Showing posts with label Felix Varela. Show all posts
Showing posts with label Felix Varela. Show all posts

Monday, August 27, 2018

Varela, espejo de impaciencia

Por Enrisco
Cuando el sacerdote cubano Félix Varela llegó a Nueva York a finales de 1823 no debió pensar que sería por demasiado tiempo. Condenado a muerte por el gobierno español, tendría que esperar a que Cuba hiciera lo que estaba haciendo el resto de Hispanoamérica: independizarse de la Madre Patria. Después de todo, ¿cuánto tiempo podían demorarse los cubanos en zafarse del yugo colonial? Y Varela tenía solo 35 años, así que no estaba apurado.
Pero tampoco es que Varela fuera a quedarse esperando a que los cubanos se independizaran de España mientras jugaba al equivalente de la época de Call of Duty: the End of the Spanish Empire. Si a Mahoma no lo dejaban ir a la montaña entonces escribiría artículos incitando a la montaña a independizarse. Pero la montaña como que no se dio por enterada.
Bueno, algo se enteró cuando en 1825 el gobierno español envió a Nueva York a un matón conocido como El Tuerto Morejón. Su misión era asesinar al cura que insistía en alborotar a los independentistas en La Habana. Pero, avisado Varela de que lo estaban midiendo y no era para hacerle una sotana, el Tuerto Morejón vio frustrados sus planes y regresó por donde había venido.
No obstante el gobierno español contaba con un arma más poderosa para ahogar el clamor independentista del padre Varela que los servicios de un asesino tuerto: en aquellos días más fuerte que el deseo de los cubanos por independizarse de España era el de hacer dinero exportando sus productos a los Estados Unidos. Era un privilegio del que gozaban hacía apenas unos años y no iban a desaprovecharlo.
Pronto a Varela le quedó claro que sus compatriotas no le harían mucho caso. Escribió con una amargura que no endulzaría todo el azúcar importado desde su patria: “En la Isla de Cuba no hay opinión política sino mercantil”. Allá no había “amor a España, ni a Colombia, ni a México, ni a nadie más que a las cajas de azúcar y a los sacos de café”. El amor al billete, ¡eso sí es un sentimiento profundo y duradero!
Desencantado Varela se concentró en su religión y ofreció ayuda a la creciente comunidad católica integrada principalmente por inmigrantes irlandeses. Los irlandeses eran algo así como los mexicanos de entonces. No importaba que fueran blancos y hablaran inglés: bastaba que fueran católicos en una ciudad protestante para que no fueran bienvenidos. Y claro, no pasó mucho tiempo antes de que terminaran controlando la policía de la ciudad. Y los bomberos… ¡A ver quién se atrevía a echarlos!
En Nueva York a Varela todavía se le venera por su labor asistencial. Aquí llegó a ocupar el cargo de vicario general y participó en la fundación de un par de iglesias: la de los Inmigrantes (que cambió su nombre por el de la iglesia de la Transfiguración) y la de St. James. Esta última todavía ocupa el segundo edificio católico más antiguo de la ciudad (32 James Street). La de la Transfiguración terminó siendo trasladada a 25 Mott Street en el famoso barrio de inmigrantes de Five Points (sí, el de la película Gangs of New York) que ahora es parte del Chinatown neoyorquino.

Vista de la Iglesia de la Transfiguración con el conjunto escultórico en memoria del padre Varela, en Chinatown, Manhattan. (Cortesía de Medium y cubanochris_)

En dicha iglesia actualmente se encuentran una escultura y una tarja dedicadas al padre Félix Varela junto a las que usted puede irse a retratar luego de comprar carteras y relojes falsos en las tiendas cercanas. Pero no se preocupe porque la iglesia también tiene algo de falso. Es la misma parroquia que fundó Varela pero el prócer nunca puso un pie en ese edificio. En el mismo año de 1853 en que se trasladó la iglesia a la calle Mott el padre Varela moría en la ciudad floridana de San Agustín a donde se había trasladado en 1847 por problemas de salud.
Al morir Varela a sus 64 años –y tras treinta de exilio norteamericano— Cuba seguía siendo colonia española. Y lo seguiría siendo 45 años más. Porque en cuestiones como el cambio de estatus político a los cubanos no se les puede acusar de impacientes. A Varela sí.

Friday, August 24, 2018

El cura que sabía demasiado

Por Enrisco

Don Félix Varela, sacerdote, filósofo y maestro, ídolo de la juventud habanera ilustrada a principios del siglo XIX, llegó a Nueva York el 15 de diciembre de 1823. O quizás dos días después. Pero lo que importa fue que le quitó el honor de ser el primer exiliado cubano en la ciudad al poeta José María Heredia quien llegó a la ciudad siete (o cinco) días después. El sacerdote le ganó al poeta por una nariz en el photo finish de la Historia, como quien dice. Varela tenía entonces 35 años recién cumplidos. El resto de los años de su vida iba a cumplirlos en Estados Unidos.


Memorial del Venerable Félix Varela, en la Iglesia de la Transfiguración en Manhattan, Nueva York, diócesis de la que fue su Vicario General. (Foto: Archivo)

El pionero de los exiliados cubanos en Nueva York nació en La Habana en 1788 y creció en la ciudad de San Agustín en la Florida cuando la península pertenecía a España pero había menos hispanohablantes que ahora. Allí lo llevó su abuelo paterno, oficial del ejército, encargado de criarlo. Regresó a La Habana a los trece. Siendo una de las inteligencias más brillantes de su tiempo Félix se ordenó sacerdote antes de cumplir 23 años y pasó a ocupar una codiciada plaza de profesor en el mejor centro educativo de la isla: el colegio de San Carlos y San Ambrosio.
Varela pudo vivir tranquilamente del sueldo de profesor el resto de su vida pero prefirió mejorar el mundo (o al menos la parte correspondiente a su isla). Desechó la escolástica —que tenía un ligero desfase de seiscientos años de pensamiento filosófico—, por una filosofía algo más moderna y enseñó física experimental, química, anatomía, economía política y derecho constitucional lo que para entonces era tan audaz como explicar en Norcorea cómo funciona Facebook. Pero bastante más útil.
Varela parecía saberlo todo excepto la importancia de quedarse callado cuando se es inteligente y honesto. En 1821, con el restablecimiento de una constitución liberal en España fue nombrado —junto al catalán Tomás Gener y al criollo Leonardo Santos Suárez— representante de la isla de Cuba ante las Cortes. Seguramente los que lo eligieron pensaban que le hacían un favor.
Reinaba entonces Fernando VII, pésimo momento histórico para ser honesto, inteligente y expresarse sin miedo. Presionado por una insurrección liberal, el rey había cedido parte de su poder al parlamento pero al intentar recuperarlo los representantes —incluidos los de Cuba— declararon que el rey estaba loco y, por tanto, era incapaz de gobernar. Loco quizás no, pero el rey indudablemente tenía un pésimo carácter. Así que en cuanto recuperó el poder, Fernando VII mandó a ejecutar a todos los que lo habían declarado incapacitado para gobernar. Como ni Varela ni sus compañeros consideraron buena idea ponerse a razonar con un rey que antes habían declarado loco prefirieron cambiar de aires.
Distinto debió parecerles el frío aire de diciembre de Nueva York a los fundadores del exilio caribeño en la ciudad. Acompañados del ubicuo Cristóbal Mádam, Varela y sus compañeros fijaron su primera residencia en la pensión de la viuda Elizabeth Mann en el número 61 de Broadway. Meses más tarde, en 1824, Varela viajó a Filadelfia y se instaló en la pensión de la señora Frazier en el 224 de Spruce Street. Y sin embargo, al poco rato decidió regresar a Nueva York. Sería que extrañaba el frío.
Todavía vivía en Filadelfia cuando Varela empezó a publicar una revista llamada El Habanero. Allí aparecieron tres números y de vuelta a Nueva York otros cuatro. En ellos les hablaba a sus compatriotas de las ventajas de la libertad y la independencia. Dicha prédica entusiasmó a sus compatriotas en La Habana lo suficiente como para distraerlos de cuestiones ajenas al baile, el sexo y la acumulación de capital. Digamos que unos veinte minutos.
Las autoridades de la isla en cambio le prestaron más atención a los escritos de Varela: dando muestras del profundo interés que les inspiraban prohibieron terminantemente su circulación. Eso le dio una idea a Varela de lo que le ocurriría si se asomaba por La Habana. No sorprende que decidiera no regresar nunca más. Es una suerte lo mucho que ha cambiado Cuba en los 194 años transcurridos desde entonces.

Monday, July 9, 2018

El cura que sabía demasiado

Texto aparecido en Nuestra Voz
El cura que sabía demasiado
Por Enrisco
Don Félix Varela, sacerdote, filósofo y maestro, ídolo de la juventud habanera ilustrada a principios del siglo XIX, llegó a Nueva York el 15 de diciembre de 1823. O quizás dos días después. Pero lo que importa fue que le quitó el honor de ser el primer exiliado cubano en la ciudad al poeta José María Heredia quien llegó a la ciudad siete (o cinco) días después. El sacerdote le ganó al poeta por una nariz en el photo finish de la Historia, como quien dice. Varela tenía entonces 35 años recién cumplidos. El resto de los años de su vida iba a cumplirlos en Estados Unidos.
El pionero de los exiliados cubanos en Nueva York nació en La Habana en 1788 y creció en la ciudad de San Agustín en la Florida cuando la península pertenecía a España pero había menos hispanohablantes que ahora. Allí lo llevó su abuelo paterno, oficial del ejército, encargado de criarlo. Regresó a La Habana a los trece. Siendo una de las inteligencias más brillantes de su tiempo Félix se ordenó sacerdote antes de cumplir 23 años y pasó a ocupar una codiciada plaza de profesor en el mejor centro educativo de la isla: el colegio de San Carlos y San Ambrosio.
Varela pudo vivir tranquilamente del sueldo de profesor el resto de su vida pero prefirió mejorar el mundo (o al menos la parte correspondiente a su isla). Desechó la escolástica —que tenía un ligero desfase de seiscientos años de pensamiento filosófico—, por una filosofía algo más moderna y enseñó física experimental, química, anatomía, economía política y derecho constitucional lo que para entonces era tan audaz como explicar en Norcorea cómo funciona Facebook. Pero bastante más útil.
Varela parecía saberlo todo excepto la importancia de quedarse callado cuando se es inteligente y honesto. En 1821, con el restablecimiento de una constitución liberal en España fue nombrado —junto al catalán Tomás Gener y al criollo Leonardo Santos Suárez— representante de la isla de Cuba ante las Cortes. Seguramente los que lo eligieron pensaban que le hacían un favor.
Reinaba entonces Fernando VII, pésimo momento histórico para ser honesto, inteligente y expresarse sin miedo. Presionado por una insurrección liberal, el rey había cedido parte de su poder al parlamento pero al intentar recuperarlo los representantes —incluidos los de Cuba— declararon que el rey estaba loco y, por tanto, era incapaz de gobernar. Loco quizás no, pero el rey indudablemente tenía un pésimo carácter. Así que en cuanto recuperó el poder, Fernando VII mandó a ejecutar a todos los que lo habían declarado incapacitado para gobernar. Como ni Varela ni sus compañeros consideraron buena idea ponerse a razonar con un rey que antes habían declarado loco prefirieron cambiar de aires.
Distinto debió parecerles el frío aire de diciembre de Nueva York a los fundadores del exilio caribeño en la ciudad. Acompañados del ubicuo Cristóbal Mádam, Varela y sus compañeros fijaron su primera residencia en la pensión de la viuda Elizabeth Mann en el número 61 de Broadway. Meses más tarde, en 1824, Varela viajó a Filadelfia y se instaló en la pensión de la señora Frazier en el 224 de Spruce Street. Y sin embargo, al poco rato decidió regresar a Nueva York. Sería que extrañaba el frío.
Todavía vivía en Filadelfia cuando Varela empezó a publicar una revista llamada El Habanero. Allí aparecieron tres números y de vuelta a Nueva York otros cuatro. En ellos les hablaba a sus compatriotas de las ventajas de la libertad y la independencia. Dicha prédica entusiasmó a sus compatriotas en La Habana lo suficiente como para distraerlos de cuestiones ajenas al baile, el sexo y la acumulación de capital. Digamos que unos veinte minutos.
Las autoridades de la isla en cambio le prestaron más atención a los escritos de Varela: dando muestras del profundo interés que les inspiraban prohibieron terminantemente su circulación. Eso le dio una idea a Varela de lo que le ocurriría si se asomaba por La Habana. No sorprende que decidiera no regresar nunca más. Es una suerte lo mucho que ha cambiado Cuba en los 194 años transcurridos desde entonces.

Monday, May 8, 2017

El primer exiliado cubano

Por María Teresa Villaverde Trujillo *

«El Padre Varela tuvo un profundo sentido de la libertad y de la justicia humana comparable solamente a la de su heredero laico, José Martí»
(Dr. Leví Marrero)
"...aquel patriota entero, que cuando vio incompatible el gobierno de España con el carácter y las necesidades criollas, dijo sin miedo lo que vio, vino a morir cerca de Cuba, tan cerca como pudo…"
(Jose Martí, fragmento del articulo publicado en el periódico "Patria")

El Padre Varela nació el 20 de noviembre de 1788 –según algunos historiadores posible en la calle nombrada "Obispo"- en la ciudad de La Habana, hecho que aún no ha quedado verificado. En su bautismo, asentado en el Libro Sexto de Blancos con el número 866 folio 203 en la Parroquia del Santo Angel Custodio el niño fue nombrado Félix Francisco José María de la Concepción Varela y Morales.
A la temprana edad de tres años muere la madre y el niño con sus dos hermanas, queda al cuidado de su abuelo quien pronto fue trasladado por su trabajo como militar a San Agustín de la Florida llevando con él al pequeño Félix. Al momento de empezar sus estudios secundarios, ya de regreso en La Habana, aunque se suponía que entrara en una academia militar Félix solicita ingresar en un seminario para hacerse sacerdote -devoción que sentía desde muy temprana edad-.
Se formó en las aulas del Seminario de San Carlos y San Ambrosio, y en la Real y Pontificia Universidad de La Habana. A los 23 años fue ordenado sacerdote en la Catedral de La Habana. Seguidor del pensamiento de su maestro José Agustín Caballero, hombre que marcó el camino para los estudios filosóficos en Cuba; sustituyéndolo en el Seminario cuando tenía 24 años de edad.
En 1814 escribe Instituciones de filosofía electiva, obra en cuatro tomos, donde insistía en la importancia de la ciencia para el conocimiento, aún cuando Varela consideraba que entre “Verdad de fe” y “verdad de razón”, debería primar la primera.
En 1818 se publica Lecciones de Filosofía y Miscelánea filosófica en 1819. Abogaba por una ciencia que girara en torno de los hechos y no de las palabras, y por un lenguaje científico que fuera totalmente comprensible.

El Sacerdote ante las Cortes
En 1821 el Padre Varela fue elegido para representar a Cuba en las Cortes de España, donde reclamó la abolición de la esclavitud con indemnización; y defendió el más aún osado planteamiento, la independencia de las colonias americanas en guerra. Al restablecerse el absolutismo regio en España, las Cortes quedaron disueltas y se firmó por Decreto Real aplicar la pena de muerte por traición a todos los diputados. El Padre Varela huyó a Gibraltar y de ahí a los Estados Unidos, donde residió el resto de su vida convirtiéndose en el primer exiliado cubano.
Ejerció el ministerio sacerdotal en la ciudad de Nueva York durante 30 años con admirable abnegación. Trabajando arduamente fundó escuelas, edificó iglesias, y evangelizaba a los pobres. Defendió la fe católica ante el avance de otros grupos religiosos. Se le nombró a una parroquia en la zona donde vivían inmigrantes de Irlanda, en la época cuando las diferencias étnicas y religiosas prevalecían fácilmente.
Igualmente inició una ardua labor en pos de la independencia de Cuba. Fue fundador de El Revisor Político y Literario. También llegaron a circular siete números del periódico independentista El Habanero prohibido en Cuba al igual que El Mensajero Semanal el que había publicado junto a José Antonio Saco. Publicó el periódico The Protestant Abridger and Annotator (1830) -donde defendía la fe católica frente a los ataques de los protestantes- y The Catholic Exporter and Literary Magazine, en unión de Charles C. Pérez (1841-1843). Colaboró en la Revista de La Habana, en el Diario del Gobierno, El Universal de Madrid, y el Repertorio Médico de La Habana; al igual que en otros periódicos, en inglés y en español. Usaba como seudónimo "Un paisano suyo".

Una obra para el futuro
Entre 1835 y 1838 se publicaron los dos primeros tomos de lo que se considera su última obra, Cartas a Elpidio, el testamento ideológico en el que legó a futuras generaciones la esencia de su ideario. El tercer tomo de esta obra, dedicado al fanatismo, no llegó a publicarse hasta 1944.
En una de las Cartas a Elpidio el Padre Varela había expresado:
"...fórmase ya en el horizonte de mi vida la infausta nube de la ancianidad y allá a lo lejos se divisan los lúgubres confines del impero de la muerte. La naturaleza, en sus imprescriptibles leyes me anuncia decadencia y el Dios de bondad me advierte que va llegando el término del préstamo que me hizo de la vida. Yo me arrojo en los brazos de su clemencia, sin otros méritos que los de su hijo; y guiado por la antorcha de la Fe, camino al sepulcro, en cuyo borde espero, con la Gracia Divina, hacer con el último suspiro, una profesión de firme creencia y un voto fervoroso por la prosperidad de mi Patria..."
Enfermo y abrumado
...En 1847 enfermó. Gastado físicamente y padeciendo asma recorrió varias ciudades en busca de un clima más apropiado. Viajó a San Agustín de la Florida, lugar donde había vivido se niño, y allí pasó los últimos años de su vida marcados por la pobreza, las enfermedades y la soledad; en un cuarto pequeño –como una celda- acompañado solamente por dos cuadros de santos y una campanilla.
Sintiendo cercana la muerte, pidió al sacerdote francés, P. Aubril que le llevara el Santo Viático. Antes de recibir la comunión el siempre primer exiliado cubano, dijo:
«Tengo que cumplir una promesa que hice mucho tiempo antes de ahora. Tengo que hacer en este momento, en el momento de mi muerte, como lo he hecho durante mi vida, una profesión de fe en la presencia real de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía. Creo firmemente que esta hostia, que Ud. tiene en sus manos, es el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo bajo la apariencia de pan. ¡Ven a mi Señor!»
Entregó su alma al Padre Celestial el 25 de febrero de 1853 "a eso de las 8 y media" aunque existen diversas investigaciones referente a la fecha exacta en que falleció el Padre Varela. Fue enterrado en el Cementerio local Tolomato. Más tarde, apenas dos meses después, el sacerdote Aubril con la ayuda de un grupo de cubanos de la isla costearon levantar una capilla en el cementerio. La primera piedra fue colocada el 2 de marzo finalizando su construcción el 13 de abril del propio año, día que los restos de Varela fueron depositados allí. Allí permanecieron los restos de quien, como dijo Jose Martí cuando visitó en 1892 la tumba del sacerdote para velar "los huesos del santo cubano" era un "patriota entero, que cuando vio incompatible el gobierno de España con el carácter y las necesidades criollas, dijo sin miedo lo que vio y vino a morir cerca de Cuba, tan cerca como pudo".

Sus restos llegan a La Habana
En 1911 –después de varias tentativas- y esta vez a petición del gobierno cubano el obispo norteamericano William Kenny exhumó los santos restos de Varela y los entregó al cónsul cubano en la ciudad de Jacksonville para su traslado a Cuba. De la Catedral de La Habana más tarde serán trasladados al Aula Magna de la Universidad de La Habana, en cuyo acto pronunció un elocuente discurso el maestro Enrique Jose Varona. El cenotafio del Aula Magna donde se halla una inscripción dice:

«Aquí descansa Félix Varela, sacerdote sin tacha, eximio filósofo, egregio educador de la juventud, progenitor y defensor de la libertad cubana, quien viviendo honró a la Patria y quien muerto sus conciudadanos honran en esta alma universidad en el día 19 de noviembre de 1911»La juventud estudiantil en memoria de tan grande hombre.
Ahí en una urna funeraria descansa junto a los neoclásicos óleos del pintor cubano Armando Menocal, denominados: «La Medicina», «Las Bellas Artes», «Las Artes Liberales», «El Derecho», «Las Ciencias», «El Pensamiento» y «Las Letras».

Foto de la caja que guardó provisionalmente los restos del Venerable cubano. 
Se conserva en  la Cátedra Honorífica Felix Varela en la Universidad Pedagógica 
que lleva su nombre en la provincia central de Cuba


 *Publicado originalmente en el semanario LIBRE y en su edición digital LIBREonline