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Monday, January 28, 2019

Imágenes y sonidos de Cuba (1928-1929)*


Ofrecemos una interesantísima recopilación de imágenes cinematográficas de La Habana de las que debieron ser algunas de las primeras películas con sonido filmadas en la ciudad. En este caso con el sistema pionero Movietone. 

Indice:

0:08 – En el Hipódromo (Dec 4 1929) 6:59 – En el Sloppy Joe's Bar (Dec 16 1929) 11:12 – Trabajadores en una fábrica de tabaco (Dec 22 1928) 18:14 – Peregrinación al santuario de San Lázaro en El Rincón (Mar 1929) 19:10 – Juego de bolos al aire libre (Jan 1 1929) 23:55 - Banquete y sexteto tocando (Dec 24 1928) 27:59 – Estudiantina Invencible cantando “Pica mi caballo” (Oct 31 1929) 30:07 - Jose Bohr tocando piano y cantando en una terraza (Dec 29 1928) 31:25 – Bailarines danzando “Siboney” en un nightclub (1928) 32:30 – Bailarina con castañuelas en el patio de un hotel (Jan 1928) 35:07 – Delegados en la Conferencia Panamericana (Jan 1928) 38:12 – Llegada a La Habana del presidente norteamericano Calvin Coolige para la Conferencia Panamericana y discurso (Jan 1928) 40:44 Catedral, murallas, castillo del Morro, convento de Santa Clara y Templete (1929) 43:25 – La ciudad y Machado dan la bienvenida a Charles Lindbergh (Feb 1928)

*Agradecemos al cineasta y dramaturgo Iván acosta habernos enviado este material.

Tuesday, September 4, 2018

Orígenes de los cubanos de Nueva York: sobre un libro de Lisandro Pérez*

Por Efraín Barradas

Hoy identificamos la comunidad cubana fuera de Cuba con Miami, pero en los orígenes no fue así. Como el sociólogo cubano-americano Lisandro Pérez establece con ejemplar solidez intelectual y profundo rigor académico, desde la segunda mitad del siglo XVIII y, sobre todo, durante la primera mitad del XIX fue Nueva York el principal punto de contacto comercial y cultural entre Cuba y los Estados Unidos. No hay que olvidar que otras ciudades estadounidenses también tuvieron efectivos contactos comerciales y políticos con Cuba en ese periodo: Nueva Orleans, Filadelfia, Boston, por ejemplo. Pero no cabe duda de que en el principio de las relaciones entre los dos países Nueva York fue el punto de mayor contacto comercial, político y cultural entre el joven país que comenzaba a convertirse en potencia mundial y una de las últimas colonias españolas en América que luchaba por su independencia y formaba su identidad colectiva.
Con su nuevo libro, Sugar, Cigar, and Revolution: The Making of Cuban New York (Nueva York, New York University Press, 2018), Pérez hace una contribución de gran importancia al estudio de la formación de la comunidad cubana en los Estados Unidos. Contrario a otros estudiosos del momento, quienes se ofuscan y confunden lo latinoestadounidense –en este caso sería la comunidad cubano-americana– y lo latinoamericano o caribeño –en este caso la Cuba insular del siglo XIX–, Pérez ve muy claramente que, a pesar de que estudia una compleja relación que él mismo llama “extra nacional”, las dos son realidades distintas, aunque íntimamente relacionadas. Ya meramente por ese acercamiento acertado y provechoso hay que felicitar a Pérez. Pero su libro está compuesto de muchos más descubrimientos y aciertos de importancia. Al terminar de leerlo, aunque no dejé de sentir ciertos desacuerdos con el autor, tuve la certeza de que este es una excelente contribución multidisciplinaria al estudio de la historia cubana, la insular y la de la diáspora.
Sugar, Cigars, and Revolution… se divide en dos partes. Cronológicamente estas quedan demarcadas en dos periodos: 1823 a 1868; 1868 a 1895. Los hitos que marcan estos momentos son el arribo de Félix Varela a Nueva York (1823), el comienzo de la guerra de independencia (1868) y la muerte de José Martí (1895). Varela, figura que merece mucho más estudio y reconocimiento, fue el primer cubano que marcó la sociedad neoyorquina con su trabajo con los emigrantes, especialmente los irlandeses, y por su defensa del catolicismo frente al fiero y agresivo fundamentalismo protestante del momento. Por su parte, la guerra de independencia cambió por completo el carácter de la emigración cubana a Nueva York y la muerte de Martí cerró ese ciclo decimonónico. Los hitos seleccionados indudablemente son, pues, importantes, acertados y reveladores.
Pero también se podrían definir esas dos partes del libro no por fechas sino por los dos productos comerciales a los cuales apunta el título: la primera parte estaría definida por el azúcar y la segunda, por el tabaco. Así es porque los contactos comerciales entre Cuba y Nueva York especialmente durante la primera mitad del siglo XIX estuvieron definido por la exportación de azúcar a la ciudad, lugar donde llegaba sin procesarse por completo para ser refinada allí. Mucho capital, tanto cubano como neoyorquino, se afincó en la industria de la refinación del azúcar. Por ejemplo, las grandes colecciones de pintura impresionista en el Museo Metropolitano de Nueva York y en el de Bellas Artes de Boston fueron adquiridas con el capital de familias que negociaban en Nueva York y en Boston en azúcar cubana y puertorriqueña. El libro, por ello, podría verse como otro “contrapunteo del tabaco y el azúcar”, para parafrasear el título del libro de Fernando Ortiz.
Y como en el clásico de Ortiz, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940), en el libro de Pérez se emplea una diversidad de acercamientos; el autor, por ejemplo, se vale de la historia, de la sociología, de la economía, de la antropología para crear, con un estudio detallado de diversos aspectos de la comunidad que estudia y crear así un amplio y matizado cuadro de la misma. Por ejemplo, Pérez se vale de los libros de cuenta de compañías financieras neoyorquinas que servían a la alta burguesía cubana de la primera mitad del siglo XIX, especialmente los de la Moses Taylor and Company, para aclarar el carácter de esa clase que dominó la comunidad cubana en Nueva York en la primera mitad del siglo XIX. Esos libros de cuentas en manos de Pérez sirven para crear un retrato detallado de esas ricas familias cubanas. Por ejemplo, descubre en ellos un patrón en los planes de esas familias para la educación de sus hijos y hasta para los hábitos de compras de artículos de lujo.
Es que en este estudio no se desperdician datos; aún aquellos que pueden parecer insignificantes, en manos de Pérez se convierten en ricas minas. Por ejemplo, la boda de un acaudalado hacendado cubano ya mayor y una joven de rancia familia neoyorquina le sirve para estudiar la visión que tenía la sociedad estadounidenses de los emigrantes cubanos. Curiosamente en esa visión se repiten patrones que se habían establecidos en Europa para entender a los mismos neoyorquinos y los estadounidenses en general. El episodio de la boda de don Esteban Santa Cruz de Oviedo y Frances Amelia Barlett el 13 de octubre de 1859 parece un capítulo sacado de una novela de Henry James donde los europeos miran sospechosamente a los nuevos ricos arribistas, los americanos. Cámbiese europeo por neoyorquino y cubano por americano y se tendrá un patrón de prejuicios idéntico, un patrón muy revelador del papel de los cubanos en la ciudad en ese momento. Es así que un dato aparentemente insignificante se convierte aquí en un rico y revelador caudal histórico.
Por otro lado, el empleo de datos sacados de los censos le sirven a Pérez para determinar las formación de enclaves cubanos en la ciudad y para establecer la clase a que pertenecían los emigrantes antillanos durante la segunda mitad de ese siglo. Pérez establece que mientras la alta burguesía cubana compuesta por hacendados azucareros dominaron la primera mitad del siglo XIX, la segunda fue marcada por los obreros del tabaco. Por ello mismo, Nueva York dejó de ser el centro de acción de esa emigración cubana después de 1868; Florida, particularmente Ybor City, comunidad creada específicamente para los tabaqueros y hoy un vecindario de Tampa que muy poco tiene que ver con sus orígenes obreros, se convirtió a partir de 1878, final de la primera guerra de independencia, en el centro de acción revolucionaria y en la comunidad más grande de cubanos en los Estados Unidos.

Hay datos que parecen fascinar a Pérez y que por ello aparecen constantemente en su libro: el origen irlandés de muchos de los empleados domésticos de las familias cubanas y la localización de los panteones de esas familias en La Habana y especialmente en Nueva York, por ejemplo. Es que los datos obtenidos de diversas fuentes, datos de obvia importancia y otros aparentemente insignificantes, le sirven al autor para crear un rico cuadro de esa comunidad. Sugar, Cigars, and Revolution… es un excelente ejemplo de un acercamiento multidisciplinario y, por ello, un modelo para otros estudiosos.
Como lector interesado en el campo de la formación de las comunidades latinoestadounidenses, objetivo principal de este trabajo en cuanto estudia la creación de la comunidad cubana en Nueva York, tengo que apuntar dos rasgos del libro de Pérez que me parece merecen atención crítica. Primero, en algunos pasajes, especialmente al final del libro cuando se discute el desenlace de la segunda guerra de independencia, se rompe el delicado equilibrio que se había mantenido en todo el libro al estudiar la compleja relación entre la historia insular y la del exilio. Creo que en ese momento Pérez pierde un tanto –solo un tanto, recalco– ese fino y difícil balance entre esas dos realidades históricas que había caracterizado el libro. Recordemos que una de las bases de este estudio es la interdependencia de esos dos mundos, pero que el foco principal es la comunidad cubana en Nueva York. Dada esa interdependencia el autor puede ir de un punto al otro; pero creo que el balance o equilibrio se pierde algo al final, donde se mira la historia de la isla y se olvida un tanto el foco neoyorquino.
En segundo lugar –y obviamente este punto viene por prejuicios muy personales– creo que Pérez debió prestarle más atención a la contribución de los puertorriqueños a la comunidad cubana en Nueva York en el siglo XIX. Los lazos entre los antillanos entonces eran muy fuertes como lo prueban la labor de Eugenio María de Hostos, de Sotero Figueroa y de Arturo Schomburg, entre otros. Estos tres importantes personajes históricos, todos ausentes del libro de Pérez, sirvieron respectivamente como propagandista en América Latina de la guerra de independencia (Hostos), como editor de Patria, el periódico del Partido Independentista Cubano fundado por Martí (Figueroa), y como miembro muy activo de los clubes martianos (Schomburg). Más allá de mis prejuicios, creo que valdría la pena explorar más la contribución de los puertorriqueños a esa comunidad cubana que se veía a sí misma, especialmente por el impacto de los tabaqueros, desde una muy amplia perspectiva antillana. En ese sentido la ausencia en la bibliografía del libro de Pérez de las memorias de Bernardo Vega, quien como él presenta un cuadro muy humano de Martí, es notable y triste.
Quizás esas ausencias en verdad sean solo indicio de la necesidad de un libro como este sobre la formación de la comunidad puertorriqueña en Nueva York en el siglo XIX. Cuando tal libro se escriba Sugar, Cigar, and Revolution… –¡no me cabe duda de ello!– le servirá de modelo a la autora o el autor de ese libro tan necesario que también nos ayudará a entender la historia boricua, la cubana y la antillana en esa ciudad. Por el momento sólo recalco los grandes logros alcanzados por Pérez con este excelente libro, magnífico ejemplo de rigor académico y honestidad intelectual. 

*Texto publicado originalmente en 80 grados.

Thursday, October 26, 2017

Sobre la censura

El Nuevo Herald reproduce la entrevista hecha por el escritor Francis Sánchez al editor de "El compañero que me atiende". Reproducimos acá un fragmento centrado en la censura: 

¿Qué opinas de la predominante visión arqueológica sobre la censura en Cuba y el quinquenio gris?
No sé cómo consiguen ver la censura en Cuba como un asunto del pasado. Con tantos ejemplos que se repiten una y otra vez. El principio de “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada” es terriblemente represivo y a ese principio no se ha renunciado ni un minuto desde agosto de 1961. Supongo que en esa visión arqueológica tenga que ver que muchos de los censurados de ayer sean parte de la cultura (entiéndase también censura) oficial. En ese sentido, el de la censura, el régimen cubano actual resulta una especie de totalitarismo ilustrado. Los encargados de lidiar con los artistas y escritores ya no son los militarotes de antaño: los Papito Serguera, los Pavones, los Quesadas. Ahora son una mezcla de funcionarios con estudios universitarios con intelectuales graduados en diferentes niveles de censura, incluida la censura en carne propia. Esos últimos resultan a la larga los más efectivos. Son los que le dirán a los jóvenes creadores: “Eres muy atrevido porque eso en mi época no se podía decir”. Y todos tan contentos. Los jóvenes porque les satisface su audacia y los viejos porque sienten que de alguna manera han contribuido a esa “evolución”.
[...]No conozco antecedentes de una antología de este tipo... Aunque hay historias de vida muy bien documentadas, como en “Informe contra mí mismo”, de Eliseo Alberto Diego. Se han hecho antologías de las becas, de los trenes, de cualquier cosa, pero parece increíble que nos faltara la de los omnipresentes “segurosos”. ¿A qué crees que se deba ese silencio? ¿Existiría una sutil raya roja que tú estás cruzando ahora?
Las razones son bastante obvias. El régimen cubano restringe las libertades políticas y económicas de sus ciudadanos más que cualquier otro en la actualidad a excepción de la hermana república de Corea del Norte. Y encima no le gusta que se lo digan. No está preparado para lidiar con una evidencia tan elemental. Se lo dices y en vez de cambiar te amenaza: el Poder quiere que le digas lo hermoso que es o en su defecto te dediques hablar de otra cosa. Los regímenes así son narcisistas por naturaleza. Y pretenden que los intelectuales sean su espejo mágico y confirmen la idea que el Poder tiene de sí mismo. Pero los escritores, incluso en Cuba han demostrado ser, a pesar de todo, una especie bastante resistente. De hecho algunos textos de la antología (no muchos, la verdad) aparecieron antes publicados por editoriales cubanas. La diferencia estriba en que esos gritos que se pierden en el escándalo continuo que es la realidad cubana al ser reunidos en la antología ofrecen un contexto esencial para entender esa realidad. La represión es el elefante en la habitación que nadie quiere mencionar, al que le damos un rodeo de camino a la cocina. Pues “El compañero que me atiende” es un libro sobre el elefante y lo que significa tenerlo metido en tu casa.

Tuesday, October 17, 2017

Adiós mi Habana

Por Enrique Del Risco

Las experiencias de una chica germano-americana en una década de vida en Cuba es la materia con la que estaba fabricada la novela gráfica Adiós mi Habana de Anna Velfort. Ya eso bastaría para resultarles interesante a los cazadores de curiosidades etnológicas. Pero lo es mucho más si se precisa que la década en cuestión es la que va desde el año 1962 al 72. O que la chica acompaña a su padrastro norteamericano y a su madre alemana, comunistas convencidos que viajan a Cuba para incorporarse a la última encarnación de la Revolución Mundial. O que la protagonista fue testigo única de aquella pequeña, privilegiada (pero no menos vigilada) sociedad de compañeros de viaje venidos del extranjero en acto de solidaridad revolucionaria. Pero el descubrimiento de la protagonista de su propia homosexualidad convierte Adiós mi Habana en documento excepcional. En historia de cómo funcionó en aquellos años fundadores de todo lo que vendría después el mecanismo de vigilancia y represión a los homosexuales cubanos a lo largo del sistema educativo y laboral cubano: desde menos de un año de la proclamación del carácter socialista del régimen hasta entrado ya en el llamado Quinquenio Gris.
Sin muchas más pretensiones aparentes que las de contar su experiencia vital durante lo que suelen calificar como uno de los acontecimientos más importantes del pasado siglo Veltfort consigue un relato fascinante. Sobre todo si se lo compara con la mayoría de los novelistas que han entrado en dicho período a la caza de esa ballena blanca que es la novela de la Revolución Cubana. Con el más sencillo y directo de los estilos que se limita a seguir las peripecias de la protagonista Veltfort rescata una historia reveladora en su propia elementalidad. La protagonista verá el descubrimiento de su sexualidad convertido en pesadilla y sus romances cubanos en razón de Estado. A todo esto se añade tanto detallismo gráfico documental y narrativo (vale recordar que su autora es también la del blog El Archivo de Connie) que lo convierte en un documento de primera mano de aquellos años tan convulsos como edulcorados por sus cronistas. Allí la ya mitológica noche de las tres Pes con su apresamiento multitudinario de “prostitutas, pájaros y proxenetas” tiene fecha precisa: el 11 de octubre de 1962, apenas tres días antes del inicio de la llamada Crisis de los Misiles. Allí aprendemos que la famosa Operación Hippie con el que recogieron buena parte de los jóvenes habaneros aficionados al rock ocurrió el 25 de septiembre de 1968, días antes de que Fidel Castro proclamara en el octavo aniversario de los CDR que “en nuestra capital […] dio por presentarse un cierto ‘fenomenito’ entre grupos de jovenzuelos[…] influidos entre otras cosas por la propaganda imperialista, que les dio por comenzar a hacer pública ostentación de sus desvergüenzas”.

Llama la atención la frescura con que está contado el relato. La ingenuidad que le evita contaminar al personaje de aquellos días con la experiencia adquirida posteriormente. Más bien ocurre lo contrario. La ingenuidad juvenil parece contagiar el epílogo donde la autora se pregunta por qué fue objeto de una persecución tan enconada por parte de las autoridades “¿Por qué tanta atención sobre una estudiante extranjera sin importancia […]?” para terminar achacando tal encono a las maquinaciones de una conocida. Como si después de diseccionarlo con tal detalle se le escapara una enseñanza elemental de un sistema como el cubano: la de que allí, al igual que con la Cosa Nostra, no hay nada personal. Que la esencia misma de un sistema como aquel consiste en no subestimar nada. En dedicarle la máxima atención a seres mucho más insignificantes que una estudiante extranjera. En cambio y aunque no lo diga directamente queda claro que si bien el castrismo no inventó la homofobia sí puede atribuirse el copyright de su instrumentalización política en la historia cubana. La vieja homofobia que estimulada e ideologizada sirvió no solo para controlar a los homosexuales cubanos sino mantener a toda la población en el trance totalitario de exigir y dar cuentas de lo más íntima de sí. Y de dicha estatalización de lo íntimo emanó buena parte de su control sobre toda la sociedad. Adiós mi Habana es, en fin, un libro muy recomendable. Sobre todo si se trata de hacerle un regalo de cumpleaños a Mariela Castro, tan desinformada, la pobre. 

Wednesday, June 7, 2017

MAYO ES EL MES MÁS CRUEL

(Conferencia pronunciada por el Dr. Eduardo Lolo en la Sociedad Pro-Cuba de Elizabeth [New Jersey], el 21 de mayo de 2017, con motivo del 115o Aniversario de la proclamación de la República de Cuba.)
Según el primer verso de “The Waste Land” ‒el famoso poema de T.S. Eliot‒ “Abril es el mes más cruel”. Sin embargo, para los cubanos el mes más cruel no es abril, sino mayo. Ese mes cae fulminado, en desigual combate por la independencia de Cuba, quien “♫… no debió de morir. ¡Ay, de morir! ♫” y, un día después, a 7 años de distancia, se llega a la realización de un sueño sublime que se convertiría en horrible pesadilla: el advenimiento de una República que traía en sí misma el germen de su propia ruina. De ahí que sea una celebración agridulce, en que se combinan la alegría y la tristeza, el decoro del inicio que hoy celebramos con la ignominia que daría al traste con la República. Mirar hacia uno obviando el otro componente de la dicotomía resultante constituiría un ejercicio de retórica demagógica. Caricias y golpes parten de una misma fuente: la mano que se tiende amorosa o se recoge en un puño crispado. Entender el paso histórico cubano del sueño a la pesadilla es la única forma de evitar que nuestros sueños de hoy también se conviertan en pesadillas de mañana. Toda celebración del pasado sin la mirada puesta en el futuro se torna una conmemoración pueril.
Sin embargo, comprender la trágica metamorfosis señalada no resulta fácil. Hay que analizar la herencia recibida por la república (tanto lo bueno como lo malo) a fin de separar el codicilo decoroso del legado infame. Sólo así podremos avistar por qué el bochorno terminó venciendo la honra.
Comencemos con la Colonia. España trajo a Cuba tanto lo bueno como lo malo de su civilización: de la hoguera de la Inquisición, al apostolado bondadoso de hombres como Bartolomé de las Casas. La ambición y la avaricia, desgraciadamente, pudieron más que la bondad, y nuestros indios desaparecieron en lo que no puede calificarse sino como genocidio, tanto voluntario como involuntario; esta última modalidad como consecuencia de nuevas enfermedades importadas que actuaron a manera de verdugos. A ello habría que unir las autoinmolaciones colectivas por aquellos aborígenes que prefirieron morir libres antes que vivir esclavos. Al final, de ellos sólo nos quedaron, históricamente obstinados, algunos topónimos, incluyendo el nombre de la nación que amamos.
Para suplantar a los indios, los colonialistas dieron fuerza a una de las prácticas más perversas en la historia de la humanidad: la trata de esclavos comprados en África. Con el advenimiento de los criollos, una suerte de ciudadanos libres de segunda clase comenzaron a sufrir el asfixiante yugo colonial ensamblado allende la Mar Océana. Sus justos reclamos a la Metrópolis fueron siempre respondidos con negaciones y, cuando cegadas las avenidas civiles optaron por la rebelión, con el terror. Hay hechos del todo vergonzosos: el Fusilamiento de los Estudiantes de Medicina (probadamente inocentes todos del ‘crimen’ que se les achacó), el asesinato mediante el garrote vil del bardo Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido) por la simple autoría de un poema, la larga pena carcelaria impuesta y luego el destierro del adolescente José Martí por la escritura de una carta a un condiscípulo, la Reconcentración de Weyler, etc. etc. El número de víctimas va de miles a cientos de miles, según la fuente. La razón de entonces, el imperio de la sinrazón.
Paralelamente a lo señalado, la Colonia hizo de la Isla de Cuba un sitio próspero y moderno. Cuando Nueva York era todavía prácticamente una aldea insalubre, La Habana era una ciudad con acueducto, alcantarillado, calles adoquinadas y alumbrado público. A sus teatros (que nada tenían que envidiarle a los de Madrid) venían de gira afamadas compañías teatrales de Europa. Los intelectuales florecían y fundaban instituciones de alto nivel como la Sociedad Económica de Amigos del País. Cuba fue la primera nación iberoamericana que usó máquinas y barcos de vapor (1829) y la tercera del mundo (después de Inglaterra y los EE.UU.) que tuvo ferrocarril (1873). Fue un médico cubano quien primero hizo una operación quirúrgica aplicando anestesia con éter en Iberoamérica (1847) y en 1881 Carlos J. Finlay descubriría el agente transmisor de la Fiebre Amarilla. El tabaco y el azúcar cubanos alcanzaron fama internacional. Y estos son unos pocos ejemplos de los alcances científicos, sociales, urbanísticos y culturales de la Cuba Colonial. Todos los cuales convivían, paradójicamente, con la más atroz represión política. Los dictados de las autoridades eran inapelables, por muy injustos que fueran; los crímenes políticos no sólo quedaban impunes, sino que eran galardonados.

Esos aspectos negativos de la Colonia fueron denunciados por cubanos y españoles dignos por igual. Se buscó inútilmente reformar el sistema y, cerradas todas las puertas, se comenzó la lucha por la independencia. La Conspiración de los Rayos y Soles de Bolívar, la expedición dirigida por Narciso López, la Conspiración de la Escalera, el Grito de Yara, etc. fueron actos heroicos, no pocas veces desesperados, de esos criollos que no podían seguir viviendo en la ignominia. El último esfuerzo independentista, fomentado y dirigido en sus inicios por José Martí, llega a un punto de estancamiento que hacía imposible la victoria a ninguno de los dos bandos en pugna. Teddy Roosevelt, un joven neoyorquino de visión histórica, empuja entonces al reticente gobierno norteamericano a tomar parte del conflicto, de donde resulta la derrota de la España colonialista.

El período de la Intervención Norteamericana se caracterizó, como el colonial, por la combinación de luces y sombras. Por el lado positivo propició el desarrollo de la infraestructura sanitaria y educativa de acuerdo con las prácticas estadounidenses, entonces a la vanguardia del mundo, por lo que los programas de enseñanza y la salud pública alcanzaron niveles que ni siquiera la Europa de entonces tenía. El primer tranvía y el primer automóvil que se conocieron en Latinoamérica circularon en la Habana en el año 1900. La administración se compuso en base a los conocimientos y los méritos de los aspirantes, no por favores políticos como era común en los demás países latinoamericanos de la época, en práctica todavía increíblemente vigente. No en balde todo el adelanto alcanzado por Cuba en unos pocos años.
De manera paralela se le impuso a la joven nación en tránsito a la república el afrentoso Tratado de París y la deshonrosa Enmienda Platt. El Tratado de París (que no firmó ningún cubano, dicho sea de paso) hizo permanentes el robo de medios y haciendas a los mambises, cuyas propiedades confiscadas por el gobierno colonial habían sido distribuidas entre los integristas (tanto españoles como criollos) a manera de pago o pitanza por la lealtad o la traición de los premiados, según el caso. Hasta donde tengo entendido, es el único ejemplo en la Historia de la Humanidad en que los vencidos se quedan con las propiedades y haciendas que le arrebataran injustamente a sus legítimos dueños, los vencedores. La Enmienda Platt, por otra parte, daba al gobierno de los EE.UU. la potestad de intervenir militarmente en Cuba cuando le pluguiera, como si fuera una colonia en el traspatio en vez de una república independiente. Y bien que hizo uso de esa autodispensada concesión impuesta a los cubanos, aunque hay que reconocer que casi siempre a regañadientes.
Así, pues, la República de Cuba nacida el 20 de mayo de 1902 recibe como herencia un alto grado de desarrollo tecnológico, educativo, sanitario, urbanístico, social y cultural que venía fomentándose desde la Colonia y fue incrementado por la Intervención Norteamericana. Pero, al mismo tiempo, un lastre político que incluía el caudillismo, la intransigencia, la injusticia, la corrupción, la violencia, la impunidad y otros elementos negativos afines cimentados y practicados durante siglos. No en balde Máximo Gómez, una vez arriada la bandera de los EE.UU. e izada la cubana en la ceremonia oficial de instauración de la nueva nación, dijo: “Creo que hemos llegado.” Dicha expresión es, incuestionablemente, dubitativa: implica que el hablante no está convencido de que lo que va a decir a continuación sea un hecho; hay más deseo que certeza; se aspira, esperanzadoramente, a que lo que aparezca al término de la frase se haga realidad, mas no se está seguro. Mucha razón tenía el veterano soldado en dudar del resultado de su propia heroicidad: no, no se había llegado del todo.
Sin embargo, el aspecto negativo del legado recibido no pudo arruinar lo mucho bueno presente en el otro polo histórico del codicilo. Los alcances de la República de Cuba entre 1902 y 1958 basados en la herencia positiva harían una relación sorprendente pero tediosa por su dimensión. Veamos algunos pocos ejemplos de décadas disímiles:
La Habana fue la primera ciudad del mundo en tener telefonía con discado directo en 1906. Un año después estrena el primer Departamento de Rayos X de Iberoamérica. En mayo de 1913 despega de La Habana el primer vuelo aéreo internacional en Latinoamérica. En 1918 se promulga la primera Ley de Divorcio aprobada en América Latina. En 1922 Cuba fue la segunda nación del mundo en inaugurar una emisora de radio comercial y la primera en radiar un concierto de música y presentar un noticiero; seis años después ya tenía 61 emisoras de radio, convirtiéndose en el primer país del mundo en número de emisoras por cada cien mil habitantes. En 1937 Cuba decreta por primera vez en Iberoamérica leyes que establecen la jornada laboral de 8 horas, el salario mínimo y la autonomía universitaria. En 1940, Cuba se convierte en el primer país de Hispanoamérica en tener un presidente de raza mixta blanca-negra (Fulgencio Batista), electo democráticamente por sufragio universal cuando la gran mayoría de su población era de la raza blanca, adelantándose en 68 años a los EE.UU. (Paradójicamente, es el mismo personaje que en 1952 daría un golpe de estado a otro Presidente electo democráticamente, convirtiéndose en dictador).
Cuba fue igualmente el primer país en Iberoamérica en otorgar el derecho al voto a las mujeres y legislar la igualdad entre sexos y razas. Fue el segundo país del mundo en emitir señales comerciales de televisión (1950) en blanco y negro y luego a color (1958). El primer hotel del mundo con aire acondicionado central se inauguró en La Habana en 1957 (el Hotel Riviera) y un año antes el primer edificio de apartamentos fabricado de hormigón (El FOCSA). En 1954 Cuba ocupa el tercer puesto en Iberoamérica en el consumo de carne per cápita y un año después se convierte en el segundo país latinoamericano con menor mortalidad infantil. En 1956 la ONU reconoce a Cuba como la segunda nación de Iberoamérica con los más bajos índices de analfabetismo, y el siguiente año como la mejor del área en número de médicos per cápita, el mayor porcentaje de viviendas electrificadas y el más alto consumo calórico diario por persona. En 1958, Cuba es el país de Iberoamérica con más automóviles y más electrodomésticos por cada cien mil habitantes, así como el que contaba con más kilómetros de líneas férreas por kilómetro cuadrado. Durante los años cincuenta, Cuba tenía el segundo lugar en entradas per cápita de Iberoamérica, superando, por ejemplo, a Italia y más del doble a España. A pesar de su pequeño tamaño y que sólo tenía 6.5 millones de habitantes, Cuba ocupaba en 1958 la posición 29 entre las economías mayores del mundo. El desarrollo de la prensa escrita y las artes fue igualmente asombroso. Para no seguir alargando la relación, baste recordar que a finales de los años cincuenta La Habana era la ciudad del orbe con el mayor número de salas de cine (358) superando a Nueva York y París, que ocupaban el segundo y tercer lugar, respectivamente.
Y aunque todo lo anterior no implica que la Cuba republicana fuera el Paraíso Terrenal, no es menos cierto que resulta difícil de entender y doloroso de reconocer que prácticamente todo lo anterior se haya revertido dramáticamente, en extraña degeneración del mármol en barro. Ello se debió al hecho de que las deficiencias en el orden político arrastradas desde la Colonia, y de algu-na forma mantenidas por la Intervención Norteamericana, siguieron en la república un desarrollo semejante a los aspectos positivos señalados. Por un lado, de lo bueno se pasó a lo mejor; por el otro, de lo malo a lo peor. La interrupción periódica del orden constitucional en forma de cuartelazos, asonadas palaciegas, revueltas caudillistas, intentos de perpetuidad en el poder, corrupción administrativa a todos los niveles y otros males resultantes destruyeron la República no obstante todos sus logros. Junto al sueño sublime hecho realidad, se fue agigantando una pesadilla no menos real. Al final vencieron las sombras, que devoraron hambrientas casi todas las luces cultivadas desde la Colonia.
El pueblo cubano, sin embargo, no ha permanecido inerte ante la largo tiempo atrás cimentada debacle de su historia. En la etapa colonial sirven de ejemplo máximo los mambises; los cuales, aunque siempre en franca minoría dentro de la población, y atacados por integristas, anexionistas y autonomistas, nunca cejaron en su lucha, a pesar de saberse discriminados, marginados o simplemente ignorados. La Colonia los despojó de todos sus bienes materiales y la Intervención Norteamericana sancionó inapelablemente el indigno pillaje; pero no pudieron hurtarles su patriotismo ni oscurecer su sueño.
Más adelante, durante la república, no fueron pocos los que denunciaron y se enfrentaron a la corrupción, el compadrazgo, el caudillismo y otras aberraciones semejantes o consecuentes que aniquilaron el sistema republicano. Cierto que sus esfuerzos fueron vanos; pero no los principios que los motivaron. Valgan de muestra los jóvenes estudiantes universitarios, quienes no dudaron en más de una ocasión en empuñar bisoños las armas cuando todas las vías civiles les fueron cerradas.
Los decenios del castrismo han sido la culminación de la pesadilla, catalizada por la institucionalización de la represión y el miedo como método de (des)vida permanente, como corresponde al terrorismo de estado como sistema político. Casi todos los alcances de la Colonia, la Intervención Norteamericana y la República inaugurada en 1902 se revirtieron por completo. Un ejemplo ilustrativo es la destrucción de la industria azucarera cubana, famosa internacionalmente desde tiempos coloniales. En los años 50 Cuba tenía unas 160 fábricas (llamadas centrales en Cuba) que eran capaces de producir unos 7 millones de toneladas de azúcar anuales, por lo que llegó a elaborar el 25% de la fabricación mundial del producto y recibir el sobrenombre de “la azucarera del mundo” por sus exportaciones. En el año 2011, como resultado de medio siglo de economía socialista, solamente quedaban 56 centrales en pie, de los cuales únicamente 39 estaban en funcionamiento. No en balde la pro-ducción de ese año fue de alrededor de un millón de toneladas (cifra semejante a la lograda en 1894 bajo la administración colonial) para un 0.7% de la producción mundial. Cuba, el principal exportador del producto del mundo, hasta ha tenido que importar azúcar para cubrir su magro consumo nacional racionado. De ahí el sarcasmo trágico del título paródico de un documental que intentó registrar la debacle totalitaria: Arte nuevo de hacer ruinas.
Pero, incluso en lo pudiera catalogarse como la peor etapa de la Historia de Cuba, no han faltado hombres y mujeres que han sido capaces de desarrollar una dignidad y un valor que mantienen vivo el sueño sublime. Unos blandiendo armas; otros esgrimiendo ideas; miles padeciendo la cárcel injusta; muchos ofrendando sus vidas; más de un millón desviviendo en el exilio; son los que, según la fórmula martiana, tienen en sí el decoro de muchos.
Este 20 de mayo de 2017 nada bueno podemos esperar de las supuestas reformas actuales del castrismo y su parásita ‘nomenklatura’, de vergonzoso nepotismo; mas no todo está perdido. Aunque penetrados por indignos agentes de policía y enfrentados al aceitado régimen de terror totalitario y la generalizada inercia pánica de una población horrorizada por décadas, una nueva generación de cubanos en la Isla aporta novedosos elementos y energías a una visión histórica que parecía perdida en el país. Organizados en no por pequeños menos dignos grupos de defensores de derechos humanos o Damas de Blanco empuñando gladiolos, convertidos en escritores y artistas disidentes o contestatarios, fundando embriones de partidos políticos democráticos, actuando como periodistas o bibliotecarios independientes, dedicando clandestinamente sus noches frente a una computadora de harapos cibernéticos como novatos ‘blogueros’ o experimentados cibernautas, etc., lo cierto es que en la Cuba de hoy está tan vivo como antaño el sueño sublime de los mambises.
Juntos el exilio y el insilio tenemos por delante una tarea única: demolida la herencia positiva, el desgaste de la negativa nos permite la segunda oportunidad de comenzar desde cero un diferente intento republicano inmune a toda pesadilla. Las condiciones están dadas y las herramientas al alcance de todos: el ideario martiano. La República instaurada en 1902 fracasó por lo que no tuvo de Martí; consecuentemente, otra tentativa en verdad martiana haría libre de pesadillas una nueva Cuba.
Por lo tanto, no es lógico que miremos hacia la república malograda con el objetivo de repetirla, por cuanto entonces renovaríamos las condiciones que la frustraron. Dijo Martí: "Aquí no somos desterrados, sino fundadores". Se trata de una exhortación a lograr y mantener una postura históricamente activa en el exilio, lejos del derrotismo o el consumismo que amenaza con devorarnos, y en alianza con quienes en la Isla han tomado heroicamente la antorcha de la supuestamente perdida dignidad nacional. En el caso de Martí resulta evidente que su intento era fundar aquella “república con todos y para el bien de todos” a la que dedicó toda su vida hasta entregarla en la manigua. En el nuestro, continuar ese objetivo martiano trunco por el banquete de tiranos en que devino la República de Cuba.
Pero, eso sí: mucho cuidado. No podemos dejar que la nostalgia del ayer nos ate las manos hoy. Debemos cultivar (tanto aquí como allá) la nostalgia de pasado mañana. Es decir: mirar hacia adelante, laborar todos juntos a fin de incorporar, verdaderamente, el legado positivo de la república de ayer a la república de pasado mañana. Lejos de la tierra que nos viera nacer, debemos ser parte activa en la fundación de la República que debió ser y sólo lo sería a medias hasta 1959 para dejar de serlo del todo desde entonces, convertida en feudo de oligarcas totalitarios aupados ‒utilizando el léxico martiano‒ por petimetres prebendados, pensadores canijos y bribones inteligentes, tanto criollos como de nacionalidades múltiples. En el exilio, aliados a los que luchan en el insilio, tenemos la posibilidad de asentar las bases de la constitución de otra Cuba; la Cuba martiana pospuesta. Es tarea de todos los cubanos dignos aunar voluntades en un mismo esfuerzo fundacional para que la república de pasado mañana llegue sin engaños y nuevas falsificaciones a la tierra libre que nos ha sido negada.
Sí, el 20 de mayo de 1902 fue la culminación de un sueño sublime que se convirtió en pesadilla. En este nuevo 20 de Mayo, sigamos militantes en la consecución del sueño y esquivemos la pesadilla. Decía Calderón de la Barca en uno de sus títulos que “la vida es sueño”. Invirtamos los términos y comencemos un nuevo amanecer histórico en que el sueño sea vida. Por Cuba siempre.
¡Soñemos!

Nueva York, primavera de 2017.