Sunday, December 10, 2017

Muere en Nueva York la poeta cubana Alina Galliano

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Diario de Cuba publicó la noticia días atrás:
La poeta cubana Alina Galliano falleció el pasado jueves en Nueva York a causa de una infección intestinal, informaron sus amigas, la también poeta Magali Alabau y la escultora, pintora y fotógrafa Gladys Triana.
Galliano, con más de 20 poemarios publicados, nació en Manzanillo, Granma, en 1950. Salió de Cuba a los 16 años para España. Más tarde viajó a Nueva York, EEUU, donde residía actualmente.
Entre los títulos de poesía publicados por Galliano se encuentran Entre el párpado y la mejilla (1980) y Hasta el presente (Poesía casi completa) (1989).
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Saturday, December 9, 2017

FRANCISCO MORÍN, NUESTRO PROMETEO

Por Norge Espinosa*

A casi cien años de edad acaba de morir en Nueva York el teatrista cubano Francisco Morín, uno de los nombres más importantes de la escena nacional en el siglo XX. Fundador del grupo Prometeo, así como de la revista de igual nombre, a fines de la década del 40, fue uno de los más persistentes defensores de un teatro de arte en la capital de la Isla. Alumno de la generación inicial que se graduó de la Academia de Arte Dramático de La Habana, estudió allí junto a Adolfo de Luis, y otras figuras no menos cruciales en la búsqueda posterior de un teatro moderno entre nosotros, que se alejara del espíritu de lo sencillamente comercial o siguiera patrones ya gastados. A él se debe, entre otras cosas, el estreno de Electra Garrigó, la pieza de Virgilio Piñera que instauró la modernidad en nuestro ámbito escénico, y que desató una polémica en las páginas de la propia revista Prometeo que visibilizó las nuevas y viejas tensiones de nuestra cultura hacia lo nuevo, la tradición y el rol del crítico.
Morín insistía en que hubiese o no público, la representación no se suspendiera en la pequeña sala de Prometeo, donde siempre tuvo como importante colaborador al diseñador Andrés García. Muchos actores y actrices se forjaron con él, y con montajes como Las criadas, de Jean Genet, en 1954, consiguió elogios y reconocimientos que lo destacaban en aquel panorama en el que se hacía este tipo de teatro con mucho sacrificio. Berta Martínez, Myriam Acevedo, Ernestina Linares, Eduardo Moure, Helmo Hernández, Dulce Velazco, la española Adela Escartín, Lilian Llerena, Asseneh Rodríguez, Roberto Blanco… fueron algunos de los intérpretes que aparecían en el elenco de Prometeo, en piezas de autores tan exigentes como Camus, Coccioli, O´Neill, o cubanos como Virgilio, Carlos Felipe o Antón Arrufat, de quien dirigiera El vivo al pollo. Su teatro llamaba la atención por reducirse a los elementos estrictamente necesarios: un teatro esencial, dijo él para calificar su búsqueda, en la cual la figura central era siempre el actor.
En 1970, tras desencantarse del proceso revolucionario, abandona Cuba rumbo a España. Desde ahí continúa su exilio hacia Estados Unidos, donde finalmente se radica. No dejará de hacer teatro durante un tiempo, y en Miami, una de sus más fieles discípulas, Teresa María Rojas, animó durante años un nuevo Teatro Prometeo. A instancias de amigos y conocidos, redactó sus memorias: Por amor al arte, que apareció en Ediciones Universal, y que se convierte en un libro imprescindible para seguir el día a día de varias décadas de trabajo escénico, entre 1940 y su fecha de salida de la Isla. Libro fiel a su carácter, es un retrato al mismo tiempo de esa época y de quien lo escribió. Cuando le conocí, en una fría mañana de New York en la que, a pesar de sus años, insistió en ir a verme en lugar de que yo me acercara a su casa, podía citar con precisión fechas, anécdotas y nombres. El teatro era su mundo, el teatro cubano que él vio y animó. Creo que hasta el momento de su muerte, con 99 años, siguió siendo fiel a ello.
Con Morín la cultura cubana pierde a un veterano de sus batallas teatrales. De él aprendieron Roberto Blanco, Berta Martínez y muchos más. Su legado, a favor de un teatro donde la calidad del libreto fuera importante, y donde el trazado sicológico de los personajes no fuera opacado por otros elementos, perdura en el misterio que alimentó otras poéticas a través de esos discípulos. Quiso que en La Habana se vieran las obras más interesantes y curiosas, lo mismo que en París, New York o Buenos Aires. Con él llegaron a nuestra cultura, por vez primera, importantes obras de la postguerra. Fundó, animó y siguió siempre dando sus criterios, a veces tajantes, sobre lo que pensaba. Cuando muchos le daban ya por acabado, en los años 60, sorprendió a todos con una puesta que hizo decir al no menos tajante Virgilio: “Morín sigue teniendo duende”. Ese duende acaba de morir. Pero como las imágenes a las que mucho tiempo después Roberto Blanco rindió tributo con su montaje de Electra Garrigó, nos alientan desde una escena que no puede prescindir de su legado.

*Escritor y dramaturgo cubano.

Friday, December 8, 2017

NOTA DE DOLOR: FALLECE EL DR. SALVADOR LARRÚA GUEDES

Salvador Larrúa (izquierda) momentos antes de que Eduardo Lolo presentara uno de sus libros en 2016.
Por Eduardo Lolo

El Dr. Salvador Larrúa Guedes, uno de los historiadores cubanoamericanos más importantes de las últimas décadas, falleció en la ciudad de Miami al mediodía del 7 de diciembre. Había nacido en la ciudad de Camagüey el 29 de mayo de 1942 y se caracterizó por una prolífera obra historiográfica y una sólida fe religiosa católica que le valió la persecución del gobierno castrista, a resultas de la cual partiría finalmente al exilio.

En Cuba fue periodista a cargo de la Sección de Economía de la revista Palabra Nueva (órgano del Arzobispado de La Habana), colaborando con temas de Historia, Historia de Cuba, e Historia de la Iglesia. Fue, simultáneamente, Profesor del Seminario Mayor de San Carlos y San Ambrosio de La Habana, así como Director, profesor y fundador de la Cátedra de Humanismo y Sociedad del Convento Dominico de San Juan de Letrán, de la misma ciudad.

Como investigador histórico, ya desde su país natal se caracterizó por un profesionalismo de alto calibre, como demostró en la ampliación y reconstrucción del Archivo Histórico de los PP. Dominicos, la catalogación y clasificación de la Biblioteca de la Iglesia Merced, su Museo y su Archivo Histórico, la reconstrucción y ampliación del Archivo Histórico de la Casa Central de los Padres Paúles en Cuba y del Archivo de la Delegación Franciscana de Cuba, etc.

Una vez en el exilio, fue Director del Centro de Estudios de la Florida Colonial Hispana y de su Archivo Histórico (el mayor Archivo Histórico Colonial de EE.UU.) y Director de la Revista Herencia Colonial de la Florida. Se destacó, asimismo, como Miembro y asesor histórico de la Comisión de Canonización de los Mártires de la Florida. (Martyrs of Florida Missions).

Como escritor, Larrúa fue autor de casi medio centenar de libros, la mayoría de ellos de temas históricos relacionados con la Iglesia Católica en Cuba y la temprana y determinante presencia hispana en la Florida. Entre ellos cabe destacar Grandes Figuras y Sucesos de la Orden Franciscana en Cuba, Historia de la Virgen de la Caridad del Cobre, Reina, Madre y Patrona de la Isla de Cuba e Historia de la Florida Colonial Hispana. Su última obra publicada se titula Juan de Miralles. Biografía de un Padre Fundador de los Estados Unidos, con la que continuaba su esfuerzo por dar a conocer la presencia determinante de los hispanos en el país que lo acogía. Al morir deja inédita, entre otras obras, una voluminosa Historia de la Iglesia Católica en Cuba de 5 tomos.


Su importancia en el campo de la historiografía hispana fue reconocida allende los mares. De ahí que haya sido condecorado con la Cruz Oficial de la Real Orden de Isabel la Católica, investido Comendador de la Imperial Orden Hispánica de Carlos V, y electo Académico Correspondiente en los EE.UU. de la Real Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras, entre otros muchos premios y distinciones.


Le sobreviven su esposa Noemí García, su hija Vivian Larrúa y varias nietas. A todas ellas, nuestras condolencias y los deseos de un descanso eterno para Salvador. Cuba, la Florida y el Catolicismo pierden con su partida a uno de sus más destacados y fecundos estudiosos.


Wednesday, December 6, 2017

Memorias de Martín Díaz Tamayo

Ediciones Universal de Miami, editorial decana del exilio cubano anuncia la aparición del nuevo libro “Cuba: la revolución de1933, el golpe de estado de 1952 y la represión del comunismo” que lleva como subtítulo “Memorias del Mayor General Martín Díaz Tamayo”. El libro lleva la firma del historiador Antonio Rafael de la Cova.
“Sus memorias relatan sus relaciones con Batista durante 25 años, señalando como llegó a ser el líder militar de la Revolución de 1933 y detalla la planificación durante seis meses del golpe de Estado de 1952 y su realización. Díaz Tamayo era el jefe del Regimiento No. 1 en Santiago de Cuba el 30 de noviembre de 1956 cuando el alzamiento rebelde y el desembarco de Fidel Castro con la expedición del Granma dos días después. Describe como se sofocó la insurrección y por qué Castro sobrevivió y triunfó dos años después. También explica la fundación del BRAC y su ineficacia. El general participó a fines de 1958 en una fallida conspiración de la CIA para capturar a Batista con unos treinta oficiales del campamento Columbia y miembros del Movimiento 26 de Julio que planeaban un gobierno de transición. En el exilio colaboró con la CIA para derrocar al régimen comunista entre1959 y1962” 

Antonio Rafael de la Cova nació en La Habana en 1950 y salió al exilio en 1961. Tiene un doctorado en Historia de West Virginia University(1994). Actualmente imparte clases en la University of South Carolina-Columbia. Es autor de Cuban Confederate Colonel: The Life of Ambrosio José Gonzales (2003), The Moncada Attack: Birth of the Cuban Revolution (2007), Colonel Henry Theodore Titus: Antebellum Soldier of Fortune and Florida Pioneer (2016), La guerra aérea en Cuba en 1958: Memorias del Teniente Carlos Lazo Cuba(2017), y más de una docena de ensayos sobre historia de Cuba.
  
Martín Díaz Tamayo (1904-1995) campesino pinareño analfabeto que ingresó en el ejército a los 16 años de edad  y ascendió hasta lograr el rango de mayor general. Durante su carrera militar participó en la Revolución del 4 de Septiembre de 1933, en el golpe de Estado de Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952 y fue escogido por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) norteamericana en 1955 para dirigir el Buró Para la Represión de las Actividades Comunistas (BRAC). 

El libro puede adquirirlo aquí.

Thursday, November 30, 2017

40 velas en el cake del exilio (cumpleaños de El Super)

Un artículo del periodista Luis Leonel León sobre el cuarenta aniversario de El Súper, obra de teatro de Iván Acosta, miembro de nuestra academia. El artículo ha aparecido hoy mismo en el periódico venezolano El Nacional. Los dejamos con los primeros párrafos. ¡Felicidades Iván!:
40 velas en el cake del exilio (cumpleaños de El Super)

Por Luis Leonel León 
Si fuéramos a dramatizar esta escena me gustaría comenzarla así: el autor sujeta entre sus manos un gran pastel de cumpleaños con forma de máquina de escribir (una dulce copia de la que guarda en su librero, la primera que le compró su padre). Ha pasado el tiempo, pero a no ser por estas inusuales y merecidas celebraciones, ni él ni sus personajes se percatan de las 40 velas encendidas sobre un hermoso cake hecho en casa, en un hogar de exiliados cubanos, en un piso 42, en la Gran Manzana, donde Iván Acosta vive desde hace más de medio siglo. Casi toda su vida.
Allí, en Manhattan, escribió y estrenó en 1977 El Super, un clásico de la creación cubana. No solo de su larga e incomprendida diáspora: seres con el alma partida en dos, cuyas memoria e ilusiones retratan esta encantadora obra. Un destino del que no ha podido huir Acosta. Al contrario, ha sido el centro de sus invenciones, de su cotidianidad, aun después de tanto tiempo.
Durante cuatro décadas El Super ha demostrado poseer el raro don de escapar de sus páginas, del escenario o la pantalla, para instalarse en la –no menos teatral– realidad, desde donde una vez saltara a cautivar y sacudir la imaginación de su autor, testigo y protagonista de estas vivas escenas, esta cadena de sentimientos que parecieran condenados al eterno retorno. Muchos de los sueños y vivencias del artista multifacético que es Acosta, auténtico cubano de Nueva York, habitan el ADN de sus personajes. Antihéroes nostálgicos del desarraigo, que acuden a los dispositivos del humor como salvación ante los sueños imposibles, lo aterrador de cargar con el absurdo real, diario, violento, casi poético, de esa maleta vacía que siempre es el exilio.
El éxito de El Super se deberá siempre a la sencillez del texto, construido con situaciones y diálogos que nacen de la verdad, que no busca llamar la atención con hojarascas sino contar una historia real a través de personajes auténticos. De ahí que su estreno, dirigido por Acosta, conquistara en 1978 los más importantes premios ACE (Asociación de Cronistas del Espectáculo) de Nueva York en el apartado de teatro: mejor obra y mejor dirección, y colocara a su joven escritor-director entre los más interesantes dramaturgos cubanos e hispanos en Estados Unidos.
La película El Super (1979), primer largometraje de ficción de León Ichaso y Orlando Jiménez Leal, rodada en un sótano neoyorquino con casi el mismo elenco del montaje teatral de Acosta, es una perfecta traducción de la obra, desde el abordaje de las situaciones y los diálogos hasta el desempeño de los personajes. Sin duda es una de las mejores adaptaciones cinematográficas del teatro cubano. No en balde acaparó una veintena de premios internacionales, entre ellos el Gran Premio del Festival de Manheim, el Premio de la Association des Cinémas d’Art et d’Essai en el Festival de Biarritz, fue seleccionada como la Mejor Película del Año por la ACE de Nueva York, se exhibió en el prestigioso ciclo New Directors/New Films del Museo de Arte Moderno (MOMA) de Nueva York, y fue acogida en célebres festivales como los de Venecia, Montreal y Los Ángeles.
Esta tragicomedia (estatus del alma tan isleño, tan cubano) refleja cabalmente, entre risas, penas y anhelos, la experiencia de los desterrados de la mayor de las Antillas Mayores, luego de que en 1959 la llamada “revolución cubana”, que no es más que el castrismo, se sembrara en el poder y en el subconsciente colectivo de una nación herida, fragmentada, vilipendiada, incomprendida, incontada, en larguísima fuga. Tanto el texto como la película y los montajes teatrales que se han realizado de El Super amparan esa lectura, esa arcana emoción de saberse un antihéroe, casi feliz, casi héroe.
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El eufemismo que me atiende…

El académico de la AHCE Alejandro González Acosta nos envía esta reseña de la antología El compañero que me atiende editada por el también miembro de la AHCE Enrique Del Risco:

El eufemismo que me atiende…

Alejandro González Acosta, Ciudad de México

Lichi[1] me contó, que la última vez que estuvo en Cuba[2], fue a visitarlo a su casa un coronel del G-2, hermano de un famoso historiador cubano muy amigo, residente en México. Entre tragos y ya en confianza, Lichi le preguntó: “Ven acá, chico, aquí entre nosotros: seguramente ustedes me tienen cableao[3] por todas partes, ¿verdad?” “No, Lichi –le respondió el otro- no hace falta, porque nosotros ya sabemos cómo piensas tú y hasta lo publicas…” “Además -agregó el seguroso- ya no tenemos la técnica[4] de antes, cuando estaban los bolos[5]: ya nos queda muy poquita en buen estado… Y la poca que tenemos, se la ponemos a los del Comité Central, porque de esos sí nos interesa saber qué están pensando y planeando…”
Quizá sea una más de las tantas fabulaciones de Lichi, pero sospecho que esta fue cierta.
Me vino la anécdota a la memoria ahora que recién se publicó El compañero que me atiende (Hypermedia, 2017), la compendiosa y oportuna compilación que ha reunido como Editor el historiador cubano exiliado en Nueva York, Enrique del Risco (“Enrisco” para los cercanos).
Como tantas otras frases comunes en la isla, quizá este título escape a la cabal comprensión de cualquiera que no sea cubano, y no haya pasado al menos una parte de su vida en ella durante los últimos 60 años. “El compañero que me atiende” puede ser, para los extraños, algún mesero, un mecánico, un empleado cualquiera, que con gentil y fraternal camaradería nos procura algún servicio o producto. Pero, entre cubanos, sabemos que esto no es así, ni mucho menos.
Así como entre los “logros” de la “revolución cubana” se exhibió con orgullo que cada niño tuviera su maestro y cada enfermo su médico, pues también cada ciudadano cuenta con su propio policía, solícito y atento a cuando diga, escuche y piense. Ese personaje ubicuo y omnipresente, casi omnisciente y pretendidamente omnipotente, es, a fin de cuentas, “el compañero que me atiende”. En un sistema totalitario como el cubano actual, donde “todo lo que no está prohibido es obligatorio”, es normal que la mitad de la población vigile a la otra mitad, y aún entre ella misma no se pierdan paso ni pisada. Porque algo realmente monstruoso que escapa a la comprensión del resto del mundo “normal” (Cuba hace mucho tiempo que ya no es un país “normal”) es que ese “compañero que me atiende”, tiene, a su vez, su propio “compañero que lo atiende”, y este también cuenta con otro “compañero que lo atiende” … en una sucesión ininterrumpida e infinita, hasta llegar a la cúspide de la pirámide donde está ese Gran Hermano que vigila a todos y, quizá, hasta a sí mismo, se ocupa mirándose en un sospechoso espejo delator. Todo es posible en ese surrealismo caribeño.
Enrique del Risco entiende esto perfectamente, y por eso su pertinente comentario sobre El Proceso y El Castillo del célebre y profético autor checo, que incluye en su pórtico prologal. Se ha dicho, y no como chiste, que “de haber nacido en Cuba, Kafka habría sido un escritor costumbrista”. Para los cubanos modernos, la suma de El Proceso y El Castillo tiene un sólido y macabro símbolo arquitectónico: Villa Marista, el “home sweet home” de todos los “compañeros que atienden”.
Si alguien sabía bien de ese tema del “compañero que me atiende” era Lichi: su famoso Informe contra mí mismo no es más que la respuesta que al cabo de los años y del hastío, le dio al seguroso que fue a contratarlo para que vigilara a su propia familia. Este asunto del espionaje ciudadano es casi un género en la literatura cubana opositora: Antes que anochezca, de Reinaldo Arenas, sería otra respuesta a “ese compañero que me atiende”. Y Contra toda esperanza, de Armando Valladares, también. Y Todo el mundo canta, de Rafael E. Saumell. Y Fuera del juego (aunque en este habría que corregir, el compañero que “nos” atiende, pues debería incluir a su entonces esposa, la poetisa Belkis Cusa Malé), En mi jardín pastan los héroes, y La mala memoria, de Heberto Padilla; y el Mapa dibujado por un espía, de Guillermo Cabrera Infante; y La nada cotidiana, La hija del embajador y La noche al revés, de Zoé Valdés; y 20 años y 40 días, de Jorge Valls… Y hasta El hombre que amaba los perros, de Leonardo Padura, es, a su modo, también una novela de vigilancia permanente.
Para los cubanos de esta época, el “Bosque de Ojos” de Alicia en el país de las maravillas es una realidad nada imaginativa: todo se oye y todo se sabe en ese presidio total que es la Cuba de los Castro. Por eso esta obra de Lewis Carroll sirvió a Jesús Díaz para su brillante paráfrasis de Alicia en el pueblo de Maravillas (1991), con una imponente caracterización del inolvidable Reynaldo Miravalles en el papel de “El Director” del Sanatorio Satán de Maravillas de Noveras, con su enhiesto y huesudo dedo acusador, descendiendo de los cielos en el traqueteado ascensor.
Poco antes, Díaz había logrado -¡al fin!- publicar su inolvidable novela Las iniciales de la tierra, donde el protagonista Carlos Pérez Cifredo enfrentaba otra de las variantes del “compañero que me atiende”: el interminable documento autobiográfico que tantos cubanos han escrito, el famoso cuéntame tu vida, la implacable e intrusiva planilla de ingreso a una organización política. Este puede considerarse también otro género paralelo al que propone Del Risco más adelante. En algún lugar de la isla –quizá en Villa Marista- debe existir un archivo enorme con todos los “cuentametuvida” que se han escrito en estos casi 60 años. Una Biblioteca de Babel de delaciones y, peor aún, de autodelaciones, conservada para memoria –y asco- de la posteridad. Deberemos tener entonces un nuevo V. Chentalinski que haga con esto lo que él hizo con Los archivos literarios del KGB.
No lo podemos negar: el filme alemán La vida de los otros y La broma de Kundera, para los cubanos, son parte de una vitalísima bibliografía cotidiana, una especie de literatura de autoayuda caribeña, y este libro lo confirma. Pero amigos sabios me advierten que esas referencias deberían incluir igualmente clásicos como El hombre rebelde, de Camus, y El pensamiento cautivo, de Milosz.
En esta “obra de creación múltiple” participan 57 autores vivos, todos cubanos, la mayoría fuera de la isla, pero también algunos que residen en ella, y para los cuales el hecho mismo de publicar en este libro puede atraer severas consecuencias; por lo menos, una amable visita del “compañero que todavía los atiende”. Son 57 testimonios, pero podrían ser también 11’616,004 (los habitantes totales de Cuba según el último cálculo oficial de 2017), pues todos tienen, tuvieron o tendrán una historia parecida (sin contar los dos millones en el exilio). Y es que todos los cubanos dispersos por este ancho y ajeno mundo desde 1959 para acá, conservamos una anécdota al menos de ese solícito acompañante de nuestros terrores y temores.
Pero no seamos ingenuos: la perversidad de ese sistema no se limita sólo a los cubanos: en la isla, todo el mundo es sospechoso, aunque se pruebe lo contrario. Los corresponsales y los diplomáticos extranjeros, también tienen su “compañero que los atiende”, sólo que organizados con otras fachadas: el Centro Internacional de Prensa, los primeros, y la Dirección General de Protocolo, los segundos, ambos bajo la camuflada cobertura del Ministerio de Relaciones Exteriores.
Y tampoco debemos limitar la atención vigilante sólo a los cubanos en la isla: fuera de ella, también siguen siendo objeto del cuidadoso seguimiento que se organiza desde las embajadas del régimen, siempre escandalosamente sobrepobladas y con una intensa actividad de espionaje, cubiertos con la fachada de la Cancillería, apoyada por ese gran Ministerio de la Policía Exterior que es el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos.
Por tanto, este libro se inscribe plenamente en el género testimonial que parió la misma Revolución Cubana, así como Operación Masacre, Trelew y tantos más, pero del otro bando: del otro lado de la puerta… o de la pared. Aunque los “críticos” oficialistas afirman que si el testimonio no es “progresista, revolucionario y comprometido” no es testimonio, la necia realidad los contradice. De hecho, hoy resulta mucho más vivo y convincente el testimonio de las víctimas de las represiones comunistas, que el de los represores empeñados en negarlas o desfigurarlas.
El intelectual vigilado y perseguido en Cuba viene de muy atrás. Convencido de que lo acosaban, Manuel Zequeira pretendía hacerse invisible al colocarse un sombrero. José María Heredia salió del país disfrazado de marinero, auténtico proto-balsero, huyendo de la policía. José Jacinto Milanés terminó sus días en un manicomio presa de un estupor persecutorio. José Martí viajó a Cuba como Julián Pérez para burlar la aduana pre-castrista. Virgilio Piñera estaba permanentemente obsesionado con un viejo pánico, esperando que fueran por él. Raúl Hernández Novas, como a pesar de andar tan encogido, no podía ocultarse más por ser muy alto, se suicidó: después de atravesar el enigma de las aguas se lanzó de cabeza –da capo- a la muerte liberadora.
Un cubano típico se siente permanentemente vigilado. Incluso, cuando por fin logra escapar de la isla-cárcel, durante mucho tiempo busca micrófonos en lámparas y bajo las mesas, si algún incauto le hace una pregunta que considera comprometedora. Nunca habla lo que piensa, porque conoce bien el precio de hacerlo. Sale bien adiestrado. Luego se va soltando y hasta habla de más: algunos dicen que le pagaron para que hablara, y luego le pagaron más para que se callara.
La guardia siempre en alto de un filoso machete amenazador y el dilatado ojo, avizor y omnipresente, que parece de santería, forman el símbolo de los CDR, la más nefasta, corruptora y denigrante de todas las truculentas invenciones en La Isla del doctor Castro. Te estoy cachando, susurra el emblema. Sin saberlo, aquellas ancianitas frustradas, amargadas y necesitadas de sentirse útiles en algo, las clásicas cederistas, son las descendientes de las parisinas calceteras de la Plaza de Greve y las pescaderas del Marais. Pero no se llaman Charlotte ni Lisette, sino Cusa “la del Comité”: ¡Alabao!
Un chiste sobre el gobierno puede ser mortal. En mi época, entre amigos, como exorcismo exculpatorio y profiláctico, previendo la presencia de micrófonos –o de personas con igual cometido- al escuchar un “chiste contra el gobierno” solíamos culminar la carcajada con una frase: “Que conste: si me río es por indignación”. Y es que en Cuba, vieja receta de la NKVD y el KGB, aún colgados, los teléfonos escuchaban cuanto se decía cerca de ellos.
Una persona muy entrañable para mí, perdió su prometedora carrera como economista por hacer un chiste sobre Nicolás Guillén, con una versión burlona de su poema “Tengo”, en un grupo de supuestos amigos, y alguno de estos corrió a informar a la Securitate cubana, que lo expulsó de la Universidad de La Habana. Todo culminó en una escena grotesca: el entonces Rector (Reptor), lo fulminó con una frase lapidaria: “Entre la duda y la Revolución, me quedó con la Revolución”. Luego, ese mismo rector fue gloriosamente tronado: such is life in this tropics, dearest. Porque lo mejor de toda esta historia, es que la Tierra (aunque algún orate lo ponga hoy en duda) es redonda, y da vueltas …
La mentalidad profundamente religiosa del comunismo, y en especial de dos antiguos discípulos jesuitas como fueron Stalin y Castro, mueve el sistema para ese constante “examen de conciencia”, del cual “el compañero que nos atiende” es una suerte de confesor en traje civil. Esos “castillos del alma” y los “ejercicios espirituales” marxistoignacianos que culminan en la famosa autocrítica (mucho mejor y más efectiva si es pública y humillante), son parte de un proceso de constante e interminable catequización y purificación. Todo el mundo necesita ser revisado periódicamente, y de esta forma se le brinda la generosa posibilidad del “arrepentimiento”. Lo que sí no se perdona es negarse a la confesión y la autoinculpación, y menos aún perseverar en el error con la nefasta “autosuficiencia” burguesa que se opone a aceptar los cargos y pecados …
Algo especialmente perverso de este “policía de cabecera” es que, contra toda presunción, no se oculta, sino todo lo contrario: se muestra impúdica, se exhibe, se aparece, demuestra que está presente siempre y en todas partes. Porque su misión principal, además de atemorizar, es disuadir, y aconsejar cariñosa y persuasivamente, casi como un amigo: “no te quemes, chico”, “no te busques problemas”, “yo te entiendo, compadre, pero…” Es, digamos, un amable verdugo delicado, casi delicuescente y etéreo. Un “ángel de la guardia” en mangas de camisa, quien no sólo puede expulsarte del paraíso sino también meterte a la cárcel, que es el Purgatorio, o el Infierno, de acuerdo con la extensión de la condena.
Género totalitario policíaco, lo bautiza Enrique del Risco, acertadamente. También podría ser una especie de bildungsroman comunista, una especie de novela formativa cubana, la “educación sentimental” del “hombre nuevo”. O también de escatología policiaca, por el perseverante fantasma que siempre te persigue. O la novela neo-gótica del castrismo, con sus monstruos horrendos. O surrealismo bufo. Una suerte de orweliano 1984, pero en presente continuo del indicativo, up to date, 2017.
La amabilidad del “compañero que atiende” se dirige en dos direcciones: controlar y sujetar a su “atendido”, pero también buscar su cooperación, y lograr que se convierta de sospechoso en delator. Porque la delación es la joya que corona el trabajo de persuasión, y hay muchos que andan por ahí cojeando de esa pata…
La delación ha sido presentada históricamente como una “virtud revolucionaria” desde muy antigua fecha: en la Unión Soviética de Stalin fue muy popular la figura ejemplar del pionerito Pavlik Morózov (1918-1932), quien en un supremo arranque de generoso comunismo militante denunció a sus padres y abuelos, que fueron fusilados. Luego él murió, según la propaganda, asesinado por otros familiares vengativos, pero las últimas investigaciones realizadas en los archivos del KGB permiten a Catriona Kelly asegurar en su libro Comrade Pavlik: The Rise and Fall of a Soviet Boy Hero (2005), que al parecer fue el propio “compañero que lo atendía” quien liquidó al locuaz Pavlik, siguiendo órdenes superiores, para después dedicarle estatuas, libros, canciones, un poema sinfónico, una ópera, y hasta una película del laureado Serguei Eisenstein (El prado de Bezhin, 1937). Esto debe servir de sabia advertencia para los colaboracionistas incautos, que resulta sumamente peligrosa su tarea, no tanto por sus víctimas, sino por sus mismos jefes. “Si los héroes no existen, hay que inventarlos, al precio que sea”, decía el buen Koba detrás de su humeante pipa.
Una de las más diabólicas perversiones del sistema es que, además de un infaltable Carné de Identidad, todo ciudadano cuenta con un Expediente, pero que al contrario del primero, el cual debe portar siempre, al segundo nunca lo ve, pero decide su vida todo el tiempo, lo mismo si progresa o fracasa, si adelanta o retrocede, si vive o no. Y ese expediente tiene un escribano permanente dedicado, que es, precisamente, “El Compañero”, ese “ángel aniquilador” que no le pierde pie ni pisada, un sabueso siempre olfateando sus huellas, ese devoto escriba que nos escribe nuestro Libro de la vida.
En la retorcida lógica represiva del comunismo, todo es culpabilizable, y por tanto, castigable. Si estamos vivos, seguramente algún pecado y varios crímenes estamos cometiendo. Se trata sólo de averiguarlo. De esta suerte, si el Poder decide investigar tu vida, siempre encontrará algo por lo cual culparte y castigarte. Y de todos modos si no aparece nada, lo inventa: Ángel Santiesteban sabe algo de eso…
Es una pena que Fidel Castro no haya podido leer este libro, sobre el que su presencia gravita permanentemente. Me hubiera gustado suponer que lo disfrutaría mucho, porque vería en él su obra más trascendente. Fue muy afortunado porque tuvo una vida larga, aunque infecunda, siempre rodeado de la veneración y la obsequiosidad de sus atemorizados cercanos, y seguramente le habría encantado conocer la creatividad de sus subalternos a quienes delegó la honrosa tarea de ser vigilantes, en ese gobierno calcado de Minority report que construyó, “con la delectación de un artista”. Lo ideal para él era que todos lleváramos nuestro propio vigilante por dentro, una suerte de sinuoso doppelgänger, o taimado “abuelo Paco” incrustado en el subconsciente. Ese “compañero” es, por tanto, una suerte de ente vampírico, insaciable y contaminante: al succionarte, te concede una vida prolongada pero también te hace impuro, a su imagen y semejanza, como otro engendro.
Pero tengo una sospecha terrible: en realidad, al sistema y sus agentes no les preocupa verdaderamente lo que la gente piense, sino lo que dice y hace. Es una especie de complicidad tácita de que aunque imagine, suponga y hasta sepa lo que piensas, lo que realmente le importa es lo que hagas y digas, obligando a la gente a actuar falsamente sin descanso, en una permanente performance, una esquizoide representación inacabable, con una irreparable disociación psíquica que forma el carácter del “hombre nuevo” actual: “Sé que no me amas, pero lo importante es que me obedezcas y veneres”.
Una de las más cruelmente deliciosas y masoquistas experiencias será sin duda cuando se derrumbe finalmente ese régimen de pesadilla, y se puedan leer los abultados expedientes que espero no destruyan en su precipitada caída, guardados en la Seguridad cubana, la gran fábrica de los “compañeros que atienden”.  Confío que no los eliminen porque sé que querrán perversamente dejar sembrado el germen de la discordia durante 100 años más. Pero finalmente con la dolorosa verdad vendrá la salud mental social e individual. “Dentro de 100 años –dijo el aristócrata francés mientras subía los peldaños hacia la guillotina que lo esperaba filosa y sedienta- todo esta será sólo una anécdota”.
Ese “compañero que nos atiende” también es todo un personaje cinematográfico, un Pepe Grillo en uniforme de guayabera o safari, con bolsillos repletos de bolígrafos, y pantalones con una pata negligente y elegantemente metida en la bota. No olvidar que las gafas oscuras son parte esencial del outfit. Merece una película, para ser exhibida en festivales del cine de horror y el humor involuntario, como las series de Móvil 8 y Sector 40, con aquel “Manquito” siniestro y burlón que nos perseguía por todas partes.
Habrá que esperar ahora el apasionante testimonio del otro lado, escrito por ellos; podría titularse Los compañeros que atendí, donde se apreciará la magnífica influencia que los vigilados tuvieron sobre los vigilantes, obligados por aquellos a leer filosofía, historia y arte, y hasta escuchar música “curta”, para lograr entender y vigilar mejor a sus presas. ¡Qué grandioso nivel cultural alcanzaron gracias a ello! Porque, no olvidarlo, ironía suprema, ellos también han estado permanentemente vigilados por sus mismos “compañeros” que los atendían.
Pero los “compañeros que atienden” han sido además buenos pedagogos y han formado discípulos aventajados, y ya no se requiere de su presencia, pues sus pupilos han resultado tan capaces como ellos: los jerarcas culturales –Barnet, Prieto, Arrufat y varios otros- son ya tan buenos en ese oficio de tinieblas como lo fueron en su momento los “compañeros que los atendieron”: no se puede negar que tuvieron excelentes maestros y resultaron magníficos estudiantes.
Esos “compañeros atentos” han sido lo mismo “asesores literarios”, “curadores de exposiciones”, “vigilantes editores”, que “jurados omnipotentes y decisivos de concursos literarios” … Verdaderamente proteicos y sabelotodo. Y además muy orgullosos de su misión: recuerdo a un afamado pintor y diseñador gráfico, que proclamaba ufano y estentóreo su condición de “trompeta”, es decir, delator de sus colegas, por lo cual fue recompensado y condecorado con la Medalla por el XX Aniversario del MININT. Es la ínfima vanidad del miserable, el gozo inocultable por esta variante del bullying ideológico, un sorprendente ludismo tanático entre el gato y el ratón.
Si alguien dentro de este género merece se escriba una novela sobre él, sería José Abrantes, quizá la figura más dramática –en términos de la artística tensión de conflictos- de los últimos años. Posiblemente algún día alguno de sus descendientes se decida a escribirla, pues el ministro despeñado fue primero el instructor y creador de los “compañeros que atendían”, antes de ser él mismo atendido por sus entenados entrenados.
Aunque suelen ser solitarios, los “compañeros que atienden” pueden operar en dúos armoniosos, pero no al mismo tiempo, sino sucesivamente: primero, aparece el policía bueno, y si no entiende la lección, viene el policía malo. O al revés, según el paciente. Pero están bien distribuidos, coordinados y organizados. Son una pareja didáctica, en el más puro estilo Makarenko: todo un poema pedagógico. Son los Stajanovistas de la cultura y el pensamiento, los Lunacharskis de las ideas, los Dzerzhinskis de las metáforas. En suma: el querido enemigo.
Enrique del Risco califica de anomalía esta nutrida antología, porque el género obviamente no puede gozar de salud comercial en los países donde es una realidad viva, pues pertenece a la “literatura rigurosamente vigilada”, y porque tampoco se quiere –por entendible salud mental- recordarlo demasiado ni revivirlo en una sociedad que ya lo erradicó. Es, pues, un género ingrato y molesto, pero necesario para la memoria, para no repetir la experiencia.
Este libro antológico (en ambos sentidos) es, por tanto, un texto no sólo literario e histórico, sino informativo y educativo. Constituye todo un Manual Práctico de Pedagogía Totalitaria en activo. Sólo por eso, ya merecería difundirse ampliamente. Para que a otros quizá les sirva –aunque nadie aprende por cabeza ajena- lo que ya pasaron y sufrieron (y continúan padeciendo) los cubanos, esos seres alegres, despreocupados, juguetones y siempre bajo sospecha, inquietos cronopios y esperanzas permanentemente vigilados por severos famas.
Esta es, por otro lado, una obra de catarsis y exorcismo, y sería el verdadero Libro de Texto del Gran Ministerio de Domesticación Social y Política. También puede tener otro uso: al mostrar las interioridades de los mecanismos de espionaje y delación, puede asumirse igualmente como un antídoto y preventivo profiláctico, con las recetas que los grandes maestros artísticos elaboraron por su dolorosa experiencia personal para evadir, confundir y engañar a ese sujeto vigilante, ese monstruoso eufemismo que necesita atendernos, para sobrevivir él mismo como pieza eficaz y productiva de un mecanismo atroz: es el posible recetario para neutralizarlo.




[1] Eliseo Alberto de Diego García-Marruz (Arroyo Naranjo, 10 de septiembre de 1951-Ciudad de México, 31 de julio de 2011)
[2] La última vez en vida. Luego regresó, ya convertido en “polvo enamorado” para cumplir su voluntad y ser dispersado en las turbias aguas del río cercano a su casa natal, por su hercúlea hermana jimagua Fefé (Josefina de Diego), su sorprendente hija María José y un grupo de amigos cercanos.
[3] Con micrófonos ocultos.
[4] La tecnología, los equipos, los micrófonos.
[5] Soviéticos.

Wednesday, November 29, 2017

Anuario Histórico Cubanoamericano: un resumen

La Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp. acaba de publicar el primer número de su Anuario Histórico Cubanoamericano. En dicho anuario, editado por el académico Octavio de la Suarée, sobresalen trabajos de Iván Acosta, Miguel Cabrera Peña, Eduardo Lolo, Gustavo Pérez Firmat y Armando Valladares. Dicho número también cuenta con un dossier dedicado al escritor Reinaldo Arenas que incluye entrevistas sobre el autor con los escritores Juan Abreu y Vicente Echerri, la artista visual Clara Morera y el crítico Enrico Mario Santí; los recuerdos de María Badías Valero de su primer viaje con Arenas al Cañón del Colorado; y un discurso también inédito del estudioso Alejandro J. González Acosta dedicado al escritor exiliado.  De no poco interés debe resultarle a los lectores la carta de renuncia de Rogerio Zayas-Bazán Secretario de Gobernación bajo la presidencia de Gerardo Machado presentada por su descendiente el conocido profesor Eduardo Zayas-Bazán. Como adelanto los dejamos con el índice del anuario.