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Tuesday, September 4, 2018

Orígenes de los cubanos de Nueva York: sobre un libro de Lisandro Pérez*

Por Efraín Barradas

Hoy identificamos la comunidad cubana fuera de Cuba con Miami, pero en los orígenes no fue así. Como el sociólogo cubano-americano Lisandro Pérez establece con ejemplar solidez intelectual y profundo rigor académico, desde la segunda mitad del siglo XVIII y, sobre todo, durante la primera mitad del XIX fue Nueva York el principal punto de contacto comercial y cultural entre Cuba y los Estados Unidos. No hay que olvidar que otras ciudades estadounidenses también tuvieron efectivos contactos comerciales y políticos con Cuba en ese periodo: Nueva Orleans, Filadelfia, Boston, por ejemplo. Pero no cabe duda de que en el principio de las relaciones entre los dos países Nueva York fue el punto de mayor contacto comercial, político y cultural entre el joven país que comenzaba a convertirse en potencia mundial y una de las últimas colonias españolas en América que luchaba por su independencia y formaba su identidad colectiva.
Con su nuevo libro, Sugar, Cigar, and Revolution: The Making of Cuban New York (Nueva York, New York University Press, 2018), Pérez hace una contribución de gran importancia al estudio de la formación de la comunidad cubana en los Estados Unidos. Contrario a otros estudiosos del momento, quienes se ofuscan y confunden lo latinoestadounidense –en este caso sería la comunidad cubano-americana– y lo latinoamericano o caribeño –en este caso la Cuba insular del siglo XIX–, Pérez ve muy claramente que, a pesar de que estudia una compleja relación que él mismo llama “extra nacional”, las dos son realidades distintas, aunque íntimamente relacionadas. Ya meramente por ese acercamiento acertado y provechoso hay que felicitar a Pérez. Pero su libro está compuesto de muchos más descubrimientos y aciertos de importancia. Al terminar de leerlo, aunque no dejé de sentir ciertos desacuerdos con el autor, tuve la certeza de que este es una excelente contribución multidisciplinaria al estudio de la historia cubana, la insular y la de la diáspora.
Sugar, Cigars, and Revolution… se divide en dos partes. Cronológicamente estas quedan demarcadas en dos periodos: 1823 a 1868; 1868 a 1895. Los hitos que marcan estos momentos son el arribo de Félix Varela a Nueva York (1823), el comienzo de la guerra de independencia (1868) y la muerte de José Martí (1895). Varela, figura que merece mucho más estudio y reconocimiento, fue el primer cubano que marcó la sociedad neoyorquina con su trabajo con los emigrantes, especialmente los irlandeses, y por su defensa del catolicismo frente al fiero y agresivo fundamentalismo protestante del momento. Por su parte, la guerra de independencia cambió por completo el carácter de la emigración cubana a Nueva York y la muerte de Martí cerró ese ciclo decimonónico. Los hitos seleccionados indudablemente son, pues, importantes, acertados y reveladores.
Pero también se podrían definir esas dos partes del libro no por fechas sino por los dos productos comerciales a los cuales apunta el título: la primera parte estaría definida por el azúcar y la segunda, por el tabaco. Así es porque los contactos comerciales entre Cuba y Nueva York especialmente durante la primera mitad del siglo XIX estuvieron definido por la exportación de azúcar a la ciudad, lugar donde llegaba sin procesarse por completo para ser refinada allí. Mucho capital, tanto cubano como neoyorquino, se afincó en la industria de la refinación del azúcar. Por ejemplo, las grandes colecciones de pintura impresionista en el Museo Metropolitano de Nueva York y en el de Bellas Artes de Boston fueron adquiridas con el capital de familias que negociaban en Nueva York y en Boston en azúcar cubana y puertorriqueña. El libro, por ello, podría verse como otro “contrapunteo del tabaco y el azúcar”, para parafrasear el título del libro de Fernando Ortiz.
Y como en el clásico de Ortiz, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940), en el libro de Pérez se emplea una diversidad de acercamientos; el autor, por ejemplo, se vale de la historia, de la sociología, de la economía, de la antropología para crear, con un estudio detallado de diversos aspectos de la comunidad que estudia y crear así un amplio y matizado cuadro de la misma. Por ejemplo, Pérez se vale de los libros de cuenta de compañías financieras neoyorquinas que servían a la alta burguesía cubana de la primera mitad del siglo XIX, especialmente los de la Moses Taylor and Company, para aclarar el carácter de esa clase que dominó la comunidad cubana en Nueva York en la primera mitad del siglo XIX. Esos libros de cuentas en manos de Pérez sirven para crear un retrato detallado de esas ricas familias cubanas. Por ejemplo, descubre en ellos un patrón en los planes de esas familias para la educación de sus hijos y hasta para los hábitos de compras de artículos de lujo.
Es que en este estudio no se desperdician datos; aún aquellos que pueden parecer insignificantes, en manos de Pérez se convierten en ricas minas. Por ejemplo, la boda de un acaudalado hacendado cubano ya mayor y una joven de rancia familia neoyorquina le sirve para estudiar la visión que tenía la sociedad estadounidenses de los emigrantes cubanos. Curiosamente en esa visión se repiten patrones que se habían establecidos en Europa para entender a los mismos neoyorquinos y los estadounidenses en general. El episodio de la boda de don Esteban Santa Cruz de Oviedo y Frances Amelia Barlett el 13 de octubre de 1859 parece un capítulo sacado de una novela de Henry James donde los europeos miran sospechosamente a los nuevos ricos arribistas, los americanos. Cámbiese europeo por neoyorquino y cubano por americano y se tendrá un patrón de prejuicios idéntico, un patrón muy revelador del papel de los cubanos en la ciudad en ese momento. Es así que un dato aparentemente insignificante se convierte aquí en un rico y revelador caudal histórico.
Por otro lado, el empleo de datos sacados de los censos le sirven a Pérez para determinar las formación de enclaves cubanos en la ciudad y para establecer la clase a que pertenecían los emigrantes antillanos durante la segunda mitad de ese siglo. Pérez establece que mientras la alta burguesía cubana compuesta por hacendados azucareros dominaron la primera mitad del siglo XIX, la segunda fue marcada por los obreros del tabaco. Por ello mismo, Nueva York dejó de ser el centro de acción de esa emigración cubana después de 1868; Florida, particularmente Ybor City, comunidad creada específicamente para los tabaqueros y hoy un vecindario de Tampa que muy poco tiene que ver con sus orígenes obreros, se convirtió a partir de 1878, final de la primera guerra de independencia, en el centro de acción revolucionaria y en la comunidad más grande de cubanos en los Estados Unidos.

Hay datos que parecen fascinar a Pérez y que por ello aparecen constantemente en su libro: el origen irlandés de muchos de los empleados domésticos de las familias cubanas y la localización de los panteones de esas familias en La Habana y especialmente en Nueva York, por ejemplo. Es que los datos obtenidos de diversas fuentes, datos de obvia importancia y otros aparentemente insignificantes, le sirven al autor para crear un rico cuadro de esa comunidad. Sugar, Cigars, and Revolution… es un excelente ejemplo de un acercamiento multidisciplinario y, por ello, un modelo para otros estudiosos.
Como lector interesado en el campo de la formación de las comunidades latinoestadounidenses, objetivo principal de este trabajo en cuanto estudia la creación de la comunidad cubana en Nueva York, tengo que apuntar dos rasgos del libro de Pérez que me parece merecen atención crítica. Primero, en algunos pasajes, especialmente al final del libro cuando se discute el desenlace de la segunda guerra de independencia, se rompe el delicado equilibrio que se había mantenido en todo el libro al estudiar la compleja relación entre la historia insular y la del exilio. Creo que en ese momento Pérez pierde un tanto –solo un tanto, recalco– ese fino y difícil balance entre esas dos realidades históricas que había caracterizado el libro. Recordemos que una de las bases de este estudio es la interdependencia de esos dos mundos, pero que el foco principal es la comunidad cubana en Nueva York. Dada esa interdependencia el autor puede ir de un punto al otro; pero creo que el balance o equilibrio se pierde algo al final, donde se mira la historia de la isla y se olvida un tanto el foco neoyorquino.
En segundo lugar –y obviamente este punto viene por prejuicios muy personales– creo que Pérez debió prestarle más atención a la contribución de los puertorriqueños a la comunidad cubana en Nueva York en el siglo XIX. Los lazos entre los antillanos entonces eran muy fuertes como lo prueban la labor de Eugenio María de Hostos, de Sotero Figueroa y de Arturo Schomburg, entre otros. Estos tres importantes personajes históricos, todos ausentes del libro de Pérez, sirvieron respectivamente como propagandista en América Latina de la guerra de independencia (Hostos), como editor de Patria, el periódico del Partido Independentista Cubano fundado por Martí (Figueroa), y como miembro muy activo de los clubes martianos (Schomburg). Más allá de mis prejuicios, creo que valdría la pena explorar más la contribución de los puertorriqueños a esa comunidad cubana que se veía a sí misma, especialmente por el impacto de los tabaqueros, desde una muy amplia perspectiva antillana. En ese sentido la ausencia en la bibliografía del libro de Pérez de las memorias de Bernardo Vega, quien como él presenta un cuadro muy humano de Martí, es notable y triste.
Quizás esas ausencias en verdad sean solo indicio de la necesidad de un libro como este sobre la formación de la comunidad puertorriqueña en Nueva York en el siglo XIX. Cuando tal libro se escriba Sugar, Cigar, and Revolution… –¡no me cabe duda de ello!– le servirá de modelo a la autora o el autor de ese libro tan necesario que también nos ayudará a entender la historia boricua, la cubana y la antillana en esa ciudad. Por el momento sólo recalco los grandes logros alcanzados por Pérez con este excelente libro, magnífico ejemplo de rigor académico y honestidad intelectual. 

*Texto publicado originalmente en 80 grados.

Wednesday, August 8, 2018

Lógica y azúcar

En las próximas semanas reproduciremos una serie de artículos de tono humorístico que bajo el pseudónimo de Enrisco nuestro colega y miembro de la Academia Enrique Del Risco viene publicando en la revista mensual "Nuestra Voz" sobre la presencia cubana en Nueva York a lo largo de la Historia:

Lógica y azúcar

Por Enrisco

La lógica, como ciertos equipos deportivos, funciona casi siempre excepto cuando más lo esperamos. Como las consecuencias comerciales de las guerras de independencia en Hispanoamérica. En ellas la lógica se comportó con una eficacia digna de los Indios de Cleveland, que no ganan una serie mundial desde 1948. Pues con Hispanoamérica igual. Cuando la mayoría de las antiguas colonias se liberaron del yugo español fue la gran oportunidad comercial… para los únicos dos territorios que habían quedado bajo el dominio de la Madre Patria, que es como les gusta llamarle a los que no viven en ella. Y estas dos colonias eran las islas de Cuba y Puerto Rico.

Francisco de Arango y Parreño, prominente abogado, economista y político cubano del siglo XIX.

Resulta que en 1816 Francisco de Arango y Parreño, esforzado reformista cubano, fue nombrado por la corona española ministro del Supremo Consejo de Indias y de la Junta Real para la Pacificación de las Américas. Entre este y el ministro de Hacienda de la colonia de Cuba, andaban preocupados porque la isla se sumara a la moda de hacerse independiente que recorría a todo el continente. Así que consiguieron que se aprobara el importante decreto real del 18 de febrero de 1818. A partir de este decreto se le permitía comerciar libremente con todos los mercados extranjeros, algo que hasta entonces les estaba prohibido a todas las colonias españolas en América.
De manera que mientras en el resto de Hispanoamérica se dedicaban primero a liberarse de España y luego a recuperarse de las pérdidas de la guerra, los hacendados cubanos y puertorriqueños se esforzaban en producir toda la azúcar posible (gracias a la no muy voluntaria contribución de esclavos importados desde África) para vendérsela a Estados Unidos, el mercado más rentable que tenían a mano.
Así fue como Nueva York resultó el principal destino del azúcar cubano y puertorriqueño. La primacía de Nueva York no es casual. En 1817 había establecido una línea marítima directa con Liverpool y ocho años más tarde se inauguró un canal que conectaba el río Hudson con los Grandes Lagos convirtiendo a Nueva York en el principal punto de exportación del trigo norteamericano que se producía en el Medio Oeste. Los barcos que llegaban con azúcar desde el Caribe confiaban en regresar cargados de harina de trigo o importaciones inglesas. De modo que, además del azúcar antillana, Nueva York fue el destino de los cueros argentinos, el café brasileño y la mierda peruana. O mejor dicho, mierda de aves peruanas, más conocida como guano y que —por su calidad como fertilizante— se pagaba como si fuera defecada por la gallina de los huevos de oro.
Pero nada rivalizaba —ni siquiera la mierda de gallina de los huevos de oro— con el volumen y el valor de las importaciones de azúcar desde Cuba y Puerto Rico. Ya para 1860 la mitad de las caries norteamericanas tenían origen caribeño y los dentistas norteamericanos cada mañana dirigían sus rezos a las Antillas españolas. Y Williamsburg antes de ser la mayor productora de hipsters por metro cuadrado del país fue el centro de la producción mundial de azúcar refino. Ya en 1807 los hermanos alemanes Frederick y William Havemeyer habían establecido las primeras refinerías en Manhattan, y para 1857 sus descendientes establecieron una gigantesca fábrica en Williamsburg que convirtió a los Havemeyer en los Rockefeller del azúcar, con la diferencia de que un Havemeyer se hizo con la alcaldía de Nueva York más de cien años antes de que un Rockefeller llegara a gobernador del estado.

La histórica refinería Domino de Williamsburg. (Wikimedia Commons)

Pero el azúcar no llegó sola. Con ella desde Cuba también llegaban la mitad de los puros que se consumían en el país (ganándose con ello la devoción de especialistas en enfermedades pulmonares) y el mayor renglón de exportación de la isla en los últimos doscientos años: los exiliados. Que siendo tantos y tan variados mejor hablamos de algunos de ellos en las próximas entregas.
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Monday, July 9, 2018

El cura que sabía demasiado

Texto aparecido en Nuestra Voz
El cura que sabía demasiado
Por Enrisco
Don Félix Varela, sacerdote, filósofo y maestro, ídolo de la juventud habanera ilustrada a principios del siglo XIX, llegó a Nueva York el 15 de diciembre de 1823. O quizás dos días después. Pero lo que importa fue que le quitó el honor de ser el primer exiliado cubano en la ciudad al poeta José María Heredia quien llegó a la ciudad siete (o cinco) días después. El sacerdote le ganó al poeta por una nariz en el photo finish de la Historia, como quien dice. Varela tenía entonces 35 años recién cumplidos. El resto de los años de su vida iba a cumplirlos en Estados Unidos.
El pionero de los exiliados cubanos en Nueva York nació en La Habana en 1788 y creció en la ciudad de San Agustín en la Florida cuando la península pertenecía a España pero había menos hispanohablantes que ahora. Allí lo llevó su abuelo paterno, oficial del ejército, encargado de criarlo. Regresó a La Habana a los trece. Siendo una de las inteligencias más brillantes de su tiempo Félix se ordenó sacerdote antes de cumplir 23 años y pasó a ocupar una codiciada plaza de profesor en el mejor centro educativo de la isla: el colegio de San Carlos y San Ambrosio.
Varela pudo vivir tranquilamente del sueldo de profesor el resto de su vida pero prefirió mejorar el mundo (o al menos la parte correspondiente a su isla). Desechó la escolástica —que tenía un ligero desfase de seiscientos años de pensamiento filosófico—, por una filosofía algo más moderna y enseñó física experimental, química, anatomía, economía política y derecho constitucional lo que para entonces era tan audaz como explicar en Norcorea cómo funciona Facebook. Pero bastante más útil.
Varela parecía saberlo todo excepto la importancia de quedarse callado cuando se es inteligente y honesto. En 1821, con el restablecimiento de una constitución liberal en España fue nombrado —junto al catalán Tomás Gener y al criollo Leonardo Santos Suárez— representante de la isla de Cuba ante las Cortes. Seguramente los que lo eligieron pensaban que le hacían un favor.
Reinaba entonces Fernando VII, pésimo momento histórico para ser honesto, inteligente y expresarse sin miedo. Presionado por una insurrección liberal, el rey había cedido parte de su poder al parlamento pero al intentar recuperarlo los representantes —incluidos los de Cuba— declararon que el rey estaba loco y, por tanto, era incapaz de gobernar. Loco quizás no, pero el rey indudablemente tenía un pésimo carácter. Así que en cuanto recuperó el poder, Fernando VII mandó a ejecutar a todos los que lo habían declarado incapacitado para gobernar. Como ni Varela ni sus compañeros consideraron buena idea ponerse a razonar con un rey que antes habían declarado loco prefirieron cambiar de aires.
Distinto debió parecerles el frío aire de diciembre de Nueva York a los fundadores del exilio caribeño en la ciudad. Acompañados del ubicuo Cristóbal Mádam, Varela y sus compañeros fijaron su primera residencia en la pensión de la viuda Elizabeth Mann en el número 61 de Broadway. Meses más tarde, en 1824, Varela viajó a Filadelfia y se instaló en la pensión de la señora Frazier en el 224 de Spruce Street. Y sin embargo, al poco rato decidió regresar a Nueva York. Sería que extrañaba el frío.
Todavía vivía en Filadelfia cuando Varela empezó a publicar una revista llamada El Habanero. Allí aparecieron tres números y de vuelta a Nueva York otros cuatro. En ellos les hablaba a sus compatriotas de las ventajas de la libertad y la independencia. Dicha prédica entusiasmó a sus compatriotas en La Habana lo suficiente como para distraerlos de cuestiones ajenas al baile, el sexo y la acumulación de capital. Digamos que unos veinte minutos.
Las autoridades de la isla en cambio le prestaron más atención a los escritos de Varela: dando muestras del profundo interés que les inspiraban prohibieron terminantemente su circulación. Eso le dio una idea a Varela de lo que le ocurriría si se asomaba por La Habana. No sorprende que decidiera no regresar nunca más. Es una suerte lo mucho que ha cambiado Cuba en los 194 años transcurridos desde entonces.

Thursday, June 7, 2018

INCORPORAN A JOSÉ MARTÍ AL SALÓN DE LA FAMA DE ESCRITORES DEL ESTADO DE NUEVA YORK

Gracias a las gestiones de varios profesores y traductores al inglés de obras de José Martí y sus editores, el Center for the Book de Nueva York, afiliado al Center for the Book de la Biblioteca del Congreso, acordó incorporar a José Martí al Salón de la Fama de Escritores del Estado de Nueva York. La Ceremonia de Inducción tuvo lugar el 5 de junio en una Cena de Gala llevada a cabo en el Princeton Club de la ciudad de Nueva York, donde también fueron inducidos E.L. Konigsburg, Ira Gershwin y otros más.

El no por tardío menos justo reconocimiento coloca al poeta y ensayista cubano en un selecto grupo de escritores neoyorquinos tales como Walt Whitman, Herman Melville, Washington Irving, Isaac Asimov, Allen Ginsberg, Maya Angelou y otros famosos autores del llamado Empire State inducidos con anterioridad.

El Comité de Selección que le otorgó su incoporación a José Martí estuvo integrado, entre otros, por Paul Grondahl, Director del New York State Writers Institute, Kathleen Masterson, del New York Council on the Arts y Rocco Staino, del Empire State Center for the Book. Tuvo a su cargo la presentación del nuevo inducido Nancy Paulse, publicista de Penguin Young Readers. Recibió la Placa de Inducción a nombre de los gestores de la incorporación de Martí el Prof. Lisandro Pérez, del John Jay College of Criminal Justice de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY), especializado en la historia de los cubanos en Nueva York durante el siglo XIX, coautor de The Legacy of Exile: Cuban in the United States y autor de Sugar, Cigars, and Revolution: The Making of Cuban New York.

Al acto asistieron varios exiliados cubanos residentes en Nueva York, entre ellos los miembros de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio Corp. (AHCE) Eduardo Lolo y Oneida Sánchez, quienes fueron invitados, a manera personal, por Anne Fountain, Coordinadora de Estudios de América Latina de la Universidad Estatal de California en San José, una destacada traductora de Martí y autora de José Martí, the United States, and Race.

Sunday, February 25, 2018

Hardman Hall o de cómo se inventa una guerra

Por Enrique Del Risco

Uno de los sitios que con más frecuencia usaron los exiliados cubanos en Nueva York para sus actos patrióticos fue el Hardman Hall situado en los números 138-140 de la Quinta Avenida. El Hardman Hall un salón creado por una famosa fábrica de pianos para exhibir sus productos y promoverlos a través de conciertos tal y como ocurría con otros locales usados por el exilio cubano como el Chickering Hall y el Steinway Hall. Allí Martí habló “en no menos de doce ocasiones entre 1889 y 1893” según el investigador Enrique López Mesa. La mayoría de estos eventos se daban en ocasión de fechas patrióticas como la del 10 de octubre cuya conmemoración tuvo por sede el Hardman Hall en los años 1889, 1890, 1891 y 1892. Pero ninguno de ellos fue más importante para el futuro de la historia cubana que el de 1891. No tanto por el contenido del discurso en sí sino por las circunstancias en que se dio y por la cadena de hechos que de él se derivaron.  
El 10 de octubre de 1891 pudo haber sido una fecha más en el calendario patriótico del exilio cubano de Nueva York. Ese día se celebraba el 23 aniversario del inicio de la primera guerra de independencia cubana sin que el estado de cosas en Cuba o en el exilio presagiase la proximidad de la guerra definitiva por la que año tras año se clamaba por esas fechas. No contando siquiera con la superstición de los números redondos poco se podía esperar. Lo cierto es que ese día sin que nadie lo pudiera constatar se inició el proceso que llevaría a la creación del Partido Revolucionario Cubano, dirigido por Martí y de ahí a la preparación y arranque de la guerra que anualmente se anunciaba como inevitable.
En su libro José Martí: letras y huellas desconocidas el estudioso Carlos Ripoll da una convincente versión de lo que debió suceder aquella noche. Contrariamente a lo que la mayoría de los historiadores da a entender, (aunque sin atreverse a afirmarlo directamente), a inicios de la década de los 90 el exilio cubano no era precisamente un hervidero de entusiasmo ni Martí su líder indiscutible. A principios de 1891 sólo se mantenía activo en Nueva York el club “Los Independientes”, fundado en Brooklyn tres años antes. El propósito de esta organización se reducía a recaudar fondos para cuando pudiera iniciarse una acción militar contra España. Sin embargo, los modestos trabajos de ese grupo separatista lograron atraer la atención del diario The New York Herald. Allí, con el objeto de alarmar a España y forzarla a respaldar acuerdos comerciales que le convenían al Ministro de Estado norteamericano, James G. Blaine, fue publicado un extenso artículo en el que se daba mayor importancia de la que en realidad tenían a las actividades revolucionarias de los cubanos. En la edición dominical del 13 de septiembre salió bajo estos titulares: “Cuba Determined to be Free from Spain; The Cuban Colony in this City Raising Funds and Preparing for Another Revolution” (Ripoll.1976.101). 
“La colonia cubana en esta ciudad —declaraba el artículo— no es grande. No es rica colectivamente ni es tan influyente como las colonias de otras naciones extranjeras pero es más unida que cualquier otra colonia extranjera a excepción, quizás, de la china, y es más fervorosamente patriótica”. 
El artículo daba por hecho el estallido inminente de una nueva guerra por la independencia. Exageraba, entre otras cosas, el número de miembros del club elevándolos a “dos millares de miembros juramentados para empuñar las armas en cuanto empezara otra insurrección en Cuba”.
En principio los representantes españoles en los Estados Unidos no le dieron importancia a tales declaraciones. El embajador español en Washington, al tanto de los movimientos de los emigrados cubanos comentaba a las autoridades de Madrid: “… La maravillosa facultad creativa de los Yankees ha convertido la caja del club en una manigua y ha hecho de cada dollar un filibustero”(103). En cambio, la reacción de la comunidad exiliada fue muy diferente: deseaba creer en los avances de los trabajos conspirativos y en la inminencia de la guerra que conseguiría la independencia para Cuba. Por ello acudió en masa al acto en el Hardman Hall. “Hacía años que no se lograba reunir a tantos cubanos en una fiesta patriótica. Entre los oradores se encontraban Gonzalo de Quesada, Rafael de Castro Palomino y Rafael Serra, presidente la SociedadProtectora de la Instrucción La Liga. El discurso que cerraba la noche estuvo a cargo de Martí.
Artículo sobre el evento en Hardman Hall
La celebración de discursos en Nueva York se había convertido, como habíamos dicho, en una suerte de rutina patriótica del exilio cubano neoyorquino y a Martí en su principal oficiante. Sin embargo Martí se cuidó de convertir esta ocasión recurrente en ejercicio gratuito de retórica y, lejos desmentir los rumores sobre los supuestos preparativos de guerra desde el inicio del discurso dio a entender –oscuramente- que los rumores que lo dicho en el artículo del New York Herald el mes anterior era cierto.

Venimos a caballo como el año pasado, a anunciar que al caballo le ha ido bien; que las jornadas que se andan en la sombra son también jornadas; […] que no es la hora todavía de soltarle el freno a la cabalgadura, pero que la cincha se la hemos puesto ya, y la venda se la hemos quitado ya, y la silla se la vamos a poner […] ¡A caballo venimos este año, lo mismo que el pasado, sólo que esta caballería anda por donde se vence, y por donde no la oye andar el enemigo! [Los subrayados son míos]
En el informe que hizo del discurso un espía al servicio de España hizo notar una “particularidad notable”: “No se insultó a España ni a sus hijos, y se mencionó entre aplausos y vivas el de los españoles liberales y honrados que han perecido por el derecho, la justicia y la libertad de América”.
Como si quisiera reforzar la impresión de que los preparativos para la guerra se hallaban muy avanzados al día siguiente de su discurso Martí dio un paso cargado de dramatismo: presentar la renuncia a sus puestos consulares de las repúblicas de Argentina, Paraguay y Uruguay en la ciudad. Ciertamente sus declaraciones en el discurso eran incompatibles con su condición de representante de un país que tenía relaciones con España pero no es menos cierto que no era la primera vez que Martí pronunciaba discursos de este cariz siendo representante consular. Dicho gesto le daba un peso adicional a su discurso. Si Martí estaba dispuesto a renunciar a un consulado por un discurso ¿qué no estaría dispuesto a hacer por la libertad de Cuba? Al margen de cualquier especulación lo cierto es que tanto el discurso como las renuncias fueron eficaces a la hora de atraer la atención tanto de las autoridades españolas como del exilio cubano. Enrique Trujillo, contemporáneo suyo, comentaba en 1896 que “la determinación del señor Martí le llenó de admiradores y su acción fue comentada favorablemente y repercutida [sic] en Cuba, en la América Latina y hasta en España”. (Ripoll.1976.111)
 El éxito oratorio junto a su renuncia a su condición de cónsul múltiple (retendría el de cónsul uruguayo por un tiempo más) agrandó la figura de Martí ante los ojos del resto de los emigrados del país. Al mes siguiente fue invitado a hablar en Tampa donde tuvo un éxito apoteósico gracias a dos de sus más memorables discursos, pronunciados en noches consecutivas: “Con todos y para el bien de todos” (26 de noviembre) y “Los pinos nuevos” (27 de noviembre). Poco después viajó invitado a Cayo Hueso con resultado similar. A su regreso a Nueva York de su viaje a Cayo Hueso Martí se había convertido en líder indiscutible del exilio en Estados Unidos. Al año siguiente se fundaría el Partido Revolucionario Cubano encargado de organizar la guerra.
No pretendo sugerir aquí que el liderazgo de Martí, la creación del Partido Revolucionario Cubano y la organización de la última guerra de independencia cubana fuera solo el resultado de una de las tantas exageraciones en que incurre la práctica periodística y de su manipulación por parte del cubano. Al insistir en las circunstancias que rodearon estos hechos sólo intento subrayar la contingencia de un proceso histórico al que generalmente se le ha dado una explicación providencial, mítica. El entusiasmo despertado por el fantasioso artículo del The New York Herald se habría disipado en los meses siguientes si Martí no se hubiera estado preparando desde hacía tiempo para aprovechar, inflar y, sobre todo, darle sentido a la primera circunstancia favorable una vez que se presentase.

El Hardman Hall se trasladó años después a otro edificio en el 433 Fifth Avenue pero en el 138 de la Quinta Avenida, queda, tras varias modificaciones el edificio donde se conjuraron las circunstancias para convertir un discurso en el germen de la última guerra de independencia cubana.

138 Fifh Ave., Nueva York, Foto del autor



Sunday, December 10, 2017

Muere en Nueva York la poeta cubana Alina Galliano

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Diario de Cuba publicó la noticia días atrás:
La poeta cubana Alina Galliano falleció el pasado jueves en Nueva York a causa de una infección intestinal, informaron sus amigas, la también poeta Magali Alabau y la escultora, pintora y fotógrafa Gladys Triana.
Galliano, con más de 20 poemarios publicados, nació en Manzanillo, Granma, en 1950. Salió de Cuba a los 16 años para España. Más tarde viajó a Nueva York, EEUU, donde residía actualmente.
Entre los títulos de poesía publicados por Galliano se encuentran Entre el párpado y la mejilla (1980) y Hasta el presente (Poesía casi completa) (1989).
[Seguir leyendo aquí]

Sunday, October 8, 2017

La última casa de José Martí

Por Jorge Ignacio Domínguez

Tras el fracaso de la expedición de Fernandina en los primeros días de enero de 1895, José Martí tuvo que ocultarse. El gobierno español había contratado a los agentes de la Agencia Pickerton para descubrir su paradero. El objetivo era hacer que el gobierno norteamericano lo detuviese por violación de la neutralidad en los asuntos cubanos con la que el gobierno estadounidense estaba comprometido.

¿Dónde pasó José Martí esas dos semanas, desde su apresurado regreso de la Florida hasta su definitiva partida? En ese lugar escribió algunas de sus cartas más importantes, y allí firmó el “acta de independencia” de Cuba: la Orden de Alzamiento para iniciar la Guerra del 95.

La casa —ya veremos después dónde estaba realmente— fue uno de los centros gravitacionales de la comunidad cubana de Nueva York. Allí vivían dos matrimonios cuyo destino se fundió varias veces con el de la Isla de Cuba: el del Dr. Ramón Luis Miranda y Luciana Govín, y el de la hija de estos, Angelina Miranda, y Gonzalo de Quesada, discípulo y amigo cercano de Martí.

Luciana Govín era a su vez la hija de Félix Govín, el cubano más rico de Nueva York hasta su muerte en 1891. Luciana, principal heredera y albacea testamentaria de su padre, era una activa corredora de bienes raíces, y administraba su pequeño imperio desde la casa familiar. La fortuna heredada de su padre —y que debería compartir con su hermano vivo y los hijos del hermano muerto— equivaldría hoy a una suma de entre 16 y 36 millones de dólares.

Esa fortuna estuvo muchas veces a disposición de la causa cubana, aunque habría que señalar la probable falsedad de la más dramática escena de fervor patriótico que nos ha llegado: el ofrecimiento del famoso cheque en blanco durante los días cruciales en que Martí se refugió en su casa. Pero está fuera de toda duda que ayudó generosamente a la causa, y que era la persona a acudir cuando había que pagar la fianza de algún cubano detenido por conspirar contra España en el suelo oficialmente neutral de Nueva York.

No es ocioso recordar que una promesa incumplida de Félix Govín estuvo a punto de expulsar a Martí de la historia de Cuba. El famoso encontronazo con Máximo Gómez y Maceo en el Hotel Griffou en 1884 fue de alguna manera provocado por Govín. Según cuenta el general y doctor Eusebio Hernández, entre otros, el acaudalado Félix Govín había prometido a Gómez y a Maceo donar cien mil pesos y buscar dos amigos que donaran cada uno cincuenta mil, "si juntos [Gómez y Maceo] se ponían al frente del movimiento".

Tras la llegada a la ciudad de los dos patriotas, relata Eusebio Hernández, Govín informó a los conspiradores que no podría ayudarlos, pues "en aquellos momentos tenía pendiente una reclamación al gobierno español que fracasaría si le demostraban que alentaba una revolución separatista". Fue entonces que se decidió enviar a Martí y a Maceo a México a buscar fondos, y en esa conversación fue donde Gómez le dijo a Martí que se limitara a cumplir sus órdenes, lo que ocasionó la famosa respuesta de Martí sobre las fundaciones de pueblos y campamentos, y su apartamiento de la causa independentista. 

Pero volvamos a 1895. El esposo de Luciana Govín, el Dr. Miranda, era el médico personal de Martí y mantenía una consulta en la misma casa. Además, era el presidente de la Sociedad de Beneficencia Hispanoamericana, organización que también tenía sede oficial en la casa. El Dr. Miranda, graduado de la Sorbona, era médico de renombre en Nueva York. Ante una epidemia de fiebre amarilla, por ejemplo, los periódicos de la ciudad buscaban sus comentarios de experto. Y de todos es conocido el cariño reverencial que Martí sintió por él.

Gonzalo de Quesada, por supuesto, fue muy cercano colaborador de José Martí en sus años finales en Nueva York. Su admiración apasionada por Martí era correspondida por el cariño paternal que este le dedicó. Se olvida habitualmente que Gonzalo, además de ser “el discípulo” de Martí, era un neoyorkino; un señor cuyo inglés era más sofisticado que su castellano y casado con la heredera de una fortuna inmensa. Un abogado graduado de la Universidad de Columbia. Un hombre con conexiones en el mundo de los negocios y de la prensa de Nueva York.

Angelina, por su parte, fue también admiradora de Martí, desde antes de su boda con Quesada ,y contribuyó con su dinero a la causa martiana repetidas veces. Y después de la muerte de Martí fue la principal animadora del Club Hijas de Cuba, que se reunía en su casa.

Esa amistad casi familiar de Martí con toda la familia se puede rastrear en cartas, notas y referencias en el periódico Patria. Quizás la más reveladora de todas sea que Martí daba a Angelina “recibos” por el tiempo que le robaría al esposo para las labores de la independencia.

Esa casa, que fue uno de los centros de la comunidad cubana de Nueva York y uno de los lugares más frecuentados por José Martí, sería también su refugio último.

Pero, ¿dónde estaba?


Por más de siete décadas, en los libros de historia de Cuba, en las biografías y estudios diversos se ha repetido que José Martí pasó esas dos semanas definitivas en el número 116 oeste de la calle 64 de la ciudad de Nueva York. Esos mismos libros dicen a veces que se trataba de la casa de Gonzalo de Quesada y otras que era la casa de su suegro, el Dr. Ramón Miranda.

Esa casa —la del 116 oeste de la calle 64— desapareció a fines de la década del cincuenta o principios de la del sesenta del siglo pasado cuando se construyó el Lincoln Center.

Hay tres razones poderosas por las que se aceptó siempre esa dirección como verdadera.

En 1941, Luis Rodolfo Miranda, sobrino del Dr. Miranda y comandante del Ejército Libertador, publicó el libro Reminiscencias cubanas de la guerra y de la paz. Luis Rodolfo Miranda conoció de cerca de José Martí siendo adolescente y vivió en la casa de su tío, el Dr. Miranda. En su libro reproduce varios artículos. Hablando de Martí, afirma que tuvo “la dicha de acompañarle constantemente” 1 durante esas dos semanas de su estancia en casa del Dr. Miranda. E indica, de manera inequívoca, que la casa se hallaba en el 116 oeste de la calle 64.

La segunda razón es el libro de Blanca Z. de Baralt, El Martí que yo conocí, publicado en 1945. La Sra. de Baralt relata la conocida anécdota del abrigo olvidado por Martí en su casa el día en que partió hacia Cuba. Tras explicar que en 1895 ella vivía en el “número 135 oeste calle 64”, añade que a “dos puertas de nuestra nueva casa vivían el Dr. Ramón L. Miranda, su esposa Luciana Govín, su sobrino Luis Rodolfo Miranda y el joven matrimonio Angelina Miranda y Gonzalo de Quesada”. 2

Esos dos testimonios de personas tan cercanas a Martí son dos de las razones por las que se aceptó la dirección de la calle 64 como verdadera. La tercera razón parece ser que nunca se han comparado esos testimonios con documentos de la época.

Hace dos años, sin embargo, la lectura de una de las cartas que Martí escribió desde Santo Domingo en febrero de 1895 me hizo dudar de la dirección establecida. Comencé a buscar documentos de la época.

La carta que generó mis dudas es un breve mensaje de Martí a Gonzalo de Quesada, escrita desde La Vega, República Dominicana, el 18 de febrero de 1895, donde el remitente indica la dirección del destinatario bajo su nombre: 349 W. 46th St., New York.


¿Por qué dirigía Martí la carta a la calle 46 Oeste y no a la 64 Oeste donde se suponía que vivía Quesada, y donde Martí habría vivido sus últimas semanas?

Durante mi investigación pude hallar 24 documentos originales, de entre 1892 y marzo de 1895 que indican que los Miranda-Govín y los Quesada-Miranda Govín vivían en esa época en la misma casa, en el número 349 oeste de la calle 46. Entre esos documentos están cartas de José Martí a Gonzalo de Quesada, varios artículos de periódicos, el Directorio de la Ciudad de Nueva York, el Registro de Asociaciones Caritativas, varias publicaciones médicas, telegramas, etc.

Entre los 24 documentos hallados que indican que la dirección correcta es el 349 de la calle 46, los más significativos son éstos:

1. En la década del noventa del siglo XIX existió en Nueva York Sociedad de Beneficencia Hispanoamericana, presidida por el Dr. Miranda. La Sociedad, sobre la que Martí escribió un bello artículo, residía en su propia casa del Dr. Miranda, y en su junta directiva estaban dos de los más cercanos miembros clave del Partido Revolucionario Cubano: Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra.
En el Directory of the Charitable, Eleemosynary, Correctional and Reformatory Institutions4 de Nueva York de 1892 aparecen los nombres y direcciones de la Sociedad. Allí podemos ver que Quesada y el Dr. Miranda vivían en la misma casa, en el 349 oeste de la calle 46:

2. En el volumen 107 del New York City Directory5, publicado en julio de 1894, aparecen los nombres y la dirección del Dr. Miranda y de Gonzalo de Quesada:



3. El periódico The Sun, el 19 de mayo de 1894 relata6 que un pariente de Luciana Govín, esposa del Dr. Miranda, había intentado asesinar al médico en su casa. Allí se indica claramente que ambos vivían en el 349 oeste de la calle 46. El caso parece haber resonado en la ciudad. The New York Times publicó ese día un artículo7 semejante donde se indica la misma dirección.

Con ligeras variaciones, los dos artículos cuentan que el Dr. Miranda había pedido a Lorenzo Govín, de 28 años, que desistiera de hacerle proposiciones amorosas a una de las criadas de la casa. El joven, al que describen en los periódicos como epiléptico y enfermo mental, comenzó a merodear la casa armado de una pistola y un “pesado bastón”. Finalmente, el joven se presentó en la casa gritando amenazas de muerte contra el Dr. Miranda. Fue entonces que la familia lo denunció a la policía y el joven fue detenido.

Esta es la copia de los primeros párrafos del artículo del Times:




3. El Charities Directory8 de la Ciudad de Nueva York, publicado en 1895, incluye nuevamente una lista de los miembros de la directiva de la Sociedad de Beneficencia Hispanoamericana. Allí aparecen el Dr. Miranda y Gonzalo de Quesada como residentes del 349 oeste de la calle 46.





Martí en el 349 oeste de la calle 46

El hecho de que ambas familias vivieran en la calle 46 entre 1892 y 1895 no prueba necesariamente que viviesen en esa casa en la segunda quincena de enero de 1895, cuando Martí se quedó con ellos. Pero también hay documentos que evidencian ese detalle esencial.

1. Al regreso de Fernandina, en enero de 1895, José Martí le escribe a Juan Gualberto Gómez. Los detalles esenciales de la carta los pone en clave para evitar revelar el lugar donde se oculta en caso de que la carta sea interceptada. Dice así:

Me enoja hablarle a medias. Si pudiese resolver por mí, ya le estaría diciendo. No puedo, en la nueva situación, y hay mar por medio. Si aguardan, todo marche al rescoldo: yo volaré, de un modo u otro.

La dirección nueva—sólo para ella tengo tiempo—es: S. Dressner trescientos cuarenta y nueve oeste, calle cuarenta y seis—y en el sobre interior, ponga para María.10

2. El 29 de enero, en su siguiente carta a Juan Gualberto Gómez, Martí le reitera:

“…si ve que esperar, en las condiciones en mi carta explicadas, es posible o indispensable, aunque no sea grato, y decide recomendarlo así, telegrafíeme entonces la palabra venda a la misma dirección nueva que le di, y así podré irme más tranquilo, y con mayor firmeza…”11

3. El 29 de enero le escribe también a Serafín Sánchez, que está en Nueva York, y le dice:

“Si nada pudo enviar hasta el recibo de esta carta, alce en la noche cuantos cientos pueda, y por la noche avise el giro, el viernes mismo por la noche, o el sábado, al rayar, a G. De Quesada, —349 W. 46 St.—El sábado antes de las doce necesito tenerlo todo…”12

Cambio de dirección

Y entonces, ¿cómo apareció la otra dirección en los libros de Luis Rodolfo Miranda y Blanca Z de Baralt? ¿Cómo se explica que dos personas distintas recuerden medio siglo después que Martí se quedó en la calle 64 y no en la 46?

El hecho es que ambos matrimonios se mudaron del 349 oeste de la calle 46 al 116 oeste de la calle 64 en el mes de abril de 1895, menos de tres meses después de la partida de José Martí.

1. El 25 de abril de 1895, en la sección de bienes raíces de The New York Times14, se anuncia la venta de la casa, como se puede ver aquí:




2. Probablemente se hayan mudado de la casa unas semanas antes de la anunciada venta. En este caso, el dato viene de epistolario mismo de Martí. Supo éste, en los campos de Cuba, que la familia amiga que lo había ocultado por dos semanas en enero se acababa de mudar. Cinco días después del anuncio de la venta en el Times, escribe desde Cuba a Gonzalo de Quesada:

“¿Cómo los caliento a todos en mi pecho y les doy de este aire puro de libertad? Ya no vivirán en la sala inolvidable donde les dije adiós. ¿Trabajan mucho, como yo trabajaba? ¿Y Carmita, y mis niñas?”15

3. Dos años y medio después, a principios de octubre de 1897, muere Luciana Govín de Miranda. Su obituario en The New York Times aclara específicamente el cambio de direcciones. Dice el segundo párrafo del obituario:

Cuando José Martí estaba en este país en 1895 e intentó sin éxito enviar una expedición filibustera a Cuba desde la Florida, se refugió por dos semanas en la casa de la Sra. Miranda, que estaba entonces en el número 349 de la Calle 46 Oeste. Martí le confió a ella muchos de sus planes para llevar a cabo la guerra, y dejó en su poder numerosos documentos. Poco después, cuando Martí abandonó Nueva York para unirse al general Gómez en Santo Domingo, la Sra. Miranda colaboró con grandes sumas de dinero como ayuda a la causa cubana. 16

Un amigo, estudioso de la vida de Martí en Nueva York, me dijo en tono de sorna que no creía que el redactor de obituarios del New York Times conociera nada de la familia de Luciana Govín, por lo que no confiaba en su artículo. Le dije, y repito ahora, que precisamente por eso es confiable. El redactor de obituarios no podría haber inventado el dato de ninguna manera. Hizo la aclaración porque alguien de la familia le pidió que la hiciera. Y debió ser Gonzalo de Quesada, pues era él quien mantenía los contactos con la prensa estadounidense en todos los asuntos relativos al Partido Revolucionario de Cuba.


La casa del 349 oeste de la calle 46 sigue hoy en pie. En su sótano se encuentra ahora el club Swing 46. En una de sus habitaciones se decidió el inicio de la Guerra de Independencia. Y allí vivió José Martí los últimos días de su vida en Nueva York.  


Monday, October 2, 2017

El Village Gate: donde la salsa se citaba con el jazz


Por Enrique Del Risco

“Empezamos a oír en la radio el programa de Symphony Sid con las últimas novedades bop, y ya estábamos llegando a la más grande y definitiva ciudad de América” cuenta Jack Kerouac de uno de sus varios regresos a Nueva York en su venerada novela “On the road”. Symphony Sid, con su voz profunda y su entusiasmo contagioso por todo lo que iba apareciendo en aquellos días en términos musicales era una referencia esencial para los melómanos más atrevidos de la post guerra, su guía más clara en la selva del bebop. Hasta que descubrió hacia 1960 la música latina y fue paulatinamente sumergiéndose en ella. Le había tomado tiempo. Desde hacía una década la fiebre del mambo y del cha cha cha asolaba los salones de baile de medio mundo. El propio Jack Kerouac en la novela que marcó a más de una generación narraba sus primeros contactos con el mambo en sus viajes a México a finales de los 40.
“Tras la barra estaba el propietario que salió corriendo en cuanto le dijimos que queríamos oír mambos y volvió con un montón de discos, la mayoría de Pérez Prado, y los puso en la máquina de discos. Un instante después toda la ciudad de Gregoria oía lo bien que lo estábamos pasando en la Sala de Baile. En el mismo salón el estrépito de la música —así es cómo debe ponerse una máquina de discos y para eso se inventó— era tan tremendo que durante un momento Dean y Stan y yo nos quedamos boquiabiertos al darnos cuenta de que nunca nos habíamos atrevido a poner música tan alta como hubiéramos querido y como ahora sonaba. Pocos minutos después la mitad de la población de Gregoria se asomaba por las ventanas para ver a los americanos bailar con las chicas. Estaban allí delante, al lado de los policías, en la sucia acera, con aspecto de indiferencia y despreocupación. «Más Mambo Jambo», «Chattanooga Mambo», «Mambo número ocho»: todas estas tremendas canciones resonaban estrepitosamente en la dorada y misteriosa tarde como el sonido que uno espera que va a oír el día del juicio final. Las trompetas sonaban tan fuerte que podían oírse desde el desierto donde, en cualquier caso, tenían su origen. Los tambores parecían enloquecidos. El ritmo del mambo es el ritmo de la conga del Congo, el río de África y del mundo; sin duda era el ritmo del mundo”
Así trataba de explicar Kerouac algo que no se parecía a nada que hubiera conocido antes y que pronto arrebataría a medio mundo desde California hasta Sudán. Desde Estocolmo a Buenos Aires. Lento pero irremisible en el contagio Symphony Sid se tomó las cosas con calma. Primero incluyó en su famoso programa de jazz de seis horas una hora de música latina. Y así, poco a poco su programa dedicado terminó transmitiendo cinco horas de música latina y solo una de jazz.

Fue así que a inicios de los 60 Symphony Sid le encargaron de programar conciertos de música latina cada lunes en el Village Gate. El Village Gate era muy diferente en proyección del Palladium Ballroom. Estaba enclavado en la esquina de Thompson y Bleecker el corazón del Greenwicht Village que al mismo tiempo había sido el centro de los más importantes movimientos contraculturales de la ciudad y del país durante los sesenta años anteriores. El Village Gate había sido fundadono mucho antes, en 1958. Su dueño, Art D’Lugoff, era un empresario con “gustos eclécticos y aventureros” según propia confesión y no estaba especialmente obsesionado con un tipo de música o incluso con alguna disciplina artística en concreto. Por el Gate pasaba cualquier cosa que pudiese interesar a la tropa variopinta que en esa ‘epoca rondaba el Village. Por el Village Gate  pasarían jazzistas como John Coltrane, Coleman Hawkins, Duke Ellington, Dizzy Gillespie, Bill Evans, Dave Brubeck, Charles Mingus, Sonny Rollins, Dexter Gordon, Art Blakey, Woody Shaw y Miles Davis o músicos de otros géneros como Jimi Hendrix, Nina Simone, Patti Smith, Velvet Underground o Edgard Varèse. Muchos de ellos grabaron discos en vivo allí. El Nobel Bob Dylan menciona al Gate en sus Chronicles: Volume One. Allí también se estrenaron obras de teatro que se hicieron famosas y actuaban comediantes de la talla de Woody Allen. D’Lugoff , sin aspirar al éxito masivo del Palladium al dedicar los lunes a la música latina intentaba rellenar la programación de los lunes, un día universalmente “flojo” en la asistencia a los lugares de entretenimiento.

Con el impulso que le daba el mentado Symphony Sid a través de la radio los lunes en el Village Gate se convirtieron en una institución musical neoyorquina. Allí se tocaba y disfrutaba una música menos comercial pero igualmente atractiva que la que se tocaba en el Palladium. Allí el cubano Mongo Santamaría grabó su disco titulado precisamente At the Village Gate (Riverside 1963) y una selección de músicos de la disquera Tico Records bajo el nombre de Tico All Stars grabaron en 1966 sus Decargas: Live at The Village Gate. En dichas descargas participaron los afamados músicos boricuas Tito Puente, Eddie y Charlie Palmieri, Cheo Feliciano, Ray Barretto, Jimmy Sabater, Santos Colón, el dominicano Johnny Pacheco y los cubanos Cachao López, Chino Pozo, Cándido Camero y Chocolate Armenteros.

El retiro de Symphony Sid y su mudanza a la Florida trajo el fin de los famosos Monday Night at Village Gate. El regreso de la música latina al Gate se debió a Jack Hooke, un productor y manager musical que ya había trabajado con Symphony Sid en los Monday Nights at the Gate en los sesenta. Hooke,mayo de 1980 inauguró lo que sería conocido como la serie “Salsa Meets Jazz” que empezaría empleando como maestro de ceremonias a Roger Dawson. (Wikipedia ha convertido a Dawson, veterano de la radio también desdoblado como  percusionista en el creador de la serie “Salsa Meets Jazz” en 1977 pero sin ofrecer ninguna documentación que lo atestigue). La idea era mezclar en escena agrupaciones que más o menos se identificaran bajo la ecuménica etiqueta de “salsa” con solistas reconocidos del jazz. Tito Puente grabó allí un disco en vivo con Phil Woods y por el Gate pasaron Rubén Blades, Machito, la Fania All Stars, Eddie Palmieri, Dizzy Gillespie, Paquito D’Rivera, Dexter Gordon, James Moody, Wynton Marsalis, Bobby Hutcherson, David "Fathead" Newman, Slide Hampton, Pharoah Sanders, Billy Taylor, Nestor Torres, Steve Turre con Oscar D'León, Freddie Hubbard, Stan Getz, Slide Hampton, Stanley Turrentine y Frank Wess entre otros. [Si quiere tener una muestra de lo que allí se tocaba le recomendamos enfáticamente pinchar los enlaces]


Al “Salsa Meets Jazz” se iba al encuentro de músicos conocidos a escuchar música irrepetible. El periodista de The New York Times Robert Palmer describía así la actuación de una noche de noviembre de 1987:
El lunes, "Salsa Meets Jazz", serie de larga duración en The Gate, presentó la banda de salsa de Hector Lavoe con el flautista Nestor Torres como solista invitado. Torres no tocó tanto en los cambios de acordes como por encima, alrededor y dentro de los ritmos y en la sección rítmica. La sección rítmica de Lavoe, en la que Milton Cardona interpretaba en las congas con un estilo  crujiente e incisivo un clásico tumbao cubano, le daba a Torres algo con lo que trabajar a favor y en contra. Y el flautista respondió brillantemente. Bailando a tiempo con los polirritmos cambiantes, se mantuvo encarando a Cardona, y enfrentando sus acentos enfáticos los ataques de las congas. Fue una actuación fascinante. Una pequeña banda sacada de la Fania All Stars era la atracción principal de la noche. La música era pulida y vaporizante, en el estilo neo-cubano patentado por la Fania Records. Entre los solistas se encontraban el pianista Papo Lucca, un violinista rapsódico y, por supuesto, el flautista y cofundador de Fania Records, Johnny Pacheco. Andy González se mostró poderoso y flexible como suplente del bajista regular del grupo; su estilo profundamente afro-latino y su sabiduría jazzística encajó bien con el de la Fania All Stars.
Por su parte Paquito D’Rivera me ha comentado:
“Conocí muy bien y simpaticé  con su dueño, el inefable Art D'Lugoff y muchas veces trabajé allí, en el saloncito de arriba (donde por casualidad grabé en vivo con Clark Terry), en el grande del sótano y hasta  haciendo sit in con Hilton Ruiz, Cedar Walton, Walter Bishop y otros pianistas que tocaban con sus tríos en el bar. Lo que más hice fue la histórica serie "Salsa Meets Jazz" donde se presentaban cada lunes dos orquestas de baile y un solista de Jazz que tocaba un número con cada una de las orquestas, que a su vez tocaban dos tandas cada una. […] Yo me presenté con El Gran Combo, Héctor Lavoe, Wilfrido Vargas, Fajardo y sus estrellas,Tito Puente, Eddie & Charlie Palmieri, Machito, Mario Bauzá, Jorge Dalto, Johnny Pacheco, la orquesta Broadway y muchas otras agrupaciónes latinas que ahora no recuerdo”
Finalmente el Village Gate tras más de 36 años, cerró su local de Bleecker Street en febrero de 1994. (Hubo un intento más tarde de resucitarlo en el centro de la ciudad pero fue de corta duración). Hoy su lugar lo ocupa una farmacia de la cadena CVS. De su pasado como centro cultural solo queda un pequeño cartel justo en la esquina con el nombre de Village Gate. Y en el sótano que antes estaba dedicado al jazz y que era donde tuvo lugar tanto los Monday Nights como la serie “Salsa Meets Jazz”  hoy funciona Le Poisson Rouge, un club que también ofrece una escogida programación musical.
Aspecto del Village Gate en los años setenta
Aspecto del edificio en la actualidad