo ha encontrado. Ese rostro pensé hallarlo en Nueva York, cuando llegué aquí en 1980; la ciudad me envolvió. Pensé que había llegado a una Habana en todo su esplendor, con grandes aceras, con fabulosos teatros, con un sistema de transporte que funcionaba a las mil maravillas, con gente de todo tipo, con la mentalidad de un pueblo que vivía en la calle, que hablaba todos los idiomas; no me sentí un extranjero al llegar a Nueva York”.
Al año siguiente de su llegada Arenas seguía insistiendo en las virtudes de la ciudad: “Es una ciudad auténtica. Su autenticidad radica precisamente en el desinterés por esa palabra”. Y en 1983 en Mariel, la revista que había fundado junto a otros compañeros de generación, define la relación con la ciudad en términos de tolerancia: “¿Qué otra ciudad fuera de Nueva York podría tolerarnos, podríamos tolerar?”.
Entrada del 333 W 43rd Street
Seis  años más tarde esa tolerancia mutua pasa de ser ―a través de la inminencia de muerte que le trae la enfermedad que ha exterminado a decenas de amigos y conocidos― de Tierra Prometida a terreno baldío y hostil: “Manhattan es una de las pocas ciudades del mundo donde resulta imposible arraigarse a un recuerdo o tener un pasado. En un sitio donde todo está en constante derrumbe y remodelación ¿qué se puede recordar?”


Dos apartamentos
Aspecto actual del edificio del 328 W 44th Street
Aparte de la estancia de las tres semanas iniciales en el apartamento del dramaturgo Iván Acosta, a Reinaldo Arenas se le conocen sólo dos lugares de residencia en Nueva York: aquel inicial de 333W 43rd Street, cuarto piso, donde vivió entre 1980 y 1983 y el del 328 W 44th Street situado a una cuadra de distancia del anterior “en un sexto piso sin ascensor” según describe el propio Arenas. En esos lugares debió producir la mayor parte de su obra. Desde reescribir libros que le habían sido incautados por la Seguridad del Estado como es el caso de Otra vez el mar hasta producir la mayor parte de sus narraciones. A su estancia en el apartamento de la 43 corresponden la aparición de las novelas Cantando en el pozo (versión revisada de su ópera prima Celestino antes del alba), y Otra vez el mar y la colección de cuentos Termina el desfile. A su estancia en el apartamento de la calle 44 se corresponde con la escritura de las novelas El portero, El asalto, La loma del ángel y El color del verano además de colecciones de poemas, cuentos, artículos y su famosa autobiografía.

En esa autobiografía deja constar, entre tantas cosas, las causas de su salida del apartamento de la calle 43.  “[E]n 1983 el dueño el edificio en que vivía decidió echarnos del apartamento; quería recuperar el edificio y necesitaba tenerlo vacío, para repararlo y alquilarlo por una mensualidad mayor a la que nosotros pagábamos”. El dueño, según Arenas “se las arregló para rompernos el techo de la casa y el agua y la nieve entraban en mi cuarto” de manera que “no me quedó más remedio que cargar mis bártulos y mudarme para el nuevo tugurio”, el apartamento de la 44.
Entre el mar y la buhardilla

“El mar es nuestra selva y nuestra esperanza”. Tal fue el título de la primera conferencia pronunciada por Arenas en los Estados Unidos. El mar, presencia constante en su obra, lo describe allí como algo que “nos hechiza, exalta y conmina”. Se sobreentiende que a la búsqueda de la libertad. Mucho se ha hablado del significado del mar para Arenas. Menos de esos recintos cerrados que le opuso en vida y obra: el “cuarto de criados de mi tía Orfelina”, las múltiples celdas de fray Servando Teresa de Mier, el cuarto del hotel Monserrate, sus apartamentos neoyorquinos. Eran estos reductos la contraparte y punto de partida hacia esa infinitud que podía identificar con el mar o con la creación. Uno de los ejes de su vida que a su vez le servía de baluarte de resistencia frente a la corrupción de las palabras. “El escritor debe preferir la buhardilla al tráfico con las palabras” dijo en aquella misma conferencia en la Florida International University. Allí también afirmó que “en última instancia la verdadera patria del escritor es la hoja en blanco”. En los alrededores de su máquina de escribir, pudo añadir.
Recorte de noviembre de 1981. En la foto Arenas aparece junto al dramaturgo Iván Acosta
Todas las descripciones de su último apartamento en Nueva York coinciden en su aspecto austero, casi monástico, en contraste con alguien con tan poco de monje. Lugar de trabajo y refugio antes que de vida social. El estudioso Enrico Mario Santí cuenta en una entrevista de próxima aparición: 
“Vivía en pleno Hell´s Kitchen, en una época en que Times Square no era la sucursal de Disneylandia que es hoy… Su apartamento era un walkup, en un arduo quinto o sexto piso. Si años después se hablaría de la guarida en La Habana Vieja para el Diego de Fresa y chocolate, te aseguro que mucho antes Reinaldo Arenas ya tenía la suya en el exilio de Manhattan. Nunca, que yo recuerde, coincidí allí con nadie más, salvo con Lázaro Carriles, que según me dijo Reinaldo transitaba esporádicamente. El apartamento era pequeño, no recuerdo muebles ni cuadros; solo libros que, amontonados con papeles y prensa, forzaron a Arenas a alquilar el apartamento de enfrente, que funcionaba como archivo, o almacén”. 
El escritor colombiano Jaime Manrique cuenta de su única visita al apartamento de Arenas, un par de días antes de su suicidio: “Junto a una cadena de sonido anticuada y un televisor recuerdo un cuadro primitivo del campo cubano. Una mesa, dos sillas y un sofá gastado completaban la decoración”.
Ese último Arenas que describe Manrique aparece además de destruido físicamente por la enfermedad, receloso y reclusivo: “Llamé a la puerta. Oí lo que me parecía un torpe accionar de cerraduras y cadenas, lo cual incluso en Times Square parecía excesivo”.
Santí explica coincide en el recelo y da cuenta de su causa: 
“Uno de esos días que quedamos en vernos para comer y fui a recogerlo, toqué y noté que se demoraba mucho. Por fin abrió, y al entrar me di cuenta que la puerta ahora ostentaba varias cerraduras y una de esas enormes trancas de hierro que hacen presión entre puerta y suelo. Con angustia, me contó que habían entrado en el apartamento a robar, pero que extrañamente solo se habían llevado papeles. Había tenido que dejar el almacén de enfrente. Que yo sepa, nunca se aclararon esas circunstancias. Era señal que las cosas estaban cambiando. La guarida ya no era tal”.
Agonía en la guarida

La sensación de indefensión que le provocó tal incidente reforzaría la paranoia que Manrique había notado desde sus primeros encuentros con Arenas tras su llegada a Nueva York y que vio como “una extensión de la paranoia que existe en el mundo de la emigración cubana. En la Cuba de Castro los disidentes tenían que diseñar unos elaborados sistemas de comunicación para evitar que los espiaran. Habían transplantado esas actitudes a este país, como si aquí también se sintieran bajo vigilancia constantemente”.
Pero ni la enfermedad ni esa sensación de vulnerabilidad le impidieron enfrascarse en esa vorágine rabiosa de creación que debieron ser sus últimos años en aquel apartamento. De aquella visita que le hiciera Manrique observó: “Sobre la mesa descansaban montones de manuscritos, miles y miles de hojas y Reinaldo parecía un naufragio en medio de un mar de papeles. Cuando pregunté si eran copias de un manuscrito que hubiera terminado recientemente, me contó que los tres manuscritos que había sobre la mesa eran una novela, un libro de poemas y su autobiografía, Antes que anochezca”
Manrique cuenta como en aquella visita Arenas fantaseó con la posibilidad de morir junto al mar. “Me gustaría irme de aquí antes de que venga el invierno. Mi sueño es ir a Puerto Rico y encontrar un sitio en la playa para morir cerca del mar”. Dos días después de la visita de Manrique el agente literario de Arenas, Thomas Colchie, lo “llamó para decir que Reinaldo se había suicidado la noche anterior, que había tomado pastillas tragándoselas con sorbos de Chivas Regal”. Iván Acosta rememora que la “primer persona que lo vio muerto fue una vecina de él, colombiana, que a veces le colaba café y le hacía sopas de pollo. Ella vio la puerta entrejunta y lo vio tendido sobre el sofá en la sala”.
Vista de la calle 44 desde el edificio donde muriera Arenas

De momento el apartamento donde vivió, creó y murió Reinaldo Arenas ha sobrevivido a la furia de demoliciones y reconstrucciones que parece ser la naturaleza de la ciudad. Ya Arenas hablaba en su desengañado “Adios a Manhattan” de los “viejos y acogedores edificios del West Side” que “son demolidos rápidamente para dar paso a moles deshumanizadas e incosteables para quien no esté en las condiciones de desembolsillar cientos de miles de dólares”. Y dicho proceso en la última década no ha hecho más que intensificarse. De puro milagro el edificio todavía se yergue el 328 W 44th Street, a unos doscientos metros de la frenética Times Square, justo en la cuadra del famoso club de jazz Birdland. Es de temer que el raro milagro de su subsistencia no se prolongue mucho más tiempo. 

Nota: Agradezco el aporte para elaborar este artículo de los mencionados Iván Acosta, Enrico Mario Santí, Jaime Manrique y de Perla Rozencvaig y Miguel Correa.

Friday, April 14, 2017

A school founded by a Cuban novelist in New Jersey in 1865

By Enrique Del Risco
Translated by Margarita Garcia, PhD

In almost all the brief biographical summaries of the most famous Cuban novelist of the XIX Century, Cirilo Villaverde, there is a short line that seems somewhat mysterious. It says: “In 1864, he founded with the collaboration of his wife, a school in Weehawken”. But the mystery comes neither from the act of founding a school, nor from the strange name of the place where it was founded. The mystery is that such a fact appears in the middle of nothing, without antecedents or consequences. The mystery deepens in my case because it was in Weehawken, a New Jersey town located on top of a cliff, across the Hudson River in front of the island of Manhattan, where I spent my first weeks in the United States.

I lived in those days in a house located a few dozen meters from the exact place (if one can be sure of it) in which Alexander Hamilton died in a duel with the then Vicepresident  Aaron Burr. These days, Hamilton has become famous again thanks to a popular Broadway musical, but in Weehawken there is no sign indicating that the novelist who inspired the best known of the Cuban “zarzuelas”, had founded a school there.

The lack of evidence was indeed mysterious. All my efforts to find some trace of it in the municipal archives of Weehawken or in its library had resulted in a perfect nothing. And yet, upon reviewing the correspondence of the wife of the writer, the famous patriot Emilia Casanova, I found a few lines that gave me back – together with the certainty that it was not a mirage – the impulse to continue investigating the traces that such a school could have left. In any case, Emilia Casanova’s lines were hardly more explicit than the biographical notes about her husband. She wrote to a friend on August 17, 1870: “I distinctly remember the night in which he came to visit us, in the company of his brother Juan Francisco, on the other side of the Hudson, in a school that Villaverde had in Weehauken (sic) around the years 1865 and 66”.
Searching in a monstrous database that includes newspapers from the entire American continent, finally unraveled the mystery. Some ads attested to the existence of the school. The oldest one, published by the New York Herald on February 12th, 1865 announced a Polytechnic Institute at Weehawken Heights, New Jersey as “the best school to learn languages”. “The new term commences on the first Monday in February” it says although that year the first Monday was on February 6th, six days before the ad was published.
The New York Herald (New York, New York) • 02-12-1865 • Page 7
In another ad, from the Havana newspaper “El Siglo”, there is a notice of an “English-Spanish Polytechnic School” under the direction of C.P. Villaverde with the “cooperation of American and foreign professors”. It adds that this school is “mounted on the plans of the best schools in Europe, and it offers a scientific and practical instruction that meets the needs of our time”.



The New York Daily Tribune published on February 6th, 1866 another ad announcing, again, that the “new term commences on the first Monday in February”.

It probably did not work very well or receive enough students, because just two months later, the “New York Herald” publishes on the 10th of April, 1866 two ads offering accommodations to a couple as well as to a few gentlemen.
No exact address was given. It must be kept in mind that Weehawken was only a few years old, having been founded on March 15, 1859, and hardly had any buildings in the middle of nowhere.

The only concrete reference to its location is that “it is located in the beautiful estate that belonged to the celebrated Daniel Webster, on the heights of the Weehawken”. Although in none of the consulted biographies of the representative, senator and Secretary of State of three different presidents it is mentioned that he either lived or had properties in Weehawken, several histories of the County of Hudson allude, in passing, to this fact. In one of them, when referring to the entrepreneur John Hillrich Bonn, German émigré and founder of the Hudson County rail system it is said that he and his wife, after moving for a while to neighboring Hoboken, “they returned to Weehawken in 1867 and made that city their permanent home, settling on the spot formerly owned by Daniel Webster, the statesman”.
Elevator and train system built by John Hillric Bonn for El Dorado Amusement Park, Weehawken 

In another history of Weehawken it is further stated that Bonn was “one of the pioneers of North Hudson, who settled in Weehawken in 1857, had a large estate in the heights section (2nd Ward) and lived in a large house at what is now known as #530-Gregory Ave. There is a story told that one time Daniel Webster owned”. 

Partial airview of Weehawken msrkrd with 530 Gregory Ave address.
Once the exact location of the school is established, there still would be a lot to find out: exact dates of foundation and closure, names of “American and foreign” teachers who taught there, the size of the enrollment, the subjects that were taught. Based on the ads found, it can be deduced that it was a language school, focused on a fundamentally Cuban student body, to prepare them to enter the North American higher education, an increasingly frequent destination among young Cubans in those days. Between the decades of 1860 and 1880, up to a quarter of the students at the Rose Hill Campus of St. John’s College (Fordham University) had Spanish last names. The majority came from Cuba.

However, the school did not seem to be able to succeed: the year after its opening it was trying to complement its income with the rental of rooms, and it would close its doors soon after that. It is, however, relevant for Hudson County -- the sixth most densely populated county in the country – with a visible Cuban Presence (28,900 people of Cuban origin in 2013) and 42% of the population of Latino descent, that it had in such an early date this project of bilingual education (possibly the first in the entire state), precursor of other private schools founded by Cubans in the XIX Century.

According to historian Louis A. Pérez: “In 1885 Tomás Estrada Palma founded a college preparatory school, Instituto Estrada Palma [initially as Instituto Cornell in 1883] in Central Valley, New York. Eduardo Pla directed an elementary school in Sussex County, New Jersey. Also in New York, Carlos de la Torre established El Progreso elementary school, Demetrio Castillo Duany opened a business school, Inocencio Casanova organized the Instituto Casanova, and N.A. Carbó and J.R. Parras operated the Academia de Idiomas. In Tampa Cirilo Pouble founded the Academia Pouble". 

The current educational system of Hudson County, New Jersey, with a large majority of Hispanic enrollment, may take this school as a historical background.



Bibliography

Apuntes biográficos de Emilia Casanova de Villaverde. [Escritos por un contemporáneo] Nueva York: 1874.
Harvey, Cornelious B. Genealogical History of the Bergen and Hudson Counties. The New Jersey Genealogical Publishing Company, 114 Fifth Avenue, New York, 1900
Kirk, Edward J. Weehawken History, 1932. 
Nueva York (1613-1945). New York Historical Society
Winfield, Charles. History of the Hudson County. NEW YORK: KENNAUD & HAY STATIONERY M'FG AND PHINTING CO.No. 89 Liberty Street.1874.

Wednesday, March 15, 2017

Tammany Hall

Edificio de Tammany Hall en la calle 14
Por Enrique Del Risco

Tammany Hall, más que la sede de una sociedad afín al Partido Demócrata fue, en la corrupta política neoyorquina del siglo XIX  y principios del XX, sinónimo de tráfico de influencias y clientelismo político. La Tammany Society, fundada en 1786 y consolidada tres años más tarde, tuvo varias sedes antes de poner la primera piedra de un nuevo edificio el 14 de julio de 1867 en el 141 East 14th Street, entre la tercera y la cuarta avenidas. “Mucho puede Tammany Hall entre los electores de New York, y muy bien organizados los tiene” comentaba Martí en uno de los varios artículos que le dedicara a dicha sociedad. Desde las varias sedes que tuvo la Tammany Society controló la vida política de la ciudad durante casi un siglo y en cierta medida, la del país. Según Martí Tammany Hall “disponía del voto de la ciudad que es más importante que el del resto del Estado” e “imponía sus candidatos al partido” por lo que no podía “haber ahora Presidente sin el voto de New York” ni “podía aparecer candidato democrático a la Presidencia a menos que no consintiese de antemano en servir los intereses de Tammany Hall”. No le salía gratis ese poder sino provenía de una metódica negociación con sus caciques electorales y sus votantes: de “los candidatos que sacaba electos, sabíase ya que entraban a sus oficios públicos obligados a repartir puestos y ganancias con los miembros de la asociación: de estos empleos mayores obtenía los menores con que tenía sujetos a los votantes” explica el cubano.
En otro sitio añade Martí: “Es sencilla, curiosa esta máquina de Tammany. Todos trabajan para encumbrar a uno, pero éste reparte luego entre todos las ganancias del encumbramiento”. Para tener una idea de hasta donde llegaba la corrupción promovida desde Tammany Hall piénsese en el caso de la construcción de la sede del tribunal del condado de Nueva York. Empezó a construirse en 1861 y costó el doble de la compra de Alaska al gobierno ruso seis años más tarde. Y la causa del costo de construcción tan desorbitado radicó en parte en los salarios absurdos que se pagaron para justificar el desvío de fondos. Por ejemplo, a un carpintero le pagaron el equivalente a $4.9 millones de dólares actuales por un mes de trabajo y un yesista recibió $1.82 millones por apenas dos días de labor.
Por otra parte Tammany Hall permitió la incorporación a la vida política de la ciudad a generaciones de inmigrantes, fundamentalmente irlandeses. A los asociados al Tammany Hall el futuro Apóstol de la independencia cubana los describía así: 
“espaldudos, ventrudos, carnazas, de sombrero de pelo, con la mano en el chaleco público, el palillo entre los dientes, las mozas en mantón, y la nuca de tres buches, fofa y rapada. Se sacan a puñados los billetes, y son vanos y topos, sin más arte que el que les viene de conocer la desvergüenza por ser de ella, y buscarles el precio a los pícaros a la hora del voto”.
Recorte del New York Herald
En su local del 141 East 14th Street sus salones eran alquilados para diferentes eventos y entre ellos figuraron varios organizados por la comunidad exiliada cubana de la ciudad. El propio Martí fue orador principal de una de ellas, la del 10 de octubre de 1884, en el décimo sexto aniversario del inicio de la guerra de independencia cubana. Fecha principal del calendario de los exiliados cubanos, ese año el evento tuvo una significación especial. Luego de varios años de paz se hacían nuevos preparativos para librar a la isla del dominio español en lo que se conocería como Plan Gómez –Maceo. Dicho plan agitó a la emigración cubana por los siguientes dos años antes de ser abandonado por falta de recursos. Esa noche se aprovechó el evento patriótico para dar la bienvenida a los dos principales generales del Ejército Libertador: el dominicano Máximo Gómez y Antonio Maceo, quienes habían llegado a la ciudad nueve días antes, el 1ro de octubre. El acto fue presidido por Juan Arnao, veterano de las conspiraciones y expediciones anexionistas de Narciso López 35 años antes y de la guerra independentista de 1868. El orador principal fue el propio José Martí quien se perfilaba como figura civil del plan insurreccional. Fue “un discurso muy elocuente” al decir del periodista Enrique Trujillo y "florido y elocuente" según el New York Herald, pero del que lamentablemente no quedan transcripciones.
En aquellos meses se hallaba en Nueva York Antonio Zambrana quien fuera representante de la Asamblea de Guámaro en 1869 y redactor, junto a Ignacio Agramonte, de la primera constitución de la República en Armas. Radicado en Costa Rica desde 1876 había alcanzado allí gran prestigio como profesor, jurista y diplomático y fue representante de este país ante el gobierno de Nicaragua. Según su biógrafo costarricense Armando Vargas Araya “Concluido su encargo diplomático, Zambrana viajó a la Unión Americana a título de comisionado del gobierno de Nicaragua”. Allí se había encontrado en junio con Martí “en la casa neoyorquina del patriota para tratar la situación de la Isla” y participó al mes siguiente en la celebración del centenario del natalicio del libertador venezolano Simón Bolívar. Desde las páginas de la revista La América, que dirigía por entonces Martí, este lo presentó como tribuno “de nombre ilustre que él aún enaltece”. Aunque para entonces según su biógrafo Zambrana era “un reformista confeso” al encontrarse con el nuevo proyecto independentista se dejó atraer por la “tentación insurreccional”. Entonces “creyó entrever la posibilidad de asumir la conducción política del Plan Gómez-Maceo”, puesto al que se creía destinado en aquel entonces el propio Martí. De ahí que aquella reunión patriótica estuviera, pese al fervor de los concurrentes, cargada de tensiones que estallarían poco después.
Antonio Zambrana
El periodista Enrique Trujillo describió así aquella reunión en el Tammany Hall:
El 10 de Octubre de ese año se celebró el aniversario de la Revolución de Yara con un gran meeting en Tammany Hall. Después del Zanjón no se había visto fiesta política más concurrida ni más entusiasta. Se envió una comisión á buscar á Gómez para que fuera al salón y otra á Zambrana excitándole á que hablase. Gómez asistió, pero Zambrana se negó á complacer al pueblo.
Apenas ocho días después de este acto estalló la crisis. En una visita de Martí al Hotel Griffou donde se alojaban los generales Gómez y Maceo ocurre un desencuentro entre estos y Martí se retira indignado. Un par de días más tarde, el 20 de octubre le escribiría a Gómez la famosa carta en que rompe con el proyecto insurreccional diciéndole: "Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento". Dicha carta, según escribiría el propio Gómez, "antes de enviarla a mi residencia" Martí "la dio a leer a Antonio Zambrana, Leandro Rodríguez y otros".
Existe otro incidente asociado con el Tammany Hall y los cubanos que, aunque reproducido en multitud de sitios, incluida la edición de las obras completas de Martí, debe ser tomado con extrema reserva. Es el que refiere 48 años más tarde el capitán del Ejército Libertador Alberto Plochet. El cuidado con que debe ser tomado este testimonio se deriva de tres razones: la muy tardía aparición del testimonio, en época en que ya no podía contrastarse con otros testigos del supuesto evento; ciertos errores e inconsistencias del mismo (como la propia fecha en que ubica los hechos, 1885 que de acuerdo a los personajes envueltos solo podría haber ocurrido un año antes); y la ausencia de cualquier otro documento, testimonio o noticia periodística que corrobore que una reunión posterior a la que acabamos de mencionar siquiera ocurrió. Que ni siquiera el periodista Enrique Trujillo mencionara tal reunión en sus detallados "Apuntes históricos. Propaganda y movimientos revolucionarios cubanos en los Estados Unidos desde enero de 1880 hasta febrero de 1895" publicado en 1896 es razón suficiente para cuestionar que una segunda reunión tuvo lugar ese año en Tammany Hall.
De acuerdo al testimonio de Plochet, en dicha reunión que se celebró ("en un día otoñal del año 1885" dice Plochet, "a mediados de noviembre" de acuerdo con el biógrafo de Zambrana) en el propio Tammany Hall Antonio Zambrana aprovechó la oportunidad para atacar a Martí.  De acuerdo con Plochet, que a la sazón contaba con quince años, (o 14, si se tiene en cuenta el error de fecha), esa misma mañana “había salido de la casa de Madame Griffou” con Gómez, Maceo y Flor Crombet “para visitar en la redacción del periódico The Sun, a su editor propietario Charles A. Dana, con el fin de alquilar los salones de Tammany Hall, para celebrar por la noche una junta magna patriótica”. (Se puede objetar que tenía poca lógica arreglar el asunto en el periódico en lugar de las oficinas de Tammany Hall, mucho más cercanas al hotel donde residían los jefes mambises. No obstante también pueden tenerse en cuenta las buenas relaciones que tenía el dueño del periódico tanto con el independentismo cubano y con la directiva de Tammany Hall, a quien le había comprado el local donde se ubicaba entonces su periódico). Allí, en la sede de The Sun los generales se encontraron con Martí y a pesar de su abrupto distanciamiento cuenta Plochet que “ Martí y los tres jefes se abrazaron con desbordante efusión y cariño”.
No obstante esa noche, durante el acto celebrado nuevamente en el Tammany Hall, tuvo lugar un el incidente que, según Plochet, le revelaría el carácter de Martí. “Presidía el meeting Máximo Gómez, ocupando asientos a su alrededor Antonio Maceo, Flor Crombet y los demás jefes y oficiales que los acompañaban” cuenta Plochet añadiendo que “había un público desbordante, de todas partes habían acudido los cubanos para conocer a los jefes mambises y para contribuir con su óbolo”. (Aquí también podría cuestionarse la presencia de ese "público desbordante" en una reunión concertada apenas unas horas antes). En el relato de Plochet, Antonio Zambrana, al hacer uso de la palabra y aludiendo el retraimiento de Martí ante el Plan Gómez-Maceo, “fustigó implacablemente a su actitud pasiva, calificándolo de pusilánime, y llegando al extremo de decir, ‘que los cubanos que no secundaban ese movimiento debían usar sayas’”. Plochet relata:
"Martí estaba parado junto a la entrada del gran salón, y cuando se oyó aludido se encaminó precipitadamente hacia el escenario. […] Los pasillos estaban llenos de gente, así es que Martí tuvo que empujar y apretujar a los que le estorbaban el paso para llegar al escenario. […] Lo que salió de aquel rincón, fue un bólido. Martí llevaba su bombín (derby) agarrado con ambas manos y apoyado sobre el pecho, y se abrió camino como un proyectil lanzado por una catapulta. […] Cuando subió al escenario le dijo a Máximo Gómez, interrumpiendo al orador, que había sido aludido y que quería hablar. Flor Crombet se levantó y le brindó su asiento, mientras Máximo Gómez le decía, que esperara a que terminase de hablar ‘el cubano que estaba en el uso de la palabra’. Y habló Martí, y ni aun cuando le decía a Antonio Zambrana, vuelto hacia él mirándolo cara a cara, que "era tan hombre que apenas si cabía en los calzones que usaba; y eso lo pruebo yo aquí y donde quiera"
Como me comenta el historiador Jorge Ignacio Domínguez "no me imagino a Martí diciendo tales cosas delante de mujeres", siempre presentes en los eventos patrióticos cubanos. Pero si nos pareciera cuestionable el relato entonces deberíamos reconocer la imaginación narrativa de Plochet quien agrega esta otra anécdota.
Gómez y Martí en 1894
"Sucede que un tabaquero, cuyo nombre no recuerdo, había iniciado la colecta de prendas y dinero en una bandeja grande que había cogido del bar del salón, y cuando llegó a donde estaban sentados Antonio Maceo, Flor Crombet y demás jefes y oficiales, estos se despojaron de cuanta prenda y dinero llevaban encima y las echaron en la bandeja que ya estaba colmada; le tocó el turno a Máximo Gómez, y éste dijo: "Yo no tengo encima más que cobre y hueso, pero no quiero salir abotonado de aquí". La bandeja llegó frente a Martí, que estaba sentado junto a Máximo Gómez, y yo, que iba ayudando a ese tabaquero, noté que Martí se había levantado como para abrazar a Máximo Gómez, pero la bandeja le estorbó en su intención, se quedó parado […] y mirando a Gómez y a Maceo, murmuró: 'Yo tampoco puedo salir de aquí abotonado, cuando Gómez y Maceo salen desabotonados'".
Sea o no cierto el relato de Plochet el biógrafo de Zambrana cuenta que semanas después, a fines de ese mismo año Antonio Zambrana viajaría a México “comisionado por Gómez quien le encargó unas armas que Maceo recogería en Veracruz”. Sin embargo con los meses Zambrana se fue desentendiendo del encargo hasta que “decidió abandonar la revolución del todo e incorporarse al Partido Autonomista que aspiraba a mantener la soberanía española sobre la Isla, con un gobierno autónomo a la manera de Inglaterra con Canadá”.
Por su parte Martí en los próximos dos años se retraería de participar de toda actividad política en los dos años siguientes (a excepción de un encuentro con la inmigración que convocó en julio de 1885 en Clarendon Hall para hacer frente a insistentes rumores sobre las causas de su retraimiento). Así hasta el 10 de octubre de 1887 cuando pronunciaría un discurso durante la conmemoración de un nuevo aniversario del Grito de Yara y que marcaría su regreso a las labores patrióticas. Y todavía tardaría un lustro para que Martí y Gómez acordaran participar juntos en los preparativos de la última contienda independentista.
La sede de Tammany Hall fue se mantuvo en dicho edificio hasta 1927 en que fue vendido para que en su lugar fuera construido el Consolidated Edison Building.

Consolidated Edison Building


Dicho edificio a su vez fue declarado National Historic Landmark en el 2009. En 1929 el nuevo Tammany Hall se inauguraría no lejos de ahí, en la esquina de East 17th Street con Union Square East en un edificio que se conserva hasta hoy y que ha sido designado hito histórico por la ciudad. No obstante el poder de que gozó la maquinaria política que lo albergaba fue declinando hasta que la propia Tammany Society desapareció a mediados de la década del sesenta.   
Ultima sede de Tammany Hall


Post Data: Una revisión del diario del general Máximo Gómez parece reducir el tantas veces reproducido relato de Alberto Plochet a pura invención. Y no sólo porque no hace la más leve mención al episodio (tampoco lo hace de la reunión contrastada con la prensa del 10 de octubre de 1884). Según el diario, con posterioridad a la ruptura con Martí, Máximo Gómez parte de Nueva York con dirección a Nueva Orleans el 29 de octubre y no regresa hasta el 12 de diciembre de ese mismo año para encontrarse con una situación desesperada.
Día 12, llegamos a New York. Los comisionados de París [Flor Crombet y Eusebio Hernández]no han sacado nada positivo pues tuvieron la fatalidad de no alcanzar allí al General Gregorio Luperón, que era mi principal esperanza. No tengo pues dinero ni aún para pagar el hospedaje; ya nos hemos reunido varios. Ocurro [¿recurro?] a los cubanos, i ni uno sólo atiende a mi reclamo — todos nos han dado la espalda. Hasta los que antes parecían más, dispuestos. Nos vemos en la triste necesidad de empeñar nuestras prendas — la situación que se presenta es triste i difícil. El trato de España con los Estados Unidos ha borrado un poco el entusiasmo que había en los cubanos.— Es un pueblo triste. Sin embargo yo no desmayo —tengo algo de esperanzas. No está por eso perdida la causa. Con miles apuros i compromisos personales — por fin logro despachar al General Crombet a Panamá a levantar el espíritu allí i al Doctor Hernández a Cayo Hueso con el mismo fin. Yo regreso con Rodríguez a New Orleans.
Si a eso se añade que Crombet había partido hacia París el 23 de octubre, Maceo a México en esas mismas fechas (de donde regresa en enero a Nueva Orleans para encontrarse con Gómez) y Zambrana para México a finales de año prácticamente no hay momento en que todos los personajes implicados en la escena descrita por Plochet coincidan en Nueva York “un día otoñal” de 1884. (Tampoco de 1885 porque ya para esas fechas Máximo Gómez se encontraba en Santo Domingo, Martí se había retirado temporalmente de la vida política del exilio y Zambrana renunciado a sus planes insurreccionales). Existe apenas una estrechísima brecha de tiempo en la que coinciden en Nueva York todos los elementos que menciona Plochet: el distanciamiento entre Gómez y Martí y los personajes que menciona su historia: esta va desde la recepción de la carta de Martí, escrita el 20 de octubre, a la partida de Crombet el 23. Pero para que esto fuera posible en esos tres días (20, 21 y 22 de octubre) Martí escribiría la carta, se la mostraría a Zambrana, la enviaría a Gómez (20 de octubre) este la leería, decidiría organizar una reunión en Tammany Hall e invitaría a participar en él a Zambrana con la intención abierta de atacar a Martí (21) para al día siguiente (22) y organizar y dar una asamblea llena de salidas de tono y botones arrancados de la que nadie más da noticia. Demasiadas exigencias para la credulidad de cualquiera. De manera que el relato tantas veces repetido del enfrentamiento entre Zambrana y Martí parece deberse a la exclusiva imaginación de un señor que 48 años después de los supuestos hechos quiso añadir un par de anécdotas más a la ya dilatada mitología martiana.