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Monday, February 4, 2019

DE LA VIDA DE LA MEMORIA



(Palabras pronunciadas por el Dr. Eduardo Lolo, representando a la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp. en la Conferencia “Reafirmación Democrática. Sesenta años de lucha por la libertad” del Instituto de la Memoria Histórica Cubana contra el Totalitarismo que tuvo lugar en el Interamerican Campus del Miami Dade College, en la ciudad floridana de Miami, el 3 de febrero de 2019.)

La historia sin registro no es historia, sino leyenda. De no haber sido por Xenofonte, Ciro probablemente estaría en la misma categoría que el Rey Arturo. La memoria de testigos, víctimas o victimarios de hechos históricos suele desvanecerse con el tiempo y, a la postre, ser sólo hálito o desaparecida bruma de tiempo. Su registro fue catalogado por Cicerón como “vida de la memoria”; que es decir, el más eficaz antídoto contra su desvanecimiento y posterior desaparición. Dicho registro ha sido objetivo fundamental de los seres humanos ya desde las cavernas prehistóricas, donde la sinuosidad del bisonte perseguido por sus cazadores pintados hace miles de años sobre una pared virgen hizo de la escena un acontecimiento vigente para cada nuevo observador. En nuestros días, cumple la misma función un estudiante teléfono celular en ristre cuando detiene en el tiempo la escena de un baile de graduación o el asesinato de un compañero de clase en una manifestación libertaria contra un dictador de turno. Las lanzas de los cazadores siguen sin alcanzar al bisonte, la sonrisa de la novia bailando permanece alegremente intacta, el condiscípulo asesinado mantiene en el aire su última consigna militante. Han cambiado los medios: de pictografías en grutas atemporales al vídeo del teléfono, pasando por jeroglíficos, palabras prístinas, tabletas de arcilla, rollos de papiro, libros y revistas para, ya en la actualidad, desembocar en la pantalla de un televisor, una computadora o un holograma ingrávido. De los hechos acaecidos parte el registro, y de éste la autentificación de los mismos como historia. Hoy, como ayer, el registro histórico continúa siendo “vida de la memoria.

Ese registro de la memoria puede, incluso, aclarar, enmendar o refutar versiones de historiadores que, por padecer deficiencias en sus conocimientos o perseguir agendas políticas específicas, hayan pasado por alto, olvidado o escamoteado otros elementos de la definición ciceroniana de la historia tales como ésta ser “testigo veraz de los tiempos, luz de la verdad… maestra de la vida”. Un claro ejemplo es la obra de Bernal Díaz del Castillo refutando la versión edulcorada de la conquista de México de Francisco López de Gómara o, de factura más reciente y a nosotros cercana, los ensayos de temática martiana de Carlos Ripoll escritos en el exilio.

La Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp. fue fundada en el área de New York-New Jersey por un reducido grupo de profesores cubanos de la zona con vocación quijotesca. Fue oficialmente registrada en el estado de New Jersey como una corporación no-gubernamental y sin fines de lucro y, posteriormente, a nivel federal con iguales características. Nuestra institución se propone evitar que los hechos históricos de Cuba y sus destierros se conviertan en leyendas dejando un registro fidedigno de los mismos ‒sin censuras ni manipulaciones demagógicas‒ con el fin de que nunca pierdan su condición de historia. Sus objetivos fundamentales son denunciar la falsificación de la historia de Cuba por la historiografía totalitaria enmendando sus versiones apócrifas, y hacer inmune al olvido el decursar vital del exilio, tanto sus angustias como sus paces, lo mismo sus éxitos que sus frustraciones; pero en particular su tenaz resistencia al fracaso de la historia.

La membresía de la AHCE se ha extendido, hasta el día de hoy, por otros 5 estados, en dos de los cuales (California y Florida) se han constituido capítulos formados por varios académicos, de entre los cuales han sido elegidos democráticamente un Presidente que se encarga de coordinar el trabajo del capítulo y un secretario que tiene como fin llevar el catastro de sus actividades; hay otros capítulos en estado de formación. La AHCE cuenta como medio de difusión con un blog que, por el número de lectores, ha tenido muy buena aceptación, publica en papel el Anuario Histórico Cubanoamericano (aceptado desde el primer número como miembro del Council of Editors of Leaned Journals por su seriedad académica) y ya celebró su Primer Congreso bienal bajo el título de “Salvando la Historia de Cuba desde el Exilio” con distinguidos ponentes de varios estados. Nuestros miembros dan a conocer sus trabajos sobre la historia de Cuba y sus exilios tanto en el blog como en el Anuario, el cual se distribuye gratuitamente entre la membresía y bibliotecas universitarias de los Estados Unidos, además de ofrecerse a la venta para el público en general en Amazon. También tenemos una incipiente editorial abierta a todos los asociados para sus obras relacionadas con los tópicos inherentes a nuestra labor historiográfica.

En particular trabajamos con ahínco para los jóvenes cubanos de la Isla que algún día puedan tener acceso a nuestras obras, así como para los hijos y nietos de exiliados cubanos. Para muchos de ellos exilio significa, simplemente, la lejanía de Cuba de sus parientes. Pierden de vista que el destierro, como trágica experiencia humana, no es una actividad única de sus familiares. En realidad, el exilio es tan antiguo como el sentimiento que lo promulga –el odio estatuido– y la fuerza que lo impone –el poder omnipotente. La intensidad punitiva del destierro obligatorio ha sido asociada, desde la Antigüedad, hasta con la misma muerte. Ya Diógenes señalaba cómo el desterrado estaba muerto para su Patria; Publilius Syrus calificaba al exiliado como “un cadáver sin sepultura”.

Pero el ser humano es paradoja viviente, aun consumado su ciclo de vida. Y los muertos vivientes del exilio de todas las épocas han asombrado a sus verdugos con una tenaz permanencia en la tierra de donde tuvieron que huir o fueran expulsados. Todas las lágrimas del desarraigo –sin importar tiempos, culturas o latitudes– tienen el mismo grado de amargura; pero también toda la luz de una misma esperanza. Y de esa esperanza que –ya lo señaló Esquilo– sirve de alimento al desterrado, nacen y se desarrollan aportes inconmensurables a la tierra que le es negada a todo exiliado. El proceso es sumamente complejo y escapa a los objetivos centrales del tema de este breve discurso, pero creo entreverlo en la pregunta que hiciera Horacio: “¿Qué exilado de su país escapó de sí mismo?” Como el cubano exilado no puede escapar de sí mismo, lleva a Cuba dondequiera que vaya. Vive con Cuba no por estar en Cuba, sino por ser en Cuba. Su Cuba personal –que es mucho más que una suma de nostalgias– lo acompaña a todas partes: vuelve tórridas las nieves del norte, hace Caribe el Pacífico lejano, pinta de Habana a Nueva York, Londres, París. O extiende Cuba toda noventa millas al norte de la historia prostituida. Hay tantas Cubas como cubanos exiliados. La imagen gigantesca de todas ellas puede ser descrita con solo dos palabras: Patria y Dignidad. Eso y no otra cosa caracterizan a los padres y abuelos de los niños y jóvenes cubanoamericanos o de sus contemporáneos todavía esclavos, separados de sus mayores por éstos haber partido al exilio. Hay que enseñarles para que sepan, para que sientan, para que los primeros construyan sus sueños en libertad sobre los sueños sin libertad de sus mayores, y para que los segundos en Cuba los hagan realidad para todos los cubanos; los de aquí y los de allá. Los investidos en la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp. somos, en tanto que exiliados cubanos, sobrevivientes de la historia y, como profesionales, guardianes de la memoria; que es decir, trabajadores de futuro.

Mientras tanto, registrando el presente y con el pasado como “luz de la verdad” y “maestra de la vida”, procuramos que nuestras investigaciones, publicaciones y congresos, coadyuven a salvaguardar esa memoria con el rigor profesional inherente a la historiografía sin mordazas ni imposiciones de ningún tipo. De lograrlo, habremos vencido armados de pundonor y autenticidad a quienes fueron nuestros vencedores por medio de la falacia y la ignominia. En cuyo caso, aunque probablemente los mayores de nuestra corporación terminemos nuestros días en una tumba incómoda como es toda sepultura en suelo extranjero, habremos vivido el exilio (y que me excuse Martí) sin amo, pero con patria.

Muchas gracias.

Wednesday, October 3, 2018

Un homenaje


En homenaje al doctor Antonio A. Acosta reproducimos acá la introducción que le hiciera Eduardo Lolo a su último libro publicado De la soledad a tus orillas (Antología poética 1985-2012):
 
INTRODUCCIÓN DE LA SOLEDAD A TUS ORILLAS, DE ANTONIO A. ACOSTA

Por Eduardo Lolo


Toda antología es, por su propia naturaleza, una obra inconclusa. Pero es también un cántico a dos voces, en que el antologador se empina para intentar alcanzar la estatura del antologado, aunque nunca lo logre. La inconclusión referida parte del hecho de que para identificar verdaderamente el alma de un poeta (punto de partida y llegada de la poesía) se hace necesario viajar por su obra toda, incluyendo aquellos versos engavetados que su propio autor, por una razón u otra, no diera a conocer. Nunca hay versos sobrantes en la obra de un poeta, como no hay olas excesivas en la mar o nubes sin rumbo en el horizonte. Todo poeta es igual a la suma total de sus versos, contentivos del conjunto de sus luces y sus sombras. Por tal razón, ninguna antología puede superar la condición de penumbra.
Puebla esa penumbra, como huésped agradecido, la figura en forma de intención del antologador. Gracias a su trabajo, la respuesta del lector se convierte en creación a partir de lo ya creado. Hay angustia y desgarramiento en toda labor de selección; pero también campos nuevos a descubrir al compás de la mirada ajena. El compilador puede saltar tiempos y distancias, uniendo lo que originalmente se encontraba distante; se trata, como es lógico, de la misma obra con antelación conocida y, paradójicamente, de una nueva obra. De ahí el dúo resultante, el trazo a dos tonos, y la mirada dual de toda antología.
En la selección que sigue de la obra poética de Antonio A. Acosta he tratado de ser lo más riguroso posible, desechando mis propios intereses, gustos personales e historias comunes. La lira de Acosta se caracteriza por una amplia gama de tonalidades que van del verso rimado y medido al verso libre, de las formas cultas a las populares, del amplio paisaje al retrato individual, del trópico a la nevada, de la pérdida a la esperanza. He intentado seleccionar ejemplos de cada uno de sus mundos y sus épocas, haciendo hincapié en aquellos versos que trascienden el momento, por muy importante que este haya sido para el poeta o su lector afín. Pues es el caso que una antología de tiempos disímiles tiene que trascender todos los tiempos; de lo contrario, no es más que un compendio de ocasión para tertulia de amigos. De la soledad a tus orillas (título que tomo de uno de sus versos) es una antología confeccionada con la mayor seriedad, como bien merece un poeta de la trayectoria de Antonio A. Acosta. Comprenden esa trayectoria cientos de composiciones recogidas en publicaciones periódicas y libros que se destacan tanto por su nivel estético como por la postura ética del autor. No en balde los prestigiosos premios recibidos y los elogios de críticos de envergadura que han juzgado sus versos.
Complementan el recorrido poético del autor antologado sus éxitos profesionales y sus fracasos históricos. De los primeros son de destacar sus estudios académicos tanto en Cuba como en los Estados Unidos y su labor pedagógica en varios países. Como educador, se destacó en niveles disímiles: desde la escuela primaria hasta la universidad. Cuando el verso, cansado, se retiraba a recobrar fuerzas, lo sustituía la prosa periodística, de igual verticalidad histórica. La palabra integral, del hálito a la consigna, comparten pluma y vida en Antonio A. Acosta.
Su fracaso histórico, (des)vivido conjuntamente por varias generaciones de cubanos, se hizo también poesía: la pérdida de la libertad patria, el destierro desgarrador, y el exilio aparentemente sin fin, van formando en la poesía de Antonio A. Acosta todo un canto donde se combinan el dolor amargo y la ira justa, la nostalgia agónica y la esperanza lúcida: luz tenaz de trópico sobre la nieve. La cubanía persiste en la poesía de Acosta aunque las huellas de su autor sobre el suelo natal hayan quedado para siempre huérfanas. Cronológicamente, el poeta ha vivido más tiempo en los Estados Unidos que en Cuba; poéticamente, no ha partido todavía.
Presento entonces al lector una selección poética de Antonio A. Acosta formada por versos que están aquí y son allá. Cada poema es un camino, y cada camino una ruta con un solo destino: la sombra eterna de un naranjo rodeado de gardenias, en el solar primado del poeta, ubicado en un Pinar del Río cada vez más lejano en tiempo y espacio, pero tenazmente siempre más cercano en el espacio sin tiempo de la poesía.

Nueva York, verano de 2014.

(Acosta, Antonio A. De la soledad a tus orillas. Antología poética 1985-2012. Selección e Introducción de Eduardo Lolo. Fairview, NJ: Antonio A. Acosta & CreateSpace, 2015. Págs. 11-13)

Monday, July 30, 2018

LOS SEPULTUREROS DE LA DEMOCRACIA*

Por Eduardo Lolo

Hoy en día constituye un borroso trazo de pasado la imagen del militarote golpista o del populista iracundo echando abajo las puertas de la historia para tomar el poder por asalto: ahora de par en par se las abren desde dentro. Los asaltantes llegan a manos de la democracia con la intención, en la mayoría de los casos, de asfixiarla. Ya no se requiere derramamiento de sangre alguno; basta saturar el tiempo de desesperanzas.

Las condiciones para el triunfo de los aprendices de caudillos vitalicios son creadas, paradójicamente, por los partidos políticos tradicionales que fomentaron o solidificaron la democracia en sus respectivos países. La corrupción, la demagogia, la ineficiencia, la indolencia, el nepotismo, el compadrazgo, el sectarismo y otras aberraciones políticas afines de las cúpulas partidistas en decadencia crean en el electorado la ilusión de que la única opción de lo malo es lo bueno, olvidando que puede ser, en dirección contraria, lo peor.

            El fenómeno no es nuevo: baste recordar el trágico caso de Adolf Hitler. Más recientemente, y en nuestra cercanía, sirve de ejemplo, aunque con buena dosis de sainete infausto, el caso de Hugo Chávez y su caricaturesca extensión de ignorancia con tono doctoral que han convertido la otrora próspera Venezuela en un estado fallido de mendicidad generalizada. Los partidos demócratas que emergieron tras la dictadura de Pérez Jiménez ya prácticamente desaparecieron por suicidio histórico. Como lógico resultado, en la Venezuela chavista los nuevos ricos son mucho más ricos que los del viejo régimen; y los pobres, mucho más pobres y numerosos.

En México, tras décadas de dictadura de partido, lo que se creyó un cambio de sistema con el de institución no resultó ser otra cosa que más de lo mismo, aunque con siglas diferentes. Una segunda oportunidad al PRI fue del todo desaprovechada y el país quedó rendido ante un populista obcecado por el poder que, tras militar en cuando partido creyó le serviría de trampolín en su asalto al cielo, decidió frustrado crear una nomenclatura propia de nada disimulada demagogia que lo llevara, finalmente, a la añorada cúspide. La íntima relación de López Obrador con el totalitarismo cubano no hace presagiar nada bueno. Es muy probable que al PRI y al PAN le esperen el mismo destino que a COPEY y AD en Venezuela: inocuas notas al pie de una página amarillenta de historia prematuramente envejecida.

En otras de nuestras naciones el poder real no tiene cariz político alguno. Partidos y gobiernos han pasado a ser, en la práctica, figuras decorativas, pues la delincuencia organizada rige los destinos del país, distribuyéndose la nación como en feudos autónomos, aunque no siempre pacíficamente coexistentes. No es de extrañar, entonces, que en algunos países latinoamericanos se añoren viejos regímenes dictatoriales que mantenían a raya la delincuencia, aunque fuese mediante el terror. En dichos lugares el sueño sublime de la democracia se ha convertido en una pesadilla aparentemente sin despertares.

De más reciente factura es la alianza táctica entre malhechores y dictadores en crisis, quienes utilizan a los forajidos para realizar el ‘trabajo sucio’ de controlar la oposición democrática, sin descartar los asesinatos. Tal es el caso de Venezuela y Nicaragua, donde la ciudadanía carece de protección alguna ante los desmanes de tal nefasta coalición.

            En el Viejo Mundo, las políticas malogradas de la Unión Europea están dando lugar a la aparición de frenéticos partidos antieuropeístas y/o secesionistas que, a no ser que se enmienden, cuanto antes, las reglamentaciones erradas, es muy probable la desgajen cual árbol carcomido ante fieros vientos nuevos. El descontrol migratorio que muchos culpan no es causa del sueño fallido, sino uno de sus efectos; la diseminación del “brexit”, la única opción tangible en la mente popular, que ve a Bruselas como dogal extranjero. Mientras, nuevos y viejos regímenes autoritarios vecinos observan con atención a la espera del convite, que posiblemente haya comenzado con Crimea como la primera tajada del ansiado pastel. Así las cosas, o la Unión Europea evoluciona hacia lo que pudiera ser Estados Unidos de Europa, o habrá de quedar más fragmentada, disminuida y débil que nunca, pues la Historia no es adicta a los términos medios. Una nación sin control de sus fronteras no es nación, sino provincia de un país. En la actualidad los países europeos son poco menos que provincias de una nación todavía inexistente; frutos de un árbol que no fue en inexplicable inversión histórica.

En España en particular, la exitosa transición pacífica a la democracia tras la muerte de Franco no supo crear condiciones de unidad nacional como en Francia tiempos ha, donde los catalanes, en sentido general, se sienten tan franceses como los parisinos y orgullosos de ostentar uno y otro gentilicio. Las concesiones de los gobiernos españoles postfranquistas a las burocracias regionales superan, en algunos casos, el grado de autonomía de sus homólogas de estados federales. Es más, recientemente ha llegado al poder, mediante lo que no puede catalogarse como otra cosa que un golpe parlamentario, quien había sido reiteradamente rechazado en elecciones libres: ni un solo voto avala el mandato de Pedro Sánchez. Y lo más preocupante es que su alianza para hacerse inquilino espurio de la Moncloa fue con partidos que tienen como objetivo la destrucción de la nación española como unidad histórica, tal cual una siniestra metáfora de la víctima afilando presurosa el hacha de su verdugo.

            Los Estados Unidos no han sido inmunes a esa nueva rebelión de las masas en contra de los corroídos partidos políticos tradicionales, pues aquí también la política ha degenerado en botín de pedestales. Todos reconocen el fenómeno en el triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales y la sorprendente atmósfera subsiguiente, que algunos ven alarmados como el preludio de una nueva Guerra Civil. Pero, en realidad, el proceso tuvo lejanos antecedentes y muy recientes preámbulos. Entre los primeros podrían contarse la deserción de Teddy Roosevelt del Partido Republicano y la ‘traición’ de Lyndon Johnson a la poderosa jefatura demócrata de los estados del sur. Los segundos nos son más cercanos y pueden identificarse comenzando en el proceso electoral que llevó a la Casa Blanca al primer Presidente mestizo de los Estados Unidos: Barack Obama.

            En las primarias presidenciales donde Obama hizo su aparición, resultaba evidente que la preferida de la cúspide partidista era Hillary Clinton; como que ‘le correspondía’ por su condición de mujer y su probada pertenencia a la cúpula del Partido Demócrata desde que fuera, en dos ocasiones, Primera Dama. La inserción de un novato y nada destacado senador de raza mixta (que no negra, como se ha pretendido hacer creer) en el grupo de candidatos tenía un cariz del todo demagógico: nadie le daba posibilidad alguna de ganar la nominación en medio de tantos experimentados ‘pejes gordos’ que se la disputaban. Sin embargo, el mensaje modular de “cambio” que esgrimiera el ‘recién llegado’, su verborrea de mensaje directo, y su carisma personal, pronto lo situaron entre las primeras posiciones en el favor de la masa de electores de su partido. Al final quedaron, de punteros, la evidente preferida de la Dirección Nacional y el emergente advenedizo seguro de alcanzar un triunfo que “sí se puede”. La mayoría de los demócratas de base, hastiados de un tiempo político al parecer detenido, votaron por el cambio. En las elecciones generales quedó demostrado que ese hastío no era exclusivo de los militantes del Partido Demócrata. El “sí se puede” devino en sí se pudo: Barack Obama llegó a la Casa Blanca porque supo encender en el electorado en su conjunto la esperanza de un cambio para bien en la administración de la nación.

            No obstante ello, una vez electo el cambio se hizo lento y, a la postre, casi caricaturesco. A la Clinton se le concedió, como en “lista de espera”, el más importante cargo gubernamental luego de la vicepresidencia ‒y con más tiempo en cámara. La cacareada promesa de una nueva ley de inmigración en los primeros 100 días de gobierno fue pospuesta una y otra vez ‒presumiblemente por presión de la dirección partidista‒, hasta las elecciones intermedias que todos sabían inclinarían la balanza a favor de los republicanos, de manera tal que su fracaso pudiera achacársele, demagógicamente, a la oposición. (El negocio billonario de la injusta explotación de los trabajadores ilegales en los Estados Unidos solamente ha sido verdaderamente enfrentado, hasta ahora, por Ronald Reagan).Obama sí logró un seguro médico universal que, aunque sin ser perfecto, puso el cuidado de salud al alcance de la clase media que no recibía los beneficios de los pobres. El temor de que su gestión hiciera un brusco cambio a la izquierda que pusiera en peligro la estabilidad del status quo nunca llegó a producirse. Posiblemente la única excepción haya sido su viaje a Cuba, adonde fue a hacer el ridículo en una versión inversa del teatro bufo cubano, pues por primera vez “el gallego” salía ganando por ser más listo que “el negrito”. (Su aparición en un programa de la TV cubana diciendo “¿Qué bolá?” resultó bochornoso; ¡y nadie se atrevió a decirle que se estaban burlando de él!). Obama fue, en sentido general, asimilado por el establecimiento político tradicional y garante de su supervivencia, aunque fuese temporal. Probablemente sus mejores logros hayan sido haber vencido el racismo remanente en la sociedad norteamericana, terminar exitosamente la caza a Bin Laden, el llamado “Obamacare” a pesar de sus deficiencias, y el no haber desestabilizado el entramado político estadounidense largo tiempo atrás cimentado y, hasta entonces, exitoso.

            Las masas del Partido Republicano no estaban menos desesperanzadas. En la competencia a Obama se dio el caso que la persona nominada a la Vicepresidencia tuviera más aceptación por su mensaje, y carisma por su personalidad, que el candidato a la Presidencia. Este último lo fue John McCain; pugnaba por la Vicepresidencia Sarah Palin. El primero contaba en su haber una célebre carrera como Senador avalada por una historia militar no por fracasada menos conocida y admirada; pero era el representante del cansancio histórico de las bases de su partido. La joven gobernadora de un estado ‘de segunda’ se convirtió en la variante republicana de Obama por su voz fresca y enérgica, al margen de la maquinaria política republicana, representando el cambio añorado o, al menos, la posibilidad de alcanzarlo. Sin embargo, su puesto secundario (por no decir que insignificante en las determinaciones políticas mientras el Presidente esté vivo), hacía poco creíble que pudiera liderar el ansiado cambio. Si el binomio hubiera sido a la inversa, es posible que habría espacio para la esperanza de los votantes. En esas condiciones, la mayoría del electorado prefirió confiar en quien tenía la posibilidad real de dar nacimiento a una nueva era política nacional, aunque a la postre no llegara a fundarla.

            Una vez concluido el segundo mandato de Obama, se reinició el proceso de las primarias partidistas para ocupar la Oficina Oval. En el Partido Demócrata era seguro que le correspondería el turno a Hillary Clinton. Se siguieron, como siempre, las normas de varios candidatos, aunque a ninguno de los otros se le concedía mucha atención. Pero también esta vez surgió, inesperadamente, una figura que puso en peligro la postergada nominación de la Clinton y la firme solidez del establecimiento político: el septuagenario Bernard Sanders. Paradójicamente, el anciano senador se convirtió en el aspirante más popular entre los jóvenes, aventajando a su contrincante en múltiples encuestas, con lo que quedó demostrado que no se trataba de una lucha generacional, sino ideológica. La cumbre política demócrata no podía permitir que se repitiera la derrota de su representante, y entonces ocurrió lo inverosímil: la propia Dirección Nacional del Partido Demócrata le puso una especie de zancadilla a Bernie (como le llamaban sus seguidores) para garantizar la candidatura de Clinton, a quien ‘le tocaba’ sin excusa. Más increíble fue que, una vez conocida la mala jugada resultante, su principal ejecutora no fuera expulsada del ente partidista ni se hubiera hecho la investigación que la gravedad del caso ameritaba, sino que todo se resumió a su renuncia a la Dirección Nacional. Huelga decir que la Clinton ganó la candidatura de la Presidencia por el Partido Demócrata.

            Las primarias republicanas de ese año fueron más inverosímiles todavía. Donald Trump rompió todos los moldes políticos hasta entonces conocidos, llevando su estilo de “reality show” televisivo a los debates y mítines asociados a la carrera pública. Más que políticamente incorrecto, Trump se proyectó del todo antipolítico, casi un antisistema. Si utilizó la plataforma republicana fue porque no quiso repetir el error de Teddy Roosevelt y Ross Perot, además de aspirar al apoyo de los remanentes del Tea Party y, forzados por estos, el de algunos de los caudillos históricos del GOP. En realidad, prácticamente nadie le auguraba éxito alguno al mordaz personaje de la pequeña pantalla en su versión de carne y hueso; las encuestas siempre lo situaban en desventaja ante sus experimentados contrincantes. Algunas de sus infortunadas declaraciones lo separaban cada vez más de lo que hasta entonces se consideraba un político ‘presidenciable’. Sin embargo, para asombro de todos, mientras más sarcástico y hasta descortés se comportaba, más popular se hacía (le subía el “rating”, en el argot televisivo), hasta que llegó a alzarse con la candidatura presidencial de un partido cuya dirección lo rechazaba.

            La carrera por la presidencia de Clinton y Trump, ‘sazonada’ de interferencias extranjeras, se convirtió en una lucha de todos contra uno y uno contra todos. La polarización resultante fue algo totalmente desconocido en la historia contemporánea de la política norteamericana. La inmensa mayoría de los analistas políticos y las encuestas daban por sentado el indiscutible fracaso de Trump. En los centros de trabajo y planteles estudiantiles, se acosaba a quienes expresaban públicamente su preferencia por el iconoclasta advenedizo, considerado poco menos que un traidor (o, al menos, un peligro letal) a los principios democráticos del país. Como paradójico remate, fuimos testigos de la más inusual de las alianzas: la de un burgués billonario apoyado por obreros y desempleados preteridos.

Luego, la debacle de la noche de elecciones fue el colofón de la inverosimilitud. Hillary Clinton había alquilado el Jacob K. Javits Conventional Center de Nueva York (con capacidad para miles de personas) ante quienes estaba segura acudiría a festejar su triunfo. En realidad, es la primera vez de que tengo noticias que el candidato perdedor de las elecciones presidenciales norteamericanas no haya podido dar la cara esa noche para reconocer su derrota y felicitar al ganador. Conocido el resultado, el Javits Center se convirtió en un mar de lágrimas incrédulas y, por lo tanto, más dolorosas; me recordó a los japoneses cuando escucharon en la radio al Emperador Hirohito anunciar la rendición del Japón.

            La tenaz resistencia al triunfo de Trump no se hizo esperar. Antes de tomar posesión ya se hablaba de impugnarlo. Las ‘nomenklaturas’ de ambos partidos no perdieron un minuto en atacarlo. La prensa, casi en su totalidad, ha hecho de la crítica al Presidente su pan de cada día. Se le ataca por lo que dice o deja de decir; por lo que hace o deja de hacer; por lo que propone o deja de proponer. Las críticas se extienden a su círculo familiar, y no solamente por razones políticas, pues cubren hasta el vestuario o gestos analizados con lupa parcializada. Incluso el más pequeño de los Trump, sin tomarse en cuenta su temprana edad, ha sido atacado con tan poca ética y respeto a la niñez que la hija de los Clinton tuvo que salir en su defensa. Los funcionarios de la administración son acosados en lugares públicos y discriminados hasta la expulsión en otros; se les viola toda privacidad y su derecho al descanso como ciudadanos en sus tiempos libres. No hay tregua en esa asociación de la política con la más impositiva intransigencia, rayana con la persecución. Todo lo que pueda asociarse a Trump es caza libre; hay que hacerles la vida imposible a sus seguidores. Ni siquiera Richard Nixon y Bill Clinton fueron atacados con tanta ferocidad, a pesar de haber denigrado con sus actitudes la Presidencia como institución hasta ellos casi sagrada. Los resultados positivos de la política de la actual administración son silenciados o ninguneados; los negativos, agigantados, etc., etc. Cada tuit insomne de Trump suena en la noche como un disparo ofensivo que lo hunde más ante muchos y, por el contrario, lo asciende ante no pocos. Los senadores McCain y Schumer son, respectivamente, las puntas de lanza de las jefaturas de republicanos y demócratas en la resistencia a la Administración Trump, secundados, en lo fundamental, por legisladores de minorías diversas. En realidad los partidos que representan, en su caída desorientada, como que están siendo secuestrados por las más absurdas facciones de extremos opuestos, al punto de unos exigir la abolición del control fronterizo, y otros la deportación de todos los inmigrantes ilegales; que es decir, el caos. No en balde ya hasta se habla, incluso, de una posible Guerra Civil.

            Toda esa atmósfera hasta ahora desconocida en la historia contemporánea norteamericana tiene como objetivo la revocación del titular o hacer del todo imposible su elección para un segundo período. La Administración Trump no puede ser exitosa; es necesario hacerla fracasar por todos los medios. ¿A qué se debe esa saña de las élites políticas de demócratas y republicanos y la prensa que a ellas responde? En realidad no es saña, sino aterrorizado instinto de conservación. Si Trump tiene éxito como Presidente, tanto el Partido Demócrata como el Republicano corren el riesgo que quedar como piezas políticas del pasado, en el mismo baúl que COPEY, AD y siguiéndole los pasos al PRI y el PAN. Y lo peor es que no hay, hasta el momento, una alternativa tangible como, por ejemplo, el Partido Ciudadanos en España. La rebelión de las masas estadounidenses, sin rumbo fijo y a merced de extremistas de toda laya, pudiera conducir a la anarquía política a nivel federal; o sea: al fin de la más consistente democracia de tiempos modernos cimentada, construida y evolucionada exitosamente durante más de 300 años.

            Llegados a este punto no puede uno menos que preguntarse si la democracia, de la Antigua Grecia a los Estados Unidos, ya habrá cumplido su ciclo de vida como componente básico de la cultura occidental. De ser así, tanto Europa como las Américas habrán de verse con unas Tablas de la Ley rotas sin que al menos se haya comenzado a pulir la piedra ansiosa de cincel para unas tablas nuevas, hoy ni siquiera a medio soñar.

Sin embargo, a pesar de toda esa imagen negativa esbozada, espero, deseo y confío estar equivocado. Es más, casos hay en que, de manera excepcional, la destrucción del status quo no ha degenerado en el caos y/o la tiranía. Los viejos partidos políticos han sido suplantados por nuevas agrupaciones dentro del marco democrático, o figuras de marcada asociación con un partido decadente y hasta dictatorial han dado un inesperado vuelco para bien en su comportamiento histórico. Sirven de ejemplos recientes Emmanuel Macron en Francia y Lenin Moreno en el Ecuador.

El primero, luego de ser una figura de primer orden del Partido Socialista en el poder, decidió abandonarlo y crear en 2016 su propia congregación más al centro del espectro ideológico: La République En Marche! Con ésta acaparando el descontento general, Macron ganó la Presidencia y la mayoría parlamentaria del país galo tan solo un año después, enfrentado en segunda vuelta a Marine Le Pen, del partido Rassemblement National, como rebautizara el Front National que fundara su padre. Los más importantes partidos políticos tradicionales hasta entonces (Les Républicains y Parti Socialiste) fueron del todo barridos en el campo político francés. No obstante ello, la V República, afortunadamente, no sucumbió.

Lenin Moreno fue Vicepresidente del 2007 al 2013 del gobierno de Rafael Correa, quien cambió la Constitución del Ecuador para establecer la reelección indefinida. Dejando la silla presidencial a su vice, pensando que sería momentáneamente, se tropezó con que éste llevó a cabo un referéndum que, entre otros aspectos asociados al régimen heredado (y del que fuera parte) eliminó la reelección indefinida, propició la invalidación de funcionarios corruptos y otras medidas de adecentamiento político desconocidas. No en balde Correa, en la actualidad refugiado en Bélgica como prófugo de la justicia ecuatoriana, lo llama “traidor”.

Aunque excepcionales, los casos apuntados arrojan un poco de luz sobre la oscura atmósfera política actual. Ojalá se generalicen y prevalezca el sentido común, se conjuren tantas ambiciones personales, se ponga coto a la demagogia institucionalizada y, consecuentemente, la política deje de ser botín de pedestales. De generalizarse la decencia, la buena voluntad y la honestidad en los líderes de partidos políticos y la administración pública, la actual realidad histórica no sería más que una tormenta de tiempos borrascosos, tras la cual vendría la calma de las eras. De lo contrario, corremos el riesgo de quedar como una del todo frustrada generación que habrá dejado a sus descendientes, como sórdido codicilo único, una amarga herencia de desesperanzas.


Miami, verano de 2018.


*Publicado en tres partes en la Sección Tribuna Abierta de la Agencia de Noticias EFE (Edición USA) los días 16, 17 y 18 de julio de 2018.