Wednesday, February 15, 2017

Clarendon Hall


Anuncio de festividad judía
Por Enrique Del Risco

Al Clarendon Hall lo llamó Martí “el salón de los desterrados y los pobres”. Era natural que no les fuera ajeno este sitio a los cubanos de Nueva York que se contaban casi siempre entre los primeros y no pocas entre los segundos. Situado en 114-116 East 13th Street no lejos de Union Square sirvió lo mismo como escenario de mítines sindicalistas, anarquistas que para celebrar combates de lucha profesional. O incluso llegó a ser el sitio de curiosas demostraciones como el el caso de un médico que estuvo sentado en un sillón durante cuarenta días sin comer para promocionar las virtudes terapéuticas del ayuno. En el caso de los exiliados cubanos de la ciudad primero con el nombre de Masonic Hall y más tarde con el definitivo de Clarendon Hall acogió diversos actos públicos que incluyeron la presencia de figuras como Ramón Leocadio Bonachea, Antonio Maceo o el propio Martí.
Recorte de The Sun
En el caso del general Maceo, llegado a la ciudad el 12 de julio de 1885 para recaudar fondos se convocó a una reunión en dicho salón para el martes 21 del mismo mes. Sin embargo, de acuerdo con el relato del periodista Enrique Trujillo, director de El Avisador Cubano, el cónsul español en Nueva York Miguel Suárez Guanes trató de impedir dicho acto presentando una denuncia ante el
“Fiscal del Distrito Mr. Dorsheimer para que lo suspendiera, como atentatorio á deberes internacionales. El funcionario norteamericano tendría que reírse ante la quijotada del Cónsul, que desconocía el texto de la Constitución que garantiza el derecho de reunión, la libertad de la prensa y la de la palabra. Despechado el Cónsul insistió en nueva denuncia manifestando que aquella era una reunión de negros y que se iba á alterar el orden. El Fiscal pasó el oficio al Alcalde de la ciudad que destacó un pelotón de policías en el local, quienes unidos á los entusiastas cubanos allí reunidos vitorearon á la libertad y á Cuba, dejando así burladas las pretensiones del quijotesco Cónsul”
(He ahí una imagen bastante alejada de aquella difundida por los medios oficiales cubanos en que las autoridades norteamericanas son presentadas como enemigos permanentes de la independencia cubana)
Bastante más dramático había resultado un incidente ocurrido el mes anterior en el mismo salón, que tuvo como protagonista nada menos que al apóstol de la independencia cubana. Dicho drama que constó de dos actos. El primero, ocurrido el día 13 de Junio de 1885 en el propio Clarendon Hall tomó de pretexto una reunión para reconstituir la Junta Directiva de la Asociación Cubana de Socorros. Tal organización había sido presidida por Martí, cargo al que había renunciado tras su famoso desacuerdo con el Plan Gómez –Maceo el añoanterior. El distanciamiento de Martí de dicho plan, por considerar que se estaba conduciendo de manera en exceso autoritaria, había generado continuas maledicencias. Al parecer en dicho acto se comentó que habiéndose apartado del Plan Gómez- Maceo ahora Martí intentaba hacerlo fracasar oponiéndole obstáculos y movilizando gente en su contra. Tales comentarios llegaron a oídos de Martí quien hasta entonces los había sufrido en relativo silencio (a excepción de un famoso incidente en el Tammany Hall con Antonio Zambrano el año anterior). Decidido Martí a acabar de una vez con tales comentarios convocó a una reunión en el mismo donde se le había denostado para dar cuenta de sus acciones. Con tal objeto hizo circular con fecha de 23 una hoja impresa con el siguiente texto:
"A los Cubanos de Nueva York:
No tengo más derecho al dirigirme á los cubanos de Nueva York, que el del más humilde de ellos: amar bien á mi patria. Pero han llegado á mí rumores confusos de que en una reunión en Clarendon Hall, el 13 de este mes, se hicieron respecto á mis actos políticos algunas gestiones equivocadas, debidas sin duda á exceso de celo, ó á desconocimiento involuntario de los hechos á que se referían.
Mis compatriotas son mis dueños. Toda mi vida ha sido empleada y seguirá siéndolo en su bien. Les debo cuenta de todos mis actos, hasta de los más personales : todo hombre está obligado á honrar con su conducta privada, tanto como con la pública, á su patria. En la noche del jueves 25, desde las 7 1/2, estaré en Clarendon Hall para responder á cuantos cargos se sirvan hacerme mis conciudadanos.
José Martí"

Según el propio Enrique Trujillo al comentar aquella reunión “La concurrencia fué bastante regular, encontrándose muchas personas que no acostumbraban ir á reuniones políticas”. Ante la los exiliados allí reunidos el “señor Martí pidió que se le acusara”. En los fragmentos de la transcripción  que se conserva llega a preguntar: “¿Hay aquí alguien a quien yo haya incitado, a pesar de mis opiniones privadas, a que moviese obstáculos? Que se ponga de pie si lo hay”. De acuerdo con Trujillo solo el “señor M. Rico pronunció algunas palabras con tono de censura, pero se le paralizó la lengua y no pudo continuar”.

No obstante la indignación que debió embargar a Martí los fragmentos que han sobrevivido el discurso permiten apreciar un tono firme y al mismo tiempo contenido y profundamente conciliador:

“¿qué cubano mirará como a enemigo a otro cubano? ¿qué cubano permitirá que nadie le humille? ¿qué cubano, que no sea un vil, se gozará de humillar a otro? Aunque yerre un cubano profundamente, aunque toda el alma nos arda en indignación contra su error; aunque sea un traidor verdadero; aunque llegue a hacernos tan abominable su presencia que nos venga a los labios al verlo o al recordarlo la náusea que producen los infames; aunque arremetamos ante él ciegos de ira, como un padre arremete contra el hijo que lo deshonra ¡ay! cáigansenos los brazos antes de herirlo, porque nos herimos a nosotros mismos. Ha podido errar, ha podido errar mucho, pero es cubano. Que siempre esté la puerta abierta, de par en par, para todos los que yerran. Solo la grandeza engendra pueblos: solo los fortifica la clemencia”

Como resulta común en la oratoria martiana su exposición de sus razones políticas se convierte en lección de su idea ética de lo político:

“Quiero que el pueblo de mi tierra no sea como este, una masa ignorante y apasionada, que va donde quieren llevarla, con ruidos que ella no entiende, los que tocan sobre sus pasiones como un pianista toca sobre el teclado. El hombre que halaga las pasiones populares es un vil. El pueblo que abdica del uso de la razón, y que deja que se explote su país, es un pueblo vil”

Y a continuación expone con toda claridad su posición ante el Plan en marcha, una posición que mantendrá hasta su muerte en el campo de batalla:

Recorte de agosto de 1883
“Yo no necesito ganar una batalla para hoy; sino que, al ganarla, desplegar por el aire el estandarte de la victoria de mañana, una victoria sesuda y permanente, que nos haga libres de un tirano, ahora y después. ¿Que dónde estoy? en la revolución; con la revolución. Pero no para perderla, ayudándola a ir por malos caminos”

Concluye Trujillo en su descripción del evento que “La reunión terminó en completa armonía y el señor Martí muy aplaudido”. El propio periodista le escribirá a Antonio Maceo:

“Yo no esperaba otra cosa de su profundo tacto político. Su discurso nos ha dejado satisfechos. No echó a volar ningún concepto que pueda perjudicar la marcha progresiva de la revolución ni presentarnos divididos. Dijo que eran simples detalles lo que lo había alejado de los jefes del movimiento, pero que él estaba y estaría siempre con la patria”

Fue de esta manera que Martí a pesar de haberse distanciado de los dos jefes indiscutibles del exilio como eran Gómez y Maceo consiguió mantener a salvo e incluso elevar su prestigio político dentro de los emigrados cubanos como una figura de una honradez y valor político a toda prueba.
Hay constancia de otros eventos celebrados por cubanos en el Clarendon Hall pero con los años dicha comunidad comenzó a alquilar con mayor frecuencia los auditorios que ofrecían el Chickering Hall, Hardman Hall y el Masonic Temple para sus eventos. El propio edificio desapareció tras un incendio del que daba cuenta la edición del 28 de enero de 1902 de The New York Times.
Estado actual del edificio. Foto del autor.


En su lugar se erigió en 1906 (otras publicaciones dan el 1909 como fecha) el edificio conocido como The American Felt Building. A lo largo de sus 110 años de existencia este ha tenido entre sus habitantes notables a personalidades tan dispares como Abbie Hoffman y Tom Cruise. Hoffman, personaje fundamental del movimiento contracultural de los sesentas y quien fue cofundador del Youth International Party ("Yippies") hacia vivió en un apartamento del último piso.
En 1968 dicho apartamento fue allanado por la policía y Hoffman detenido por posesión ilegal de armas y drogas aunque luego fue absuelto. El conocido actor Tom Cruise fue dueño de un apartamento en el propio edificio entre 1984 y 2013.

Monday, February 6, 2017

LA OBRA PÓSTUMA Y EL LEGADO DE CARLOS RIPOLL (1922-2011)

Carlos Ripoll circa 2010
 Por Eduardo Lolo

El tiempo verbal del pretérito se me enreda, rebelde, en la lengua, cuando trato de hablar sobre Carlos Ripoll. Y es que a casi un año del fogonazo de desesperanza con que cercenara lo poco que le quedaba de vida, me resisto a pensar en él solamente en el pasado. Y no hay nada de místico en mi insubordinación temporal. Ripoll me sigue saludando diariamente desde sus libros, siempre visibles en mis libreros o a horcajadas sobre mi mesa de trabajo. Es más, a cada rato lo sorprendo deambulando entre los volúmenes de las Obras Completas de José Martí, devoto e inquisitivo. Y hasta en mis propios libros de vez en cuando me hace un guiño cómplice desde una cita o una nota al pie de página. Desde 1971 hasta el 2011, Ripoll desarrolló la más profunda, seria y honesta labor de investigación, análisis, reivindicación, interpretación y divulgación de la vida y la obra de José Martí debida al esfuerzo de una sola persona. De ahí que me atreva a asegurar que al igual que no hay Cuba sin Martí, hoy en día no hay Martí sin Ripoll, convertido en el guía ideal para escrutar la “mina sin acabamiento” de la que hablaba Gabriela Mistral refiriéndose a la obra martiana
            En efecto, durante los 40 años señalados, nadie aportó tanto a los estudios de la obra y la vida de José Martí como Carlos Ripoll. En el verano de 1971 aparecería su primer libro de tema martiano; en agosto del 2011 daría los toques finales al último, que no vería impreso. En las cuatro décadas que median entre uno y otro, no hay faceta en la vida de Martí ni palabra de su pluma fecunda que Ripoll no analizara, indagara, interpretara y estudiara con respeto y admiración palpables, pero sin menoscabo de la seriedad y la objetividad que es de esperarse de todo intelectual que asuma seriamente su condición de tal. Sus entregas de estudios martianos tuvieron un desarrollo lógico y concatenado. Miradas de conjunto, ofrecen una visión de unidad y causalidad, sin la cual no podría comprenderse su obra póstuma en su integridad.

Carlos Ripoll, su esposa Herminia, Ángel Cuadra y Eduardo Lolo en 2001

            La necesidad de objetivizar tanto la vida de José Martí como el estudio de su obra es algo que pedían a gritos palmas y arroyos, arenas y montañas criollas. Octavo R. Costa, que tanto sabía del sangrar histórico de Cuba, comentó al respecto:

…uno de nuestros errores –con el que incurrimos en una de las tantas maneras de engañarnos– es la de creernos que sabemos mucho de Martí, que su vida no tiene secretos para nosotros, que nos tenemos muy aprendida su magna obra y que, en consecuencia, somos unos perfectos martianos.
Y eso no es así. Si lo fuera, si hubiéramos aprendido la lección de su vida, si hubiéramos asimilado especialmente su pensamiento político, si hubiéramos pautado nuestra conducta con la tabla de valores morales que aparecen en cuanto escribió, no hubiéramos perdido la república. […] Martí, en el mejor de los casos, era una anotación patriótica, una leyenda desprendida de unas olvidadas páginas de la historia, un mito que se había inventado y que contemplábamos de lejos, con el inconsciente temor de acercarnos a él.[1]

            Carlos Ripoll logró vencer ese temor inconsciente y se dio a la tarea, no exenta de peligros e incomprensiones, de desmontar el mito en busca del hombre, en todas sus aristas. Toda mitología, por su condición de antípoda de la realidad, es perfecta e incuestionable; de ahí que la pueblen semidioses y otros seres sobrenaturales. La historia, por constituir el otro segmento de la dicotomía, es todo lo contrario: imperfecta y cuestionable, ya que es obra humana en su totalidad. Consecuentemente, cuando la historia se vuelve mito la práctica histórica deviene en rito o representación, pues perdidas las dudas y la espontaneidad de la realidad, la historia se deshumaniza –distanciándose de forma inexorable del hombre de carne y hueso–, ya que la sublimización del pasado provoca que la lejanía en el tiempo nos haga extranjeros en nuestra propia tierra.
            Carlos Ripoll, con la acentuada objetividad de sus estudios, trató de recuperar la historia para nuestra realidad mediante la inserción de la realidad en nuestra historia, en lo que pudiera constituir un nuevo punto de partida (o de llegada) en la historiografía cubana. Para lograrlo en un principio, se dedicó a estudiar profundamente no solamente la obra de Martí, sino la bibliografía martiana debida a la creación de quienes le precedieron en el intento. Pero dicho estudio rebasó su condición de acumulación de información y conocimientos para devenir en dos libros que se convertirían en obras de consulta obligatoria para los martianistas que le siguieron: Archivo José Martí. Repertorio crítico. Medio siglo de estudios martianos y el Índice universal de la obra de José Martí, ambos de 1971. A partir de esas dos entregas, Ripoll comienza un estudio de la obra y la vida de José Martí que lo lleva a descubrir y dar a conocer no sólo escritos martianos desconocidos en el siglo XX –hasta entonces perdidos en páginas amarillas de tiempo en hemerotecas somnolientas–, sino aspectos de su vida ocultos o escamoteados por historiadores inescrupulosos o temerosos de la verdad: los primeros, para hacer de Martí un cómplice de tiranos; los segundos, para ocultar por recelo lo que consideraban pudiera manchar el mármol histórico de su sacrificio.

Ripoll salió al paso de unos y otros. De la vida martiana poco le faltó por conocer. Indagó sus amistades y enemistades, sus admiradores y detractores, sus amores y desamores, sus éxitos y fracasos. Gracias a investigaciones de tintes más detectivescos que académicos, Ripoll descubrió relaciones, domicilios y viajes desconocidos del quehacer histórico e íntimo de Martí, dando a la luz lo que el clandestinaje conspirativo independentista o los patrones morales de la época mantuvieron en secreto (aunque fuese a voces) durante siglo y medio. Las pistas originales a seguir fueron múltiples y a veces aparentemente inocuas: la dedicatoria de un libro, una abreviatura calzando un poema, una oscura referencia en una carta que aclara otra fuente, etc. Ripoll fue re-viviendo la vida de Martí paso a paso, escarbando en su entorno, ‘hablando’ con quienes lo conocieron. No hay tema o hito vivencial de Martí que Ripoll no explorara concienzudamente: la política, las finanzas, las dolencias físicas y síquicas, las alegrías y las penas, los aciertos y desaciertos, los alcances y limitaciones de Martí fueron desempolvados de tiempo y mostrados en público con respeto pero sin escamoteos ni interpolaciones anacrónicas. Ripoll comprobó que Martí, a pesar de sus posibles o incuestionables defectos, seguía siendo lo mejor que había producido Cuba en toda su historia; no necesitaba ser perfecto para ser grande, pues en definitiva la grandeza, combinada con la imperfección inherente a la vida humana, se empina aún más: el mármol que vence a la carne de la cual es mímesis se hace más sólido y brillante todavía.
A manera de ilustración veamos estos ejemplos: Ripoll detectó que había espacios temporales vacíos en la estancia de Martí en Nueva York. Aunque oficialmente este vivía en la casa de huéspedes de María Mantilla (con quien tendría la más estable y prolongada relación amorosa de su vida), los textos biográficos conocidos tenían evidentes lagunas. Por la fecha y las iniciales calzando un poema, Ripoll descubrió la existencia de un viaje martiano clandestino a Cayo Hueso. Y no hay nada de raro en ello: el clandestinaje constituye un elemento básico de toda conspiración; pero, aunque entonces el viaje de ida y vuelta de New York a Key West tomaba mucho más tiempo que ahora, no alcanzaba a cubrir por completo el lapso temporal no documentado en la estancia neoyorquina de Martí. Viajes más cortos a zonas cercanas quedaban del todo comprobados por notas, cartas y/o sueltos noticiosos. Si Martí no había salido de Nueva York, ¿dónde había estado viviendo? Emprendió entonces Ripoll un camino de investigación virgen hasta entonces: desechó a José Martí como objeto de indagación y se dedicó a seguirle la pista a sus seudónimos. Y gracias a una minuciosa lectura de los censos de población y vivienda de la época, descubrió que Martí llegó a tener, bajo nombres que se sabe por él utilizados, otros domicilios en Nueva York, hasta entonces ocultos a la historia. De ello pudiera inferirse que Martí no solamente intentó burlar a los espías del gobierno colonial español que lo asediaban, sino a las propias autoridades estadounidenses, ya que algunas de sus actividades eran, a la par que patrióticas para los cubanos, ilegales para el país que lo acogía, en extraña aleación en que el patriota se vuelve ‘oficialmente’ delincuente obligado por las condiciones y circunstancias donde desarrolla su patriotismo[2]. Ilustran lo anterior los pormenores del fracaso del llamado Plan de La Fernandina.

Ripoll llega a dominar de manera tal la vida y el entorno histórico martiano que no duda en desmentirlo cuando descubre o interpreta que no habla con propiedad, pues ni siquiera el mismo Martí se salva del bisturí indagatorio de Ripoll en busca de la verdad total. En efecto, sin mermar su admiración y su respeto por el ente investigado, Ripoll no duda en poner de manifiesto sus errores o inexactitudes. Ilustra lo anterior Desmentir a Martí. En el Bicentenario de Lincoln (2009) en que Ripoll llama la atención sobre una reiterada información no confirmada que diera Martí sobre Lincoln y su interpretación peyorativa por parte del cubano. Al parecer Martí, para hacer más contundente su rechazo a las ideas anexionistas, se hizo eco de una falsedad (o, al menos, de una inexactitud histórica) referida a la posible reubicación cubana de esclavos norteamericanos libertos por la Guerra Civil. Aunque hay pruebas de que se contempló en las altas esferas norteamericanas la posibilidad (siguiendo el ejemplo de Liberia) de crear colonias de antiguos esclavos fuera de los EE.UU. (por ejemplo, en Panamá, entonces territorio colombiano), no existe indicio o evidencia alguna de que se hubiera pensado oficialmente en la isla de Cuba para ello. Sin embargo, según Martí, Lincoln habría prestado oído y, de alguna forma, contemplado la posibilidad de enviar esclavos libertos como colonos a Cuba. Ripoll destaca la imposibilidad y lo absurdo de semejante idea, pues Cuba era todavía colonia de España y esclavista. No obstante ello, buscó y rebuscó –con la minuciosidad investigativa que lo caracteriza– en los discursos, cartas y otros materiales lincolnianos una pista o referencia a lo dicho por Martí y no encontró absolutamente nada al respecto. ¿De dónde sacó Martí semejante información? Pero ese estudio profundo de Lincoln dio como resultado un ‘sub-producto’ positivo: Abraham Lincoln. Pensamientos/Thoughts (2009), una antología bilingüe de muestras del pensamiento del destacado político norteamericano.
Otras veces la crítica objetiva de vuelve contra personajes del entorno de Martí que, por su vinculación con el Apóstol, la historiografía cubana antes de Ripoll trataba con cierto viso de complacencia y hasta justificación. Valgan los ejemplos de la misma madre de Martí, con sus constantes recriminaciones al hijo, o el de su más íntimo y querido amigo: Fermín Valdés Domínguez. De este último trata todo un libro de Ripoll del 2007: Martí y el fin de una leyenda. La leyenda que intenta poner fin este ensayo es la creada por Valdés Domínguez sobre sí mismo. Se trata de un tomo de más 150 páginas que pone de manifiesto, documentadamente, las inexactitudes históricas presentes en los escritos de Valdés Domínguez, así como las omisiones, escamoteos y hasta un caso de posible falsificación de la correspondencia que Martí sostuviera con él.

De lo anterior se desprende que Ripoll, además de persistente, abarcador e inalcanzable en sus estudios martianos, siempre tuvo como norma la búsqueda de la verdad, tratando de establecer las no siempre estables o discernibles fronteras entre lo que fue y lo que se cree haya sido, entre lo que pudo ser y lo que se quiso que fuera, entre lo intentado y lo realmente alcanzado. Toda estatua de mármol requiere de un pedestal. Y todo pedestal tiene algo de barro. Pero es precisamente el pedestal lo que mantiene erguida la estatua. Una y otro se complementan y quedan indisolublemente unidos por medio de la verdad, que Ripoll trató siempre de poner de manifiesto, aunque el resultado no fuera ‘políticamente correcto’. Pero con ello creo que Ripoll no hizo más que seguir al propio Martí, quien dejó bien aclarado que “el que pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia y derriba lo que se levanta sin ella.”[3]
            Ripoll nunca puso de lado parte de la verdad, ni por olvido y mucho menos por voluntad. Ello se aprecia en las decenas de libros y folletos dedicados a los estudios martianos en particular y a Cuba en general, los cuales ya hemos tratado en conjunto en trabajos anteriores[4]. En todos ellos Ripoll profundizó, en ocasiones a niveles nunca antes alcanzados, tanto en la obra como en la vida y el entorno vital de Martí, a tal punto que parecía que ya había agotado la fuente y las posibilidades de continuar más allá. Sin embargo, en el verano de 2011, recién llegados Circe y yo de Nueva York para nuestras vacaciones, como un niño travieso nos visitó por última vez Ripoll con el manuscrito de un libro bajo el brazo que, siguiendo una práctica que para mi honra teníamos desde hacía tiempo, quería que yo leyese antes de enviar a la imprenta. Se trataba de Martí y la melancolía, donde Ripoll intentó un análisis sicológico de Martí a partir de sus escritos y otras fuentes complementarias. La melancolía está tratada, aclara Ripoll, “como desencadenante y consecuencia de mucho de lo que fue Martí en su quehacer diario, en su gestión política y en sus escritos.”[5] La desesperanza impidió que Ripoll viera el libro publicado, convirtiéndose en su obra póstuma y, posiblemente, –por lo que veremos más adelante–, tan o más polémica que su Vida íntima y secreta de José Martí, de 1995.
            Conjeturo lo anterior por las mismas metas de la obra. Todo análisis del subconsciente humano es una tarea subjetiva, aun tratándose del caso de un paciente en la consulta de su sicoterapeuta, ya que por muy colaborador que el primero quiera ser, su subconsciente siempre tratará de ocultarse entre las nieblas engañosas de la desmemoria, tanto espontánea como deliberadamente creada o inducida por recuerdos traumáticos. Se trata de un difícil y a ratos angustioso proceso que intenta hacer visible lo oculto, perceptible lo intangible, concreto lo abstracto, comprensible lo enigmático. No en balde la mayoría de las veces las sesiones sicoanalíticas terminan donde empezaron, con el sicoterapeuta convertido en un nuevo Sísifo.
          

  Si a ello se suma que el ‘paciente’ falleció hace más de siglo y medio, y que por lógicas razones políticas y de circunstancias morales contemporáneas no siempre dijo o escribió todo lo que le aconteció o intentó hacer, es de presumirse que la mencionada niebla de la desmemoria se haya tornado en toda una hermética muralla de tiempo y silencio. Y a horadar y traspasar esa barrera sellada se dedicó Ripoll con todas sus fuerzas mentales cuando ya carecía de las fuerzas físicas necesarias hasta para las más sencillas tareas, como ponerse los calcetines o abotonarse la camisa. El cuerpo se le desvanecía mientras la mente hacía un esfuerzo hercúleo y postrero tratando de penetrar en la mente de quien le había precedido en la pérdida del cuerpo. Al final, tal parece que solamente los dedos le seguían ágiles para pasar las páginas de las lecturas y teclear en la computadora. Hasta quedar únicamente el rictus fatídico de un dedo índice ¿misericordioso?
            Pero antes de ese momento del abrupto viaje final, para Ripoll todo sería profundizar y avanzar en busca de un elusivo José Martí puede que hasta desconocido por sí mismo. La utilización del sicoanálisis en los estudios literarios es, prácticamente, tan antiguo como su uso clínico y ha evolucionado en una tradición interpretativa heterogénea. El propio Sigmund Freud escribió varios ensayos donde utilizó el sicoanálisis para explorar la psiquis de autores y personajes. Sirven de ejemplos tempraneros sus conocidas lecturas del mito de Edipo y el Hamlet de Shakespeare en La interpretación de los sueños. Pero Ripoll no trata de llegar a la psiquis del autor a través del examen de un personaje o una obra en particular, sino mediante el estudio de la obra toda –con ejemplos de géneros diversos fechados en épocas disímiles– con el apoyo de elementos biográficos tomados de otras fuentes confiables. Y arriba a la conclusión que de los cuatro temperamentos ya identificados por Galeno: el sanguíneo, el colérico, el melancólico y el flemático, a Martí corresponde el melancólico, a su vez asociado con el otoño.
Para armar el ‘expediente sicológico’ de Martí, Ripoll no tiene reparos en contradecirlo abiertamente y demoler la imagen idílica que este diera de su hogar paterno con palabras que hasta al mismo historiador habían desinformado tiempo atrás.[6] De duras verdades comprobadas y el análisis de testimonios fidedignos, Ripoll infiere los traumas sicológicos recibidos por Pepe en su niñez y temprana adolescencia; heridas del alma que serían determinantes, según el sicoanálisis, de la tendencia a la melancolía en Martí más allá de una condición temperamental. La injusta y traumática experiencia carcelaria en plena adolescencia, el forzado destierro, la muerte prematura de su hermana preferida, las permanentes vicisitudes económicas y la incomprensión filial que lo acompañó hasta su muerte (fundamentalmente de la madre y la esposa, personajes tan determinantes en la vida de todo hombre), son elementos que refuerzan una constante y prolongada acumulación de tristezas que conducen a un solo lugar de espanto: la melancolía, interpretada esta, si no como enfermedad dentro de un cuadro clínico, al menos como un estado mental permanente de causas y efectos diversos, siempre sombríos. De ahí la poca presencia del humor en los escritos martianos y la carencia de sonrisas en sus fotos, incluso de juventud. En efecto, hasta donde tengo entendido hay una sola fotografía de Martí risueño: la que le tomaran en La Habana con su hijo, a unos meses de este nacido y poco antes de ser deportado de nuevo por sus actividades políticas. Y ello es algo que no debe extrañar a nadie, pues risa y melancolía son, en sentido general, términos excluyentes.
            Según Ripoll, dicho estado melancólico fue un factor determinante en la conducta histórica de Martí. Su renunciamiento a todo, incluyendo fama, fortuna y familia, para dedicarse por entero a una pasión que bien sabía no iba a resarcirlo en lo absoluto, Ripoll lo ve asociado a la profunda melancolía que permea toda la existencia de José Martí. En la activa vida conspirativa de Martí se ve mucho más que la nostalgia que caracteriza a todo exiliado. Incluso su amor patrio y sus temores ante la ya anacrónica ambición expansionista de algunos políticos norteamericanos de la época tienen para Ripoll, al menos parcialmente, una raíz sicológica. Dice al respecto: “…una vertiente de la ambivalencia ante la madre fue el origen de su pasión por Cuba: en la escala de intereses, Cuba es ‘la madre mayor’, como la llama en una de sus cartas, oprimida por España, y luego amenazada por el imperialismo de los Estados Unidos, imágenes del violento don Mariano”, refiriéndose al padre de Martí.[7] Ripoll llega hasta sugerir una posible fijación incestuosa en el joven Pepe y hasta supuestos elementos andróginos en su psiquis. No es de extrañar, entonces, que casi que pida disculpas por “la pena de escribir sobre lo que sólo en el sofá secreto de un analista hubiera dicho nuestro grande hombre.”[8]
A fin de intentar la validación de su ‘diagnóstico’ sicoanalítico, Ripoll no solamente utiliza los documentos, testimonios y, lógicamente, la interpretación de los escritos martianos en base a (e iluminados por) los dos elementos anteriores, sino que en su estudio de dichos textos va más allá del mensaje de frases y oraciones, llevando sus pesquisas al nivel de las palabras individuales mediante el análisis matemático de la frecuencia en el uso de aquellos términos asociados, directa o indirectamente, con la melancolía. Ni siquiera el personalísimo uso martiano de los signos de puntuación escapa a su minuciosa lupa sicoanalítica.
No obstante esa meticulosidad desplegada mediante el hábil manejo de las más actualizadas herramientas críticas y conceptos científicos, el mismo Ripoll que al inicio del libro había comparado su confección como el intento de “armar un rompecabezas de piezas grises sin dibujo”[9], prácticamente confiesa casi al final del mismo su naturaleza inconclusa y, consecuentemente, su condición subjetiva. Dice al respecto:

Quedan preguntas por responder sobre sus trastornos emocionales [se refiere a los de Martí, por supuesto]. ¿Cuánta de su melancolía, para bien o para mal, entró con él en la liberación de la Patria? ¿Cuánta en la creación del genio y el fervor del patriota? ¿Cuánto le sujetó la melancolía el tamaño al tiempo de darle talla de gigante? Con Martí es legítimo indagar, con símbolos de su preferencia, hasta qué punto la melancolía le sujetó el “ala” y le fortaleció la “raíz”, o al revés, cuánto le dio impulso al “ala” e hizo más frágil la “raíz”.[10]

            Martí y la melancolía cierra, pues, el ciclo de estudios martianos de Carlos Ripoll iniciado 4 décadas atrás. Y la conclusión repite los elementos básicos del inicio: la seriedad en la investigación y la asunción de cuanto riesgo fuera necesario en busca de la verdad total, por muy controversial que fueran los hallazgos e interpretaciones. Y, dado su carácter conclusivo, la posibilidad de comenzar a estudiar el legado del ser humano que fue y la obra que es.
De lo primero resulta harto conocida la actitud constante del hombre contra todos los tiranos. La vocación democrática de Carlos Ripoll no conocía fronteras ideológicas ni preferencias o discriminaciones nacionales, raciales o culturales. En más de una ocasión trataron de engatusarlo con cuanta sirena pudieron colocar en su camino; a todas hizo oídos sordos. Pero su condición de exiliado cabal no le impidió buscar, alimentar y mantener el más estrecho contacto con cubanos de la Isla, siendo uno de los primeros intelectuales del exilio en hacer alianza activa con sus pares del insilio. Gracias a sus aptitudes conspirativas (que me imagino aprendidas de su conocido maestro y guía), logró introducir clandestinamente en la Isla cientos de ejemplares de sus obras y otras publicaciones, ayudó con el envío de medicinas y otras donaciones a colegas enfermos o necesitados, hizo llegar su mensaje oral directamente al pueblo de Cuba a través de la radio, grabaciones y videos. En fin, que no dudó un instante en colaborar activamente con cuanto cubano tocara honrada y dignamente a su puerta a nombre de Cuba, que era como tocar directamente en su alma. No en balde los personeros y portavoces castristas se referían a él como “el profesor maquiavélico”. Solamente unos pocos amigos conocimos (y algunos hasta compartimos) tales afanes, de los cuales Ripoll nunca se vanaglorió; antes bien, siempre trató de mantenerlos a la sombra. Este es un tema que requiere un tratamiento por sí mismo, al que de seguro se encargarán historiadores futuros.
En mi caso voy a dar a conocer un legado más relacionado con el estudio de la literatura, que resultó nuestro punto de contacto inicial. Pero no mediante el análisis de su obra, ya desarrollado en múltiples artículos y ensayos por decenas de críticos[11], sino en su metodología de trabajo. De todos los colegas con quienes he compartido hasta ahora proyectos y sueños comunes, no he conocido a nadie que haya sabido combinar a tan alto nivel la paciencia, la meticulosidad, la constancia y la focalización en la labor investigativa y el casi siempre agónico proceso de creación resultante que Carlos Ripoll. Al principio de esta monografía llamaba la atención de cómo lo que en la mayoría de los investigadores (incluyéndome, por supuesto) termina como notas y tarjetas cubiertas de garabatos al vuelo durante la etapa investigativa, en Ripoll se convirtieron en dos libros de referencia obligatoria para los estudiosos de Martí. Y me consta que cada uno de los cientos de trabajos individuales que escribió está debidamente documentado en files particulares contentivos de fotocopias de los trabajos citados y/o referidos en la versión final y hasta con ilustraciones y bosquejos iniciales. Si se trataba de un largo capítulo, incluso lo mandaba encuadernar. Al preguntarle, la primera vez que me mostró su archivo en Nueva York hace unos 20 años, el por qué de semejante faena, me respondió que la desarrollaba por si alguien quería continuar o refutar la investigación que había dado vida a cada trabajo suyo que pudiera comenzar su tarea donde él la había terminado, pudiendo comprobar que nada de lo que él escribía era suposición o conjetura sin basamento, aunque estuviese equivocado.

Ripoll, a pesar del excesivo consumo de tiempo resultante de la metodología descrita, sus responsabilidades laborales académicas (cumplidas exitosamente y a cabalidad hasta su jubilación), sus actividades conspirativas patrias y, en el último decenio de vida, problemas de salud propios y familiares, logró crear en sólo 4 décadas más de una veintena de libros y folletos (algunos de ellos bastante voluminosos) que suman centenares de piezas en géneros disímiles.[12]  Semejante volumen y calidad de su obra se deben no solamente a su talento, sino a la dedicación con que asumía la confección de cada trabajo, sacrificando a favor de sus proyectos descansos y recreaciones, robando horas al sueño y la atención a su salud. A ello habría que añadir sus labores como antologador, conferencista y editor, igualmente destacadas. Trabajando estuvo hasta su muerte; trágicamente la muerte misma fue parte de su quehacer.
Hablé por última vez con Ripoll el día 2 de octubre de 2011. Serían las 11 de la mañana cuando lo llamé y nos mantuvimos charlando hasta poco antes del mediodía. Durante toda la conversación se estuvo quejando de su cuerpo, aparentemente dispuesto a cesar de permitirle más vida. Me contó de cómo calzarse o abrocharse los botones de la ropa constituían odiseas agotadoras. No entendía esa rebelión del cuerpo cuando la mente, al menos de forma aparente, le seguía funcionando igual que siempre. Temiendo que la disposición del cuerpo rebelde se cumpliera, le pedí un favor especial al final de nuestra plática: que se mantuviera vivo hasta diciembre en que bajaríamos a Miami. “Voy a tratar, pero no te lo garantizo”, fue su sombría respuesta antes de darme un abrazo oral y enviarle un saludo a Circe. Menos de una hora después, contraviniendo uno de los mandamientos de la religión que profesaba y contradiciendo el postulado martiano al respecto, sería él quien se rebelaría contra el cuerpo casi inservible que lo torturaba: el sol sustituido por un destello metálico en la sien. Pero quedó su obra toda, de luces más brillantes aún, y un legado combativo que, dignidad en ristre, ha sabido conjurar todas las muertes. Carlos Ripoll moriría en Coral Gables para vivir por siempre en Dos Ríos. Como dije en otra ocasión[13], me imagino que él y Martí ya se habrán conocido personalmente, extendidas sus manos francas. Porque es el caso que ambos, por encima de las limitaciones de tiempos, distancias y existencias, tienen mucho que hacer por Cuba. Todavía.

Miami, verano de 2012.



Publicado originalmente en Círculo: Revista de Cultura, Volumen XLII, 2013. Páginas 12-24. Luego en: Eduardo Lolo, La palabra frente al espejo y otros ensayos. (Miami, FL: Alexandria Library Publishing House, 2015.) págs. 203-220.






[1] Octavio R. Costa, “Carlos Ripoll y su fecunda devoción martiana.” Diario Las Américas, 23 de enero de 1991. También en: Su mano franca. Acerca de Carlos Ripoll. Ed. de Eduardo Lolo. Miami: Alexandria Library, 2010. Pág. 32.
[2] Algunos trabajos de Ripoll que tratan el tema son: Martí secreto (2000), Enfermedades y médicos de José Martí (2003) y José Martí: viajes y domicilios secretos (2005).
[3] José Martí. “Nuestra América”. Obras Completas. Vol. 6. La Habana: Editorial Nacional de Cuba, 1963. Pág. 18.
[4] Véanse mis trabajos: “José Martí en la obra de Carlos Ripoll”, Círculo: Revista de Cultura, Vol. 36 (2007), págs. 28-39 y “Cuba en la obra de Carlos Ripoll”, Círculo: Revista de Cultura, Vol. 38 (2009), págs. 18-29. También pueden verse en Su mano franca. Acerca de Carlos Ripoll. Ed. de Eduardo Lolo. Miami: Alexandria Library, 2010. Págs. 11-29 y 135-152, respectivamente.
[5] Carlos Ripoll, Martí y la melancolía. Nueva York-Coral Gables: Editorial Dos Ríos, 2011. Pág. 11.
[6] Véase el capítulo dedicado a Mariano Martí en: Carlos Ripoll, La vida íntima y secreta de José Martí. Nueva York: Editorial Dos Ríos, 1995.
[7] Carlos Ripoll, Martí y la melancolía. Nueva York-Coral Gables: Editorial Dos Ríos, 2011. Pág. 133.
[8] Ibid, pág 12.
[9] Ibid, pág 11.
[10] Ibid, pág. 176.
[11] Hay mucho escrito sobre Carlos Ripoll. A manera de ejemplo, véase la ya nombrada antología Su mano franca. Acerca de Carlos Ripoll. Ed. de Eduardo Lolo. Miami: Alexandria Library, 2010.
[12] La bibliografía de Carlos Ripoll es inmensa. Véase al respecto de Linda B. Klein, Carlos Ripoll. A Bibliography. New York: E. Torres & Sons, 1989. Hay una versión actualizada de 2002.
[13] Eduardo Lolo, “Ante la muerte de Carlos Ripoll.” Diario Las Américas, 5 de octubre de 2011. Pág. 7-A.

Wednesday, February 1, 2017

Chickering Hall: un templo cubano

En la segunda mitad del siglo XIX la emigración cubana en Nueva solía celebrar sus eventos más importantes en salones de alquiler. A falta de una sede social fija como el club San Carlos de Cayo Hueso o los varios clubes y fábricas de Tampa el uso de locales alquilados o prestados por otras instituciones resultaba bastante más conveniente. Según el historiador Enrique López Mesa a partir del estallido de la guerra de independencia de 1895 “donde se celebró la mayor parte y los más importantes meetings políticos de este período fue en el Chickering Hall (5ª. Ave. y Calle 18)”.
Chickering Hall en 1888


Dicho edificio fue hecho construir por la compañía de fabricantes de pianos Chickering &Sons. Con esto seguía el ejemplo de la competencia, la famosa empresa de fabricantes de pianos Steinway que en 1864 había estrenado en 71–73 East 14th Street una imponente construcción llamada Steinway Hall. En dicho edificio podían exhibirse hasta un centenar de pianos para la venta a lo que se añadió dos años después una sala de conciertos. A pesar de sus deseos de imitar a sus competidores no fue hasta el 15 de noviembre de 1875 que Frank Chickering, dueño de Chickering & Sons, consiguió estrenar su propio Chickering Hall.

Y lo hizo con un concierto del afamado y exigente pianista alemán Hans von Bulow. Por aprovechar la oportunidad única de que el famoso pianista iniciara su gira norteamericana con un piano Chickering en el auditorio de la compañía el concierto se celebró antes de finalizar la decoración interior del edificio. El edificio, construido en mármol y piedra roja conocida como brownstone, tenía cuatro plantas. Había sido diseñado por el arquitecto Robert B. Post y su auditorio, que ocupaba las plantas segunda y tercera tenía capacidad para mil quinientos espectadores.

Un hito en la historia de la sala fue la presentación del escritor Oscar Wilde el 9 de enero de 1882 quien dio inicio a su gira por los Estados Unidos con una conferencia a lleno completo sobre el renacimiento inglés. Entre los asistentes se encontraba el joven periodista de todavía 28 años José Martí quien escribió una hoy conocida reseña del evento que incluía esta descripción del auditorio:
“Es en Chickering Hall, casa de anchos salones, donde en Nueva York acude el público a oír lecturas. Es la casa de los lectores aristocráticos que ya gozan de fama y de fortuna para llamar desahogadamente a ella. En esas salas se combate y defiende el dogma cristiano, se está a lo viejo y se predica lo nuevo. Explican los viajeros sus viajes, acompañados de vistas panorámicas y dibujos en una gran pizarra. Estudia un crítico a un poeta. Diserta una dama sobre la conveniencia o inconveniencia de estos o aquellos trajes. Desenvuelve un filósofo las leyes de la filología. […] La sala está llena de suntuosas damas y de selectos caballeros. […] Los carruajes se agolpan a las puertas anchas de la solemne casa de las lecturas. Tal dama lleva un lirio, que es símbolo de los reformistas. Todas han hecho gala de elegancia y riqueza en el vestir. Como los estetas, que son en Inglaterra los renovadores del arte, quieren que sean siempre armónicos los colores que se junten en la ornamentación o en los vestidos, el escenario es simple y nítido”
En otras ocasiones Martí asistió a conferencias de alguno de los pensadores más "independientes, elocuentes o celebrados" del país o del famoso humorista Mark Twain que "ha sacado sus libros ya célebres del pecho mismo de los hombres". O describe el espectáculo en que podía llegar a convertirse una subasta de cuadros:
"Todo el señorío de Nueva York, para comprar o curiosear, espera pacientemente a que abran las puertas dei salón de Chickering. [...] Son las ocho. La sala está llena. Los catálogos, empastados de rojo, brillan entre los vestidos negros del concurso como manchas de sangre. Un cintillo de luces de gas da sobre el escenario, en cuyo fondo aguardan los cuadros su fortuna, ocultos tras las cortinas encarnadas. Ábrense las cortinas. El remate empieza"
Sin embargo, de los catorce discursos que se conservan de Martí ninguno de ellos fue pronunciado en Chickering Hall. En cambio sí hay constancia de que después de su muerte se celebraron varios homenajes en su memoria y al menos un par de ellos fueron presididos por la oratoria famosa de Manuel Sanguily: el pronunciado el 10 de octubre de 1895 y que llevaba por título “Céspedes y Martí” y el de la conmemoración del primer aniversario de la muerte del apóstol cubano el 19 de mayo de 1896.

En la revista Cuba y América editada en Nueva York por el destacado intelectual cubano Raimundo Cabrera se resumía en junio de 1898 la importancia de dicha institución para el exilio cubano:
“Chickering Hall; he ahí un nombre que recordarán siempre con amor todos los emigrados cubanos.
Sus localidades, innumerables veces, desde el comienzo de la Revolución, han sido ocupadas por ese público entusiasta en cuyos pechos vibran, enardecidos, los sentimientos de libertad y de odio contra los opresores de la patria. Oradores elocuentísimos han esparcido en su recinto ecos mágicos y sentidas y arrebatadoras imágenes.[…]
¡Cuántas veces el viajero de Cuba, ansioso por desahogar sus sentimientos en una pública asamblea ha acudido allí para acudir frenético sus palmas y llevar después a Cuba, a aquella atmósfera de opresión, el recuerdo indeleble que grabara en su memoria el magno espectáculo de esas manifestaciones libres y expansivas de los colonos en el seno de una nación hospitalaria!
Hoy, cuando los ensueños de ese pueblo heroico se ven al fin realizados, ¿de cuántos deseos, de cuántas esperanzas no son mudos testigos las molduras y adornos labrados del liceo que bien pudiéramos llamar, el Templo Cubano, y que quedará en Nueva York como memorial augusto de nuestras luchas angustiosas por la redención de la patria?
Si bien el edificio del Chickering Hall quedaba como testigo de tantos deseos y esperanzas patrióticas no lo fue por mucho tiempo. En 1901, al vencerse el contrato de arrendamiento sobre el terreno hecho por Chickering & Sons un cuarto de siglo atrás, el edificio fue vendido a una compañía de bienes raíces. Esta lo hizo demoler y en su lugar se construyó un edificio comercial de 11 plantas de ladrillo y piedra caliza que se conserva hasta hoy.
El Edifico poco antes de ser derribado

Imagen actual del sitio. Foto del autor. (Nótese que el edificio que se encuentra al lado derecho es el mismo que aparece junto al edificio original en la imagen anterior)



Thursday, January 12, 2017

ROSARIO REXACH (1912-2003)

PEDAGOGÍA Y LITERATURA RUMBO AL TIEMPO CIERTO

Por Eduardo Lolo

    
El autor junto a Rosario Rexach en el año 2000
  Ante el fallecimiento del destacado hispanista argentino Enrique Anderson Imbert, la Revista Hispania (Volumen 84, número 2, mayo del 2001) comenzó su entrega con una sección especial dedicada al conocido pedagogo y estudioso de nuestra cultura. La iniciaba un trabajo titulado “Enrique Anderson Imbert: notable escritor y profesor (1910-2000)” que, para alguien como yo con cierta experiencia en publicaciones, no podía ser otra cosa que una nota editorial a manera de introducción de la sección de homenaje referida. Comencé mi lectura pero, sin haber terminado todavía el cuarto párrafo, sentí que el texto se me hacía conocido. No podía serlo, obviamente. Tenía que ser entonces el estilo, la forma de articular ideas e imágenes, pausas y palabras. Y sin esfuerzo alguno pude identificarlo. Pensé entonces con sorna: “¡Quien escribió este editorial está copiando el estilo de Rosario Rexach!” Como los editoriales no se firman, no me tomé el trabajo de intentar descubrir quién era el autor o autora del ‘plagio’ estilístico que, continuando la lectura, se me hacía más evidente. El final de la pieza me deparó una sorpresa: no se trataba de un editorial, aunque se utilizó con tal intención un texto firmado. Y la persona responsable de semejante copia estilística, quien sin una sola referencia o nota de agradecimiento había estado utilizando alevosamente el estilo de Rosario Rexach, era nada más y nada menos que… Rosario Rexach.
      Cuba era una república adolescente cuando llegó a la vida, en una cuna humilde, la autora que nos ocupa. Habla muy bien de esa Cuba el hecho de que la joven Rosario, a pesar de su modesto inicio y su condición de mujer en un mundo donde todavía las mujeres eran ciudadanos de segunda clase, pudiera completar una sólida formación académica y ascender a los más altos peldaños de la escala cultural de su tiempo. Y es que en ese país imberbe era ya posible encontrar las semillas que, una vez germinadas, pondrían a Cuba entre las naciones latinoamericanas más destacadas de su tiempo. Aunque también las primeras cepas del virus que, a la postre, acabaría con la República misma. Rosario Rexach fue el producto feliz de esas semillas y luchadora infatigable contra ese virus.

            Su primer paso, como el de muchas intelectuales cubanas de la época, sería la Escuela Normal para Maestros. La formación allí recibida terminaría siendo no sólo un elemento fundamental de su vida, sino también de su estilo, como luego veremos. De estudiante universitaria, jugó un papel importante en la lucha contra la dictadura de Gerardo Machado y abrazó activamente los principios de igualdad y justicia que se convertirían en el punto cierto de todas sus partidas. De ahí que no extrañe el contenido de su primer trabajo publicado: “Orientación vocacional de la mujer en Cuba”, aparecido en el periódico El Mundo en 1938, donde aboga por el avance de la mujer cubana de entonces en el campo artístico y profesional. Pero posiblemente el punto culminante en su formación intelectual sería su asociación profesional con los educadores Roberto Agramonte y Jorge Mañach, conocidos estudiosos de Martí y personajes históricos ellos mismos dentro de la primera República de Cuba. Particularmente Mañach es considerado el mejor ensayista cubano del siglo XX, con una vasta obra que se resiste a perder vigencia y sigue apelando a los lectores actuales como lo hacía varias décadas atrás. Así, gracias a la plaza que ganara ‘por oposición’ en la Universidad de La Habana, Rosario Rexach tuvo el privilegio de beber directamente de una de las fuentes fundamentales de la cultura cubana. Y ser también su más cercano colaborador en proyectos pedagógicos tan avanzados que hoy en día se consideran modernos. Informa al respecto Patricia Pardiñas-Barnes:

…Rexach was among the first Cuban women involved with pedagogical applications of modern technology. Her voice was heard via CMQ radio waves from 1949 to 1953, where she participated in “long-distance learning” (in today pedagogical jargon) at La Universidad del Aire, opening the virtual classroom to as many Cubans as possible to present and discuss national identity concerns and cultural issues. La Universidad del Aire was a cutting-edge educational program created by Jorge Mañach, her mentor and university colleague.[1]

      Ese llevar la escuela más allá de las aulas tradicionales sería una constante en los esfuerzos de Rosario Rexach en la promoción de la cultura. De ahí que junto a figuras tales como Anita Arroyo y Elena Mederos –entre otras destacadas intelectuales cubanas de la época– haya sido parte activa de la Sociedad Lyceum de La Habana, organización privada sin fines de lucro dedicada al fomento de la cultura que se colocaría a la cabeza de las entidades culturales criollas de entonces y de la cual Rosario Rexach sería elegida Presidenta en dos oportunidades.
Caricatura de Rosario Rexach por Conrado Massaguer
      El posterior desplome de la República de la cual había sido producto arrojaría a Rosario Rexach a las siempre extrañas tierras del exilio. Desde el punto de vista intelectual tal experiencia no creo le haya sido del todo desconocida. Sus estudios de la vida y obra de Félix Varela y José Martí puede que ya le hubieran dado un atisbo de ese soñar sueños ajenos que es el exilio. De pronto la cubanía en la diáspora, que había sido hasta entonces objeto de estudio, se le convirtió en objeto de vida. Pero para Rosario Rexach, como para la mayoría de los exilados cubanos, Cuba en la lejanía se haría más Cuba aún.
      Ese ahondar en su identidad nacional y los fundamentos de su cultura no era nada nuevo en la obra de Rexach. El pensamiento de Varela y la formación de la conciencia cubana data de 1950, un enjundioso ensayo donde va identificando, con mirar a su alrededor histórico y cultural, elementos evidentemente entroncados en la obra del presbítero. Un poco más adelante, en 1954, publicaría El carácter de Martí y otros ensayos, uno de los trabajos individuales de más solidez intelectual de los editados con motivo del Centenario del Apóstol. Lógica continuación y profundización de ese ir a la semilla, aun lejos del tronco, serían estas cuatro colecciones de ensayos publicadas en el exilio: Estudios sobre Martí (1985), Dos figuras cubanas y una sola actitud (1991), Estudios sobre Gertrudis Gómez de Avellaneda. (La reina mora del Camagüey) (1996) y Nuevos estudios sobre Martí (2002), su obra póstuma.
      Llama la atención que tanto la primera como la última obra de la Rexach publicada en el exilio hayan sido estudios martianos. Pero no creo estemos en presencia de, simplemente, una afortunada coincidencia. El primero, con prólogo de Gastón Baquero, reproduce en su parte inicial el libro publicado en 1954 y que el gobierno castrista trató de hacer desaparecer, y reúne en la segunda nuevos ensayos sobre Martí escritos en el exilio. Nuevos estudios sobre Martí aparecería un año antes de la muerte de la autora, con prólogo de quien estas líneas suscribe. Forman esta postrer entrega 10 ensayos seguidos de dos trabajos menores y una bibliografía activa a manera de apéndices.
Median, entre la colección de ensayos martianos de 1954 y la del 2002, no sólo casi cinco décadas, sino también la distancia entre el dolor referido y el pesar conocido, entre el homenaje optimista y la historia repetida. En la primera compilación, se hace evidente que la autora es un producto tangible del martianismo –aunque incompleto– de la primera República de Cuba. Escribió las otras dos colecciones una seguidora de Martí en el exilio por la traición absoluta de ese ideario estudiado. Martí es el mismo e iguales las pupilas que lo escudriñan, sólo que en las recopilaciones editadas en el exilio son pupilas humedecidas. La Rexach escribió sobre Martí en Nueva York y en España mientras vivía desterrada ‒como el objeto de sus investigaciones e interpretaciones‒, en esos lugares. Así, estudió al Apóstol andando sobre sus huellas en la nieve neoyorquina, palpando en los muros antiguos de Madrid la superficie de los muros habaneros de su infancia y juventud. Como Martí casi un siglo antes, tuvo que hacer también una gran decisión. Y no dudó un instante: permanecer, sin componendas con el yugo, en el exilio. De paso siguió su vocación de maestra, incluso –como en La Habana– más allá del salón de clases, y con el mismo éxito. De ahí que, entre otros reconocimientos recibidos en el extranjero, haya sido elegida académica de número de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.
     
Pero esa mirada desde ‘afuera’ le permitió a Rosario Rexach conectar la historia pasada con la de su presente, al punto de casi borrar sus fronteras temporales. Nada sorpresivamente se percató de que la cultura cubana es un fluir que puede repetir, cíclicamente, la presencia de una figura que, pese a las diferencias físicas y epocales, representa un mismo elemento que trasciende. Tal es el caso de Félix Varela y Jorge Mañach, a quienes estudia y eslabona en su segunda colección de ensayos publicados en el destierro. Ve en ellos una sola actitud, producto en ambos de un tormento similar. De momento, Varela se desintoxica de pasado y emerge en Mañach. La Cuba de la Colonia se hace la Cuba del totalitarismo. Hay una misma actitud porque hay un medio similar y una valentía semejante para enfrentarlo. La Rexach los estudia y nos hace llegar a la conclusión de que semejante actitud está del todo vigente, de que en cualquier momento daremos la bienvenida a un nuevo Varela-Mañach. Y algo de eso me permito conjeturar andaba en su mente cuando escribió la dedicatoria del libro. Sus trabajos anteriores habían sido dedicados a afectos de su entorno familiar: a la memoria de sus padres, a su hermano Eduardo, a sus sobrinas-nietas. Aquí reza: “A la memoria de Reinaldo Arenas, buen amigo, gran cubano y excelente escritor.” ¿Acaso el libro no trataba de Varela y Mañach, buenos amigos, grandes cubanos y excelentes escritores?
      La tercera compilación de ensayos como que continúa la labor iniciada con su artículo de 1938 ya nombrado y su faena en la Sociedad Lyceum: el desarrollo de la mujer en la cultura. Sólo que aquí trata de ilustrar con el mejor ejemplo cubano tal mundo de posibilidades. Sus estudios sobre la Avellaneda, con prólogo de Marina Gálvez Acero, la acercan a esa mujer en la cultura que es la propia Rexach y exhorta implícitamente a las demás mujeres cubanas a traspasar el umbral. Juzga así la colección su prologuista:

A pesar de su brevedad, los artículos aquí recogidos ofrecen una excelente lectura de la Avellaneda. Del más pequeño acontecimiento a la más amplia panorámica, todas sus referencias de-muestran un amplio y maduro conocimiento de la obra y personalidad de la escritora cubana. Las sabias intuiciones que los van salpicando sugieren además nuevas perspectivas de análisis o re-velan los hilos que van uniendo unas obras con otras o los temas auténticos que se esconden tras las respectivas anécdotas.[2]

Para señalar de inmediato que “Y es que, salvando las distancias temporales y la anécdota más personal, existe un cierto paralelismo entre la ensayista y la autora analizada, que se traduce en la perfecta sintonía que todo buen análisis demanda.”[3] No en balde pudo Rosario Rexach estudiar con tanto conocimiento de causa la nostalgia de Cuba en la obra de la reina mora del Camagüey. Era, en definitiva, su propia nostalgia.
      Las cinco colecciones de ensayos nombradas, no obstante la importancia que le han reconocido los numerosos críticos que las han reseñado, sólo recogen una parte de los estudios de la Rexach publicados en periódicos y revistas especializadas de varios países. Una incompleta lista de sus publicaciones cubre varias páginas de apretado texto. Sus trabajos han aparecido en revistas tan prestigiosas como Cuadernos Americanos, la Revista de la Universidad de La Habana, Cuadernos Hispanoamericanos, Revista Hispánica Moderna, Revista Cubana, Revista Ínsula, Anales de Literatura Hispanoamericana, Hispania, Círculo: Revista de Cultura, Linden Lane Magazine, etc. Otros han sido publicados en memorias de conferencias y congresos de importancia. Una rápida lectura de los mismos llama la atención por la versatilidad y amplitud de los temas tratados. Baste señalar “La novela como género literario” y “Texto y contexto venezolanos en los cuentos de Rómulo Gallegos”, en que la autora se lanza fuera de la cultura cubana y entra de lleno en el campo teórico o foráneo, pero con esa profundidad en el análisis a que nos tiene acostumbrados.
En todos los casos se trata de estudios que se caracterizan por la seriedad y hondura de su investigación previa y el acabado artístico de su presentación. Todos emprenden y concluyen un viaje al ánima y al pensamiento del autor o la pieza estudiada mediante un estilo único, fácilmente identificable, como me sucediera en la anécdota que narro al inicio.

Esa personalidad estilística es, precisamente, uno de los relieves más destacados de la obra de esta autora. Algo nada común, por cierto. En efecto, la prosa ensayística –y particularmente la crítica literaria– es un género donde son muy pocos los que logran encontrar y desarrollar un estilo propio que permita la identificación autoral de un texto mediante una primera lectura. Tal parece que la poesía y la narrativa son géneros más propicios a la creación de esos ‘sellos’ personales que aparecen en las obras representativas de poetas y narradores conocidos. O que nos basta con una construcción decorosa y un uso adecuado del idioma. El contenido, donde volcamos nuestros casi siempre agónicos descubrimientos e interpretaciones, como que nos encandila en el acto de la escritura. Creamos el texto como ansioso vehículo de comunicación del resultado de nuestros hallazgos y respuestas, olvidando muchas veces que al escribir sobre literatura utilizamos un género que es también literario: el ensayo, propenso a la belleza y a la creación artística con no menos posibilidades que el teatro o la poesía.
      Rosario Rexach es una excepción. Su prosa ensayística es literatura, aun cuando sea la propia literatura su contenido. Nos habla del arte de otros mediante su propio arte, como si las olas comentaran el mar o el frío la nevada. Forma y contenido van de la mano hasta el fondo de la idea y el alma del texto estudiado, conformando sus propias alma e idea en tanto que nuevo texto literario. De ahí esa voz personal que desarrolló al estudiar otras voces. Porque es el caso que Rosario Rexach escribía ‘a la Rexach’, en fórmula que se completa cuando el receptor disfruta tanto lo que recibe como la forma en que lo recibe.
Tal voz propia se caracteriza, entre otras cosas, por una marcada añadidura de elementos ‘orales’ al texto gráfico. La escritora comparte su espacio con la maestra, como si el aula tomara por asalto la página desprevenida. En consecuencia, Rosario Rexach se lee y se ‘oye’ al mismo tiempo. Oraciones de cierta longitud son interrumpidas por cláusulas breves de indudable oralidad. La autora las utiliza a veces como conclusión o reafirmación de un contenido, como cuando asevera “Se comprende.” o “Así es.” o un escueto “Comprensible.” Otras veces actúan como pórticos a la idea a desarrollar, como al anunciar “Me explico.” o “Pero, cuidado.” Completada la idea, en ocasiones la da por terminada con expresiones tales como “No insisto más.”, “A qué seguir.”, etc. O concluye con un lacónico “Termino. Nada más.”, cuando en realidad sabía que no había terminado, que había mucho más: esa cascada de ideas e inquietudes que deja en el lector una vez concluida la lectura.
En otras oportunidades invierte la fórmula y añade a las cláusulas pequeñas una alta carga literaria. Se trata de una unión de sonido y grafía en la palabra escrita que parece utilizada, en ocasiones, como la búsqueda de un camino distinto por el que llegar a un sitio ya conocido. Por ejemplo, analizando el cuento de Rómulo Gallegos “Paz en las alturas”, luego de citar un fragmento del mismo de largas oraciones, lo concluye e interpreta así: “Es decir, no pena o piedad. No angustia desvelada. Sólo rencor. Y esto en una madre. Casi parece imposible creerlo. No hay por qué seguir.”[4] En otros ejemplos, como que recuerdan el fluir de la conciencia, aunque sin el hoy manido recurso de la omisión de los signos de puntuación. Es la Rexach pensando con todos sus puntos y sus comas, sólo que a través de la lectura descubrimos que habíamos estado pensando lo mismo, aunque probablemente incluso sin palabras definidas, en ese lugar del pensamiento inefable que llamamos alma. Véase el siguiente ejemplo de su epílogo a Dos figuras cubanas y una sola actitud:


Jorge Mañach
Jorge Mañach ha muerto. Y ha muerto increíblemente en el exilio. En un exilio por demás doloroso. Los anteriores no habían sido realmente exilios. Eran otra cosa. Eran suceso exterior. Pura peripecia. El alma no estaba comprometida en ellos de la misma manera. Habían sido exilios debidos siempre a la falla de un mecanismo exterior. Y en tal sentido dejaban intacta la esperanza y fuerte la ilusión. El de ahora es otra cosa. Es un exilio de intimidad. Yo sé que la frase casi parece un sinsentido. Pero es así. Pues todos, quien más, quien menos, somos exiliados de una gran ilusión. Jamás pudimos presentir por eso que fuera tan desoladora la realidad que tendríamos que confrontar. Y exigía una fortaleza de titanes. Muchos han caído en el camino. Pero el más ilustre ha sido y será, seguramente, Jorge Mañach.[5]

      Pero aunque el ensayo es, por antonomasia, el género que todos asociamos con Rosario Rexach, no es el único que cultivó. Mucho antes de que se pusieran de moda en la narrativa femenina las combinaciones inter-genéricas no tradicionales (tales como novela y recetas de cocina, o narrativa y letras de canciones), la autora que nos ocupa dio a conocer su novela Rumbo al punto cierto (1979), en que une la narrativa con el sub-género en el cual ya había alcanzado una inusitada maestría: la crítica literaria. El leer aparece en la novela como parte de la trama. Es una pieza hecha con lecturas y referencias a otras obras de ficción; una narración que se narra ella misma y, luego, se estudia con ojo crítico. Los personajes van desenvolviendo el llamado “boom” de la narrativa hispanoamericana sin que por ello se prescinda de autores tales como Calderón, Martí o Campoamor. En la novela los personajes tienen la lectura como parte de la acción: se vive y se lee, se lee y se vive, sin que quede del todo claro si en su orden natural o si se lee la vida al tiempo que se vive la literatura. El protagonista inicial, a diferencia de lo que podría esperarse de una narradora femenina, es un hombre: el escritor que se propone escribir la novela que parte de la novela que vamos leyendo, las cuales, al final, se tornan una sola. La completa su devenir como obra una vez desaparecido el autor, su recepción por el personaje que le diera vida, y su estudio. Vuelve la ficción a la vida, todavía dentro de la ficción; novela que se desnovela para novelarse, como si hubiese que desvivir la vida para vivirla plenamente. Odón Betanzos habla, con relación a Rumbo al punto cierto de “personajes ficticios que viven y se enlazan con los de carne y hueso”[6]. La dificultad reside en separar los unos de los otros. En tanto que exilados cubanos (porque se trata de una novela del exilio) nunca sabremos si terminamos leyendo la vida o viviendo esta novela que se resiste a ser encasillada. Para su protagonista, Roma es el punto cierto al que nunca llega. Conjeturo que puede haber tantos puntos ciertos como lectores se adentren en esta narración. O un mismo volar rumbo al mismo punto cierto de todos los desarraigos. Al que siempre o nunca habremos de llegar.
De izquierda a derecha: Angela Dellepiane, Antonio R. de la Campa, Julio Hernández-Miyares, Rosario Rexach y el autor

      Corroboramos entonces que estamos frente a la obra de una autora que supo moverse, con maestría inusitada, en géneros diversos que, a la postre, logró fusionar en felices experimentos que hoy quedan de precursores de reconocidos intentos posteriores. Sus ensayos tienen de literatura la belleza de su confección; su literatura de ficción, la seriedad del ensayo. Como elementos comunes se imponen la profundidad, la honestidad, y la intención de servicio en ese “arte de enseñar a pensar” que le reconociera Baquero. En el proceso resultante la palabra escrita se acicala de oralidad y la comunicación oral se engalana de grafía. La escritora y la maestra conviven y se complementan en cada texto: la página como aula compartiendo historia con la escuela como libro. Pedagogía y literatura que, hermanadas, recorrieron junto a Rosario Rexach un mismo camino rumbo al tiempo cierto; que es decir, rumbo al tiempo de todos los tiempos.

Una versión inicial de este trabajo apareció en Círculo: Revista de Cultura. Vol. XXXI, 2002. Páginas 9-17.



OBRAS CITADAS

Baquero, Gastón. “Invitación al viaje (otra vez) hacia José Martí.” En: Rosario Rexach, Estudios sobre Martí. Madrid: Playor, 1985. 7-11

Betanzos, Odón. Texto de solapa en: Rosario Rexach, Rumbo al punto cierto. Madrid-Nueva York: Editorial Mensaje, 1979.

Gálvez-Acero, Marina. “Introducción.” En: Rosario Rexach, Estudios sobre Gertrudis Gómez de Avellaneda. (La reina mora del Camagüuey). Madrid: Verbum, 1996.11-15.

Pardiñas-Barnes, Patricia. “Letters from Harvard. Enrique Anderson Imbert (1910-2000) and Rosario Rexach (1912-). A generational account of an epistolary friendship).” Hispania 84.2 (May 2001): 157-180.

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 Idem. Dos figuras cubanas y una sola actitud. Miami: Universal, 1991.




[1] Patricia Pardiñas-Barnes, “Letters from Harvard. Enrique Anderson Imbert (1910-2000) and Rosario Rexach (1912-). A generational account of an epistolary friendship).” Hispania 84.2 (May 2001). Page 160.
[2] Marina Gálvez-Acero,  “Introducción.” En: Rosario Rexach, Estudios sobre Gertru-dis Gómez de Avellaneda. (La reina mora del Camagüey). Madrid: Verbum, 1996. Páginas 14-15.
[3] Idem. Página 15.
[4] Rosario Rexach, “Texto y contexto venezolanos en los cuentos de Rómulo Gallegos.” En: Relectura de Rómulo Gallegos. Caracas: Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, 1980. Pág. 298.
[5] Idem, Dos figuras cubanas y una sola actitud. Miami: Universal, 1991. Pág. 236.
[6] Odón Betanzos, texto de solapa en: Rosario Rexach, Rumbo al punto cierto. Madrid-Nueva York: Editorial Mensaje, 1979.



BIBLIOGRAFIA PARCIAL

LIBROS


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ENSAYOS APARECIDOS EN LIBROS

(COMPILACIONES, MEMORIAS DE CONGRESOS, ETC.)

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“El proceso antiesclavista en Cuba: de la emoción a la codificación.” Actas del XXVIII Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, 1994. Págs. 461-468.

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“Lydia Cabrera, persona.” En: En torno a Lydia Cabrera. Ed. de Isabel Castellanos y Josefina Inclán. Miami: Universal, 1987. Págs. 65-67.

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“Nostalgia de Cuba en la obra de la Avellaneda.” En: Homenaje a Gertrudis Gómez de Avellaneda. Ed. de Rosa M. Cabrera y Gladys Zaldívar. Miami: Ed. Universal, 1981. Págs. 265-280.

“Prólogo” a: Alejo Carpentier: estudios sobre su narrativa, de Esther Mocega-González. Madrid: Playor, 1980. Págs. 9-17.

“Los ensayistas de la Revista Avance: Francisco Ichaso.” Actas del VI Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, 1980. Págs. 593-596.

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“El Siglo de las Luces: biografía de una ilusión.” Actas del XVII Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, 1978. Págs. 511-528.



ENSAYOS Y ARTÍCULOS APARECIDOS EN PERIÓDICOS Y REVISTAS

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“La descripción en la prosa de Jorge Mañach.” Círculo: Revista de Cultura (EE.UU.), Vol. XXVIII, 1999. Págs. 129-136.

“Homenaje a José Antonio Saco. Comentario a su Historia de la esclavitud.” Círculo: Revista de Cultura (EE.UU.), Vol. XXVII, 1998. Págs. 57-64.

“Heredia como crítico literario.” Círculo: Revista de Cultura (EE.UU.), Vol. XXVI, 1997. Págs. 149-157.

“El periodista que fue José Martí: cómo se gestó.” Círculo: Revista de Cultura (EE.UU.), Vol. XXV, 1996. Págs. 169-176.


“Susana Redondo y su obra en ColumbiaUniversity.” Revista Hispánica Moderna (Nueva York), Vol. XLIX, Núm. 2, diciembre 1996. Págs. 202-210.

“Reseña del libro La raíz y el ala, por José Olivio Jiménez.” Revista Iberoamericana, Núm. 174, enero-marzo 1996. Págs. 286-289.
“José Martí en 1894: Concreción y consagración de una vida.” Cuadernos del Lazarillo (España), No. 9, septiembre-diciembre 1995. Págs. 30-34.

“Roberto Agramonte: maestro y ejemplo.” Círculo: Revista de Cultura (EE.UU.), Vol. XXIV, 1995. Págs. 27-35.

“Pedro Blanco, el negrero: ¿novela o biografía novelada? Valores históricos y literarios. Revista Iberoamericana (University of Pittsburgh, Pennsylvania), 1995. Págs. 203-210.

 “El Círculo de Cultura Panamericano y sus treinta años de servicio a la cultura hispánica.” Círculo: Revista de Cultura (EE.UU.), Vol. XXIII, 1994. Págs. 9-15.

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