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Thursday, August 2, 2018

Semblanza de Orestes Ferrara

Por Hugo J. Byrne

“No hay en la bárbara guerra, del mundo más que un consuelo, las estrellas en el cielo y las niñas en la tierra.” 
(Estrofas iniciales de un poema de José Martí dedicado a la niña María Luisa Sánchez, futura esposa del Coronel Ferrara).

La historia contemporánea no es prolífica en individuos que se entregaran voluntariamente a la causa de la libertad de pueblos extranjeros.  Entre los pocos del siglo XIX se destacan algunos nombres como Lord Byron, Giuseppe Garibaldi y Máximo Gómez.  La historia confirió en algunos de ellos dos nacionalidades, como es el caso del último mencionado.   Gómez era dominicano por nacimiento y cubano por vocación y voluntad.  Él mismo lo aclaró afirmando: “Soy cubano y dominicano y es por eso que no puedo ser presidente de ninguno de los dos países”.  

Nadie pone en duda que al inaugurarse la República en 1902, la presidencia de Cuba hubiera sido del jefe supremo del Ejército Libertador, de haber éste aspirado a ella.  La Constitución de 1901 establecía que un extranjero podía ocupar la primera magistratura si cumplía una sola condición: la de haber combatido durante diez años en las guerras por la independencia de Cuba.   Los únicos veteranos en esa categoría eran Gómez y el General Carlos Roloff, quien no se acercaba al prestigio nacional o a la inmensa popularidad del primero. 

No cabe duda que la lealtad de Gómez a los ideales que lo impulsaron a la monumental tarea que culminara con la independencia, nunca se dividió.  Se sabía caudillo de guerra y sólo para la guerra, y ella la libró en nombre de esos ideales, ausentes de ambiciones de mando una vez alcanzada la libertad. 

Entre las pocas figuras históricas que tuvieran la rara oportunidad de escoger una entre dos nacionalidades en el ocaso de sus vidas, se destaca otro nombre de prosapia mambisa: Orestes Ferrara y Marino (1876-1972). Quizás el hombre público más influyente de la primera etapa republicana de Cuba (1902-1933), Ferrara era oriundo de la ciudad portuaria de Nápoles, Italia, siendo sus padres Vincenzo Ferrara y Annunciacione Marino. Vincenzo había luchado junto a Garibaldi, lo que no le impidió a Orestes ser el vástago de una familia prestigiosa y pudiente.  Orestes cursó sus primeros estudios en Génova.

Aunque sin pruebas precisas deduzco que Ferrara era más alto que el promedio de los hombres de su generación, especialmente entre los europeos meridionales. En cuantas fotos lo he visto en compañía de otros, el Coronel mambí sobrepasa en estatura al resto.   

Ferrara inició estudios de derecho en la Universidad de Nápoles, pero su inquieto temperamento y pasión por la libertad exigían actividades que no podía brindarle la sosegada vida académica.   La inquietud popular en la cercana Creta estaba al rojo vivo, y Ferrara demostraba gran interés en apoyar a los nacionalistas griegos en su lucha denodada por liberarse de la coyunda turca.  

Después de algún tiempo y ciertas desilusiones, su espíritu rebelde decidió buscar gloria surcando mares aún más lejanos, para ofrecer su brazo a otro pueblo heroico que  luchaba contra la última colonia española del Continente Americano. Para concretar su generoso propósito Ferrara se trasladó a Paris, recabando la ayuda del Doctor Emeterio Betances.  

Este galeno boricua, veía su hermosa tierra natal como una extensión ultramarina de Cuba, a cuyo destino la consideraba estrechamente unida por sangre y cultura. Betances era el representante en Francia de la Junta Revolucionaria Cubana.

Fue Betances quien facilitara a Ferrara, junto a otro napolitano llamado Gugliemo Petriccione, el cruce del Atlántico hasta Nueva York.  Una vez en territorio americano Ferrara y su amigo se dirigieron a Tampa, en aquel entonces un hervidero de insurrección cubana.  En Ibor City Ferrara conocería a María Luisa Sánchez, hija de un matrimonio cubano que había emigrado al oeste de Florida por convicciones separatistas y quien eventualmente desposaría al napolitano devenido en mambí.

En octubre de 1897 Ferrara y Petriccione navegaron a Cuba en el remolcador “Dauntless”, timoneado por el ya famosísimo capitán “Dinamita” Johnny O’Brian, en la sexta travesía en que este último burlara el asedio mortal de las cañoneras españolas.  O’Brian, por cuya cabeza Weyler ofrecía una jugosa recompensa, desembarcó sin problemas en la costa norte cubana.  

La casa del “filibustero” O’Brian en New York siempre estaba vigilada por agentes de la Compañía Pinkerton, en la nómina de Madrid.  Pero siempre a una prudente distancia.  La esposa de “Dinamita” no vacilaba en escaldarlos, derramándoles cubos de agua hirviendo si se acercaban más de lo debido.

Integrado como soldado raso a las huestes del General Calixto García, desde el primer momento Ferrara se destacó en el combate por su determinación e inteligencia.  Bajo las órdenes de García, Ferrara tomó parte en la toma de Santa Cruz del Sur y en el asedio de Victoria de las Tunas, la segunda ciudad más fortificada de Oriente. Tunas También capitularía después de tres días de lucha, ablandada por los cañones insurrectos que comandaba otro distinguido voluntario extranjero: Frederick Funston.

Ascendido a Teniente Coronel y en parte para recompensar sus deseos, Ferrara fue enviado al campamento del Generalísimo Máximo Gómez, para lo cual se vio en la necesidad de atravesar la notoria trocha de Júcaro a Morón.  En esta difícil travesía fue donde más se hiciera patente su fe en los destinos de la guerra y su confianza en sí mismo.  Durante ese trayecto Ferrara enfermó gravemente.

Para su suerte tenía como compañero de aventura otro oficial de nombre Aurelio Sonville, quien compensaba su frágil físico con una voluntad de acero.  Carentes de mapas o de un “práctico”, Sonville y Ferrara estuvieron perdidos en varias ocasiones.  Pasaron hambre y exposición a los elementos, siendo su mayor preocupación las columnas enemigas que peinaban los senderos, forzándolos a caminar entre las entonces vírgenes malezas de Cuba. Negociar matorrales frondosos sin hacer ruido es de por sí una labor muy ardua.

Pero hacerlo mientras los soldados coloniales lo buscaban por todas partes y cuando sus vacilantes piernas apenas resistían los estragos de la fiebre, elevan los esfuerzos de Ferrara a nivel heroico.  Ferrara y su compañero se tenían que postrar varias horas a pleno día.  

Después de atravesar los alambres de púas de La Trocha, los desgarrones en las ropas y las múltiples heridas en la piel los hacían lucir como pordioseros más que insurrectos. Los mosquitos y otros insectos los devoraban noche y día. Incluso se vieron forzados a vadear un gran lodazal del que Ferrara emergiera descalzo.

Una mañana les sorprendió la visita de un palurdo muy hablador, quien afirmaba venir del Campamento de Gómez, ser curandero y querer hacer algo por Ferrara.  Sin aportar ningún beneficio facultativo, el charlatán al menos entretenía al enfermo con su conversación absurda e interminable.  Ante la sonrisa de Ferrara el curandero diagnosticó su mal: los italianos “cantan constantemente y eso les infecta la garganta”.

Al final llegaron al campamento del General en Jefe.  Tanto Ferrara como Frederick Funston, en sus respectivas memorias, describieron certeramente la personalidad severa y agresiva de Gómez.  Desde su arribo supo Ferrara del Consejo de Guerra Sumarísimo al General Bermúdez y llegó a tiempo para presenciar su ejecución, en la que el propio Gómez se vio forzado a dirigir la escuadra.  En breve tiempo Ferrara pasó a formar parte del Estado Mayor de Gómez.

Las acciones de guerra en que Ferrara se involucró a las órdenes del Generalísimo fueron todas breves y vertiginosas.  Gómez era un artista de la escaramuza y la retirada.  Nunca pudo ser acorralado a pesar de acampar y combatir siempre dentro de la misma zona, kilómetros más o menos. El líder insurrecto desarrolló la más efectiva guerrilla de su tiempo.  Era el mismo juego de gato y ratón que había usado el “viejo” con espectacular éxito en el otoño de 1895.  A pesar de que tanto Weyler como Martínez Campos eran buenos guerreros (aunque muy distintos en otros aspectos), nunca pudieron tomar la medida del veterano guerrillero: se enfrentaban con Gómez y este pertenecía a una clase por sí sólo.

El último caudillo insurrecto bajo cuyas órdenes sirviera Ferrara y con quien mantuviera una duradera alianza política una vez establecida la República fue el General José Miguel Gómez, jefe de los alzados en Las Villas y futuro presidente de Cuba.  Con José Miguel, Ferrara participó en los combates del Jíbaro y Arrollo Blanco, después de desatada la guerra entre Madrid y Washington. Al finalizar la contienda Ferrara ostentaba el grado de Coronel.

Una lista de todas las funciones que Orestes Ferrara desempeñara en Cuba tras el fin del régimen colonial haría esta reseña interminable. Por eso me limitaré a las que considero principales.  La primera de esas fue durante la intervención norteamericana de 1898 a 1902: en 1901 el General Wood lo nombró Gobernador Interino de Santa Clara. 

Graduado en la Escuela de Derecho de la Universidad de La Habana y al poco tiempo Profesor de la misma disciplina en esa bicentenaria institución educativa, Ferrara fue periodista insigne y editor del primer periódico nacional de gran circulación: “El Heraldo de Cuba”. Fue Representante por Las Villas, Presidente de la Cámara, Embajador en Washington y Presidente del Consejo de Ministros durante el gobierno de Gerardo Machado.  Se cuenta entre los más destacados intelectuales de Cuba en todos los tiempos.  

A partir de agosto de 1933 vivió la mayor parte de su larga vida fuera del país.  La producción literaria de Ferrara durante esa época fue tan extensa como formidable. “El Papa Borgia” se considera la mejor biografía del Pontífice Alejandro VI hasta la fecha.

A fines de la década de los treinta, Ferrara brindó a Cuba la que estimo su mejor contribución: su trabajo en la Convención Constituyente a la Carta Fundamental de 1940, que, con todas sus evidentes lagunas, errores y fantasías, fuera adoptada libremente por el pueblo. Fue electo como constituyente representando a Las Villas, su vieja base política.

Esa última obra en pro de la patria adoptiva terminó abruptamente cuando un cobarde atentado contra su vida sólo lograra matar a su chofer.  Deseando terminar sus días en paz tras haber arriesgado tanto y tantas veces por Cuba, Orestes Ferrara optó por su exilio postrero.  Los asesinos nunca fueron identificados. Empero, no tengo dudas que representaban la  misma facción criminal que hoy rige Cuba.  El viejo insurrecto regresaría muy brevemente en 1955 y sus observaciones de esa visita merecen un análisis separado, que no compete a este trabajo.     

De Ferrara hay casi tantas anécdotas como de Francisco de Quevedo y por eso prefiero omitirlas todas, pues podría inconscientemente incluir alguna apócrifa.  Siempre actuó caballerosamente y en su trato con aquellos que admiraba o simplemente respetaba era correcto, aunque directo y honrado cuando mantenía una opinión opuesta.  También era capaz de ser mordaz e irónico con los que por diversas razones no se hacían merecedores de su respeto.  Durante la Constituyente, con mucha frecuencia hacía mofa del seudónimo del delegado comunista Francisco Calderío (“Blas Roca”), llamándolo “señorPiedra”.

En sus últimos años Ferrara pudo reclamar para su ventaja la ciudadanía de su tierra natal, pero optó por conservar la cubana en medio de su exilio definitivo en Roma, cuando se hizo evidente que su regreso a la patria de su adopción nunca se materializaría: “Fui cubano tanto en la batalla como en la victoria y moriré cubano”. Acaso el viejo insurrecto sentía, como Martí, que “de la patria puede tal vez desertarse, pero nunca de su desventura”. 

Orestes Ferrara se enamoró de Cuba y el verdadero amor nada demanda. Honor a su ilustre memoria.
 
 

Tuesday, May 30, 2017

Juan Antonio Alvarado Ramos (1953- 2017)

Por Enrique Del Risco

Etnólogo, investigador, editor. En persona lo conocí muy brevemente. Apenas el año pasado en los alrededores del evento anual del Latin American Studies Association (LASA) que se celebró en Nueva York. ¡Al fin! Nos dijimos, porque llevábamos años (diez para ser exactos) de intercambio epistolar, de yo enviarle artículos para las dos revistas que fundó: Islas e Identidades. Dos revistas dedicadas a temas afrocubanos. Dos revistas hechas en libertad, que en el caso cubano equivale a decir en el exilio. Porque de ambas se podrían hacer unas cuantas críticas menos que pertenecieran a esa rama de los estudios afrocubanos que no pasan de la etnología pintoresquista y complaciente, el jineteo académico cuando no la abierta y declarada defensa o encubrimiento de la opresión (“a los negros cubanos se les niega el derecho a expresarse pero eso no hace al gobierno cubano racista: son los mismos derechos que les niegan al resto de la población”).

Confieso que fui un colaborador esquivo bajo el argumento, fácilmente demostrable, de mi ignorancia sobre la cultura afrocubana. Esa esquivez puso de relieve dos virtudes de Alvarado, paciencia y tenacidad, tan necesarias para lidiar con informantes reticentes en un estudio de campo. Con el tiempo fui descubriendo otras cualidades como la flexibilidad, la inteligencia y el entusiasmo infinito y contagioso, detalle imprescindible para emprender nuevos proyectos. Fue así como me fue exprimiendo artículos sobre temas en los que me atrevía algo más como la música, el cine o sobre esa variante de discriminación que di en llamar “racismo revolucionario”. En abril, sin que me lo pidiera le anuncié que quería colaborar en el próximo número que ya no sé si saldrá. Me imagino que se sorprendió pero la escritura del texto –o la más difícil tarea de encontrar tiempo para hacerlo- se demoró más de lo que esperaba. Pero mis demoras no conseguían agotarle la paciencia Alvarado y mis pedidos de prórrogas fueron concedidos varias veces. Hasta a finales de abril en que estando él en un nuevo congreso del LASA, esta vez en Lima, me repondió: “yO REGRESO EL 6 DE MAYO DE LIMA. Crees que sería posible para el 7 de mayo???”. Le dije que sí pero no fue hasta el día 9 que conseguí enviarle el trabajo. Esta vez, sin embargo no me contestó de inmediato como otras veces para darme su opinión sobre el artículo. No supe más de él hasta el pasado domingo en que leí la noticia de su muerte el viernes anterior.   

Siento, como sentí a la muerte de Jesús Díaz, escritor de renombre pero también editor de la revista Encuentro de la cultura cubana que los editores de revista hacen sentir su ausencia de una manera especialmente dolorosa. No se trata simplemente de que ya no podamos contar con su presencia, su talento. Hay en esa voluntad de aunar otras voluntades dispares y díscolas un modo de romper nuestro habitual ensimismamiento y encausarnos en una aventura colectiva que de no ser por ellos nunca hubiéramos emprendido ya sea como escritores o como lectores. Aventuras que luego nos parecen lógicas y naturales pero habrían sido imposibles sin la voluntad que la mantenía con vida semana a semana, mes tras mes, un año tras otro. Y esa voluntad en el caso primero de Islas y luego de Identidades no llevaba otro nombre que el de Juan Antonio Alvarado Ramos.

Tuesday, May 23, 2017

OCTAVIO R. COSTA (1915-2005)

Por Marcos Antonio Ramos

El doctor Octavio R. Costa fue hasta su fallecimiento uno de los más conocidos articulistas cubanos e hispanos de Estados Unidos. Su condición de historiador, ensayista y profesor ha sido ampliamente resaltada. Se desempeñó también como crítico literario y de arte. En su nativa Cuba y en la emigración cubana recibió reconocimientos importantes como intelectual. Su aporte a la historiografía cubana fue tan abundante y minucioso que debe ser incluido entre los historiadores más valiosos de su generación.

Nació en San Cristóbal, en la antigua provincia cubana de Pinar del Río, el 12 de junio de 1915, hijo de Octavio R. Costa (1890-1972) y Basilisa Blanco Santos (1888-1969). Cursó estudios primarios y secundarios en su provincia y en 1940 recibió el título de Doctor en Derecho en la Universidad de La Habana. También recibió un Certificado de Aptitud Periodística, destacándose tanto en esa profesión como en el ejercicio del derecho. Muy joven todavía, contrajo matrimonio el 20 de diciembre de 1941 con el gran amor de su vida, la señora Caruca Sarmiento De esa unión nacieron sus hijos Octavio, Orlando y Jorge, de los cuales siempre estuvieron orgullosos. El matrimonio Costa fue también bendecido con varios nietos.

El doctor Costa estuvo muy relacionado, entre otras figuras de la mayor jerarquía imaginable en la República de Cuba, con el eminente historiador y hombre público Emeterio Sandalio Santovenia y Echaide. Don Octavio no sólo fue su secretario y asistente principal durante el tiempo en que el doctor Santovenia sirvió a su país como Senador de la República (1940-1948) sino también cuando este ocupó el cargo de Ministro de Estado (Relaciones Exteriores) de Cuba en la década de los años cuarenta. Por su condición de biógrafo de Santovenia fue que se despertó en mí, hace más de medio siglo, un gran interés por la trayectoria de estos ilustres colegas que llegaron a ser mis muy apreciados amigos.

A pesar de su extraordinario desempeño como abogado y notario, la vocación de escritor prevaleció siempre en Don Octavio. Su pluma era apreciada grandemente en publicaciones como Diario de la Marina, decano de la prensa cubana, y la revista Bohemia, de difusión continental. A estos datos pudieran añadirse los nombres de numerosas publicaciones diarias y semanales, así como de revistas especializadas de academias y sociedades profesionales. Es posible mencionar que miles de artículos en Cuba y el extranjero llevaban su prestigiosa firma. De singular importancia e interés fueron las veintisiete entrevistas a personalidades del país, publicadas en Diario de la Marina. No debe extrañar que fuera escogido como presidente del Pen Club en Cuba y seleccionado para encabezar esfuerzos similares de escritores y periodistas. Sobre el joven pinareño establecido en La Habana y en Estados Unidos lloverían infinidad de condecoraciones, reconocimientos y distinciones, entre ellas la Real Orden de Isabel la Católica, otorgada por la Corona de España.

En marzo de 1955 fue designado director del diario habanero Pueblo, logrando ampliar tanto la calidad como la circulación de esa publicación periódica. Continuó dirigiendo Pueblo hasta diciembre de 1958. Sus editoriales y artículos se caracterizaron, a pesar del ambiente de polarización que le rodeaba, por una esencial moderación y por un estilo que no se entregó jamás a un apasionamiento innecesario o a la falta de objetividad de que adolecen hasta las mejores plumas en medio de los conflictos políticos y sociales. Su sección editorial “Imagen del Día” queda como la mejor prueba de su dedicación a la causa del buen periodismo en un período tan difícil en la historia de Cuba como el de los años cincuenta del pasado siglo.


Con la salida de Cuba del presidente Fulgencio Batista y la llegada al poder de la revolución encabezada por el doctor Fidel Castro se le presentó, como a tantos otros periodistas, una situación compleja y dura que le obligó a solicitar asilo político en la Embajada de Méjico, la cual estaba entonces a cargo del licenciado Gilberto Bosque, un embajador que le extendió todo tipo de consideraciones. En mayo de 1959, el eminente periodista cubano salió de su país para iniciar su vida como exiliado. México sería, pues, su primer destino como desterrado por razones políticas.

Después de realizar labores en Ciudad de México, que por su condición de exiliado temporal en ese país no alcanzaban las condiciones de sus anteriores trabajos, el doctor Costa se radicó a partir de 1960 en San Antonio, Texas, Estados Unidos de América, llegando pronto a ser designado como director del diario La Prensa fundado en 1913. Más adelante pasó a radicar en Los Ángeles, California, donde desempeñaría importantes funciones en el diario La Opinión y luego en Noticias del Mundo, publicación esta última de carácter nacional e internacional. Para la infinidad de amigos y admiradores en Miami y otras ciudades, Octavio sería reconocido sobre todo por sus artículos en Diario las Américas, el periódico dirigido por su entrañable amigo Don Horacio Aguirre, tan cubano como nicaragüense.
 
El tan respetado periodista cubano doctor Ariel Remos reseñaría parte de sus esfuerzos de la siguiente manera: “Diez mil crónicas diarias bajo el nombre de 'Instantáneas', dan fe de la labor sin par realizada por Costa en Los Ángeles, en el orden de la convivencia cultural de una comunidad. Esas Instantáneas no sólo son testimonio cultural, sino crónicas diarias del mundo hispanoamericano de Los Ángeles, que el polígrafo instituyó en el periódico La Opinión en 1960. Quienes hagan el recuento histórico de la presencia hispanoamericana en la vida cívica y cultural de Los Ángeles entre 1960 y 1990, no podrán prescindir de las Instantáneas de Costa...” A lo afirmado por el doctor Remos puede añadirse que no existió actividad cultural y patriótica alguna a la que Don Octavio no prestara su colaboración.

Los entornos en que desarrolló sus actividades en Texas y California fueron  testigos de su incansable actividad como conferencista y orador de muy altos vuelos. Como sucedería después en Miami, ciudad que visitaba constantemente desde su llegada a Estados Unidos, el doctor Costa orientaba e inspiraba en todo tipo de tribunas. Combinó sus diversas labores con el ejercicio de la docencia universitaria, enseñando diversos cursos de historia y literatura en St. Mary's College, California State University y Colegio Este de Los Angeles. También enseñó cursos en la Universidad de Miami y otras instituciones.


Además de su larga y sobresaliente carrera periodística, Don Octavio alcanzó quizás sus más altos reconocimientos como historiador, vocación que le llevó a convertirse en referencia obligada para todos los investigadores de estudios cubanos. Dentro de su interés por la historia puede haber prevalecido su notable aporte como biógrafo. Muchas importantes figuras de Cuba fueron estudiadas por el incansable investigador pinareño. Entre los críticos que elogiaron su incansable esfuerzo pueden mencionarse algunos de los de mayor prestigio en Cuba, como José María Chacón y Calvo, Jorge Mañach y Félix Lizaso. Entre la infinidad de academias e instituciones culturales que le abrieron sus puertas como miembro de número o correspondiente, debe mencionarse en primerísimo lugar la Academia Cubana de la Historia. A esa docta corporación ingresó con un ensayo titulado “Perfil político de Calixto García.” Sus labores como investigador incansable de la historia y sus personajes no se detuvieron con su salida del país.

Sería necesario un trabajo altamente especializado para describir tanto su obra literaria como sus labores como biógrafo y sus contribuciones al estudio de la historia de Cuba. Entre sus obras iniciales se cuentan, además de la biografía de Emeterio Santovenia, las de Antonio Maceo, Juan Gualberto Gómez, Manuel Sanguily y otros próceres. Esos libros, así como Rumor de Historia y Suma del Tiempo merecieron los elogios de figuras cumbres de la crítica literaria. Entre ellos, y mediante numerosos artículos, se destacaron los sumamente favorables comentarios, ya señalados, del doctor Jorge Mañach, cuyas opiniones en las décadas de los años cuarenta y cincuenta eran suficientes para ayudar a consagrar a cualquier escritor contemporáneo en la mayor de las Antillas.


Su último libro publicado en La Habana fue Hombres y destinos, culminando así su obra como historiador en el suelo natal. Al igual que tantos otros escritores cubanos obligados a vivir en el destierro, la obra de Octavio Costa no sólo continuó sino que se intensificó apreciablemente. En un gran homenaje que le tributó el Centro Norte-Sur de la Universidad de Miami se mencionarían muchos de sus libros: Ser y Esencia de Martí, Perfil y Aventura del Hombre en la Historia, los dos volúmenes de Imagen y Trayectoria del Cubano en la Historia, El Impacto Creador de España sobre el Nuevo Mundo, Raíces y destinos de los pueblos hispanoamericanos. A tales libros pueden añadirse sus biografías de Modesto Mora, Luis Botifoll y otras personalidades que han dejado huella en la emigración. Muchos de sus libros fueron publicados por Ediciones Universal de Juan Manuel Salvat y por Editorial Cubana. De su profunda espiritualidad da testimonio su libro Variaciones en torno a Dios, el Tiempo y la Muerte así como su autobiografía Bajo mi terca lucha con el tiempo, una verdadera crónica del tiempo cubano que le tocó vivir, en su patria y el exterior.

Ángel Cuadra, Eduardo Lolo, Octavio R. Costa y Juan Manuel Salvat en 2001

No puedo terminar sin mencionar que, además de escribir artículos sobre Octavio R. Costa y sus libros, compartí con él momentos inolvidables conversando sobre el hermoso suelo donde nacimos. Y aunque no tuve el privilegio de tenerlo como profesor, siempre le llamé y seguiré llamando “Maestro”.


El viernes 16 de diciembre de 2005 falleció en la ciudad de Los Ángeles, un leal hijo de Cuba, hombre de muchos, muchísimos, amigos, un ciudadano por derecho propio de la república de las letras.

Tuesday, May 9, 2017

Un cubano alcalde de París, la historia lo enterró y ahora lo rescata

Por William Navarrete*

El 5 de octubre de 2015, Anne Hidalgo, la alcaldesa de París, y otros ediles del Ayuntamiento de la capital, inauguraron en la esquina de la calle Saussure y el bulevar de Pereire, en el distrito XVII de la capital francesa, la calle Severiano de Heredia. Todo el que levante la vista hacia las dos tarjas que a lo largo de esta arteria peatonal existen podrá leer algunos de sus cargos: ‘‘Diputado del Distrito XVII. Presidente del Consejo de París (1879). Ministro de Obras Públicas (1887)’’.
Nacido en La Habana, en 1836, y educado en París desde los 11 años de edad aproximadamente, este otro Heredia cubano (menos conocido que sus dos primos poetas, José María Heredia y Heredia y José-María de Heredia) fue, por así decirlo, el primer hombre de origen africano en obtener una cartera de ministro en un gobierno europeo y el único nativo del continente americano que ha ocupado el relevante puesto de la Alcaldía de París.
 El gesto, para estos tiempos en que el lenguaje de la diversidad o de la ‘‘mixité’’ (como se llama en francés al fenómeno de integración racial a nivel de instituciones) está de moda, tiene mucho de significación política. Y como suelen hacer los de la política, echar mano al único alcalde de París con orígenes africanos y rendirle homenaje más de un siglo después tiene bastante de ganga.
Hijo de la esclava y el amo
Poco se sabe de la infancia de Severiano de Heredia. Los autores que han abordado su biografía (tanto en español como en francés) afirman que fue bautizado en la parroquia de Jesús del Monte, en aquel entonces en los campos aledaños a La Habana, el 4 de enero de 1837, como hijo de los esclavos liberados Henri Domingo de Heredia y Beatriz de Cárdenas (quienes llevaban entonces los patronímicos de sus amos). En el acta de bautizo aparece como padrino Ignacio de Heredia Campuzano, terrateniente y propietario de esclavos, quien estaba casado con la normanda Madeleine Godefroy, con quien no tuvo hijos. El conde de Jaruco, en Historia de familias cubanas, menciona a Severiano como hijo adoptivo (e insinúa que natural) del mencionado Ignacio, y añade que Severiano tomó como segundo apellido –ignoro la razón– el de ‘‘Arredondo’’.


Muchos afirman que era más bien hijo del amo con Beatriz, su esclava, algo que explica por qué el amo decide adoptarlo desde su más tierna edad. Los Heredia formaban parte de un clan de terratenientes de la isla vecina de La Española, establecidos en Cuba después de los episodios de la revolución haitiana. Severiano es primo en grados diversos de José María Heredia y Heredia (1803-1839), el cantor del Niágara y En el teocalli de Cholula, uno de los poetas cubanos insignes del siglo XIX, y también de José-María de Heredia (1842-1905), de similar importancia en el ámbito literario francés.
Después de la muerte de su padre adoptivo (o biológico) en 1848, Severiano viaja con su madre a París y se instala definitivamente en la Ciudad Luz.
Estudios y vida parisina
Severiano de Heredia estudia en uno de los mejores institutos de París: el Lycée Louis-le-Grand, sito en el bulevar Saint-Michel, oficializado con sus correspondientes cartas patentes por el Rey en 1563. Allí estudia durante nueve años, aprende la retórica y será recompensado con un Premio Honorífico en 1853.

Para ese entonces es un joven rico y consentido. Alguien que vive de sus rentas, pues ha heredado la plantación cubana de Santo Cristo y un centenar de esclavos. Puede permitirse lujos, frecuentar la ópera, los cafés en donde se mide el pulso de la vida mundana y la brillante sociedad parisina de esa época. Es un diletante perfecto que escribe, de vez en cuando, críticas de arte para Le Gaulois, u otros textos para la Revue de París, y sueña con convertirse en escritor. Posee una villa en el bulevar Pereire y a juzgar por lo que de él cuenta su vecino y contemporáneo, el editor y escritor Maurice Dreyfous, en su libro de memorias Ce que je tiens à dire (Lo que tengo que contar), publicado en 1912, era un ser ocioso que prefería pasar el día callejeando más que otra cosa.
Influencia de la masonería
Para entender la trepidante carrera política de Severiano habrá que remontarse a la influencia de la francmasonería en este ámbito. En 1866, dos años antes de casarse con Henriette Hanaire, entra en la logia Estrella Polar, perteneciente a la orden del Gran Oriente de Francia. De sus diferentes cargos y funciones desempeñadas en el seno de dicha orden, de la que llegó a obtener el alto grado de Rosa Cruz en 1870, da cuenta Jean-Marie Mayeur en su diccionario biográfico Los parlamentarios del departamento del Sena durante la Tercera República (en francés). Sabido es que el apoyo de esta cofradía o institución iniciática (incluso en la época actual) es una pieza clave para llegar a ocupar puestos políticos de relevancia en la sociedad francesa.
Hoy una calle de París lleva el nombre de Severiano de Heredia.
Cortesía William Navarrete
A ello se añadirá un contexto político particularmente turbulento, marcado por la guerra franco-prusiana de 1870, el fin del Tercer Imperio tras la derrota de Napoleón III y el comienzo de la llamada Tercera República. Por sentimiento patriótico, tal vez porque ya tenía previsto lanzarse en política, solicita y obtiene por decreto de ese año la nacionalidad francesa. Poco después, en abril de 1873, un mes antes de que ocupe la presidencia el general Patrice de Mac-Mahon, duque de Magenta, Severiano obtiene el cargo de Consejero municipal, en representación del barrio de Ternes (distrito XVII de París). Es su primer puesto de importancia en esta esfera.
Carrera política
A partir de su primera nominación, el cubano (si nos atenemos a que nació en la isla de Cuba, entonces bajo la égida de España), naturalizado francés, será representante del departamento del Sena (que incluía entonces la capital actual y algunas municipalidades limítrofes) y en 1879 es elegido presidente del Consejo de París, un puesto que equivale hoy al de alcade. Tenía 42 años y había sido designado por los ediles de un Ayuntamiento que se reunía entonces en el palacio de Luxemburgo por haber sido incendiado el original por los communards en mayo de 1871 (y no reconstruido hasta años después).
A principios de la Tercera República, la función de alcalde había dejado de existir. París se había enfrentado al Estado durante los episodios sangrientos de la Comuna y había quedado administrada por una asamblea de consejeros o representantes dirigidos por un presidente cuyas funciones eran aproximadamente las de un alcalde de antes y de nuestro tiempo.
Severiano de Heredia fue reelegido diputado del distrito XVII en 1881 y, finalmente, ministro de Obras Públicas en 1887, año en que comenzó la construcción de la Torre Eiffel, al final del mandato de Jules Grévy.
Durante ese periodo y la década siguiente se hará eco de las ideas más progresistas en aras de la separación del Estado de la Iglesia, en favor de la libertad de la prensa, de la escuela pública, se destacará en la creación bibliotecas municipales y se convertirá en portavoz de la necesidad de un Estado laico. Llegó incluso a presidir la Asociación Filotécnica, después de que lo hicieran Víctor Hugo y Jules Ferry. Compartía, además, las ideas de este último, pero lo perseguía su pasado esclavista, el hecho de que su fortuna personal se fundara en la explotación de la mano de obra esclava y en la economía colonial de la plantación, algo que sus detractores evocaban constantemente para desacreditarlo.
En el universo de las rencillas políticas no le sobraron enemigos. ‘‘El mulato del Elíseo’’, como a menudo le llamaban, era caricaturizado en la prensa por los sectores conservadores, y hasta por los propios socialistas de la época.
Rescatado de las tinieblas
El empeño de Paul Estrade, profesor universitario e hispanista, influyó en la decisión de la Alcaldía de París de rendir homenaje a este olvidado de la historia. De la misma manera que su pariente José-Maria de Heredia, también nacido en Cuba, fue el primer extranjero en ocupar un sillón en la Academia de la Lengua francesa, Severiano había sido el primer hombre de color en encabezar un ministerio europeo.
Por razones inexplicables, tal vez porque a fines del siglo XIX Europa se repartía África durante la conferencia en Berlín (1885) y porque la política colonial entraba en contradicción con su permanencia en un puesto gubernamental, el hijo de esclavos afrocubanos se convirtió en un personaje incómodo.
De las tinieblas del olvido lo rescata el profesor Estrade en un libro que lleva en portada una de las caricaturas inspiradas en él: Ce mulâtre cubain que Paris fit maire (Ese mulato cubano que París convirtió en alcalde), publicado en las ediciones Les Indes savantes, en 2011 (por ahora sólo en francés).
Y no porque no hubiera referencias de él en la prensa y en diferentes tras publicaciones, sino porque hasta entonces a nadie parecía importarle mucho la vida y obra de tan singular personaje.
Descendencia y herencia
Severiano de Heredia muere arruinado en 1901, en el mismo barrio en que comenzó su carrera política, muy cerca del parque Monceau. Se dice que invirtió lo que quedaba de su fortuna en el desarrollo del automóvil eléctrico (en lo cual también se adelantó a su época). Tuvo dos hijos de los que el varón murió pequeño y la hija, Marcelle de Heredia, fue una célebre neurofisiológica que tuvo sólo un hijo adoptivo: el pintor Carlos Lapicque, fallecido en 1998.
Al entierro de Severiano asistieron algunos miembros del gobierno y del cuerpo diplomático de Haití (Cuba se encontraba entonces bajo administración norteamericana durante el primer periodo de ocupación), encargado de dirigir las exequias. Nunca obtuvo la Legión de Honor, ni ninguna de esas altas órdenes francesas que pasan de mano en mano por alianzas y favoritismos. Y en el cementerio de Batignolles, en un mausoleo de piedra en forma de caseta, fue enterrado sin que su nombre figurara por ello durante mucho tiempo en la lista de personalidades y hombres ilustres que acoge el camposanto.

Panteón de Severiano de Heredia 
Quedan muy pocas calles disponibles en una ciudad tan densa como París y los olvidados tienen que conformarse con pedazos de plazuelas o calles peatonales que son más bien aceras. De hecho, la de Severiano tiene una sola manzana y un café moderno (L’Iguane) como única referencia. Por otra parte, el cementerio de Batignolles lo ha incluido finalmente en su lista de personalidades, tal vez la mejor prueba de que comienzan a rendir honores merecidos a este hombre singular, nacido en la mayor de las Antillas.

*Escritor cubano residente en París. El texto, tomado de El Nuevo Herald, es reproducido aquí con autorización expresa del autor.

Monday, May 8, 2017

El primer exiliado cubano

Por María Teresa Villaverde Trujillo *

«El Padre Varela tuvo un profundo sentido de la libertad y de la justicia humana comparable solamente a la de su heredero laico, José Martí»
(Dr. Leví Marrero)
"...aquel patriota entero, que cuando vio incompatible el gobierno de España con el carácter y las necesidades criollas, dijo sin miedo lo que vio, vino a morir cerca de Cuba, tan cerca como pudo…"
(Jose Martí, fragmento del articulo publicado en el periódico "Patria")

El Padre Varela nació el 20 de noviembre de 1788 –según algunos historiadores posible en la calle nombrada "Obispo"- en la ciudad de La Habana, hecho que aún no ha quedado verificado. En su bautismo, asentado en el Libro Sexto de Blancos con el número 866 folio 203 en la Parroquia del Santo Angel Custodio el niño fue nombrado Félix Francisco José María de la Concepción Varela y Morales.
A la temprana edad de tres años muere la madre y el niño con sus dos hermanas, queda al cuidado de su abuelo quien pronto fue trasladado por su trabajo como militar a San Agustín de la Florida llevando con él al pequeño Félix. Al momento de empezar sus estudios secundarios, ya de regreso en La Habana, aunque se suponía que entrara en una academia militar Félix solicita ingresar en un seminario para hacerse sacerdote -devoción que sentía desde muy temprana edad-.
Se formó en las aulas del Seminario de San Carlos y San Ambrosio, y en la Real y Pontificia Universidad de La Habana. A los 23 años fue ordenado sacerdote en la Catedral de La Habana. Seguidor del pensamiento de su maestro José Agustín Caballero, hombre que marcó el camino para los estudios filosóficos en Cuba; sustituyéndolo en el Seminario cuando tenía 24 años de edad.
En 1814 escribe Instituciones de filosofía electiva, obra en cuatro tomos, donde insistía en la importancia de la ciencia para el conocimiento, aún cuando Varela consideraba que entre “Verdad de fe” y “verdad de razón”, debería primar la primera.
En 1818 se publica Lecciones de Filosofía y Miscelánea filosófica en 1819. Abogaba por una ciencia que girara en torno de los hechos y no de las palabras, y por un lenguaje científico que fuera totalmente comprensible.

El Sacerdote ante las Cortes
En 1821 el Padre Varela fue elegido para representar a Cuba en las Cortes de España, donde reclamó la abolición de la esclavitud con indemnización; y defendió el más aún osado planteamiento, la independencia de las colonias americanas en guerra. Al restablecerse el absolutismo regio en España, las Cortes quedaron disueltas y se firmó por Decreto Real aplicar la pena de muerte por traición a todos los diputados. El Padre Varela huyó a Gibraltar y de ahí a los Estados Unidos, donde residió el resto de su vida convirtiéndose en el primer exiliado cubano.
Ejerció el ministerio sacerdotal en la ciudad de Nueva York durante 30 años con admirable abnegación. Trabajando arduamente fundó escuelas, edificó iglesias, y evangelizaba a los pobres. Defendió la fe católica ante el avance de otros grupos religiosos. Se le nombró a una parroquia en la zona donde vivían inmigrantes de Irlanda, en la época cuando las diferencias étnicas y religiosas prevalecían fácilmente.
Igualmente inició una ardua labor en pos de la independencia de Cuba. Fue fundador de El Revisor Político y Literario. También llegaron a circular siete números del periódico independentista El Habanero prohibido en Cuba al igual que El Mensajero Semanal el que había publicado junto a José Antonio Saco. Publicó el periódico The Protestant Abridger and Annotator (1830) -donde defendía la fe católica frente a los ataques de los protestantes- y The Catholic Exporter and Literary Magazine, en unión de Charles C. Pérez (1841-1843). Colaboró en la Revista de La Habana, en el Diario del Gobierno, El Universal de Madrid, y el Repertorio Médico de La Habana; al igual que en otros periódicos, en inglés y en español. Usaba como seudónimo "Un paisano suyo".

Una obra para el futuro
Entre 1835 y 1838 se publicaron los dos primeros tomos de lo que se considera su última obra, Cartas a Elpidio, el testamento ideológico en el que legó a futuras generaciones la esencia de su ideario. El tercer tomo de esta obra, dedicado al fanatismo, no llegó a publicarse hasta 1944.
En una de las Cartas a Elpidio el Padre Varela había expresado:
"...fórmase ya en el horizonte de mi vida la infausta nube de la ancianidad y allá a lo lejos se divisan los lúgubres confines del impero de la muerte. La naturaleza, en sus imprescriptibles leyes me anuncia decadencia y el Dios de bondad me advierte que va llegando el término del préstamo que me hizo de la vida. Yo me arrojo en los brazos de su clemencia, sin otros méritos que los de su hijo; y guiado por la antorcha de la Fe, camino al sepulcro, en cuyo borde espero, con la Gracia Divina, hacer con el último suspiro, una profesión de firme creencia y un voto fervoroso por la prosperidad de mi Patria..."
Enfermo y abrumado
...En 1847 enfermó. Gastado físicamente y padeciendo asma recorrió varias ciudades en busca de un clima más apropiado. Viajó a San Agustín de la Florida, lugar donde había vivido se niño, y allí pasó los últimos años de su vida marcados por la pobreza, las enfermedades y la soledad; en un cuarto pequeño –como una celda- acompañado solamente por dos cuadros de santos y una campanilla.
Sintiendo cercana la muerte, pidió al sacerdote francés, P. Aubril que le llevara el Santo Viático. Antes de recibir la comunión el siempre primer exiliado cubano, dijo:
«Tengo que cumplir una promesa que hice mucho tiempo antes de ahora. Tengo que hacer en este momento, en el momento de mi muerte, como lo he hecho durante mi vida, una profesión de fe en la presencia real de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía. Creo firmemente que esta hostia, que Ud. tiene en sus manos, es el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo bajo la apariencia de pan. ¡Ven a mi Señor!»
Entregó su alma al Padre Celestial el 25 de febrero de 1853 "a eso de las 8 y media" aunque existen diversas investigaciones referente a la fecha exacta en que falleció el Padre Varela. Fue enterrado en el Cementerio local Tolomato. Más tarde, apenas dos meses después, el sacerdote Aubril con la ayuda de un grupo de cubanos de la isla costearon levantar una capilla en el cementerio. La primera piedra fue colocada el 2 de marzo finalizando su construcción el 13 de abril del propio año, día que los restos de Varela fueron depositados allí. Allí permanecieron los restos de quien, como dijo Jose Martí cuando visitó en 1892 la tumba del sacerdote para velar "los huesos del santo cubano" era un "patriota entero, que cuando vio incompatible el gobierno de España con el carácter y las necesidades criollas, dijo sin miedo lo que vio y vino a morir cerca de Cuba, tan cerca como pudo".

Sus restos llegan a La Habana
En 1911 –después de varias tentativas- y esta vez a petición del gobierno cubano el obispo norteamericano William Kenny exhumó los santos restos de Varela y los entregó al cónsul cubano en la ciudad de Jacksonville para su traslado a Cuba. De la Catedral de La Habana más tarde serán trasladados al Aula Magna de la Universidad de La Habana, en cuyo acto pronunció un elocuente discurso el maestro Enrique Jose Varona. El cenotafio del Aula Magna donde se halla una inscripción dice:

«Aquí descansa Félix Varela, sacerdote sin tacha, eximio filósofo, egregio educador de la juventud, progenitor y defensor de la libertad cubana, quien viviendo honró a la Patria y quien muerto sus conciudadanos honran en esta alma universidad en el día 19 de noviembre de 1911»La juventud estudiantil en memoria de tan grande hombre.
Ahí en una urna funeraria descansa junto a los neoclásicos óleos del pintor cubano Armando Menocal, denominados: «La Medicina», «Las Bellas Artes», «Las Artes Liberales», «El Derecho», «Las Ciencias», «El Pensamiento» y «Las Letras».

Foto de la caja que guardó provisionalmente los restos del Venerable cubano. 
Se conserva en  la Cátedra Honorífica Felix Varela en la Universidad Pedagógica 
que lleva su nombre en la provincia central de Cuba


 *Publicado originalmente en el semanario LIBRE y en su edición digital LIBREonline

Tuesday, April 11, 2017

José Olivio Jiménez: la proyección de un magisterio integral

José Olivio Jiménez en el Instituto Cervantes de Nueva York, durante la presentación de su libro La Raíz y el Ala: Aproximaciones críticas a la obra de José Martí (29 de septiembre, 1995)

                                                                                 
   Por Jesse Fernández, Ph.D,                                                                 Distinguished Teaching Professor (Emérito)

Pocos años antes de su muerte, el eminente educador y erudito cubano José Olivio Jiménez (Las Villas,1926 - Madrid, 2003) escribe un ensayo autobiográfico titulado Cuanto sé de mí: esbozo de una autobiografía integral. 1  Como el término integral aparece también en el título de mi trabajo, he creído oportuno citar los esclarecedores comentarios del autor en cuanto a los diferentes significados que él le atribuye a dicho vocablo en su autobiografía: “Me refiero, en principio, a mi voluntad de no limitarme a la notarización escueta de los datos que han resultado de mi carrera profesional. […] Sin descuidarlos, quiero dar entrada también a los hechos y circunstancias (de cualquier índole) que a lo largo de mis años han permitido que aquélla, mi carrera, haya podido conducirla yo de un modo nada gravoso, sino placentero.” (CS:1).  Y añade enseguida que no da por perdidas las horas dedicadas a la lectura y al estudio, “ya que las experiencias que esas horas me trajeron han enriquecido, después, mi meditación intelectual sobre la poesía, que nace siempre de la existencia.”   En otras palabras,  la poesía tiene que (o debería) estar armónicamente integrada a la vida, es decir, al ámbito de lo vital. Por eso piensa Jiménez que “Es necesario haber vivido a todo riesgo, y tener en cuenta lo que en ese empeño hemos aprendido, para después leer, hablar, escribir sobre poesía… con conocimiento de causa.” (CS, 2)  Y es precisamente por tener con conocimiento de causa que me animo a escribir los apuntes que siguen.
  Aproximadamente una década antes de redactar la citada autobiografía, El Diario/La Prensa de Nueva York le hace una entrevista al Profesor Jiménez con motivo de su ascenso al elevado rango de Distinguished Professor (Profesor Distinguido). En respuesta a una pregunta responde el entrevistado lo siguiente: “Creo… que enseñar poesía es un absurdo. La poesía no se enseña, ni se explica; se crea, se vive, se convive.” 2  Indudablemente, este último planteamiento registra las estrategias pedagógicas del insigne profesor, las cuales podrían resumirse escuetamente de la siguiente manera: la ausencia de posiciones dogmáticas; el respeto al interés, al grado de preparación, y aún a los “gustos” artísticos de cada estudiante; y sobre todo, el diálogo fructífero en lugar de la imposición de dictámenes preconcebidos.  José Olivio lo expresa sucintamente: “la universidad como laboratorio de ideas y lugar de comunicación”. (CS:13) De ese modo logra el Maestro despertar la curiosidad de sus interlocutores, comunicándoles su entusiasmo, o mejor aún, su pasión por la poesía y por la literatura en general.
(Abajo) De izquierda a derecha, con las profesoras Zenaida Gutiérrez Vega y María Soledad Carrasco y una alumna del Centro Graduado.  (Arriba): De izquierda a derecha, dos estudiantes y el Prof. Jesse Fernández, (quien presentó el libro).

            Si se considera que Jiménez tiene a su haber más de una veintena de libros publicados (la mayoría de ellos tan vigentes hoy como el día que vieron la luz); centenares de ensayos, artículos y estudios monográficos difundidos en las más prestigiosas revistas académicas a nivel mundial; incontables ponencias en instituciones académicas y profesionales; y numerosos honores y homenajes recibidos, llegamos a la conclusión que resulta ocioso repetir algo que todos sabemos: José Olivio Jiménez tiene ya un lugar asegurado en la historiografía del exilio cubano por su destacada labor en el campo de la enseñanza y de la crítica literaria en los círculos académicos de Cuba, Estados Unidos y España, los tres países que más profundamente marcaron su desarrollo profesional y existencial.  Como ya hemos señalado, la camaradería y el entusiasmo caracterizan lo que podría considerarse “su sistema educativo” (él lo llama con mayor gracia: “mis manierismos didácticos”). Por eso, más que alumnos, puede afirmarse que José Olivio cultivó discípulos, con quienes mantuvo siempre relaciones cordiales y en muchos casos afectuosas.  Esa conducta, que forma parte de su sentido democrático de las relaciones humanas, es sin duda uno de los atributos imprescindibles para que a un educador se le otorgue el relevante tratamiento de Maestro: inspirar en sus discípulos el respeto y la confianza en vez del temor –o peor aún, la indiferencia; provocar la curiosidad y la sorpresa del estudiante, por encima del asentimiento rutinario y poco imaginativo. En una carta póstuma escrita por su discípulo y amigo Dionisio Cañas, hoy un reconocido poeta y crítico español, leemos lo siguiente: “Me enseñaste a leer la poesía desde la humildad del lector; no partiendo de ninguna teoría ni como un viajero que sabe al lugar donde va a llegar cuando empieza el viaje.  Para ti leer un poema era siempre una aventura hacia lo desconocido. Dejabas que el protagonista fuera el poema, no el crítico, y tus ensayos eran algo así como una crónica de ese viaje por dentro del texto...” 3  Justo homenaje al Distinguido Profesor José Olivio Jiménez, o simplemente José Olivio, como él prefería que lo llamara un grupo selecto de antiguos alumnos –algunos comenzaban el bachillerato en sus clases, y con él completaban el doctorado. No se puede trazar una imagen completa del genuino y nada petulante educador sin mencionar las memorables tertulias que organizaba en su apartamento del alto Manhattan, en las que muchas veces sus alumnos dialogábamos con escritores y otros intelectuales españoles, mexicanos, chilenos, etc., que se encontraban de paso en Nueva York.  A esas reuniones, que se convertían en una extensión del salón de clase, concurrían José Hierro, Francisco Brines, Luis Cernuda, Gonzalo Rojas, José Emilio Pacheco,  Humberto Días Casanueva, Gonzalo Sobejano, Ivan Schulman, y otros del contorno más cercano: Radamés de la Campa (“Rada”) a quien considera su primer verdadero amigo al ingresar en la Universidad de La Habana), Dionisio Cañas, Ángela Dellepiane, Octavio de la Suarée, Marithelma Costa –y animando la velada, Mercedes, la madre bondadosa y sabia que fue siempre, hasta su muerte a la edad de 96 años,  el infalible sostén espiritual de José Olivio.
Estudios y primeros pasos en su formación pedagógica
José Olivio Jiménez
Quiero destacar, si bien a grandes rasgos, aquellos momentos que fueron moldeando la vocación de servicio y los gustos literarios del joven estudioso, que también se puede calificar como su proyección profesional y existencial.  Desde la temprana edad de 17 años aparece José Olivio ejerciendo la enseñanza en una escuela primaria.  Para ello estaba plenamente calificado, pues ya se había recibido de la Escuela Normal para Maestros en su ciudad natal de Santa Clara.  Pero el ambiente provinciano, con ser el de la capital de la provincia de Las Villas, le resultó estrecho a un joven talentoso y con grandes aspiraciones.  Lo cierto es que poco tiempo después, en 1952, José Olivio ingresa en la Universidad de La Habana, donde obtiene su primer Doctorado en Filosofía y Letras, y también es premiado con una beca para continuar estudios especializados en la Universidad de Madrid.  Tres años más tarde (1955) completa todos los requisitos para un segundo doctorado en Filosofía y Letras de dicha institución, y gana el Primer Premio del curso por su tesis titulada La poesía cubana contemporánea. Simultáneamente, asiste a la Universidad de Salamanca, donde ese mismo año (1955) también recibe un Diploma de Filología Hispánica. La estadía en España ayuda a cimentar la amplia cultura del joven y estudioso cubano. Para ello cuenta con distinguidos maestros (baste mencionar a Dámaso Alonso) y otras destacadas personalidades del mundo académico en esos momentos.  Aquella experiencia española también le permite establecer una estrecha amistad con varios poetas jóvenes que muy pronto habrían de convertirse en los baluartes de la lírica peninsular de posguerra: Carlos Bousoño, José Hierro, Francisco Brines, Luis Cernuda, José Angel Valente y un futuro Premio Nobel, Vicente Aleixandre.
Al año siguiente, 1956, se encuentra Jiménez de regreso en Cuba, ocupando el puesto de Profesor Asociado en la Universidad de Villanueva.  En esa prestigiosa institución habría de enseñar hasta finales de 1958 cuando el joven profesor y novel ensayista sale nuevamente de Cuba con destino a España.  Era este un viaje inesperado, que se debía más que nada a su incertidumbre sobre los acontecimientos políticos que ya se anunciaban en toda la isla, y que en efecto culminarían con el triunfo de los revolucionarios al mando de los hermanos Castro,  Ernesto Guevara y otros jefes guerrilleros. Cuando estos entran triunfantes en la capital cubana y se apoderan del gobierno, ya hacía varios días que José Olivio se encontraba en  Barcelona.  Según confiesa en el ensayo autobiográfico donde aparece mucha de esta información, “Los primeros meses de de ese año, del 59, me enfrentaron al más terrible dilema de conciencia moral de mi vida”. (CS:27) La disyuntiva, por supuesto, era quedarse en España o regresar a Cuba para servirla bajo un sistema político peor aun que el que lo había obligado a salir del país en primer lugar. Por suerte, la distancia y su afortunado “ojo de zahorí”, hacen que tome la única decisión decorosa en aquellos momentos: quedarse en España y no hacerse cómplice de una nueva injusticia, quizás la peor cometida hasta entonces contra su infortunada isla.  En el ensayo autobiográfico que venimos citando concluye el autor: “Con el tiempo, la realidad me ha hecho no tener que arrepentirme de aquella decisión de no volver a Cuba, a pesar de que supuso la amputación impuesta de mis primeras raíces.” (CS:28)
Un nuevo entorno profesional y “existencial”: Los Estados Unidos 
En 1960, tras permanecer durante casi un año en España (a la que más tarde llamará “mi segunda patria”), llega Jiménez a los Estados Unidos.  El recorrido había sido largo y a veces

penoso, pero a la vez fecundo. Veamos algunos ejemplos de ese recorrido.  El primer encuentro, con el que habría de convertirse en su país adoptivo, fue en el Estado de Massachusetts. Viene con un contrato de Profesor Adjunto a Merrimack College.  Acaba de cumplir 34 años y está solo, por eso se lamenta en un tono lírico y sobriamente melancólico: “Ninguna amistad cercana, ningún amor”. (ME: 26) (José Olivio, como muchos han señalado, tenía un temperamento poético que no lograba disimular abajo el disfraz de profesor y de crítico). Allí, en “las praderas seis meses nevadas de Massachusetts” se refugia el joven cubano durante dos años que, a pesar de la nieve y la soledad absoluta, o tal vez gracias a ellas, se convierten en una de las etapas más productivas de su carrera profesional: “… [Viví] ese tiempo –y es otra manera muy válida de vivir –de un modo intelectual (y poéticamente) provechoso. ... Leo con gran entusiasmo una buena parte de la poesía francesa del XIX, con Nerval y Baudelaire (muy diferentes) como mis inclinaciones mayores en aquella pléyade que tanta siembra magnífica legó a la modernidad poética. Escribo lentamente el primero de mis libros, Cinco poetas del tiempo , que se publicaría en 1964.” (ME:26) Como es bien sabido, esa obra le aseguró al autor, desde muy temprano, un lugar destacado y permanente en el mundo de la crítica literaria. El método de análisis filosófico y cognoscitivo que José Olivio emplea en la interpretación de textos poéticos de cinco escritores españoles de la posguerra, contribuyen a que el libro esté reconocido como un clásico en su género. 
    
        En octubre de 1962 entra José Olivio Jiménez a la ciudad de Nueva York, a la que su compatriota José Martí había llegado ocho décadas antes (aunque en condiciones muy diferentes, por supuesto).  La “la gran ciudad”, como la llamó Martí, habría de convertirse muy pronto, para el joven y resuelto educador, en su “horizonte vital más inmediato.” (ME:27) Viene contratado por la City University of New York para enseñar en el Departamento de Lenguas Románicas de Hunter College.  En el fragmento autobiográfico que acabamos de citar, confiesa Jiménez que “éste (Hunter College) fue mi verdadero taller como profesor en el nivel universitario”. (ME:28)  Comienzan también sus relaciones amistosas y profesionales con destacados colegas de renombradas universidades e instituciones culturales norteamericanas: Harvard, Princeton, Columbia, Barnard College, New York University, The Modern Languages Association, el Instituto Cervantes, el Círculo de Cultura Panamericano, entre otras.  En 1965 es ascendido al rango de Profesor Asociado, y comienza a enseñar en el programa de "Masters” de Hunter College.  Sus publicaciones comienzan a aparecer en destacadas revistas literarias de Estados Unidos, España e Hispanoamérica, y sus intervenciones en congresos nacionales e internacionales se multiplican. Establece, además, contactos directos y frecuentes con escritores e intelectuales con quienes comparte inquietudes filosóficas, culturales, políticas, pero sobre todo literarias, que hasta entonces sólo había vislumbrado “desde afuera”. Una de las consecuencias inmediatas (y probablemente la de mayor trascendencia para su carrera) fue el reencuentro con la literatura cubana e hispanoamericana, terreno que había quedado postergado (o tal vez vedado) durante sus años de estudio en España, cuando sus lecturas y sus trabajos críticos se habían centrado casi exclusivamente en la poesía española contemporánea.  Su “puesta al día” en el estudio de la literatura hispanoamericana se debió, al menos inicialmente, a un encargo del Director del Departamento de Lenguas Románicas, el escritor español Emilio González López, de organizar por primera vez cursos de literatura hispanoamericana a nivel sub-graduado –en aquella época, aunque hoy nos parezca inaudito, a ese nivel no se estudiaba la literatura peninsular)!  El requisito para ejercer su nuevo puesto se convierte para José Olivio “en la raíz de una de mis más fecundas y permanentes experiencias.” Y añade de inmediato, “A partir de entonces, y consciente de la equilibrada importancia de las dos anchas zonas del orbe hispánico, se produjo espontáneamente en mí otra decisión, pero ésta nada conflictiva sino enriquecedora: dedicar mis actividades (como lector de poesía y como profesional de esa lectura) tanto a España como a Hispanoamérica.” (CS:28).  El nuevo entorno, como vemos, favorece uno de los legados culturales y literarios que mayor reconocimiento le ha merecido al destacado educador y crítico cubano.  
            Dos años más tarde, en 1967, el Centro de Estudios Superiores (The Graduate Center) de la City University of New York inicia el programa de Estudio Hispánicos a nivel de doctorado, y  José Olivio es invitado a formar parte de ese esfuerzo, en el que muy pronto es considerado uno de los miembros más activos y competentes del grupo planificador.  Por esas mismas fechas alcanza el alto rango de "Full Professor”.  En sólo cinco años (1962-1967) asciende de Profesor Asistente a Catedrático Titular, algo casi insólito dentro de ese sistema universitario.  Cuando Hunter College le confiere a Jiménez el honroso título de "Profesor Distinguido”, en 1990, no hacían más que reconocer de manera oficial lo que sucesivas promociones de estudiantes habían comprobado desde hacía mucho tiempo: además de ser un educador excepcional, José Olivio era un verdadero guía y Maestro, con todas las implicaciones que esa denominación conlleva.  Como sugerimos al comienzo, el calificativo de Maestro lo había merecido desde muy temprano en su carrera, no sólo por su fecunda labor en el campo de la docencia sino por la calidad y la trascendencia de sus aportaciones en el terreno de la crítica literaria.  Todas esas actividades se complementaban en él, a tal punto que resulta difícil hablar de una sin referirse a las demás.

La investigación y la crítica literaria
            En el terreno de la investigación y del análisis literario habría que destacar, como esfuerzos paralelos a la enseñanza, los penetrantes y audaces planteamientos inspirados en obras, autores y épocas que llenan más de cuatro décadas –mediados  del siglo XX hasta los comienzos del nuevo milenio.  Desde muy temprano Jiménez comprendió que los estudios interpretativos en torno al modernismo hispanoamericano, y sus indiscutibles vínculos con el modernismo peninsular, seguían repitiendo conceptos anacrónicos e inexactos. Uno de ellos era destacar, casi exclusivamente, el perfil decorativo, ornamental, exótico y extranjerizante del modernismo, y no admitir –o no querer admitir – que aquellos primeros impulsos “preciosistas” no representaban por igual a todos los iniciadores del modernismo, ya que paralela y simultáneamente, se había cultivado una poesía íntima, espiritual y fundamentalmente ética.  No es de extrañar que cuando el lector inexperto abordaba por primera vez el estudio de ese movimiento o época, sospechara que entraba en un virtual callejón sin salida: ¿Se trataba de una escuela literaria cuyo indiscutible maestro era Rubén Darío, como afirmaban casi todos los estudios críticos a nuestro alcance, o de un movimiento “anárquico y contradictorio”? ¿Habían sido Martí, Gutiérrez Nájera, Casal y Silva simplemente “precursores” de la hazaña modernista, o sus verdaderos “iniciadores”? (aquí la distinción lingüística entre precursor e iniciador era cardinal)!  ¿Era Martí uno de los últimos románticos, uno de los primeros modernistas, o ambas cosas a la vez?  ¿Qué significaba eso del sincretismo modernista?  ¿Cuáles habían sido las fechas aproximadas de iniciación y clausura del modernismo? (Sobre este último detalle, por cierto, los críticos todavía polemizaban hasta el cansancio, hasta la década de los 80!)  
            Por fortuna, la notable capacidad de síntesis que caracteriza el pensamiento de José Olivio Jiménez logra poner orden y descifrar enigmas en lo concerniente a la reforma modernista, que el poeta español Juan Ramón Jiménez define como “un movimiento de entusiasmo y libertad hacia la belleza”.  Es justo señalar que José Olivio no fue ni el primero ni el único en presentar una visión coherente e imparcial del modernismo; pero también lo es admitir que él fue uno de los más lúcidos y tenaces en ese sentido.  Los anticipos teóricos de Pedro Henríquez Ureña, Federico de Onís, Ricardo Gullón, Manuel Pedro González, Octavio Paz, Ivan Schulman, entre otros destacados investigadores de la época (a quienes José Olivio reconoce como los pioneros de aquella “afortunada revaloración”), habían señalado el camino a las nuevas promociones de estudiantes y lectores. Pero las especulaciones teóricas de los especialistas citados no hacían más que confirmar, tácitamente al menos, las audaces revisiones formuladas por Jiménez de modo conciso y metódico.  Comienza a surgir entonces una imagen más equilibrada y coherente del modernismo como una época compleja, de signo sincrético y anárquico, “expresiva del angustioso conflicto espiritual del hombre contemporáneo”.4  El modernismo, como apunta certeramente el crítico, se comprende mejor si aceptamos de entrada que se trata de un movimiento confuso, signado por un estilo, o por una suma de estilos que logran expresar el espíritu de toda una época conflictiva: “varia, compleja y contradictoria”, que fue la de finales del siglo XIX y comienzos del XX. (Ibídem)
José Martí y el modernismo: estilo, lenguaje y la filosofía de la existencia
Cabe destacar que uno de los planteamientos más anticipatorios, y tal vez más arriesgados del autor durante la etapa que éste califica de su “primer estadio” en el acercamiento teórico al modernismo, consiste en relacionar la ideología de la época con los presupuestos del pensamiento existencial.  Consciente del riesgo que esa reflexión acarreaba Jiménez se esmera en explicar que la “filosofía de la existencia” se perfilaba ya en la obra del filósofo danés Soren Kierkegaard (1813-1855), desde mediados del siglo XIX. Es por ello que el crítico se esmera en precisar las diferencias entre “filosofía de la existencia” y “existencialismo”, por considerar que este -ismo se asocia más concretamente al movimiento francés que se manifiesta alrededor de la Segunda Guerra Mundial, cuyos fundamentos teóricos y espirituales proponían algo muy diferente.   Abre así Jiménez las puertas a uno de sus más innovadores y perdurables legados en el terreno de la crítica literaria hasta aquellos momentos: el estudio del pensamiento martiano desde la perspectiva de un espiritualismo universalista y anti-materialista. Pero antes de adentrarme en su tesis quisiera dejar constancia de lo que la lectura de Martí significó en la formación profesional y espiritual de nuestro ensayista.  Para comenzar, éste declara que su acercamiento a la obra martiana fue tardío, situación que lo afligió profundamente al descubrir que Martí había sido, en realidad “el prosista más brillante del modernismo hispánico, y el sembrador más generoso de fe y humanidad que los tiempos modernos han conocido.” (CS:44) El retraso, confiesa Jiménez (quien declara en otro momento que “me reconozco muy cubano”) se debió, fundamentalmente, a su antipatía al “culto mostrenco a Martí” predominante en Cuba desde la independencia, y que perduraba aun durante sus años de estudiante universitario. Más tarde, ya en el extranjero, José Olivio se empeña en reivindicar el legado poético y filosófico de José Martí, y es cuando éste “…pasó a convertirse en guía, maestro, mentor moral, y aún en el norte más seguro de mi espíritu para la consecución de una visión armónica de la existencia, especialmente en el nivel de las relaciones humanas (lo que he tratado de inculcar, en el contacto inmediato y personal, a mis alumnos)”. (CS:45)
Una pista necesaria para vislumbrar la ideología martiana se encuentra en el ensayo titulado Una aproximación existencial al ‘Prólogo al poema del Niágara, de José Martí’ que encabeza el volumen titulado Estudios críticos sobre la prosa modernista hispanoamericana (1975).  En este ensayo, de firme sostén  filosófico, José Olivio destaca la actitud paradójica del ilustre pensador cubano, que se resuelve en dos impresiones contradictorias: el revés negativo y el haz positivo, de la existencia.  La intuición de ese “revés negativo” de la condición humana propicia la entrada triunfal de la duda en el ideario martiano, que por suerte nunca llega a convertirse en una inclinación nihilista, aunque sí incluye una visión de mundo que concibe “el desplome total de los valores del pasado y la ausencia de valores sustitutivos y valederos.” 5  El haz positivo, por el contrario, proyecta una visión jubilosa y entusiasta de la vida histórica que Martí veía surgir en los Estados Unidos en la época de su llegada a este país (1882). El resultado es una conceptualización paradójica del destino humano: “el vivible en lo concreto de nuestra experiencia existencial y alcanzable sólo en la trascendencia suprema”. (RA:51)  La tesis propuesta por el autor de este penetrante ensayo se apoya en el concepto de la filosofía de la existencia, entendida “como un tenso juego de antinomias pero donde la fisura de la nada en el ser no tiene por fuerza que marcar el destino último y único del hombre”. (RA:31) Desde esa perspectiva, concluye el investigador, “no debe haber impedimentos ni recelos para detectar cuánto hay de existencial…en el pensamiento de Martí.” (RA:32) El planteamiento jimeniano, por cierto, provocó algunas censuras por parte de una crítica miope y esclerótica que consideraba inaceptable, por anacrónico, acercar el pensamiento de José Martí, un escritor del siglo XIX, a lo que era un movimiento del siglo XX. No obstante, una lectura cuidadosa de dicho ensayo, así como de otros que se incluyen en el volumen La raíz y el ala (1993), comprueba que el autor se anticipa a esos detractores, haciendo ver que la proyección existencial en Martí es perfectamente asimilable a la de Kierkegaard, un pensador decimonónico que también había sido “el primer espíritu de su siglo, acuciado por esa preocupación, dirigida ya derechamente a esclarecer la situación del hombre en el mundo.” (RA:26) 
Y aún hay más. En la introducción a la Antología crítica de la prosa modernista hispanoamericana (1976), publicada en colaboración con Antonio Radamés de la Campa, se refuta la noción tradicionalista que consideraba el modernismo como una cuestión casi exclusiva de estilo, sin tomar en cuenta que se trataba también de la “revelación de todo un estado de la cultura y el espíritu”.6  En otras palabras, el modernismo era, ante todo, una expresión artística en la que cristaliza un estilo, “más allá de sus variadísimos y aun opuestos elementos temáticos”. Por lo tanto, concluye Jiménez, el modernismo es “una forma dada de modalidad expresiva del lenguaje” a través del cual se manifiesta el espíritu de toda una época.  (Ibídem)  Otras polémicas sobre el modernismo habían tenido lugar a principios y mediados de los años ’70. En varios ensayos de ese período Jiménez logra demostrar, mediante ejemplos y argumentos irrefutables, que más que un precursor del modernismo, José Martí era una de las figuras cardinales de ese movimiento –adelantando, de paso, que contrario a lo que la crítica tradicional seguía repitiendo, la experimentación modernista se había manifestado primero en la prosa y sólo más tarde en el verso.  Los penetrantes sondeos en torno a la obra y la dimensión humana de Martí le muestran a nuestro investigador la singularidad del insigne escritor y pensador cubano, sin duda el escritor que “con mayor tenacidad había de llevar nuestra lengua literaria, y los contradictorios códigos de pensamiento que en ella encontraron viabilidad comunicativa, no sólo al modernismo, sino hasta las puertas mismas de la modernidad.” 7
En aportes críticos de esa época (década de los 80 y 90), comenzando por el ensayo introductorio a su Antología crítica de la poesía modernista hispanoamericana (1985), Jiménez analiza a fondo los conceptos teóricos planteados por Octavio Paz en el sugerente libro Los hijos del limo (1974): “La analogía –declara Paz –concibe al mundo como un ritmo: todo se acuerda porque todo ritma y rima”.8   El autor apoya la tesis del pensador mexicano que sitúa las raíces del modernismo hispanoamericano dentro del pensamiento poético del primer romanticismo, concretamente en el marcado por románticos alemanes  (Holderlin, Novalis, Schlegel). Para Jiménez,  “Esta evolución interior de la poesía modernista puede contemplarse desde la tensión dialéctica que arman entre sí la ley universal de la analogía y el imperativo de la ironía: esas dos tensiones que, nacidas en el romanticismo, marcan los avatares de toda la poesía moderna”. (34) El crítico cubano se cerca a las ideas de Octavo Paz, y examina esas dos intuiciones del pensamiento poético decimonónico (la ley universal de la analogía y el imperativo de la ironía), en un estilo riguroso que nunca deja de ser elegante:
La analogía lee el universo como un vasto lenguaje de ritmos y correspondencias, donde no tienen asiento el azar y los caprichos de la historia, y a esta luz la poesía o el poema habrán de entenderse como un microcosmos, como otra lectura o reinterpretación, de aquel rítmico lenguaje universal.
Y añade más adelante:
Bajo la acción de la analogía, el poema no pude recoger la esperanza del habla común, ni el exabrupto que cabe en el coloquio. Sólo le es dable reproducir, verbalmente, la armonía y la belleza originales de la Creación. Y el poeta es así, además de un visionario o un veedor, el sacralizador por la palabra de la realidad, y quien habrá de reinstaurar el orden natural –la perfección– de lo creado.”  (36)
Y es que el tiempo, dentro de ese lenguaje, no es lineal e irrepetible, que es el único aceptable desde la conciencia irónica, sino cíclico y recurrente; es decir rebelde siempre a la condena de finitud y muerte que la ironía impone. (37)
            José Olivio Jiménez incorpora los postulados teóricos de Paz en torno a “ese elemento dual, y que no hay más remedio que llamar demoníaco: la visión analógica del universo y la visión irónica del hombre”, y que el pensador mexicano ve reflejado en los elocuentes versos de Martí: “El Universo/ Habla mejor que el hombre”. (34-35)


José Olivio Jiménez parece vislumbrar con plena claridad las relaciones y dependencias entre el lenguaje modernista y los conceptos de la ironía y de la analogía, que Octavio Paz desarrolla dentro de los parámetros teóricos de la modernidad, dándoles (a esos conceptos teóricos) un sentido y una dimensión artística universal o ecuménica.  En la introducción a la excelente antología aludida (la cual, por cierto, continúa siendo lectura obligatoria en cursos universitarios sobre el modernismo) José Olivio demuestra cómo aquellas intuiciones del pensador mexicano también se manifiestan o aplican a nivel de estilo. En ese ensayo introductorio (y emblemático) el crítico traza los rasgos de la expresividad modernista que nace de la dialéctica entre los principios de “unidad” y “ruptura”. El primero, es decir el principio de unidad, proviene de “aquel ensueño analógico desde el cual todo se presenta como compacto, unitario, cíclico, cabal”. (p.36) De ahí que la primera generación modernista privilegiara una expresión poética nacida precisamente de los supuestos estéticos de la analogía, eso es, del principio de la armonía universal.  El crítico enumera cuáles son algunos de esos recursos expresivos: amor a la palabra hermosa y musical; las frases rítmicas o cadenciosas, la versificación acentual, la rima como una forma de reforzar la circularidad del tiempo, las aliteraciones, las sinestesias, las rimas interiores, la práctica intensa de la metáfora que, concluye Jiménez, “también descubre y establece correspondencias secretas entre objetos distantes de la realidad”.   La noción de ruptura, por el contrario, nace del imperativo de la ironía, que, según Paz, representa “la estética de lo grotesco, lo bizarro, lo único”, y que según el erudito cubano “introducirá la descreencia en la sacralidad del mundo, en los poderes descifradores y unitivos del poeta, en el respeto sagrado al arte.” (37-38) Esto último, calificado también como “el descoyuntamiento” del lenguaje, se manifiesta en metáforas chocantes o atrevidas, tal como se encuentran  en Lunario sentimental de Lugones (“la luna amarilla y flacucha como una trucha”), y en Los maitines de la noche, de Herrera y Reissig (quien compara el vaho de la campiña con “una jaqueca sudorosa y fría”), y en otro poema del mismo libro nos dice que “es un cáncer tu erotismo/de absurdidad taciturna”). (p.39)  Este nivel de ironía, que afecta a la segunda más que a la primera promoción modernista, se aproxima, casi hasta llegar a las puertas, de la estética vanguardista en las letras hispanoamericanas.
Otros razonamientos sobre ese mismo tema –y estamos todavía en el amplísimo campo de la crítica modernista—coinciden con las certeras intuiciones y revisiones de José Olivio en torno al simbolismo, o quizás cabe decir, a la relevancia del símbolo poético como recurso expresivo cuya vigencia se extiende a todo lo largo de la época modernista (1882-1916, más o menos) y continúa hasta casi los finales del siglo XX.  Para Jiménez, el símbolo, concebido como “el resultado literario de la visión analógica del universo”, se convierte en la piedra angular de las actitudes estéticas que integran no sólo el modernismo sino casi toda la literatura “moderna”. Uno de los mayores riesgos de las especulaciones sobre la estética simbolista, opina el crítico, es que modernismo  y simbolismo son las dos caras de una misma moneda. Martí, Silva, Darío, Nervo, Manuel Díaz Rodríguez, y Herrera y Reissig, fueron sólo algunos de los modernistas hispanoamericanos que identificaron la sensibilidad simbolista, y hasta la decadentista, con los criterios artísticos del modernismo. Y es que, como también sugiere José Olivio en el ensayo titulado “La conciencia del simbolismo en los modernistas hispánicos”, esos escritores nuestros exhibían una perfecta conciencia “de saberse instalados en una corriente poética o literaria universal que, identificada o no por su nombre ya legitimado, era justamente la simbolista”.9
Aunque nos hemos extendido en el análisis del modernismo y de la posición cimera de José Martí dentro de esa empresa literaria con raíces en este lado del Atlántico, también es obligatorio mencionar otros aportes crítico anteriores, sobre todo la celebrada introducción a su Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea,1914-1970 (Madrid: Alianza Ed., 1971).  De esta publicación es importante señalar que hay una segunda edición revisada, que aparece en 1977, y una tercera edición aumentada, que incluye poemas escritos entre 1914 y 1987, que ya cuenta con numerosas reimpresiones.  Unos meses después de aparecer la primera edición del libro, Octavio Paz declara que “Es la mejor antología dedicada a la poesía hispanoamericana contemporánea que se haya publicado hasta hoy.  Me gustaría conocer al autor de esa estupenda introducción para pedirle que colabore en mi revista”. (Charla con estudiantes de Hunter College , Bronx, NY. (circa: 1972). Paz se refería a Plural, donde poco tiempo después, en efecto, aparecen varias colaboraciones de Jiménez. Otra anécdota curiosa: un funcionario de Alianza Editorial declara en un diario madrileño que la antología citada de José Olivio Jiménez había vendido más ejemplare ese año que El Quijote de Cervantes!  
Finalmente, y a manera de recapitulación, convendría resumir los mayores aportes del crítico cubano al proceso de desciframiento y re-valoración de la hazaña modernista en el ámbito hispánico.  El modernismo, según dicha valoración, no fue una escuela, sino la expresión artística y la actitud espiritual de toda una época confusa y contradictoria, en la que se reflejaban las inquietudes de aquel “angustioso fin de siglo”. Tampoco fue un movimiento exclusivamente preciosista, decorativo, sensorial y exótico —aunque en muchas ocasiones incide en estas actitudes.  Visto desde esa perspectiva, el modernismo nace, y se mantuvo siempre, bifurcado en dos vertientes o direcciones paralelas: una exterior, decorativa, con énfasis principal en los valores formales y sensoriales; y la otra interior, espiritual, esencial, angustiada por los graves problemas del ser humano —cuestiones existenciales o trascendentes, que no excluyen las preocupaciones políticas y económicas.  Sobre esa base, Jiménez niega la visión del modernismo concebida como una escuela “preciosista” y “escapista,” que tiende a ignorar el fundamentalmente ético pensamiento de José Martí y su palabra, en el catálogo de los grandes maestros de la época.  En su valoración global del modernismo, José Olivio Jiménez atiende a lo que en su conjunto aquél movimiento legó a la modernidad. Vale decir, su dimensión estética (su interés en los valores de la belleza en la prosa y el verso); su preocupación ética (humanista, existencial y aun política en algunos escritores representativos); y su vibración trascendente o metafísica, es decir, su apertura al misterio y a los enigmas del ser-para-la-muerte, tal como lo prescribe el pensamiento existencial de la época.  
            Opino que las etiquetas de académico, crítico, ensayista, y erudito, aunque legítimas, tienden a reducir la verdadera dimensión humana del profesional espontáneo y generoso que fue José Olivio Jiménez.  No es extraño, por lo tanto, que desde su fallecimiento hace ya casi 15 año, se le hayan rendido y se le sigan rindiendo merecidos reconocimientos y homenajes, tanto en este país como en España, y aun en la tierra que lo vio nacer, su añorada y escarnecida Cuba, de donde se había ausentado hacía ya más de cuatro décadas por resultarle imposible contemplar a diario “esa amputada y trágica libertad de su patria”, como lo expresó en páginas entrañables dedicadas a su guía y Maestro, José Martí.



Notas:
1        José Olivio Jiménez, Cuanto sé de mí: esbozo de una autobiografía integral, (Pág.1).
Cito del manuscrito que el autor tuvo la gentileza de compartir conmigo poco antes de su muerte.  (Desconozco si llegó a publicarse o no).  Una sección del manuscrito, Mi entrada en Nueva York: Algunas vivencias profesionales, aparece en la Revista Turia (Núm. 50), donde el autor,  parafraseando a Vallejo, anuncia que el texto completo “se publicará en una fecha futura, de la cual no conservo aún el recuerdo”.  Los títulos de estos dos documentos aparecerán abreviados en el texto: “Cuanto sé de mí… (CS); “Mi entrada en Nueva York…(ME).

2        Entrevista a cargo de Ilan Stavans, Toda una vida dedicada a la poesía. El Diario-La Prensa. (22 de octubre de 1990), p.6

3        Dionisio Cañas,  “Sobre José Olivio Jiménez”, Carta leída en el homenaje póstumo. Centro de Estudios Graduados de la City University of New York (29 de octubre, 2004).

4        José Olivio Jimenez, “Prólogo”,  Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea: 1914-1970. (Primera edición). Madrid: Alianza Editorial, 1971, p.9.

5        ________________, “Una aproximación existencial al ‘Prólogo al poema del Niágara’, de José  Martí”.  Aquí citamos por la versión ampliada que aparece más tarde en La Raíz y el Ala, Valencia: Editorial Pre-Textos, 1993:41.  Las próximas citas de este ensayo se indican con las iniciales RA, seuido de página correspondiente.

6        José Olivio Jiménez y Antonio R. de la Campa, Antología crítica de la prosa modernista hispanoamericana.  New York: Eliseo Torres, 1976: 9

7        José Martí, Ensayos y crónicas (Selección, introducción y notas de J.O. Jiménez). Madrid: Anaya & Mario Munich, 1995: 16

8        José Olivio Jiménez, Antología crítica de la poesía modernista hispanoamericana. Madrid: Hiperión, 1985: 35

9        José Olivio Jiménez (Ed.), El simbolismo, Madrid: Taurus Ediciones, 1979:53