Sunday, December 16, 2018

RELACIONES INTERNACIONALES DE LA REPÚBLICA DE CUBA


Por Guillermo A. Belt

Desde su instauración el 20 de mayo de 1902 hasta el 31 de diciembre de 1958, la República de Cuba desarrolló sus relaciones internacionales con notables éxitos en el ámbito bilateral y en el multilateral. Al conmemorarse un siglo del nacimiento de Cuba como nación independiente, la revista "Herencia", en un nuevo esfuerzo por preservar los más altos valores patrios, ha querido recoger en sus páginas un recuento de los hitos que señalan la trayectoria internacional de nuestro país en la época republicana.
Imposible resultaría enmarcar en un artículo más de cincuenta años de gestión. En lo bilateral, las relaciones de mayor trascendencia son las de Cuba con España y con los Estados Unidos. Un trabajo sobre las primeras ha sido confiado a otro autor; aquí nos referiremos solamente a las segundas. Las relaciones multilaterales de Cuba con las naciones del hemisferio occidental se resumen presentando dos iniciativas principales que lanzó nuestro país, primero en la etapa precursora de la Organización de los Estados Americanos y luego en el desarrollo de este organismo regional. Por último, se examinará someramente la destacada actuación de Cuba en las Naciones Unidas.

Relaciones de Cuba con los Estados Unidos

En la época colonial, Cuba y las trece colonias de Norteamérica mantuvieron relaciones comerciales sujetas a los intereses de las dos potencias europeas que las gobernaban: España y Gran Bretaña. El profesor de la Universidad de Carolina del Norte, Louis A. Pérez, Jr. , autor de varios libros sobre Cuba, presenta los ejemplos siguientes.
La participación de España en la guerra entre Inglaterra y Francia de 1756 a 1763 tuvo por consecuencia la toma de La Habana por los ingleses en 1762. La ocupación británica dio lugar a un aumento considerable del comercio con los norteamericanos al quedar abierto el puerto de La Habana a Gran Bretaña y sus posesiones en el Nuevo Mundo.
Cuando las ex colonias británicas declararon su independencia en 1776, España autorizó el comercio de la isla con ellas. Nuevamente Cuba se benefició de la rivalidad entre España e Inglaterra, especialmente por el crecimiento que tuvo la industria azucarera ante la demanda del nuevo mercado.
En 1784 España reclamó nuevamente la exclusividad del comercio con Cuba. A fines del siglo XVIII se restablece el comercio cubano con Norteamérica a raíz de la guerra entre España y Francia. En 1798 el volumen comercial entre Cuba y los Estados Unidos llegó a superar el comercio entre Cuba y España. Poco después, España impondría una vez más la exclusividad.
Los vaivenes de la política comercial de España con respecto a Cuba continuaron en el siglo XIX. En cada período de apertura, el comercio de Cuba con los Estados Unidos siguió creciendo, llegando a representar el 48 por ciento en 1859.
Con este telón de fondo, pintado aquí a grandes trazos, se desarrolló la política de los Estados Unidos hacia Cuba. Tres presidentes norteamericanos tantearon con España la compra de Cuba. Aún después de la explosión del acorazado Maine en el puerto de La Habana el 15 de febrero de 1898, el Presidente William McKinley ofreció privadamente 300 millones de dólares por la isla. La respuesta de Madrid fue negativa como en las ocasiones anteriores.
Al fracasar los primeros intentos de adquisición de Cuba y todas las iniciativas de anexión, Estados Unidos decidió que el menor de los males sería que Cuba continuara bajo el régimen colonial español, con tal de que la isla no pasara a manos de otra potencia extracontinental. Esa fue la premisa fundamental de la política de la Casa Blanca a partir de 1823, cuando se promulgó la Doctrina Monroe. No hubo, pues, respaldo norteamericano a la independencia de Cuba durante casi todo el siglo XIX.
En la última década de ese siglo, José Martí funda el Partido Revolucionario Cubano en Tampa y reivindica el ideal de Cuba Libre. Preparando los ánimos para la guerra, hace este llamamiento el 19 de agosto de 1893, desde las páginas de Patria, en Nueva York:
"Del Norte hay que ir saliendo. Hoy más que nunca, cuando empieza a cerrarse este asilo inseguro, es indispensable conquistar la patria. Al sol, y no a la nube. Al remedio único constante y no a los remedios pasajeros. A la autoridad del suelo en que se nace, y no a la agonía del destierro... A la patria de una vez. ¡A la patria libre!"
Es a fines de la guerra de 1895 cuando se escuchan las más fuertes voces en Estados Unidos en apoyo de la independencia para Cuba. El Congreso norteamericano, decidido por la guerra contra España, aprobó la Resolución Conjunta del 19 de abril de 1898 declarando que el pueblo de Cuba era y por derecho debía ser libre e independiente. En la resolución se incluyó la enmienda presentada por el senador Henry Teller, afirmando que Estados Unidos no ejercería soberanía, jurisdicción ni control sobre Cuba excepto para su pacificación y que, lograda ésta, dejaría el gobierno de la isla en manos de su pueblo.
La participación militar de los Estados Unidos para la liberación de Cuba fue brevísima y de muy bajo costo cuando se la compara con nuestras guerras de independencia y sus estragos. Hugh Thomas cita estos datos: en 1895 Cuba tenía una población de aproximadamente 1,800,000 personas, la cual quedó reducida a 1,572,797 según el censo de 1899. Dice este autor que la pérdida de casi 300,000 vidas se compara en términos porcentuales con la sufrida por Rusia en la segunda guerra mundial y representa probablemente el doble de la proporción de pérdidas humanas en las guerras civiles de los Estados Unidos y España.
No obstante, al concluir la guerra en Cuba un general norteamericano, John Brooke, recibió las llaves de la ciudad de La Habana de manos del Capitán General Jiménez Castellanos, el 1 de enero de 1899. Su sucesor, el General Leonard Wood, convocó en julio de 1899 a elección de delegados para redactar una constitución en la que debía incorporarse un acuerdo con el gobierno norteamericano estableciendo las bases de su relación con el gobierno de Cuba.
En Cuba hubo fuerte oposición al pretendido injerto. Los delegados a la asamblea constituyente rechazaron mayoritariamente las limitaciones de soberanía que implicaba la propuesta. Mientras tanto, en los Estados Unidos el senador Orville Platt presentó una enmienda al proyecto de ley de presupuesto del ejército en la que recogía las ideas de Wood. Según la enmienda Platt, ningún gobierno de Cuba podría celebrar tratados ni contraer compromisos con una potencia extranjera que pudieran atentar contra la independencia de Cuba, sin el consentimiento previo de los Estados Unidos. Tampoco podría asumir deudas públicas en exceso de su capacidad de pago. Además, Cuba debía aceptar que los Estados Unidos se reservaran el derecho de intervenir en el país para preservar su independencia y mantener un gobierno estable que garantizara vidas y haciendas. Por si fuera poco, Cuba ratificaría todos los actos del gobierno militar norteamericano y se comprometería a ceder a los Estados Unidos bases navales en su territorio.
Al asegurar Wood a la convención constituyente que el Presidente McKinley no retiraría las tropas norteamericanas de Cuba a menos que en la nueva Carta Magna se incorporara la enmienda Platt, el apéndice se aprobó por 16 votos contra 11, con cuatro delegados ausentes.
La oposición a la enmienda Platt continuó a lo largo de los primeros treinta años de vida republicana. Después de la caída del gobierno de Machado en agosto de 1933, el doctor Ramón Grau San Martín, Presidente del Gobierno Provisional Revolucionario, proclamó al tomar posesión que abrogaría la enmienda. La abolición formal se produjo mediante el tratado suscrito entre Cuba y los Estados Unidos el 29 de mayo de 1934, el cual puso fin a esa etapa de intervención en los asuntos internos de nuestro país.

Relaciones de Cuba con los estados americanos

Antes de crearse la Organización de los Estados Americanos en 1948, estos países se reunían cada cinco años aproximadamente para tratar asuntos de interés común.
Cuba no había logrado su independencia cuando la Primera Conferencia Internacional Americana se reunió en Washington entre octubre de 1889 y abril de 1890. La Segunda Conferencia tuvo lugar en México de octubre de 1901 a enero de 1902, estando Cuba bajo la ocupación militar norteamericana. De manera que la primera vez que la República de Cuba se hizo representar en el foro americano fue en Río de Janeiro, donde la Tercera Conferencia se desarrolló en julio y agosto de 1906. En aquel estreno ante la asamblea de gobiernos de América Latina y Estados Unidos, los delegados cubanos fueron Rafael Montoro, Gonzalo de Quesada y José Antonio González Lanuza.
La Cuarta Conferencia tuvo por sede Buenos Aires, en 1910, y la Quinta Conferencia se celebró con retraso en 1923, en Santiago de Chile. Cuba participó activamente en los tres encuentros y La Habana fue designada sede de la Sexta Conferencia Internacional Americana. Hay que tener presente que Estados Unidos, México, Brasil, Argentina y Chile eran los países más influyentes en el escenario interamericano y por ende fueron anfitriones de las primeras cinco reuniones. La selección de Cuba fue, por tanto, un reconocimiento a la incipiente diplomacia de la joven república.

El Código Bustamante

La Sexta Conferencia se celebró en La Habana desde el 16 de enero hasta el 20 de febrero de 1928. El doctor Antonio Sánchez de Bustamante y Sirvén presidió la delegación cubana y las representaciones de los países americanos le dieron su voto unánime como Presidente de la Conferencia. Néstor Carbonell fue el Secretario General de la reunión. Integraron la delegación de Cuba, además de los nombrados, Orestes Ferrara, Enrique Hernández Cartaya, José Manuel Cortina, Arístides Agüero, José B. Alemán, Manuel Márquez Sterling, Fernando Ortiz y Jesús María Barraqué.
La reunión de La Habana fue una de las más fructíferas. Adoptó diez convenciones sobre los siguientes temas: derecho internacional privado; aviación comercial; la Unión Panamericana; condiciones de los extranjeros; tratados; funcionarios diplomáticos; agentes consulares; neutralidad marítima; asilo; y deberes y derechos de los Estados en caso de luchas civiles. Además aprobó una multitud de acuerdos y resoluciones. Entre estas últimas, las que crearon la Comisión Interamericana de Mujeres y el Instituto Panamericano de Geografía e Historia, que hasta hoy funcionan como Organismos Especializados Interamericanos de la OEA.
Pero el logro más importante de la Sexta Conferencia fue la adopción del Código de Derecho Internacional Privado, redactado por el doctor Antonio Sánchez de Bustamante. Su texto había sido presentado a la Comisión de Jurisconsultos en Río de Janeiro en 1927. Ese órgano (hoy denominado Comité Jurídico Interamericano) aprobó el texto del doctor Bustamante y lo envió a la Sexta Conferencia. Ésta, al adoptar la Convención sobre Derecho Internacional Privado, aceptó el Código y lo puso en vigor, dándole el nombre de Código Bustamante en honor a su autor.
Un distinguido jurisconsulto cubano logró lo que varias comisiones técnicas, desde la Segunda Conferencia en 1902, no habían podido hacer: redactar un código para regir las relaciones entre las naciones de América en el campo del derecho internacional privado y obtener su aprobación. Más que un éxito diplomático, fue un reconocimiento de la capacidad intelectual que existía en un país con sólo un cuarto de siglo de vida independiente.

La doctrina de la agresión económica

En 1947 los Estados americanos suscribieron en Río de Janeiro el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), que es el pacto de defensa colectiva de este hemisferio. El Embajador de Cuba en Washington, doctor Guillermo Belt Ramírez, presidió nuestra delegación en la Conferencia Interamericana para el Mantenimiento de la Paz y la Seguridad del Continente.
En la tercera sesión plenaria, el Embajador Belt, refiriéndose al texto del tratado en discusión, hizo el planteamiento siguiente:
"La Delegación de Cuba considera que el capítulo que se refiere a las amenazas y los actos de agresión será incompleto y carecerá de valor si en el mismo no se incluyen las amenazas y agresiones de carácter económico. La simple notificación que un Estado haga a otro de que aplicará sanciones o medidas coercitivas de carácter económico, financiero o comercial, si no accede a sus demandas, deberá ser considerada como amenaza. La aplicación unilateral de estas medidas deberá ser considerada como un acto de agresión."
La iniciativa del delegado cubano respondió a la necesidad de defender los derechos de nuestro país a su cuota azucarera en el mercado norteamericano ante presiones que el poderoso vecino podría ejercer por razones políticas o comerciales. Así lo entendieron claramente los asistentes a la conferencia de Río. No es de extrañar, en consecuencia, que los Estados Unidos se opusieran a prohibir la agresión económica en el tratado que este país quería suscribir con los demás gobiernos americanos.
Los argumentos en contra de la propuesta de Cuba se basaron en consideraciones de forma. El Embajador Belt les salió al paso con estas palabras en el mismo discurso:
"Se ha dicho que la cuestión relativa a asuntos económicos no debe ser objeto de discusión en esta Conferencia, debiendo por ello ser aplazada hasta la Conferencia de Bogotá. No se trata de un tema económico. Se trata precisamente de amenaza y agresión y, por lo tanto, el único momento adecuado para debatirlo es precisamente el actual, en que se van a definir las amenazas y los actos de agresión."
En Río de Janeiro Cuba no ganó la batalla diplomática. El TIAR se aprobó sin incluir ninguna referencia a la agresión económica. Pero el año siguiente, en la Novena Conferencia Internacional Americana celebrada en Bogotá, la tesis cubana triunfó al quedar consagrada en el Artículo 16 de la Carta de la Organización de los Estados Americanos en los términos siguientes:
Artículo 16. Ningún Estado podrá aplicar o estimular medidas coercitivas de carácter económico y político para forzar la voluntad soberana de otro Estado y obtener de éste ventajas de cualquier naturaleza.
El Embajador Belt presidió la delegación de Cuba en Bogotá. Por haber regresado a Washington antes del término de la Novena Conferencia para pronunciar un discurso en la sesión conjunta del Congreso de los Estados Unidos conmemorando el cincuentenario de la resolución del 19 de abril de 1898 sobre la independencia de Cuba, no pudo escuchar el reconocimiento que le hizo el Presidente de la Delegación de Brasil:
"La Honorable Delegación Cubana, por la voz de su eminente jefe (actualmente ausente), el Embajador Belt, propuso a la Conferencia de Bogotá, como ya lo había sugerido en la de Río de Janeiro, la creación de una norma firme jurídica de derecho internacional, esto es, que la agresión económica queda prohibida tanto como la política." 
Guillermo Belt, padre del autor de este artículo, saludando al presidente norteamericano Harry Truman

Por su parte, el Presidente de la Novena Conferencia, Eduardo Zuleta Ángel, Ministro de Relaciones Exteriores de Colombia, reconoció el trabajo de la Delegación de Cuba con estas palabras:
"Me permito recordar a los señores delegados que este texto aprobado por la Comisión de Iniciativas, sobre la llamada 'agresión económica', tiene orígenes bastante antiguos… Una de las delegaciones, la de Cuba, ha trabajado con gran tenacidad y esmero en torno de esta cuestión, presentando en diversas formas el problema y defendiendo vigorosamente la incorporación de este principio."
La diplomacia cubana, en defensa de los intereses de la patria, logró un éxito que aún hoy le reconocen los estudiosos de estos temas. Un tratadista de derecho internacional, Félix Fernández-Shaw, le dió el nombre de Doctrina Belt a la prohibición de la agresión económica, afirmando que "también podría llamarse Corolario Belt a la Doctrina Drago". Mi padre prefirió llamarla Doctrina Grau, en homenaje al Presidente de Cuba, doctor Ramón Grau San Martín, cuyo gobierno representó ante el de los Estados Unidos, en la OEA y en la ONU.

Cuba en las Naciones Unidas

En la Conferencia de San Francisco de 1945 se suscribió la Carta de las Naciones Unidas. Cuba tuvo una participación muy destacada. El presidente de la delegación cubana, que nuevamente fue el Embajador Belt, fue elegido por unanimidad como relator de la comisión integrada por todos los jefes de delegación (Steering Committee) que dirigió los trabajos de la reunión. Durante las deliberaciones sobre el articulado de la Carta, Cuba se opuso al veto por considerarlo antidemocrático e injusto para los países más pequeños. Además, Cuba defendió la posición de América Latina en el organismo mundial, lográndose la inclusión de los mecanismos regionales en la Carta de la ONU. En 1947 Cuba votó en contra de la partición de Palestina por entender que esa medida causaría graves conflictos en el futuro.
La delegación cubana en las Naciones Unidas tuvo una participación sumamente importante en la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Como lo señala Humberto Medrano, Cuba presentó "uno de los borradores más completos entre los anteproyectos de Resolución que fueron considerados para la confección del texto" de la Declaración.
Cuba hizo otra contribución muy importante al desarrollo del derecho internacional. Junto con los jefes de las delegaciones de Panamá y la India, el Embajador Belt presentó un proyecto de resolución declarando que el genocidio es la denegación a grupos humanos del derecho a la existencia, así como el homicidio es la denegación a un individuo de su derecho a la vida. El 11 de diciembre de 1946, la Asamblea General adoptó por unanimidad una resolución afirmando que el genocidio es un delito bajo el derecho internacional. El 9 de diciembre de 1948 la Asamblea adoptó la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio. La Convención entró en vigor el 12 de enero de 1951.

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Como lo demuestran los ejemplos anteriores, Cuba condujo sus relaciones internacionales con criterio independiente, inteligencia y valentía. Ojalá que los éxitos del pasado sean útiles para trazar el rumbo futuro de un país que pagó un alto precio por su soberanía y que luego supo preservarla dignamente a lo largo de la era republicana.





iPara una explicación excelente de los orígenes de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, véase Louis A. Pérez, Cuba and the United States: Ties of Singular Intimacy, 2nd. ed., University of Georgia Press, Athens, Georgia, 1997, Cap. 1.
iiJosé Martí, "La Crisis y el Partido Revolucionario Cubano", en José Martí, Obras escogidas en tres tomos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1992, Tomo III, p. 243.
iiiHugh Thomas, Cuba: The Pursuit of Freedom, Harper / Row, New York, 1971, p. 423.
ivConferencia Interamericana para el Mantenimiento de la Paz y la Seguridad del Continente, "Discurso pronunciado por Su Excelencia el señor Guillermo Belt, Delegado de Cuba, en la Tercera Sesión Plenaria", CRJ/58, SG/34, 19/8/47-M182, Unión Panamericana, Washington, D.C., p. 4.
vIbid., p. 6.
viNovena Conferencia Internacional Americana, Actas y Documentos, Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia, Bogotá, 1953, Vol. II, p. 395.
viiIbid., p. 466.
viiiFélix Fernández-Shaw, La Organización de los Estados Americanos (O.E.A.), Una nueva visión de América, 2a. ed., Ediciones Cultura Hispánica, Madrid, 1963, p. 425.
ixHumberto Medrano, Declaración Universal de los Derechos Humanos; en Cuba, 40 años de violación, versión electrónica en www.sigloxxi.org/medrano, p. 5.
xRaphael Lemkin, paladín de la definición del genocidio como delito internacional, expresó su profundo agradecimiento al Embajador Belt y a sus colegas de Panamá y la India por haber patrocinado la resolución sobre el tema en las Naciones Unidas, en el artículo "Genocide as a Crime under International Law" publicado en The American Journal of International Law (1947), Vol. 41 (I), pp. 145-151(facilitado al autor por la Biblioteca Conmemorativa Cristóbal Colón, de la OEA).

Tuesday, December 11, 2018

¿Cómo y cuándo terminará el experimento cubano de Fidel Alejandro Magno?*

Por Carlos Alberto Montaner

Muchas gracias por invitarme a estar junto a ustedes, amigos queridos. Gracias muy especiales a Frank Calzón y a James Cason.
Ayer viernes 7 de diciembre de 2018, D. Luis Almagro, Secretario General de la OEA, puso el acento donde debía. Dijo que la Cuba de los Castro es el origen de todos los desórdenes políticos de América Latina y así había sido desde 1959.
Adviertan que yo dije la Cuba de los Castro y no la Cuba comunista. El comunismo es una expresión de la desdicha política, pero puede ser de puertas adentro. Fidel y Raúl, en cambio, le agregaron un violento espasmo imperial que no ha cesado.
¿Por qué sucedió este fenómeno? Cuando Fidel Hipólito Castro tuvo la edad legal para cambiarse el nombre se convirtió en Fidel Alejandro Castro. 
Su modelo era el enérgico macedonio que construyó muy rápidamente uno de los mayores imperios de la historia.
La primera juventud de Fidel Alejandro Castro fue la de Cayo Confite en 1947, una expedición organizada por la Legión del Caribe y, fundamentalmente, por los cubanos.
Ya estaba en marcha, ya se había movilizado, el Alejandro Magno cubano, aunque nadie lo advirtiera.
Aunque abortado por el Departamento de Estado, fue un esfuerzo descomunal que incluía 2,700 hombres, donde predominaban los dominicanos y los cubanos (casi el doble de Bahía de Cochinos) y 27 aviones y avionetas.
Por cierto, Fidel hizo matar a dos de los jefes de esa expedición, sus enemigos jurados, Eufemio Fernández y Rolando Masferrer cuando tuvo el mando de Cuba. 
A Eufemio lo fusiló en 1961, y a Masferrer le dinamitó el auto en Miami en 1975. También lo han acusado de participar en el atentado a un tercer jefe de Cayo Confite, a Manolo Castro, con quien no tenía parentesco. Manolo Castro fue asesinado en febrero de 1948.  
Semanas después, en abril de 1948, le tocó el turno al Bogotazo. Ahí Fidel Castro vio alguna acción y le tomó el pulso a la muerte. Todo eso reforzó su vocación, como me expresó alguna vez un comandante nicaragüense, de “nido de ametralladora en movimiento”.
En 1952 Fulgencio Batista dio un golpe militar contra el gobierno legítimo de Carlos Prío y se desató para siempre Fidel Alejandro Magno. La violencia era la atmósfera que le convenía.
En 1958, en la Sierra Maestra, se lo dijo en una carta a su amante, secretaria y amiga íntima Celia Sánchez: tras la derrota de Batista pensaba dedicarse a combatir a Estados Unidos.
Fidel Alejandro deliraba con sus planes de conquista planetaria. Se lo repitió al historiador venezolano Guillermo Morón en 1979. 
Cuando se convirtió en el amo de Cuba, utilizó la Isla para lanzar a sus guerrillas y a sus agentes  a docenas de países, hasta convertirse en el más audaz condottierorevolucionariode la segunda mitad del siglo XX. 
Pero más grave aún es que le impuso a su gobierno y a la sociedad cubana su propia naturaleza aventurera, de la cual es difícil sacudirse, aunque la infinita mayoría de los cubanos piense que fue y es una locura persistir en esas locas tareas. 
El intervencionismo de Fidel Castro llegó a su apogeo durante su invasión a Angola, en África: la más larga operación militar que recuerda la historia de América: de 1975 a 1991. Fueron los soviéticos los que, contra la voluntad del cubano lo forzaron a dejar su presa africana. Quedó muy molesto por ese abandono de Gorbachov. 
Por eso, tras tres décadas de intensa colaboración con Moscú, cuando desaparecieron la Unión Soviética y el comunismo europeo, Fidel Alejandro siguió batallando solo. Continuó, como un obseso, “haciendo la revolución” a tiros. 
Fidel Alejandro no creía en el descanso o en el abandono. La “luta continua”, como decían los mozambiqueños.
Pero no estuvo solo mucho tiempo. Buscó a Lula da Silva y, con los escombros del comunismo destrozado, más la potencia del Partido de los Trabajadores, armó el Foro de Sao Paulo. Lo hizo para protegerse y para continuar luchando. 
Los españoles tienen una expresión entre humorística y barroca para describir esa conducta: Fidel era inasequible al desaliento. 
No le importaba que el marxismo-leninismo hubiera sido desacreditado. Le seguía sirviendo de pretexto para continuar su incesante contienda. 
Tampoco le interesaba el destino económico de los cubanos, ya sin el amparo de los subsidios soviéticos. 
Unos cuantos millares de cubanos se quedaron ciegos como consecuencia de la neuritis óptica producida por la desaparición de la magra ración de proteína que los protegía. 
Era el “periodo especial”, del cual ni siquiera hemos salido tras casi treinta años de penurias inútiles.
Fidel, estaba dispuesto a “sostenella, pero no enmendalla”, como reza la divisa de los peores empecinados españoles, esa pobre gente que confunde la terquedad con el carácter.
Así las cosas, en 1994 apareció Hugo Chávez en el panorama isleño y Fidel lo conquistó para sus planes delirantes. A Fidel Alejandro le pareció una variante del idiota útil. 
No lo quería demasiado, al extremo que desvió las relaciones del venezolano hacia su entonces Canciller, Felipe Pérez Roque y hacia su segundo al mando, Carlos Lage –luego ambos fueron defenestrados- porque a los ojos racistas y encumbrados de Fidel Alejandro, Chávez le parecía (y lo dijo en privado) un “negrito parejero”. 
Se colocaba “parejo” a él y eso era intolerable.
Tampoco era difícil seducir a Chávez. En ese momento el teniente coronel Hugo Chávez estaba bajo la influencia de Norberto Ceresole, un fascista argentino que provenía del peronismo de izquierda.
Ese asesor fue bien pagado y se retiró a rumiar su molestia. Luego optó por morirse alejado del mundanal ruido.
A principios de 1999 los agentes y operadores políticos de la Seguridad cubana lograron hacer presidente de Venezuela a Hugo Chávez. Cuando asumieron su causa apenas tenía el 2% de apoyo popular.
Como la suerte le acompañaba en su periodo presidencial, hasta que apareció el cáncer cono un ladrón silencioso, el precio del petróleo subió escandalosamente y Fidel Castro pudo financiar su nuevo juguete imperial: el Socialismo del Siglo XXI (Cuba, Venezuela,Nicaragua, Bolivia y el Ecuador de Rafael Correa),más un espacio económico llamado la ALBA, la Alianza Bolivariana de los Pueblos de América, que era la alternativa comunista al ALCA, el Área de Libre Comercio de América.
La ALBA funcionaba como un mecanismo para dispensar favores y petróleo. Venezuela era la gran anfitriona “pagana”, mientras el ALCA ofrecía, fundamentalmente, acceso al mercado norteamericano, así que muchos islotes caribeños optaron por subordinar su política exterior a los caprichos y estrategias de Fidel Castro y Chávez.
Los miembros de la ALBA son los mismos del Socialismo del Siglo XXI, menos Ecuador, que no necesitaba el petróleo venezolano, más Surinam, a los que se agregan los islotes caribeños: Antigua y Barbuda, Dominica, Granada, San Cristóbal y Nieves, San Vicente y las Granadinas, y Haití como observador.
Quien pechaba con las responsabilidades económicas del grupo era Venezuela, pero el Estado que trazaba la estrategia era Cuba. 
Los venezolanos pagaban la factura, que enriquecía a algunos gobernantes, como era el caso de Daniel Ortega por medio de ALBANISA, un conglomerado de sociedades, que le servían para recibir cuantiosos subsidios chavistas de los cuales utilizaba cierto porcentaje para sostener a su clientela política nicaragüense.
La única condición que se les imponía a los miembros de ALBA era que suscribieran los dictados de La Habana-Caracas en materia diplomática, como, por ejemplo, la elección del chileno José Miguel Insulsa al frente de la OEA, un hombre que se prestó irresponsablemente al juego antidemocrático de Chávez y Castro, pese a los improperios que más de una vez le propinó Chávez.
Ese mundo, como sabemos, ha llegado a su fin, al menos por ahora. La elección de Mauricio Macri en Argentina, Sebastián Piñera en Chile y Jair Bolsonaro en Brasil lo demuestran, aunque la presidencia de Andrés Manuel López Obrador en México es de signo diferente.
Eso lo sabe La Habana, pero el mensaje y el ejemplo que emana de Cuba es muy negativo. Raúl Castro les dice, con su ejemplo, y seguramente con sus palabras en el terreno privado, que resistan hasta que el péndulo se mueva en la otra dirección, algo que sucederá aproximadamente en una década si se repiten los patrones históricos habituales.
En todo caso, ¿cómo terminará la aventura castrista? Para abordar ese asunto me acogeré al ejemplo y los razonamientos del gran periodista inglés Bernard Levin. 
En 1977, cuando la URSS estaba en auge y Leonid Brezhnev mandaba en Moscú, mientras Jimmy Carter comenzaba su tembloroso gobierno en Estados Unidos, el diario The Times de Londres le pidió a su mejor columnista, a Levin, que especulara sobre el fin del comunismo en la URSS.
Levin explicó que un día llegaría a la jefatura de la Unión Soviética una cara nueva que comenzaría a cambiar el destino del país. ¿Por qué? Porque los soviéticos no eran diferentes a los checos que en 1968 se habían levantado contra los atropellos y excesos de los comunistas. Tenían las mismas ansias de libertad y la misma íntima decencia.
Ese nuevo dirigente comunista fracasaría en sus reformas y sería sustituido por una oposición que no tomaría venganzas, que no ahorcaría a los responsables de la dictadura en los postes de la luz, y el comunismo desaparecería sin cataclismos históricos.
Hasta ese punto, Levin acertó el quién y el cómo, pero lo más asombroso es que también acertó en el cuándo.
En su famoso artículo, escrito, repito, en 1977, se atrevió a predecir que ello ocurriría en el verano de 1989, año, por cierto, en el que Jaruzelski tuvo que ceder el gobierno polaco a Solidaridad. Año en el que en el mes de noviembre los alemanes derribaron el Muro de Berlín y el comunismo comenzó a derrumbarse como un castillo de naipes.
El comunismo cubano terminará de la misma manera. ¿Cómo lo sabemos? Porque quienes gobiernan tienen moral de derrota y, salvo a los psicópatas, a nadie le gusta pertenecer al bando de los canallas. 
Los castristas perciben que por el camino elegido por los Castro no hay posibilidades de redención. Saben que serán más pobres y los cubanos más infelices cada día que pase. 
Es verdad que hay unos cuantos centenares al frente de la banda que se benefician del “modelo” cubano del Capitalismo Militar de Estado, pero no son suficientes para detener el curso de la historia. No creo que falte mucho tiempo antes de que el sistema y el gobierno comiencen a desmoronarse. Tal vez tendrán que desaparecer Raúl Castro y la generación del Moncada. Ya todos andan cerca de los noventa años. De manera que, al menos para la oposición, “a luta continua”.     

* Conferencia dada en el Center for a Free Cuba en Washington el 8 de diciembre de 2018 

Saturday, December 8, 2018

Nace una estrella (con una bandera por alrededor)

Narciso López, el general venezolano empeñado en liberar a Cuba del dominio español necesitaba las tres cosas que según Napoleón eran imprescindibles para ganar las guerras: dinero, dinero y más dinero. De ser posible las tres a la vez. Así que para financiar la empresa buscó el apoyo de hombres de negocios norteamericanos. Y para eso estaba dispuesto a prometer cualquier cosa. Como que Cuba pasaría del dominio español al yanqui, por ejemplo. Añadirle una nueva estrella a la bandera norteamericana, como había ocurrido con Texas.
Pero para atraer inversiones a su empresa de liberar islas López necesitaba publicidad. Algo de lo que podía encargarse Moses Yale Beach, propietario del periódico neoyorquino The Sun. Tal fue el entusiasmo de Beach que ofreció las oficinas de su periódico para editar un periódico bilingüe que defendiera la causa de arrebatar a Cuba del dominio español y pasarlo al yanqui. Para dejar claras sus buenas intenciones, se llamaría La Verdad. El producto parecía atractivo: una isla en medio del Caribe, repleta de plantaciones de caña de azúcar, de centrales azucareros y de esclavos para operarlos. Azúcar y tabaco a chorros que, de ser parte de la Unión Americana, no pagarían aranceles. Pero un negocio tan redondo necesitaba una etiqueta. Una marca que ayudara a identificar el producto.
Proclamación de la Expedición a Cuba emitida por Narciso López
A eso habrá dedicado Narciso alguna que otra noche. A mirar el techo de su habitación en el número 39 de Howard, esquina a Broadway, mientras se inventaba una bandera para la isla: el republicano y masón de López dándole vueltas en la cabeza a los colores azul, blanco y rojo en forma de triángulos y barras. Y una estrella que luego pudiera añadirse a la constelación gringa. O que pareciera la calificación de un hotel abundante en cucarachas. Narciso le habrá dado vueltas en la batidora de su febril cerebro como si de un cubo de Rubik se tratara hasta dar con la solución: un triángulo rojo acompañado de tres barras azules por cada departamento de la isla en aquellos días (occidental, central y oriental) separadas por dos barras blancas. Y en medio del triángulo rojo, la estrella, por si algún ninja quería incorporarse al proyecto. Antes de que se le escapara la idea habrá corrido hasta la casa de huéspedes donde paraba el poeta, dibujante y editor de La Verdad Miguel Teurbe Tolón. Allí, en el 47 Warren Street (muy cerca del City Hall neoyorquino) vivía Teurbe Tolón con su esposa (y prima hermana) Emilia Teurbe Tolón. Como de costumbre, allí lo encontraría acompañado de un grupo de conspiradores cubanos empeñados en acabarle la reserva de café a los Tolón. Podemos imaginarnos el orgullo con que López anunciaría su proyecto de bandera cubana. Y la majestad con que le pediría a Miguel que sacara sus lápices de colores para llevar al papel el diseño que tenía en mente. Allí estaba el novelista Cirilo Villaverde, quien luego contaría cómo uno tras otro de los presentes fue haciendo sugerencias al estilo de “¿Qué tal si ponemos un ojo masónico en lugar de la estrella?”, ideas que Narciso, con su acostumbrada delicadeza de general, fue tirando a mondongo. Narciso dictaba, Miguel dibujaba y Emilia, mientras servía infinitas tazas de café, se resignaba a coser la dichosa prenda nacional. (El actual escudo cubano también lo diseñó Miguel en aquellos días por encargo de Narciso, quien necesitaba un sello que le diera seriedad a su documentación oficial).
Ya los conspiradores tenían bandera. Solo faltaba el detallito de conseguirse un país donde poder izarla

Tuesday, December 4, 2018

Orlando González Esteva y La Edad de papel: La opulencia del idioma


Por Alejandro González Acosta, Ciudad de México

“Dichosos aquellos tiempos que los antiguos llamaron de papel”, podría decir un nuevo Alonso Quijano, “donde no había kindles, ni smartphones, ni pantallas de plasma, y cuando de leer se requería, sólo se trataba de contar con algo de luz, tomar, abrir, acariciar, respirar y sentir las finas hojas de papel bajo los dedos, con sus cruzadas líneas de escritura y excitantes texturas diferentes, sus tenues rugosidades, sus pliegues humedecidos con la ocasional saliva auxiliadora, y sus aromas brotando de la plana abierta ante la mirada extasiada…” Tacto, vista, olfato, oído, gusto: triunfante hiperestesia absoluta y casi perfecta.

Desde los antiguos egipcios, quienes sustituyeron las tablillas de barro cuneiforme de los mesopotámicos con la pasta amasada y aplanada de sus lotos, que crecían en las márgenes del Nilo a la sombra de las pirámides, los hombres quisieron fijar sus memorias y su sabiduría en algo que los sobreviviera y fuera su legado de una generación a otra, desde el cieno original, hasta la piedra perenne, desde Lascaux hasta Gutenberg, desde los chinos taumaturgos hasta los venecianos de Manucio y los flamencos de Elzevir. Y lo encontraron precisamente en lo más frágil, en el papel.  Porque sólo lo fugitivo permanece y dura, dijo el sabio poeta atrabiliario: esas delgadas láminas con blancura de virgen, pero con filos de brujas malvadas, logran que la fragilidad venza a la inmortalidad, y reproducen la lección de aquella sábana de seda contra la bala artera, donde su misma indefensión es la garantía de su impenetrabilidad. En su propia aparente debilidad s se encuentra su mayor fuerza secreta.

El papel, primero de fibra vegetal, y luego alternando con ella pieles de neonatos encontradas en Pérgamo, hasta el papel de algodón y algunos otros hechos con humildes trapos diversos, ha acompañado al hombre hasta fecha muy reciente, cuando el sensato criterio ecológico al parecer prevaleció sobre el sibarítico estético. Pero algunos obstinados pertinaces perseveran -mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa- en degustar ese residuo mortal de los árboles, donde se graban los caracteres de los hombres.

Mientras haya publicidad impresa y botaratemente distribuida con artera alevosía anónima en los indefensos buzones descuidados, se fabriquen servilletas a montones, y en tanto se dediquen toneladas himalayescas al incontrovertible uso sanitario, nadie podrá reclamar que todavía algunos seres prehistóricos prefiramos el libro de papel al electrónico. La lectura en cada caso es muy diferente, equivalente a aquellos intercambios anunciados por Huxley en Un mundo feliz; en realidad, en inglés, un “brave new world” título que si lo asumimos en cubano explica y justifica su novedosa molestia.

El mundo quizá esté bravito con nosotros, pero si a las estadísticas acudimos, el consumo de papel, con tantos árboles masacrados en efecto de una causa noble, para destinarlos a libros, hoy ya es infinitamente inferior al que se ocupa en otros usos menos nobles, aunque sean legítimamente útiles.

Mientras circulen un periódico impreso repleto de nuevas sangrientas y escalofriantes, una vanidosa revista de modas en glamoroso papier cuché, un libro de “autoayuda” prescindible, unas memorias de políticos frustrados, un volante electoral, o un poema de algunos que yo me sé y me callo, nadie podrá reclamar sin incurrir en dislate y desproporción, que ciertos humanos perseveremos en el goce y disfrute de un bello libro impreso.

Como mejor argumento para lo anterior, hubo algunos que lo entendieron muy bien, y nos brindaron la argumentación palpable e irrebatible para acallar cualquier reclamo y demanda: esos fueron un poeta, Orlando González Esteva; un fotógrafo, Abelardo Morell; y los editores de esa revista que ostenta en su mismo nombre su definición más cabal, Artes de MéxicoY del Mundo, por si no bastara.

Orlando González Esteva es quizá el poeta cubano más insólito de todos los tiempos. Un árbitro como Octavio Paz, nada inclinado al elogio fácil sino todo lo contrario, así lo reconoció.

Los grandes poetas han dedicado sus cantos a numerosos númenes: lo mismo los Cantos de Maldoror, que el Canto al Usumacinta, que el Canto a mí mismo. Pero este Canto al papel rebasa cualquier referente y se remonta, como aquellos pícaros e indecisos “ojos de papel volando”, para convertirse, estallado, en cometa de celulosa, en auténtico papalote lúdico y dionisíaco entregado a la rosa de los vientos.

La edad de papel es un libro sólo para los gourmets del tacto y la fragancia, obra gloriosa y orgullosamente elitista, obsequio de los príncipes del espíritu, joya para avaros Shylock bibliófilos.

No es un bocatto, sino un occhiatto di cardinali: La Edad de papel, es posterior a la de piedra, la de bronce y la de hierro, y anterior a la del celuloide con el compact disk. En esa materia se ha impreso La Biblia y El Quijote, a Descartes y Einstein, a Dumas y Verne, a Martí y Casal… Y a González Esteva: sucede entonces aquí que el poeta, al mismo tiempo rinde tributo y homenaje, pero también cubre una deuda.

Sin embargo, este libro nace de un formidable equívoco intencional y mañoso. En gran parte está dedicado al papel de piedra, que no es una metáfora, sino un material tan reciente como real, inventado hace unos años en la isla de Taiwán, frente a la enorme China milenaria, cuna del original, como cumpliendo un ciclo, un ejemplar uróboros mágico y celestial. Tomando su nombre al pie de la letra, Esteva elabora una gran epopeya humorístico-surrealista, y en su conjunto, aunque es prosa de la mejor, se convierte en un gigantesco poema, tan jugoso como hilarante. No es un libro pensado ni menos aún escrito para tontos, lerdos, ni perezosos mentales: requiere, demanda, exige un conocimiento puntual y una fervorosa entrega al leerlo. El que crea que es un libro sencillo, mejor ni lo tome. Pero si lo hace y lo realiza con todo el corazón y toda la mente, lo disfrutará intensamente y nunca lo olvidará. Es en sí mismo, un libro insólito.

Este es un sensacional ejercicio de estilo con un despliegue de creación asombroso, un derroche de imaginación en sus intrincadas asociaciones y con una prosa de lo mejor que se pueda leer hoy. La broma germinal parte del equivoco de la denominación “papel de piedra”, que no es tal, sino en todo caso “marmoleado”, pues en realidad es un papel casi como cualquier otro, sólo que se fabrica con polvo de mármol y otros silicatos, aglutinados por una resina flexible que le otorga maleabilidad. Pero eso lo pasa por alto Esteva, con desatado gesto hiperbólico. Él toma al pie de la letra la denominación genérica del invento, y la fragmenta en sentencias regocijantes.

Más que párrafos, son estrofas para dar cuerpo a un gran poema, una épica de la celulosa, en varios cantos. Uno debe detenerse en cada epígrafe, oración por oración, y saborearlo, paladearlo, con deleite y regocijo. El esfuerzo de concentración será premiado con una satisfacción enorme. 
"Libro dañado por el agua", 2001. Foto de Abelardo Morell 
De tejido profuso y primoroso, es un tejido verbal de crochet, para agujas finas, que dan vuelta y revés, con esas asociaciones y sucesivas cadenas de sentidos, pero con un humor serio, que cuesta trabajo percibir, de aquel refinado a lo Buster Keaton. Y son tantas las tramas que maneja simultáneamente, que a veces más que de crochet, se vuelve encaje de bolillo, ese prodigio que realizaban las abuelas solícitas convertidas en laboriosas arañas, en aquellos tiempos aún sin radio ni televisión.

Tour de force, piece de resistance, capo di lavoro, master piece, La Edad de papel lo confirma como uno de los más altos estilistas del idioma español actual: leerlo es quererlo. Porque, aunque Esteva tiene y reconoce una herencia fuerte de Gómez de la Serna y de Jardiel Poncela, de Cabrera Infante y Reinaldo Arenas, y hasta de Lichtenberg, también hay mucho, abundante y generoso, de su propia lira original e inconfundible; quizá el enigma sea esa sazón cubana que añade al caldo hispano con cierta prudente mesura, pero siempre efectivo, en ese paladeo agridulce por la palabra, donde se confunde “el mar y el arroyo de la sierra” …  Y así como el sabio de Gotinga poseía las suyas, el cubano tiene sus propias figuras de Esteva, esos instantes deslumbrantes fijados por las ramificaciones eléctricas de sus palabras, a través del polvo incandescente comprimido de las páginas.

Cuando Octavio Paz dice de él que “hace estallar todas las metáforas en pleno vuelo”, puede asumirse a Esteva como un terrorista verbal, un dinamitero poético, un artificiero lingüístico o un pirotécnico de la sintaxis; en suma, un provocador de los lectores, a quienes desafía, estimula y premia con creces al culminar cada una de sus oraciones.

Esteva no puede negar la cruz de su parroquia, o, mejor dicho, el conuco de su batey, de aquel Palma Soriano donde nació en 1952, surgido allí donde una palma grabada con una cruz roja señalaba el sitio del colono español Soriano, alrededor de la cual se fueron agrupando las primeras casas fundadoras. Sin embargo, los anales de esa ciudad registran numerosos guerreros y campeones, pero pocos o ningún artista:  Orlando González Esteva suple con amplio margen esta carencia. No fue casual que después de morir en el campo de batalla de Dos Ríos, donde primero fuera depositado el cadáver de José Martí fuera en esa ciudad, donde se conserva aún uno de los primeros monumentos para honrar su memoria y su fúnebre tránsito por ella. Esa presencia terrible sin duda marcó el destino del niño que hasta 1965, cuando “partió a distante ribera”, paseaba alrededor del luctuoso obelisco.


Con una capacidad heroica para la asociación deslumbrante, no fácil ni evidente, sino medio oculta siempre entre la fronda de sus palabras, a cada paso, en cada renglón, Esteva obsequia una sorpresa regocijante, con esa personal orfebrería lingüística, su relojería verbal de implacable precisión. Su prosa cubanísima es un lujo tropical del idioma elevado a su máxima expresión. En partes y en conjunto, es un prodigioso origami literario, un despliegue de papiroflexia poética, metáforas condensadas en celulosa. Orlando González Esteva es un dueño cabal de la opulencia de la lengua. Sería injusto reducirlo a los márgenes de la literatura cubana: barroco y clásico a la vez, también es un hombre del Renacimiento.

Quizá sus muchos viajes alrededor del mundo como trovador de un crucero lo prepararon para esta erupción. En la lava de su prosa hay una intrincada gemología, y sus páginas son, por su modelo mismo, litográficas, ad pedem literae.

Si Martí decía que “entrar a una gran biblioteca es como penetrar en un gran arsenal”, cuando uno ingresa dentro de este libro le parece estar bajo la cúpula de una gran catedral, constelada de lucetas policromas, encristalados arcos de medio punto, columnas y estípites criollos.

El arranque sinfónico es soberbio, digno de una obertura, desde el pórtico mismo del prodigio:

“Ente los materiales creados por el hombre milagrea el papel, tan útil al anciano que redacta su testamento como al niño que reúne cañas, goma de pegar, cordel y cintas para hacer una cometa. Que lo aguante todo no es indicio de sumisión o indolencia sino de tolerancia, la forma más cumplida de ser fuerte. No amarillea porque mengüe sino porque aspira a integrarse a la luz”.

Para el lector cubano, Esteva reserva algunos pícaros guiños incrustados en el texto; desarrollando sus conjeturas y asociaciones imposibles alrededor del papel de piedra, Esteva alude a una gran trepanación nacional, émulo de Erasmo de Rotterdam en su Elogio enloquecido:

“El hallazgo de los neurocirujanos medievales fue avizorar una época en que la poesía –una de las formas de enajenación mental descritas por Platón- y la piedra serían una sola cosa, e induce a pensar que el traslado o la pulverización de La Gran Piedra, mole cubana de origen volcánico, podría devolverle la cordura al país.

“La roca, situada a mil doscientos veinticinco metros de altura sobre el nivel del mar, en la zona que la tradición identifica con la cabeza del lagarto que la isla figura sobre los mapas, podría ser la responsable del carácter del pueblo cubano, cuya funesta predisposición al delirio ha intrigado a sus pensadores”.

Lo anterior, escrito en 2015, resulta una sorprendente premonición, aludiendo a la pulverización de una piedra como preámbulo a la salud mental de todo un pueblo … Una Gran Cura a través de la Gran Piedra. El sueño sublime del poeta convertido en profeta, se explica porque de niño Esteva bebiera de un manantial que nace al pie de esa roca monstruosa, de donde fluye una corriente líquida de la cual se asegura es el comienzo de la insania, la llamada Fuente del Delirio: allí se perdió y encontró.

Otra de las numerosas “dedicatorias cubanas” que obsequia Esteva:

“Nada sabe la mujer cubana de las lesiones que puede haber ocasionado a su salud psíquica la utilización de papelillos hechos con tiras del diario Granma, órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista de su país; nadie, si hay remedio para ellas…”

La anterior se continúa unas páginas más adelante, redondeando la imagen sorprendente:

“El cilindro de cartón que sirve de tripa al rollo de papel sanitario asumió en Cuba el rol de los rulos, trepando a la cabeza de las mujeres que pugnaban por ondearse el cabello y alterando su conducta. La naturaleza revolucionaria del tubo, cuya superficie gira en torno a un eje invisible, coadyuva a la proliferación de las ideas sediciosas.

(…)

“[e] hizo de la mujer cubana una pionera del ecologismo, exhortándola a lucir por corona lo que la mayoría de sus contemporáneas –insensibles a la poética de ver lo uno en lo otro y, por consecuencia, de lo reciclable- arrojaba a la basura.”

Y esta otra:

“Las bolitas de papel de piedra pautado que, a manera de percucientes, se alojen en las güiras a punto de ser convertidas en maracas podrán ser extraídas al cabo de los años y, desplegadas, mostrar nota por nota, perfectamente transcrita sobre los pentagramas antes vacíos, la música que interpretaron…”

Pocas veces se juntan tantos talentos para lograr una pieza de colección como esta, una preciosa joyita, dos talentos geniales sumados en estrecha y letal complicidad. Lo que hace González Esteva con la prosa y con palabras, lo realiza por su cuenta Abelardo Morell con la fotografía y las imágenes.

Ambos son poetas: es decir, trastornan la realidad, la invierten, la vuelven de adentro para afuera, la revuelcan, la desordenan y la vuelven a crear.

Como los dramas clásicos desde el Romanticismo hasta el Neoclasicismo, la obra se divide en cinco partes que van desde “El hallazgo” hasta la “Oda al papel higiénico”: pentafonía de la palabra maridada con la imagen.

Las poderosas fotografías en blanco y negro de Morell explotan al máximo las posibilidades gráficas del papel en sí mismo para convertirlo en papel para sí, con conciencia de su profunda esencia y su alta misión, pasando de lo accidental a lo esencial, y con una economía de recursos sorprendente por sus resultados. Si se ampliaran en un formato más amplio, sus fotos serían frescos murales capaces de revestir esa catedral antes mencionada, con las columnas y pórticos formados con las palabras de Esteva. Es una arquitectura de imagen verbal asombrosa, pero no una catedral submarina, sino una catedral aérea.

Con esta obra Orlando González Esteva confirma, sin necesidad para ello, ser un mago de la palabra, un lujo del idioma y un hacedor de joyas verbales, amasando esa materia que bautiza toda una época: La Edad del Papel.



Orlando González Esteva, La Edad de Papel. Fotografías: Abelardo Morell. México, Artes de México y del Mundo – Secretaría de Cultura, 2016. 64 pp. ISBN: 978-607-461-224-0 (Artes de México); 978-607-745-452-6 (Secretaría de Cultura).

Monday, December 3, 2018

Premio

En días pasados nuestro colega de la AHCE Enrique Del Risco recibió el XX Premio Unicaja Fernando Quiñones por su novela Turcos en la niebla. Este importante galardón incluye una dotación de 30 000 euros y publicación de la novela por el sello Alianza Editorial en marzo próximo. 
De acuerdo con el jurado la novela trata sobre "la importancia de recuperar un lenguaje perdido, así como su decidida crítica al castrismo, al exilio y al post castrismo que da cuenta de la realidad experimentada por el colectivo humano de los exiliados aún en contra de sus propias expectativas"
Según el propio Enrique Del Risco Turcos en la niebla es "la primera parte de una saga todavía en construcción que he llamado Trilogía cubana del Hudson sobre la presencia de compatriotas en la zona [de Nueva York y Nueva Jersey] en los últimos dos siglos y pico". Turcos en la niebla vendría a ocuparse del último medio siglo de dicha presencia cubana en esos lares.
Para una entrevista al autor sobre el premio pinchar aquí.

Sunday, November 25, 2018

Dos genios del retrato artístico: Ernesto “El Chango” García Cabral y Conrado W. Massaguer

Por Alejandro González Acosta, UNAM
Ernesto “El Chango” García Cabral
Al venir hacia acá, pude admirar la espléndida muestra que ocupa nuestra sala de exposiciones, y sentí un orgullo fácilmente explicable y justificado por la profesionalidad y el buen gusto de nuestro Departamento de Difusión Cultural, el cual, aunque nos tiene ya muy acostumbrados a un excelente desempeño, creo que en esta oportunidad se rebasó y superó a sí mismo: mil gracias a la Maestra Gisel Cossío Colina y sus magníficos colaboradores, así como al compañero Maestro Javier Ruiz Correa, curador de la exposición, y a la denodada impulsora de la misma, la Doctora Martha Romero. Creo que pocas instituciones hoy pueden desplegar semejante derroche de talento, con tanto arte y buen gusto, así como una precisa disposición, como la nuestra. La diseñadora Beatriz López García triunfalmente “bailó en casa del trompo”, como quien dice. Son todos, para decirlo en dos palabras, un lujo.
Y recordé hace un año cuando se gestó este homenaje, mientras celebrábamos aquí mismo el centenario “del periódico de la vida nacional” el Excelsior, donde surgió la iniciativa, que fue rápida y cordialmente acogida por nuestro Director el Doctor Pablo Mora Pérez-Tejada, para recordar al gran Ernesto “El Chango” García Cabral, al cumplirse este 2018 el medio siglo de su partida hacia “el reino donde yacen los muchos” que decían los clásicos griegos.

Al marcharse, dejaba atrás la brillante estela creativa y artística del que hoy ya es plenamente considerado como el mejor dibujante retratista de México de la mayor parte del siglo XX. Y se cumple una suerte de justicia poética al declarar esto en la presencia de quien actualmente es, desde hace cuarenta años, el heredero artístico de Cabral, como el mejor retratista del México contemporáneo, el Maestro Luis Carreño, aquí con nosotros, a quien los hados propicios auguran como nuestro próximo Premio Nacional de las Artes.
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A Cabral y Massaguer, cercanos no sólo en el tiempo sino también en la distancia (veracruzano uno, matancero el otro, es decir, casi lo mismo), les correspondió una época de profundos cambios a nivel mundial. A Massaguer le tocó ver el paso de la Cuba española a la Cuba independiente, con todas sus alegrías, esperanzas, virtudes y frustraciones; Cabral tuvo que enfrentar la transformación del México porfirista al México revolucionario, con sus cataclismos, proyectos, logros y derrotas.
Ilustración de Ernesto “El Chango” García Cabral
Tanto La Habana como la Ciudad de México fueron capitales que experimentaron cambios intensos en esos años.
La Villa de San Cristóbal de La Habana (1519), antiguo puerto de escala de la Gran Flota de Indias, alcanzó desde 1850 una creciente importancia económica por ser la capital de una isla considerada como “la azucarera del mundo”. Dos guerras separatistas empobrecieron la economía nacional, pero al conseguir la independencia de España en 1898, con la intervención norteamericana, continuó un proceso de saneamiento y modernización, de acuerdo con los estándares mundiales aplicados por el gobierno provisional de ocupación de los EEUU. A pesar de una endeble vida republicana independiente, para los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, Cuba alcanzó un período de extraordinario desarrollo y progreso que se llamó “la Danza de los Millones”, lo cual propició la consolidación y engrandecimiento de una creciente clase rica y acomodada en la isla, hasta que, con el famoso Jueves Negro de la Bolsa de New York el 24 de octubre de 1929, que provocó El Gran Crack, comenzó la etapa llamada de “las vacas flacas”. Terminaban los felices años 20, que habían durado desde el final de la guerra mundial hasta ese día.
En México, por su parte, el porfirismo aplicó con severidad su lema “orden y progreso” hasta que el estallido de la revolución vino a trastornar el régimen establecido, y comenzó una dilatada etapa de enfrentamientos de caudillos con un costo terrible para el país en términos económicos: se calcula que durante esa etapa murió el 10% de la población nacional, entonces de 10 millones de personas. La antigua aristocracia y burguesía mexicana (pues había ambas, como en la Cuba española), sufrieron la pérdida de sus bienes, quemados, robados o expropiados, y muchos partieron al exilio en Europa y Estados Unidos.
Cartel cinematográfico de Ernesto “El Chango” García Cabral
Para la época cuando se conocen, el mexicano Cabral y el cubano Massaguer los referentes culturales del arte, la cultura y la elegancia eran en primer lugar el refinamiento exquisito París y a continuación por su cosmopolitismo eficiente, New York. Había quedado atrás la Belle Époque y comenzaban los tiempos del Art Decó. Igual que los pintores, hubo poetas paralelos entre ambos países: Julián del Casal en Cuba y Manuel Gutiérrez Nájera en México.
Como en La Habana, las calles de México pasaron de ser “calles” a o “callejuelas” a “boulevards, “rues” y finalmente “streets”. La de Obispo en La Habana y la de Plateros en México, primero vieron transitar carruajes tirados por caballos y pronto automóviles estruendosos y veloces que imponían un nuevo código de elegancia.



El referente universal era el París ya reformado por el Barón de Haussmann y enardecido vegetalmente por Forestier (quien trabajó en La Habana y México). La “Belle Époque” (1880-1914), la Edad de Oro de París enviaba sus últimos reflejos hasta América, directamente, ya sin pasar por Madrid. Las costumbres se afrancesaban y hasta los duros revolucionarios mexicanos y los curtidos mambises cubanos se adecentaban y civilizaban. Ya las “damas de la noche”, las “flores del asfalto” no eran nombradas con fuertes epítetos hispanos, sino como “demi-mondaines”, “cortesanas” “polillas” que transitaban por los boulevards y las alamedas espaciosas y aireadas, rodeadas por flaneurs del brazo de cocottes. Los artistas se rodeaban y asfixiaban con sus ninfas, ninfetas, nínfulas y ninfélulas. En ese París mítico, paraíso terrenal, llegó a haber 224 burdeles, pero que ya eran bautizados como “maison clasées” y los había de una categoría superior, llamados “de fantasía” porque cumplían los más febriles caprichos de sus adinerados y lujuriosos clientes. Fue famoso en especial “La Chabanais”, fundado en 1878, la misma época de “Naná” de Zola y la “Bola de sebo” de Maupassant. Allí se podía alternar lo mismo con el Príncipe de Gales, futuro Eduardo VII que con Víctor Noir, el hoy aún famoso personaje que atrae la atención de las mujeres en su muy concienzudamente pulido sepulcro en Pere Lachaise. Desde la Ciudad Luz se extendía hasta América la moda de las “brasseries à femmes”, “maisons de tolérance”, y aparece además de la modistilla y costurera (muy lejos de las terribles calceteras de la revolucionaria Place de Greve) la figura de la “camarera”, de las que en esa época ya había entre 1,500 y 2,000 atendiendo en los cafés, para delicia de los Dumas padre e hijo, Flaubert, Zola, Rimbaud, Verlaine, Baudelaire, D’Vigny y demás. La “hora de la absenta” sustituye fácilmente al “tea five o’clock hour” antes de dar la bienvenida a la “happy hour” más cercana.
Ese es el París que conocen profunda e íntimamente Cabral y Massaguer. Y lo transportan en las pupilas y en sus pinceles a sus países, imponiendo una moda encantadora y avasallante. Sumando ingredientes lo mismo de Bauhaus que del futurismo italiano, y como un salto desprendido del Art Nouveau, se despliega la magnífica forma estructuralista y moderna del Arte Déco, marcando siluetas de edificios, trajes, joyas, aviones y hasta automóviles.
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Cabral llegó al mundo del arte nacional en los años finales del porfiriato y se estrenó como agudo caricaturista en la época compleja y difícil de la primera etapa de la revolución mexicana, el gobierno endeble de Francisco I. Madero, a quien no libró de sus saetas. Una larga estancia europea con una beca del propio Madero –quizá deseoso de librarse de él- lo pertrechó de lo mejor de las vanguardias artísticas, que vinieron a perfeccionar la asombrosa capacidad que ya había demostrado desde su más temprana infancia, cuando en su natal Huatusco dibujaba en la tierra con un palito, a falta de pincel y colores.
Con una vida repleta de aventuras, de grandes amores y grandes amigos, como debe ser la de un hombre cabal –Cabral- y cumplido, en muy poco tiempo, con el poderío de su obra y la maestría de sus trazos, se abrió paso en el difícil mundo del periodismo, y se hizo de un espacio propio en las revistas nacionales, especialmente en la célebre Revista de Revistas del periódico Excelsior, cuya colección completa puede considerarse un gran catálogo de la obra cabraliana.
En un mundo tan receloso y competitivo como el de los pintores, Cabral obtuvo el reconocimiento pleno de sus mayores, nada propicios al elogio y menos a la alabanza inmerecida. Siqueiros y Rivera coincidieron en destacarlo como el mejor dibujante del país, y resaltaron sus portentosas proezas artísticas al lograr unos retratos magistrales, donde la mirada penetrante del caricaturista se contenía y ablandaba con el guiño cómplice y tolerante del filósofo: sus retratos, de gran fidelidad, eran al mismo tiempo respetuosos y casi cariñosos con sus retratados, que es la misma senda generosa que sigue y continúa hoy Luis Carreño entre nosotros. Eso se agradece, porque hay algunos en el medio hoy que más que dibujantes incisivos resultan caninos
Sin embargo, hombre sencillo y ajeno a los halagos, cuando le preguntaron a él mismo quién era el mejor caricaturista del mundo, Cabral respondió rápida e indubitablemente: El Tiempo. El paso de él no a través sino sobre nosotros, y nos deja al final del camino convertidos en el residuo humorístico de lo que fuimos. Grande y dolorosa verdad la del francote huatusqueño.
Pero sin negar su genialidad individual y sus grandes méritos propios, también hay que señalar que Cabral no estaba solo en el escenario continental, pues fue una época de oro para las revistas ilustradas, que en esos tiempos procuraron alcanzar una altura artística que las convertía en auténticos objetos de arte y de lujo. El diseño editorial obtuvo niveles muy altos al que, aun contando con los avances tecnológicos actuales, muy difícilmente pueden compararse las publicaciones de hoy.
Nadie mejor en ese momento para lanzar una abarcadora mirada continental al periodismo, que el generoso Don Rafael Heliodoro Valle, a quien su estudiosa más devota y productiva, nuestra compañera la Doctora María de los Ángeles Chapa Bezanilla ha calificado justamente como “Humanista de América”, quien en un artículo titulado “Columna de Humo” publicado en el Diario de Yucatán el 17 de abril de 1956, señalaba:
“Cano para Colombia, Massaguer para Cuba, García Cabral para México, Holguín y Lavalle para el Perú, tienen que ser mencionados por los historiadores del diarismo en sus respectivos países. Captar el momento en que el hombre solemne dejó -¿dijo?- una perogrullada, sorprender esa mariposa instantánea que riega tesoros áureos en el aire de la noticia volandera, es una aptitud sólo ganada por quienes captan el matiz nuevo de las cosas, y lo entregan sobre el papel para deleite de los que cultivan el jardín milagroso de lo que pasa y se borra con la emoción del siguiente día.”[1]
¿Quién fue ese “Massaguer” que Valle parangonaba desde la isla caribeña con el poderoso Cabral mexicano?

Conrado Walter Massaguer Díaz (Cárdenas, 3 de marzo, 1889 – La Habana, 18 de octubre, 1965), fue no sólo un estricto contemporáneo de Cabral sino además su amigo muy querido y admirado. Me cuentan sus hijos que en la Casa Museo en Huatusco se conserva una curiosa “caricatura en metal”, la cual nunca he podido ver directamente, que es el símbolo de esa amistad. Ellos, acostumbrados a su presencia doméstica, la llaman cariñosa e irreverentemente como “El Tubo”, y al parecer es la única escultura realizada por el artista cubano. Además, compartieron una visión del mundo y del arte muy semejantes. Ambos desplegaron sus personajes en las mejores revistas de su tiempo y Massaguer, que fue además empresario, condición que nunca compartió el bohemio Cabral, obtuvo también el reconocimiento de celebridades mundiales. El magnífico tenor italiano Enrico Caruso lo dejó por escrito: “Massaguer es un maestro. Y lo digo como caricaturista”, pues el napolitano se preciaba de ser, y por cierto lo era, muy buen dibujante. El cáustico Don Ramón Gómez de la Serna no dudó en decir que el cubano “estaba señalado por el índice de Dios”. Y el filósofo Jorge Mañach, lo definió con un trazo de su pluma certera, como “nuestro más cabal fisonomista”. El Premier británico, Sir Winston Spencer Churchill, más parco y quizá algo molesto por su caricatura, apenas logró reconocer que era “un hábil artista”. Y es que con Churchill no había mucho que hacer, la verdad… él mismo era su mejor caricatura. En Hollywood, Massaguer fue también amigo de Walt Disney, César Romero y los Hermanos Warner.
Massaguer fue influido por artistas que también impresionaron a Cabral, como Charles Dana Gibson y James Montgomery Flagg, y publicaciones como Vanity Fair y The New Yorker; admiraban ambos a Utamaro y Hokusai, Capiello y Cassandre, pues los dos lograron posesionarse con maestría de ese difícil arte de “simplificar exagerando”, que formaron lo que hoy conocemos como un “estilo modernista”.
Alumno de Ricardo de la Torriente (La política cómica) y Leopoldo Romañach, Massaguer viajó siendo muy joven a México, y entre 1896 y 1909 recorrió el país, pero especialmente se asentó en Yucatán (1906-1909), que dejó un recuerdo imborrable en su personalidad humana y artística. Algún día habrá que hacer un estudio profundo del influjo del arte antiguo maya no sólo en la pintura de los cubanos de esa época, sino en los arquitectos de la isla que allí residieron y trabajaron. Massaguer publicó caricaturas personales en el bisemanario yucateco La Campana, en la sección “Gente de casa”, y también colaboró en La Arcadia y el Diario Yucateco. Además, en esa etapa dibujó tempranamente a Diego Rivera.
Al regresar a Cuba fundó en 1913 la magnífica revista Gráfico al mismo tiempo que con gran visión empresarial (que Cabral, más bohemio, nunca tuvo) la exitosa agencia publicitaria Mercurio. Pero es en enero de 1916 cuando lanza la histórica revista mensual Social, exquisita y lujosa, al mismo tiempo que inaugura los mejores talleres de impresión en la isla, con lo más moderno y avanzado de la tecnología norteamericana y alemana de su época, con el nombre de Talleres del Instituto de Artes Gráficas de La Habana, de honrosa memoria y honda huella en el arte insular.

Social fue el equivalente, pero aún más elegante, de la Revista de Revistas. Su éxito resultó la misma causa de su fracaso: una clase acaudalada surgida en los años de la llamada “Danza de los Millones” fueron sus clientes y los personajes que poblaron sus páginas, dedicadas precisamente a la crónica de sociedad tan en boga, pero al debilitarse con la llegada del período conocido muy gráficamente como “Las vacas flacas”, se vino abajo. La Social cubana tuvo hasta un epígono azteca en la casi homónima Sociales, pero que distó mucho de su modelo.
Autor de una obra prolífica y diversa, como Cabral, Massaguer dejó un legado de más de 28 mil caricaturas y dibujos. Pero su intensa actividad desbordó hacia otros territorios de interés, pues además de sus intereses empresariales en la publicidad comercial, fundó la revista dedicada a los niños titulada Pulgarcito, que logró mantener entre 1919 y 1921.
Sus vínculos con México fueron antiguos y sólidos: además de su estancia yucateca y sus frecuentes traslados al país, realizó durante 1926 un viaje más extenso con uno de sus jóvenes colaboradores de Social y su otra revista memorable, Carteles, el espigado y aún esbelto Alejo Carpentier, y también contrató como su representante en España al todavía joven exiliado Alfonso Reyes.
Hombre que a pesar de su snobismo sentía un hondo sentimiento patriótico y social, Massaguer no sólo integró las filas del Movimiento de Veteranos y Patriotas en Cuba (1923), sino que militó activa y generosamente en el Grupo Minorista y su Revista de Avance, el cual fue el equivalente cubano de lo que después en México se conoció como el Grupo de Los Contemporáneos.
Massaguer creó entonces en 1919 la revista Carteles, que duró hasta que la cerró en 1960, pues con la llegada de una revolución comunista no tenía ya sentido de existir.
Un tema que motivó intensamente a ambos fue el de la mujer moderna. Ya no era la lánguida fémina de los vaporosos vestidos y las amplias pamelas floridas con sus sombrillas de encajes, sino una mujer muy distinta: activa, independiente, agresiva, al mismo nivel que el hombre. Conducía coches, piloteaba aviones, fumaba en público, e iba sola a un bar a tomar unos cocteles. No ocultaba vergonzosa su belleza, sino que la exhibía orgullosa y retadora. Era lo que se ha llamado “el alegre desenfado de los locos años 20” en plena expansión.  Eran las Flappers que alternaban con los Gangsters, vestidas por Balenciaga con sugerentes chemises y maquilladas por Max Factor con espesas capas de colores llamativos, en la época de la Ley Seca y el Crack del 29, que representó como nadie la inolvidable y trágica Clara Bow. Pintores de la mujer del futuro acelerado, anticiparon las audacias de las jóvenes en minifaldas de los 60’s: eran las abuelas traviesas de Twiggy.

Gloria Maldonado Ansó, en sus palabras “Mujeres libres” para la exposición que se realizó en el Museo de Historia de Tlalpan en homenaje a Cabral en sus 50 años de fallecimiento, dice:
“En estas exquisitas ilustraciones figuran mujeres glamurosas, solas o en pareja, elegantemente ataviadas, conforme a los dictados de Gabrielle Coco Chanel, quien rompió con el prototipo anterior a la Belle Époque. Liberó así a sus congéneres del opresivo corsé con sencillos camiseros (una de cuyas variantes, el famoso vestido negro sin mangas, se volvió referente esencial de la moda): lucen peinados a la garcon, signo evidente de una recién adquirida emancipación, que se permite coquetear incluso con cierta masculinización desafiante e iconoclasta. La alegría de vivir que emanan parece surgida de los cabarets parisinos o berlineses. Estos acogen a las mujeres fatales o vampiresas que también reinan en el star system cinematográfico”.
“Las musas contemporáneas de Cabral son inteligentes, dinámicas, independientes, orgullosas, guapas, de cuerpo firme y esbelto. Igual que los hombres, acuden a sitios mundanos, fuman, beben y ejercen seguramente una sexualidad desprejuiciada. En ocasiones se desliza furtivo un anciano libidinoso tras una joven beldad”.
“Se afirma una mujer libre, fuerte, profesionista y sofisticada que niega el dominio del hombre y el sometimiento de su contraparte. Estos dibujos perfilan una transformación de valores y anuncian un nuevo ideal de mujer, que importa asimismo cánones de belleza y feminidad occidentales, los cuales a la postre podrán establecer otros paradigmas distantes y ajenos a la realidad de muchas mujeres. Sin embargo, en los albores del feminismo moderno, proclamado y celebrado con audacia y desparpajo por Ernesto García Cabral, los modelos que traza con una mano insólitamente ágil y segura incitan a una revolución en los estereotipos de género y en los roles sexuales”.
Conrado Massaguer y Walt Disney
Habrá que revisar con cuidado el archivo que amorosa y devotamente conservan sus hijos, para añadir más sustancia a esta relación de amistad y trabajo artístico, entre ambos hombres hermanados por el arte. Su maestría alcanzó niveles continentales y coincidieron muchas veces, entre otras, en las páginas de esa memorable publicación que desde Costa Rica impulsara con denuedo y tesón el meritorio Don Joaquín García Monge, el admirable Repertorio Americano.
Amigos, colegas y compañeros de bohemia, Cabral y Massaguer compartieron una relación duradera y sólida, que duró hasta la muerte del segundo en 1965, apenas tres años antes que la de su amigo, que hoy recordamos. Además, ambos realizaron un arte muy semejante, con asombrosos puntos de contacto, a lo que llegaron no por una “influencia” sino por una comunidad: fueron amigos y colegas.
Seguramente desde allá arriba, ahora ambos nos miran sonriendo irónicamente, y quizá hasta ensayan un boceto de caricatura colectiva entre las nubes del divino paraíso, con pinceles fabricados de plumas de ángeles y arcángeles, en la zona reservada para los artistas bohemios, donde nunca faltan el champán y el ajenjo, entre abundantes mojitos y margaritas, con buen ron y noble tequila, a punto de soltarnos una carcajada olímpica y celestial.


[1] Rafael Heliodoro Valle, humanista de América. Edición: María de los Ángeles Chapa Bezanilla. México, UNAM-IIB, 2008. p. 388.