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Thursday, January 10, 2019

"Aportaciones del totalitarismo caribeño"

Reseña que acaba de aparecer en la española Revista de Libros:


La posibilidad del crimen

Por José Lasaga Medina



El totalitarismo no ha creado el mal,
apenas lo ha organizado como nunca
antes.

Enrique Del Risco

Después de la devoción de un lector, el odio de una dictadura es el mejor
premio a que puede aspirar un poeta.

Manuel Díaz Martínez

Un título descriptivo para este libro podría ser: «Textos sobre las aportaciones del totalitarismo caribeño al control social de especies intelectuales y afines». El autor, con buen criterio, ha preferido titular con una imagen alusiva, inspirada en una cita del narrador cubano Leonardo Padura que aparece al comienzo del libro como motto del mismo.
Si traducimos el eufemismo, surgirá diáfano el tema y motivo de la presente antología: «el compañero que me atiende» es el «seguroso» (magnífico hallazgo verbal), es decir, el oficial de la Seguridad del Estado encargado de vigilar, escuchar, observar, en definitiva, «atender» al escritor, artista, poeta, periodista, de forma que sepa que es sometido a «cuidados» tan solícitos como intimidatorios, para que no cometa «errores» o desviaciones respecto de la «verdad» revolucionaria. La aportación que el castrismo ha hecho a los hitos precedentes en las relaciones de los Estados totalitarios con sus intelectuales reside en que, antes, el intelectual era perseguido cuando había escrito o declarado algo considerado por el poder peligroso o nocivo; en Cuba, como queda bien acreditado en muchas de las entradas de la antología, los agentes de seguridad se preocupan antes de que haya algún dato objetivo sobre posibles desviaciones, disidencias o desafecciones. En otras palabras, se dedican a vigilar para interesarse por lo que leen, escriben, pintan o componen; o solicitar su colaboración ‒prueba de que está con «nosotros»‒ para espiar a otros colegas, a «compañeros» que no habrían hecho nada, y que aún mantendrían intacta su fe en el proyecto revolucionario o que, en el peor de los casos, se moverían en la zona templada.
Eso explica un dato que, a buen seguro, chocará al lector: muchos de quienes merecieron la atención del «seguroso» de turno recibieron o recibirían premios de las instituciones culturales de la revolución. Así, los cuerpos de seguridad del Estado se parecían más al confesor de adolescentes que, en el silencio del confesionario ‒inevitable no recordar que los hermanos Castro se educaron con jesuitas‒, pregunta con discreción, pero con firmeza, sobre prácticas prohibidas, que a la imagen del sudoroso «poli» que berrea preguntas en el cuarto inhóspito al aterrado ciudadano. Pero de todo hallará el lector.
Hay que agradecer al autor de la antología, el escritor exiliado Enrique Del Risco (autor, entre otras obras, de unas memorias sobre su paso por Madrid inexplicablemente amables y generosas ‒tampoco nos portamos tan bien‒), hay que agradecerle, decía, además de la existencia de este centón de textos, casi sesenta colaboraciones (cincuenta y siete, para ser exactos), que le haya antepuesto un prólogo tan breve y penetrante como sustancioso.
Comienza por aclarar que esta antología inaugura un nuevo género literario, que denomina «totalitario policiaco», que, por razones fáciles de entender, se basa en un tipo de experiencias que «demoró bastante en convertirse en literatura». A diferencia de ciertos libros que hablan de esto mismo, como los relatos de Kafka o 1984 de Orwell, aquí el camino es el inverso: si estos fueron de la ficción a la realidad, los autores de la antología van de la realidad a la ficción. La coincidencia con los héroes virtuales de las obras mencionadas reside en que los protagonistas de los relatos, poemas, informes o cuentos aquí recogidos tampoco saben muy bien por qué merecen las atenciones del MinInt (abreviatura del Ministerio del Interior). Como dice el antólogo, «no persiguen el crimen, sino su posibilidad», lo cual viene a ser, si se para uno a pensarlo, una especie de monstruo metafísico: lo posible no existe. De ahí la extraña síntesis kafkiano-caribeña: el escritor de turno sabe sobre los motivos por los que es «atendido» tanto como el protagonista de El proceso, pero recibe una calurosa advertencia en un lenguaje tan coloquial como eufemístico. Hablamos de nuevos refinamientos en viejos mecanismos de terror: el advertido o detenido no tiene que conocer su (posible) crimen, y sus compañeros y familiares, menos aún. En el fondo, tratan de convencerte de que no eres culpable, al menos no demasiado, explica Del Risco, resumiendo algunas de las experiencias en que coinciden los relatos: el Estado o la Revolución confían en ti, conocen tus pasos y son comprensivos con tus faltas. Quieren tu ayuda. Y, de vez en cuando, el «compañero» intenta comprometer al pupilo o pupila con alguna tarea sencilla para comprobar su grado de fidelidad a la Revolución, es decir, a Fidel.
Alguien podría extrañarse de que escritores jóvenes, educados en los principios de la filosofía marxista-leninista, anticapitalistas convencidos y algunos antiyanquis, sean vigilados y presionados para colaborar. Pero hay una explicación lógica y convincente que fue ya descubierta por Hannah Arendt en su clásico estudio Los orígenes del totalitarismo (1951) y confirmada por el comportamiento de las policías de seguridad con los disidentes en los países de Europa del Este en la crisis de los años ochenta. Václav Havel, entre otros, teorizó desde la cárcel que, cuando una dictadura se basa en la ideología, es decir, en la deformación sistemática de la realidad para que ésta encaje, sí o sí, en el ideal, el simple hecho de declarar la verdad se convierte en un auténtico ataque al corazón del Estado. En el fondo, saben lo que se hacen.
Del Risco escribe su prólogo con el estilo que va a predominar a lo largo de la antología, estilo que puede nombrarse con una palabra: ironía. Me ha llamado la atención el hecho de que la mayoría de las descripciones no incluyan emociones de odio o resentimiento. Coinciden muchas en la perspectiva oblicua que ve en el humor la mejor arma contra la estupidez totalitaria. (Alguna vez, alguien se dedicará a estudiar el rebajamiento ético, estético e intelectual que todo proceso revolucionario termina generando). Así, el autor de la antología no duda en agradecer a los cuerpos de seguridad de la revolución cubana su aportación a la literatura. A la monotonía y uniformidad del acoso, a las formas estandarizadas de «atención» al compañero, que admite muy pocas variantes, corresponde una notable diversidad en las formas literarias que describen la experiencia, y que van desde el informe o las memorias al relato de ciencia ficción, pasando por el poema o la obra de teatro. Un ejemplo magnífico de esa ironía, que pocas veces se desliza hacia el sarcasmo, lo tenemos en las líneas iniciales del texto de Verónica Pérez Kónina, «Carta de agradecimiento a los censores», texto escrito expresamente para esta antología, cosa no infrecuente: «Debo confesar que mis mayores agradecimientos los guardo para los censores. Sin ese Ejército Secreto, ¿quiénes seríamos nosotros, los que aspirábamos y aspiramos a ser escritores? ¿Quiénes sino ellos se habrían leído nuestras primeras obras, tan imperfectas, tan ilegibles? ¿Quién hubiera seguido con tanta atención todo lo que escribíamos? ¿Quién otro podría haberle dado ese aire de azarosa aventura al oficio de escribir?»
Con la precisión que ya hemos elogiado, Del Risco capta la nota de originalidad que caracteriza el programa de represión castrista: «esa mezcla entre una vigilancia y control eficaces con la chapucería inherente al sistema en su conjunto», que se manifiesta en «la opulencia de la represión», en «su absurdo inagotable», de los que hallará el lector abundantes ejemplos. Menciono uno: la historia del escritor exiliado que decide regresar a Cuba para rodar clandestinamente una película que refleje la realidad de la vida cotidiana. La pone en marcha en un apartado rincón de un pueblo perdido. La filmación no escapa a la mirada de algún chivato y el escritor recibe una citación. Se presenta ante el jefe de seguridad, al que convence de que, si no le permite terminar una filmación que pretende ensalzar «la belleza de la cultura cubana», cuando vuelva a París contando que les impidieron filmar, dará la impresión de «que vivimos en un terror completo». El jefe de la Seguridad responde con una sonrisa maliciosa: «Necesitamos gente como usted allá afuera. Gente que se codee con las altas esferas de la sociedad para saber qué planes tienen en contra de nuestra Revolución». Y le pasa una pequeña tarjeta con el número del agente Vladimir.
La antología cubre el medio siglo largo de vida de la dictadura castrista. Organizada cronológicamente, se divide en una primera sección más breve que abarca los primeros veinte años, de 1959 a 1979, a la que siguen los apartados dedicados a las siguientes décadas, los años ochenta y los noventa y una última sección, quizá la más poblada, que reúne los textos que tienen lugar «Después del dos mil». Del Risco invitó a colaborar expresamente a los participantes, lo que exigía que estuvieran vivos para dar su consentimiento. Algunos de los textos han sido expresamente escritos para la ocasión y se identifican como tales. Otros habían sido ya publicados o proceden de manuscritos inéditos. Al final de los textos, el lector encontrará un breve currículo profesional de cada colaborador. El más viejo, nacido en 1936, es el poeta Manuel Díaz Martínez y, la más joven, la también poeta y novelista Legna Rodríguez Iglesias, nacida en 1984. Ambos fueron premiados por instituciones de la revolución cubana y ambos viven actualmente en el exilio y. por supuesto, ambos recibieron la visita del «seguroso compañero».
Este libro es muchas cosas, entre otras, una magnífica antología literaria, pero también una radiografía de los instrumentos de represión que la Revolución fue dándose a sí misma conforme cambiaban los tiempos. Después de que esta se afianzara y no fuera ya necesario aplicar la dialéctica «amigo/enemigo» porque los enemigos, bien estaban muertos, bien se habían exiliado, llegaron la ley de peligrosidad, la ley contra la vagancia y sus complementarios «espontáneos», tales como los actos de repudio o los «asesinatos de reputación». Más adelante se depuraron los procedimientos, especialmente los de tipo preventivo. Existía ‒y seguramente aún está en vigor‒ un procedimiento por el cual, si no te mostrabas colaborador con el «compañero que te atendía» te llevaban detenido y te «invitaban» a firmar un Acta de Advertencia oficial por la que el «atendido» se autoincrimina al reconocer que se halla en un estado de «peligrosidad predelictiva” (sic). Pero no es una broma. Si el estado «predelictivo» ‒de nuevo el monstruo metafísico: el delito no existe, pero sí tiene consecuencias‒ se sostiene en el tiempo, a juicio de los vigilantes, tenemos que tres actas equivalen a peligrosidad y esto a tres años de cárcel sin juicio.
No me corresponde recomendar unos relatos frente a otros. Sorprende el excelente nivel literario que alcanza la inmensa mayoría. Me parece un acierto comenzar con un ensayo que reconstruye el famoso «caso Padilla» a partir del testimonio de uno de sus protagonistas, el novelista chileno Jorge Edwards, autor de Persona non grata. Fue la primera puesta en escena de que la Revolución iba a tolerar pocas cosas, a pesar de haberse envuelto desde el primer momento en las banderas de la cultura y la creación. Faltaba hacer explícito lo implícito, que los más avisados sí intuyeron: una obra pasará la aduana si y sólo si sirve a los intereses de la Revolución, es decir, a los de Fidel (los hermanos Castro). De esas primeras experiencias se decantaron ciertas sabidurías: un amigo advierte a Edwards durante su primer viaje a La Habana para abrir la embajada de Chile, por encargo de su amigo Salvador Allende: «Habla bajo. ¡La policía se mete en todo!» Y el cronista concluye: «De manera que el micrófono ‒incluso el que deviene mental‒ ha quedado para nuestra historia nacional como ese punto diminuto que favorece la relación de poder que va del tirano hasta el poeta, penetrándolo, para luego domarlo o expulsarlo».
No me resisto a citar el relato ‒por cierto, el más breve‒ que mejor refleja el espíritu de resistencia que los autores de este libro comparten en defensa de su libertad de escribir, pensar y actuar. Se titula «Hasta que la delación te alcance»:
El delator del cual hablamos [...] se sentó frente a Olmo y le dijo:
‒ Te voy a delatar.
Olmo amaba la rectitud de la gente. Y la transparencia de alma en la gente. Y la resolución en los ojos de la gente. «Un delator honrado», se dijo Olmo con las pupilas húmedas. Y lo abrazó, lo abrazó como no abrazaba a nadie en muchísimo tiempo.
Y como el universo totalitario basado en la ideología es el mundo del revés, a mayor inverosimilitud en los hechos relatados, mayor veracidad de la ficción.

José Lasaga Medina es catedrático de Filosofía de enseñanza media, profesor de Filosofía en la UNED y profesor investigador en la Fundación José Ortega y Gasset. Ha sido comisario de la exposición El Madrid de José Ortega y Gasset (Residencia de Estudiantes y Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, mayo de 2006).  Es autor de José Ortega y Gasset (1883-1955). Vida y filosofía (Madrid, Biblioteca Nueva, 2003) y Figuras de la vida buena. Ensayo sobre las ideas morales de Ortega y Gasset (Madrid, Enigma, 2006), y editor de Ortega en pasado y en futuro. Medio siglo después (Madrid, Biblioteca Nueva, 2007).

Wednesday, November 7, 2018

El Capitán Emilio y su flota de 100 barcos


Por Alejandro González Acosta, Ciudad de México

Emilio Cueto (La Habana, 1944) es mucho más que un ilustre abogado ya jubilado, un cumplido funcionario internacional, un productivo historiador muy aplicado, un cubano devoto de las tradiciones, y cualquier otro apelativo que le obsequiemos. Pero, sobre todo, Emilio Cueto es UNA INSTITUCIÓN. Él solito viaja, investiga, hurga, colecciona, adquiere, escribe, organiza, divulga, edita y se multiplica al infinito: es ubicuo e incansable, apasionado, voluntarioso, y en ocasiones también caprichoso y empecinado (nobody is perfect), pero siempre encantador. Porque, además, los que tenemos el gusto de conocerlo, sabemos también que es UN PERSONAJE, casi de leyenda. Es decir, que si no hubiera existido, habría que inventarlo, pero después, rápida y precavidamente, habría que destruir el molde, porque el mundo no está capacitado para contener dos o más como él.

Pero con el Emilio que ya tenemos, basta y nunca sobra: antiguo alumno de los jesuitas del Colegio de Belén, luego fue a sus 16 años uno de aquellos Niños Pedro Pan que agarraron su maletica con un poco de ropa y algunos recuerdos, y los mandaron a los Estados Unidos ante la amenaza de la pérdida de la “patria potestad” en la Cuba de Castro. Desde el día que subió a ese primer avión de los muchos que habría después en su vida, Emilio tomó una decisión: “Me sacan de Cuba, pero Cuba nunca saldrá de mí”. Toda su vida posterior ha sido la confirmación de esto, atado con fuertes yugos a su origen… Y estas “lazos” no son metafóricos, sino muy reales, como cuando amenazó encadenarse al mástil de la bandera cubana frente a las puertas de la embajada cubana ante la UNESCO en París, con escándalo de un azorado Alejo Carpentier, exigiendo que le permitieran viajar para ver su madre enferma en la isla.

Ganado está el pan, hágase el verso: 41 años después de haber realizado ese primer vuelo, Emilio sigue aferrado a la misma decisión que tomó al pisar la escalerilla que lo conduciría “a distante ribera”. Su feudo en Washington no es una casa; es un Museo insólito, la asombrosa Colección de una sola persona: su querida Emilioteca. Y yo la llamaría además su Emiliópolis, porque en sí misma es una ciudad, un cosmos personal, un planeta como el Asteroide B-612 del Pequeño Príncipe, totalmente gobernado por la órbita cubana.


La pasión, devoción, consagración, vocación y decisión de Cueto se condensan en su lema y divisa personal: “Nada cubano me es ajeno”. Y con su vida y sus obras lo ha demostrado de forma innegable.

Cueto ha invertido los frutos de toda una vida de empeñoso trabajo en varios importantes organismos internacionales, para reunir una colección diversa, ecléctica y enfebrecida, de cuanto objeto o documento cubano ha encontrado por este ancho y ajeno mundo.

Cuba es la raison d’etre de Emilio Cueto y lo ha demostrado en cada una de sus obras. Después –o al mismo tiempo- que ha juntado una imponente colección miscelánea de todo lo divino y lo humano relacionado con la isla, en sus dos departamentos fundidos en la capital norteamericana, ha ido  agasajándonos con obsequios impresos de su autoría, como han sido sus espléndidos estudios Mialhe’s Colonial Cuba (1992), Cuba in Olds Maps (1999), Ilustrating Cuba’s Flora and Fauna (2002), La Cuba Pintoresca de Frédéric Mialhe (2010), La Virgen de la Caridad del Cobre en el alma del pueblo cubano (2014), Camagüey en la Música (2015), Las litografías santiagueras del Departamento Oriental de la Isla de Cuba (2015), Cuba en USA (2018), y ahora con el delicioso libro Cien barcos en la Historia de Cuba, que acaba de sacar la prestigiosísima Ediciones Universal, del Benemérito Juan Manuel Salvat, heroico Decano de los Editores cubanos.

Cueto confiesa de entrada que su vida se ha desenvuelto entre islas: Cuba, Manhattan, la parisina Île Saint-Louis y Haití. Y él tiene muy presente esa insularidad cubana que determina y fija una psicología –desde Colón a Piñera y desde Martí a Arenas- por la cual el cubano vive, consciente o no, atento siempre de lo que le llegará o se marchará por el mar: es un país fatalmente abierto al océano, para bien o para mal. Pero ante esa circunstancia, el barco resulta también la posibilidad material de la llegada y la salida, tanto de ingreso como de huida al mismo tiempo. Es, pues, una noción de latente culpabilidad, pues lo mismo nos trae también nos aleja de la tierra.

Cueto se asume como marinero en tierra e intenta la aventura náutica de narrar la historia cubana a través de los barcos (a semejanza de Martí quien quiso hacer la historia del hombre a través de sus casas),y así van desfilando –navegando- en su relato, desde las piraguas y canoas de los arahuacos originales (devenidos luego en taínos, siboneyes y guanajatabeyes, según la antigua denominación), pasando por Colón y sus compañeros (con sus dos carabelas y una nao), siguiendo con Ocampo, Ojeda, Velázquez, Cortés y otros tantos fundadores, el bote de los Tres Juanes con la Cachita rescatada de las aguas, luego por los repletos barcos negreros, los panzudos galeones de la Gran Flota de Indias, los veloces bergantines de los piratas, corsarios filibusteros y bucaneros, las poderosas fragatas de la flota inglesa de Albemarle, Eliott y Pocock, y a continuación los vapores de las expediciones independentistas y sus dispersos desembarcos con distinta fortuna, más tarde con el acorazado Maine y su accidente trascendental, luego los barcos de pasajeros con los migrantes españoles y de otros lugares, y los valientes pero endebles barcos del almirante Cervera, el yate Granma, las balsas, los camiones flotadores, esas insólitas góndolas del estrecho floridano, los remolcadores, los atuneros, las llantas, las tablas… 


Siempre en la historia de Cuba ha habido un barco o algo flotante parecido. La historia que nos obsequia Cueto es simpática y divertida a veces, como aquellas estampas criollas que nos legaron Álvaro de la Iglesia y Eladio Secades, y otras son muy tristes y penosas. Hay de todo, en esta botica marina de Cueto: troncos flotantes, piraguas, canoas, carabelas, naos, fragatas, galeras, galeones, corbetas, fragatas, cañoneras, acorazados, cargueros, portaviones, pesqueros, arrastreros, lanchas y yates, cruceros y transatlánticos, veleros a viento, barcos a vapor, movidos con carbón o petróleo… Interminable sucesión de embarcaciones, todas ellas versiones y herederas de aquella primera nave salvadora, el arca de Noé. Si como cantó el antiguo poeta castellano, “la vida son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir…” entonces los seres humanos serían nadadores o barcos, ahogados o náufragos sobrevivientes.

Cueto ha realizado una paciente recopilación de datos y seleccionado aquellas embarcaciones que le parecieron más significativas. Hay que decir que no están todas las embarcaciones (le faltan algunas muy importantes), pero con las que están el lector curioso puede hacerse una idea inicial documentada de ese vínculo permanente e inevitable de Cuba y los cubanos con el mar, y esa obra del ingenio y la industria humana que le permite asumirlo y sortearlo, único camino posible hasta la introducción de la aviación.

El cubano añora y ama el mar, pero también lo teme: él es la respuesta, no siempre agradable, a todas las preguntas. Regresando a la idea inicial del barco como noción de una culpa, hace muchos años, un amigo muy querido y admirado que aún vive en La Habana, entonces residía frente al Malecón con una espléndida vista desde su terraza; desde allí alcanzó a verme sentado una noche sobre ese muro kilométrico que es la cama, pero también el diván freudiano más extenso del mundo, melancólicamente “cabiztivo y pensibajo”. Solidario, bajó a saludarme y se interesó por saber la razón de mi mal oculta tristeza, y preguntó si me sentía culpable de algo… Le respondí que no, que era inocente de cualquier cargo, y me obsequió entonces lo que creo es su mejor poema en un solo verso, contundente, demoledor, rotundo e innegable: Nadie es inocente frente al mar… Hoy esa frase está grabada en una lápida vidriada que mira al Océano Pacífico desde el acantilado más alto de Acapulco, en un mirador concebido para recibir y agasajar a los amigos, bautizado con un neonahuatlismo: “Apapachitlán”.

Es cierto, el mar nos enfrenta con nosotros mismos, a nuestros goces y culpas, nuestro pasado y nuestro futuro, pero anula el presente. Nos exhibe nuestra propia pequeñez y nos demuestra la vanidad de la ambición.

Cueto entendió esto perfectamente y por eso se aplicó a reunir cuanto barco tuviera relación con la historia cubana con una admirable entrega y vocación de amor, porque quienes lo conocen reconocen que Cueto puede ser polémico, pero siempre auténtico. Se le podrán cuestionar muchas cosas, menos ese amor de campeonato por Cuba que ostenta como un estandarte sonoro y multicolor.

Desde un barco vio José María Heredia en la distancia la silueta de un monte que se alzaba en la línea del horizonte, y después de celebrar el sol reinante, las olas serenas y reconocer el triunfo de la proa sobre el mar, suspiró: “Es el Pan…”

Quizá por ahí mismo embarcó después la intensa Tula, y se quejó de “la chusma diligente” que la impulsaba “al partir” … Bonifacio vio desde un barco a lo lejos una bandera que lo entristeció… El mar siempre está enlazado con la emoción cubana, aunque alguien, quizá como en broma, hablara de “la maldita circunstancia” de estar rodeados por él…

El mar comienza –o termina- en la costa y en ella se abren las playas, la porción doméstica del océano. Un gran nadador e intenso gozador de las playas, un furibundo buceador erótico como Reinaldo Arenas, concibió en sus desvelos la imagen y anuncio de una Cuba al garete como un barco sin rumbo, devorado por sus propios tripulantes, una nueva Nave de los Locos, una Isla de San Borondón desnorteada, dueña de todos los mares, en una visión tan escalofriante que ni por fantástica puede negar que cada día me parece más próxima a la realidad.

Este libro de Cueto es también un salvavidas: es un barquito de papel –“amigo fiel”- flotando en el estanque, con mucho de la infancia; es el avistamiento de los barcos desde la playita pública de El Vedado, es el primer beso en el Malecón por el rumbo de La Punta, es el sexo insaciable y sorprendido en la tibia marea de Bocaciega … Es todo eso y más. Es una historia de Cuba muy personal a través de 100 embarcaciones –“qué de barcos, qué de barcos”- con una sorprendente cantidad de información reunida en sus 536 páginas.

Poetas y músicos han tenido que ver con el mar, desde aquel son para niños “por el mar de las Antillas anda un barco de papel”, como dijo el gran Nicolás Guillén, hasta la juguetona canción de advertencia para adolescentes imprudentes, con el consejo de “no te bañes en el malecón, porque en el agua hay un tiburón” …

Cueto no agota todos los barcos en su lista. Faltan más y cada quien irá completando la lista con sus recuerdos y sentimientos. Esa isla, salida y meta, partida y regreso, sigue siendo como aquella Nave los locos que algunos comparan con un Titanic insumergible.

Este libro es también, como un colofón marinero, con su centenar de barcos, el anuncio de esa flota de mil navíos que algún día volverá a la isla para un abrazo final, la armada invencible del regreso, “ya sin lestrigones, ni cíclopes, ni el colérico Poseidón”, con la huella de tantos senderos en las cansadas plantas de los pies, y allí terminar el viaje en lo que quede de ella: será el retorno de todos los Ulises y las Penélopes a la eterna Ítaca que cantó Kavafis, aunque “no tenga nada que darte”, pues todo lo entregó para tu viaje, y “si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado. Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia, entenderás finalmente qué significan las Ítacas”.

Tuesday, September 4, 2018

Orígenes de los cubanos de Nueva York: sobre un libro de Lisandro Pérez*

Por Efraín Barradas

Hoy identificamos la comunidad cubana fuera de Cuba con Miami, pero en los orígenes no fue así. Como el sociólogo cubano-americano Lisandro Pérez establece con ejemplar solidez intelectual y profundo rigor académico, desde la segunda mitad del siglo XVIII y, sobre todo, durante la primera mitad del XIX fue Nueva York el principal punto de contacto comercial y cultural entre Cuba y los Estados Unidos. No hay que olvidar que otras ciudades estadounidenses también tuvieron efectivos contactos comerciales y políticos con Cuba en ese periodo: Nueva Orleans, Filadelfia, Boston, por ejemplo. Pero no cabe duda de que en el principio de las relaciones entre los dos países Nueva York fue el punto de mayor contacto comercial, político y cultural entre el joven país que comenzaba a convertirse en potencia mundial y una de las últimas colonias españolas en América que luchaba por su independencia y formaba su identidad colectiva.
Con su nuevo libro, Sugar, Cigar, and Revolution: The Making of Cuban New York (Nueva York, New York University Press, 2018), Pérez hace una contribución de gran importancia al estudio de la formación de la comunidad cubana en los Estados Unidos. Contrario a otros estudiosos del momento, quienes se ofuscan y confunden lo latinoestadounidense –en este caso sería la comunidad cubano-americana– y lo latinoamericano o caribeño –en este caso la Cuba insular del siglo XIX–, Pérez ve muy claramente que, a pesar de que estudia una compleja relación que él mismo llama “extra nacional”, las dos son realidades distintas, aunque íntimamente relacionadas. Ya meramente por ese acercamiento acertado y provechoso hay que felicitar a Pérez. Pero su libro está compuesto de muchos más descubrimientos y aciertos de importancia. Al terminar de leerlo, aunque no dejé de sentir ciertos desacuerdos con el autor, tuve la certeza de que este es una excelente contribución multidisciplinaria al estudio de la historia cubana, la insular y la de la diáspora.
Sugar, Cigars, and Revolution… se divide en dos partes. Cronológicamente estas quedan demarcadas en dos periodos: 1823 a 1868; 1868 a 1895. Los hitos que marcan estos momentos son el arribo de Félix Varela a Nueva York (1823), el comienzo de la guerra de independencia (1868) y la muerte de José Martí (1895). Varela, figura que merece mucho más estudio y reconocimiento, fue el primer cubano que marcó la sociedad neoyorquina con su trabajo con los emigrantes, especialmente los irlandeses, y por su defensa del catolicismo frente al fiero y agresivo fundamentalismo protestante del momento. Por su parte, la guerra de independencia cambió por completo el carácter de la emigración cubana a Nueva York y la muerte de Martí cerró ese ciclo decimonónico. Los hitos seleccionados indudablemente son, pues, importantes, acertados y reveladores.
Pero también se podrían definir esas dos partes del libro no por fechas sino por los dos productos comerciales a los cuales apunta el título: la primera parte estaría definida por el azúcar y la segunda, por el tabaco. Así es porque los contactos comerciales entre Cuba y Nueva York especialmente durante la primera mitad del siglo XIX estuvieron definido por la exportación de azúcar a la ciudad, lugar donde llegaba sin procesarse por completo para ser refinada allí. Mucho capital, tanto cubano como neoyorquino, se afincó en la industria de la refinación del azúcar. Por ejemplo, las grandes colecciones de pintura impresionista en el Museo Metropolitano de Nueva York y en el de Bellas Artes de Boston fueron adquiridas con el capital de familias que negociaban en Nueva York y en Boston en azúcar cubana y puertorriqueña. El libro, por ello, podría verse como otro “contrapunteo del tabaco y el azúcar”, para parafrasear el título del libro de Fernando Ortiz.
Y como en el clásico de Ortiz, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940), en el libro de Pérez se emplea una diversidad de acercamientos; el autor, por ejemplo, se vale de la historia, de la sociología, de la economía, de la antropología para crear, con un estudio detallado de diversos aspectos de la comunidad que estudia y crear así un amplio y matizado cuadro de la misma. Por ejemplo, Pérez se vale de los libros de cuenta de compañías financieras neoyorquinas que servían a la alta burguesía cubana de la primera mitad del siglo XIX, especialmente los de la Moses Taylor and Company, para aclarar el carácter de esa clase que dominó la comunidad cubana en Nueva York en la primera mitad del siglo XIX. Esos libros de cuentas en manos de Pérez sirven para crear un retrato detallado de esas ricas familias cubanas. Por ejemplo, descubre en ellos un patrón en los planes de esas familias para la educación de sus hijos y hasta para los hábitos de compras de artículos de lujo.
Es que en este estudio no se desperdician datos; aún aquellos que pueden parecer insignificantes, en manos de Pérez se convierten en ricas minas. Por ejemplo, la boda de un acaudalado hacendado cubano ya mayor y una joven de rancia familia neoyorquina le sirve para estudiar la visión que tenía la sociedad estadounidenses de los emigrantes cubanos. Curiosamente en esa visión se repiten patrones que se habían establecidos en Europa para entender a los mismos neoyorquinos y los estadounidenses en general. El episodio de la boda de don Esteban Santa Cruz de Oviedo y Frances Amelia Barlett el 13 de octubre de 1859 parece un capítulo sacado de una novela de Henry James donde los europeos miran sospechosamente a los nuevos ricos arribistas, los americanos. Cámbiese europeo por neoyorquino y cubano por americano y se tendrá un patrón de prejuicios idéntico, un patrón muy revelador del papel de los cubanos en la ciudad en ese momento. Es así que un dato aparentemente insignificante se convierte aquí en un rico y revelador caudal histórico.
Por otro lado, el empleo de datos sacados de los censos le sirven a Pérez para determinar las formación de enclaves cubanos en la ciudad y para establecer la clase a que pertenecían los emigrantes antillanos durante la segunda mitad de ese siglo. Pérez establece que mientras la alta burguesía cubana compuesta por hacendados azucareros dominaron la primera mitad del siglo XIX, la segunda fue marcada por los obreros del tabaco. Por ello mismo, Nueva York dejó de ser el centro de acción de esa emigración cubana después de 1868; Florida, particularmente Ybor City, comunidad creada específicamente para los tabaqueros y hoy un vecindario de Tampa que muy poco tiene que ver con sus orígenes obreros, se convirtió a partir de 1878, final de la primera guerra de independencia, en el centro de acción revolucionaria y en la comunidad más grande de cubanos en los Estados Unidos.

Hay datos que parecen fascinar a Pérez y que por ello aparecen constantemente en su libro: el origen irlandés de muchos de los empleados domésticos de las familias cubanas y la localización de los panteones de esas familias en La Habana y especialmente en Nueva York, por ejemplo. Es que los datos obtenidos de diversas fuentes, datos de obvia importancia y otros aparentemente insignificantes, le sirven al autor para crear un rico cuadro de esa comunidad. Sugar, Cigars, and Revolution… es un excelente ejemplo de un acercamiento multidisciplinario y, por ello, un modelo para otros estudiosos.
Como lector interesado en el campo de la formación de las comunidades latinoestadounidenses, objetivo principal de este trabajo en cuanto estudia la creación de la comunidad cubana en Nueva York, tengo que apuntar dos rasgos del libro de Pérez que me parece merecen atención crítica. Primero, en algunos pasajes, especialmente al final del libro cuando se discute el desenlace de la segunda guerra de independencia, se rompe el delicado equilibrio que se había mantenido en todo el libro al estudiar la compleja relación entre la historia insular y la del exilio. Creo que en ese momento Pérez pierde un tanto –solo un tanto, recalco– ese fino y difícil balance entre esas dos realidades históricas que había caracterizado el libro. Recordemos que una de las bases de este estudio es la interdependencia de esos dos mundos, pero que el foco principal es la comunidad cubana en Nueva York. Dada esa interdependencia el autor puede ir de un punto al otro; pero creo que el balance o equilibrio se pierde algo al final, donde se mira la historia de la isla y se olvida un tanto el foco neoyorquino.
En segundo lugar –y obviamente este punto viene por prejuicios muy personales– creo que Pérez debió prestarle más atención a la contribución de los puertorriqueños a la comunidad cubana en Nueva York en el siglo XIX. Los lazos entre los antillanos entonces eran muy fuertes como lo prueban la labor de Eugenio María de Hostos, de Sotero Figueroa y de Arturo Schomburg, entre otros. Estos tres importantes personajes históricos, todos ausentes del libro de Pérez, sirvieron respectivamente como propagandista en América Latina de la guerra de independencia (Hostos), como editor de Patria, el periódico del Partido Independentista Cubano fundado por Martí (Figueroa), y como miembro muy activo de los clubes martianos (Schomburg). Más allá de mis prejuicios, creo que valdría la pena explorar más la contribución de los puertorriqueños a esa comunidad cubana que se veía a sí misma, especialmente por el impacto de los tabaqueros, desde una muy amplia perspectiva antillana. En ese sentido la ausencia en la bibliografía del libro de Pérez de las memorias de Bernardo Vega, quien como él presenta un cuadro muy humano de Martí, es notable y triste.
Quizás esas ausencias en verdad sean solo indicio de la necesidad de un libro como este sobre la formación de la comunidad puertorriqueña en Nueva York en el siglo XIX. Cuando tal libro se escriba Sugar, Cigar, and Revolution… –¡no me cabe duda de ello!– le servirá de modelo a la autora o el autor de ese libro tan necesario que también nos ayudará a entender la historia boricua, la cubana y la antillana en esa ciudad. Por el momento sólo recalco los grandes logros alcanzados por Pérez con este excelente libro, magnífico ejemplo de rigor académico y honestidad intelectual. 

*Texto publicado originalmente en 80 grados.

Thursday, August 30, 2018

El totalitarismo que nos atiende


Por Octavio de la Suareé
 
 “El compañero que me atiende (Selección y prólogo de Enrique Del Risco): Editorial Hypermedia, 2018, 480 páginas”.

       Con una llamativa portada de Herman Vega Vogeler basada en una imagen del pintor surrealista belga Rene Magritte (‘Peregrino‘) y que subraya la universalidad del tema y también establece la incógnita del personaje en cuestión, Enrique Del Risco da a la imprenta una colección de muy interesantes escritos. Todos ellos aparecen reunidos aquí bajo el epígrafe de El compañero que me atiende, eufemismo de una cita de Leonardo Padura que bien sabe de lo que se trata, pues están relacionados con la estricta vigilancia y la falta de libertades civiles que existe hoy día en la Cuba monárquica y anti-democrática. 
Esta obra responde a la interrogante de cómo se puede escribir bajo la represión que existe en Cuba a partir de 1959 e intenta “exponer cómo hacerlo bajo ese policía de
cabecera, un ser que presume de invisibilidad”. Pues de eso es precisamente el asunto de este ingenioso libro que el crítico califica de “género totalitario policiaco”, con el propósito, en sus propias palabras, de “recopilar una mínima parte de las aportaciones cubanas a un género anunciado ya por /Franz/ Kafka desde las primeras páginas de El proceso” y más adelante continuado por George Orwell en su conocida fábula 1984.  O sea, de esa meticulosa atención y cuidado especial que el totalitario y represivo gobierno impone sobre cada artista o escritor sospechoso de no seguir al pie de la letra la política del Partido Comunista de la isla, como si sus ciudadanos no fuesen más que enfermos que necesitaran la atención de un médico o siquiatra de cabecera.
       Esta atractiva antología atrae de inmediato la curiosidad del interesado en la literatura cubana e hispanoamericana como también en la actual discusión sobre el papel que desempeña la democracia en las sociedades modernas por diversidad de motivos, entre los que sobresalen los siguientes. En primer lugar,  por encontrarnos aquí con la creación de un nuevo género literario, caracterizado –como señala su autor-, “por la ausencia del crimen y por lo difuso… del castigo.
Este indefinido “género totalitario policiaco” difiere del tradicional “policiaco totalitario”, o sea, de la versión totalitaria del policiaco occidental o, si se prefiere, de la versión policiaca del realismo socialista, ese responsable directo del encadenamiento de una tercera parte de la población mundial. Asimismo, por “las peculiares relaciones entre los supuestos criminales y los agentes de la ley, agentes menos preocupados por el castigo de sus perseguidos que por su salvación”.
       En segundo lugar, por la enjundiosa variedad de composiciones que se encuentran representadas; hay cincuenta y siete autores cada uno con su particular aportación, incluyendo ensayos, artículos, cuentos, poemas, pinceladas, diálogos, entrevistas, poemas en prosa, etc. En sus páginas, aparecen escritos relacionados con el género fantástico, otros dedicados a la ciencia ficción, unos de humor y algunos de recreación de realidades paralelas, todos ellos producto de la imaginación del cubano por trascender la inmediata y odiosa realidad que enfrentan a diario.  A la vez estas obras tienen en común el asunto  de las relaciones entre los dos protagonistas, algunos desde el punto de vista bien del vigilante o bien del sospechoso y a veces el de testigos confundidos. Así, entre los ejes temáticos del género, se observa la vigilancia, el interrogatorio, la intimidación, la invitación a colaborar con el despreciable régimen, los arrestos, y, por último, el reencuentro de la víctima con el vigilante años después.  Se debe asimismo destacar que esta colección ha sido dividida en cuatro partes, cada una relacionada con un período de la reciente historia de Cuba a partir de la caída de la República en 1959. Así nos hallamos frente a los primeros cinco artículos en la sección que abre el libro: de 1959 a 1979, con un totalitarismo limitado; siguen once trabajos sobre la década de los ochenta, cuando la revolución y la represión ya han sido establecidas, y 14 más sobre la década de los noventa, cuando comienzan las dudas e interrogaciones, para concluir con 27 aportaciones más en la parte final, ‘Después del dos mil’.   
       Es de esta última sección de donde extraemos el tercer motivo de la obra que debe Interesar a todo hispano-hablante amante de la libertad, en especial si reside en los Estados Unidos. Nos referimos al urgente llamado de alerta de su autor (Cargaré con la cruz del compañero de Néstor Díaz de Villegas) para prevenir al lector sobre los funestos resultados que pueden suceder cuando el ciudadano de cualquier país democrático se deje llevar por las consignas en boga en determinado momento y deje de pensar por sí mismo. Dice así, al encontrarse con la sorpresa de “ese compañero que nos atiende” en una universidad norteamericana, exiliado ya en los Estados Unidos:


Hela aquí otra vez, la certeza inconmovible, la convicción cuasi religiosa. Su ropa cuenta la consabida historia de falsa modestia, de recato militante ( ¿No es cualquier uniforme la expresión de la entrega a la causa de moda? ), también una historia de rebajas, no comerciales, sino espirituales, el deseo de ser menos, de creerse menos –y hacérselo creer a los otros.


       Son éstas, en resumen, las nuevas encarnaciones del espíritu totalitario moderno, “multiplicadas en variantes menos profesionalizadas, más fanáticas” del “compañero que nos atiende” y que se pueden hallar en cualquier lugar. Todas ellas vuelven a perseguir con saña el menor ‘diversionismo’, el más mínimo desvío del sentido histórico y social que asumen como inevitable. Como sagazmente concluye el antólogo: “Su objetivo no es el de la sociedad sin clases como pretendía el ideal comunista, sino construir un mundo libre de toda incorrección política”.
    



                                                                            
William Paterson University.
                                                                                    
Agosto de 2018                         

Friday, January 19, 2018

Acuse de recibo: Cristóbal Díaz Ayala sobre Iván Acosta


A continuación transcribimos la nota que el gran investigador de la música cubana Cristóbal Díaz de Ayala le dirigió al miembro de la AHCE Iván Acosta sobre su reciente libro "With a Cuban Song in the Heart":

Querido Iván: Cuando en diciembre del año pasado, recibí el monumental regalo de tu libro, como las Pascuas me deprimen mucho, y después de leer la generosa dedicatoria que me escribiste,  me dije. mejor guardo esto, para disfrutarlo después de las Pascuas.... Y tan bien lo guardé, que me olvidé del libro....y es en septiembre,  cuando reviso mis libros para protegerlos contra María, el ciclón que nos visitó el 20 de ese mes, y así lo hice. Bueno, como sabes María acabó con Puerto Rico, me fui a Miami donde pasé casi un mes, horrible, regresé a Borinquen,  sin electricidad y otras necesidades, y al fin! pude saborear tu libro...Mejor dicho, tus dos libros, porque hay en realidad dos libros: Uno, dedicado a un tema que todo el mundo disfruta, pero poquísimos se dignan a escribir sobre el: las portadas de los discos; Hay muy poco escrito sobre el tema, y tú, muy inteligentemente, haz dejado que las portadas hablen por sí mismas. Ese tema me persigue desde que ví, állá por los 40's, las primeras portadas en colores, inventadas por Steinweiss, a quien tuve el gusto de conocer, y tratar un poco, muchos años después.. Las portadas hablan por sí mismas, y son las llaves para abrir el cofre de los recuerdos en nuestras mentes; ni mas, ni menos, hablan por sí solas!
Pero vamos con el otro libro: el de tu vida, contada desde tu corazón, "a calzón quitao" como dicen nuestros hermanos boricuas...
Coincidimos tanto en gusto musicales, en apreciaciones, que es increible. Claro, me llevas una ventaja, eres cubano por partida doble, porque naciste en Cuba y específicamente, en Santiago de Cuba... Tocas temas, que muy poca gente conoce, como por ejemplo, que Oriente es la cuna del espiritismo en Cuba... Como hombre del cine, tienes memoria cinematográfica, y tus recuerdos de la nochebuena santiaguera, son fascinantes, e igualmente todos tus relatos, son estampas vivas, que te parece estar viéndolas, cuando las lees...
Se aprende mucho de Cuba y los cubanos con tu libro; tus anécdotas están pletóricas  de momentos alegres y tristes, bien contadas y comentadas...se recuerda y aprende mucho de tus múltiples aventuras y situaciones, sobre todo durante el proceso revolucionario contra el gobierno batistianos, y más aún, las ilusiones y desengaños con el fidelismo.
Y viene el exilio, con tus viñetas formidables sobre el ambiente newyorquino. Igualmente es certera tu apreciación de los cambios  en la música cubana. Pero sobre todo, es la manera, siempre amena, fresca y directa que tienes de narrar: escribes desde el corazón, no del cerebro...
Me escribes en la hermosa dedicatoria que acompaña a tu libro, "Este libro que he venido cultivando por unos cuantos años. Es un trabajo humilde, pero creado con mucho amor a nuestra música, nuestra historia, nuestra cultura  y nuestras raíces". Yo diría que más que humilde, es humano, cualidad que estamos perdiendo, pero tu, sabiamente, nos hace recordarla.
Cristóbal Díaz Ayala

Wednesday, December 20, 2017

La porcelana en el escaparate


Por Octavio de la Suarée                                             

     La porcelana en el escaparate, novela sin amor al amor (La Habana: El Dante, 1927), fue la primera novela de su autor –Octavio M. Suárez y Tirapo, mejor conocido como Octavio de la Suarée.
    La novela trata de las vicisitudes de un joven habanero, Oscar Sánchez, que un buen día capta la mirada de una bella joven que viaje en el tranvía del Cerro - Parque Central en La  Habana, y se enamora perdidamente de ella. Siguen entonces sus peripecias para acercarse a la muchacha y llegar a conocerla, teniendo en cuenta de que solo la veía cuando pasaba en el tranvía camino a la escuela y cuando regresaba de allá para su casa.  La belleza, elegancia y fragilidad de Eulalia Rossi –pues así se llamaba-- hace que la bautice con el sobrenombre de “la porcelana”. Con muchos esfuerzos, Oscar se entera de que la joven cursaba sus estudios en la Escuela Normal para Maestras de la Habana y hacia allí se dirige por las tardes para observarla al salir del recinto. Entablan amistad y desde ese momento Oscar ya no puede ni quitársela de la cabeza ni dormir de noche. Las relaciones entre los jóvenes tienen sus altos y bajos y en uno de ellos, el protagonista publica en un periódico local una “Carta a Eulalia” –sin apellido, por supuesto, que termina en un malentendido complicando el estado de sus relaciones entre ambos. El joven se decide ir a conocer a la familia de la joven en su propia casa para aclarar la situación y hacia allá se dirige, en compañía de un médico amigo sin invitación alguna. De contra, fingen la creación de una cuenta de muchos pesos pendiente contra la familia para justificar allí su presencia y como era de esperarse aquello complica más aún el asunto, hasta el punto que Eulalia termina en el hospital. Y aquí se complica aún más la trama.
     La novela está dividida en dos partes; la primera trata de “el hombre, el destino, la porcelana, el ‘níckel’ simbólico, la revancha, la intriga, la prueba, jaula de monos, cabeza abajo, el amor con muletas y triquitraques”; mientras que en la segunda se encuentran “en familia, la doctrina y alfileres de punta”.
       Cuando se publica La porcelana en el escaparate en 1927 La Habana ya venía sufriendo los desmanes del general Gerardo Machado y la obra con su provocadora portada de una coqueta colegiala de la Escuela Normal para Maestras y su singular dedicatoria no hace más que inflamar los acontecimientos. Ahí se leía: “Este libro ingenuo, que no podrá ser leído por las doncellas… porque ya no existe ninguna, se escribe: Para la mujer honrada que no ha nacido todavía. El Autor”.  Por supuesto, la inmediata denuncia del superintendente de las Escuela Públicas, el Dr. Ramiro Mañalich, no se hizo esperar y el autor fue detenido seguidamente y conducido a la cárcel de La Habana. Para colmo, en el libro se tildaba de “burros” a todos los presidentes de la república.  Después de unas explicaciones del autor,  el cargo de injurias y calumnias se cambió por el de publicación clandestina, ya que la imprenta había olvidado identificarse en la publicación.  No obstante, La Suarée fue condenado a dos meses y un día de prisión que cumplió en el castillo de El Príncipe. Con toda esa publicidad recibida, La porcelana en el escaparate empezó a venderse como pan caliente pues el público sospechaba que probablemente habría más acusaciones contra el gobierno cuando había sido necesario encarcelar al escritor y a los impresores.  La obra fue defendida, entre otros, por Ramón Vasconcelos desde el periódico El país en su artículo “Una novela, Una Normalista y un Gramo de Bromuro”.
     Octavio de la Suarée (1903-1994) nación en Cárdenas, provincia de Matanzas, y desde los dieciséis años comenzó su carrera de periodista. En 1921 se mudó a La Habana donde trabajó en los periódicos “El Día”, “Finanzas”, “El Liberal”, el radio periódico “Jamalaya”, “la Unión Nacionalista” y “La Voz”,  donde libró una campaña tan tesonera a favor de “Cuba para los cubanos” que, al interrumpir su publicación el periódico al ser promulgado por el Presidente Grau en 1933 el  Decreto-Ley del 50 por Ciento, las turbas asaltaron el edificio tratando de incendiarlo en represalia por la suspensión de aquella sección de La Suarée.  Más tarde, después de un viaje de cuatro años por Europa donde visitó Francia,Bélgica y España (1929-1933), publicó otra novela, En el país de las mujeres sin senos”, libro valiente y de vibrante estilo, al decir de otro crítico.
     Al mismo tiempo que el periodismo, Octavio de la Suarée ha cultivado las bellas artes, siendo autor de poemarios, ensayos artículos, cuentos, crítica y obras docentes, que le han valido reputación y provecho. Fue designado profesor de francés en la Escuela Profesional de Periodismo “Manuel Márquez Sterling” (1943) y se ha ocupado también de la secretaría de la institución y se encargó de dictar interinamente las Cátedras de Psicología y Moral Ética del Periodismo en las que triunfó, siendo asimismo autor del primer texto de “Psicología aplicada al periodismo (Cultural, 1944) que se haya escrito en el mundo.  Le siguió “Moralética del Periodismo”.
     Octavio de la Suarée está considerado asimismo uno de los tres precursores de la Escuela de Comunicación Moderna del Periodismo en Hispano América y varios de sus libros todavía se utilizan como libros de texto en varias universidades de Hispano América.


Octavio de la Suarée, hijo
William Paterson University

20 de diciembre de 2017.