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Sunday, April 29, 2018

Discurso de investidura del académico Jorge Ignacio Domínguez López

Rodolfo de Lagardere, el sueño de una Cuba mulata y española*

Se cuenta que Eugenio Surín, uno de los líderes del Partido Independiente de Color, en una ocasión “se interrumpió en medio de uno de sus discursos incendiarios, para decir que no podía continuar en el uso de la palabra, porque el cuello de la camisa, por ser blanco, le asfixiaba”1.
La anécdota la cuentan sus enemigos, los periodistas Rafael Conte y José M. Capmany, en su libro Guerra de razas (Negros contra Blancos en Cuba).
Y cuentan también Conte y Capmany que el líder de los Independientes de Color Evaristo Estenoz, en un discurso en Guantánamo, en los días que precedieron a la Guerra de 1912, dijo que “después del triunfo del Partido Independiente de Color, los mulatos, que hasta el presente habían sido producto del cruzamiento del blanco y la negra, nacerían de la unión del negro con la blanca”2.
Con esas citas, los autores llevan la intención de descalificar a Surín y Estenoz, sin preguntarse por las razones de la asfixia ni por el origen más común de los mulatos durante los cuatro siglos, o la violencia y el abuso que ese origen supone.
Sabemos, por supuesto, quién escribe la historia, y Estenoz profesó una larga amistad con la derrota: había estado preso durante la primera intervención norteamericana, se había levantado en armas contra la reelección de Estrada Palma en 1906, y fue el líder de los Independientes de Color en la Guerra de 1912, que terminaría con su muerte y la de miles de cubanos negros.
Había sido, por tanto, testigo de excepción del cumplimiento de los tres destinos infaustos que profetizaron quienes se oponían a la independencia, y no solo ellos: el peligro de la dominación americana, la supuesta incapacidad de los cubanos para el autogobierno, y la amenaza de una guerra de razas en una Cuba independiente.
Rodolfo de Lagardere
Desde el Pacto del Zanjón hasta el Maine, esos tres mitos malditos habían imantado el discurso de integristas y autonomistas. Uno de sus más curiosos expositores es hoy una figura olvidada: Rodolfo de Lagardere. Se le recuerda poco, y cuando se lo menciona es usualmente para vituperarlo.
La condena es expedita y las razones irrebatibles. Lagardere era un mulato nacido en Barcelona, integrista a ultranza, católico ultramontano y enemigo de Darwin y del naturalismo, tanto en filosofía como en literatura. ¿Valdría la pena acaso detenerse en su figura?
Casi todo lo que sabemos de su biografía fue escrito por un adversario. Los detalles de su origen se pueden hallar en un libro implacable escrito por Martín Morúa Delgado y publicado en Nueva York en 1882: Dos apuntes: Biografía de dos langostas que parecen hombres3.
Es un retrato mordaz y devastador, como el mismo título anuncia. Morúa acusa a Lagardere de ser un agente pagado por el gobierno español para promover la causa del integrismo entre la población negra de Cuba; de ser mal amigo, cobarde, informante de la policía, ladrón, ampuloso y ridículo. Sobre los rasgos de su carácter sería difícil pronunciarse sin pruebas. Su prosa, sin embargo, justifica las acusaciones de ridiculez y ampulosidad.
En su libro, Morúa explica que el abuelo de Lagardere, Pedro Blanco, era un traficante de esclavos catalán establecido en La Habana que, por intereses “comerciales”, se había casado con la hija del rey africano al que le compraba los prisioneros que traía a América como esclavos. De esa unión nació Rosa, la madre de Lagardere. Educada en Francia, Rosa hablaba el español con dificultad. Quizás el primer idioma de Lagardere haya sido el francés. Su verdadero nombre era Rodolfo Fernández-Trava.
Según Morúa, él y Lagardere habían sido amigos. En los años inmediatamente posteriores a la Guerra de los Diez Años, bajo el seudónimo de El Mandinga, Lagardere se había convertido en un columnista muy popular, especialmente entre la población negra de la Isla. En esa época, Morúa había sido uno de sus admiradores. Y Lagardere lo había guiado y ayudado en sus primeros pasos en el mundillo literario de la Cuba de entreguerras. Según el libro de Morúa, en un debate periodístico, Lagardere le recordó esa admiración antigua y aquellos favores. Morúa acepta en su libro la exactitud de esos detalles, pero es evidente que el recordatorio no aminoró su enemistad.
Cuba no es Venecia: contra la autonomía
Y sin embargo, no todo es integrismo y ampulosidad en Lagardere. En 1887, publica un folleto con el curioso título de La cuestión social de Cuba: Cuba no es Venecia. Es una denuncia contra los autonomistas, contra la idea misma de la autonomía de Cuba. Entre sus razones menciona algunas que no son las que normalmente identificamos con el integrismos español: la igualdad racial y lo que hoy llamaríamos “la multiculturalidad” de la nación. Para Lagardere, cuanta mayor autonomía tuviese la Isla, menos espacio y menos dignidad habría en ella para los cubanos negros:
“…la autonomía jamás marchará hacia el magnífico ideal de la abolición de razas, la abolición de castas. Antes al contrario, perpetuará la libertad mutilada, el derecho de libertad abolido por el derecho del color. […] en ese gobierno serían imposible los procedimientos verdaderamente democráticos y los antiguos esclavos se convertirían en eternos menores”4.
Su segunda razón esencial contra el autonomismo es, según él, su inviabilidad. Lagardere comenta que los autonomistas, necesariamente, terminarán siendo partidarios de una guerra de independencia o de la anexión: “La historia dirá en su día, hasta qué punto me he equivocado; pero yo declaro, en honor de los autonomistas, que por todas partes se echarán en brazos de la guerra social o del extranjero, POR HUIR DE MADRID y no hacer abdicaciones que ellos creen vergonzosas, porque no nacerían de sus corazones”5.
Para Lagardere “Cuba no es Venecia” porque sus vínculos con España son mucho más poderosos que los que Venecia podría tener en esa época con el imperio de los Hapsburgos o los Bonaparte. Y, por otro lado, apunta Lagardere, España es ya un abanico de etnias y culturas en el que los cubanos de cualquier color u origen cabrían naturalmente:
Grandes diferencias de raza, de intereses, de costumbres, de dialectos, de clima y hasta de historia, separan una de otras a las provincias de la madre patria. Estudiad el carácter del andaluz y encontraréis un español distinto al catalán […] Tratad al aragonés y no dudareis en llamar extranjero al navarro. Y sin embargo, la Patria España concierta estas antítesis de la naturaleza y de la historia, del carácter y de la tradición.6
En esa patria ecuménica, piensa Lagardere, ¿por qué no iban a caber los descendientes de españoles y africanos que pueblan la isla de Cuba? [Uno se pregunta que diría un Carles Puigdemont de semejante idea, por supuesto.] Lo que hace a Lagardere una rara avis son las peculiares razones de su crítica contra el autonomismo y el separatismo. Su condición de mulato, nieto de traficante de esclavos y princesa africana, nacido en España y residente en Cuba, lo pone en el centro de todas las encrucijadas del final de la colonia, y le da una perspectiva propia.
Así como sostiene que gallegos y catalanes son españoles por igual, asume que negar a los españoles su lugar en la Isla es tan imposible como excluir de su fuero a los africanos traídos como esclavos o a sus descendientes: “Aquí y en Puerto Rico, no se es descendiente sino de los españoles europeos o de los negros africanos. […] Aquí y en Puerto Rico, nadie puede llamar forastero al español europeo, ni al moreno de nación”.7 
Blancos y negros: contra el racismo
Al año siguiente, en agosto de 1888, el Dr. Benjamín de Céspedes publica su libro La prostitución en la ciudad de La Habana. Lagardere tenía ante sí a su adversario ideal. De Céspedes, médico de familia acaudalada, había estudiado en Francia y España, era separatista, profesaba un criollismo ingenuo y extremista, y en sus ratos libres era presidente de la Liga Anticlerical de la Isla de Cuba. Fue colaborador de La Habana Elegante y otras revistas literarias habaneras. Predicaba también, como lo demuestra en su libro, el racismo más extremo y abominable que se pueda hallar quizá en la historia impresa de Cuba.
El libro de De Céspedes fue prologado elogiosamente por Enrique José Varona. En ese prólogo, nuestro “insigne filósofo y pedagogo” se refiere a los cubanos de origen asiático como “chinos decrépitos en el vicio” y a los venidos de África como “piaras de ganado negro”. Vale la pena recordar que siete años después, Varona sucedería a José Martí como director del periódico Patria.
Sin citar profusamente su libro es difícil hacerse una idea exacta de la intensidad del racismo de Benjamín de  Céspedes; ni aquilatar con justicia la crítica de Lagardere. Por ejemplo, De Céspedes afirma:
Una fatalidad antiquísima, verdadera desgracia moral heredada, corroe la infeliz raza de color, explotada ayer como servil instrumento de trabajo, y hoy como carne de lujuria. Pero esa raza impenitente, después de diez años de redención, es hoy más esclava que nunca, de su indolencia, sus vicios y depravaciones. Si al menos como el estiércol aislado, ella se destruyera sin contagios, en su podredumbre; pero no, su contacto íntimo inficiona [sic] todo cuanto toca; la raza de nuestras desgracias, habrá de servir de vehículo también de nuestras miserias.
[…]
En el organismo linfático de la sociedad cubana, el abceso [sic] supurante de la prostitución radica en las costumbres de la raza de color [...] las uniones carnales más peligrosas para la salud y la moral pública, son las que se establecen entre individuos de diferentes razas y condiciones.9
Es difícil no leer esos calificativos —estiércol, podredumbre, contagio, infección, absceso— y no pensar en las expresiones del racismo genocida que hemos conocido en el siglo XX.
Para Lagardere, De Céspedes es el ejemplo exacto de todos los males que él ha combatido. De Céspedes es anticlerical, darwiniano y separatista. Y para Lagardere los tres se complementan. El darwinismo supone la negación de Dios y el racismo, el rechazo a la Iglesia Católica lleva al rechazo de la herencia española, al separatismo. Para Lagardere el resultado de esta mezcla será una Cuba independiente, irreligiosa y racista.
En 1889, Lagardere responde a De Céspedes con un folleto de 50 páginas que titula Blancos y negros, refutación al libro «La prostitución», del Dr. Céspedes. 
 […] ¿qué cargos, qué serios cargos no podría hacer yo a la raza a que no dudo pertenezca el Dr. Céspedes, empeñado en encerrar la personalidad del negro en el ataúd de plomo de las genealogías y del privilegio del color, y empeñado en desdeñar de la manera más injuriosa, al tenido por él, inferior a los brutos, a las aves y a los peces? ¿No temerá el Dr. Céspedes el juicio, impregnado con lágrimas de los que mañana escriban y dirijan su ojo perscrutador [sic] sobre esa democracia criolla-blanca-sin igualdad, democracia que ha destinado a los negros como los caballos padres en las yeguadas, que ha relegado a ser meros comparsas, sin voz ni voto […] y ha mantenido a los ayer esclavos en la más crasa ignorancia por medio de grandes cábalas políticas, de tremendos engaños y de sofísticas mentiras? ¿No temerán esos blancos que comulgan en los mismos altares que comulga el Dr. Céspedes […] no temerán el fallo de la historia por haber perpetuado a los negros, mucho tiempo y por razones de conveniencia, en instituciones como la Esclavitud [sic], opuestas a su naturaleza y a su voluntad? 10
Aunque la mayoría de las invectivas de De Céspedes van contra la raza negra, su lista de “excluibles” y despreciables es mucho larga. Su libro de 200 páginas es un concilio ecuménico de odios numerosos. Lagardere se concentra en la defensa de la raza negra, pero también responde a sus diatribas contra de los chinos, las mujeres, los peninsulares y las prostitutas.
Su breve libro es también un ajuste de cuentas con el racismo cubano del siglo XIX. De José Antonio Saco dice que “murió de espanto, de miedo a los negros, ¡los pobres negros!”11.
La base de su oposición al racismo darwinista de De Céspedes es la doctrina cristiana y lo que él llama “la unidad adámica”. Para Lagardere, más allá incluso de la ética, el racismo es un sinsentido porque todos somos hijos de Adán. “Dios hizo que todo el humano linaje saliera de un solo hombre”, dice citando a San Pablo. Y la prueba de ello es la muerte de Cristo, por todos, en el Calvario. “La inteligencia no es blanca, no es negra, ni tiene colores. Jesús murió […] por los americanos y los asiáticos, los africanos y los europeos, murió por todos los hijos de Adán, por todos los hombres”.12
Otra diferencia irreconciliable entre De Céspedes y Lagardere —y quizás la más significativa para el futuro de aquella Isla en la encrucijada— es la idea que ambos tienen de la mezcla de razas. Para De Céspedes “las uniones carnales más peligrosas para la salud y la moral pública, son las que se establecen entre individuos de diferentes razas y condiciones. De esta mancomunidad viciosa de las razas, brotará el tipo mestizo: la mulata”.13
Para Lagardere, por el contrario, “las razas más enérgicas que han aparecido sobre la tierra han sido producidas por la mezcla de elementos opuestos, por ejemplo, la mezcla del blanco con la mujer negra; elementos que dan por resultado el poderoso mundo mulato de extraordinario vigor, y capaz por sí solo de regenerar a las razas enfermizas que aquí en América languidecen, se debilitan, se extinguen y sucumben bajo el peso de la falsa bandera de los Estados Unidos”.14

Marinos y pequeñeces, contra la anexión

En 1901, Lagardere publica Marinos y pequeñeces. El mundo que defendía en sus obras anteriores había terminado con la intervención de Estados Unidos en la Guerra del 95 y el fin del dominio español. Benjamín de Céspedes para esa época estaba establecido en Costa Rica. Varona, que había nadado en ambas direcciones entre las dos aguas del autonomismo y el independentismo, era entonces funcionario del gobierno interventor norteamericano… aunque más tarde sería antiimperialista radical.
Morúa Delgado, autonomista también ayer antes de abrazar la causa de la independencia, había regresado a Cuba para participar en la Convención y oponerse a la mención de Dios en el primer artículo de la Constitución.
Lagardere es el único que parece no haber cambiado mucho. Sigue preocupado —ahora mucho más— por el destino de su Cuba española. En su libro se opone a la Enmienda Platt, a la que ve como el preludio de la anexión. Al contrario de Varona, elige ser antiimperialista a la hora en que es menos conveniente.
Los americanos, demasiado astutos, tenían necesidad de violentarlo todo, de atropellarlo todo, no en nombre de los derechos de la humanidad, que en ellos es una palabrería, sino en nombre de los altos intereses de la política. No querían tener inseguridad en su destino. Desaparecida España de América, lo demás vendrá por añadidura, y ha venido por desgracia.15
Y por supuesto, continúa a la defensa de la igualdad racial, a contrapelo de la ciencia al uso, una igualdad que él ve fundada en el cristianismo: “Las razas no son más que las diversas manifestaciones de la especie. La Ciencia concluirá por armonizarse con el Evangelio”.16
Para oponerse a la dominación americana, denuncia a “los majaderos que quieren injertar en las gargantas cubanas, voces inglesas”. Dice: “ni Gualberto Gómez, ni Sanguily, ni Giberga, ni González Llorente, renegarán nunca de la lengua castellana; pues renegar de la lengua de Cervantes, sería renegar a la patria cubana, al espíritu latino”.17
En la lengua española ve ya la posibilidad de reconciliación entre Cuba y España cuando habla de esa “lengua sublime, esa imponderable  y sonora lengua castellana, en la cual relatan los cubanos las glorias militares de un Maceo y los españoles relatamos los melancólicos pero gloriosos desastres de un Cervera”.18
Marinos y pequeñeces es, sobre todo, un lamento por la derrota de España ante Estados Unidos y el fin del Imperio Español, que para Lagardere significó el fin de su mundo personal. Si denuncia a los americanos por la intervención, y a los cubanos por adoptar el spanglish, también denuncia a los peninsulares, o a cierta tendencia dentro de la sociedad española, por haber provocado la catástrofe. El tono es melancólico, quijotesco y reaccionario, todo a la vez y todo en extremo:
“Los caballeros católicos del siglo XVI, hicieron de España la reina de las naciones. ¿Qué han hecho de España los partidarios del himno de Riego y de la electricidad? ¿Qué han hecho de España los utopistas que hacen novelas en el orden especulativo y tienen poder bastante para fascinar á las muchedumbres? Que respondan esas dos vergüenzas: Cavite primero, Santiago de Cuba después. Que respondan nuestras escuadras sumergidas en el fondo del Océano, nuestros soldados evacuando de la Habana”.19
Su conclusión es filosófica, pero igualmente desoladora: “Al costoso precio de nuestra ruina, hemos pagado las lecciones de Kant”20.
Resumen de la sesión de Cortes del Congreso de Diputados español del 23 de noviembre de 1881 donde en el punto 14 aparece la petición Rodolfo Fernández de Trava, más conocido como Rodolfo de Lagardere, de que se declare la abolición completa de la esclavitud en la isla de Cuba 
La historia de su olvido
Es difícil rastrear su nombre en los archivos (o al menos en Google Books) después de ese libro. Su nombre, como su mundo, desparece con la escuadra de Cervera. Tras rechazar la electricidad, su nombre queda en la sombra.
Pero perduran, testarudas, sus preguntas y sus obsesiones. Son el desmentido constante de la dicotomía falsa en que hemos parcelado nuestro siglo XIX, y que nos hace ver dos bandos donde hubo un abanico de sueños; y que nos hace identificar, con peligroso infantilismo, a uno de esos bandos como portador de todo lo que hoy nos parece deleznable, y al otro como dueño de las ideas que están de moda esta primavera.
Quienes hablan de “estar del lado equivocado de la historia” nunca se preguntan si la historia misma está siempre del lado correcto. En la mayor parte de las ocasiones, la historia no tiene ningún lado bueno, y uno sólo puede aspirar a ponerse del lado de la verdad y el bien, en la medida en que cada cual sea capaz de hacerlo.
Rodolfo de Lagardere estuvo siempre “del lado equivocado de la historia”. ¿Cómo se podía explicar que la España cristiana que él defendía hubiese practicado la esclavitud por cuatro siglos en América? ¿No negaba ese simple dato todas sus tesis? Y sin embargo, en su defensa de la raza negra, y de la igualdad de todas las razas, y en los peligros que anunció para el futuro de la Isla, y en su denuncia del racismo que muchos separatistas profesaban, fue más lúcido que sus críticos.
Ninguno de ellos fue más implacable que Martín Morúa Delgado. Sería Morúa Delgado —sin duda para escándalo de Lagardere— quien se opondría a la mención de Dios en la Constituyente que sesionaba en el Teatro Martí en los mismos días en que Lagardere escribía en su casa, por cuenta propia, Marinos y pequeñeces.
Una década más tarde, presentaría Morúa ante el Senado la enmienda al Artículo 17 de la ley electoral que llevaría su nombre, y que en la práctica ilegalizó el Partido Independiente de Color. Aprobada tras su muerte, la enmienda provocaría al cabo la Guerra de 1912 y la masacre de miles de miembros del Partido Independiente de Color, y el asesinato de su líder, Evaristo Estenoz, aquel mulato, hijo de hombre blanco y mujer negra —como Morúa, como Lagardere— que soñó con invertir la fórmula de la fusión de razas en Cuba; esa fusión que espantaba a Saco y a Benjamín de Céspedes, y que Rodolfo Lagardere presintió que era nuestra única redención.

*Discurso pronunciado el sábado 28 de abril de 2018


Bibliografía
1. “Conte, Rafael, y José M. Capmany. Guerra de razas (Negros contra Blancos en Cuba), página 20. Imprenta MILITAR de Antonio Perez. La Habana, 1912. Conte y Capmany atribuyen a frase a “Eugenio” Surín. Podría tratarse de un error, pues ese nombre no aparece usualmente mencionado entre los líderes del PIC,  sino el de “Gregorio Surín”.
2. Ibídem, página 19.
3.   Morúa Delgado, Martín. Dos apuntes: Biografía de dos langostas que parecen hombres, Imprenta de Hallet y Breen, Nueva York, 1882
4.   Lagardere, Rodolfo de. La cuestión social de Cuba: Cuba no es Venecia, pág. 29. Tipografía "La Universal", La Habana, 1887
5.   Ibídem, página 20.
6.   Ibídem, página 41.
7.   Ibídem, página 45.
8.   Céspedes, Benjamín de. La prostitución en la ciudad de La Habana, Establecimiento Tipográfico O’Reilly Número 9. La Habana, 1888
9.     Ibídem, págs. 170-171.
10. Blancos y negros, refutación al libro «La prostitución», del Dr. Céspedes, pág. 5. Imprenta “La Universal”. La Habana, 1889
11. Ibídem, página 21.
12. Ibídem, página 12.
13.  Céspedes, Benjamín de. La prostitución en la ciudad de La Habana, pág. 170
14. Blancos y negros, refutación al libro «La prostitución», del Dr. Céspedes, pág. 19.
15. Lagardere, Rodolfo de. Marinos y Pequeñeces, pág. 22. Imprenta y Librería “La Propagandista”, La Habana, 1901
16. Ibídem, página 69.
17. Ibídem, página 96.
18. Ibídem, página 12.
19. Ibídem, página 73.
20. Ibídem, página 73.

Tuesday, March 27, 2018

Nueva York y el tiempo exiliado cubano*


Por Enrique Del Risco 
El 25 de septiembre de 1932 el habanero Diario de la Marina publicaba una caricatura de su habitual colaborador, el pintor y dibujante Eduardo Abela en el que dos conocidos personajes suyos, El Profesor y el Bobo miraban un gran reloj público y El Profesor, siempre enterado de las últimas noticias comentaba: “¿No sabes? En New York han atrasado hoy una hora los relojes”. A lo que el Bobo, con su habitual sorna le responde “Ya ves, si estuviéramos allí tuviéramos que esperar una hora más” (Juan.137). ¿Por cuál acontecimiento tendrían que esperar una hora más? Se refería, por supuesto, —y allí radicaba el chiste de la caricatura— a la ansiada caída del dictador Gerardo Machado que no se verificará sino hasta casi once meses después. La mención a la ciudad de Nueva York no es casual y no sólo por la referencia a su adopción del horario normal luego de varios meses del uso del llamado horario de verano. En dicha ciudad radicaba la sede de la llamada Junta Revolucionaria en la que varias organizaciones antimachadistas intentaban ponerse de acuerdo para derrocar al dictador del momento: de ahí la alusión sardónica a que tendrían que esperar una hora más que el resto de los cubanos. Pero si convoco este recuerdo es menos por cómo el caricaturista observaba los entresijos de la política cubana del momento sino porque nos introduce en un tópico no por poco estudiado menos recurrente de la historia cubana que es el de su relación con el tiempo neoyorquino.
Y es que la historia del vínculo de los cubanos con Nueva York lo es también la de la obsesión nacional por sincronizarse con su tiempo. Última de las colonias españolas en América junto con Puerto Rico, cuando ya el resto del continente se había independizado de la metrópoli, último de los territorios americanos en abolir la esclavitud, los cubanos habían visto el transcurrir de su historia como un continuo desfasaje que requería de continuas actualizaciones. No se viajaba a Nueva York para esperar una hora más por los acontecimientos nacionales sino para adelantar los relojes que signaban la evolución del país. Para ello la ciudad de Nueva York se ofrecía como el meridiano cero de la modernidad, aquél por el cual debía poner en hora sus relojes aquella Cuba que, según Carlos Manuel de Céspedes, aspiraba a “ser una nación grande y civilizada” “porque así cumple a la grandeza de nuestros futuros destinos”. No es fortuito que Nueva York fuese el destino obligado de los exiliados cubanos en el siglo XIX, desde Heredia a Martí y lugar de estudio de generaciones de jóvenes cubanos que se preparaban para asumir los retos tecnológicos de la modernidad. O que fuera aquí donde se forjaran varios de los elementos más reconocibles de la heráldica nacional como el escudo, la bandera, la gran novela nacional del XIX o el Partido Revolucionario Cubano de Martí. Como tampoco es extraño que fuera en esa ciudad donde los músicos del siglo XX vinieran a grabar sus discos, a empaparse de los nuevos hallazgos musicales y a fundirlos con los suyos propios o que algunos de los artistas más renombrados de la plástica cubana vinieran en busca de aprendizaje y reconocimiento.
La fundación de la Nación, fuera de un estricto marco geográfico y en una lengua prestada por el conquistador, forjaría una identidad que tenía menos que ver con el espacio que con el tiempo, un tiempo preferentemente futuro ante la carencia de tradiciones o culturas ancestrales que la hicieran gravitar hacia el pasado (de ahí que el intento nostálgico del siboneyismo —la versión local del indigenismo— durara poco y arraigara menos). Frente a lo peor de la intransigencia española, a su carácter empecinadamente retrógrado (o al menos así se le retrataba en la caricatura patriótica cubana) el estandarte más socorrido solía ser el del progreso y el futuro simbolizados en el vecino del norte y en particular con la ciudad que desde 1886 daba la bienvenida con el más monumental símbolo de la libertad. Cuba era una nación que más que definirse por sus fronteras tan claramente delineadas en torno a los bordes de su archipiélago se definía frente al tiempo. Acaso fuera esa la tradición por futuridad de que hablaba Lezama Lima. No una futuridad impuesta por otras potencias sino importada por los sectores más progresivos de la sociedad cubana: desde la vacuna contra la viruela hasta el ferrocarril, desde el béisbol a la televisión.
Y sin embargo lo que parecía ser en principio una persecución lineal entre ambos tiempos, la búsqueda de una confluencia total entre el tiempo cubano y el norteamericano pronto encontrará resistencias decisivas. Si, al decir de Borges, el tiempo es la sustancia de la que estamos hechos una total sincronía implicaría la desaparición de una de las partes. Somos el ritmo que nos imponemos a contratiempo de la cronología universal. Quiero decir que si en principio a muchos fundadores de lo nacional les pareció necesaria e inevitable la adopción del ritmo exacto de la modernidad pronto se impuso una mirada menos rígida o entusiasta. La modernidad no es un espacio vacío rellenado con cierta noción acelerada y positivista del tiempo. El entusiasmo con que se abrazaba cada novedad tuvo que detenerse en la capacidad o necesidad de digerirla. Entender que esa sustancia de la que estamos hechos, el tiempo, es a la vez la resultante de diversas y a veces contrapuestas velocidades. Esa comprensión —más la propia resistencia norteamericana a embarcarse en la aventura de la anexión— quizás fuera lo que marcara el tránsito del anexionismo al independentismo.
Es curiosa la respuesta literaria que le da Cirilo Villaverde a este problema quien en su propia vida encarna ese tránsito. Cómo pasa de ser el periodista que reseña el desfile de modas —o sea, esa continua persecución del presente— en que se convertían los bailes y funciones teatrales en La Habana de mil ochocientos cuarentitantos al que luego de treinta años de exilio norteamericano se enfrasca, a las puertas del fracaso de la primera guerra de independencia en reconstruir y mitificar episodios de su juventud en su muy personal búsqueda del tiempo perdido. Cómo logró ese prodigio de memoria que fue reconstruir con tanto detalle La Habana de medio siglo antes puede explicarse en parte por ese vicio obsesivo de los exiliados de conservar el pasado como no lo harían los que conviven día a día con los cambios del lugar en cuestión. Villaverde, luego de intentar ofrecerle un futuro distinto a la isla (ya fuera como parte de la Unión Americana, ya fuera como nación independiente), le obsequia un pasado más o menos definitivo, tiempo congelado sobre el que erigir el futuro de la nación, un tiempo remotísimo incluso para aquel Nueva York de fines del XIX en que lo describió.
Para pensar en las fricciones que sufre el tiempo de los exiliados podríamos empezar por ese momento de máximo contraste de velocidades que es el de la llegada. Martí, que luego se erguiría como el fundador del antimperialismo latinoamericano, fue entusiasta como pocos en sus impresiones iniciales sobre la ciudad. “Estoy, al fin en un país donde cada uno parece ser su propio dueño. Se puede respirar libremente, por ser aquí la libertad fundamento, escudo, esencia de la vida” (Martí.1964.106) dice en 1980 con un entusiasmo que nos recuerda las páginas de su Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos iluminadas por su estancia en la tierra de Cuba libre: “Y en todo el día ¡qué luz, qué aire, qué lleno el pecho, qué ligero el cuerpo angustiado!” (Ibid.217)
Se trata para Martí de un tiempo esencialmente nuevo, no solo para una de las últimas colonias americanas sino hasta para la propia Europa. El Martí disfrazado de español de sus “Impresiones de un español fresco” reconoce en ambos continentes temporalidades distintas y se pregunta cuál de las dos es el futuro de la otra: “¿Va América hacia Europa o viene Europa hacia América?” (Ibid.124) es la cuestión que plantea pero no parece haber dudas cuando confiesa en un texto precedente: “Me detuve, miré respetuosamente a este pueblo, y dije adiós para siempre a aquella perezosa vida y poética inutilidad de nuestros países europeos” (Ibid.107). Su actitud en aquellos primeros meses de su exilio neoyorquino dista mucho de ese antimperialista militante y secreto de su carta a Manuel Mercado. En julio de 1880 reconoce que “Estoy hondamente reconocido a este país, donde los que carecen de amigos encuentran siempre uno, y los que buscan honestamente trabajo encuentran siempre una mano generosa. Una buena idea siempre halla aquí terreno propicio, benigno, agradecido. Hay que ser inteligente; eso es todo. Dése algo útil y se tendrá todo lo que se quiera...”. (Ibid.107)
Eso no significa que Martí fuera acrítico con el sitio donde pasara la mayor parte de su vida adulta, incluso en aquellos momentos de mayor entusiasmo. Reconoce en medio del vértigo neoyorquino un tiempo nuevo pero ni exento de defectos, ni necesariamente mejor. La comunicación misma se le hace difícil a causa de esa aceleración que parece contaminarlo todo, incluso el lenguaje: “Aquí toda conversación es en una sola palabra: no hay respiro, no hay pausa; no hay sonido preciso”. La mayor velocidad significa que se llegará antes al punto de destino sin que este sea más deseable que otros. Sin embargo, varios años después de aquellas impresiones primeras reconoce en su crónica sobre el balneario de Coney Island que
esa movilidad, ese don de avance, ese acometimiento, ese cambio de forma, esa febril rivalidad de la riqueza, ese monumental aspecto del conjunto que hacen digno de competir aquel pueblo de baños con la majestad de la tierra que lo soporta, del mar que lo acaricia y del cielo que lo corona, esa marea creciente, esa expansividad anonadora e incontrastable, firme y frenética, y esa naturalidad en lo maravilloso; eso es lo que asombra allí. (Martí.1963.125)
Curioso paralelo se puede establecer con las impresiones que tiene a su llegada Reinaldo Arenas casi exactamente un siglo después: “Nueva York” dice “Es una ciudad auténtica. Su autenticidad radica precisamente en el desinterés por esa palabra” (Arenas.2001.300). Otra vez el vértigo, el contraste con la tierra detenida en el tiempo. “Ese torrente que, en hormigueo multicolor y sin igual, se precipita, rápido, rápido, rápido, secretamente no conmina, nos dice en qué consiste la verdadera sabiduría, no te detengas” (Ibid.301).
La presencia de Arenas en Miami, a través del éxodo del Mariel, lo había empujado a percibir los contrastes temporales entre Estados Unidos y Cuba. Basta la llegada de la hora de repartir la comida entre los refugiados acampados en el Orange Bowl para que estos retrocedan a su punto de partida que es a su vez otro tiempo porque
Veinte años bajo la urgencia de la sobrevida, bajo la inseguridad de mantener esa sobrevida, bajo la desconfianza, el escepticismo o la mera burla, ante cualquier promesa que implique asegurarnos la sobrevida, no se olvidan así como así. Por eso, ellos siguen en otro tiempo, —allá—, ahora, llenando jabas de perros calientes y escondiéndolas debajo de la cama (Ibid.299).
Llegado a “tierras de libertad” el tiempo de la isla —el del castrismo todo— se convierte inmediatamente en pasado. Ese pasado es, sin embargo, posterior a otro al que se aferra Miami, el tiempo paradisiaco de la memoria y la nostalgia que se activa en el momento en que la cantante Olga Guillot extiende su voz como una manta sobre los refugiados del Orange Bowl. “Esa voz intentando reconstruir un tiempo, sosteniendo un tiempo, una época, una ciudad, unas noches, una ilusión, que ya sólo existe en el timbre que la emite y en los emocionados que escuchan, existe” (Ibid.300). Es por eso que Miami, a diferencia de Nueva York, es una ciudad heroica porque en ella habita “un pueblo entero” dedicado “a la terca, minuciosa y heroica tarea de reinventar un país” que es lo mismo que reinventar un tiempo que no existe, que sólo existió alguna vez en sus mentes, en sus deseos.
Pero el transcurrir del tiempo de los desterrados es también el de la comprobación de su propia anacronía con el tiempo que lo rodea en la nueva tierra donde viven. El perseguidor de futuros en su patria se hace, ante el vértigo de las nuevas velocidades, súbitamente conservador. (Los hay por supuesto quienes se adaptan muy bien a las nuevas tierras con sus tiempos y velocidades respectivas pero se me hace difícil considerarlos como exiliados: para un verdadero exiliado su tiempo estará siempre en otra parte o más bien en ninguna: un exiliado es alguien que no tiene otro remedio que inventarse su propio tiempo). No obstante ese conservadurismo no se debe sólo al efecto del contraste entre su inercia original y el vértigo de una nueva vida ni a su capacidad —disminuida por la sacudida del cambio— de ajustarse a ella. Para alguien que siente el abandono de su tierra como una suerte de íntima traición hay mejor manera de demostrar su lealtad que rechazando las nuevas nociones del tiempo que se le ofrecen al paso.
El recurso que encuentra Martí para justificar ese rechazo es calificar al tiempo neoyorquino de antinatural y decir, por ejemplo, que “el gran corazón de América no puede ser juzgado por la vida desdibujada, la pasión morbosa, los deseos ardientes y angustiosos de la vida neoyorquina. En esta marejada turbulenta no aparecen las corrientes naturales de la vida” (Martí.19.117). Como si el tiempo del lector americano al que se dirige el escritor emergiera directamente de la naturaleza. El tiempo neoyorquino en cambio puede producirle asombro pero nunca empatía como ocurre en su descripción de ese centro de diversión monstruoso para la época que era el balneario de Coney Island. Sumergirse en el tiempo gozoso que le propone la ciudad, lo sabe bien Martí, es disolverse, dejar de ser lo que se es o, aún más, lo que se quiere ser. Como Ulises con las Sirenas debe rechazar su sibilino atractivo para continuar su rumbo de manera que a puro golpe de palabra debe de convertir el moroso tiempo latinoamericano en superioridad espiritual y la velocidad norteamericana en vacío
es fama que una melancólica tristeza se apodera de los hombres de nuestros pueblos hispanoamericanos que allá viven, que se buscan en vano y no se hallan; que por mucho que las primeras impresiones hayan halagado sus sentidos, enamorado sus ojos, deslumbrado y ofuscado su razón, la angustia de la soledad les posee al fin, la nostalgia de un mundo espiritual superior los invade y aflige; se sienten como corderos sin madre y sin pastor, extraviados de su manada; y, salgan o no a los ojos, rompe el espíritu espantado en raudal amarguísimo de lágrimas, porque aquella gran tierra está vacía de espíritu (Martí.1963.126)
Y es sobre ese vacío que Martí construye un nosotros que intenta identificarse más que nada en el rechazo simultáneo del tiempo colonial pero también de la modernidad que proponen los Estados Unidos. “Otros pueblos —y nosotros entre ellos— vivimos devorados por un sublime demonio interior, que nos empuja a la persecución infatigable de un ideal de amor o gloria” (Ibid.126) afirma para recalcar en otro momento: “Aquellas gentes comen cantidad; nosotros clase”. Frente al goce democrático de los norteamericanos Martí erige una aristocracia del placer más imaginario que real pero no por eso menos poderoso a la hora de conjuntar espíritus.
Curioso que alguien aparentemente tan distante de la fineza martiana como Reinaldo Arenas tras un idilio similar con Nueva York coincidiera con Martí en el rechazo de la ciudad, un rechazo que también tiene su base en la manera en que en dicha ciudad se escurre el tiempo: “Manhattan es una de las pocas ciudades del mundo donde resulta imposible arraigarse a un recuerdo o tener un pasado. En un sitio donde todo está en constante derrumbe y remodelación ¿qué se puede recordar?” (Arenas.2013.57) dice  en su amargo “Adiós a Manhattan” tras constatar una invasión de millonarios y la fuga de trabajadores y la clase media ante el imparable encarecimiento del nivel de vida de la ciudad.
No obstante, en un texto anterior, el relato “Final de un cuento” publicado en el primer número de la revista Mariel, anticipa otros motivos para la fuga de la ciudad. Si un desterrado como Reinaldo Arenas, un eterno candidato a los márgenes, piensa en Nueva York como el último refugio de los apátridas totales como él porque “¿Qué otra ciudad fuera de Nueva York podría tolerarnos, podríamos tolerar?” (Arenas.1983.4) al mismo tiempo presenta un personaje al que la ciudad se le hace insoportable porque allí “no existes, quienes te rodean no dan prueba de tu existencia, no te identifican ni saben quién eres, ni les interesa saberlo; tú no formas parte de todo esto y da lo mismo que salgas vestido con esos andariveles o envuelto en un saco de yute” (Ibid.3-4).
Lo que hace más angustiosa la existencia del exiliado y al mismo tiempo febrilmente productiva es la conciencia de que ese desfase no es nada comparado con su desajuste con su tiempo original: saber o intuir que no hay lugar al que regresar porque aquél tiempo que se abandonó alguna vez no podrá ser recuperado nunca. Ese es, en el fondo, el gran drama del exiliado. No su discordancia con el tiempo vital del sitio en que vive sino con aquel del que tuvo que irse. “¿Cómo va a sobrevivir una persona cuando el sitio donde más sufrió y ya no existe es el único que lo sostiene?” (Ibid.4) se pregunta el narrador del relato de Reinaldo Arenas. Si hemos de creerle a Cabrera Infante (y a otros) la respuesta de Martí fue la más rotunda cuando al regreso a su tierra añorada no encontró otra salida que la del suicidio enmascarado en gesto heroico.
Se ha hablado bastante del peso que ha tenido el exilio en la conformación del imaginario y la identidad nacional pero mucho menos sobre los efectos que puede haber tenido en ese imaginario y esa identidad la asincronía existente entre el tiempo de los exiliados y el de la nación que intentaban diseñar. Eso quizás explique la profunda ansiedad del discurso nacional cubano, su obstinado mesianismo y su insistencia durante décadas en fijar sus metas en un más allá inalcanzable en lugar del retorno a un adánico estado original. Si lo consiguiera equivaldría a explicar casi toda la historia cubana reciente. Porque de eso se trata: definir este o aquel detalle de un evento que ocurrió hace cincuenta, cien, doscientos años antes es apenas un fragmento de una tarea mucho mayor y más importante que es descubrir cuál es la sustancia de la que estamos hechos, cual es exactamente el tiempo que nos rige. Y el tiempo que nos rige a nosotros, historiadores cubanos en el exilio, es esa combinación de tiempos nacionales y personales más la conciencia de lo irreconciliable de su relación. Para comprender todos estos tiempos, para hacerlos inteligibles (que no otra es la tarea del que se dedica a estudiar el pasado) habría que empezar por reconocer la propia temporalidad del exilio cubano no ya como un sitio de paso, como el equivalente historiográfico del purgatorio cristiano, sino como un tiempo en sí mismo, tan definitivo (y tan transitorio) como el del lugar que se abandona o como el de aquel al que se va a parar pero con leyes y prioridades distintas. Los primeros exiliados cubanos (pienso en Varela, pienso en Heredia por poner dos ejemplos ilustres) habrán sido por tanto los fundadores de una patria cuyos herederos no son tanto sus descendientes como las sucesivas y hasta el momento interminables generaciones de exiliados. Fue Borges quien dijo que “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es” (Borges.65). Nadie como nosotros, en tanto estudiosos de la historia y exiliados, debiera estar más consciente de esa verdad, nadie como nosotros debiera avanzar con más resolución a su encuentro.


 *Discurso de ingreso en la Academia Cubana de la Historia en el Exilio pronunciado el 24 de octubre del 2014.




Bibliografía
Arenas, Reinaldo. “Final de un cuento”. Mariel, Revista de Literatura y Arte, Año 1,, Número 1, Primavera, 1983. 3-5.
--------------------. “Un largo viaje de Mariel a Nueva York”. Necesidad de libertad. Miami: Ediciones Universal, 2001. 296-301.
---------------------. “Adios a Manhattan”. Libro de Arenas. Prosa dispersa (1965-1990). Compilación prólogo y notas Nivia Montenegro y Enrico Mario Santí. México: CONACULTA/ DGE Equilibrista, 2013.
Borges, Jorge Luis. “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz. (1829-1874)”. El Aleph. Madrid: Alianza Editorial S.A.. 62-67.
Céspedes, Carlos Manuel. “Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba”. http://www.cubamilitar.org/wiki/Manifiesto_de_la_Junta_Revolucionaria_de_la_Isla_de_Cuba
Juan, Adelaida de,. Caricatura de la República. La Habana: Ed. Letras Cubanas, 1999.
Martí, José. Obras Completas, Volumen 9. La Habana: Editorial Nacional de Cuba, 1963.
-------------. Obras Completas, Volumen 19. La Habana: Editorial Nacional de Cuba, 1964.


Monday, March 6, 2017

Discurso de investidura: Yesenia Fernandez Selier


 Discurso de investidura de la académica Yesenia Fernandez Selier, 4 de marzo 2017.


Estimados compatriotas y miembros de la Academia de Historia de Cuba:

Esta invitación es un honor inestimable, no solo en nombre propio sino también de la memoria intangible de cubanas y cubanos que por más de 20 años han sido el centro de mi labor investigativa y cultural. Mi adolescencia se forjó en el medio teatral habanero. El escenario fue el espacio mágico en que aprendí a soñar, sobrevolar las agonías cotidianas de una Habana decaída y decadente; las estrecheces y ruidos de solar que me tocaron en suerte. Por medio del teatro caí en la piel de Virginia, una niña que detestaba ser negra[1]. Para Virginia, su piel y pelo eran un motivo de vergüenza y escarnio, una especie de muerte social. La tragedia psicológica del ser en una sociedad que no ve más que su color,  tema encomiable de aproximación política e intelectual, sonó muy bien a mis oídos.  Pero la solución de la obra me pareció escandalosamente indigna: Virginia se resignaba a su negritud por temor a que la diosa de la muerte se la llevara después de tres días. La indolencia del autor, del director y mis compañeros de escena me llevó a la renuncia y también a mi compromiso de trabajar desde entonces por la justicia social y racial desde las Ciencias Sociales.  Ser apenas considerada para la integración a esta academia es una distinción que estimo desde la conciencia de la exclusiones históricas de los afrocubanos.
La historia nacional, los silencios y mitos de su narrativa tradicional, han jugado  un rol fundamental en cada una de mis intervenciones investigativas. Recuerdo como un latigazo en el rostro, la tarde en que uno de mis compañeros en la Facultad de Psicología, me espetó “no sé para qué tanto drama… ¿Qué es lo que han hecho los negros en este país?” Su interrogante, colectivamente asentida, me produjo una agonía, solo comparable a la de estar en la piel de Virginia. La ignorancia de mis compatriotas blancos y negros, así como la propia, sobre la contribución afrocubana a la construcción nacional fue un veneno que aprendí a transformar en medicina. Así en el año 1995, formé un pequeño grupo de investigadores que desarrollamos a pesar de las trabas institucionales, una serie de estudios sobre la identidad racial, al mismo tiempo que cazábamos y compartíamos libros de académicos americanos que nos contaban nuestra historia de otro modo.
Así supimos el origen del dicho “más malo que Aponte”, que ha vilificado por siglos la figura del intelectual, artista visual, educador y revolucionario José Antonio Aponte[2]. Así aprendimos que esa y otras represiones del siglo XIX ayudaron a contener una pujante clase media negra, que hasta la fundación de San Alejandro sostenía las artes y oficios de la isla de Cuba[3]. Que una de las primeras poetas negras de la diáspora africana, fue la también educadora Juana Pastor hacia 1830 en La Habana[4]. Supimos que la primera publicación femenina de la isla “Minerva”, fue editada, escrita y sostenida por mujeres negras[5].   Así supimos que el ejército libertador, contrario a la mayoría de sus representaciones, fue un ejercito mayoritariamente negro y que la Intervención Americana de 1898, tuvo entre sus muchas motivaciones el  desvirtuar el triunfo de un ejercito multirracial,  en el que destacaban con alto rango militar hombres negros[6].  La popularidad de Antonio Maceo entre cubanos de todas las razas tras participar en las tres guerras, su hidalguía en el combate, que le gané el título del Titán de Bronce, tenía para los afroamericanos, en particular para los del sur profundo, ribetes míticos. Los regimientos negros del ejercito de intervención, no podían entender en nombre de cuál progreso intervenían en una isla, cuyos nombres de color tenían grados y honores militares insanables para ellos.  Así también aprendimos que mambises negros, en 1912, protestaron la creciente segregación de la nueva república. Los Independientes de Color, símbolos hoy de las luchas por los derechos civiles de los Afro-Latinos, fueron pioneros de una plataforma política de integración y justicia social, que esperó casi tres décadas para manifestarse en la constitución de 1940. “La guerrita de los Negros”, como mal se le conoce a la protesta de hombres que lucharon por la independencia en la guerra, y por la igualdad en la paz, sesgó la vida de un numero aún indeterminado de cubanos. Pero los estimados adquieren  su verdadera dimensión si se les compara con el total de linchamientos de la historia de la Estados Unidos.  Entre 1877 y 1950, fueron linchados 4,875 afroamericanos; entre mayo y agosto de 1912 en Cuba fueron cercenadas las vidas de entre 3 mil y 15 mil  hombres y mujeres, la mayoría desarmados, preponderantemente ex-mambises[7].
Queridos compatriotas, no animan mis palabras el quitarles el sueño, el afán sincero de esta bienvenida. Hoy como ayer, los hombres y mujeres de los que hablo, fueron movidos por una fe profunda en el futuro, por un amor profundo por la patria. Maceo nos legó su obra y también esa esperanza cuando caracterizó que en la devoción de sus tropas no había: “nada como negro, todo como cubano”. Apenas señalar que en no pocas ocasiones malos patriotas han permitido que cubanos de piel negra no consigan- y cito aquí a los fundadores del PIC, Evaristo Estenoz y Pedro Ivonet- “lo que les corresponde”.  Desde la luz titilante de mi acervo, simplemente afirmo, que el problema racial cubano ha definido en no pocas ocasiones nuestro pasado, cuelga como espada de Damocles en nuestro presente y sin debates, investigación, espacios de acuerdo, consenso y compromiso opacará también nuestro futuro.  El padre del psicoanálisis, Sigmund Freud demostró que el trauma no resuelto, se convierte en una pesadilla circular, y también que solo reconocer y recordar es el camino de la cura. Ciencia, paciencia y conciencia, hagamos con nuestro trabajo y nuestra labor individual y colectiva una nación con todos y para el bien de todos[8]. Muchas gracias. 





[1] De Castro, Cesar  Virginia y los Orishas.  1991 obra que aún se representa en Cuba. Ver. http://www.radiococo.icrt.cu/noticias/culturales/virginia-una-nina-que-no-queria-ser/
[2] Childs, Matt. The 1812 Aponte Rebellion in Cuba and the Struggle Against Atlantic Slavery. Chapel Hill: University of North Carolina Press, 2006.
[3] Deschamps, Pedro. El negro en la economía habanera del siglo XIX. La Habana, UNEAC, 1971.
[4] DeCosta-Willis, Miriam. Daughters of the Diaspora: Afra-Hispanic Writers, 2003
[5] Brooks, Lisa: http://www.afrocubaweb.com/brock3.htm
[6] Ferrer, Ada. Insurgent Cuba: Race, Nation, and Revolution, 1868–1898 
[7] Aline Helg.  Presentación de “ Lo que nos corresponde” Fundación Fernando Ortíz, 2002.
[8] “Ciencia, paciencia y conciencia” una de las frases recurrentes de Don Fernando Ortiz.  “Con todos y para el bien de todos”, discurso dado por José Martí en el Liceo Cubano en Tampa el 26 de Noviembre de 1891.