Tuesday, May 23, 2017

OCTAVIO R. COSTA (1915-2005)

Por Marcos Antonio Ramos

El doctor Octavio R. Costa fue hasta su fallecimiento uno de los más conocidos articulistas cubanos e hispanos de Estados Unidos. Su condición de historiador, ensayista y profesor ha sido ampliamente resaltada. Se desempeñó también como crítico literario y de arte. En su nativa Cuba y en la emigración cubana recibió reconocimientos importantes como intelectual. Su aporte a la historiografía cubana fue tan abundante y minucioso que debe ser incluido entre los historiadores más valiosos de su generación.

Nació en San Cristóbal, en la antigua provincia cubana de Pinar del Río, el 12 de junio de 1915, hijo de Octavio R. Costa (1890-1972) y Basilisa Blanco Santos (1888-1969). Cursó estudios primarios y secundarios en su provincia y en 1940 recibió el título de Doctor en Derecho en la Universidad de La Habana. También recibió un Certificado de Aptitud Periodística, destacándose tanto en esa profesión como en el ejercicio del derecho. Muy joven todavía, contrajo matrimonio el 20 de diciembre de 1941 con el gran amor de su vida, la señora Caruca Sarmiento De esa unión nacieron sus hijos Octavio, Orlando y Jorge, de los cuales siempre estuvieron orgullosos. El matrimonio Costa fue también bendecido con varios nietos.

El doctor Costa estuvo muy relacionado, entre otras figuras de la mayor jerarquía imaginable en la República de Cuba, con el eminente historiador y hombre público Emeterio Sandalio Santovenia y Echaide. Don Octavio no sólo fue su secretario y asistente principal durante el tiempo en que el doctor Santovenia sirvió a su país como Senador de la República (1940-1948) sino también cuando este ocupó el cargo de Ministro de Estado (Relaciones Exteriores) de Cuba en la década de los años cuarenta. Por su condición de biógrafo de Santovenia fue que se despertó en mí, hace más de medio siglo, un gran interés por la trayectoria de estos ilustres colegas que llegaron a ser mis muy apreciados amigos.

A pesar de su extraordinario desempeño como abogado y notario, la vocación de escritor prevaleció siempre en Don Octavio. Su pluma era apreciada grandemente en publicaciones como Diario de la Marina, decano de la prensa cubana, y la revista Bohemia, de difusión continental. A estos datos pudieran añadirse los nombres de numerosas publicaciones diarias y semanales, así como de revistas especializadas de academias y sociedades profesionales. Es posible mencionar que miles de artículos en Cuba y el extranjero llevaban su prestigiosa firma. De singular importancia e interés fueron las veintisiete entrevistas a personalidades del país, publicadas en Diario de la Marina. No debe extrañar que fuera escogido como presidente del Pen Club en Cuba y seleccionado para encabezar esfuerzos similares de escritores y periodistas. Sobre el joven pinareño establecido en La Habana y en Estados Unidos lloverían infinidad de condecoraciones, reconocimientos y distinciones, entre ellas la Real Orden de Isabel la Católica, otorgada por la Corona de España.

En marzo de 1955 fue designado director del diario habanero Pueblo, logrando ampliar tanto la calidad como la circulación de esa publicación periódica. Continuó dirigiendo Pueblo hasta diciembre de 1958. Sus editoriales y artículos se caracterizaron, a pesar del ambiente de polarización que le rodeaba, por una esencial moderación y por un estilo que no se entregó jamás a un apasionamiento innecesario o a la falta de objetividad de que adolecen hasta las mejores plumas en medio de los conflictos políticos y sociales. Su sección editorial “Imagen del Día” queda como la mejor prueba de su dedicación a la causa del buen periodismo en un período tan difícil en la historia de Cuba como el de los años cincuenta del pasado siglo.


Con la salida de Cuba del presidente Fulgencio Batista y la llegada al poder de la revolución encabezada por el doctor Fidel Castro se le presentó, como a tantos otros periodistas, una situación compleja y dura que le obligó a solicitar asilo político en la Embajada de Méjico, la cual estaba entonces a cargo del licenciado Gilberto Bosque, un embajador que le extendió todo tipo de consideraciones. En mayo de 1959, el eminente periodista cubano salió de su país para iniciar su vida como exiliado. México sería, pues, su primer destino como desterrado por razones políticas.

Después de realizar labores en Ciudad de México, que por su condición de exiliado temporal en ese país no alcanzaban las condiciones de sus anteriores trabajos, el doctor Costa se radicó a partir de 1960 en San Antonio, Texas, Estados Unidos de América, llegando pronto a ser designado como director del diario La Prensa fundado en 1913. Más adelante pasó a radicar en Los Ángeles, California, donde desempeñaría importantes funciones en el diario La Opinión y luego en Noticias del Mundo, publicación esta última de carácter nacional e internacional. Para la infinidad de amigos y admiradores en Miami y otras ciudades, Octavio sería reconocido sobre todo por sus artículos en Diario las Américas, el periódico dirigido por su entrañable amigo Don Horacio Aguirre, tan cubano como nicaragüense.
 
El tan respetado periodista cubano doctor Ariel Remos reseñaría parte de sus esfuerzos de la siguiente manera: “Diez mil crónicas diarias bajo el nombre de 'Instantáneas', dan fe de la labor sin par realizada por Costa en Los Ángeles, en el orden de la convivencia cultural de una comunidad. Esas Instantáneas no sólo son testimonio cultural, sino crónicas diarias del mundo hispanoamericano de Los Ángeles, que el polígrafo instituyó en el periódico La Opinión en 1960. Quienes hagan el recuento histórico de la presencia hispanoamericana en la vida cívica y cultural de Los Ángeles entre 1960 y 1990, no podrán prescindir de las Instantáneas de Costa...” A lo afirmado por el doctor Remos puede añadirse que no existió actividad cultural y patriótica alguna a la que Don Octavio no prestara su colaboración.

Los entornos en que desarrolló sus actividades en Texas y California fueron  testigos de su incansable actividad como conferencista y orador de muy altos vuelos. Como sucedería después en Miami, ciudad que visitaba constantemente desde su llegada a Estados Unidos, el doctor Costa orientaba e inspiraba en todo tipo de tribunas. Combinó sus diversas labores con el ejercicio de la docencia universitaria, enseñando diversos cursos de historia y literatura en St. Mary's College, California State University y Colegio Este de Los Angeles. También enseñó cursos en la Universidad de Miami y otras instituciones.


Además de su larga y sobresaliente carrera periodística, Don Octavio alcanzó quizás sus más altos reconocimientos como historiador, vocación que le llevó a convertirse en referencia obligada para todos los investigadores de estudios cubanos. Dentro de su interés por la historia puede haber prevalecido su notable aporte como biógrafo. Muchas importantes figuras de Cuba fueron estudiadas por el incansable investigador pinareño. Entre los críticos que elogiaron su incansable esfuerzo pueden mencionarse algunos de los de mayor prestigio en Cuba, como José María Chacón y Calvo, Jorge Mañach y Félix Lizaso. Entre la infinidad de academias e instituciones culturales que le abrieron sus puertas como miembro de número o correspondiente, debe mencionarse en primerísimo lugar la Academia Cubana de la Historia. A esa docta corporación ingresó con un ensayo titulado “Perfil político de Calixto García.” Sus labores como investigador incansable de la historia y sus personajes no se detuvieron con su salida del país.

Sería necesario un trabajo altamente especializado para describir tanto su obra literaria como sus labores como biógrafo y sus contribuciones al estudio de la historia de Cuba. Entre sus obras iniciales se cuentan, además de la biografía de Emeterio Santovenia, las de Antonio Maceo, Juan Gualberto Gómez, Manuel Sanguily y otros próceres. Esos libros, así como Rumor de Historia y Suma del Tiempo merecieron los elogios de figuras cumbres de la crítica literaria. Entre ellos, y mediante numerosos artículos, se destacaron los sumamente favorables comentarios, ya señalados, del doctor Jorge Mañach, cuyas opiniones en las décadas de los años cuarenta y cincuenta eran suficientes para ayudar a consagrar a cualquier escritor contemporáneo en la mayor de las Antillas.


Su último libro publicado en La Habana fue Hombres y destinos, culminando así su obra como historiador en el suelo natal. Al igual que tantos otros escritores cubanos obligados a vivir en el destierro, la obra de Octavio Costa no sólo continuó sino que se intensificó apreciablemente. En un gran homenaje que le tributó el Centro Norte-Sur de la Universidad de Miami se mencionarían muchos de sus libros: Ser y Esencia de Martí, Perfil y Aventura del Hombre en la Historia, los dos volúmenes de Imagen y Trayectoria del Cubano en la Historia, El Impacto Creador de España sobre el Nuevo Mundo, Raíces y destinos de los pueblos hispanoamericanos. A tales libros pueden añadirse sus biografías de Modesto Mora, Luis Botifoll y otras personalidades que han dejado huella en la emigración. Muchos de sus libros fueron publicados por Ediciones Universal de Juan Manuel Salvat y por Editorial Cubana. De su profunda espiritualidad da testimonio su libro Variaciones en torno a Dios, el Tiempo y la Muerte así como su autobiografía Bajo mi terca lucha con el tiempo, una verdadera crónica del tiempo cubano que le tocó vivir, en su patria y el exterior.

Ángel Cuadra, Eduardo Lolo, Octavio R. Costa y Juan Manuel Salvat en 2001

No puedo terminar sin mencionar que, además de escribir artículos sobre Octavio R. Costa y sus libros, compartí con él momentos inolvidables conversando sobre el hermoso suelo donde nacimos. Y aunque no tuve el privilegio de tenerlo como profesor, siempre le llamé y seguiré llamando “Maestro”.


El viernes 16 de diciembre de 2005 falleció en la ciudad de Los Ángeles, un leal hijo de Cuba, hombre de muchos, muchísimos, amigos, un ciudadano por derecho propio de la república de las letras.

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