Friday, May 26, 2017

"Nunca como ahora veo a Cuba más lejos de los ideales republicanos que la fundaron"

Entrevista al miembro de la Academia Enrique Del Risco aparecida hace una semana en Diario de Las Américas en ocasión del 115 aniversario de la república cubana.

19 de mayo de 2017 - 21:05  - Por Ania Liste
Enrique del Risco ha vivido su exilio entre Madrid y Nueva York. Charlamos con él a propósito del 115 aniversario del nacimiento de la República de Cuba
Enrique Del Risco junto al fallecido Jorge Valls. Foto de Grandy Pavón.
Para saber lo que ocurre en Cuba, sin velos ni medias tintas, pero sí con una óptica singular, es aconsejable la lectura del blog de Enrisco. El propio autor confiesa que es un blog “casi tan íntimo como una enfermedad venérea y pensado también para liberar al pueblo cubano, aunque sea del aburrimiento”. Enrique del Risco (La Habana, 1967) se graduó de Historia en la Universidad de La Habana, y más tarde hizo un Doctorado en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Nueva York. Entre los libros que ha publicado destacan Obras encogidas (1992), Lágrimas de cocodrilo (1998), El Comandante ya tiene quien le escriba (2003), Leve Historia de Cuba (2007), Elogio de la levedad y ¿Qué pensarán de nosotros en Japón? (2008), Siempre nos quedará Madrid (2012) y Enrisco para presidente (2014).
DIARIO LAS AMÉRICAS entrevistó a del Risco para acercarnos a su visión de la Cuba republicana: el período que abarca desde 1902 hasta que triunfara eso que los libros recogen como la “Revolución”.
De los presidentes de la República, ¿quién, en tu opinión, era más líder?
Todos los que tenían un carácter autoritario terminaron siendo dictadores, como es el caso de Gerardo Machado o Fulgencio Batista, o forzaron un segundo mandato como es el caso de Mario García Menocal.
Ciertas concepciones machistas tienden a ver como débiles a presidentes con un talante más dialogador y democrático, pero Alfredo Zayas y Ramón Grau San Martín fueron extremadamente inteligentes y hábiles.
La incapacidad de Carlos Prío Socarrás para reaccionar ante el golpe de estado de Batista lo ha condenado como un presidente débil, no estoy seguro si con justicia.
Y por muchas vueltas que se le dé, especialmente en los últimos tiempos, el último mandato de Batista (1952-1958) tuvo un carácter más económico y criminal, que político o social, como sí lo fue en el período que va de 1934 a 1944.
¿Qué piensas de la intelectualidad cubana durante la época republicana?
Lo que le da justo la complejidad y riqueza al período republicano es esa diversidad que lamentablemente hemos perdido. Y el nivel, que tan bien se refleja en los debates intelectuales y políticos, incluidos los de la Constituyente de 1940.
El escritor y periodista Jorge Mañach y el partido ABC, ¿fueron una oposición peligrosa para Gerardo Machado?
El ABC solo se constituye como partido luego de la caída de Machado. Y sí, fue decisivo en crear la inestabilidad que llevó al debilitamiento de Machado y su posterior caída. Y lo consiguió con varios de los atentados más sonados de la época, como el que hicieron al presidente del Senado, Clemente Vázquez Bello. Dicho atentado iba a servir de cebo para un atentado posterior a Machado en el Cementerio Colón que no llegó a producirse porque la familia decidió enterrar a Vázquez Bello en Santa Clara.
Jorge Mañach ha trascendido como ideólogo del ABC, pero la dirección política y terrorista estaba en otras manos: las de Joaquín Martínez Sáenz, líder de la organización.
¿Por qué Fidel Castro prefirió ignorar la Constitución de 1940?
Porque habría limitado su poder de una manera que nunca estuvo en sus planes.
Si se atiende a sus principales decisiones estratégicas desde mucho antes de la caída de Batista (cómo fue desbancando al resto de los líderes del Movimiento 26 de Julio y la manera en que se comportó con otras organizaciones opositoras e impuso a Manuel Urrutia como presidente provisional), se puede ver con bastante claridad que su plan desde el principio era hacerse con todo el poder.
Los años de la Cuba republicana, ¿podían haber tenido otro final que Fidel Castro?
Por supuesto que pudieron haber tenido una continuidad. La única manera en que pudo imponerse Fidel Castro fue gracias a la crisis política que creó Batista, primero con su golpe de Estado, y luego con la nulidad de su gestión para salir de dicha crisis.
Pero una vez que llegó al poder en las condiciones en que lo hizo, con el Ejército de la República totalmente desmoralizado y descabezado y con los partidos de oposición prácticamente disueltos, más la voluntad desmesurada de poder que tenía Fidel Castro y su total falta de escrúpulos para llevar a cabo sus planes, su acaparamiento del poder resultaba inevitable.
En tu libro Enrisco para presidente comentas acerca de que el pasatiempo nacional de quienes nacimos en la isla es buscar solución para los problemas de Cuba. ¿Por qué parece como si todo se quedase en palabras?
No siempre hubo palabras. Para bien o mal la solución armada dominó durante las primeras dos décadas del régimen, un régimen que supo elevar su capacidad represiva a unos niveles que lo hizo parecer invulnerable a cualquier oposición armada.
La inviabilidad de la oposición armada fue lo que dio paso a la oposición pacífica que heroicamente ha conseguido mantenerse en pie todos estos años.
La estructura represiva totalitaria que conserva el régimen impide que dicha oposición se convierta en una opción real de poder. Eso, la falta de solidaridad del mundo democrático, y la profunda desesperanza en la que han crecido generaciones de cubanos que no vemos otra solución que la muy personal de escapar de allí.
Pero no se olvide que Enrisco para presidente es un libro de humor. Y los humoristas tratamos de ser tan sutiles, que muchas veces parecemos decir lo contrario de lo que en realidad decimos.
Esta vez, sin embargo, trataré de decirlo sin circunloquios: nunca como ahora –en vísperas de que el castrismo renueve su dinastía- veo al país más lejos de los ideales republicanos que lo fundaron. La forma más optimista que tengo de decirlo es esta: si es por oscuridad nunca el amanecer habrá estado más cerca.

Wednesday, May 24, 2017

El gabán de Martí y el ropero de Zenea*


Por Alejandro González Acosta, UNAM, Ciudad de México.

Son varios, desde Blanche Zacharie de Baralt (El Martí que yo conocí), los que se han referido al famoso abrigo olvidado por Martí y su recorrido posterior, hasta el más reciente, Antonio José Ponte, quien elabora una interesante reflexión acerca de la metafísica de la prenda y su portador, sobre la cual construye una audaz propuesta epistemológica y ontológica cubana para los tiempos presentes y por venir (“El abrigo de aire”, El libro perdido de los origenistas[1]) que concitó alguna crítica ácida. Pocas son las prendas de vestir más jaloneadas y comentadas en la literatura mundial, que este abrigo, paletó, sobretodo o gabardina martiana, que ha ido del marrón al negro y de la Ceca a la Meca, de Nueva York a Toledo.
Ese abrigo olvidado en la premura por su propietario, camino al martirio en la isla, ha pasado de mano en mano, más bien, de hombros en hombros, lo mismo por los de Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes que hasta los del atrabiliario Don Artemio del Valle Arizpe, para finalmente desaparecer en una misteriosa noche toledana, después de haber sido profanado por las dentelladas de unos sacrílegos perros castellanos, flacos como Rocinante y torpes como Sancho Panza. La última pista de la prenda la sitúa en las manos de una presunta zurcidora de un hotelucho toledano, quien se esfumó junto con el abrigo. Quizá no era una “cleptómana de bellas fruslerías”, como decía el famoso danzón, sino de sólidas reliquias, prendas masculinas que despertaban su codicia o lascivia... Quién sabe. Lo cierto es que al abrigo, como al protagonista de La vorágine, “se lo tragó la selva”. Pero quedó la huella de su leyenda y el trazo de su parábola.
En nuestros lares, puede venerarse desde un ayate milagrosamente impreso –de acuerdo con la tradición- en la tilma de un pobre indígena (del cual a pesar de su santificación no contamos con pruebas sólidas de existencia histórica, y que al parecer sí fue pintado por mano humana, según el testimonio de varios testigos en las Informaciones de Montúfar -1556- donde se menciona como autor al tlacuilo indígena Marcos Aquino Cipac), hasta un huesito de Santa Bárbara Bendita en la Iglesia del Espíritu Santo, que algún hábil poeta párroco “encontró” (colocó, en realidad) para promover el urgente y muy necesario incremento de donativos y limosnas, y así poder restaurar ese templo, el segundo más antiguo de La Habana (es decir, por una buena causa): somos afectos a las reliquias y la veneración de ciertos despojos, sean religiosos o civiles.
Cuba –no está de más recordarlo- es esa ínsula que en un principio fue identificada con aquella “Isla de Utopía” de Tomás Moro, y por tanto en ella todo es posible.
Las reliquias existen y circulan, creando su ámbito propio y protector para cada comunidad. Los valencianos juran que tienen el Santo Grial, y en Oviedo, muchos aseguran que el Paño Santo de la Verónica está en su catedral.
Pero pocas veces, dos reliquias tropiezan entre ellas, como es el caso del famoso gabán de Martí y el menos conocido  ropero –armario o escaparate- de Juan Clemente Zenea. Ambos personajes poseen condiciones para el martirio, pues fueron  poetas que murieron violentamente: en una torpe escaramuza en medio de un potrero el primero, y el segundo fusilado (como muchos más) en un foso donde hoy se celebra una rumbosa feria de libros.
Si revisamos su historia, aquel gabán martiano parecía tener poderes taumatúrgicos, pues de sus bolsillos brotaban lo mismo poemas, proclamas y artículos, que el Prontuario científico de Paul Bert[2]. Del armario, en cambio, se sabe poco.
En unas cartas cruzadas entre Alfonso Reyes y Max Henríquez Ureña (hermano de Pedro, y autor de un insustituible Panorama histórico de la literatura cubana, insuperado hasta hoy), se alude a ese mueble, y se indica cómo se gestan estas leyendas tan gratas a los pueblos y tan propicias para ser llevadas a la literatura. Henríquez no menciona quiénes son los dueños del ropero de Zenea, pero puede suponerse, como dice “de una vieja familia cubana de Bayamo”, que se tratara de su amigo desde muchos años antes, y que fuera vecino de Reyes en Madrid, José María Chacón y Calvo, Conde de Casa Bayona, Señor de la Villa de Santa María del Rosario, y munífico erudito y gastrónomo, pues según confesión del autor de Memorias de cocina y bodega, varias veces le calmó el voraz apetito invitándolo a su mesa, en esa época difícil de magros ingresos, duras penas y tristes añoranzas de la tierra nativa, en especial, tentándolo con los famosos “Frijoles negros a la cubana, con la salsa roja secreta de los Marqueses de Aguas Claras”, que llegó a Chacón por sus vínculos familiares. Reyes cuenta hiperestesiado en alguna parte, cómo ascendía aquel olor irresistible y perturbador hasta su buhardilla, proveniente de la cocina de su vecino cubano, dos pisos más abajo, en su casa de Madrid. El 3 de agosto de 1955, Max le escribe una carta a Alfonso:
Mi querido Alfonso:
Loló de la Torriente me ha remitido, con el encargo de hacértelo llegar, un recorte con tu artículo aclaratorio sobre el abrigo de Martí.
Aunque no eran muy frecuentes en Pedro las bromas, al menos sin que se aclarasen tarde o temprano, pienso que con el abrigo de Martí pudo pasar algo semejante a lo que con “el armario de Juan Clemente Zenea” que tenía un amigo mío, y cuya historia es ésta: Una familia de Bayamo (lugar de nacimiento de Zenea), traspasó a ese amigo un magnífico armario antiguo, de maderas preciosas del país, y como esa familia estaba emparentada con Zenea, surgió la pregunta: ¿”No usaría Zenea este armario que ya tiene siglo y medio”? Nadie pudo contestarla satisfactoria o negativamente, pero entre bromas y sonrisas comenzó a llamarse ese mueble “el armario de Zenea”. Al cabo de un tiempo, ese precioso mueble no tenía otro nombre, y ese era el que tenía cuando me lo mostraron, pero a mis preguntas inquiriendo la verdad o falsedad del hecho, me contestaron con la relación que ahora te hago, y esto gracias a que aún vivía una persona anciana que recordaba el asunto, pues de lo contrario ya ese hubiera sido, sin apelación posible “el armario de Juan Clemente Zenea”.
 Adiós. Sigo aquí hasta fines de mes. Afectos a Manuela.
Abrazos de
Max.
El 5 de agosto, desde México, Reyes le escribe a Henríquez Ureña, en Los Ángeles, y le dice:
Querido Max:
  Gracias por tu carta del 3 de agosto, gracias por el recorte y gracias por la historia del armario de Zenea.
   Para el origen de los mitos. Muchos saludos afectuosos. Estoy metido en cama con achaques, por eso no te escribo más. Un abrazo.
Alfonso Reyes.
Y el 26 de septiembre, Max le responde a su amigo Alfonso:
 Mi querido Alfonso:
  Recibí tus dos cartas sucesivas, del 21 y 22 del corriente, la última de las cuales viene con el artículo de Artemio sobre el hipotético gabán de Martí.
  Me sugieres que me ocupe de que ese artículo salga aquí en algún periódico, y así lo haría, enviándolo a Loló de la Torriente, ya que fue ella la que trató el asunto del “gabán” en Alerta, pero después de leer detenidamente ese artículo me decido a no hacerlo por las razones que resumo así: en primer término, lo único que podía interesar a los cubanos es que se esclareciera el origen del gabán y se determinara si era auténtico o si hubo alguna confusión en la atribución del mismo a Martí, pero el artículo de Artemio deja las cosas como estaban y sólo se refiere al destino final de ese gabán, que Pedro dejó abandonado sin atribuirle, por lo visto, mayor importancia; en segundo lugar, pienso que, no obstante lo bien que escribe Artemio, no faltarán quienes estimen poco discreto mezclar reiteradamente el nombre y el recuerdo de Martí con ardentías callejeras de perros en celo, y hasta quien proteste de que se diga de uno de esos perros españoles que era patriota como Martí. Tú sabes que, por bien que las cosas se digan, la susceptibilidad de los pueblos es muy grande, sobre todo si se trata de sus hombres máximos. No sé si recordarás cómo algunos periódicos protestaron airados contra Gabriela Mistral, hace muchos años, cuando lamentó que Martí viniera a ofrendar su “carne de faisán” al llegar la hora de las reivindicaciones violentas. Todo se arregló después con unos párrafos de Gabriela y con la defensa que de ella hicieron varios escritores. Con mayor motivo podría sobrevenir un escarceo periodístico, nada deseable, si se publica este artículo de Artemio, que por otra parte yo juzgo que es, en su esencia, de bastante mal gusto y yo lamentaría que el nombre de Pedro se viera mezclado en ese escarceo[3].
  Por último, no veo la necesidad ni la conveniencia de seguir desarrollando este tema. Lo único que hay, en concreto, es que tú has narrado un recuerdo de Pedro, y que él creía que ese gabán era o había sido de Martí, o lo había usado Martí. Pedida aclaración al respecto, no hay hoy quien pueda facilitarla, afirmativa o negativamente. En eso ha quedado la cuestión, y carece de interés seguir dándole vueltas.
  Bueno. Me he extendido más de lo que pensaba. Te mando otros dos recortes que han salido en estos días: uno de Vitier y otro de Pastor Benítez.
  Muchos afectos a Manuela. Te abraza tu afmo.
  Max.[4]
Prevaleció la sensatez del dominicano Max sobre el entusiasmo del mexicano  Reyes: no se dijo nada del ropero pensando en el abrigo, no fuera a resultar que los susceptibles cubanos se molestaran, viendo indignados cómo se aireaban semejantes trapos (en efecto, ripios, después de la canina intervención toledana) de un personaje tan entrañable. Es conocido que en ese país, tratándose de José Martí, existe un culto muy particular, expresión de una dulía y casi hiperdulía patriótica sumamente sensitiva: Noli me tangere.
Cuba, su historia y su leyenda, siempre han sido y son territorios de sombras y zonas del misterio.
Hoy no se sabe dónde están el abrigo de Martí ni el armario de Zenea. A lo mejor, en alguna buhardilla –ya sea en La Habana, Madrid, Nueva York, Toledo, o quién sabe dónde- se pueda encontrar el gabán del Apóstol colgado dentro del escaparate del Cantor de Fidelia. Y puede que allí también estén, como nuevo baúl de las maravillas -asombroso cofre de tesoros, atestado cajón de sastre insular- las claves de tantos secretos que arrastramos y padecemos: el maltrecho  bombín de Barreto, el  cimbreante bastón de Benny Moré, el rosario de huesos de aceitunas, la guayabera y el tabaco de Lezama, los originales secuestrados de Reinaldo Arenas (que alguna vez ocultó en un falso techo en Marianao, temiendo por la policía), las cuatro páginas perdidas del Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos, la fe de bautismo del cacique Hatuey, el verdadero final original de El Siglo de las Luces, de Carpentier, el sombrero alón de Camilo Cienfuegos, la flauta de Bartolo, el guayo de Catalina, la bata de seda bordada de Casal, la jaba de Virgilio, el lacito de Mañach, la cafetera de Lichi, el abanico de la Merlín, la boquilla de Rine, el devocionario de Tula, el pañuelito bordado de Dulce María, el auténtico machete de Maceo (no el del Museo), la almohadilla de olor para el desmemoriado, el reloj de Matías Pérez (con una botella de verde Alentejo), el testamento extraviado de Calvert Casey, el mapa exacto de dónde fundaron por primera vez La Habana en la costa sur, el secreto de la muerte de la Niña de Guatemala, la novela perdida de Heredia, la partitura original del Areíto de Anacaona, el certificado de defunción del “Cucalambé” en un oscuro pueblo de la Alta Renania, el boceto y borrador del Espejo de paciencia de puño y letra de Domingo del Monte, y mil enigmas más. Allí estarán todos, así como somos: todo mezclado.



[1] Apareció primero en la revista Encuentro de la cultura cubana, luego en el libro citado y la versión al parecer definitiva en La Habana elegante.
[2] Según asegura Roberto Agramonte Pichardo, citando a Emilio Rodríguez Demorizi.
[3] Pedro ya había fallecido repentinamente en 1946, estando en Argentina.
[4] Todas estas misivas pertenecen a mi recopilación: Alejandro González Acosta, Cartas a La Habana.  Epistolario de Alfonso Reyes con Max Henríquez Ureña, José Antonio Ramos y Jorge Mañach. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1989. Nueva Biblioteca Mexicana, Nº 102. Edición Especial Conmemorativa por el Centenario del Natalicio de Alfonso Reyes. Vid. pp. 77-86.

*Versión definitiva del artículo publicado inicialmente en Cubaencuentro, 27 de mayo de 2016.

CONFRONTACIÓN, libro de Pedro Corzo (reseña)

Por J. A. Albertini

Los bárbaros que todo lo confían a la fuerza y a la violencia nada construyen, porque sus simientes son de odio.
                                           José Martí

Confrontación es el título de la más reciente obra, de carácter histórico, escrita por el periodista, historiador y ensayista Pedro Corzo  y publicada bajo el auspicio del Instituto de la Memoria Histórica Cubana Contra el Totalitarismo.
Este voluminoso libro (547 páginas) bien pudo haber llevado por subtitulo "Anales del inicio de la lucha contra el totalitarismo castro-comunista en Cuba", ya que partiendo del año 1959 y concluyendo en noviembre de 1960, Pedro Corzo, recogiendo los testimonios de cubanos que con diferentes estrategias y puntos de vista, avizoraron y se enfrentaron al totalitarismo en ciernes, va brindando una visión total de lo que sucedió en la Isla en apretados, convulsos y sangrientos 23 meses.
Lo novedoso de esta obra  es que el autor, a lo largo de varios años, realizó 336 entrevistas, grabadas en diferentes lugares de los Estados Unidos y otros países en las que, con voz propia, las personas van narrando los motivos que les condujeron a enfrentar o separarse del régimen castrista. Siempre los testimonios en primera persona fueron llevados al papel, técnica narrativa que permite al estudioso escuchar, a través de la lectura, las voces de los actores y asomarse, con frescura de instante, a hechos notables que simultáneamente ocurrían en diferentes sitios del territorio nacional.
Un ministro, de la por entonces revolución triunfante, cuenta los motivos que le hicieron, primero dudar y más tarde romper con la distopía castrista. Un reputado periodista narra las trampas que llevaron a la supresión de la libertad de prensa en Cuba, en tanto un campesino nos dice, con frases directas y escasas de retórica, por qué abandonó el bohío familiar, tomó las armas y se enfrentó contra miles de soldados y milicianos que siguiendo las doctrinas totalitarias de corte soviético pretendían arrebatarle el derecho a soñar con un futuro de tierra, animales y sembradíos propio.
Estudiantes, de entonces, rememoran y retornan a vivir los enfrentamientos que se sucintaron en los centros de enseñanza media y superior de la Isla, cuando los totalitaristas pretendieron dominar las asociaciones de alumnos y abolir la autonomía universitaria.
Hombres tan disimiles en pensamientos como el comandante Huber Matos y Roberto Martín Pérez proclaman, en un presente constante, aun carente de justicia, que cuando de la libertad se trata todos, al margen de tendencias políticas, tenemos una meta común.
Siempre, en primera persona y haciendo el pasado presente insepulto, el fallecido sacerdote español Olegario Cifuentes relata los asesinatos, por fusilamiento, cometidos el 12 de octubre de 1960 en las cercanías del villaclareño poblado de Manicaragua. La voz del padre Olegario, quien socorrió espiritualmente a los reos, cuenta la entereza, convicciones democráticas y cristianas que animaban a los cinco sentenciados.
Leyendo este valioso volumen de mentes vivas, los que no habían nacido por entonces y en su educación, bajo el falaz sistema de enseñanza castrista, fueron sometidos a una brutal inversión y distorsión de la verdadera historia patria se enteran que Porfirio Remberto Ramírez, presidente de la Federación Universitaria Central Marta Abreu, se convirtió, aquel 12 de octubre, en el primer mártir estudiantil de lo que posteriormente sería un largo rosario de jóvenes victimas que le conferiría al castro-comunismo el triste privilegio de haber superado, con creces, las ejecuciones, por el colonialismo español, de ocho estudiantes de medicina un fatídico 27de noviembre de 1871.
Página tras página, testimonio tras testimonio Confrontación demuestra que el pueblo cubano, desbaratando la propaganda comunista, desde un inicio se opuso, por diferente medios de lucha, al avance del totalitarismo. Profesionales, campesinos, estudiantes, obreros, amas de casa; en fin, pueblo en general, sin odios pero con un gran sentido de responsabilidad, tomaron la senda de la confrontación, luego que las vías civilizadas y democráticas fueron aplastadas por el bolcheviquismo entronizado, por un traidor, en la tierra de las palmas: las novias de José Martí.
En este libro se recoge, con total fidelidad aquellas, buriladas en nuestra historia reciente, jornadas de lucha cívica, clandestina y guerrillera que bajo condiciones frecuentemente adversas los cubanos libres confrontaron casi todo el tiempo que cubre, como dijimos con anterioridad, menos de dos años de incesante batallar.

Esperamos que Pedro Corzo y el Instituto de la Memoria Histórica Cubana Contra el Totalitarismo, prosigan abundando en el tema y etapas como la lucha marítima, grupos de infiltración, Bahía de Cochinos y otros jalones de esta confrontación, todavía inconclusa, vean la luz editorial, para en bibliotecas y librerías estar a disposición de estudiosos y personas interesadas en recorrer la historia y sus entresijos.

Tuesday, May 23, 2017

OCTAVIO R. COSTA (1915-2005)

Por Marcos Antonio Ramos

El doctor Octavio R. Costa fue hasta su fallecimiento uno de los más conocidos articulistas cubanos e hispanos de Estados Unidos. Su condición de historiador, ensayista y profesor ha sido ampliamente resaltada. Se desempeñó también como crítico literario y de arte. En su nativa Cuba y en la emigración cubana recibió reconocimientos importantes como intelectual. Su aporte a la historiografía cubana fue tan abundante y minucioso que debe ser incluido entre los historiadores más valiosos de su generación.

Nació en San Cristóbal, en la antigua provincia cubana de Pinar del Río, el 12 de junio de 1915, hijo de Octavio R. Costa (1890-1972) y Basilisa Blanco Santos (1888-1969). Cursó estudios primarios y secundarios en su provincia y en 1940 recibió el título de Doctor en Derecho en la Universidad de La Habana. También recibió un Certificado de Aptitud Periodística, destacándose tanto en esa profesión como en el ejercicio del derecho. Muy joven todavía, contrajo matrimonio el 20 de diciembre de 1941 con el gran amor de su vida, la señora Caruca Sarmiento De esa unión nacieron sus hijos Octavio, Orlando y Jorge, de los cuales siempre estuvieron orgullosos. El matrimonio Costa fue también bendecido con varios nietos.

El doctor Costa estuvo muy relacionado, entre otras figuras de la mayor jerarquía imaginable en la República de Cuba, con el eminente historiador y hombre público Emeterio Sandalio Santovenia y Echaide. Don Octavio no sólo fue su secretario y asistente principal durante el tiempo en que el doctor Santovenia sirvió a su país como Senador de la República (1940-1948) sino también cuando este ocupó el cargo de Ministro de Estado (Relaciones Exteriores) de Cuba en la década de los años cuarenta. Por su condición de biógrafo de Santovenia fue que se despertó en mí, hace más de medio siglo, un gran interés por la trayectoria de estos ilustres colegas que llegaron a ser mis muy apreciados amigos.

A pesar de su extraordinario desempeño como abogado y notario, la vocación de escritor prevaleció siempre en Don Octavio. Su pluma era apreciada grandemente en publicaciones como Diario de la Marina, decano de la prensa cubana, y la revista Bohemia, de difusión continental. A estos datos pudieran añadirse los nombres de numerosas publicaciones diarias y semanales, así como de revistas especializadas de academias y sociedades profesionales. Es posible mencionar que miles de artículos en Cuba y el extranjero llevaban su prestigiosa firma. De singular importancia e interés fueron las veintisiete entrevistas a personalidades del país, publicadas en Diario de la Marina. No debe extrañar que fuera escogido como presidente del Pen Club en Cuba y seleccionado para encabezar esfuerzos similares de escritores y periodistas. Sobre el joven pinareño establecido en La Habana y en Estados Unidos lloverían infinidad de condecoraciones, reconocimientos y distinciones, entre ellas la Real Orden de Isabel la Católica, otorgada por la Corona de España.

En marzo de 1955 fue designado director del diario habanero Pueblo, logrando ampliar tanto la calidad como la circulación de esa publicación periódica. Continuó dirigiendo Pueblo hasta diciembre de 1958. Sus editoriales y artículos se caracterizaron, a pesar del ambiente de polarización que le rodeaba, por una esencial moderación y por un estilo que no se entregó jamás a un apasionamiento innecesario o a la falta de objetividad de que adolecen hasta las mejores plumas en medio de los conflictos políticos y sociales. Su sección editorial “Imagen del Día” queda como la mejor prueba de su dedicación a la causa del buen periodismo en un período tan difícil en la historia de Cuba como el de los años cincuenta del pasado siglo.


Con la salida de Cuba del presidente Fulgencio Batista y la llegada al poder de la revolución encabezada por el doctor Fidel Castro se le presentó, como a tantos otros periodistas, una situación compleja y dura que le obligó a solicitar asilo político en la Embajada de Méjico, la cual estaba entonces a cargo del licenciado Gilberto Bosque, un embajador que le extendió todo tipo de consideraciones. En mayo de 1959, el eminente periodista cubano salió de su país para iniciar su vida como exiliado. México sería, pues, su primer destino como desterrado por razones políticas.

Después de realizar labores en Ciudad de México, que por su condición de exiliado temporal en ese país no alcanzaban las condiciones de sus anteriores trabajos, el doctor Costa se radicó a partir de 1960 en San Antonio, Texas, Estados Unidos de América, llegando pronto a ser designado como director del diario La Prensa fundado en 1913. Más adelante pasó a radicar en Los Ángeles, California, donde desempeñaría importantes funciones en el diario La Opinión y luego en Noticias del Mundo, publicación esta última de carácter nacional e internacional. Para la infinidad de amigos y admiradores en Miami y otras ciudades, Octavio sería reconocido sobre todo por sus artículos en Diario las Américas, el periódico dirigido por su entrañable amigo Don Horacio Aguirre, tan cubano como nicaragüense.
 
El tan respetado periodista cubano doctor Ariel Remos reseñaría parte de sus esfuerzos de la siguiente manera: “Diez mil crónicas diarias bajo el nombre de 'Instantáneas', dan fe de la labor sin par realizada por Costa en Los Ángeles, en el orden de la convivencia cultural de una comunidad. Esas Instantáneas no sólo son testimonio cultural, sino crónicas diarias del mundo hispanoamericano de Los Ángeles, que el polígrafo instituyó en el periódico La Opinión en 1960. Quienes hagan el recuento histórico de la presencia hispanoamericana en la vida cívica y cultural de Los Ángeles entre 1960 y 1990, no podrán prescindir de las Instantáneas de Costa...” A lo afirmado por el doctor Remos puede añadirse que no existió actividad cultural y patriótica alguna a la que Don Octavio no prestara su colaboración.

Los entornos en que desarrolló sus actividades en Texas y California fueron  testigos de su incansable actividad como conferencista y orador de muy altos vuelos. Como sucedería después en Miami, ciudad que visitaba constantemente desde su llegada a Estados Unidos, el doctor Costa orientaba e inspiraba en todo tipo de tribunas. Combinó sus diversas labores con el ejercicio de la docencia universitaria, enseñando diversos cursos de historia y literatura en St. Mary's College, California State University y Colegio Este de Los Angeles. También enseñó cursos en la Universidad de Miami y otras instituciones.


Además de su larga y sobresaliente carrera periodística, Don Octavio alcanzó quizás sus más altos reconocimientos como historiador, vocación que le llevó a convertirse en referencia obligada para todos los investigadores de estudios cubanos. Dentro de su interés por la historia puede haber prevalecido su notable aporte como biógrafo. Muchas importantes figuras de Cuba fueron estudiadas por el incansable investigador pinareño. Entre los críticos que elogiaron su incansable esfuerzo pueden mencionarse algunos de los de mayor prestigio en Cuba, como José María Chacón y Calvo, Jorge Mañach y Félix Lizaso. Entre la infinidad de academias e instituciones culturales que le abrieron sus puertas como miembro de número o correspondiente, debe mencionarse en primerísimo lugar la Academia Cubana de la Historia. A esa docta corporación ingresó con un ensayo titulado “Perfil político de Calixto García.” Sus labores como investigador incansable de la historia y sus personajes no se detuvieron con su salida del país.

Sería necesario un trabajo altamente especializado para describir tanto su obra literaria como sus labores como biógrafo y sus contribuciones al estudio de la historia de Cuba. Entre sus obras iniciales se cuentan, además de la biografía de Emeterio Santovenia, las de Antonio Maceo, Juan Gualberto Gómez, Manuel Sanguily y otros próceres. Esos libros, así como Rumor de Historia y Suma del Tiempo merecieron los elogios de figuras cumbres de la crítica literaria. Entre ellos, y mediante numerosos artículos, se destacaron los sumamente favorables comentarios, ya señalados, del doctor Jorge Mañach, cuyas opiniones en las décadas de los años cuarenta y cincuenta eran suficientes para ayudar a consagrar a cualquier escritor contemporáneo en la mayor de las Antillas.


Su último libro publicado en La Habana fue Hombres y destinos, culminando así su obra como historiador en el suelo natal. Al igual que tantos otros escritores cubanos obligados a vivir en el destierro, la obra de Octavio Costa no sólo continuó sino que se intensificó apreciablemente. En un gran homenaje que le tributó el Centro Norte-Sur de la Universidad de Miami se mencionarían muchos de sus libros: Ser y Esencia de Martí, Perfil y Aventura del Hombre en la Historia, los dos volúmenes de Imagen y Trayectoria del Cubano en la Historia, El Impacto Creador de España sobre el Nuevo Mundo, Raíces y destinos de los pueblos hispanoamericanos. A tales libros pueden añadirse sus biografías de Modesto Mora, Luis Botifoll y otras personalidades que han dejado huella en la emigración. Muchos de sus libros fueron publicados por Ediciones Universal de Juan Manuel Salvat y por Editorial Cubana. De su profunda espiritualidad da testimonio su libro Variaciones en torno a Dios, el Tiempo y la Muerte así como su autobiografía Bajo mi terca lucha con el tiempo, una verdadera crónica del tiempo cubano que le tocó vivir, en su patria y el exterior.

Ángel Cuadra, Eduardo Lolo, Octavio R. Costa y Juan Manuel Salvat en 2001

No puedo terminar sin mencionar que, además de escribir artículos sobre Octavio R. Costa y sus libros, compartí con él momentos inolvidables conversando sobre el hermoso suelo donde nacimos. Y aunque no tuve el privilegio de tenerlo como profesor, siempre le llamé y seguiré llamando “Maestro”.


El viernes 16 de diciembre de 2005 falleció en la ciudad de Los Ángeles, un leal hijo de Cuba, hombre de muchos, muchísimos, amigos, un ciudadano por derecho propio de la república de las letras.

Sunday, May 14, 2017

Otra vez Arenas

Entrevista a la profesora Perla Rozencvaig que acaba de publicar Hypermedia Magazine:
Otra vez Arenas 

Por Enrique Del Risco

Casi desde que llegué a este país estoy por entrevistar a Perla Rozencvaig. Porque fue justo el día de mi llegada (en julio se cumplirán veinte años), todavía mareado con el vuelo desde Madrid y mis primeros avistamientos de Nueva York, que mi anfitrión y ángel de la guarda en aquellos días me la presentó.
Fue en un restaurante cubano de Nueva Jersey porque eran tiempos en que se cumplía a rajatabla el deber sagrado de llevar a los cubanos recién llegados a un restaurante lo más criollo posible. Mi ángel de la guarda, un viejo joyero cubano, me señaló a la hija de un viejo amigo y colega. “Tienes que hablar con ella. Es la albacea de Reinaldo Arenas”. Y claro, era mucho más que eso. Todos somos siempre más que lo que susurran de nosotros en un restaurante.
Perla Rozencvaig es profesora del departamento de culturas latinoamericanas e ibéricas de Columbia University y vicepresidenta del Centro Cultural Cubano de Nueva York. Su libro Reinaldo Arenas: narrativa de transgresión fue el primero dedicado por entero a la obra de Arenas y su obra crítica incluye trabajos sobre la obra de Enrique Labrador Ruiz, Virgilio Piñera, Severo Sarduy y Zoé Valdés. Desde aquel encuentro en el restaurante nuestros caminos no han dejado de cruzarse, pero es ahora que encuentro tiempo para un interrogatorio que estoy por hacerle desde hace veinte años.
Háblanos un poco de ti. ¿Cuáles son tus raíces familiares? ¿Dónde naciste? ¿Cuándo viniste para Estados Unidos? ¿Cuál es tu formación?
Yo nací en Marianao, La Habana, donde viví hasta que salí de Cuba en 1966. Era entonces una adolescente curiosa y llena de preguntas sobre lo que estaba aconteciendo en mi país. Había terminado la secundaria básica, y cuando mis padres me dijeron que era muy probable que pudiéramos irnos del país por los llamados Vuelos de la Libertad me invadieron sentimientos encontrados. Creo que muchos de los de mi generación que tuvieron una experiencia más o menos parecida podrán entender qué se siente al borde de la despedida de todo lo que ha sido tu mundo, con sus enormes contradicciones, miedos, buenísimos ratos, amigos que no quieres dejar y una propuesta de vida que parecía ser, y lo fue, un salto a otra realidad cultural llena de desafíos que tuve que enfrentar desde que llegué a Nueva York.   
Quizás el provenir de un ambiente muy híbrido, padre judío y madre católica, me dio desde muy joven plena libertad para elegir mi credo y tolerancia para convivir con dos religiones, sentirme a gusto tanto en la sinagoga como en la iglesia. Claro que esto puede tener sus desventajas durante el proceso de formación, pero lo pude resolver, dejándome una ganancia que te la resumo con una palabra que entonces casi no se escuchaba: diversidad. Con mi abuelo materno aprendí italiano y me interesé en el francés. Con mi familia judía, desarrollé casi una obsesión por la historia del pueblo judío.
Escribir, leer, investigar culminaron mis intereses académicos con una maestría en español y otra en filosofía. Finalmente, en 1983 obtuve un doctorado en Columbia University con una especialización en literatura latinoamericana. Hace más de veinte años que enseño en el departamento de literaturas latinoamericana y peninsular de la universidad. Pero esta entrevista no es para hablar de mí sino de ese extraordinario escritor, Reinaldo Arenas, a quien conocí en 1980, unas pocas semanas después de llegar a Miami. Siempre me viene a la memoria un cartel muy publicitado entonces con el rostro de Reinaldo donde éste decía que se había ido de Cuba principalmente para salvar ese rostro, para poderlo distinguir de la máscara que en muchos países a veces te ves forzado a llevar para poder sobrevivir. 
¿Recuerdas el debate que generó en el exilio el famoso diálogo con el gobierno cubano de 1978? ¿Qué pensabas en aquel entonces? ¿Tiene algo que ver el debate de aquellos días con el que ha suscitado los acercamientos de los últimos años?
Recuerdo que en 1978 hubo un diálogo entre Fidel Castro y algunos periodistas de los Estados Unidos que intentaban transmitir las opiniones de las distintas comunidades cubanas radicadas en diversos lugares del país. Siempre he estado abierta al diálogo, aunque sea un diálogo de sordos, como ocurrió entonces. Lourdes Casal, que dirigía la revista Areíto y dictaba clases en Brooklyn College, insistió mucho en la necesidad y el derecho de los que vivíamos aquí de visitar a nuestros familiares. Fidel, por su parte, insistió mucho más en que aquellos ex presos políticos que querían dejar la isla podían hacerlo siempre y cuando el gobierno de los Estados Unidos los aceptara. No recuerdo que pensé entonces, pero a la distancia las palabras de Fidel me parecen ahora premonitorias de sus intenciones de mandar a los Estados Unidos a todos aquellos de los que él quería deshacerse, tal como lo hizo, durante el éxodo del Mariel. Además, ahora veo que la postura intransigente del gobierno, entonces, se ha perpetuado en el debate que continúa sin resolución con respecto a muchas de las cuestiones que entorpecen las relaciones actuales entre ambos países.
¿Qué impacto personal te causó el éxodo del Mariel? ¿Cómo modificó la imagen que tenías de Cuba y los cubanos? ¿Qué recuerdas de la llegada de los marielitos a la Nueva York de aquellos años?
El éxodo del Mariel impactó a toda la comunidad cubana. En un principio, tanto en Nueva York como en Miami, algunos cubanos expresaron preocupación y hasta desconfianza. La llegada de elementos conflictivos, según la prensa de Cuba y de Estados Unidos de entonces, desencadenó algunas reacciones negativas contra los recién llegados. Los cubanos en veinte años de exilio se habían ganado un lugar privilegiado y no querían que esa imagen fuera afectada por estos nuevos refugiados. Sin embargo, en muchas ciudades como Union City y West New York, el grueso del exilio cubano de Nueva Jersey, muchos de ellos empezaron a trabajar en negocios de cubanos.  En Miami, ocurrió lo mismo. Lo cierto es que de los 125 000 cubanos que salieron por el Mariel, un número muy pequeño podían considerarse antisociales. La mayoría le demostró al mundo que era gente trabajadora en busca de un espacio donde volver a empezar. Entre los intelectuales que salieron se encontraba Reinaldo, a quien contacté unas semanas después de haber llegado. Ahí empezó una profunda amistad que duró hasta el 7 de diciembre de 1990, fecha en la que decidió irse, como él decía, para el otro mundo.
Cuando conociste a Reinaldo Arenas, ¿qué impresión te causó?
Primero tuvimos una larga conversación telefónica. Hablaba despacio, pero sin parar. Me pareció que lo conocía desde hacía mucho tiempo. Estaba viviendo con sus tíos. He contado la historia de las tarjetas de presentación otras veces, pero quiero volver a recordarla. Me dijo que su tío le había aconsejado que se mandara a hacer unas tarjetas con su nombre y que pusiera debajo ESCRITOR en mayúscula. Eso le daba horror. Me lo contó alargando algunas sílabas, lo cual le otorgaba un ritmo cadencioso a su manera de hablar que me encantó. Para entonces, yo ya había leído su primera novela Celestino antes del alba, su única novelapublicada en Cuba en 1967, y la primera también de su pentagonía, un ciclo de cinco novelas sobre el acontecer de la historia de Cuba desde la época de Batista hasta un mundo futurista que transcurre después del tiempo de vida del autor. También había leído en francés El palacio de las blanquísimas mofetas (Le palais des tres blanches mouffettes, Ed. du Seuil, 1975), la segunda de la serie, y El mundo alucinante, según la crítica más reconocida, una de las mejores novelas del siglo XX. Pero esta no es parte de la pentagonía. En esta se incluyeron también Otra vez el mar (1982) y dos novelas póstumas El color del verano (1991) y El asalto (1992).
Acordamos vernos. Le pregunté si podía entrevistarlo y accedió inmediatamente. Pero cuando nos vimos en Miami por primera vez, decidí tan solo escucharlo. Sus historias inconexas, el horror entremezclado con lo lúdico y sobre todo lo creíble de las historias tan inverosímiles que me contaba me hicieron posponer la entrevista para cuando nos reuniéramos en Nueva York.  Fue en casa del cineasta Iván Acosta que nos reencontramos unos meses más tarde. Lo que hablamos entonces salió publicado en la revista literaria Hispamérica en 1981. Lo que ya me había quedado muy claro era que Reinaldo era el personaje más fascinante y complejo de todos los que habitaban el mundo narrativo en el que había volcado todas sus angustias, y obsesiones.
¿Crees que el conocimiento personal del escritor ha influido en tu comprensión de su escritura?
Estoy segura que sí. No puedo dejar de pensar en él cuando leo sus textos, lo cual para nada quiere decir que sus personajes no tengan vida propia. Claro que todos son seres autónomos con plena libertad en el espacio textual. Pero siento que los que más me han impactado, como Adolfina, una de las tías solitarias de El palacio de las blanquísimas mofetas, me recuerdan esa inmensa tristeza y esa inmensa furia de las que Reinaldo nunca pudo librarse. Su desconsuelo y su sordidez lo acompañaban a todas partes, y también su desgarrador sentido del humor. Decía lo que quería, no le importaban las consecuencias. “Yo ya no tengo nada que perder”, me recordaba constantemente.
¿Cómo evolucionó la relación entre ustedes? ¿Por qué crees que te hayas ganado su confianza en alguien con su fama de desconfiado como para nombrarte su albacea?
Yo veía a Reinaldo con cierta frecuencia cuando él estaba en Nueva York. Un lugar de encuentro era el restaurante brasileño Cabaña Carioca, en la calle 45 en Manhattan. Corría el año 1984, yo estaba terminando un libro sobre la obra de Reinaldo publicada hasta entonces. Se titula Narrativa de transgresión, y es el primero dedicado totalmente a la narrativa de Reinaldo. Creo que abrió caminos para que otros estudios muy valiosos aparecieran más tarde.
En cuanto a haberme ganado su confianza, creo que sí, que confiaba en mí. El porqué no puedo decírtelo. Es verdad que era desconfiado, pero sabía intuir cuando alguien no era sincero con él. Quizás pensó que yo podía asumir esa responsabilidad. Lo cierto es que me pidió a mí y a Roberto Valero que fuéramos sus albaceas. También el testamento decía que se nombraría una comisión de cinco personas encargadas de velar por su patrimonio intelectual. Así se hizo. En Europa se nombró a Jorge Camacho y a Liliane Hasson. En Nueva York a Dolores Koch, nuestra querida Lolita, quien lo acompañó hasta sus últimos momentos, a Roberto Valero y a mí. La comisión trabajó bastante bien por algunos años. Para mí, que al final me quedé sola de albacea cuando murió Roberto en 1994, lo importante era que se leyera a Reinaldo, que se publicaran sus libros. Los Camacho, en Europa, se ocupaban de las ediciones de sus libros que se publicaban en España, pero yo revisaba, aprobaba y firmaba todos los contratos. Desde 1990 hasta el 2000, cumplí lo mejor que pude lo que le había prometido a Reinaldo.
Hubo conflictos, reclamos de parientes verdaderos e inventados. Abogados que aparecieron para representar a los irrepresentables. En suma, material para una buena novela. Quizás algún día lo utilice, pero todavía no lo he procesado, y no sé si lo haga. La realidad que vivimos, como bien sabes, siempre supera la ficción, pero ficcionalizar la historia es la mejor forma de calar hondo.   
¿Qué otros recuerdos tienes de Reinaldo Arenas en Nueva York? ¿Conociste al grupo que se reunió alrededor de la revista Mariel?
Una imagen de Reinaldo que siempre me viene a la mente es la de él con un ejemplar de la revista Mariel bajo el brazo. Siempre que nos encontrábamos, si coincidía con la publicación de uno de los números de la revista, Reinaldo me llevaba una copia. De abril 1983 a abril 1985, los dos años en los que se publicaron los ocho números de Mariel, Reinaldo se dedicó intensamente a que saliera a la luz contra viento y marea. A muchos cuyos textos leía en la revista los conocí y somos buenos amigos. Con René Cifuentes hablo con frecuencia, también con Miguel Correa.  Con Reinaldo García Ramos, a quien hay que agradecerle la digitalización de los números de Mariel, y con Juan de la Paz sigo en comunicación. Me dolió profundamente la muerte de Roberto Valero, gran poeta, gran amigo. Eugenio Florit supo ver en su poesía temprana la fuerza creativa que poco a poco fue instalándose en su obra posterior.
¿Cómo fue su relación con la clase intelectual norteamericana radicada en la ciudad?
Tuvo una relación muy cercana con Susan Sontag. Se admiraban mutuamente. A Reinaldo le complacía que ella se distanciara de los intelectuales perversamente ingenuos que no querían reconocer que en Cuba había una dictadura férrea sin contemplaciones para ningún tipo de oposición.
¿Y con los intelectuales latinoamericanos?
Creo que Octavio Paz ocupó un lugar muy especial en  la vida de Reinaldo. Tanto, que Reinaldo me pidió que le hiciera llegar a Octavio Paz la entrevista que le hice una semana antes de su muerte, y que él quería que se publicara en Vuelta, la revista literaria que dirigía entonces Octavio Paz en México. De hecho, yo no quería hacerle ninguna entrevista a Reinaldo ese día, pero él, que casi no podía hablar, me dijo que tenía que decirme algunas cosas que quería compartir con la gente que conocía su obra. Lo recogí en un taxi y fuimos a un restaurante cerca de las Naciones Unidas llamado Aux Trois Cavaliers. Eran como las tres de la tarde. Elegí ese restaurante porque a él le encantaba como Felipe, el chef, le preparaba la carne al estilo argentino con un toque francés, decía él. El lugar estaba casi vacío y nos sentamos en una de las mesas del fondo. Te aseguro que Reinaldo llegó casi sin voz, pero paulatinamente, mientras conversábamos, la voz se hizo más fuerte. No sé de dónde le vino tanta energía. Yo, entonces, conecté  la casetera, y esa fue la última vez que lo escuché hablar. Todo lo que dijo apareció en Vuelta en 1991, pero unos meses antes, la entrevista traducida al inglés apareció en Review.
¿Cómo crees que su experiencia en Nueva York influyó o modificó la personalidad y la escritura de Arenas?
En Nueva York, Reinaldo se sintió libre y complacido, al menos durante los primeros años.  Escribía, podía vivir modestamente de su oficio de escritor, haciendo lo que quería. Viajaba, dentro y fuera del país. Siempre que algún profesor lo invitaba a que diera una charla o conferencia en la universidad donde enseñaba, Reinaldo aceptaba la invitación sin esperar, en muchos casos, ningún tipo de remuneración económica. No parecía interesarle mucho el dinero, aunque con el paso de los años, los problemas de vivienda, principalmente, le hicieron tomar conciencia de cuán dura podía ser Nueva York, cuán impersonal ante un drama personal.
El portero, publicada en 1987, es su primera novela que se desarrolla en Nueva York. Juan, un refugiado cubano, es portero en un edificio de lujo de Manhattan. Él les abre la puerta a los residentes, y penetra en sus vidas, descubriendo desolación, desencanto. Pero lo interesante es que Juan trata de enseñarles que no todo está perdido. La búsqueda de un espacio liberador, sin embargo, se la proponen los animales de los residentes, dejando al lector confundido de por qué Juan se asocia con los animales y rechaza al final a los humanos y a la sociedad que han creado.  Podría leerse este rechazo como una terrible desilusión de la ciudad donde las luces de esplendor del principio se van apagando a su alrededor. Claro que saber que tenía SIDA lo golpeó profundamente.
Si uno lee en sucesión el artículo “Un largo viaje de Mariel a Nueva York”, que escribió Arenas al poco tiempo de llegar a la ciudad, y su “Adiós a Manhattan”, escrito poco antes de morir, uno siente su progresivo desencanto con la ciudad.
Como te dije antes, los primeros años que pasó en Nueva York, especialmente de 1980 a 1983, lo cautivaron. El descubrimiento de la nieve, comer frutas tropicales en medio del manto blanco que cubría las calles y el desenfreno de la ciudad que no paraba nunca, dominaron sus recuerdos de ese primer contacto con Nueva York. Así lo dice en sus memorias, pero también en 1983, cuando tiene que enfrentarse al dueño del edificio donde vivía en la calle 44, Nueva York se vuelve una ciudad desalmada. Se vio obligado entonces a mudarse al 324 W de la calle 43, un edificio de seis pisos sin ascensor, donde él ocuparía el apartamento del fondo del sexto piso. Esta fue su última morada en la ciudad que lo deslumbró y de la que se desencantó por razones personales. El SIDA con sus horrendas repercusiones físicas, el debilitamiento del cuerpo y la mente, que luchaba por no dejarse vencer antes de terminar su obra, como constantemente repetía, alargaron su estancia en Nueva York hasta 1990, pero fueron años sórdidos, muy tristes, sobre todo desde el 1988 hasta el final.
De hecho, recibía a muy poca gente en su apartamento. Y a medida que la enfermedad avanzaba, a casi nadie. Pero Enrico Mario Santí, entonces profesor de Georgetown University, lo visitaba con cierta frecuencia. Entre 1988 y 1989, yo estaba compilando una serie de estudios críticos sobre su obra junto con Julio Hernández Miyares. Esta colección de textos Reinaldo Arenas: alucinaciones, fantasías y realidad fue publicadaen 1990. Reinaldo pudo asistir a su lanzamiento en The Americas Society. Para todos los allí presentes fue sorprendente que fuera a la presentación, pero así fue. 
¿Era idéntico el Reinaldo Arenas que conociste al que él representaba en sus libros? ¿Cuáles eran las mayores diferencias que había?
Idéntico, no. Pero muchos de sus personajes transmiten lo que creo era su esencia. Tienen su furia, su dolor. Celestino, por ejemplo, ese niño hipersensible de la primera novela de la pentagonía es víctima de violencia doméstica, al extremo que se crea un doble para liberar sus miedos. En la casa donde convivía con las tías abandonadas por sus maridos y un abuelo abusador, Celestino describe a su madre como madre bella, madre fea. Madre a quien ama, pero también rechaza. Esta ambivalencia de sentimientos hacia la madre la pude percibir en sus relaciones con ella cuando vino a Nueva York a visitarlo a principios de los 80. También,  recordaba con cierto humor sórdido que su padre lo había abandonado antes de cumplir los dos años. Igual ocurre en la novela con Celestino. 
Creo que vale recordar que en el magnífico documental Seres extravagantes, de Manuel Zayas, este entrevista al padre de Reinaldo, quien reconoce que había abandonado a su mujer y a su hijo cuando el niño era muy pequeñito. Además, el continuo metamorfoseo de Fortunato en su tía Adolfina, en la segunda novela de la pentagonía, revela su orientación sexual mediante la frustración de la tía y el sobrino que no logran encajar en un mundo hostil hacia los dos. En El asalto, la última novela de la pentagonía, él y la madre comparten un parecido que convierte a los dos en seres despreciables, perversos, una característica de la condición humana que obsesionaba a su creador.
La rebeldía de sus personajes, tanto en lo personal como en lo político, es puro Reinaldo. Me cuesta hablarte de las mayores diferencias entre ellos y él. Quizás en la voz de Reinaldo, cuando rescataba algunas de sus experiencias vividas en Cuba y después en los Estados Unidos, yo logro encontrar una calma, una tranquilidad, que nunca llegué a percibir en la palabra escrita. Algo así como si el sonido de las palabras no correspondiera a toda la vorágine que se desencadenaba en casi toda su escritura.
¿Cuáles son los últimos recuerdos que tienes de Arenas en vida?
Recuerdo que me pidió un par de pantuflas antes de salir por última vez del hospital. Roberto, mi marido, se las llevó. Me dijo que Reinaldo le había asegurado que no regresaría en ninguna circunstancia a ningún hospital, y lo cumplió. Yo lo vi por última vez, como te dije antes, en el restaurante donde hablamos de su obra. Se sintió capaz de compartir conmigo lo que representaba para él haber finalizado su obra. Escribir definió en gran parte su vida, llena de tragedia, pero también llena de la satisfacción plena de haberles dado vida a personajes realmente inolvidables. Con un lenguaje poéticamente combativo, con imágenes alucinantes y transmisoras del desenfreno del mundo que le tocó vivir, el legado literario de Reinaldo ocupa un lugar de merecido reconocimiento entre las voces más vibrantes de la narrativa cubana, latinoamericana y universal.
¿Qué es lo que hace insustituible la presencia de Arenas en las letras cubanas, latinoamericanas o latinas en los Estados Unidos?
La prosa de Reinaldo se destaca porque sin sacrificar su extraordinario valor estético contiene una preocupación política y social que da constancia de una realidad más íntima, más profunda  cuanto más absurda y distanciada está de las leyes de causalidad, motivando al lector a que revalorice su propia circunstancia, a que defienda sus creencias ideológicas tal como él lo hiciera con sus acciones y sus personajes. Eso hace su obra insustituible, y enormemente apreciada por una comunidad de lectores cubanos, latinos en general, incluyendo a la comunidad latina en los Estados Unidos. También hay que mencionar que muchos de sus libros han sido traducidos a más de veinte idiomas, incluido el sistema Braille para ciegos. Se lee a Reinaldo a nivel global.
A mí me complace muchísimo incluirlo en mi curso de identidades caribeñas. Los estudiantes aprenden sobre la historia cubana a través de sus ficciones, lo cual enriquece su conocimiento de los hechos con la libertad que caracteriza examinar el dato histórico desde la perspectiva del discurso literario.
¿Tienes algún proyecto pendiente con la obra de Reinaldo? ¿Hay alguna faceta del escritor que deba ser estudiada?
Por el momento, sigo releyendo algunos de sus textos que siempre me sorprenden porque siempre descubro algo en lo que antes no había reparado. Hay mucho por hacer todavía con el cuerpo narrativo y con su poesía. Creo que su legado literario es de gran motivación, como lo demuestran algunas tesis en proceso que andan por ahí.