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Monday, January 8, 2018

Raíces y horizontes de América Latina IV (Final)

Los apóstoles cubanos:
En Cuba, pasó algo similar: después de iniciar la guerra independentista, Carlos Manuel de Céspedes muere, destituido por sus antiguos seguidores, desterrado en una oscura finca sepultada en la manigua, medio ciego, con la ropa remendada, y aguardando en vano un salvoconducto de sus ríspidos compañeros de armas, para irse a vivir a Estados Unidos, donde lo esperaban su mujer e hijo. Este permiso se demoró lo suficiente para que los españoles lo encontraran y cazaran como un bandido o una fiera. Dicen que sus mismos amigos lo delataron con los españoles. Su disputa con Ignacio Agramonte y su enfrentamiento en la Asamblea Constituyente de Guáimaro lo acercan al providencialismo hispanoamericano.
20 años después, al intrépido y exaltado José Martí, vestido de oscuro y tupido paño inglés abrasador en pleno mediodía –aunque un poco nublado ese día en la llanura de Dos Ríos- en una escaramuza insignificante, lo derribó de su refulgente blanco caballo una descarga cerrada de la fusilería española, pero aseguran que quien lo remató a machetazos ya en tierra fue un cubano, que después alardeó de ello por cantinas y tugurios de mala muerte, donde gastó las pocas monedas con las que lo premiaron.
Admirador irrestricto de Bolívar, con quien en el fondo se identificaba, esto no estorba para que en su compleja y en ocasiones contradictoria personalidad y e intrincado pensamiento de Martí, se inclinara hacia el legalismo, lo cual lo enfrentó al Bolívar cubano, Antonio Maceo, con la vacilante neutralidad fluctuante de un estólido Máximo Gómez -aguerrido y resolutivo militar, pero renuente político sin demasiadas luces, a fin de cuentas- reproduciendo insularmente una situación que ya se había expresado en el territorio continental.
Esos enfrentamientos fueron comunes en todo el proceso independentista latinoamericano. Al plantearse la posibilidad y aún la necesidad de contar con una vida política independiente de sus respectivas metrópolis -ya fueran estas España, Inglaterra, Portugal o Francia- los países que hoy forman la América Latina, se debatieron entre varias posibilidades: desde las autonomías que mantuvieran la integridad imperial (lo mismo ocurrió en Estados Unidos, cuando lo intentaron en primera instancia, siendo aún las 13 colonias) hasta las monarquías, ya fueran de origen europeo o autóctono. A la conclusión republicana se llegó finalmente “por tanteo y error”, por el descarte de otras posibilidades que no cuajaron o demostraron su inoperancia. Iturbide entendió que sólo era posible mantener la unidad de la Nueva España independizada si había un poder único y, a imitación de Napoleón, decidió ser emperador. Por otra vía, pero con semejante resultado, el Brasil portugués llevó la corona a un miembro de la casa real de Braganza, el Emperador-Pianista Pedro I.
En México el imperio duró lo que el paradigmático merengue en la puerta del colegio. Pero en Brasil tomó más tiempo y aún se recuerda con nostálgica satisfacción. En México, la figura de Iturbide es tan execrada, que no figura en el Panteón de los Libertadores: se le tacha de traidor y ambicioso, para privilegiar y reservar toda la gloria a los “perdedores”; a él, que fue quien realmente venció y logró el triunfo, se la he proscrito de la gloria nacional, y por tanto sus restos no están en el Monumento de la Independencia, sino en la Catedral Metropolitana. Allí, en la misma capilla, cumpliendo su deseo, está el corazón de unos de los presidentes republicanos que lo admiraron, Anastasio Bustamante.
Está visto que es muy mal asunto iniciar una independencia, pero no tanto por sus enemigos, sino hasta por los propios amigos. Otro punto en común que tienen los pioneros independentistas latinoamericanos, es que más allá de las nociones de patria y honor, padecieron graves problemas económicos y personales: el cura Hidalgo se sintió especialmente poseído por el odio al español cuando su hermano mayor primero se arruinó y luego enloqueció: eso despertó ese “demonio que se le metió” (como confiesa en su proceso inquisitorial), y que según él lo incitó a cometer masacres como la de la Alhóndiga de Granaditas, donde acuchilló hasta a su compadre, con quien jugaba tresillo pacíficamente unos días antes; el otro cura, Morelos, se metió al sacerdocio por un fracaso de amores, pues una muchacha prefirió otro pretendiente y lo abandonó. Una de sus primeras acciones revolucionarias fue buscar al matrimonio, matar a machetazos al esposo, y llevarse a la mujer consigo. Carlos Manuel de Céspedes ya tenía su ingenio “La Demajagua” perdido por las deudas y el desastroso manejo económico, cuando decidió irse a la manigua y quemar los ingenios y haciendas de sus vecinos prósperos que no lo apoyaran. El propio José Martí, se lamentaba en una carta que su padre, honrado servidor público español, hubiera perdido su empleo quizá por su culpa, y estuviera ocupado como modesto sastre del ejército mexicano. Bolívar también fue rechazado por sus aristocráticos colegas “mantuanos”, que lo consideraban un parvenú. Y si buscamos con paciencia en cada uno de estos héroes epónimos, podremos quizá encontrar alguna causa de resentimiento personal y una serie de frustraciones motivadoras.
Al arribar a la conclusión de que América debía ser una república, los triunfadores se enfrentaron a una disyuntiva en cuanto a la esencia y el carácter mismo de ella. Primero: ¿una república aristocrática o meritocrática? Y luego: ¿una república parlamentaria o presidencialista?
Pero es muy significativo que, desde sus mismos inicios, detrás de cada proyecto de poder político dictatorial o autoritario en América está, aunque sea subliminalmente, el “mensaje bolivariano”.
No por la infame traición cuando entregó a Francisco de Miranda a sus captores, ni por la horrenda matanza, más bien Genocidio de Pasto, que perpetró, y ni siquiera por las frases despectivas de Carlos Marx cuando escribió sobre él, sino por la esencia misma de su pensamiento y acción política, Bolívar es un personaje con muchas, espesas y tenebrosas sombras en la historia latinoamericana. A partir de una concepción providencialista de la historia, Bolívar se sintió “El Elegido”, y, por tanto, “El Único” para llevar adelante la empresa: los otros eran mediocres, enanos mentales o ambiciosos, y a ninguno le reconoció méritos ni valores, y aún a su incondicional Sucre, el verdadero genio militar de las guerras, le apartó un sitio inferior en su trono, y eso sólo cuando sintió que ya era inevitable su desplazamiento del poder. Es cierto que Bolívar planteó la necesidad de la unidad latinoamericana, una sola gran nación desde el Istmo (así lo dijo en el Congreso de Angostura y luego en el de Panamá) hasta la Tierra del Fuego, pero gobernado por una figura que para ser rey sólo le faltaba la corona: un Protector Perpetuo y Absoluto que podría designar a su sucesor y quien, by the way, sería él mismo.
San Martín, no sólo más sensato sino mucho más humilde, cuando contempló personalmente en Guayaquil (durante la famosa entrevista secreta que decidió el destino de todo un continente), la hipertrófica condición del ego de Bolívar, volvió grupas en silencio y generosamente le cedió la gloria total y absoluta para darle el puntillazo final al imperio español, pues Bolívar se negó a compartirla y, todavía más grave, a unir las fuerzas de ambos para lograrlo, lo cual significaría casi una traición a la causa independentista: sólo sería Él, o no sería nadie. “El pueblo me adorará y yo seré el arca de su alianza”, le confiaba Bolívar a Santander, en carta del 21 de febrero de 1826.
Esa Unidad Latinoamericana impuesta contra la misma naturaleza, ha sido después el sueño húmedo de todos los dictadores continentales, desde Páez a Chávez, pasando por Perón y Castro.
Pero, no sólo más sensato y realista, sino más conocedor y comprensivo de la esencia de los países, San Martín prefirió pensar en un conglomerado de pueblos, una suerte de “mancomunidad” de naciones con un coordinador como emperador civil, pero con cámaras legislativas y judiciales representativas de cada región, lo que a la larga, precisamente por sensato y realista, fue el modelo que prevaleció: una Organización de Estados Americanos, es decir, la OEA, tan postergada hoy por dictadores como Castro y Chávez, pues ven detrás de ella el fantasma de San Martín, opacando las luces de su ídolo y modelo, el autoritario Bolívar. Quizá la OEA no sea lo mejor de nuestras posibilidades, pero dista mucho de ser lo peor que representan las otras opciones en el tablero político continental.
Así, pues, los revolucionarios latinoamericanos no suelen tener un buen fin, a menos que el guía tenga la suficiente visión y falta de escrúpulos para adelantarse a sus colaboradores y competidores, como fue el caso de Fidel Castro, quien siempre estuvo tres pasos por delante no sólo de sus enemigos sino de sus amigos y cómplices. Nunca le tembló la mano para cortársela al más pinto, que se le parara enfrente… o detrás. O incluso que imaginara pudiera hacerlo. Con aquella frialdad de máquina de matar que su “amigo” Guevara recomendaba debía poseer “un buen revolucionario”: sin dudas, en este sentido, Fidel fue el mejor de todos.


Saturday, January 6, 2018

Raíces y horizontes de América Latina III

Dos formas de pensar la América: Bolívar y San Martín. El triste destino de los precursores.
Alejandro González Acosta, México, UNAM.
Al llegar los españoles al Nuevo Mundo, había dos grandes imperios todavía en proceso de desarrollo, pero justamente en ese momento, ambos estaban atravesando una etapa de desintegración y debilitamiento por profundas luchas internas: los aztecas en el Septentrión y los quechuas en el Meridión. También se diseminaban por el territorio continental una multitud de otras civilizaciones -ya casi extintas, como los mayas- y varias colindantes aún con la Edad de Piedra. Algunas de estas últimas todavía hoy se mantienen así, sin muchas diferencias.
Siempre hubo una tendencia para tratar de uniformar la fisonomía del continente, a despecho de su diversidad climática, topográfica y cultural. Y esa proclividad se sostiene aún, aunque Jorge Luis Borges se burlaba porteñamente de la llamada “literatura latinoamericana”: ¿cómo puede hablarse de UNA literatura cuando cada región siente y escribe de distinto modo? ¿qué hay en común (además del idioma español con sus -en ocasiones muy distantes- variantes regionales y municipales), entre lo que hacen los argentinos y los mexicanos, los peruanos y los chilenos?…
En la política ha sido igual: desde siempre, aún antes de nacer como naciones independientes, se buscó una unidad imposible, y esto se resume en el triste pathos de los pioneros:
Tal parece que existe una maldición sobre los iniciadores de la independencia americana: los curas Hidalgo y Morelos fueron degradados y luego fusilados por la espalda. Agustín de Iturbide, verdadero autor de la independencia de la Nueva España, también murió acribillado por sus propios compatriotas, víctima de una ley que desconocía. Su fugaz y reticente aliado coyuntural, Vicente Guerrero, corrió igual suerte poco después, entregado por un traidor italiano.
De Bolívar aseguran que antes de morir dijo: “Ha habido tres grandes locos en la Historia: Cristo, el Quijote y yo”. Quizá esto sea una leyenda, pero tiene visos de verdad. Pero sí escribió en una carta resumiendo y aceptando su fracaso: “Aré en el mar y sembré en el viento”; dicen que se lo copió a San Agustín de Hipona, quien antes de ser santo y Padre de la Iglesia, fue un gran pecador...
Pero lo cierto es que los dos grandes Libertadores de la América del Sur murieron amargados y alejados de sus patrias: San Martín, en París, mirando con creciente preocupación a la República Argentina que había ayudado a levantar; y Bolívar en suelo ya colombiano, a punto de abordar un barco inglés para irse a vivir a Europa, indeciso entre París y Londres, cuando la muerte lo alcanzó, en la Hacienda de San Pedro Alejandrino cerca de Santa Marta, rodeado por su nutrida comitiva (que incluía edecanes, secretarios, ayudantes, escoltas, un mayordomo –José Palacios- y una cocinera ecuatoriana, Fernanda Barriga, más abundantes y solícitos sirvientes). El Congreso de la Gran Colombia le había concedido una pensión anual de 30 mil pesos y el beneficio que donde llegara fuera acogido y hospedado, junto con su comitiva, a cuenta del anfitrión: murió postergado, pero no pobre…
El Bolívar que llega a Colombia es muy diferente del que salió de Venezuela huyendo de su pasado: en Caracas siempre fue jinete; en Colombia, permaneció postrado casi todo el tiempo hasta su muerte. Arribó allí en una carreta aquel que pasó la mitad de su vida a caballo, como si hubiera nacido sobre la grupa. A Colombia entró cansado y enfermo, sin sueños, lejos de su pasada grandeza y vanidad, voluntarioso y dominante. Aquí se le interpone la muerte, ese final tan conocido y siempre sorpresivo, y corta su hilo. Hoy, su tumba en Caracas –de donde salió casi furtivo y amargado- se conoce como el Altar de la Patria y está rodeada por una veneración idolátrica, que se ha prestado a excesos furibundos, como la controvertida exhumación de sus restos que perpetró Hugo Chávez, quien se consideró y tituló su heredero y hasta “hijo”.
Hay dos Bolívares, uno para Venezuela y otro para Colombia: en la primera, siempre a caballo con la espada en alto; en la segunda, siempre de pie con la espada hacia el suelo. Quizá eso representa simbólicamente la voluntad dispar de ambas naciones: la invencible belicosidad de la primera y el legalismo siempre pospuesto de la segunda.
En cambio, José de San Martín, mejor militar que Bolívar, mucho más atinado políticamente, con una ejemplar modestia y sencillez personal y una generosidad proverbial, murió en el exilio –quizá de no haberlo impedido la muerte del venezolano, habría sido compañero de paseos de Bolívar por el parisino Bois de Bologne- y hoy reposa en un sencillo mausoleo en la Catedral de Buenos Aires.
Ambos Libertadores de América tuvieron proyectos muy distintos para el continente que independizaron. Bolívar, envuelto por un sentido de grandeza, concibió la unidad centralizada bajo su protectorado perpetuo, una Presidencia Vitalicia que pretendió imponer en Perú, Bolivia y la Gran Colombia, donde muchos vieron en los hechos una amenazante ambición monárquica; San Martín pensó primero en una monarquía parlamentaria al estilo inglés, pero al no encontrar candidato europeo que aceptara, más sensato, finalmente asumió el modelo de una federación de naciones reunidas en un concierto de voces, coincidentes en sus propósitos, pero con sus personalidades e identidades reconocidas y protegidas.
Sus legados simbólicos son dispares: Bolívar reposa en un mausoleo de grandiosidad imperial, mientras San Martín yace en un túmulo de sobriedad republicana. El primero le dio el nombre a su proyecto: Bolivarianismo. El segundo, más modesto, se limitó a llamarlo Panamericanismo. El boliviaranismo ha derivado notablemente hacia regímenes autoritarios o francamente dictatoriales; el panamericanismo se ha traducido generalmente en sistemas precariamente democráticos o repúblicas frágiles, aunque con honrosas excepciones. El bolivarianismo hoy se identifica con posiciones de izquierda y extrema izquierda, autoritarias y represivas, como en Venezuela; y el panamericanismo responde a un pensamiento liberal desarrollista por el cual se encaminan la mayor parte de las repúblicas latinoamericanas. Quizá por eso se explique el intenso odio que sintió Bolívar hacia Jeremy Bentham, cuyas obras prohibió por su utilitarismo, el cual después seguirían los Mills (James y John Stuart, padres de la economía moderna) y Adam Smith, todos autores en cambio muy celebrados por San Martín.

De algún modo, estas posturas se identifican éticamente con el autoritarismo y el legalismo liberal, entre el caudillismo exaltado y el parlamentarismo republicano. Y en Cuba tuvieron también sus expresiones, 50 años después.

Friday, January 5, 2018

Raíces y horizontes de América Latina II

Un continente en busca de su perfil y un destino: el peso de la diversidad en los orígenes.
Alejandro González Acosta, México, UNAM.
Las diez Conferencias Panamericanas (1889-1954), que sucedieron a los intentos previos de unidad y coordinación latinoamericanas (desde el Congreso de Panamá en 1826, y las reuniones subsiguientes por la unión hispanoamericana de 1847, 1856 y 1865), dejaron, entre muchos otros saldos, al menos dos instrumentos funcionales estratégicos: la Junta Interamericana de Defensa (1942) y la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre (1948), que antecedió por medio año a la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En esto, el continente fue pionero a nivel mundial, buscando darse un orden y una protección dentro de las leyes de sus países integrantes, como pactos civilizatorios que, aunque sin tener carácter vinculante, establecieron como comúnmente aceptados algunos principios básicos de convivencia regional e individual.
En estos últimos setenta años de entonces a la fecha de hoy, la historia latinoamericana ha derivado desde los propósitos unificadores y coordinadores de esencia práctica, hasta los proyectos regionales más ideologizados: desde el Tratado de Asistencia Recíproca de Río de Janeiro (1947), preámbulo de la Organización de Estados Americanos (1948), la Alianza para el Progreso (1961), el Foro de Sao Paulo (1990), y los más recientes Mercosur (1991), la disyuntiva irreconciliable entre la hoy expirante ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, 2004) y la coyunturalmente resurgente ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas, 1994),  y hasta el mucho más reciente Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, 2016) en el que, aunque de alcance extracontinental, se integran varios países latinoamericanos y que hoy parece recobrar fuerzas. 
Resulta evidente que, a pesar de sus diferencias y contradicciones, los gobiernos de esta región del mundo han buscado, buscan y continuarán buscando, mecanismos de asociación e integración que respondan a las políticas específicas de cada país en sus condiciones concretas, las cuales resultan mutables e inestables, y esto ha marcado hasta el presente la provisionalidad de cada uno de estos esfuerzos.
Todo esto a pesar de la reticente posición norteamericana enarbolada por Donald Trump de “volverse hacia dentro”, como hace milenios hicieron los mogoles chinos, y que en ambos casos se condensó arquitectónicamente en un cercado: la Gran Muralla China y el Muro Transfonterizo USA-México, que vendrán así a ser las dos únicas construcciones humanas visibles desde ese estupefacto satélite reflejante que es la luna, testigo de amores y odios sin fin. El espíritu integrador fronterizo que alguna vez animó la creación de ciudades hermanas como Calexico (fundada en 1908: California-México) y Mexicali (establecida en 1903: México-California) como “ciudades espejo”, está expirando. Ahora serán pueblos vecinos que viven de espaldas, empeñados en una empresa imposible, tratando de negarse uno al otro.
La verdadera fusión comercial y económica sólo se alcanzará –la práctica y la historia lo han demostrado- cuando exista una homogeneidad política y social. Son muchos y muy antiguos los pasos dados por la América Latina para lograr una integración funcional, hasta llegar al día de hoy, de pronóstico incierto, cuando aún un tratado exitoso como el NAFTA amenaza ser disuelto unilateralmente: Mucho ruido y pocas nueces, diría melancólicamente un Shakespeare continental asomado al espectáculo histórico de nuestras naciones. Sin embargo, al parecer el aldeanismo latinoamericano (herencia del español conquistador y la fragmentación autóctona original), ha tenido raíces más profundas y resistentes que el tribalismo africano, pues el “continente negro” planteó su primera voluntad unificadora apenas en 1963 con la Organización para la Unidad Africana (OUA), y ya en 2002 transitó hacia un nivel superior de coordinación con la Unión Africana (UA), que ya ha obtenido importantes logros incuestionables, a pesar de las numerosas limitaciones que aún padecen en ese continente. 
Actualmente, los países africanos están ofreciendo un gran ejemplo al mundo al conciliar esfuerzos multinacionales para un empeño de repercusión planetaria: la siembra de millones de árboles circundando el amplio territorio del Sahara para detener y acaso revertir su expansión. 
Mientras, en América Latina, la conservación del Matto Grosso se le ha atribuido exclusivamente a Brasil, aunque debería ser un interés continental y mundial. En esto, América Latina sigue detrás de África, lo cual aporta argumentos para apoyar esa balcanización de la política continental que se eleva a condición histórica casi genética. 
Pero esto se dificulta a partir de las diversas ideas de “lo latinoamericano” que han interactuado en estos últimos siglos, y que pueden sintetizarse esquemáticamente en dos grandes corrientes de pensamiento geopolítico, las cuales a su vez se condensan en dos nombres, que resultan símbolos continentales: Simón Bolívar y José de San Martín. Estos dos personajes han sido el resultado histórico de centurias anteriores para tratar de fijar el contorno y los rasgos de un rostro latinoamericano, y después de ellos, han sido los pivotes –explícita o implícitamente- de toda conceptualización de lo que fuimos, somos y seremos. Hoy ambos tienen una renovada actualidad, y sus posiciones sobrevuelan el escenario especulativo filosófico, histórico, económico y político de nuestro entorno regional.
Desde la Carta de Jamaica (Kingston, 6 de septiembre de 1815) escrita por un desolado Simón Bolívar, a la actualidad, son numerosos los proyectos que han propuesto la unidad latinoamericana, idea admirable pero impráctica, que desconoce las particularidades de cada región y país. Jorge Luis Borges afirmaba con certidumbre que no existía una América Latina, sino una creativa sumatoria de países individuales expresados en sus respectivas literaturas. Partiendo de la diversidad de los pueblos autóctonos, que carecían de un concepto de patria y mucho menos de nación, advino posteriormente el control centralizador hispano en el continente, primero con los dos grandes y antiguos virreinatos de la Nueva España y Perú, a los que se agregaron luego los de más cercana creación, como los de Nueva Granada y La Plata, complementados por Capitanías Generales en Chile y Cuba, con Audiencias diseminadas para atender el aparato jurídico. Los tradicionalistas Habsburgos (procedentes del complejo mosaico del imperio germano-austro-húngaro) reconocieron la particularidad y diversidad de los pueblos americanos, y los modernizadores Borbones (llegados de la centralizada Francia) trataron de imponer la homogenización de los dominios hispanos.

Thursday, January 4, 2018

Raíces y horizontes de América Latina I: Las muchas Américas

Alejandro González Acosta, México, UNAM.
América no fue “descubierta” sino que la inventaron, en el decir de Edmundo O ‘Gorman. Esta afirmación, más que una frase ingeniosa, responde a una realidad comprobable: el Viejo Mundo necesitaba completarse con el Nuevo, para que así surgiera la imagen de un orbe en su totalidad e integralidad. Por primera vez, de modo consciente y admirado, el planeta se observaba a sí mismo, consecuente de su tamaño y posibilidades. De ahí que resulte al menos pueril la actitud reticente (en el mejor de los casos) o violenta, de quienes hoy pretenden, gobernados por ideologías metahistóricas absurdas, negar y ocultar bajo prosas difusas y profusas, la magnitud del evento mundial que significó aquel 12 de Octubre de 1492.
Pero, realmente, Colón no descubrió nada en esa fecha, puesto que ya todo estaba ahí desde mucho antes. Sin embargo, su mérito histórico fue esencialmente la oportunidad de su acción: fue el primero que llegó a “alguna parte” (él mismo nunca supo que se trataba de un nuevo continente y de hecho apenas se asomó más allá de las islas circundantes, pues sólo tocó tierra firme en una fugaz escala en el Golfo de Panamá), y después regresó para transmitir la noticia; es decir, logró completar el ciclo que otros, mucho antes, no habían conseguido. Su mérito, pues, para decirlo en términos actuales, fue de timing. Y esto, más que un logro personal, fue el resultado de los aires de su tiempo, pues ya se necesitaba que apareciera esa otra porción, hasta entonces ignota para el resto del planeta que se conocía entre sí. El proceso posterior inauguró lo que alguien ha calificado como el éxito, más allá de la tecnología, de la nutrición: fue el triunfo del trigo sobre el maíz.
Los europeos necesitaban un lugar donde se hicieran realidad las utopías provenientes desde la Antigüedad, enriquecidas por el pensamiento del Renacimiento y luego, con el añadido posterior de la Ilustración: los hiperbólicos relatos de Marco Polo y las fantasías de John de Mandeville, se juntaron después con los sueños de un bon sauvage de Rousseau, Voltaire y Vives.
Así, marcada por la diversidad, el contraste y la contradicción, nació eso que hoy nombramos lo mismo América Hispana, que América Latina, Latinoamérica, Hispanoamérica, o Iberoamérica: un mosaico de identidades y pluralidades diversas, que incluso se han empeñado en llamar también Indoamérica, Aridoamérica y de varios modos más.
El enigma y la contradicción están en el mismo origen de América. No se sabe muy bien todavía cómo se pobló este continente, pues dicen que fue de distintos modos y por diferentes vías: lo mismo el francés Paul Rivet (1876-1958) (Teoría oceánica multirracial: Los orígenes del hombre americano, 1943), que el bohemio Alex Herdlicka (1881-1943) (Teoría del origen común: La fase neardenthal del hombre, 1927)[1], o el pionero argentino Florencio Ameghino (1854-1911) (Teoría autoctonista: Antigüedad del hombre en el Plata, 1890), y otros que los combinan en diversos grados.
Actualmente, los estudios avanzados de la genética antropológica, parecen abrir nuevas oportunidades para entender cómo se formó este mosaico poblacional y sus características regionales, así como sus interacciones. Serán los mismos genes de los humanos los que cuenten Su Historia y sus historias. Quizá la antropología genética concebida por Goicoche Méndez desde la década de 1980, pueda decirnos más de esos remotos y complejos orígenes. Siguiendo su huella hoy se encuentran Douglas C. Wallace (1990), James Neel (1994) y David Andrew Merriwether (1999), aportando nuevas teorías basadas en el espectro genético.
Algunos también han hablado de los egipcios, sumerios, fenicios, griegos, chinos, polinesios y otras civilizaciones, y hasta de los extraterrestres (como varias interpretaciones sobre las famosas líneas de Nazca), como probables antepasados. Y todavía otros sorprendentes iluminados propusieron la presencia del propio Apóstol Santo Tomás en el origen mismo de la noción de Quetzalcóatl y la venerada Virgen de Guadalupe, como José Ignacio Borunda (1740-1800) y su febril Clave historial (1790), que derivó en el herético sermón (1794) pronunciado ante el asombro, estupor e ira general, por el alucinante fray Servando Teresa de Mier (1765-1827), nada menos que desde el púlpito de la Insigne y Real Colegiata de Guadalupe, casi en la puerta del siglo XIX. Probablemente todas estas propuestas tengan razón o al menos parte de ella, pero ninguna resta un adarme de la importancia del Descubrimiento (“encuentro de dos mundos”, “reconocimiento mutuo”, “tropiezo”, “encontronazo”, “invasión europea”, “genocidio hispano”…) que realizaron Colón y sus compañeros, después de un viaje realizado contra toda racionalidad, porque fue a partir de la noticia difundida por ellos a su regreso, que quedó ya perdurablemente en la conciencia europea y luego mundial, la presencia de un continente que siempre había estado ahí, pero que por muy diversas circunstancias, aún no se había integrado con el resto del planeta. Una hazaña como la realizada por Thor Heyerdahl casi 500 años después, no hizo más que resaltar las dificultades y riesgos del viaje inaugural emprendido por los navegantes españoles comandados por un enigmático genovés (¿grumete gallego, pirata francés, traficante catalán, judío portugués?). Su rostro poco importa y su perfil se pierde en los tiempos; porque lo realmente importante, es la huella que abrió para otros.
El origen del conflicto para explicarnos de dónde venimos, proviene desde tan remota fecha como cuando “nació América” (o la “inventaron”, según O ‘Gorman): Cristóbal Colón, Pedro Mártir de Anglería, Miguel Cabello de Balboa y Benito Arias Montano, creyeron que era el reino de Ofir, donde señoreaba por su belleza y sabiduría la Reina de Saba; Alejo Venegas supuso que los primeros pobladores eran cartagineses; Agustín de Zárate, propuso a los sobrevivientes de la Atlántida platónica; José de Acosta, que fueron los hijos del dios Neptuno y las Diez Tribus Perdidas de Israel; Diego Andrés Rocha, los hijos de Túbal, hijo de Jafet, nieto de Noé. Y muchos otros después: los vikingos, los templarios, los iluminatti… y hasta un santo marinero como San Barandán (o Brandán) y su furtiva y esquiva isla móvil, que no lo fue tanto como para que no la fijara Abraham Ortelius en su maravilloso Theatrum Orbis Terrarum (1570). Los cronistas españoles registraron esta traviesa peregrina como Isla de los Bacallaos, por corrupción del bacalao, pez abundante en las aguas del Atlántico Norte donde navegaba el santo. Ese enigma del origen de América y las confusiones que provocó inicialmente, han movido a historiadores para recuperar las obsesiones a las que dieron sorprendentes respuestas provisionales, desde el mexicano Alfonso Reyes (1889-1959) y su Última Tule (1942), hasta el peruano José Durand (1925-1992) con Ocaso de sirenas. Manatíes en el siglo XVI (1950).
Fue Gabriel García Márquez (1927-2014) quien, en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura en 1982, “La soledad de América Latina”, se refirió a este continente como el de la fantasía, la contradicción y el contraste, condensándolo todo en la exageración y su inmediata derivación, la locura: “Realidad descomunal”, la resumió el ambiguo colombiano.
Por su genética, su geografía, su historia, su propósito y su origen mismo, América es el continente de los enigmas y los contrastes. Todo lo anterior confirma la convicción de que es el reino de lo heterogéneo, lo diverso y discrepante, lo contradictorio y asombroso, donde los opuestos se tocan y complementan más que excluirse, y trazan la silueta imprecisa de una porción del planeta que busca aún sus orígenes y su destino.
Quizá por esos orígenes difusos y colindantes con lo fabuloso, gran parte de nuestra historia haya sido y sea tan enloquecida, contradictoria y febril. Es natural y hasta explicable que si aún no sabemos bien de dónde venimos, ni qué somos, ignoremos todavía a dónde vamos ni qué seremos. Seguimos indagándolo, entre tropezones: esa es, precisamente, nuestra historia, la biografía de nuestros mil años de soledad. Pienso que esa diversidad paradójica en los orígenes y su formación, predisponen a la América Latina para las posiciones contrastantes y contradictorias, aun cuando persigan objetivos similares y propósitos coincidentes. Por eso es natural e inevitablemente la patria de dos próceres como Bolívar y San Martín, con dos ideas muy diferentes de lo que debía ser el continente.




[1] Precedida por los planteamientos de Charles Conrad Abbott y sus sorprendentes hallazgos fortuitos en una granja norteamericana en 1876.

Thursday, December 28, 2017

La descendencia de Moctezuma

González Acosta, con la credencial de uno de los descendientes de Moctezuma. Con ella cobraban la pensión.
El periódico español El País consulta al miembro de la AHCE Alejandro González Acosta sobre la descendencia del último emperador azteca:
Mucha gente en México sabe que Moctezuma Xocoyotzin procreó intensamente. La mayoría de los cálculos le adjudican 19 vástagos, lo cual, entonces y ahora, resulta extraordinario. Los aztecas pensaban que la línea sucesoria era cosa de las mujeres, una especie de seguro sanguíneo. El historiador cubano Alejandro González Acosta, experto en parte de la heráldica de la realeza azteca lo resume de esta manera: "hijo de hija mi nieto es, hijo de mi hijo quién sabe. Los judios también lo hacían así". González Acosta, investigador del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, ha estudiado al detalle el árbol genealógico de la hija mayor de Moctezuma, bautizada Isabel tras la conquista. Es un erudito de las ramas reales, la línea sucesoria. Si hoy, a 500 años de la caída de Moctezuma y sus breves sucesores, Cuitláhuac y Cuauhtémoc, si hoy, vaya, alguien reclamara el trono de la gran Tenochtitlan, debería ser algún primo de Federico Acosta. Quizá era alguno de los que fueron a aquella reunión en el Ajusco.

Tuesday, December 19, 2017

Dos joyas recientes de estudios sobre el Siglo XVI en América (I)

Por Alejandro González Acosta

2015 fue un año que merece destacarse en el territorio de los estudios del siglo XVI en América, pues en él aparecieron al menos dos obras notables que constituyen, cada una de ellas, sólidos aportes para el mejor conocimiento de la significación y características del primer siglo de la colonización española. Los estudiosos del tema americanista en el siglo XVI, podemos celebrar ese año como portador de una excelente cosecha de contribuciones muy sustantivas para los intereses que nos ocupan.
En realidad, fue apenas en el 2016 cuando empezaron a circular y conocerse los dos libros, que fueron impresos a finales del año anterior, pero ya constituyen, cada uno, obsequios investigativos con un sólido y perdurable valor, y sin pretender abusar del manido adjetivo, quizá resulten históricos. Sin embargo, todavía ahora, ya finalizando el 2017, apenas han recibido la justa atención de la crítica que merecen.
El primero de los libros es el sustantivo aporte que una profesora sevillana establecida en la Universidad de Zaragoza ha hecho con impecable y ejemplar dedicación, y era algo muy necesitado desde mucho tiempo atrás: la edición paleografiada y anotada del que quizá sea el más antiguo testimonio jurídico hispanoamericano conservado hasta hoy, escrito por un escribano autóctono en América: El Libro de protocolo del primer notario indígena (Cuzco, siglo XVI). Cuestiones filológicas, discursivas y de contacto de lenguas (Madrid, Iberoamericana-Vervuert, 2015)*, de la doctora Rosario Navarro Gala. Que yo conozca, no tiene siquiera un equivalente cercano.
La importancia de este aporte es difícil de reseñar. Se trata de una pieza que hasta por lo que ahora sabemos, no cuenta con parangón en su época: el rescate, aunque fragmentario, de lo que quedó de un testimonio escrito con alto valor documental, de un instrumento muy importante para la vida y la práctica judicial en una comunidad indígena específica, en una tan temprana fecha como las tres últimas décadas del siglo XVI, referida a una comarca periférica como Cuzco, es sin duda un hallazgo de valor incalculable. La “fortuna” de la investigadora –que no es tal, sino la pericia, la perseverancia y el dominio de los instrumentos de investigación- le permitió encontrar un tesoro en medio de una jungla de papel, dentro del conjunto de documentos indebidamente clasificados del valioso y todavía poco explorado Archivo Regional del Cuzco, antigua capital del imperio incaico.
Una obra como ésta, nos permite conocer con mayor detalle la compleja organización de la sociedad indígena, multiétnica –no hay que olvidar que allí  ya convivían indistintamente los pueblos originarios quechuas y aimaras dentro de un vasto imperio andino, y después se añadieron pobladores foráneos, españoles y de otras procedencias, según veremos- a partir de instrumentos jurídicos -testamentos, compra-ventas y legados- así como la riqueza vital de esa comunidad, y posibilita trazar, documentadamente, un perfil más preciso de lo que fue la vida de los indígenas bajo las condiciones de la colonia temprana en el Perú virreinal.
La obra se divide en dos Partes. En la Primera realiza una prolija y precisa descripción de las condiciones socioculturales del Cuzco criollo –ya refundado por los españoles- y los primeros tiempos de esa ciudad, así como el personaje Pedro Quispe, ese “escribano público de cabildo indígena”, quien es, sin dudas, un sujeto excepcional digno de estudio. La autora no se limita a reunir, descubrir y exponer, sino además analiza con cabal propiedad las prácticas discursivas y las estrategias de comunicación que se muestran en el conjunto documental, dentro de las múltiples modalidades de las piezas jurídicas que ofrece, así como la progresiva apropiación de la lengua impuesta por los españoles, por un sector minoritario en principio, pero creciente, que representa fielmente el indígena letrado Pedro Quispe, con su progresiva inserción en las nuevas condiciones planteadas por la realidad histórica. Esas variantes y peculiaridades del castellano temprano en su variedad andina, resultan minuciosamente estudiadas por Navarro Gala, así como los aspectos fonéticos, fonológicos y morfosintácticos.
Las dos terceras partes del grueso volumen (442 páginas), están dedicadas en la Segunda Parte a ofrecer el valioso documento con una sagaz paleografía y transcripción cuidadosa, enriquecidas además con anexos oportunos y láminas muy adecuadas para visualizar el documento, sin reserva alguna, memorable.

Esta obra interesa, pues, a historiadores, antropólogos, lingüistas, juristas y toda una dilatada sucesión de especialistas muy diversa y es, que sepamos y hasta nueva prueba que venga a desplazarla de ese sitial, el documento testimonial jurídico indígena transculturado más antiguo conservado hasta ahora en toda la región americana. El libro de Navarro Gala creo dará mucho para tratar, pues ella nos obsequia una pieza con múltiple riqueza temática, lo cual sin duda moverá la atención de los numerosos estudiosos involucrados con estas disciplinas.

[Continuará]

*Rosario Navarro Gala, El Libro de Protocolo del primer notario indígena (Cuzco, siglo XVI). Cuestiones filológicas, discursivas y de contacto de lenguas. Madrid, Iberoamericana-Vervuert, 2015. 442 pp. ISBN: 978-84-8489-875-7 (Iberoamericana), 978-3-95487-415-6 (Vervuert).