Sunday, August 19, 2018

Posible epílogo: Lecciones de la historia


Por Alejandro González Acosta

El sorprendente triunfo masivo de AMLO en estas elecciones –que sospecho lo sorprendió a él mismo, y hasta de forma perturbadora, pues ahora tendrá que cumplir las abundantes, contradictorias y disparatadas promesas que hizo- ha querido ser interpretado por muchos no tanto como un voto a su favor, sino en contra de todo un sistema de partidos y por una incómoda situación nacional. El grado de expectativas es tan alto que resulta vertiginoso. Y su capacidad de cumplir con ese nivel hipertrofiado resulta, en el mejor de los casos, dudoso.
La historia latinoamericana ilustra casos de políticos populistas que generosa, sincera e irresponsablemente prometieron todo, y al no poderlo satisfacer, en algunos casos tomaron la terrible decisión de pagar sus palabras con su vida. El 24 de agosto de 1954 el Presidente brasileño Getulio Vargas se descargaba sobre su pijama un balazo en el pecho, por la vergüenza de no haber cumplido con sus electores. “Les he dado ya todo y me piden más, así que ya sólo puedo darles mi vida”, comentó con sus allegados. Unos años antes, en Cuba, el pundonoroso jurista y alcalde habanero Manuel Fernández Supervielle, en 1947 había realizado la misma acción suprema, poniendo su sangre como prueba de buena fe. Ambos metieron un pedazo de plomo en sus corazones.
En varias oportunidades, López Obrador amenazó con “soltar al tigre” (o, por lo menos, no impedir que este se soltara) si no le reconocían su triunfo (aún desde antes de las elecciones, que ya daba por ganadas). Aludía a una frase histórica de un antiguo predecesor, Don Porfirio Díaz, quien al embarcarse desterrado hacia Europa pidió que le dieran un mensaje al neófito presidente mexicano Francisco I. Madero: “Dígale a Panchito que ahí le encargo el tigre…”
Pero “el tigre” de Don Porfirio es otro en la actualidad. No es aquel “tigre de papel” con que bautizó Mao Tse Tung al imperialismo, sino ese tigre que se revuelve furioso en los rincones de la “Corte de los Milagros”. El auténtico tigre que deberá enfrentar López será el de sus propios seguidores, cuando no les pueda cumplir sus promesas de inmediato y a su entera y total satisfacción. Realmente, la verdadera “mafia del poder” a la que siempre aludió insistentemente, está entre esos fanáticos ignorantes de sus seguidores a ultranza, que serán los primeros y quienes más agresivamente le reclamarán el cumplimiento de sus fantásticas utopías.
La sorprendente resolución de las elecciones mexicanas quizá haya que buscarla en algunos contrastes, tan ilustrativos como enigmáticos. México, según la encuesta (20,200 entrevistas en 18 países) más reciente (Marzo de 2018) que la Corporación Latinobarómetro (con sede en Santiago de Chile) realiza desde 1996 (www.latinobarometro.org), es el país del continente donde es menos apreciada la democracia –realmente inaugurada apenas a partir de la “transición” del 2000, si se quiere, con un antecedente gestacional desde 1994- y al mismo tiempo que sus ciudadanos se manifiestan escépticos, molestos y hasta opuestos al ideal democrático, eso mismos encuestados iracundos y atribulados, se declaran en una encuesta del Reporte de la Felicidad de la Red para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, como el segundo país más feliz de América Latina, después de Costa Rica, y por encima de Chile,  Brasil y Argentina.
Al unísono con lo anterior, la OCDE reporta a México entre “los más felices” de los 20 países que integran esa asociación de las economías más desarrolladas. México ocupa también el último lugar en la escala de apreciación de un concepto un poco impreciso llamado “democracia churchilliana”, que al parecer se establece por contraste con las otras formas de gobierno, siendo la democracia “la menos mala de todas”. En esta encuesta durante 2017, México ocupó el quinto de los últimos lugares, con un 18% de aceptación y aprobación, cuando el promedio latinoamericano fue de 30%; todo esto, en contraste con los indicadores económicos y sociales de signo favorable, mucho mejores que los de otros países de la zona. Creció en México un “no aprecio de la democracia”, o para decirlo más claro, un desprecio por la misma, como parte también de un deterioro sistemático y creciente del término en la región.
Si todo esto no es anómalo y sorprendente, habrá que buscar entonces una explicación psiquiátrica. Pero en las ciencias sociales y sus actores, los llamados “cientistas”, todos estos fenómenos tienen cabida y a la larga justificación, aunque sea a posteriori. Esos datos evidencian un problema de percepciones contradictorias, que se insertan en un fenómeno calificado como “democracia diabética”. Este panorama del perfil esquizofrénico de una sociedad en un momento determinado de su vida, puede aportar argumentos para entender qué pasó en las elecciones mexicanas. Es algo así como la disociación entre dos mundos totalmente diferentes, para un sorprendente resultado bipolar en esta cadena de contradicciones, y la formación de una formidable paradoja: hay algo muy turbio en México.
¿Cómo compaginar ambos retratos sociales tan discrepantes? Si los individuos son susceptibles de ser estudiados y tratados por psicoanalistas, la extraordinaria paradoja mexicana actual requiere de un gigantesco psiquiatra que explique –y medique- esa disociación espectacular que pinta a sus ciudadanos, al mismo tiempo, como los más insatisfechos y los más felices. Quizá en el fondo de todo esto prevalece un fenómeno de percepción difícilmente explicable por las leyes de la lógica y los principios de la sociología. Es, en el mejor caso, un país profundamente enfermo. Y cuando esto acontece, no faltarán los curanderos que propongan la “mágica medicina”, esa milagrosa panacea de la revolución que lo desordene todo para dejar al final todo igual, o peor que antes de ella. La “cuarta transformación” que se ha anunciado quizá tenga mucho que ver con aquella ancestral Leyenda de los Cuatro Soles, la cual forma parte del imaginario colectivo, donde los díscolos hombres terminaron anegados por los dioses, hasta su final extinción.
Esas tropas de guerreros virtuales, esos implacables cyberreciarios, herederos putativos de Aretino y Bocaccio, mediocres émulos de Quevedo, Góngora y Gracián, pero sin su talento, arte ni ingenio, fueron decisivos para el triunfo de López Obrador, por lo cual es muy merecido su elogio y reconocimiento, al declarar a los satánicos y escatológicos canales como “las benditas redes”, que quizá nos habrán traído los resplandores de un cuarto sol aniquilador.

Thursday, August 16, 2018

Los reciarios de hoy


Por Alejandro González Acosta

Por todo lo anterior, como se habla tanto hoy de esos belicosos guerreros virtuales, o usuarios de las redes, propongo reconocerles por economía del lenguaje, un nuevo -y al mismo tiempo antiguo-  nombre genérico, un término que creo aplica perfectamente a estas importantes y decisivas figuras contemporáneas: llamémosles reciarios, a semejanza de aquellos humildes pero mortales esclavos combatientes del coliseo romano (no eran realmente gladiadores, pues no empleaban el gladio o espada), porque usaban las redes como su principal arma, engañando, aturdiendo, atrapando y finalmente aniquilando a sus contrincantes con sus traicioneras artes de hipnosis mortal, los fornidos gladiadores competidores fuertemente armados y encorazados, que eran nombrados secutores. Los reciarios eran rápidos, astutos e implacables, tal como sus modernos colegas virtuales. Hundían sin piedad su tridente o su daga en el inerme cuerpo de la víctima, atrapada en su red como un pececillo, de igual forma que hacen hoy, también a saludable distancia. Ciertamente, no eran muy estimados por el público romano, que los consideraba femeninos y arteros, pero igual aplaudían el espectáculo sangriento. Como una expresión moderna de aquellos antiguos y mortíferos guerreros circenses hoy tenemos a nuestro cyberreciarios virtuales, siempre prontos al feroz ataque.
Hoy, gracias a internet, vivimos en un circo romano globalizado, instantáneo y doméstico, al alcance de casi todas las lenguas viperinas. En el caso cubano especialmente, muchas veces este se convierte en una comedia del teatro bufo, una farsa que forma los rasgos inconfundibles de un cybersolar virtual, una trepidante casa de vecindad con la alta tecnología del chancleterismo exultante. Por eso nunca dignifico con riposta ningún ataque anónimo de semejantes seres, ni las descalificaciones viscerales sin argumento: Aquila non capit muscas.
Ningún político o aspirante a ello que hoy se precie de serlo, puede ignorar el fenómeno de las redes sociales y sus aguerridos reciarios. La vida moderna impone contundentemente ese fenómeno, de tal suerte que recomiendo una oración para los suspirantes:
Internet nuestro que estás en el éter,
Santificado sea tu Google,
Venga a nosotros tu Facebook,
Y hágase tu Twitter,
En el WhatsApps, como en el Linkedin.
No nos dejes caer en el break out
Y líbranos de todo Soros, bots y trolls.
Así sea, por los megabytes de los bytes.
Hoy las redes son estercoleros de insultos donde se dañan las honras sin piedad, y el honor se mancilla regocijada e irresponsablemente. Son los “males de la libertad”, o más bien, de sus excesos, que quizá algún día deban legislarse y regularse.
Las “benditas redes” acompañaron y arroparon a AMLO como su falange más combativa no durante meses, sino durante los muchos años de esa campaña electoral que sostuvo –la más extensa de la historia de México- y gracias a ellas se posicionó en el imaginario colectivo como “el único candidato realmente antisistema”. Para ello nunca le faltó dinero y espacio gratuito en los medios, a los que supo dictar la pauta cotidiana.  Apenas ahora están surgiendo algunos de los mecanismos de financiación de su campaña, como el presuntamente fraudulento fideicomiso, al parecer falsamente presentado para ayudar a las víctimas del terremoto del 19 de septiembre de 2017, y que según se sospecha sirvió como eficiente lavandería para introducir dinero espurio en su promoción.
Durante años, AMLO repitió que “lo dieran por muerto”; sin embargo, a pesar de que dijo esto varias veces, engañó a todos tabasqueñamente y finalmente se vio que no había muerto, sino que se había ido de rumba… electoral. Si alguien ha trabajado hasta la obsesión para el ascenso al poder, ha sido sin duda Andrés Manuel López Obrador, con una fijación obsesiva, admirable y temible al mismo tiempo. Su tierna esposa le suele cantar dulcemente una canción de Silvio Rodríguez que es como su tema musical personal: “El Necio” …
El golpazo demoledor que aplicó a sus contrincantes debe servirles a estos, al menos, como la imperiosa necesidad de hacer un alto para meditar y corregir sus numerosos fallos y equivocaciones. En tal ambiente de polaridad en la sociedad, ahora sólo cabe la formación de un frente unido de oposición, que quizá implique la desintegración de los partidos perdedores y su reintegración en uno nuevo, cohesionado y coherente. La tragedia de la naciente democracia mexicana, vencida por ella misma en asombrosa paradoja, impone el modelo de la tragedia griega, donde la catarsis sigue a la anagnórisis. Los derrotados políticos mexicanos deberán clamar a los cielos: ¿En qué fallamos? Y ajustar de inmediato su conducta a la respuesta de esa gran pregunta.
La gran mayoría de los votantes mexicanos, por las causas y razones que sean, decidieron soberana e irresponsablemente poner todos los huevos en una canasta. Así que hay no sólo que aceptarlo sino entenderlo, pero también prepararse desde ahora mismo para la próxima contienda, que podría ser una gran coalición opositora. Pero lograr esto requerirá de un enorme desprendimiento, generosidad, altura de miras y conciencia patriótica de parte de políticos que, al menos hasta ahora, en su gran mayoría han demostrado todo lo contrario, con un egoísmo y una miopía sorprendentes. Si no hay un examen de conciencia profundo y sincero y un firme propósito de enmienda por parte de los políticos derrotados, México estará perdido.
Los AMLObots y los PEJEtrolls hicieron bien su cruel trabajo: mordieron, escupieron, vomitaron, destazaron, ensuciaron y defecaron cuanto obstáculo se les atravesó, para que su impoluto Mesías alcanzara sus fines. Ahora deben ser recompensados jugosamente por su eficaz atentado contra la república y la democracia, que violentaron y prostituyeron para ganar su meta. Ojalá les sirva de provecho su triste tarea y su pitanza.
Sin embargo, sospecho que apenas a poco más de cuatro semanas de las elecciones, donde obtuvo López su clamoroso triunfo, muchos de quienes votaron por él ya se han arrepentido de su decisión, aunque neciamente se nieguen a admitirlo, pues desde ahora el enfrentamiento con el ejercicio real del poder, obliga al caudillo y su camarilla a ajustar las hipertróficas ofertas de campaña, enfrentadas a la perversamente perseverante realidad. La muchedumbre largo tiempo insatisfecha asumió aquel grito parisino del mes de mayo de 1968: “Basta de realidades: ¡queremos promesas!” Y así se les cumplió, al menos en campaña. Siguen aferrados en una gran parte –así puede verificarse fácilmente en “las benditas redes”- a una visión visceral, y a un discurso del resentimiento trufado de odio y envidia, bajo la falsa envoltura de “justicia social”. Quizá esta masiva decisión resulte, a fin de cuentas, por las irónicas zancadillas de la Historia, la vacuna que finalmente inmunice a México de sus antiguas y profundas veleidades comunistas, aunque ese aprendizaje y el tratamiento que implica será doloroso, prolongado y muy probablemente sangriento.

[Continuará]

Monday, August 13, 2018

Refranes, frases y citas


Por Alejandro González Acosta

En el caso mexicano en específico, quizá por encima de todos los errores y pecados (corrupción, ineficiencia, desmoralización, torpeza) el principal error del presidente Enrique Peña Nieto fue la incapacidad absoluta de él y su equipo, para establecer una política comunicacional adecuada y efectiva. De nada valieron las reformas estructurales y buenos actos de gobierno (que los hubo) si no se supieron difundir, explicar o respaldar. Aplica aquí el refrán mexicano: “La gallina no sólo debe poner huevos, tiene que cacarearlos”. El gobierno vivió de espaldas a lo que sucedía en las redes, que fueron como un volcán preparando la erupción, igual que los desprevenidos pompeyanos vieron una creciente columna de humo en el Vesubio sin tomar precauciones.
Fue una incompetencia colosal, casi criminal, la de Peña junto con su equipo, para difundir las bondades y logros de su gobierno, hoy ninguneados miope y egoístamente. Ya con el árbol caído, todos harán leña de él y levantarán la pira, negando absolutamente cualquier mérito o servicio, y resaltando solamente los vicios y errores, que también los hubo y muchos. Sólo ahora, con el bien enajenado, sabremos apreciar lo que se perdió. Nadie le “robó la inocencia a los ciudadanos” a través del internet: hace rato ya la tenían perdida. Las redes antisociales fueron el medio perfecto para reconocerse, comunicarse, coludirse y organizarse, de los hasta entonces miembros dispersos de esa “corte de los milagros”, canallesca y resentida, quienes carecían hasta ese momento del vehículo idóneo para formar un movimiento.
Desde el poder le pusieron la mesa cómodamente a los adversarios: con el candidato del partido en el gobierno, José Antonio Meade Kuribreña, ocurrió lo mismo que se dijo en su tiempo del Cid Campeador: “¡Qué gran vasallo sería si tuviese buen señor!”; a pesar de sus muchas cualidades personales y profesionales, no logró desprenderse de la reprobación que colmaba a los ciudadanos por varios sexenios y en especial del más reciente, que más allá de sus yerros y limitaciones evidentes, innegables y hasta groseros, ofreció una imagen de corrupción total, aunque para muchos esto fue exagerado, pero resultó precisamente aquello que alertó Marco Tulio Cicerón: “La mujer del César no sólo debe ser honesta, sino parecerlo”. Sin duda alguna Meade era (es) de los tres candidatos (o cuatro, si aceptamos a “El Bronco”, producto del folklore regional, quien sin embargo logró un sorprendente 5% de la votación con poco menos de tres millones de votos), el más preparado para encabezar un país que se enfrenta ahora a una extremadamente compleja relación nacional e internacional. Pero los pueblos suelen elegir a los menos indicados, y luego no sólo pagan sus consecuencias, sino que se quejan de ello.
Tampoco ayudaron muchas de las organizaciones no gubernamentales, más bien anti-gubernamentales, que se dedicaron a solapar delincuentes, socavar los cimientos sociales y atacar incansable y arteramente un Estado en situación de desconcierto, empeñado en hacer necia y limpiamente un juego democrático. El gobierno mexicano quiso emplear armas legales, contra el puñal, el veneno y el lazo traicionero. Además de los muchos propios, al gobierno le adjudicaron hasta los crímenes ajenos, como el de la matanza de los estudiantes normalistas rurales de Ayotzinapa, resultado del enfrentamiento de dos carteles del narcotráfico. Y le ocurrió a esa democracia indefensa (sustituta de aquella “dictadura perfecta”), lo que al esclavo nubio en el Coliseo romano, enterrado en la arena hasta el cuello, cuando al acercarse el feroz león hambriento sólo atinó a morderle apenas una pata: “¡Pelea limpio!” le gritó desde las gradas un enfurecido populacho que quería ver sangre ya.
Es una opinión bastante generalizada que a los mal llamados y peor entendidos Derechos Humanos también les corresponde una gran parte de responsabilidad, y algún día tendrán que dar cuenta de ello ante los ciudadanos y ante la historia. Lejos de defender a los ciudadanos agredidos, en muchos, demasiados casos, protegieron a los delincuentes, propiciando una impunidad a la que también abonaron muchos miembros del poder judicial, todavía dudo si ignorantes o vendidos, protegiendo, tolerando y multiplicando la espantosa criminalidad que hoy padece México. Espero ahora que con el nuevo gobierno elegido, al menos se aminore, regule o impida su desempeño igualmente vitriólico y corrosivo, pues la completa ruina republicana ya será de su entera responsabilidad. Por todo lo anterior debe entenderse que una muchedumbre desesperada e indefensa, optó en su pánico justificado por la peor opción, pero fue la que mejor se le vendió por los medios: la mercadotecnia política triunfó sobre el civismo y la sensata responsabilidad ciudadana.
Pero algo verdaderamente sorprendente y nunca antes visto fue que, en estas elecciones, contra todos los usos y costumbres, la izquierda (bueno, eso que se autodenomina “izquierda”) acudió en bloque cerrado y heterogéneo, y en cambio, la derecha (eso que en México tildan de “derecha”, pero que realmente no existe; es más bien un centro vergonzante y ambivalente), concurrió a los comicios ofreciendo un lamentable espectáculo de división, inquina, mezquindades, apetitos voraces y miopías suicidas. Fue el mundo al revés, que ni Bajtin pudo soñar.
El astuto AMLO vio todo esto con justificada satisfacción y se frotó gozosamente las manos, aplicando el viejo aforismo de El arte de la guerra de Sun Tzu: “Cuando veas a tus enemigos cometer errores y pelear entre ellos, no los distraigas”.
Dos países tan diferentes como Estados Unidos y México, sin embargo, y por curiosa paradoja, han elegido dos presidentes sumamente parecidos. Ambos son personajes que viven en el conflicto: la tormenta es su elemento y razón de ser.  Los dos fueron elevados por un malestar generalizado contra el status quo, y sobre todo contra los partidos políticos y sus operadores tradicionales. Comparten una decidida y antigua vocación por el poder, y la persistencia y perseverancia son sus rasgos fundamentales. Tienen olfato y músculo y, por tanto, el enfrentamiento entre ellos es inevitable, a pesar de las corteses cartas cruzadas que son más bien una finta de espadas ante un duelo cercano. Son demasiado parecidos para complementarse y, se sabe, dos narizones no se pueden besar. Además, sus mismos electores así se lo reclaman a ellos. Sólo hay que esperar el choque. Ante este panorama, las benditas redes sociales mexicanas podrán tener un nuevo empleo, movilizando una oleada de nacionalismo y reivindicaciones históricas.

[Continuará]

Sunday, August 12, 2018

La Bomba F


Por Alejandro González Acosta

Pero ya con las tecnologías más modernas, se acrecentó el carácter revolucionario tanto del mensaje como del medio. En 1979 triunfaba la revolución iraní del ayatolá Jomeini derrocando a Mohamed Reza Pahlevi, Sha de Irán, enviando con mensajeros de confianza numerosos casetes grabados con encendidas arengas religiosas, desde un pueblo francés donde pasaba su exilio: fue por ello llamada precisamente la revolución de los casetes. Nada hacía suponer a la empresa Philips que cuando lanzó al mercado su invento en 1962, el mismo serviría además para derrocar un imperio de dos mil quinientos años.
En fecha más cercana (2010-2013), el mundo asombrado contempló el rápido reguero de pólvora encendida que atravesó varios países musulmanes, desde Marruecos a Egipto, pasando por Libia, conocido como la “primavera árabe”, pues las imágenes de un autoinmolado vendedor callejero, un bonzo tunecino, distribuidas por Facebook, reventó un levantamiento general que metió en la cárcel a un anciano dictador y empaló públicamente a otro. Ese estallido fue el resultado de la nueva dinamita social de Facebook, la Bomba F.
Esto fue sólo en los países de Musulmania, y no se contagió al Caribe, pues la única primavera que ha llegado a Cuba es la Negra, pero ya sabemos que en esa isla hay “un eterno verano” ... O, como decía el maestro Don Raimundo Lazo: “En Cuba sólo hay dos estaciones: el verano ... y la Estación de Ferrocarriles”: nada, nadita de primavera, y de invierno, menos.
Es un hecho admitido que el triunfo electoral de Barack Obama se atribuyó en gran parte a su empleo eficaz y certero del Facebook, con éxito semejante al que tuvo cincuenta años antes otro presidente de su mismo partido, John F. Kennedy, cuando derrotó ante la nación a un sudoroso y mal afeitado Richard Nixon, en el primer debate presidencial televisado.
No mucho tiempo después de Kennedy, el General Charles De Gaulle también empleó acertadamente la televisión para controlar los disturbios de 1968, en una Francia profundamente convulsionada.
El actual presidente norteamericano es temido por su carácter explosivo y por su obsesivo manejo del Twitter a cualquier hora, que al parecer opera personalmente, con todo lo que eso implica. Quizá a veces eche de menos su teléfono, más que a su bella y elegante esposa, en el amplio tálamo de la recámara presidencial de la Casa Blanca. Una amiga hermosa y sabia me confesó alguna vez que si una mujer quería realmente enloquecer a un hombre en la cama debía… esconderle el control remoto. Sospecho que si Melanie quiere exasperar a su distinguido conyugue bastará con que le oculte el celular. O la Tablet.
Quizá algún día se exhiba en el Smithsonian, junto a la chistera de Lincoln y la dentadura postiza de Washington, el Smart Phone de Trump.
En los Estados Unidos, mensaje y medio están en sus mismos orígenes: fue el jinete Paul Revere quien atravesó en veloz caballo la distancia desde Boston hasta un expectante Concord, alertando a todos con el grito “¡ya vienen los ingleses!”, convirtiéndose así en el símbolo del servicio postal estadunidense.
Si el medio es el mensaje según dijo el ballestero canadiense Marshall McLuhan (Understanding Media, 1964), ahora ya en este mundo globalizado de la cultura del espectáculo, así bautizada por Vargas Llosa, el medio es en sí mismo, todo el mensaje. A la Galaxia Gutenberg sucedió la Galaxia Marconi y hoy vamos viendo ya la consolidación universal de una nueva Galaxia que quizá ya deberemos llamar Berners-Lee (por Sir Timothy “Tim” John Berners-Lee, considerado “el padre de la web”). Se han cumplido perfectamente las dos premisas del canadiense: si “somos lo que vemos”, esto nos lleva a que “formamos nuestras herramientas y luego estas nos forman a nosotros”. Hoy somos biznietos del telégrafo y la radio, nietos de la televisión, e hijos del internet, que, aunque invenciones humanas, finalmente nos han formado a su imagen y semejanza.
El viejo grafiti, el añejo panfleto y el moderno twitter, comparten algunos rasgos: su consumo morbosamente masivo e instantáneo, su carácter perversamente maledicente, y el cobarde anonimato de su emisor, que garantiza su impunidad. Eso es bueno y malo a la vez. Además, las redes fueron el medio idóneo, perfecto, barato e impune, para que se identificaran entre sí elementos nocivos dispersos en el entramado social, e intercambiaran opiniones, trazaran planes y unieran sus fuerzas. Por eso países como Rusia, China, Cuba y Viet Nam tienen tanto cuidado en controlarlas y vigilarlas, pues saben muy bien el desmande que pueden provocar. Ahí no se consideran “benditas” sino las malditas redes sociales.

[Continuará]

Thursday, August 9, 2018

Batalla de ideas en México


Por Alejandro González Acosta

Al agradecer en el Zócalo capitalino a sus aliados y colaboradores el triunfo alcanzado en las elecciones mexicanas del 1 de julio pasado, Andrés Manuel López Obrador fue elocuente y rotundo al mencionar con un adjetivo enaltecedor a uno de los principales: “¡las benditas redes sociales!”
No exageró. En realidad, quizá el cómplice más activo, constante y decidido de toda su dilatada campaña estuvo en ese entramado virtual pero omnipresente, que formó lo que podría describirse como el ardiente campo virtual de una “batalla de las ideas”.
Aunque basta sumergirse en las mismas para comprobar que más que “ideas” y “propuestas”, las redes sociales a su favor repitieron consignas, distribuyeron abundantemente insultos, descalificaciones e infundios, y crearon una tormenta de lodo y excrementos. Eso ha sido lo normal en estos competidos comicios mexicanos, pero tampoco dista mucho del panorama mundial.
Si examinamos el “programa de gobierno” de AMLO que las redes han repetido hasta la saciedad, podremos comprobar que es una suma de ocurrencias y buenos propósitos, de difícil si no imposible cumplimiento, sobre el cual los hechos dirán al final la última palabra. Ahora comienza un progresivo desencanto sobre el publicitado programa, que ya tropieza con un primer y gran obstáculo: la dura, necia e impertinente realidad.
Ahora, después de la arrolladora victoria, las redes amloistas han quedado casi mudas, muy lejos de la febril actividad de los últimos meses –años- y se mantienen en reserva, esperando volver a ser requeridas como la primera trinchera de combate, las Sturmtruppen tecnológicas. Es el paisaje después de la batalla.
De haber tenido esas “benditas redes”, Lenin hubiera brincado de alegría, pues su convocatoria de asalto al Palacio de Invierno desde el femenino Instituto Smolny, habría sido un asunto de un par de horas, reduciendo a menos de la mitad aquellos famosos “diez días que conmovieron al mundo”: el reportaje de John Reed habría quedado en un par de jornadas. Y, por otro lado, me invade la imagen que, de haber contado con las computadoras y esas “benditas redes”, un monarca tan dedicado como el autócrata español Felipe II, quien despachaba personal y puntualmente cada asunto de su enorme imperio, habría mudado su habitual taciturno semblante por el gesto de una gran satisfacción.
A pesar de la novedad tecnológica, nada de esto es nuevo: los famosos mensajes insultantes de Facebook, Twitter y otros canales virtuales, son los herederos de aquellos antiguos libelos infamantes y procaces grafitis que forman una parte íntima de la historia cultural de la civilización. El ser humano, siempre proclive al agravio y la ofensa, ahora cuenta con esa magnífica impunidad del anonimato que hoy brindan ampliamente las “redes sociales”. Pero si buscamos lo suficiente en el pasado, sólo se trata de un antiguo género literario, que con la aparición de la imprenta terminó por conocerse como libelo, en la prosa, y como epigrama en la poesía. Aunque actualmente, por la rudeza de los tiempos que corren, no hay duda que predomina abrumadoramente la prosa sobre la poesía.
Insultar, agredir, degradar, falsear, mentir y perturbar, son en gran parte los signos de las redes sociales contemporáneas, como ayer lo fueron también los anónimos vitriólicos en las paredes de los templos egipcios (hasta en el sagrado Valle de los Reyes), en la antigua Grecia (en Atenas, la sal ática alcanzó niveles superiores, en comediógrafos como Aristófanes y Menandro, después emulada por los latinos Plauto y Terencio), en los lupanares de Pompeya, en los mingitorios de la Roma imperial… Dicen los cronistas que la sepulcral Vía Apia era una dilatada y densa exposición de grafitis injuriosos. Horacio, Persio, Juvenal, Lucilio y Varrón, le dieron categoría de género literario a la sátira.
En la Italia renacentista, eran famosos los carteles infamantes que aparecían en los muros de los palacios venecianos, florentinos y romanos. Y hubo autores que alcanzaron fama europea por su talento en la difamación y la injuria, como Pietro Aretino y Giovanni Bocaccio. Generalmente, el oficio de epigramista fue una ocupación mercenaria, igual que para muchos feisbukeros y tuiteros de hoy: Aretino recibía grandes sumas de dinero para que afilara sus dardos ponzoñosos, y también otros le pagaban generosamente para que no escribiera sobre ellos. Por cierto, irónicamente, hace apenas unos años (2010), Aretino alcanzó el pináculo de su fama al ser censurado nada menos que en Cuba por la revista UNIÓN (No. 69), debido a la atropellada decisión de una asombrosamente pudibunda Nancy Morejón. Por cierto, ¿se ruborizará ella?
En la España de los Austrias eran muy temidas las covachuelas de los mal pensados y peor hablados parroquianos de los “mentideros” de la Plaza Mayor de la Villa del Oso y el Madroño. En la cercana corte palaciega cruzaban sus lenguas como espadas (mucho antes de Luis Cernuda, pero ya después de los Salmos bíblicos) de fino y buido acero toledano, Francisco de Quevedo y Luis de Góngora, donde terciaban tanto el cura fray Félix Lope de Vega y Carpio como el viejo soldado manco Miguel de Cervantes, con general aplauso y regocijo.
En la América colonial competían parejamente con la metrópoli en este tema de los epigramas y fábulas licenciosas. En los amarillentos legajos del Archivo General de la Nación de México aparecen numerosos procesos contra injuriadores, heréticos y blasfemos, y fueron famosos por su esencia mordaz “El muerdequedito” (1714), del poblano Juan de la Villa y Sánchez, espléndidamente editado por mi amigo Arnulfo Herrera Curiel (Madrid, Iberoamericana Vervuert, 2016; en colaboración con Flora Elena Sánchez Arreola); y “El Chuchumbé” (1766), que combinaba música sensual y baile erótico con letra procaz, algo así como un reguetón novohispano, rijoso y jarocho, sobre el cual publicó un magnífico estudio (1987) mi viejo maestro ya fallecido George Baudot, junto con María Águeda Méndez .
El siglo XIX fue abundante en epigramas y panfletos. A tal extremo, que todos los periodistas y escritores tomaban clases de esgrima, pues debían estar bien preparados para enfrentar un duelo si ofendían algún honor lastimado. Ireneo Paz, abuelo de Octavio Paz, tuvo que visitar varias veces el campo del honor para defender sus ideas, y así llegó a ser un excelente tirador y temido espadachín. En Francia murió en un confuso duelo por causa de una ofensa a un miembro del clan Bonaparte, el joven periodista Víctor Noir, cuya escultura yacente hoy en el parisino Cementerio de Père Lachaise es símbolo no tanto de honor ni de destreza militar, sino de portentosa virilidad, poseedor de “la entrepierna más famosa del mundo” … al que le ha dedicado una bella y pícara alusión mi querida amiga la gran novelista Zoé Valdés en su Café Nostalgia. Muchas hembras ansiosas van a visitar su sepulcro, y tienen muy bien pulida, casi hasta el desgaste, su notable protuberancia.
En el Madrid de Isabel II, cuando los tiempos previos y posteriores a “La Gloriosa”, la revolución de 1868 que impulsó la Primera República Española, circularon formidables libelos mucho antes de los feroces ataques de las hoy llamadas “redes sociales” (insociales o antisociales, diría yo mejor). El conjunto de láminas pornográficas tituladas con textos explicativos Los Borbones en pelota, fueron atribuidas nada menos que al dulce poeta romántico Gustavo Adolfo Bécquer y su hermano Valeriano, magnífico ilustrador.  Al parecer, el sevillano aplicó su grácil pluma, espantando las golondrinas de su balcón y sin mirar los poéticos ojos azules, para escribir con picante pormenor sobre la vida sexual de la familia reinante española, especialmente de Isabel II, conocida como “La Pepona” en ciertos círculos de su época. Eso no le impidió a Bécquer derramar su influencia en numerosos autores hispanoamericanos, como José Martí –según ha estudiado muy bien mi gran amigo fraternal Ángel Esteban, aragonés cubanizado (por la mejor de las vías) y Catedrático en la Universidad de Granada.
Hoy ya no hay dudas que Su Majestad Alfonso XIII, el digno nieto de Isabel II, fue productor de documentales pornográficos, que encargó al Conde de Romanones, para su sano entretenimiento y solaz. Y su misma abuela, casada con un primo afeminado, mandó ilustrar de forma muy explícita para su consumo privado una edición especial del Decamerón, obra que han reeditado primorosamente mis amigos editores de lujo Beatriz Urrizola y Juan José Izquierdo, de Líber Ediciones en Pamplona, con espléndidas ilustraciones de Celedonio Perellón.
Las ondas del éter también han sido terreno propicio para la diatriba y la injuria, con el propósito de manipular la sensibilidad y el entendimiento, como antecedentes de las “redes sociales” contemporáneas: durante la Segunda Guerra Mundial la radio japonesa fue especialmente efectiva para desmoralizar a los contrincantes, con sus venenosas emisiones de las varias “Rosa de Tokyo”, a través de The Zero Hour; y en los campos europeos los alemanes también atacaron con la pegajosa canción Lili Marleen, que circuló primero como poema en las trincheras de La Gran Guerra (que después tuvo pronto relevo para terminar nombrada como Primera Guerra Mundial), y luego, en 1939 como canción de batalla en la Segunda. Sucedió entonces el asombroso fenómeno que lo mismo la transmitía la radio nazi desde Radio Belgrado, que la BBC desde Londres, y también acompañó a los héroes aliados en el Desembarco por Normandía el Día D.
Todavía en los años 90 del siglo pasado circularon en México varios impresos anónimos muy hirientes y agresivos, que algunos malpensados informados achacamos a quien era entonces el mejor especialista y coleccionista de folletos y panfletos, profundo conocedor del mundo cultural y sus intrigas, vicios y pecados.
En la Cuba de alrededor de 1980, fueron famosos al menos en un círculo íntimo aquellos epigramas candentes como cantáridas de fuego, que bautizó como “Epitafios” el tempranamente malogrado Luis Rogelio Nogueras.
Desde muy antigua fecha, los medios han influido decisivamente en los acontecimientos históricos. La imprenta de Gutenberg ocasionó el derrumbe del mundo medieval; el periódico fue un poderoso impulsor de revoluciones, como la de las Trece Colonias (1776) y la Francesa (1789).


[Continuará]

Wednesday, August 8, 2018

Lógica y azúcar

En las próximas semanas reproduciremos una serie de artículos de tono humorístico que bajo el pseudónimo de Enrisco nuestro colega y miembro de la Academia Enrique Del Risco viene publicando en la revista mensual "Nuestra Voz" sobre la presencia cubana en Nueva York a lo largo de la Historia:

Lógica y azúcar

Por Enrisco

La lógica, como ciertos equipos deportivos, funciona casi siempre excepto cuando más lo esperamos. Como las consecuencias comerciales de las guerras de independencia en Hispanoamérica. En ellas la lógica se comportó con una eficacia digna de los Indios de Cleveland, que no ganan una serie mundial desde 1948. Pues con Hispanoamérica igual. Cuando la mayoría de las antiguas colonias se liberaron del yugo español fue la gran oportunidad comercial… para los únicos dos territorios que habían quedado bajo el dominio de la Madre Patria, que es como les gusta llamarle a los que no viven en ella. Y estas dos colonias eran las islas de Cuba y Puerto Rico.

Francisco de Arango y Parreño, prominente abogado, economista y político cubano del siglo XIX.

Resulta que en 1816 Francisco de Arango y Parreño, esforzado reformista cubano, fue nombrado por la corona española ministro del Supremo Consejo de Indias y de la Junta Real para la Pacificación de las Américas. Entre este y el ministro de Hacienda de la colonia de Cuba, andaban preocupados porque la isla se sumara a la moda de hacerse independiente que recorría a todo el continente. Así que consiguieron que se aprobara el importante decreto real del 18 de febrero de 1818. A partir de este decreto se le permitía comerciar libremente con todos los mercados extranjeros, algo que hasta entonces les estaba prohibido a todas las colonias españolas en América.
De manera que mientras en el resto de Hispanoamérica se dedicaban primero a liberarse de España y luego a recuperarse de las pérdidas de la guerra, los hacendados cubanos y puertorriqueños se esforzaban en producir toda la azúcar posible (gracias a la no muy voluntaria contribución de esclavos importados desde África) para vendérsela a Estados Unidos, el mercado más rentable que tenían a mano.
Así fue como Nueva York resultó el principal destino del azúcar cubano y puertorriqueño. La primacía de Nueva York no es casual. En 1817 había establecido una línea marítima directa con Liverpool y ocho años más tarde se inauguró un canal que conectaba el río Hudson con los Grandes Lagos convirtiendo a Nueva York en el principal punto de exportación del trigo norteamericano que se producía en el Medio Oeste. Los barcos que llegaban con azúcar desde el Caribe confiaban en regresar cargados de harina de trigo o importaciones inglesas. De modo que, además del azúcar antillana, Nueva York fue el destino de los cueros argentinos, el café brasileño y la mierda peruana. O mejor dicho, mierda de aves peruanas, más conocida como guano y que —por su calidad como fertilizante— se pagaba como si fuera defecada por la gallina de los huevos de oro.
Pero nada rivalizaba —ni siquiera la mierda de gallina de los huevos de oro— con el volumen y el valor de las importaciones de azúcar desde Cuba y Puerto Rico. Ya para 1860 la mitad de las caries norteamericanas tenían origen caribeño y los dentistas norteamericanos cada mañana dirigían sus rezos a las Antillas españolas. Y Williamsburg antes de ser la mayor productora de hipsters por metro cuadrado del país fue el centro de la producción mundial de azúcar refino. Ya en 1807 los hermanos alemanes Frederick y William Havemeyer habían establecido las primeras refinerías en Manhattan, y para 1857 sus descendientes establecieron una gigantesca fábrica en Williamsburg que convirtió a los Havemeyer en los Rockefeller del azúcar, con la diferencia de que un Havemeyer se hizo con la alcaldía de Nueva York más de cien años antes de que un Rockefeller llegara a gobernador del estado.

La histórica refinería Domino de Williamsburg. (Wikimedia Commons)

Pero el azúcar no llegó sola. Con ella desde Cuba también llegaban la mitad de los puros que se consumían en el país (ganándose con ello la devoción de especialistas en enfermedades pulmonares) y el mayor renglón de exportación de la isla en los últimos doscientos años: los exiliados. Que siendo tantos y tan variados mejor hablamos de algunos de ellos en las próximas entregas.
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Thursday, August 2, 2018

Semblanza de Orestes Ferrara

Por Hugo J. Byrne

“No hay en la bárbara guerra, del mundo más que un consuelo, las estrellas en el cielo y las niñas en la tierra.” 
(Estrofas iniciales de un poema de José Martí dedicado a la niña María Luisa Sánchez, futura esposa del Coronel Ferrara).

La historia contemporánea no es prolífica en individuos que se entregaran voluntariamente a la causa de la libertad de pueblos extranjeros.  Entre los pocos del siglo XIX se destacan algunos nombres como Lord Byron, Giuseppe Garibaldi y Máximo Gómez.  La historia confirió en algunos de ellos dos nacionalidades, como es el caso del último mencionado.   Gómez era dominicano por nacimiento y cubano por vocación y voluntad.  Él mismo lo aclaró afirmando: “Soy cubano y dominicano y es por eso que no puedo ser presidente de ninguno de los dos países”.  

Nadie pone en duda que al inaugurarse la República en 1902, la presidencia de Cuba hubiera sido del jefe supremo del Ejército Libertador, de haber éste aspirado a ella.  La Constitución de 1901 establecía que un extranjero podía ocupar la primera magistratura si cumplía una sola condición: la de haber combatido durante diez años en las guerras por la independencia de Cuba.   Los únicos veteranos en esa categoría eran Gómez y el General Carlos Roloff, quien no se acercaba al prestigio nacional o a la inmensa popularidad del primero. 

No cabe duda que la lealtad de Gómez a los ideales que lo impulsaron a la monumental tarea que culminara con la independencia, nunca se dividió.  Se sabía caudillo de guerra y sólo para la guerra, y ella la libró en nombre de esos ideales, ausentes de ambiciones de mando una vez alcanzada la libertad. 

Entre las pocas figuras históricas que tuvieran la rara oportunidad de escoger una entre dos nacionalidades en el ocaso de sus vidas, se destaca otro nombre de prosapia mambisa: Orestes Ferrara y Marino (1876-1972). Quizás el hombre público más influyente de la primera etapa republicana de Cuba (1902-1933), Ferrara era oriundo de la ciudad portuaria de Nápoles, Italia, siendo sus padres Vincenzo Ferrara y Annunciacione Marino. Vincenzo había luchado junto a Garibaldi, lo que no le impidió a Orestes ser el vástago de una familia prestigiosa y pudiente.  Orestes cursó sus primeros estudios en Génova.

Aunque sin pruebas precisas deduzco que Ferrara era más alto que el promedio de los hombres de su generación, especialmente entre los europeos meridionales. En cuantas fotos lo he visto en compañía de otros, el Coronel mambí sobrepasa en estatura al resto.   

Ferrara inició estudios de derecho en la Universidad de Nápoles, pero su inquieto temperamento y pasión por la libertad exigían actividades que no podía brindarle la sosegada vida académica.   La inquietud popular en la cercana Creta estaba al rojo vivo, y Ferrara demostraba gran interés en apoyar a los nacionalistas griegos en su lucha denodada por liberarse de la coyunda turca.  

Después de algún tiempo y ciertas desilusiones, su espíritu rebelde decidió buscar gloria surcando mares aún más lejanos, para ofrecer su brazo a otro pueblo heroico que  luchaba contra la última colonia española del Continente Americano. Para concretar su generoso propósito Ferrara se trasladó a Paris, recabando la ayuda del Doctor Emeterio Betances.  

Este galeno boricua, veía su hermosa tierra natal como una extensión ultramarina de Cuba, a cuyo destino la consideraba estrechamente unida por sangre y cultura. Betances era el representante en Francia de la Junta Revolucionaria Cubana.

Fue Betances quien facilitara a Ferrara, junto a otro napolitano llamado Gugliemo Petriccione, el cruce del Atlántico hasta Nueva York.  Una vez en territorio americano Ferrara y su amigo se dirigieron a Tampa, en aquel entonces un hervidero de insurrección cubana.  En Ibor City Ferrara conocería a María Luisa Sánchez, hija de un matrimonio cubano que había emigrado al oeste de Florida por convicciones separatistas y quien eventualmente desposaría al napolitano devenido en mambí.

En octubre de 1897 Ferrara y Petriccione navegaron a Cuba en el remolcador “Dauntless”, timoneado por el ya famosísimo capitán “Dinamita” Johnny O’Brian, en la sexta travesía en que este último burlara el asedio mortal de las cañoneras españolas.  O’Brian, por cuya cabeza Weyler ofrecía una jugosa recompensa, desembarcó sin problemas en la costa norte cubana.  

La casa del “filibustero” O’Brian en New York siempre estaba vigilada por agentes de la Compañía Pinkerton, en la nómina de Madrid.  Pero siempre a una prudente distancia.  La esposa de “Dinamita” no vacilaba en escaldarlos, derramándoles cubos de agua hirviendo si se acercaban más de lo debido.

Integrado como soldado raso a las huestes del General Calixto García, desde el primer momento Ferrara se destacó en el combate por su determinación e inteligencia.  Bajo las órdenes de García, Ferrara tomó parte en la toma de Santa Cruz del Sur y en el asedio de Victoria de las Tunas, la segunda ciudad más fortificada de Oriente. Tunas También capitularía después de tres días de lucha, ablandada por los cañones insurrectos que comandaba otro distinguido voluntario extranjero: Frederick Funston.

Ascendido a Teniente Coronel y en parte para recompensar sus deseos, Ferrara fue enviado al campamento del Generalísimo Máximo Gómez, para lo cual se vio en la necesidad de atravesar la notoria trocha de Júcaro a Morón.  En esta difícil travesía fue donde más se hiciera patente su fe en los destinos de la guerra y su confianza en sí mismo.  Durante ese trayecto Ferrara enfermó gravemente.

Para su suerte tenía como compañero de aventura otro oficial de nombre Aurelio Sonville, quien compensaba su frágil físico con una voluntad de acero.  Carentes de mapas o de un “práctico”, Sonville y Ferrara estuvieron perdidos en varias ocasiones.  Pasaron hambre y exposición a los elementos, siendo su mayor preocupación las columnas enemigas que peinaban los senderos, forzándolos a caminar entre las entonces vírgenes malezas de Cuba. Negociar matorrales frondosos sin hacer ruido es de por sí una labor muy ardua.

Pero hacerlo mientras los soldados coloniales lo buscaban por todas partes y cuando sus vacilantes piernas apenas resistían los estragos de la fiebre, elevan los esfuerzos de Ferrara a nivel heroico.  Ferrara y su compañero se tenían que postrar varias horas a pleno día.  

Después de atravesar los alambres de púas de La Trocha, los desgarrones en las ropas y las múltiples heridas en la piel los hacían lucir como pordioseros más que insurrectos. Los mosquitos y otros insectos los devoraban noche y día. Incluso se vieron forzados a vadear un gran lodazal del que Ferrara emergiera descalzo.

Una mañana les sorprendió la visita de un palurdo muy hablador, quien afirmaba venir del Campamento de Gómez, ser curandero y querer hacer algo por Ferrara.  Sin aportar ningún beneficio facultativo, el charlatán al menos entretenía al enfermo con su conversación absurda e interminable.  Ante la sonrisa de Ferrara el curandero diagnosticó su mal: los italianos “cantan constantemente y eso les infecta la garganta”.

Al final llegaron al campamento del General en Jefe.  Tanto Ferrara como Frederick Funston, en sus respectivas memorias, describieron certeramente la personalidad severa y agresiva de Gómez.  Desde su arribo supo Ferrara del Consejo de Guerra Sumarísimo al General Bermúdez y llegó a tiempo para presenciar su ejecución, en la que el propio Gómez se vio forzado a dirigir la escuadra.  En breve tiempo Ferrara pasó a formar parte del Estado Mayor de Gómez.

Las acciones de guerra en que Ferrara se involucró a las órdenes del Generalísimo fueron todas breves y vertiginosas.  Gómez era un artista de la escaramuza y la retirada.  Nunca pudo ser acorralado a pesar de acampar y combatir siempre dentro de la misma zona, kilómetros más o menos. El líder insurrecto desarrolló la más efectiva guerrilla de su tiempo.  Era el mismo juego de gato y ratón que había usado el “viejo” con espectacular éxito en el otoño de 1895.  A pesar de que tanto Weyler como Martínez Campos eran buenos guerreros (aunque muy distintos en otros aspectos), nunca pudieron tomar la medida del veterano guerrillero: se enfrentaban con Gómez y este pertenecía a una clase por sí sólo.

El último caudillo insurrecto bajo cuyas órdenes sirviera Ferrara y con quien mantuviera una duradera alianza política una vez establecida la República fue el General José Miguel Gómez, jefe de los alzados en Las Villas y futuro presidente de Cuba.  Con José Miguel, Ferrara participó en los combates del Jíbaro y Arrollo Blanco, después de desatada la guerra entre Madrid y Washington. Al finalizar la contienda Ferrara ostentaba el grado de Coronel.

Una lista de todas las funciones que Orestes Ferrara desempeñara en Cuba tras el fin del régimen colonial haría esta reseña interminable. Por eso me limitaré a las que considero principales.  La primera de esas fue durante la intervención norteamericana de 1898 a 1902: en 1901 el General Wood lo nombró Gobernador Interino de Santa Clara. 

Graduado en la Escuela de Derecho de la Universidad de La Habana y al poco tiempo Profesor de la misma disciplina en esa bicentenaria institución educativa, Ferrara fue periodista insigne y editor del primer periódico nacional de gran circulación: “El Heraldo de Cuba”. Fue Representante por Las Villas, Presidente de la Cámara, Embajador en Washington y Presidente del Consejo de Ministros durante el gobierno de Gerardo Machado.  Se cuenta entre los más destacados intelectuales de Cuba en todos los tiempos.  

A partir de agosto de 1933 vivió la mayor parte de su larga vida fuera del país.  La producción literaria de Ferrara durante esa época fue tan extensa como formidable. “El Papa Borgia” se considera la mejor biografía del Pontífice Alejandro VI hasta la fecha.

A fines de la década de los treinta, Ferrara brindó a Cuba la que estimo su mejor contribución: su trabajo en la Convención Constituyente a la Carta Fundamental de 1940, que, con todas sus evidentes lagunas, errores y fantasías, fuera adoptada libremente por el pueblo. Fue electo como constituyente representando a Las Villas, su vieja base política.

Esa última obra en pro de la patria adoptiva terminó abruptamente cuando un cobarde atentado contra su vida sólo lograra matar a su chofer.  Deseando terminar sus días en paz tras haber arriesgado tanto y tantas veces por Cuba, Orestes Ferrara optó por su exilio postrero.  Los asesinos nunca fueron identificados. Empero, no tengo dudas que representaban la  misma facción criminal que hoy rige Cuba.  El viejo insurrecto regresaría muy brevemente en 1955 y sus observaciones de esa visita merecen un análisis separado, que no compete a este trabajo.     

De Ferrara hay casi tantas anécdotas como de Francisco de Quevedo y por eso prefiero omitirlas todas, pues podría inconscientemente incluir alguna apócrifa.  Siempre actuó caballerosamente y en su trato con aquellos que admiraba o simplemente respetaba era correcto, aunque directo y honrado cuando mantenía una opinión opuesta.  También era capaz de ser mordaz e irónico con los que por diversas razones no se hacían merecedores de su respeto.  Durante la Constituyente, con mucha frecuencia hacía mofa del seudónimo del delegado comunista Francisco Calderío (“Blas Roca”), llamándolo “señorPiedra”.

En sus últimos años Ferrara pudo reclamar para su ventaja la ciudadanía de su tierra natal, pero optó por conservar la cubana en medio de su exilio definitivo en Roma, cuando se hizo evidente que su regreso a la patria de su adopción nunca se materializaría: “Fui cubano tanto en la batalla como en la victoria y moriré cubano”. Acaso el viejo insurrecto sentía, como Martí, que “de la patria puede tal vez desertarse, pero nunca de su desventura”

Orestes Ferrara se enamoró de Cuba y el verdadero amor nada demanda. Honor a su ilustre memoria.