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Sunday, April 1, 2018

UN HOTEL DE PUTAS, UN MARICÓN DE CREDO, Y OTRO DE ALMA

Con muchísimo placer compartimos con nuestros lectores el siguiente artículo de Carlos Ferrera que tan bien complementa y enriquece otro publicado en estas mismas páginas sobre los sitios en que residió el escritor Reinaldo Arenas en Nueva York. Se trata de un texto sobre el Hotel Monserrate donde viviera Arenas sus últimos años habaneros. Un edificio que apareciera con frecuencia en sus libros, casi siempre asociado a algunos de los episodios y personajes más delirantes. "Aquel lugar, el hotel Monserrate, antes había sido bastante bueno, pero ahora no era otra cosa que un edificio de quinta categoría y completamente habitado por prostitutas" dice al inicio del capítulo dedicado al edificio en "Antes que anochezca". Sin más los dejamos con:

UN HOTEL DE PUTAS, UN MARICÓN DE CREDO, Y OTRO DE ALMA

 Por Carlos Ferrera


Los edificios de la Habana son añejos cajones polvorientos, llenos de secretos insondables, que mueren cada día que colapsan sus muros. Entonces también muere un trozo de la historia de esta vieja ciudad, harta ya de esperar por el auxilio de sus hijos.
Pero en algunas de esas carcasas viejas que inexplicablemente resisten al paso del tiempo y a la desidia que las está matando, a veces sobreviven historias escondidas entre ruinas. Y un día afloran de pronto, como intentando revelarse antes de perecer para siempre entre un montón de escombros.
Corrían los últimos días del verano de 1942, y un joven ambicioso de apenas 16 años, se bajaba de un ómnibus interprovincial en el Parque Central, con una maleta y muchas ganas de comerse el mundo. Su padre le había abierto las puertas a una vida nueva, que habría sido imposible en su pueblito desconocido y lejano de provincias. Estudiaría en un colegio habanero selecto para hacerse hombre, y hacer grandes cosas.
Por entonces, y hasta 1952, los ómnibus interprovinciales iniciaban y concluían su recorrido en las inmediaciones del Paseo del Prado, lo que explica la cantidad de hoteles de la zona, que a falta de estrellas que anunciaran su clase, se identificaban como hoteles «decentes». Uno de ellos era el hotel Montserrat, enclavado en la esquina de las calles Monserrate y Obrapía.
Allí en la habitación 303 de la tercera planta, se alojó temporalmente el joven pueblerino, a la espera del inicio del curso académico que iba a cambiar su vida. El hotel construido a principios de siglo por un catalán que le puso el nombre de la virgen de cabecera de su tierra, sería su primer hogar en la ciudad que lo acogería para siempre.
No era un hotel suntuoso, pero conservaba su digna hechura arquitectónica original. Era un edificio sobrio, de discretas líneas neoclásicas, con cuatro plantas altas de habitaciones balconadas y toldos verdes. La planta baja noble albergaba un bar-restaurante, cuya cocina era desde los años 30 un atractivo referente gastronómico de la zona.

Tiempo atrás, en el 36, el hotel Montserrat junto al Lincoln, habían sido centros de contacto y concentración de los voluntarios que movilizó el partido comunista para combatir en la guerra civil española, reclutados por Ramón Nicolau y otros comunistas de tendencia radical. En aquella operación de absurdo y primigenio internacionalismo, colaboraron las casas de empeño de la calle Suárez, cuyos propietarios eran españoles republicanos que transportaron y repartieron allí los uniformes que llevarían los voluntarios cubanos al conflicto español.
Tal era el pasado histórico de aquel modesto hotel de barrio, y allí dejaremos de momento a aquel jovenzuelo oriental afeitándose en la habitación 303, a la espera de comenzar su primer día de clases. Tendrá un futuro muchísimo mejor de lo que jamás habría podido soñar en su terruño lejano y polvoriento, y conseguirá cosas que nunca imaginó. Pero dejémoslo ahora frente al espejo, pensando en el futuro, para viajar nosotros hacia él, sin movernos del sitio.

Estamos en el mismo edificio, pero es 1972.

Ya no es un hotel, sino una ruinosa casa de vecindad atacada por la humedad, la dejadez y la miseria. Sus pasillos antes pulcros y bien iluminados, son ahora angostos corredores oscuros, sucios y malolientes. Solo el viejo ascensor Westinghouse continúa recorriendo a duras penas su eterno viaje de ida y vuelta vertical de cuatro pisos, entre chirridos y espantosos ruidos de cadenas.
El suelo es cemento deshecho y añicos de viejas losetas hidráulicas. Las puertas de madera se han podrido y hay ratones y cucarachas habitando en cada grieta. Lo que antes eran limpias habitaciones amuebladas con pulcritud, hoy son lúgubres estancias en ruinas, con paredes descascaradas que hace décadas necesitan pintura. Soportan a duras penas la techumbre podrida y vencida por el tiempo y el olvido, gracias a alguna milagrosa ley no descubierta de la física. Tampoco están los inquilinos de otros tiempos, sino gente de mal vivir, tramposos jugadores de bolita, borrachos, delincuentes, chulos y prostitutas. Muchas prostitutas.

En lo que antes fue la habitación 303, ha vivido alquilada hasta hace poco una mujer anciana, demasiado vieja como para ser puta, y también para estar sola. Por eso se fue a vivir con una hermana y le ha dejado el cuarto a su sobrino, un jovencito, que como aquél de tiempo atrás, también un día vino de un pueblo lejano para cumplir un sueño. 
Pero su sueño se ha convertido en la peor de las pesadillas.
No ha sido porque la rudimentaria estancia esté tan mal, que en el futuro su nuevo ocupante tenga que mudarse a otra del segundo piso, comprada a un vecino ilegalmente. Tampoco porque carezca de un baño y tenga que pagarle 50 centavos a este hombre cada vez que usa el servicio, y un peso cada vez que se ducha. Ni por las broncas constantes entre putas y chulos, ni por los apagones, ni por el hambre, ni por la abulia, ni por la gran tristeza que le deja en el alma este lugar inmundo, cada vez que regresa cada noche para dormir allí.
El chico es talentoso, y experto en expresar cosas hermosas con palabras. Tiene el divino don de saber escribir, y la constancia necesaria para hacerlo. Pero también es disoluto y descarado según la rígida moral revolucionaria, y profesa una peligrosa ideología que lo convierte en su enemigo. Es vulgar y procaz, y desea con lujuria insana y desmedida a cualquier hombre que sea capaz de provocarle una erección.
Es maricón hasta la última célula de su cuerpo, y eso es pecado mortal en la Cuba de los 70s.
Por eso lo veremos muchas veces llegar arrastrándose a la puerta de su viejo cuartucho, sin poder meter apenas la llave en la cerradura, porque no puede ni siquiera ver el rastro rojo que ha dejado su sangre en las losetas rotas del pasillo. Ha sido apaleado hasta la inconsciencia en alguna estación de policía por los sicarios de un régimen que lo estigmatiza y lo persigue. O quizás le ha pegado un delincuente bien dotado, que lo llevó a una oscura escalera de la calle Monte con la promesa de proporcionarle un supremo momento de placer, que después se convirtió en una paliza.
Pero a pesar de este presente infausto y ese futuro incierto que le brinda La Habana, el joven provinciano sigue escribiendo compulsivamente, como apurando un testamento literario trágico. Teme que caiga la noche irreversible, cruel y definitiva sobre su malogrado paso por la vida.
No sabe, no puede saber entonces, mientras escribe nervioso con un ojo hinchado y la cabeza rota, que finalmente conseguirá escapar de aquel infierno rojo sangre y verde olivo, cambiando las Arenas de su apellido fichado por sus torturadores, por un Arinas sacado de su ingenio, para burlar los controles y las listas negras donde está escrito su verdadero nombre. Reinaldo Arenas será Reinaldo Arinas en los papeles de Las Cuatro Ruedas, y el Mariel, el último lugar de esta Isla maldita, que dejará por fin tras sí como el peor de sus recuerdos.
Pero su nueva libertad será tan corta como exigua su vida.
Finalmente el exilio no podrá ser tampoco la cura al estigma que casi lo mató en la Habana. Miami está enferma de los mismos prejuicios y la misma indolencia. Tampoco existe aun la cura médica para una enfermedad mortal que hará por fin, que para él anochezca.
Reinaldo murió en tierra extraña sabiendo que su carcelero y su verdugo, causante de todas sus tragedias, era también de Oriente. Que también vivió una vez entre aquellas paredes del hotel Montserrat que fue su lupanar, su casa y su prisión. Que usó el mismo ascensor Westinghouse que usaría él años después para hacer felaciones a los chulos del barrio, en medio de aquel ruido infernal de cadenas. Que durmió donde él mismo reposó su cabeza rota por una hebilla de un cinto militar.

Quizás Reinaldo murió sabiendo ya que a la suerte no basta con buscarla, porque es del que la encuentra, y que aquel jovenzuelo imberbe de Birán encontró la suya, desde que llegó muchos años atrás a su propia casa, de camino al Colegio de Belén, para construirle a él una desgracia a medida y convertir su vida en un infierno, junto a las de otros diez millones de cubanos.
¿Por qué, si él solo era culpable de escribir sus miserias y de amar a todos los hombres de la Tierra?
El 2 de enero del 59, la Caravana de la Libertad llega hasta Malecón y gira por la Avenida 23, camino de la Ciudad Militar de Columbia. Una masa enardecida la sigue hasta el cuartel. Los turistas norteamericanos del Hilton destrozan con euforia las páginas de los directorios telefónicos y tiran los pedazos de papel sobre la comitiva, como en Broadway.
No hay en Columbia soldados que impidan la entrada del cortejo. De hecho, también asisten a los fastos los soldados del derrotado ejército. Fidel comienza el primero de sus discursos infinitos. Una paloma blanca se posa en su hombro izquierdo para dejar constancia histórica de la mayor mentira dicha a un pueblo jamás. El héroe ya es también el Dios, y arenga a su rebaño: «¡Esta guerra no la ganó nadie más que el pueblo, y por tanto, antes que nada está el pueblo!». Comenzaba el gran engaño.
En medio de una frenética ovación, termina. Es madrugada. Le ofrecen como cama la casa de Batista. No acepta. La Historia le pide hacer un último fouetté.
Entonces se traslada a una modesta esquina de La Habana Vieja, en las calles Monserrate y Obrapía. Y vuelve a ocupar aquella habitación 303 del hotel Montserrat, para dormir el más reparador sueño de su vida en la que fuera su primera casa en La Habana: La puerta de entrada a su paraíso de victimario y la puerta al infierno para una de sus más ilustres víctimas.
Hay historias que merecen sobrevivir a sus protagonistas, y el Hotel Montserrat sigue en pie, para contar la suya: La de cómo la casualidad y el destino unieron para siempre entre sus muros a un descarado maricón de credo, que vivió en otro tiempo, pero en el mismo lugar que su enemigo, un perverso y deleznable maricón de alma.

Monday, January 8, 2018

Clara Morera: “'El color del verano' es más autobiográfica que 'Antes que anochezca'”

Reproducimos a continuación la entrevista a la artista Clara Morera que forma parte del dossier dedicado a Reinaldo Arenas en el primer número del Anuario Histórico Cubanoamericano:

Clara Morera (Camagüey, 1944) estudió en la Academia de Arte San Alejandro, en La Habana y fue miembro del Grupo Antillano pionero en explorar “la influencia de las costumbres afrocaribeñas en la conformación de la identidad cubana”. Ha expuesto su obra en diversas galerías de todo el mundo y desde 1992 Morera vive y trabaja en el área metropolitana de Nueva York. Su amigo, el escritor Reinaldo Arenas dijo que en Morera encontramos “una de las expresiones más originales dentro de la pintura cubana contemporánea, donde acertadamente se fundan mito e imaginación, lo que equivale a la gran poesía”. Pero también, bajo el mal disimulado nombre de “Clara Mortera” aparece en las páginas de la novela de Arenas El color del verano como protagonista de algunos de sus capítulos más enloquecidos y anfitriona de un punto de reunión que Arenas mitificó como “el hueco de Clara”. Al personaje literario Arenas le atribuye esta declaración: “Ustedes saben que yo durante toda mi vida he sido puta. Conocen todos los riesgos que he tenido que padecer en el desempeño de mi oficio. Pero gracias a él he sobrevivido en todos los sentidos, los he ayudado a ustedes, he mantenido una enorme familia y he trabajado en mis cuadros. Pero sobre todo he vivido en forma independiente y desenfadada, practicando la única profesión que aún no se ha prostituido: la de la putería. Ese magnífico oficio me ha permitido mantener el timón de esta casa y el timón de mi vida. Pero, ahora, algo terrible me ha sucedido. Se me han caído las tetas. ¡Miren!”.   
Primero cuéntame de tus primeros años de vida. Naciste en la provincia de Camagüey y luego te trasladaste a Jagüey Grande, Matanzas. ¿Qué importancia crees que tuvieron esos años formativos en tu posterior desarrollo como artista? ¿Cómo fueron tus primeros contactos con la cultura afrocubana?
Me llevaron a Jagüey grande siendo bebita, ahí es que tengo recuerdos. Allí tuve un profesor de octavo grado, Anِíbal Pentón, que me quitó de las manos las novelitas de Corín Tellado y me dio a leer a Goethe. De alguna manera él separó un grupo de alumnos que después fueron artistas o maestros budistas. A él le debo haber decidido irme del pueblo y estudiar arte. Al principio fue solo por romper el ciclo que me estaba destinado por mi familia inmediata.
¿Cuál fue tu formación como artista?
Primeros estudios en la Escuela de Artes Plásticas de Matanzas. Grandes recuerdos, el director Drake, era un escultor maravilloso. Después terminé en San Alejandro, hice tercer año por el día y al mismo tiempo el cuarto año por la noche. En San Alejandro tenía excelentes maestros pero lo que era pintura del tercer año no me convencía porque estaba de moda rechazar el realismo. No nos enseñaban a pintar lo básico, ahí empecé a buscar por mi cuenta. Dejé la escuela después del cuarto año y seguí aprendiendo sola. Estudié Tapicería Monumental por mi cuenta, con libros que me trajeron de Suiza.

 En varios libros Arenas presenta tu casa como centro de reunión de personas marginadas por el régimen. ¿Cómo fuiste empujada a ese punto de marginación? ¿Por qué fuiste expulsada de la Brigada Hermanos Saíz?
¿Éramos marginados? No lo sé, nunca nos sentimos marginados sino artistas aparte, si alguna patada era muy fuerte nos rebelábamos. Para mí, cada vez que me cerraban un lugar o me expulsaban de algún sitio (por ejemplo, de Brigada Hermanos Saíz, de la que fui fundadora, del Grupo Antillano) me hacían más fuerte. Me empeñaba en subirles la parada en cuanto a calidad. En realidad nunca sentíamos mucho nuestra separación de los canales oficiales y por otro lado todos los escritores oficiales que yo conocía me protegían. Siempre tuve mucha relación con ellos.
Yo nunca supe por qué me expulsaron de la Brigada Hermanos Saiz, quizás tuvo algo que ver con José Mario y la editorial El Puente. Yo vivía en su casa y otras escritoras vivían allí también. Después me mudé para la casa de Walterio Carbonell y Walterio fue expulsado de la Unión de Escritores. Y encima Bienvenido, el administrador de la UNEAC en aquella época, me esperó un día en la puerta y me dijo que no podía entrar más. Tarde, mucho más tarde y después de muchas exposiciones, Nuez me entró en la Unión y se ocupó de mis viajes. Nunca hubo una explicación al respecto ni me interesó pedirla.
¿Cómo conociste a Reinaldo Arenas? ¿Cómo eran tus relaciones con él?
 Cuando Walterio fue castigado a vivir en granjas del Partido por unos años me fui de su casa, aunque no nos divorciamos hasta mucho después. El vivía con su mama y aunque era una casa grande, allí su mama era de cierta forma racista.
Frémez me puso a trabajar con él, como una especie de realizadora de sus diseños. Era más bien una botella pero me sirvió para conseguir un estudio en Muralla 60, (el Hueco). Me casé con Tapia (Tapón en El color del verano) que era primo por parte de madre de Reinaldo. Reinaldo vivía cerca, empezó a visitarnos. Todavía El Hueco no se había abierto, vivía en el pequeño estudio con un portal, baño y un cuarto. Reinaldo me hizo una barbacoa, él era experto. Después un día me empeñé en que abrieran una ventana de mi cuarto a un antiguo convento que colindaba y que yo veía que no estaba habitado, buscando aire más bien. La pared era enorme de grosor y Reinaldo y Tapia abrieron un hueco pequeño para el aire. Pero cuando metimos la cabeza apareció lo que nos parecía un palacio en ruinas. Ellos abrieron un hueco mucho más grande, pusimos una escalerita para poder subirnos y lo tapamos con una gran tela que yo tenía llamada “La Tiñosa cuando el diluvio”. Estos eran mitos que yo inventaba con personajes mitológicos de los que también me apropiaba. Luego descubrimos aquel lugar lleno de tesoros y abrimos una puerta y nos mudamos para allí, un amplio espacio pegado a la pared que tenía techo y paredes. En los otros cuartos había muebles Luis XV, medio rotos algunos. Reinaldo encontró mármoles de Carrara… Vendíamos la entrada, se podía entrar pero para salir con algo había que pagarnos. Reinaldo ya se pasaba todos los días allí, mucho tiempo. Empecé a pintar en el Hueco y no en el estudio y, como era lógico, las tertulias se hacían allí. Nunca supe de El color del verano, pero la mayor parte de las maldades, (por ejemplo, las cartas al director del Seminario al que asistía Vicente Echerri) se hacían allí. Nos reíamos a morirnos. También allí tuvimos amarrado a una cama a Delfín Prats hasta que nos confesó a quienes habían metido en una cadena de sífilis.
¿Qué es eso una cadena de sífilis?
Te llevaban a la consulta del especialista y te interrogaban de tus relaciones sexuales. Yo recuerdo que yo estaba embarazada y tenía todos mis análisis al día y vinieron a buscarme dos enfermeras del policlínico, obligada, porque yo estaba en una cadena de sífilis y tenía que ir a decir con quién yo había tenido relaciones sexuales, etc. Reynaldo también fue interrogado. Yo logré librarme de la inquisición médica porque mi médico intervino a mi favor: yo tenía todos mis exámenes médicos bien. Reynaldo también tuvo que hacerse examen. Delfín Prats, falsamente y por hacer un chiste según él, había metido en esa cadena a cuanta persona se le ocurrió. Reynaldo, yo, Guillén, Barnet y quien sabe cuántos más. Lo amarramos hasta que confeso que sí, que él era el que había dado nuestros nombres.

 Es sabido que Arenas era un gran fabulador pero al mismo tiempo vivió realmente circunstancias que resultan difíciles de creer aunque pudieron haber ocurrido. ¿Qué hay de cierto y de invención en capítulos como “El hueco de Clara” de El color del verano?
 Tú eres escritor y sabes que un escritor siempre va a apoyarse en algo, pero en el caso de El color del verano, nosotros vivíamos una vida, digamos, "paralela". No teníamos idea ni de respeto ni de amistades intocables. Todo era bienvenido si nos divertía. Pensando ahora creo que era una diversión extraña pero a nosotros nos parecía muy normal. Por ejemplo, Cintio y Fina acostumbraban a visitarme y comprar alguna de mis cosas pero aunque no compraran, Cintio siempre me escondía sorpresas, billetes, cien o doscientos pesos cubanos que nos salvaban la vida. Al principio realmente me sorprendía, movía un plato o un cenicero y ahí estaba mi dinero. Después ya si no me dejaba algo yo me molestaba y nos divertíamos inventando historias con él. Reinaldo después las escribía. El vino de consagración que Echerri le traía a Reinaldo para vender, Reinaldo lo vendía por allí pero después hacía las cartas al director del Monasterio quejándose de que Echerri estaba cobrando muy caro el vino. Lo más gracioso es que Echerri después iba a ver a Reinaldo para quejarse de que le estaban mandando cartas anónimas a su superior. Las cartas se hacían en El Hueco. Casi no comíamos y tomábamos el fabuloso té negro ruso por galones. Así vivíamos. Aunque novelada, esa era nuestra realidad. El agua apareció también de verdad y como entenderás, con una cisterna de agua me convertí en la reina del comité pues si yo no autorizaba no podían poner el motor para sacar el agua y en el edificio aquel el agua no entraba casi nunca.
En una entrevista anterior decías que en la época en que conociste a Arenas habías dejado de pintar. Da la impresión que el impulso inicial por el que retomaste tu pintura era para tapar el ahora famoso “hueco de Clara”. En qué sentido tu encuentro con Arenas estimuló tu creatividad.
Yo apenas he estado un año o algo así sin pintar. Sobre todo cuando la vorágine era fuerte no pintaba. Pero no, nunca dejé de pintar por mucho tiempo. Pintar para mí era "sobrevivir", no solo en el sentido fisico. No sé por qué Liliane Hasson puso eso en su libro [Reinaldo Arenas : Un Cubain libre]. Nunca le dije semejante cosa. Yo pintaba de madrugada, o a veces después seguía, después de que habíamos conseguido la comida. Mi mamá me mandaba cajas de miel de abejas desde el pueblo y Reinaldo las vendía. Sí, me encantaba pintar con Reinaldo allí pero porque él me entretenía mucho y nos reíamos. Nunca he podido pintar como un maestro. De hecho, necesito hablar, oír música y hacer otras cosas mientras pinto. Eso debe ser Attention Deficit Desorder, pero nunca me preocupo. El Hueco siempre tenía a alguien leyendo o discutiendo o haciendo cuentos y siempre nos reíamos mucho. Éramos un planeta aparte, ni parecía que estuviéramos en Cuba. Un día mi hijo mayor que tenía cinco o seis años estaba jugando y se derrumbó un pedazo de piso en el lugar en que estaba. Él empezó a gritar porque se le estaban hundiendo los pies en una loza caída. Yo no lo oí pero unos ladrones que estaban forrajeando, lo oyeron y lo salvaron. Éramos una realidad aparte a todo lo que ocurría en ese país. Allí ni siquiera el Comité de Defensa sabía al principio que nosotros estábamos allí. Ni se oían los gritos del vecindario. Que entrara alguien ajeno a nuestro grupo era casi impensable. Para nosotros el comunismo casi no existía, no nos afectaba. No había ojos ni oídos siguiéndonos. Puedes imaginar que en un mundo donde todo estaba lleno de pinturas, se tomaba té sin parar, no se respetaban las reglas sociales y nos podíamos morir de risa un día entero por unos trabalenguas, etc. era un mundo que no tenía nada que ver con la Revolución del Proletariado.
 Diplomáticos y coleccionistas y escritores y nosotros, los otros: todos nos reunimos allí. A la Presidenta del Comité le regalamos un juego de sala Luis XV que estaba entre los muebles antiguos del convento y ella formaba parte de nuestra diversión.
 ¿Cómo era vivir y crear y conservar ese círculo creativo y de amistades bajo esas condiciones de marginación? Aquellos artistas y escritores que pasaban por tu casa ¿Se sentían como una república clandestina de las letras y las artes, como una banda de sobrevivientes o una combinación de ambas cosas?
 Éramos más divertidos que los demás. Venían también algunos a vigilarnos, estábamos seguros pero también se divertían y como sabíamos quiénes eran nos divertíamos dándoles noticias falsas. Reinaldo decía que era para ayudarlos a que resolvieran trabajos y eso. Nunca nos sentimos marginados. El grupo era más o menos, Reinaldo, los amantes de Reinaldo, (Lázaro no iba mucho debido a los amantes ocasionales de Reinaldo), Armando López, Poncito, La Goyesca, Echerri (pero Reinaldo se molestó con él y ya casi no iba), Delfín Prats, Tapia, algún amigo ocasional de Tapia. Creo que casi nunca iban mujeres. Después me invitaron a entrar al grupo Antillano y [Rafael] Quenneditt, el director, empezó a ir. Shelton iba también. Del mundo de afuera iban los Vitier, Pablo Armando Fernández, Luciana Guissi, diplomática, junto a otros diplomáticos italianos de los que no me acuerdo el nombre. Esos eran los habituales, siempre había dos o tres personas y nosotros que vendíamos miel y comprábamos té, huevos y espaguetis. Reinaldo vendía la comida de su libreta y con eso comprábamos comidas. Nos sentíamos reales, no marginados. Yo tenía una amiga suiza que me traía materiales de pintura.
 ¿Qué influencia crees que tuvo una personalidad como la de Arenas en tu vida y en la de aquellos que lo rodeaban en Cuba?
Hay algo. Reinaldo nunca hablaba de literatura, al menos no se hablaba mucho de eso, ni yo hablaba de pintura. Reinaldo era como un Quevedo, que todo lo transformaba en literatura, pero de eso no se hablaba. Yo apenas sabía cuándo había venido su editor de México porque eso salía en relación con alguna otra conversación. Por ejemplo, Reinaldo contaba cómo uno que parecía informante se aparecía en su casa cada vez que el editor venía y Reinaldo le decía, "pasé por aquí"’. ¡Y el personaje vivía en la Víbora! No se hablaba de sus novelas excepto alguna que otra vez que hacíamos tertulia por la noche y él leía o decía de memoria fragmentos de algo. El color del verano no existía cuando aquello. A veces había discusiones literarias. Pero en general discutíamos para reírnos. Como por ejemplo la competencia de poemas entre él y Rene Ariza: ellos tenían que decir el poema y nosotros éramos como jurados. También la de trabalenguas, que eran de Armando o eran de Reinaldo. Así nos divertíamos.
Hace tiempo se subastó en una pequeña librería una nota mecanografiada que él había escrito como para una de mis exposiciones pero que él nunca me la dio o me la leyó, pero el crítico de arte Rafael Díaz Casas logró que le dieran una copia.



¿Por qué no te pudiste ir en el éxodo del Mariel?
Reinaldo se fue cuando Mariel pero yo tenía que pedir permiso al padre de mi hijo mayor y no me pude ir. Traté de irme después por el Comité.
¿Por el CDR?
Sí, después que se acabó el Mariel todavía quedaron muchos barcos que empezaron a llenar a través de los Comités de Defensa. Para que te dejaran ir había que decir que uno era lumpen, ladrón, homosexual, etc. Pero luego cerraron todas las salidas.
¿Qué ocurrió después contigo?
Vino una época negra. Me botaron del Grupo Antillano por sospechas de que me iba y entonces vino un ciclón y Eusebio Leal aprovechó para sacarnos de allí [Muralla 60?], pues el edificio había sido declarado Monumento y hubiera tenido que buscarnos casa. Quemé muchos cuadros grandes que no tenía dónde meterlos, nos llevaron a un albergue horroroso por Guanabacoa. Los diplomáticos empezaron a irme a buscar allí y también los escritores. [El Ministerio de]Cultura me sacó y me dio un apartamento en un edificio de Escoltas de Cultura en San Agustín.
¿Qué significa “edificio de Escoltas de Cultura”?
Era un edificio de microbrigadas donde casi todos los que vivían eran personal burocrático del Minint, entre ellos dos o tres escoltas del Ministro de Cultura. A uno de ellos le dieron un apartamento de mejor calidad y cuando se desocupó una secretaria de Hart llamada Chela me lo dio a mí, que estaba en un albergue. Para que me lo dieran hubo mucha presión de parte de Naty Revuelta, Pablo Armando, Cintio y una agregada cultural. En cualquier lado sacaban ese tema de conversación: que había una pintora conocida que estaba en un albergue en Guanabacoa con sus niños. Extrañamente en ese edificio no había problemas porque aquellos vecinos no se metían en nada. Empecé a hacer tapicería monumental aunque ahora sí que no me invitaban a ningún evento cultural. Hasta el punto que yo tenía una nota de catálogo de Aimé Cesaire para mi primera exposición y después Cesaire fue el Gobernador de Martinica y Cuba mandó una exposición para Martinica y no me incluyeron. Pero por otro lado Naty Revuelta me gestionó el performance Cien años de soledad que Gabo promovió en la Escuela de Cine. A los periodistas les dijeron que lo que pasara allí no podía salir de allí. Armando López solo pudo sacar una pequeña reseña. Y a la cañona porque le dijeron que no podía escribir nada. Esa exposición que se inauguró el día antes del cumple del Gabo tuvo sin embargo una gran asistencia oficial y allí conocí a Nisia Agüero que se convirtió en mi protectora. Yo vivía bien decorando hoteles extranjeros y viajé a Rusia con una exposición-performance. Creo que fui una de las primeras artistas que no salió protegida por el gobierno. Nuez me sacó el pasaporte y la visa y me entró a la Unión de Escritores otra vez. De San Petersburgo (era cuando la Perestroika) me escapé a Suiza sin problema alguno a llevar unos tapices que había vendido. Regresé a Cuba pero dejé saber que yo había ido a Suiza y había virado.
Un día me llamó una artista amiga mía desde la Sección de Artes Plásticas de la UNEAC para decirme que Barnet había dejado un enorme sobre en la mesa de la secretaria para mí. El sobre venía de París. Lo enviaba Ramón Alejandro, el gran pintor cubano-francés. Traía una invitación al Simposio de Artistas de Canadá. Cuando llegué a Baie Saint Paul, una ciudad pequeña de Quebec Ramón Alejandro me estaba esperando con los libros de Reinaldo. Ahí supe que Reinaldo había muerto, que había escrito los libros y los leí. Tiempo atrás Ramón Alejandro había estado leyendo El color del verano, y Sergio Giral, el director de cine cubano, estaba de visita en su casa en París le contó quién yo era. Ahí es que Ramón Alejandro decide sacarme de Cuba. Y lo hizo. Estando en Canadá, ya se sabía que yo me quedaba pero no estaba muy segura de querer quedarme allí porque en aquella época a los cubanos que pedían asilo los llevaban a la isla de Saint George por unos cuantos años. Pero por suerte el Museo de las Américas en Washington se llevó obras del simposio y mandaron invitaciones a los artistas que habían seleccionado. Yo fui invitada y conseguí la visa. Ya Reinaldo había muerto en diciembre de 1990 y yo llegué a Estados Unidos en 1992 pero siempre he considerado que Reinaldo me sacó de Cuba, fue su último gran truco de magia conmigo.
¿Qué sentiste al ver que Arenas te había convertido en uno de sus personajes? Lo sientes como una maldición, una bendición o como algo irrelevante?
Yo me divertí mucho leyendo El color y Antes que anochezca, aunque considero El color del verano más autobiografía que Antes que anochezca. Como conocía a todos los personajes me divertía lo exacto de las descripciones. Las oraciones eran Reinaldo. Las Cartas eran Reinaldo. Arenas, Reinaldo y la Tétrica Mofeta eran Reinaldo.
Yo no tengo un sentido convencional de mí misma. El personaje de la Mortera era yo misma, lo soy y lo fui o al menos quise serlo, incluyendo la prostituta. Me encanta.

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Sunday, December 17, 2017

JUAN ABREU: “UNA FUERZA ARROLLADORA, UNA ALEGRÍA FEROZ”

Como adelanto del primer número del Anuario Histórico Cubanoamericano que edita la Academia de Historia de Cuba en el Exilio les presentamos la entrevista que le hiciéramos al escritor Juan Abreu como parte del dossier que dicho número le dedicara al también escritor Reinaldo Arenas.

JUAN ABREU: “UNA FUERZA ARROLLADORA, UNA ALEGRÍA FEROZ”
Por Enrique Del Risco
Juan Abreu (La Habana, 1952) es pintor y escritor. En 1980 salió de Cuba hacia la Florida como parte del éxodo del Mariel y desde hace dos décadas reside en Barcelona. Ha publicado cerca de una veintena de libros de diverso pelaje pero la misma intensidad, la misma rabia, la misma irreverencia insobornable. En febrero de 2017 exhibió sus retratos de fusilados por el régimen cubano en la sede del Parlamento Europeo, en Bruselas. Juan Abreu conoció a Arenas en los años setenta y junto a este y a sus hermanos José y Nicolás organizaba reuniones literarias en el Parque Lenin. “Ellos me estimularon para que yo reescribiese la novela” Otra vez el mar cuyo manuscrito original había sido destruido. Luego, en los meses finales de 1974 en que Arenas se dio a la fuga y se escondió en las inmediaciones del parque fue uno de los que asistió al perseguido con vituallas de todo tipo. Según cuenta el propio Arenas en su autobiografía en aquellos días “la vigilancia sobre la casa de los Abreu era enorme; todos sabían que ellos eran mis mejores amigos”. Los encuentros clandestinos en el Parque Lenin entre Reinaldo y Juan son materia principal de una suerte de diario que el segundo llevaba en aquellos días. Aquellas impresiones aparecieron publicadas por primera vez en 1998 bajo el título de A la sombra del mar. Jornadas cubanas con Reinaldo Arenas y resultan una inmersión personalísima en el momento más negro del Quinquenio Daltónico. Arenas a su vez se le había anticipado incluyéndolo a él y a sus hermanos en varios de sus libros ya fuera usando sus nombres reales o bajo el apelativo conjunto de las hermanas Brontë.
Vienes de una familia en que tres hermanos se dedican a la literatura, algo poco usual en cualquier circunstancia. Háblanos de tus primeros años de vida y de tu formación.
Que seamos escritores es algo insólito. No hay, hasta donde sé, ningún antecedente, digamos literario, en mi familia. Mis padres apenas habían ido a la escuela. Éramos muy pobres y hasta que mi hermano José no comenzó a interesarse por los libros, los libros no eran un asunto relevante en nuestra realidad. Todo empezó con mi hermano mayor, él es  responsable de que la literatura, la imaginación y el amor por la imaginación y por la narración del mundo, comenzaran a formar parte de nuestras vidas. Yo soy escritor por eso y a él se lo debo, fundamentalmente. Fue el guía que necesita todo niño y todo adolescente, el guía del que habla Rilke. Tener alguien que vaya por delante y señale el verdadero camino es  crucial, evita que pierdas tiempo y más importante evita que te extravíes en los bosques de la fatuidad o de la intrascendencia.   

Me da la impresión que el desencanto con el régimen cubano –si es que alguna vez hubo encanto- se produjo bastante pronto en tu vida. ¿Cómo te diste cuenta de que el régimen y tú no tenían nada que ver? ¿Quién se dio cuenta primero? ¿El régimen o tú?
Nuestra familia nunca fue fidelista. No recuerdo haber escuchado jamás en casa ninguna defensa del fidelismo. Todo lo contrario. Mi padre y sobre todo mi madre miraban aquel enamoramiento masivo con Fidel Castro, que de súbito poseyó a los cubanos, con desconfianza en el mejor de los casos. Yo no tengo memoria de haber simpatizado nunca con el régimen, hasta donde puedo recordar siempre fui (y sigo siendo) su enemigo.
¿En qué circunstancias conociste a Arenas? ¿Qué impresión te causó al principio?
Mi hermano me llevó a conocerlo al famoso cuarto de criadas donde vivía, en casa de una tía siniestra. Yo era muy joven y Reinaldo me impresionó profundamente. Poseía un carisma inmenso y de él emanaba una especie de fuerza arrolladora, una suerte de alegría feroz. También me impresionó mucho su biblioteca, llena de libros prohibidos o muy difíciles de conseguir en la isla. Intenté que me prestara Paradiso (aquel mítico ejemplar dedicado por Lezama), sin éxito, naturalmente. De su cuarto nos fuimos al Patricio Lumumba (qué nombre espantoso, ¿no?) a bañarnos en el mar. Toda nuestra amistad futura con Arenas estuvo vinculada al mar, ser amigo de Arenas era como ser amigo del mar.
En un medio tan homofóbico como era el cubano en aquellos años era raro concebir una relación “normal” entre un homosexual declarado como Arenas y un heterosexual no menos declarado como tú. ¿Cómo se desarrolló la relación de ustedes en medio de tanta “rareza”?
De forma muy natural. Nunca fue un problema, nuestra amistad estuvo más allá del sexo desde el principio, me atrevería a decir. Por aquella época yo era un macho típico pero su homosexualidad, visto retrospectivamente, creo que me ayudó a civilizarme un poco. Era mi amigo y yo lo respetaba y lo admiraba y lo quería, y lo que hiciera con su pito o su culo no afectaba para nada mi respeto, ni mi admiración ni mi cariño. El sexo es algo ajeno a la moral, creo que en esos tiempos ya empecé a comprenderlo.  Por otra parte, lo de la homofobia cubana es un asunto curioso porque si bien esta homofobia es real, simultáneamente, todos los cubanos son un poco maricones, según mi experiencia.
Ya habías empezado a escribir antes de conocer a Reinaldo. ¿Qué impacto tuvo en tu literatura la influencia de su personalidad y sus textos?
Un impacto enorme. Con Reinaldo pasaba como con Lezama, si caías en su órbita terminabas siendo un satélite, un satélite más o menos grande o bonito. Pero un satélite. No hay vida literaria original en las cercanías de Arenas o Lezama. Sólo hay espacio en el universo de la literatura para un Lezama y un Arenas. En cuanto me percaté de eso empecé a alejarme, porque comprendí que si no combatía su encanto monumental no sobreviviría como escritor. Espero haberme distanciado lo suficiente.  
Durante la famosa fuga de Arenas en el Parque Lenin tú eras prácticamente su único contacto amigo. ¿Por qué crees que haya sido así?
No. Hubo otros amigos. Recuerdo un muchacho que vivía cerca del Parque Lenin y lo visitaba, lamento no acordarme de su nombre. Pocos, sí. Pero en ningún caso sólo yo. No sé por qué fue así. Supongo que el fidelismo ha envilecido a los cubanos tanto que ya por entonces la mayoría de ellos (sobre todo los habitantes de eso que conocemos como el mundo de la cultura) habían olvidado que a un buen amigo no se le abandona cuando tiene problemas. A mí eso me lo enseñaron en casa. No seas nunca un mierda, me decía mi madre. Y de eso va la vida, de no ser un mierda.  
Ya en los años cubanos alrededor de Arenas se formó un círculo literario. ¿Se puede hablar de eso? ¿Cómo funcionaba? ¿Quiénes eran sus principales integrantes?¿Qué influencia tuvo Arenas sobre ellos? ¿Y viceversa?
Me parece exagerado hablar de un círculo literario. Éramos un pequeño grupo, gente muy joven y desconocida para el ambiente cultural (creo que eso nos salvó, tal vez); mi hermano José que era como el jefe de la pandilla, Luis de la Paz, Marcos Martínez, y los tres hermanos Abreu, y además estaba Arenas, claro. Básicamente, un grupo de jóvenes y de adolescentes que amaban los libros y amaban escribir. Arenas fue muy generoso, él ya era un escritor reconocido, incluso famoso fuera de la isla, y se reunía con nosotros como si fuéramos sus iguales a leer y comentar sus obras y las nuestras. Y aceptaba de buen grado cualquier crítica. Y las hacíamos; la juventud es audaz, como se sabe. Fue en general una época luminosa, a pesar de la dictadura, la de nuestras tertulias en el Parque Lenin. Competíamos a ver quién leía más libros a la semana ¡a la semana! y era una vergüenza no conocer a un autor que alguien del grupo hubiera leído. Si en alguna tertulia se mencionaba a un autor desconocido para alguno de nosotros, el ignorante salía disparado a leerse todo lo que encontrara del autor en cuestión. Con mi hermano José sigue siendo así. Si mi hermano me habla de un autor que no conozco, salgo disparado.
Háblanos de la salida de ustedes de Cuba durante el éxodo del Mariel. ¿Coordinaron algo juntos o cada cual escapó por su propia vía? Arenas cuenta haber escapado de Cuba gracias a la falsificación de su carnet de identidad cambiando su apellido de “Arenas” a “Arinas”. ¿Crees que Reinaldo consiguió engañar a las autoridades o estas simplemente decidieron desembarazarse de él?
No coordinamos nada. Mi hermano Nicolás entró en la embajada peruana con su mujer y luego tuvo la suerte de salir de la isla con el famoso salvoconducto que entregaban a los que abandonaban la embajada cuando ya no podían soportar más el hambre y la sed. Yo había estado internado en una granja de castigo y con la carta de libertad de aquel campo de trabajo forzado, me expulsaron de la isla. Mi hermano José fue el menos afortunado, cuando iba a salir fue detenido por el DSE, que le retiró el pasaporte y lo condenó a varios años de trabajo supervisado en granjas agrícolas. Arenas engañó a las autoridades, la eficiencia de la policía cubana es un mito. Son bastante ineptos. Yo mismo serví de guía a un joven francés y lo llevé a visitar a Reinaldo al Parque Lenin, cuando Reinaldo ¡era el fugitivo número uno del país! Se exagera mucho la  eficacia de la policía cubana. La dictadura no quería que Arenas saliera de Cuba. Varios amigos le contaron más tarde que cuando la embarcación que lo sacó de la isla ya estaba en alta mar, llegaron los agentes del G-2 al Mosquito, buscándolo.
¿Cuáles fueron las primeras impresiones que tuvieron a su llegada a los Estados Unidos? ¿Alguna decepción o sorpresa que en aquellos primeros instantes?
Maravilla absoluta. Los colores, la vida. Para mí fue como salir de un lugar oscuro y muerto y llegar a uno vivo y lleno de colores. Era libre. Yo no sabía lo que era la libertad porque en Cuba nunca fui libre, siempre fui un esclavo del fidelismo. Ser libre por primera a los veintiocho años fue algo simplemente maravilloso. Nunca podré agradecer bastante a los Estados Unidos por darme  la oportunidad de vivir en libertad.  
Impresiona que a pesar de las dificultades que implica la adaptación a un nuevo país se recompusiera tan rápido el círculo literario que habían formado en Cuba. ¿Por qué crees que ocurrió?
Por la energía y la furia de Reinaldo, fundamentalmente. Él era la fuerza aglutinadora y la fuerza inspiradora. Nosotros lo seguíamos como quien sigue la luz. No fue exactamente una recomposición de nuestro grupo en Cuba, se unieron muchos escritores que yo no conocía en la isla, Carlos Victoria, Roberto Valero, Miguel Correa, Reinaldo García Ramos, René Ariza, Guillermo Rosales, por mencionar sólo algunos. Pero el elemento aglutinador era Arenas. Sin él aquella confluencia no hubiera sido posible.
Háblanos de la aventura que significó la revista Mariel. ¿Cómo funcionó la revista? ¿Cuál fue el papel de Arenas en la revista? ¿Y el tuyo? ¿Cuáles fueron los héroes y heroínas “secretos” de la revista, esos que aparecen en letra pequeña o no aparecen pero sin la que no hubiera podido funcionar?
Fue una aventura formidable. Por fin podíamos expresarnos libremente y eso hicimos. Sin Arenas no hubiera habido revista. ¿Mi papel? Uno más del grupo. Respecto a las heroínas de la revista, yo siempre digo y me gustaría repetirlo aquí, que sin el trabajo y la dedicación de Marcia Morgado, que era la única que tenía experiencia porque había trabajado en revistas norteamericanas, todo hubiera sido más difícil para nosotros. Su ayuda fue muy valiosa. Por otro lado, escritores consagrados como Lydia Cabrera, Enrique Labrador Ruíz o Eugenio Florit, nos dieron apoyo moral. Sobre todo Lydia, que fue una especie de ángel tutelar de nuestro grupo de marielitos.  
¿Cómo se desarrolló la relación entre ustedes en Estados Unidos?
Bien. No hubo mayores fricciones, diría yo. Lo normal entre escritores, que ya sabes que somos gente tortuosa y difícil.
¿Era realmente tan antagónica la relación de Arenas con Miami? ¿Y con Nueva York? ¿Qué le hacía preferir a una ciudad sobre otra?
No creo que prefiriera una sobre la otra. Tal vez por un tiempo. Decía horrores de Miami o de New York alternativamente, iba por épocas. Estaba en su naturaleza, perennemente insatisfecha. Arenas pensaba (cito) que el mundo era un lugar inhabitable. Me lo dijo muchas veces. Miami o New York o la Atenas de Pericles al final daban lo mismo, terminaría hablando pestes de cualquier ciudad.  
¿Qué impacto tuvo la generación de Mariel en el exilio de la época? ¿Puedes dar ejemplos concretos de ese impacto?
No lo sé. Es un poco petulante atribuirse supuestos impactos sobre tanta gente.
Conociste a Oneida Fuentes, la madre de Arenas. ¿Cómo era ella? ¿Cómo era su relación con el hijo?
Conocí a Oneida. Era una buena madre y una buena persona.  Una madre amantísima, tal y como la definió su hijo. Nunca aceptó la homosexualidad de Arenas, y creo que eso marcó la relación que tuvieron hasta el final.  
¿Cómo te enteraste de la muerte de Arenas? ¿Qué impresión te causó?
Estaba en casa, en Miami, cuando me dieron la noticia. Me puse a llorar. Qué otra cosa podía hacer. Y al otro día, como del más allá me llegó Viaje a la Habana, la edición de Mondadori que acababa de publicarse. Recuerdo que poco tiempo antes habíamos hablado por teléfono y yo le había dicho que tenía la edición de Universal, muy fea y difícil de leer. Supongo que entonces me puso la hermosa edición de Mondadori al correo. Aquí tienes una edición más legible,  escribió en la dedicatoria. Siempre hasta al final los libros y el amor por los libros del primer día.
Luego del éxito inicial de sus dos primeras novelas a su salida de Cuba no consigue publicar en las grandes editoriales de la lengua hasta su muerte. Sin embargo al morir su autobiografía, Antes que anochezca, se convierte en bestseller. ¿Crees que ese éxito póstumo, aunque merecido, fue una manera de malentenderlo, de poner su autobiografía y el tono que predomina en ella (distinto del resto de su obra) por encima de su obra de ficción?
La izquierda norteamericana y española, y toda la izquierda mundial a fin de cuentas, le hicieron la guerra a Reinaldo. Y ya sabemos lo eficiente que es la izquierda para ese tipo de censura. Es una vergüenza que su obra maestra El color del verano, por poner un sólo ejemplo, no encontrara editor. Los últimos años de su vida hablamos bastante de eso, de la siniestra censura que padecía, y que él atribuía, con razón creo yo, a su anticastrismo. En España, por ejemplo, para hablar de un mundo editorial que conozco bien, no se publicaba a anticastristas hasta hace relativamente poco. El fanatismo y la miseria moral de los editores españoles respecto a los escritores enemigos de Castro ha sido repugnante y vil. Por suerte la situación ha ido cambiando. Yo soy un ejemplo. Pero Reinaldo sufrió esa censura abyecta y eso añadió amargura a sus últimos años. Por otro lado, no creo que el tono de Antes que anochezca sea muy distinto del resto de su obra.
Apareces en varios libros de Arenas como personaje y hasta en la película de Julian Schnabel Before Night Falls (en ese caso como un amigo iletrado de Arenas que ni siquiera sabe qué es la Ilíada). ¿Qué se siente al ser la ficción de otros?
Estar en los libros de Arenas es un orgullo para mí, naturalmente. En cuanto a la película de Schnabel, qué puedo decirte, me pasé dos días en su casa de San Sebastián hablándole de Arenas, a su pedido, pero no creo que haya escuchado nada de lo que le dije, a juzgar por la película.   
¿Cómo valorarías el impacto que tuvo Arenas sobre ti como persona?
Ese impacto fue, y sigue siendo, decisivo.

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Thursday, July 6, 2017

Héctor Santiago describe la muerte de Reinaldo Arenas

Por Enrique Del Risco

Como complemento al post anterior un video sobre la discusión del documental Seres extravagantes de Manuel Zayas (moderada por la miembro de la AHCE Perla Rozencvaig) en el que el dramaturgo Héctor Santiago da una versión pormenorizada de los últimos días de Reinaldo Arenas y su muerte. Por su cercanía a los hechos lo considero especialmente relevante. La declaración de Santiago ocupa los primeros diez minutos del video.





Nota: Le agradezco al escritor José Abreu Felippe haberme hecho llegar este video.

Thursday, June 29, 2017

Reinaldo Arenas: vida, pasión y muerte en dos apartamentos

Foto tomada por Nicolás Abreu en su casa en una cena de Navidad. Juanto a Arenas el escritor Luis de la Paz
Por Enrique Del Risco
Otra tregua fecunda
Cuando Reinaldo Arenas interrumpió los devastadores estragos del sarcoma kaposi atracándose con medicamentos y whiskey el 7 de diciembre de 1990 en su apartamento en el centro de Manhattan no hacía más que dar fin a una escena interrumpida tres años antes. “Yo pensaba morir en el invierno de 1987” son las primeras palabras del prólogo de su autobiografía. Hablaba del invierno en que una crisis de su enfermedad lo obligó a ingresar en un hospital de Nueva York. Al ser dado de alta regresó al apartamento con pocas intenciones de seguir viviendo. Pero de pronto tropieza con una revelación en forma de un matarratas:
Ya en casa, comencé a sacudir el polvo. De pronto sobre la mesa de noche me tropecé con un sobre que contenía un veneno para ratas llamado Troquemichel. Aquello me llenó de coraje, pues obviamente alguien había puesto aquel veneno para que yo me lo tomara. Allí mismo decidí que el suicidio que yo en silencio había planificado tenía que ser aplazado por el momento. No podía darle el gusto al que me había dejado en el cuarto aquel sobre.
Pero se trataba de algo más que de llevarle la contraria a un enemigo anónimo. La meta antes de que la muerte llegara era concluir con los proyectos que habían obsedido su carrera literaria: concluir el ciclo de cinco novelas que llamaba pentagonía y escribir su autobiografía. Según su recuento ese mismo día “como no tenía fuerzas para sentarme en la máquina, comencé a dictar en una grabadora la historia de mi propia vida”.
Al año siguiente, luego de otra recaída y otro ingreso de vuelta a su apartamento de la vez anterior, (también el de su muerte) tiene lugar la escena con la que cierra su dramático prólogo de Antes que anochezca.
“Cuando yo llegué del hospital a mi apartamento, me arrastré hasta una foto que tengo en la pared de Virgilio Piñera, muerto en 1979, y le hablé de este modo: ‘Óyeme lo que te voy a decir, necesito tres años más de vida para terminar mi obra, que es mi venganza contra casi todo el género humano”
Menos de dos años bastaron para arribar a la meta que él mismo se había impuesto.
La ciudad prometida
Al salir de Cuba durante el éxodo del Mariel Arenas había vivido en Miami poco más de tres meses. Fue entonces que en agosto de 1980 recibió una invitación para asistir al Segundo Encuentro de Intelectuales Cubanos Disidentes en la universidad de Columbia. Al parecer la ciudad lo fascinó al punto de trocar una visita breve en el lugar que viviría el resto de su vida. “Y de pronto, yo que había llegado solamente por tres días a Nueva York, me vi con un pequeño apartamento en la calle 43 entre la Octava y la Novena Avenida, a tres cuadras de Times Square, en el centro más populoso del mundo”. El dramaturgo Iván Acosta escribe que cuando Arenas “llegó a Nueva York vivió 21 dias en mi apartamento del Manhattan Plaza. Luego mi mamá, que era amiga del super del edificio 333 West calle 43, le consiguió un apartamento en el 4to piso”. 
Aspecto actual del 333 W 43rd Street
En su autobiografía, ya desencantado de la ciudad, Arenas explica aquella decisión como una mezcla de enamoramiento y autoengaño. “El desterrado es ese tipo de persona que ha perdido a su amante y busca en cada rostro nuevo el rostro querido y, siempre autoengañándose, piensa que lo ha encontrado. Ese rostro pensé hallarlo en Nueva York, cuando llegué aquí en 1980; la ciudad me envolvió. Pensé que había llegado a una Habana en todo su esplendor, con grandes aceras, con fabulosos teatros, con un sistema de transporte que funcionaba a las mil maravillas, con gente de todo tipo, con la mentalidad de un pueblo que vivía en la calle, que hablaba todos los idiomas; no me sentí un extranjero al llegar a Nueva York”.
Al año siguiente de su llegada Arenas seguía insistiendo en las virtudes de la ciudad: “Es una ciudad auténtica. Su autenticidad radica precisamente en el desinterés por esa palabra”. Y en 1983 en Mariel, la revista que había fundado junto a otros compañeros de generación, define la relación con la ciudad en términos de tolerancia: “¿Qué otra ciudad fuera de Nueva York podría tolerarnos, podríamos tolerar?”.
Entrada del 333 W 43rd Street
Seis  años más tarde esa tolerancia mutua pasa de ser ―a través de la inminencia de muerte que le trae la enfermedad que ha exterminado a decenas de amigos y conocidos― de Tierra Prometida a terreno baldío y hostil: “Manhattan es una de las pocas ciudades del mundo donde resulta imposible arraigarse a un recuerdo o tener un pasado. En un sitio donde todo está en constante derrumbe y remodelación ¿qué se puede recordar?”


Dos apartamentos
Aspecto actual del edificio del 328 W 44th Street
Aparte de la estancia de las tres semanas iniciales en el apartamento del dramaturgo Iván Acosta, a Reinaldo Arenas se le conocen sólo dos lugares de residencia en Nueva York: aquel inicial de 333W 43rd Street, cuarto piso, donde vivió entre 1980 y 1983 y el del 328 W 44th Street situado a una cuadra de distancia del anterior “en un sexto piso sin ascensor” según describe el propio Arenas. En esos lugares debió producir la mayor parte de su obra. Desde reescribir libros que le habían sido incautados por la Seguridad del Estado como es el caso de Otra vez el mar hasta producir la mayor parte de sus narraciones. A su estancia en el apartamento de la 43 corresponden la aparición de las novelas Cantando en el pozo (versión revisada de su ópera prima Celestino antes del alba), y Otra vez el mar y la colección de cuentos Termina el desfile. A su estancia en el apartamento de la calle 44 se corresponde con la escritura de las novelas El portero, El asalto, La loma del ángel y El color del verano además de colecciones de poemas, cuentos, artículos y su famosa autobiografía.

En esa autobiografía deja constar, entre tantas cosas, las causas de su salida del apartamento de la calle 43.  “[E]n 1983 el dueño el edificio en que vivía decidió echarnos del apartamento; quería recuperar el edificio y necesitaba tenerlo vacío, para repararlo y alquilarlo por una mensualidad mayor a la que nosotros pagábamos”. El dueño, según Arenas “se las arregló para rompernos el techo de la casa y el agua y la nieve entraban en mi cuarto” de manera que “no me quedó más remedio que cargar mis bártulos y mudarme para el nuevo tugurio”, el apartamento de la 44.
Entre el mar y la buhardilla

“El mar es nuestra selva y nuestra esperanza”. Tal fue el título de la primera conferencia pronunciada por Arenas en los Estados Unidos. El mar, presencia constante en su obra, lo describe allí como algo que “nos hechiza, exalta y conmina”. Se sobreentiende que a la búsqueda de la libertad. Mucho se ha hablado del significado del mar para Arenas. Menos de esos recintos cerrados que le opuso en vida y obra: el “cuarto de criados de mi tía Orfelina”, las múltiples celdas de fray Servando Teresa de Mier, el cuarto del hotel Monserrate, sus apartamentos neoyorquinos. Eran estos reductos la contraparte y punto de partida hacia esa infinitud que podía identificar con el mar o con la creación. Uno de los ejes de su vida que a su vez le servía de baluarte de resistencia frente a la corrupción de las palabras. “El escritor debe preferir la buhardilla al tráfico con las palabras” dijo en aquella misma conferencia en la Florida International University. Allí también afirmó que “en última instancia la verdadera patria del escritor es la hoja en blanco”. En los alrededores de su máquina de escribir, pudo añadir.
Recorte de noviembre de 1981. En la foto Arenas aparece junto al dramaturgo Iván Acosta
Todas las descripciones de su último apartamento en Nueva York coinciden en su aspecto austero, casi monástico, en contraste con alguien con tan poco de monje. Lugar de trabajo y refugio antes que de vida social. El estudioso Enrico Mario Santí cuenta en una entrevista de próxima aparición: 
“Vivía en pleno Hell´s Kitchen, en una época en que Times Square no era la sucursal de Disneylandia que es hoy… Su apartamento era un walkup, en un arduo quinto o sexto piso. Si años después se hablaría de la guarida en La Habana Vieja para el Diego de Fresa y chocolate, te aseguro que mucho antes Reinaldo Arenas ya tenía la suya en el exilio de Manhattan. Nunca, que yo recuerde, coincidí allí con nadie más, salvo con Lázaro Carriles, que según me dijo Reinaldo transitaba esporádicamente. El apartamento era pequeño, no recuerdo muebles ni cuadros; solo libros que, amontonados con papeles y prensa, forzaron a Arenas a alquilar el apartamento de enfrente, que funcionaba como archivo, o almacén”. 
El escritor colombiano Jaime Manrique cuenta de su única visita al apartamento de Arenas, un par de días antes de su suicidio: “Junto a una cadena de sonido anticuada y un televisor recuerdo un cuadro primitivo del campo cubano. Una mesa, dos sillas y un sofá gastado completaban la decoración”.
Ese último Arenas que describe Manrique aparece además de destruido físicamente por la enfermedad, receloso y reclusivo: “Llamé a la puerta. Oí lo que me parecía un torpe accionar de cerraduras y cadenas, lo cual incluso en Times Square parecía excesivo”.
Santí explica coincide en el recelo y da cuenta de su causa: 
“Uno de esos días que quedamos en vernos para comer y fui a recogerlo, toqué y noté que se demoraba mucho. Por fin abrió, y al entrar me di cuenta que la puerta ahora ostentaba varias cerraduras y una de esas enormes trancas de hierro que hacen presión entre puerta y suelo. Con angustia, me contó que habían entrado en el apartamento a robar, pero que extrañamente solo se habían llevado papeles. Había tenido que dejar el almacén de enfrente. Que yo sepa, nunca se aclararon esas circunstancias. Era señal que las cosas estaban cambiando. La guarida ya no era tal”.
Agonía en la guarida

La sensación de indefensión que le provocó tal incidente reforzaría la paranoia que Manrique había notado desde sus primeros encuentros con Arenas tras su llegada a Nueva York y que vio como “una extensión de la paranoia que existe en el mundo de la emigración cubana. En la Cuba de Castro los disidentes tenían que diseñar unos elaborados sistemas de comunicación para evitar que los espiaran. Habían transplantado esas actitudes a este país, como si aquí también se sintieran bajo vigilancia constantemente”.
Pero ni la enfermedad ni esa sensación de vulnerabilidad le impidieron enfrascarse en esa vorágine rabiosa de creación que debieron ser sus últimos años en aquel apartamento. De aquella visita que le hiciera Manrique observó: “Sobre la mesa descansaban montones de manuscritos, miles y miles de hojas y Reinaldo parecía un naufragio en medio de un mar de papeles. Cuando pregunté si eran copias de un manuscrito que hubiera terminado recientemente, me contó que los tres manuscritos que había sobre la mesa eran una novela, un libro de poemas y su autobiografía, Antes que anochezca”
Manrique cuenta como en aquella visita Arenas fantaseó con la posibilidad de morir junto al mar. “Me gustaría irme de aquí antes de que venga el invierno. Mi sueño es ir a Puerto Rico y encontrar un sitio en la playa para morir cerca del mar”. Dos días después de la visita de Manrique el agente literario de Arenas, Thomas Colchie, lo “llamó para decir que Reinaldo se había suicidado la noche anterior, que había tomado pastillas tragándoselas con sorbos de Chivas Regal”. Iván Acosta rememora que la “primer persona que lo vio muerto fue una vecina de él, colombiana, que a veces le colaba café y le hacía sopas de pollo. Ella vio la puerta entrejunta y lo vio tendido sobre el sofá en la sala”.
Vista de la calle 44 desde el edificio donde muriera Arenas

De momento el apartamento donde vivió, creó y murió Reinaldo Arenas ha sobrevivido a la furia de demoliciones y reconstrucciones que parece ser la naturaleza de la ciudad. Ya Arenas hablaba en su desengañado “Adios a Manhattan” de los “viejos y acogedores edificios del West Side” que “son demolidos rápidamente para dar paso a moles deshumanizadas e incosteables para quien no esté en las condiciones de desembolsillar cientos de miles de dólares”. Y dicho proceso en la última década no ha hecho más que intensificarse. De puro milagro el edificio todavía se yergue el 328 W 44th Street, a unos doscientos metros de la frenética Times Square, justo en la cuadra del famoso club de jazz Birdland. Es de temer que el raro milagro de su subsistencia no se prolongue mucho más tiempo. 

Nota: Agradezco el aporte para elaborar este artículo de los mencionados Iván Acosta, Enrico Mario Santí, Jaime Manrique y de Perla Rozencvaig y Miguel Correa.