Wednesday, October 18, 2017

Maldito Menéndez: reviva la revolu

Entrevista llevada a cabo por el escritor Carlos A. Aguilera en dos partes a Maldito Menéndez fundador de Arte Calle, agrupación esencial entre las que estremecieron el escenario artístico y político en Cuba en los años 80 al tiempo que figura principal del arte contestatario en el exilio. Ver aquí la primera parte y la segunda aquí. Dice Maldito en la entrevista:


La cultura ya no es monopolio de las instituciones culturales, salvo en los totalitarismos, como Cuba. Si la cultura cubana ha experimentado un crecimiento exponencial desde los años 60, no ha sido gracias a la revolu, sino a las migraciones de cubanos que huyen de la misma desde que la infamia tomó el poder. Si la cultura fuera una sola, la cubana no estaría en Cuba, sino en el exilio. ¿Dónde si no es posible una entrevista como ésta?

Angola, la guerra innecesaria

El Diario de las Américas publica artículo sobre el nuevo libro Angola, la guerra innecesaria de Carlos E. Pedre Pentón. Pedre Pentón, participante en la guerra como parte de uno de los primeros contingentes llegados al país africano, declara, entre otras cosas, que la propaganda castrista 
“le vendió la idea a los cubanos y al mundo de que éramos internacionalistas, pero para muchos angoleños y otros africanos éramos un ejército racista de ocupación, éramos conquistadores como mismo veían a los sudafricanos. Esa era la verdad”.
Sobre la ayuda internacionalista desinteresada:
 “fue otra de las grandes mentiras de Fidel Castro. He consultado fuentes conocedoras de los secretos de esa guerra, personas que aún están en Cuba y por eso no puedo develar sus nombres, que tenían acceso directo a la intendencia del ejército angoleño, y me han confirmado que Angola pagaba 2.000 dólares mensuales por hombre a Cuba. No éramos internacionalistas sino un ejercito mercenario que ayudaba a una de las facciones en pugna”.
Sobre los mutilados:
“Una pregunta que le hago a mucha gente es ¿cuántos mutilados cubanos de la guerra de Angola conocen? Teniendo en cuenta que fue una guerra de 16 años, librada a cañonazos y minas, ¿no resulta muy extraño que no haya mutilados? ¿Dónde están, qué pasó con ellos? No pocos asumen que los hayan matado para impedir que los mutilados se pasearan por Cuba con sus horribles huellas de la guerra”
Sobre el total de bajas cubanas. Si en 1989 la cifra oficial de bajas era de 2,889 :
“Años después, el escritor Michel Porcheron, en una nota sobre el documental Cuba, una odisea africana, publicada en el diario Granma, dijo que 2.000 cubanos ofrendaron sus vidas en aquel continente. Sin embargo, en ese mismo documental se plantea que los historiadores estiman los caídos en unos 10.000 muertos. Una contradicción propia de la clásica manipulación del régimen”, recalcó el veterano.
“Es increíble cómo con el paso del tiempo, en vez de develarse la cifra real de fallecidos, el régimen y sus periodistas oficialistas reducen el número. No me sorprendería si los excelsos defensores del comunismo a ultranza un día afirman que sólo perecieron unas pocas decenas. Lo que no podrán es borrar el estigma de una guerra que no fue necesaria, a no ser para el propósito maligno de Fidel Castro de expandir su supuesta revolución”.

Tuesday, October 17, 2017

Adiós mi Habana

Por Enrique Del Risco

Las experiencias de una chica germano-americana en una década de vida en Cuba es la materia con la que estaba fabricada la novela gráfica Adiós mi Habana de Anna Velfort. Ya eso bastaría para resultarles interesante a los cazadores de curiosidades etnológicas. Pero lo es mucho más si se precisa que la década en cuestión es la que va desde el año 1962 al 72. O que la chica acompaña a su padrastro norteamericano y a su madre alemana, comunistas convencidos que viajan a Cuba para incorporarse a la última encarnación de la Revolución Mundial. O que la protagonista fue testigo única de aquella pequeña, privilegiada (pero no menos vigilada) sociedad de compañeros de viaje venidos del extranjero en acto de solidaridad revolucionaria. Pero el descubrimiento de la protagonista de su propia homosexualidad convierte Adiós mi Habana en documento excepcional. En historia de cómo funcionó en aquellos años fundadores de todo lo que vendría después el mecanismo de vigilancia y represión a los homosexuales cubanos a lo largo del sistema educativo y laboral cubano: desde menos de un año de la proclamación del carácter socialista del régimen hasta entrado ya en el llamado Quinquenio Gris.
Sin muchas más pretensiones aparentes que las de contar su experiencia vital durante lo que suelen calificar como uno de los acontecimientos más importantes del pasado siglo Veltfort consigue un relato fascinante. Sobre todo si se lo compara con la mayoría de los novelistas que han entrado en dicho período a la caza de esa ballena blanca que es la novela de la Revolución Cubana. Con el más sencillo y directo de los estilos que se limita a seguir las peripecias de la protagonista Veltfort rescata una historia reveladora en su propia elementalidad. La protagonista verá el descubrimiento de su sexualidad convertido en pesadilla y sus romances cubanos en razón de Estado. A todo esto se añade tanto detallismo gráfico documental y narrativo (vale recordar que su autora es también la del blog El Archivo de Connie) que lo convierte en un documento de primera mano de aquellos años tan convulsos como edulcorados por sus cronistas. Allí la ya mitológica noche de las tres Pes con su apresamiento multitudinario de “prostitutas, pájaros y proxenetas” tiene fecha precisa: el 11 de octubre de 1962, apenas tres días antes del inicio de la llamada Crisis de los Misiles. Allí aprendemos que la famosa Operación Hippie con el que recogieron buena parte de los jóvenes habaneros aficionados al rock ocurrió el 25 de septiembre de 1968, días antes de que Fidel Castro proclamara en el octavo aniversario de los CDR que “en nuestra capital […] dio por presentarse un cierto ‘fenomenito’ entre grupos de jovenzuelos[…] influidos entre otras cosas por la propaganda imperialista, que les dio por comenzar a hacer pública ostentación de sus desvergüenzas”.

Llama la atención la frescura con que está contado el relato. La ingenuidad que le evita contaminar al personaje de aquellos días con la experiencia adquirida posteriormente. Más bien ocurre lo contrario. La ingenuidad juvenil parece contagiar el epílogo donde la autora se pregunta por qué fue objeto de una persecución tan enconada por parte de las autoridades “¿Por qué tanta atención sobre una estudiante extranjera sin importancia […]?” para terminar achacando tal encono a las maquinaciones de una conocida. Como si después de diseccionarlo con tal detalle se le escapara una enseñanza elemental de un sistema como el cubano: la de que allí, al igual que con la Cosa Nostra, no hay nada personal. Que la esencia misma de un sistema como aquel consiste en no subestimar nada. En dedicarle la máxima atención a seres mucho más insignificantes que una estudiante extranjera. En cambio y aunque no lo diga directamente queda claro que si bien el castrismo no inventó la homofobia sí puede atribuirse el copyright de su instrumentalización política en la historia cubana. La vieja homofobia que estimulada e ideologizada sirvió no solo para controlar a los homosexuales cubanos sino mantener a toda la población en el trance totalitario de exigir y dar cuentas de lo más íntima de sí. Y de dicha estatalización de lo íntimo emanó buena parte de su control sobre toda la sociedad. Adiós mi Habana es, en fin, un libro muy recomendable. Sobre todo si se trata de hacerle un regalo de cumpleaños a Mariela Castro, tan desinformada, la pobre. 

La Venezuela imposible

CUANDO: Viernes, 20 de octubre a las 7:00 PM

DONDE: Librería Altamira
219 Miracle Mile, Coral Gables, FL 33134
Tel: (786) 534-8433

PRESENTADORA:
Maria Teresa Romero 
En un ambiente informal rodeado de libros de gran interés, el nuevo libro La Venezuela imposible, será presentado ante el público por miembros de la directiva de la Fundación Francisco Herrera Luque. Posteriormente el autor, Carlos J. Rangel, será entrevistado por el Dr. Jose Antonio Cisneros sobre los temas candentes del libro.

Carlos J. Rangel utiliza la historia reciente de Venezuela para ilustrar la actualidad y vigencia de los principios de democracia y libertad, profundizando en temas de derechos humanos y sociales, igualdad vs libertad, la naturaleza del libre mercado, la razón de gobierno y la relación de éste con el espíritu empresarial.

La Venezuela Imposible es una compilación de escritos realizados a lo largo de varios años, complementada con nuevos ensayos inéditos para hilar las tesis expuestas. Carlos J. Rangel utiliza un lenguaje claro y directo para documentar el desarrollo del chavismo desde sus etapas iniciales dentro de la democracia liberal, hasta su expresión en un estado autocrático, reflexionando sobre la libertad, los derechos humanos, el populismo, tiranía vs anarquía, y la violencia, entre otros temas.

Este libro es un análisis trascendental para cualquier país inmerso en el mundo turbulento de la actualidad occidental donde derechas, izquierdas, populismos, demagogias y el liberalismo pugnan por arraigarse entre los pueblos.

Sunday, October 8, 2017

La última casa de José Martí

Por Jorge Ignacio Domínguez

Tras el fracaso de la expedición de Fernandina en los primeros días de enero de 1895, José Martí tuvo que ocultarse. El gobierno español había contratado a los agentes de la Agencia Pickerton para descubrir su paradero. El objetivo era hacer que el gobierno norteamericano lo detuviese por violación de la neutralidad en los asuntos cubanos con la que el gobierno estadounidense estaba comprometido.

¿Dónde pasó José Martí esas dos semanas, desde su apresurado regreso de la Florida hasta su definitiva partida? En ese lugar escribió algunas de sus cartas más importantes, y allí firmó el “acta de independencia” de Cuba: la Orden de Alzamiento para iniciar la Guerra del 95.

La casa —ya veremos después dónde estaba realmente— fue uno de los centros gravitacionales de la comunidad cubana de Nueva York. Allí vivían dos matrimonios cuyo destino se fundió varias veces con el de la Isla de Cuba: el del Dr. Ramón Luis Miranda y Luciana Govín, y el de la hija de estos, Angelina Miranda, y Gonzalo de Quesada, discípulo y amigo cercano de Martí.

Luciana Govín era a su vez la hija de Félix Govín, el cubano más rico de Nueva York hasta su muerte en 1891. Luciana, principal heredera y albacea testamentaria de su padre, era una activa corredora de bienes raíces, y administraba su pequeño imperio desde la casa familiar. La fortuna heredada de su padre —y que debería compartir con su hermano vivo y los hijos del hermano muerto— equivaldría hoy a una suma de entre 16 y 36 millones de dólares.

Esa fortuna estuvo muchas veces a disposición de la causa cubana, aunque habría que señalar la probable falsedad de la más dramática escena de fervor patriótico que nos ha llegado: el ofrecimiento del famoso cheque en blanco durante los días cruciales en que Martí se refugió en su casa. Pero está fuera de toda duda que ayudó generosamente a la causa, y que era la persona a acudir cuando había que pagar la fianza de algún cubano detenido por conspirar contra España en el suelo oficialmente neutral de Nueva York.

No es ocioso recordar que una promesa incumplida de Félix Govín estuvo a punto de expulsar a Martí de la historia de Cuba. El famoso encontronazo con Máximo Gómez y Maceo en el Hotel Griffou en 1884 fue de alguna manera provocado por Govín. Según cuenta el general y doctor Eusebio Hernández, entre otros, el acaudalado Félix Govín había prometido a Gómez y a Maceo donar cien mil pesos y buscar dos amigos que donaran cada uno cincuenta mil, "si juntos [Gómez y Maceo] se ponían al frente del movimiento".

Tras la llegada a la ciudad de los dos patriotas, relata Eusebio Hernández, Govín informó a los conspiradores que no podría ayudarlos, pues "en aquellos momentos tenía pendiente una reclamación al gobierno español que fracasaría si le demostraban que alentaba una revolución separatista". Fue entonces que se decidió enviar a Martí y a Maceo a México a buscar fondos, y en esa conversación fue donde Gómez le dijo a Martí que se limitara a cumplir sus órdenes, lo que ocasionó la famosa respuesta de Martí sobre las fundaciones de pueblos y campamentos, y su apartamiento de la causa independentista. 

Pero volvamos a 1895. El esposo de Luciana Govín, el Dr. Miranda, era el médico personal de Martí y mantenía una consulta en la misma casa. Además, era el presidente de la Sociedad de Beneficencia Hispanoamericana, organización que también tenía sede oficial en la casa. El Dr. Miranda, graduado de la Sorbona, era médico de renombre en Nueva York. Ante una epidemia de fiebre amarilla, por ejemplo, los periódicos de la ciudad buscaban sus comentarios de experto. Y de todos es conocido el cariño reverencial que Martí sintió por él.

Gonzalo de Quesada, por supuesto, fue muy cercano colaborador de José Martí en sus años finales en Nueva York. Su admiración apasionada por Martí era correspondida por el cariño paternal que este le dedicó. Se olvida habitualmente que Gonzalo, además de ser “el discípulo” de Martí, era un neoyorkino; un señor cuyo inglés era más sofisticado que su castellano y casado con la heredera de una fortuna inmensa. Un abogado graduado de la Universidad de Columbia. Un hombre con conexiones en el mundo de los negocios y de la prensa de Nueva York.

Angelina, por su parte, fue también admiradora de Martí, desde antes de su boda con Quesada ,y contribuyó con su dinero a la causa martiana repetidas veces. Y después de la muerte de Martí fue la principal animadora del Club Hijas de Cuba, que se reunía en su casa.

Esa amistad casi familiar de Martí con toda la familia se puede rastrear en cartas, notas y referencias en el periódico Patria. Quizás la más reveladora de todas sea que Martí daba a Angelina “recibos” por el tiempo que le robaría al esposo para las labores de la independencia.

Esa casa, que fue uno de los centros de la comunidad cubana de Nueva York y uno de los lugares más frecuentados por José Martí, sería también su refugio último.

Pero, ¿dónde estaba?


Por más de siete décadas, en los libros de historia de Cuba, en las biografías y estudios diversos se ha repetido que José Martí pasó esas dos semanas definitivas en el número 116 oeste de la calle 64 de la ciudad de Nueva York. Esos mismos libros dicen a veces que se trataba de la casa de Gonzalo de Quesada y otras que era la casa de su suegro, el Dr. Ramón Miranda.

Esa casa —la del 116 oeste de la calle 64— desapareció a fines de la década del cincuenta o principios de la del sesenta del siglo pasado cuando se construyó el Lincoln Center.

Hay tres razones poderosas por las que se aceptó siempre esa dirección como verdadera.

En 1941, Luis Rodolfo Miranda, sobrino del Dr. Miranda y comandante del Ejército Libertador, publicó el libro Reminiscencias cubanas de la guerra y de la paz. Luis Rodolfo Miranda conoció de cerca de José Martí siendo adolescente y vivió en la casa de su tío, el Dr. Miranda. En su libro reproduce varios artículos. Hablando de Martí, afirma que tuvo “la dicha de acompañarle constantemente” 1 durante esas dos semanas de su estancia en casa del Dr. Miranda. E indica, de manera inequívoca, que la casa se hallaba en el 116 oeste de la calle 64.

La segunda razón es el libro de Blanca Z. de Baralt, El Martí que yo conocí, publicado en 1945. La Sra. de Baralt relata la conocida anécdota del abrigo olvidado por Martí en su casa el día en que partió hacia Cuba. Tras explicar que en 1895 ella vivía en el “número 135 oeste calle 64”, añade que a “dos puertas de nuestra nueva casa vivían el Dr. Ramón L. Miranda, su esposa Luciana Govín, su sobrino Luis Rodolfo Miranda y el joven matrimonio Angelina Miranda y Gonzalo de Quesada”. 2

Esos dos testimonios de personas tan cercanas a Martí son dos de las razones por las que se aceptó la dirección de la calle 64 como verdadera. La tercera razón parece ser que nunca se han comparado esos testimonios con documentos de la época.

Hace dos años, sin embargo, la lectura de una de las cartas que Martí escribió desde Santo Domingo en febrero de 1895 me hizo dudar de la dirección establecida. Comencé a buscar documentos de la época.

La carta que generó mis dudas es un breve mensaje de Martí a Gonzalo de Quesada, escrita desde La Vega, República Dominicana, el 18 de febrero de 1895, donde el remitente indica la dirección del destinatario bajo su nombre: 349 W. 46th St., New York.


¿Por qué dirigía Martí la carta a la calle 46 Oeste y no a la 64 Oeste donde se suponía que vivía Quesada, y donde Martí habría vivido sus últimas semanas?

Durante mi investigación pude hallar 24 documentos originales, de entre 1892 y marzo de 1895 que indican que los Miranda-Govín y los Quesada-Miranda Govín vivían en esa época en la misma casa, en el número 349 oeste de la calle 46. Entre esos documentos están cartas de José Martí a Gonzalo de Quesada, varios artículos de periódicos, el Directorio de la Ciudad de Nueva York, el Registro de Asociaciones Caritativas, varias publicaciones médicas, telegramas, etc.

Entre los 24 documentos hallados que indican que la dirección correcta es el 349 de la calle 46, los más significativos son éstos:

1. En la década del noventa del siglo XIX existió en Nueva York Sociedad de Beneficencia Hispanoamericana, presidida por el Dr. Miranda. La Sociedad, sobre la que Martí escribió un bello artículo, residía en su propia casa del Dr. Miranda, y en su junta directiva estaban dos de los más cercanos miembros clave del Partido Revolucionario Cubano: Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra.
En el Directory of the Charitable, Eleemosynary, Correctional and Reformatory Institutions4 de Nueva York de 1892 aparecen los nombres y direcciones de la Sociedad. Allí podemos ver que Quesada y el Dr. Miranda vivían en la misma casa, en el 349 oeste de la calle 46:

2. En el volumen 107 del New York City Directory5, publicado en julio de 1894, aparecen los nombres y la dirección del Dr. Miranda y de Gonzalo de Quesada:



3. El periódico The Sun, el 19 de mayo de 1894 relata6 que un pariente de Luciana Govín, esposa del Dr. Miranda, había intentado asesinar al médico en su casa. Allí se indica claramente que ambos vivían en el 349 oeste de la calle 46. El caso parece haber resonado en la ciudad. The New York Times publicó ese día un artículo7 semejante donde se indica la misma dirección.

Con ligeras variaciones, los dos artículos cuentan que el Dr. Miranda había pedido a Lorenzo Govín, de 28 años, que desistiera de hacerle proposiciones amorosas a una de las criadas de la casa. El joven, al que describen en los periódicos como epiléptico y enfermo mental, comenzó a merodear la casa armado de una pistola y un “pesado bastón”. Finalmente, el joven se presentó en la casa gritando amenazas de muerte contra el Dr. Miranda. Fue entonces que la familia lo denunció a la policía y el joven fue detenido.

Esta es la copia de los primeros párrafos del artículo del Times:




3. El Charities Directory8 de la Ciudad de Nueva York, publicado en 1895, incluye nuevamente una lista de los miembros de la directiva de la Sociedad de Beneficencia Hispanoamericana. Allí aparecen el Dr. Miranda y Gonzalo de Quesada como residentes del 349 oeste de la calle 46.





Martí en el 349 oeste de la calle 46

El hecho de que ambas familias vivieran en la calle 46 entre 1892 y 1895 no prueba necesariamente que viviesen en esa casa en la segunda quincena de enero de 1895, cuando Martí se quedó con ellos. Pero también hay documentos que evidencian ese detalle esencial.

1. Al regreso de Fernandina, en enero de 1895, José Martí le escribe a Juan Gualberto Gómez. Los detalles esenciales de la carta los pone en clave para evitar revelar el lugar donde se oculta en caso de que la carta sea interceptada. Dice así:

Me enoja hablarle a medias. Si pudiese resolver por mí, ya le estaría diciendo. No puedo, en la nueva situación, y hay mar por medio. Si aguardan, todo marche al rescoldo: yo volaré, de un modo u otro.

La dirección nueva—sólo para ella tengo tiempo—es: S. Dressner trescientos cuarenta y nueve oeste, calle cuarenta y seis—y en el sobre interior, ponga para María.10

2. El 29 de enero, en su siguiente carta a Juan Gualberto Gómez, Martí le reitera:

“…si ve que esperar, en las condiciones en mi carta explicadas, es posible o indispensable, aunque no sea grato, y decide recomendarlo así, telegrafíeme entonces la palabra venda a la misma dirección nueva que le di, y así podré irme más tranquilo, y con mayor firmeza…”11

3. El 29 de enero le escribe también a Serafín Sánchez, que está en Nueva York, y le dice:

“Si nada pudo enviar hasta el recibo de esta carta, alce en la noche cuantos cientos pueda, y por la noche avise el giro, el viernes mismo por la noche, o el sábado, al rayar, a G. De Quesada, —349 W. 46 St.—El sábado antes de las doce necesito tenerlo todo…”12

Cambio de dirección

Y entonces, ¿cómo apareció la otra dirección en los libros de Luis Rodolfo Miranda y Blanca Z de Baralt? ¿Cómo se explica que dos personas distintas recuerden medio siglo después que Martí se quedó en la calle 64 y no en la 46?

El hecho es que ambos matrimonios se mudaron del 349 oeste de la calle 46 al 116 oeste de la calle 64 en el mes de abril de 1895, menos de tres meses después de la partida de José Martí.

1. El 25 de abril de 1895, en la sección de bienes raíces de The New York Times14, se anuncia la venta de la casa, como se puede ver aquí:




2. Probablemente se hayan mudado de la casa unas semanas antes de la anunciada venta. En este caso, el dato viene de epistolario mismo de Martí. Supo éste, en los campos de Cuba, que la familia amiga que lo había ocultado por dos semanas en enero se acababa de mudar. Cinco días después del anuncio de la venta en el Times, escribe desde Cuba a Gonzalo de Quesada:

“¿Cómo los caliento a todos en mi pecho y les doy de este aire puro de libertad? Ya no vivirán en la sala inolvidable donde les dije adiós. ¿Trabajan mucho, como yo trabajaba? ¿Y Carmita, y mis niñas?”15

3. Dos años y medio después, a principios de octubre de 1897, muere Luciana Govín de Miranda. Su obituario en The New York Times aclara específicamente el cambio de direcciones. Dice el segundo párrafo del obituario:

Cuando José Martí estaba en este país en 1895 e intentó sin éxito enviar una expedición filibustera a Cuba desde la Florida, se refugió por dos semanas en la casa de la Sra. Miranda, que estaba entonces en el número 349 de la Calle 46 Oeste. Martí le confió a ella muchos de sus planes para llevar a cabo la guerra, y dejó en su poder numerosos documentos. Poco después, cuando Martí abandonó Nueva York para unirse al general Gómez en Santo Domingo, la Sra. Miranda colaboró con grandes sumas de dinero como ayuda a la causa cubana. 16

Un amigo, estudioso de la vida de Martí en Nueva York, me dijo en tono de sorna que no creía que el redactor de obituarios del New York Times conociera nada de la familia de Luciana Govín, por lo que no confiaba en su artículo. Le dije, y repito ahora, que precisamente por eso es confiable. El redactor de obituarios no podría haber inventado el dato de ninguna manera. Hizo la aclaración porque alguien de la familia le pidió que la hiciera. Y debió ser Gonzalo de Quesada, pues era él quien mantenía los contactos con la prensa estadounidense en todos los asuntos relativos al Partido Revolucionario de Cuba.


La casa del 349 oeste de la calle 46 sigue hoy en pie. En su sótano se encuentra ahora el club Swing 46. En una de sus habitaciones se decidió el inicio de la Guerra de Independencia. Y allí vivió José Martí los últimos días de su vida en Nueva York.  


El futuro del cerdo*

Por Enrique Del Risco
Hoy, que debo presentar el libro de un viejo amigo, recuerdo –como casi siempre que se interceptan amistad y literatura- una escena de El color del verano, novela póstuma de Reinaldo Arenas. Esa que abre el capítulo “Muerte de Virgilio Piñera” de esta manera: “El poeta cerró los ojos, pero el recuerdo de la última novela de Humberto Arenal no lo dejaba dormir. ¿Cómo, se preguntaba el poeta, puede una persona escribir tan mal y ser a la vez mi amigo?”. Pues en el caso del escritor que presento hoy es justo lo contrario. Se trata de celebrar la suerte de ser amigo de alguien que escriba tan bien. Y del estímulo de intentar hacerme digno, con este texto, tanto del libro escrito por un amigo como de la amistad que nos acompaña hace más de treinta años. El motivo de esta celebración es su nuevo libro de relatos “El año del cerdo” donde Francisco García González se confirma como el grandísimo narrador que es. Evito aquí acotarlo entre los cómodos potreros de la literatura cubana, o el de los escritores vivos, o el de los escritores de la provincia de Artemisa residentes en Canadá: un narrador de raza, como Francisco García, se reconoce de lejos, en cualquier conjunción de espacio y tiempo en que le permitan contar sus historias. O al menos es lo que uno le gustaría pensar: tanto por el futuro del acto de contar historias como por el de la capacidad de la humanidad para interesarse en ellas.
De “El año del cerdo” puede decirse que es un libro de primeras necesidades. Los protagonistas de cada una de sus relatos están constantemente urgidos por alguna necesidad elemental. Puede tratarse de la necesidad de encontrar amor y reconocimiento pero sobre todo la de satisfacer las hambres más elementales. Como la del sexo o la de proteínas de origen animal. La apetencia en fin, por la carne, en cualquiera de sus sentidos. Este libro bien pudo llamarse también, El libro de las carnes: la literal, la que se come y la que se ansía y palpa. Pero entonces El año del cerdo hubiera corrido el riesgo de ser confundido con un libro de cocina.
Protagonistas de estas historias pueden ser pacientes de un hospital psiquiátrico un tanto impacientes por perder su virginidad erótica. O puede tratarse de un antiguo aspirante a guerrillero “consumido por dos fantasías”: el de integrar “una revolución que incendiara, si no al mundo, por lo menos a parte del continente” y la de “acostarse con dos mujeres” al mismo tiempo. En las historias de El año del cerdo la carne –cualquiera que esta sea- es el fin último de todos los esfuerzos de sus protagonistas pero, una vez conseguida, se nos revela como pretexto para algo más que no podemos tratar de definir sin parecer rimbombantes. Pero cualquier conocedor de la obra de Francisco se preguntaría, ¿cuál sería la diferencia de El año del cerdo y el resto de su bibliografía? Les recuerdo que dicha bibliografía incluye títulos como “Color local”, “¿Qué es lo que quieren las mujeres?”, “Historia sexual de la Nación” y “Todos los cuentos de amor”. Pero hay en los cuentos de El año del cerdo, sobre todo en los que componen la primera parte, (que el autor titula “La sombra del arcoíris”), una sensibilidad que parece afinarse más que nunca. Una sensibilidad que se afina y se esfuerza por intentar entender todo tipo de tragedias individuales. Tragedias de seres cuya subjetividad solemos ignorar con más ahínco: los locos, los pobres, los mutilados, los homosexuales, los viejos o los niños o cualquier combinación de los elementos anteriores.
Son dos los cuentos que en esa primera parte titulada “La sombra del arcoíris” se relatan desde un punto de vista infantil. Y desde esa perspectiva comprendemos que no tener los conceptos y madurez suficiente para asimilar ciertas experiencias no las hacen menos perturbadoras. Todo lo contrario. Es en estos textos (titulados “Canicas” y “Aguas negras”) donde el misterio de la historia que se relata se hace más estremecedor justo por la ingenuidad con que se aborda.
Será por los años que llevo leyendo la prosa febril y aguda de Francisco o por virtud específica de este libro que descubro en sus insistentes escenas sexuales una revelación. El sexo como antídoto contra milenios de pacatería judeocristiana, de admoniciones contra las apetencias del cuerpo, ese antro en que encierran a nuestras pobres almas para corromperla. A su modo discreto, oculto entre las maromas eróticas de sus personajes, el autor nos viene a decir que es precisamente el sexo, despojado de culpabilidad, un modo de liberación, de purificación. Pero lo que podría limitarse a prédica de hippie recalcitrante en Francisco se vuelve trama compleja, irónica. Francisco nos habla de la ironía que acecha tras cada utopía alcanzada, ya sea un puñado de canicas o la multiplicación de los amantes y los peces (no intento una metáfora: en realidad uno de sus cuentos lo protagoniza un niño pescador). Pero lo que le evita el tono de prédica a este libro y lo convierte en un objeto inteligente es la envolvente sutileza de la narración y su insistencia en recordarnos que en el mundo real no existe nada con la consistencia rotunda y definitiva que asociamos a las palabras “salvación” o “pureza”. Otra manera de decirlo es afirmar que esta primera parte del libro se alimenta de la tensión existente entre deseo y realidad. “Un hombre sin fantasías no existe” afirma el narrador de uno de sus cuentos para enseguida insistir: “Si un hombre pierde el sentido de incluirse en lo imposible está liquidado”. Aunque al final de ese mismo cuento deba resignarse  a conceder que todas las fantasías “son una mierda cuando te las echas encima”.
En la segunda parte del libro el autor nos expone los resultados de una utopía social alcanzada y sobrepasada. Esta parte lleva  el título engañoso de “Ucronías”. Ucronía, es, les recuerdo, un género en el que se describe un mundo desarrollado a partir de algún acontecimiento que sucedió de forma dramáticamente diferente a como ocurrió en realidad. Pero el mundo que describe esta segunda parte de El año del cerdo no es un mundo articulado a partir de hechos distintos al del pasado que conocemos. Es justo lo contrario. “Ucronías” muestra la evolución natural de la realidad en caso de que las circunstancias cubanas actuales se mantengan inalteradas. Un mundo en el que para celebrar el 350 aniversario de la Revolución Cubana será algo más difícil conseguir carne que en los tiempos que corren y habrá, como en el presente, que apelar a fuentes alternativas. O que para festejar el 500 aniversario de los gloriosos Comités de Defensa de la Revolución a los cederistas se les pidan sacrificios algo mayores de los que se les han exigido hasta ahora. Puede ser que las tragedias repartidas entre más toquen a menos pero lo cierto es que el tono al pasar de la primera parte a la segunda cambia notoriamente. Si el de la primera parte era agridulce -moviéndose desde la nostalgia a la desesperación con todos los tonos intermedios- el tono de “Ucronías” es decididamente divertido. Sin dejar de representar el lado ominoso de la realidad no deja de recordarnos su increíble talento para producir ridículo. El absurdo cotidiano del presente convertido en el futuro en querida e inamovible tradición. Piénsese si no en las primeras líneas del relato “Esperando la carreta”:
El inconveniente es que las mujeres se han extinguido hace muchísimo tiempo. Apenas quedan unas quince en todo el planeta. Sin embargo, la buena noticia era que la Cooperativa de Producción Agropecuaria, CPA, “Shakira Gonzalez” sobrecumplía, por quinta vez consecutiva, la emulación a nivel nacional. Y cuando se hablaba de nivel nacional cualquier cosa podía suceder.
O analícese el caso de Yusnavy, “El Naranjero” Martínez, rutilante estrella del béisbol provincial rescatada para el deporte de las huestes de futuros esclavos venidos del oriente:
“La historia de Yusnavy comienza igual a la de tantos jóvenes orientales que contrataban como esclavos para venir a trabajar al oeste. No debemos olvidar que decretar de nuevo la esclavitud ha sido para darle un segundo aire a nuestra economía y, de paso, eliminar el exceso de emigración hacia la región occidental. Por suerte a la esclavitud le siguió la política de exterminio preventivo y selecto, aún más eficaz con el peligroso flagelo de la inmigración.[…] hay que recordar que aquellos tiempos no son como los que corren hoy en día. Era la época en que la gente todavía creía en el humanismo y las utopías, y ¿qué más daba un esclavo más que un esclavo menos?”
Pero por desternillantes e increíbles que parezcan los desafueros literarios de Francisco García González hay algo en sus detalles que nos dicen que no son del todo inalcanzables si Cuba continúa avanzando hacia el futuro al mismo ritmo que hasta el momento. Que para llegar a las ucronías que nos describe García González no tiene que suceder algo dramáticamente distinto sino más bien lo contrario: el mundo que describe Francisco sería consecuencia inevitable de las circunstancias actuales.
Esas imágenes que han aflorado tras el paso del huracán Irma de habaneros sentados, impasibles, a la mesa del dominó mientras la inundación les llega a la cintura o de otros bailando y cantando enfebrecidos una conga procaz mientras las aguas podridas les cubren el pecho parecen ser apenas un adelanto del inevitable arribo del año del cerdo. La alerta sensibilidad de Francisco García González se limita a avisarnos de un futuro del que ya no nos asombrará nada e invita a reírnos de él mientras todavía podamos a hacerlo.  

*Texto leído el pasado 6 de octubre en la presentación del libro El año del cerdo en la New York University

Thursday, October 5, 2017

El año del cerdo


Hacemos una invitación general a la presentación del libro "El año del cerdo" con su autor Francisco García González y con Enrique Del Risco como moderador el viernes 6 de octubre a las 6:30 pm en el 19 University Pl. Room 222 (NYU).

Francisco García González (La Habana, 1963) Narrador y guionista. Licenciado de Historia por la Universidad de La Habana y máster de literatura por la de Concordia, Montreal. Ha publicado los volúmenes de cuentos "Juegos Permitidos", 1994; "Color local", 2000; "Qué quieren las mujeres", 2003; "Historia sexual de la nación", 2006; "Leve historia de Cuba", 2007; "La cosa humana", 2010; "Todos los cuentos de amor", 2010; "The Walking Immigrant", 2015 y "El año del cerdo", 2017 y la novela "Antes de la aurora", (2012). Ha sido guionista de las películas "Lisanka", del director Daniel Díaz Torres, "Boleto al paraíso" y "La cosa humana", ambas de Gerardo Chijona; y del cortometraje "Efecto dominó", del director francés Gabriel Gauchet. Reside en Canadá desde 2010.

"'El año del cerdo es un libro' que me confirma algo que ya sabía: en un mundo de escritores y lectores adictos a los fuegos de artificios, Francisco García González demuestra, una vez más, que es posible iluminar cielos sin petardos ni explosiones. Esa cualidad suya daría para convertir 'El año del cerdo' en una obra recomendable hasta el ruego. Obligatoria, diría yo, cuando recuerdo que entre las páginas de este libro hay un niño que quiere comprar virtud con canicas, que en la sordidez de un manicomio crece un cantero de nomeolvides en flor o que un guerrillero manco pudo al fin descubrir cuánto apesta la mochila de sus sueños. Esa es la grandeza de Francisco García González como escritor, su capacidad para hurgar en esas esquinas del mundo en las que nadie quiere mirar. Su don para sacar de ellas unas historias que deleitan por la sencillez de sus visiones y la complejidad de sus alcances. Esa es la grandeza de este libro: hacernos mirar hacia donde no queremos. Obligarnos a descubrir que no hay metáforas prohibidas y que, por muy lindo que sea un arcoíris, cualquier esperanza empieza por otear la oscuridad de nuestras sombras" 

César Reynel Aguilera