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Thursday, January 10, 2019

"Aportaciones del totalitarismo caribeño"

Reseña que acaba de aparecer en la española Revista de Libros:


La posibilidad del crimen

Por José Lasaga Medina



El totalitarismo no ha creado el mal,
apenas lo ha organizado como nunca
antes.

Enrique Del Risco

Después de la devoción de un lector, el odio de una dictadura es el mejor
premio a que puede aspirar un poeta.

Manuel Díaz Martínez

Un título descriptivo para este libro podría ser: «Textos sobre las aportaciones del totalitarismo caribeño al control social de especies intelectuales y afines». El autor, con buen criterio, ha preferido titular con una imagen alusiva, inspirada en una cita del narrador cubano Leonardo Padura que aparece al comienzo del libro como motto del mismo.
Si traducimos el eufemismo, surgirá diáfano el tema y motivo de la presente antología: «el compañero que me atiende» es el «seguroso» (magnífico hallazgo verbal), es decir, el oficial de la Seguridad del Estado encargado de vigilar, escuchar, observar, en definitiva, «atender» al escritor, artista, poeta, periodista, de forma que sepa que es sometido a «cuidados» tan solícitos como intimidatorios, para que no cometa «errores» o desviaciones respecto de la «verdad» revolucionaria. La aportación que el castrismo ha hecho a los hitos precedentes en las relaciones de los Estados totalitarios con sus intelectuales reside en que, antes, el intelectual era perseguido cuando había escrito o declarado algo considerado por el poder peligroso o nocivo; en Cuba, como queda bien acreditado en muchas de las entradas de la antología, los agentes de seguridad se preocupan antes de que haya algún dato objetivo sobre posibles desviaciones, disidencias o desafecciones. En otras palabras, se dedican a vigilar para interesarse por lo que leen, escriben, pintan o componen; o solicitar su colaboración ‒prueba de que está con «nosotros»‒ para espiar a otros colegas, a «compañeros» que no habrían hecho nada, y que aún mantendrían intacta su fe en el proyecto revolucionario o que, en el peor de los casos, se moverían en la zona templada.
Eso explica un dato que, a buen seguro, chocará al lector: muchos de quienes merecieron la atención del «seguroso» de turno recibieron o recibirían premios de las instituciones culturales de la revolución. Así, los cuerpos de seguridad del Estado se parecían más al confesor de adolescentes que, en el silencio del confesionario ‒inevitable no recordar que los hermanos Castro se educaron con jesuitas‒, pregunta con discreción, pero con firmeza, sobre prácticas prohibidas, que a la imagen del sudoroso «poli» que berrea preguntas en el cuarto inhóspito al aterrado ciudadano. Pero de todo hallará el lector.
Hay que agradecer al autor de la antología, el escritor exiliado Enrique Del Risco (autor, entre otras obras, de unas memorias sobre su paso por Madrid inexplicablemente amables y generosas ‒tampoco nos portamos tan bien‒), hay que agradecerle, decía, además de la existencia de este centón de textos, casi sesenta colaboraciones (cincuenta y siete, para ser exactos), que le haya antepuesto un prólogo tan breve y penetrante como sustancioso.
Comienza por aclarar que esta antología inaugura un nuevo género literario, que denomina «totalitario policiaco», que, por razones fáciles de entender, se basa en un tipo de experiencias que «demoró bastante en convertirse en literatura». A diferencia de ciertos libros que hablan de esto mismo, como los relatos de Kafka o 1984 de Orwell, aquí el camino es el inverso: si estos fueron de la ficción a la realidad, los autores de la antología van de la realidad a la ficción. La coincidencia con los héroes virtuales de las obras mencionadas reside en que los protagonistas de los relatos, poemas, informes o cuentos aquí recogidos tampoco saben muy bien por qué merecen las atenciones del MinInt (abreviatura del Ministerio del Interior). Como dice el antólogo, «no persiguen el crimen, sino su posibilidad», lo cual viene a ser, si se para uno a pensarlo, una especie de monstruo metafísico: lo posible no existe. De ahí la extraña síntesis kafkiano-caribeña: el escritor de turno sabe sobre los motivos por los que es «atendido» tanto como el protagonista de El proceso, pero recibe una calurosa advertencia en un lenguaje tan coloquial como eufemístico. Hablamos de nuevos refinamientos en viejos mecanismos de terror: el advertido o detenido no tiene que conocer su (posible) crimen, y sus compañeros y familiares, menos aún. En el fondo, tratan de convencerte de que no eres culpable, al menos no demasiado, explica Del Risco, resumiendo algunas de las experiencias en que coinciden los relatos: el Estado o la Revolución confían en ti, conocen tus pasos y son comprensivos con tus faltas. Quieren tu ayuda. Y, de vez en cuando, el «compañero» intenta comprometer al pupilo o pupila con alguna tarea sencilla para comprobar su grado de fidelidad a la Revolución, es decir, a Fidel.
Alguien podría extrañarse de que escritores jóvenes, educados en los principios de la filosofía marxista-leninista, anticapitalistas convencidos y algunos antiyanquis, sean vigilados y presionados para colaborar. Pero hay una explicación lógica y convincente que fue ya descubierta por Hannah Arendt en su clásico estudio Los orígenes del totalitarismo (1951) y confirmada por el comportamiento de las policías de seguridad con los disidentes en los países de Europa del Este en la crisis de los años ochenta. Václav Havel, entre otros, teorizó desde la cárcel que, cuando una dictadura se basa en la ideología, es decir, en la deformación sistemática de la realidad para que ésta encaje, sí o sí, en el ideal, el simple hecho de declarar la verdad se convierte en un auténtico ataque al corazón del Estado. En el fondo, saben lo que se hacen.
Del Risco escribe su prólogo con el estilo que va a predominar a lo largo de la antología, estilo que puede nombrarse con una palabra: ironía. Me ha llamado la atención el hecho de que la mayoría de las descripciones no incluyan emociones de odio o resentimiento. Coinciden muchas en la perspectiva oblicua que ve en el humor la mejor arma contra la estupidez totalitaria. (Alguna vez, alguien se dedicará a estudiar el rebajamiento ético, estético e intelectual que todo proceso revolucionario termina generando). Así, el autor de la antología no duda en agradecer a los cuerpos de seguridad de la revolución cubana su aportación a la literatura. A la monotonía y uniformidad del acoso, a las formas estandarizadas de «atención» al compañero, que admite muy pocas variantes, corresponde una notable diversidad en las formas literarias que describen la experiencia, y que van desde el informe o las memorias al relato de ciencia ficción, pasando por el poema o la obra de teatro. Un ejemplo magnífico de esa ironía, que pocas veces se desliza hacia el sarcasmo, lo tenemos en las líneas iniciales del texto de Verónica Pérez Kónina, «Carta de agradecimiento a los censores», texto escrito expresamente para esta antología, cosa no infrecuente: «Debo confesar que mis mayores agradecimientos los guardo para los censores. Sin ese Ejército Secreto, ¿quiénes seríamos nosotros, los que aspirábamos y aspiramos a ser escritores? ¿Quiénes sino ellos se habrían leído nuestras primeras obras, tan imperfectas, tan ilegibles? ¿Quién hubiera seguido con tanta atención todo lo que escribíamos? ¿Quién otro podría haberle dado ese aire de azarosa aventura al oficio de escribir?»
Con la precisión que ya hemos elogiado, Del Risco capta la nota de originalidad que caracteriza el programa de represión castrista: «esa mezcla entre una vigilancia y control eficaces con la chapucería inherente al sistema en su conjunto», que se manifiesta en «la opulencia de la represión», en «su absurdo inagotable», de los que hallará el lector abundantes ejemplos. Menciono uno: la historia del escritor exiliado que decide regresar a Cuba para rodar clandestinamente una película que refleje la realidad de la vida cotidiana. La pone en marcha en un apartado rincón de un pueblo perdido. La filmación no escapa a la mirada de algún chivato y el escritor recibe una citación. Se presenta ante el jefe de seguridad, al que convence de que, si no le permite terminar una filmación que pretende ensalzar «la belleza de la cultura cubana», cuando vuelva a París contando que les impidieron filmar, dará la impresión de «que vivimos en un terror completo». El jefe de la Seguridad responde con una sonrisa maliciosa: «Necesitamos gente como usted allá afuera. Gente que se codee con las altas esferas de la sociedad para saber qué planes tienen en contra de nuestra Revolución». Y le pasa una pequeña tarjeta con el número del agente Vladimir.
La antología cubre el medio siglo largo de vida de la dictadura castrista. Organizada cronológicamente, se divide en una primera sección más breve que abarca los primeros veinte años, de 1959 a 1979, a la que siguen los apartados dedicados a las siguientes décadas, los años ochenta y los noventa y una última sección, quizá la más poblada, que reúne los textos que tienen lugar «Después del dos mil». Del Risco invitó a colaborar expresamente a los participantes, lo que exigía que estuvieran vivos para dar su consentimiento. Algunos de los textos han sido expresamente escritos para la ocasión y se identifican como tales. Otros habían sido ya publicados o proceden de manuscritos inéditos. Al final de los textos, el lector encontrará un breve currículo profesional de cada colaborador. El más viejo, nacido en 1936, es el poeta Manuel Díaz Martínez y, la más joven, la también poeta y novelista Legna Rodríguez Iglesias, nacida en 1984. Ambos fueron premiados por instituciones de la revolución cubana y ambos viven actualmente en el exilio y. por supuesto, ambos recibieron la visita del «seguroso compañero».
Este libro es muchas cosas, entre otras, una magnífica antología literaria, pero también una radiografía de los instrumentos de represión que la Revolución fue dándose a sí misma conforme cambiaban los tiempos. Después de que esta se afianzara y no fuera ya necesario aplicar la dialéctica «amigo/enemigo» porque los enemigos, bien estaban muertos, bien se habían exiliado, llegaron la ley de peligrosidad, la ley contra la vagancia y sus complementarios «espontáneos», tales como los actos de repudio o los «asesinatos de reputación». Más adelante se depuraron los procedimientos, especialmente los de tipo preventivo. Existía ‒y seguramente aún está en vigor‒ un procedimiento por el cual, si no te mostrabas colaborador con el «compañero que te atendía» te llevaban detenido y te «invitaban» a firmar un Acta de Advertencia oficial por la que el «atendido» se autoincrimina al reconocer que se halla en un estado de «peligrosidad predelictiva” (sic). Pero no es una broma. Si el estado «predelictivo» ‒de nuevo el monstruo metafísico: el delito no existe, pero sí tiene consecuencias‒ se sostiene en el tiempo, a juicio de los vigilantes, tenemos que tres actas equivalen a peligrosidad y esto a tres años de cárcel sin juicio.
No me corresponde recomendar unos relatos frente a otros. Sorprende el excelente nivel literario que alcanza la inmensa mayoría. Me parece un acierto comenzar con un ensayo que reconstruye el famoso «caso Padilla» a partir del testimonio de uno de sus protagonistas, el novelista chileno Jorge Edwards, autor de Persona non grata. Fue la primera puesta en escena de que la Revolución iba a tolerar pocas cosas, a pesar de haberse envuelto desde el primer momento en las banderas de la cultura y la creación. Faltaba hacer explícito lo implícito, que los más avisados sí intuyeron: una obra pasará la aduana si y sólo si sirve a los intereses de la Revolución, es decir, a los de Fidel (los hermanos Castro). De esas primeras experiencias se decantaron ciertas sabidurías: un amigo advierte a Edwards durante su primer viaje a La Habana para abrir la embajada de Chile, por encargo de su amigo Salvador Allende: «Habla bajo. ¡La policía se mete en todo!» Y el cronista concluye: «De manera que el micrófono ‒incluso el que deviene mental‒ ha quedado para nuestra historia nacional como ese punto diminuto que favorece la relación de poder que va del tirano hasta el poeta, penetrándolo, para luego domarlo o expulsarlo».
No me resisto a citar el relato ‒por cierto, el más breve‒ que mejor refleja el espíritu de resistencia que los autores de este libro comparten en defensa de su libertad de escribir, pensar y actuar. Se titula «Hasta que la delación te alcance»:
El delator del cual hablamos [...] se sentó frente a Olmo y le dijo:
‒ Te voy a delatar.
Olmo amaba la rectitud de la gente. Y la transparencia de alma en la gente. Y la resolución en los ojos de la gente. «Un delator honrado», se dijo Olmo con las pupilas húmedas. Y lo abrazó, lo abrazó como no abrazaba a nadie en muchísimo tiempo.
Y como el universo totalitario basado en la ideología es el mundo del revés, a mayor inverosimilitud en los hechos relatados, mayor veracidad de la ficción.

José Lasaga Medina es catedrático de Filosofía de enseñanza media, profesor de Filosofía en la UNED y profesor investigador en la Fundación José Ortega y Gasset. Ha sido comisario de la exposición El Madrid de José Ortega y Gasset (Residencia de Estudiantes y Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, mayo de 2006).  Es autor de José Ortega y Gasset (1883-1955). Vida y filosofía (Madrid, Biblioteca Nueva, 2003) y Figuras de la vida buena. Ensayo sobre las ideas morales de Ortega y Gasset (Madrid, Enigma, 2006), y editor de Ortega en pasado y en futuro. Medio siglo después (Madrid, Biblioteca Nueva, 2007).

Thursday, January 3, 2019

Una biografía


Por Enrique Del Risco
 
Me hacen llegar unas páginas de una biografía de Fidel Castro para niños publicada en Estados Unidos. Se trata de “Who was Fidel Castro?” de Sarah Fabiny que forma parte de la misma colección que publica biografías para niños de personajes como Jefferson, Hamilton, Disney, Einstein o Martin Luther King Jr. Ya las otras figuras que lo acompañan en la colección sirven para llevarse una idea.
La biografía parece, cuando menos, desinformada. Dice, por ejemplo, que no se sabe si Fidel Castro se casó o no con Dalia Soto del Valle cuando en cualquier búsqueda de segundos en internet da suficientes detalles. Como que Fidel conoció a Dalia siendo ella menor de edad y de inmediato la embarazó. Y que luego se la hizo llevar para La Habana pero no se casó con ella hasta después de la muerte de Celia Sánchez, la más oficial de sus amantes, en 1980.
Dice la periodista Lissette Bustamante de la misteriosa relación:
"En el año de1961, Castro había ido a Trinidad (una región al sur de la isla) dónde conoció al papá de Dalia, (que por cierto, este señor era un hacendado que perdió muchas tierras con la Revolución). Fidel llegó allí para dar un discurso sobre la alfabetización y entre la multitud sobresalía una hermosa chica de 17 años, rubia de ojos azules. (las rubias siempre fueron su debilidad, Fidel era muy mujeriego) Y al Comandante, quien entonces tenía 36 años, le llamó la atención la chica. Entonces él ordena a su asistente, Pepín Naranjo, que invite a Dalia a la velada que tendrían esa noche. Los presentan, se quedan solos y al año siguiente tienen a su primer hijo Alexis. Luego Castro ordena que la trasladen a la Habana, pero no a su casa, él la visitaba a escondidas por las noches. Sin embargo, fue hasta después de la muerte de Celia Sánchez Manduley en 1979, que se casó con Dalia. Celia era Secretaria de la Presidencia del Consejo de Ministros, una mujer muy cercana a Fidel; ella era la única capaz de discutir cara a cara cuando él tomaba decisiones equivocadas. Una mujer poderosa que el pueblo cubano quería mucho. Muerta Celia, en 1980 se casa con Dalia que vivía en una casa en el barrio de Jaimanitas, una zona alejada del centro de la Habana"


Sobre lo favorable que puede ser el libro hacia la figura del dictador cubano sirva de muestra el índice. 

Tiene un capítulo llamado “Viva Fidel!” (así, en español) y no aparece ninguno titulado “Paredón”. O llega a decir que “Parecía que Fidel llevaba una vida sencilla como la de cualquier otro cubano” cuando en la página anterior se comenta que “Fidel tenía muchas casas por todo el país y nunca se quedaba en la misma casa por más de una noche”. ¿De veras que la autora cree que la vida sencilla de cualquier otro cubano consistía en dormir en una de sus muchas casas cada noche? ¿En ir al trabajo en una caravana de Mercedes Benz? ¿En almorzar langostas y viajar por el mundo? ¿En firmar fusilamientos y salir en un yate de caza submarina?
Bonita idea de la sencillez cubana tendrán los americanitos del futuro.

Sunday, December 23, 2018

PRESENCIA DE NUESTRA ACADEMIA EN EL FESTIVAL VISTA DE MIAMI, FL.


En la décima edición del Festival Vista de Miami, que tuvo lugar recientemente en el Miami Hispanic Cultural Center de la ciudad floridana, dos miembros de nuestra institución desarrollaron una destacada labor: Manuel Gayol Mecías y Luis Leonel León, Presidente del Capítulo de California y Secretario del de la Florida, respectivamente. En una de las actividades, el segundo tuvo a su cargo la presentación del libro 1959: Cuba, el ser diverso y la Isla imaginada del primero. A continuación transcribimos sus palabras.



1959 o el año de la debacle

 Por Luis Leonel León

 El año 1959 marca no el inicio, como suele decirse, de la más profunda y larga desgracia de los cubanos, sino la victoria del anhelo revolucionario, que otras guerras verdaderas -no su último simulacro- y reiteradas revueltas, habían comenzado mucho antes, a veces sin saberlo. 1959 fue el final de nuestra corta República. Desde entonces, los cubanos no tenemos país. Sólo una pelea contra los demonios de una nacionalidad incompleta, herida, fragmentada, ilusoria, inexistente. E imaginada, como advierte Manuel Gayol Mecías en su reciente libro, no en balde titulado 1959 (Neo Club Ediciones-Palabra Abierta Ediciones). 
Diez años le tomó a redactar este ensayo, cuyo título no podía ser otro. 1959 es un año que marca a los cubanos. Y no se trata de historia: aún 6 décadas después, es una realidad. Una espantosa realidad, intensamente defectuosa, que nos toca las narices con absoluta desfachatez y perversidad sociológica. Y aunque nuestro espíritu se niegue a creerlo, o incluso a aceptarlo, no son pocas las veces en que, dentro y fuera de la isla, sentimos que, a pesar de sus amagos y señales, este fantasmal epílogo que nos parece vivir -vivir y morir a cada rato- pudiera otra vez enredarse en el largo y tortuoso camino de alegres murallas, tales como la esperanza, el desespero y la imaginación. El yin y el yang de nuestros intentos perdidos. Ojalá nuestra agenda de golpes y eternos retornos se equivoque. En eso andamos, desde 1959.

Gayol Mecías lo sabe. Por ello, entre la espada y la pared, entre la certeza y la incertidumbre, ha escrito esta larga lista de tribulaciones del cubano moderno. Que no sólo habla de los cubanos. Imagina a los cubanos. Indaga en cómo hemos andado como nación, cómo hemos sido vistos e imaginados, con aciertos y desaciertos, con intereses y desintereses, que no son pocos. Expone qué ha sido de esa imaginería, que el realismo socialista ha transformado en una gigantografía del tamaño de la isla, de donde aún, sin el Muro en Berlín ni la Unión Soviética, para la mayoría, entre mitos y realidades, es casi imposible escapar. Una isla que pareciera flotar, pero que no va a ninguna parte. Una ilusión, si acaso una intención a medias, disfrazada de país.

Con un lenguaje donde confluyen el ensayo y la poesía, la historia y hasta el relato, Gayol Mecías aporta su visión de lo que somos, lo que hemos sido y, en buena medida, lo que no hemos logrado ser los cubanos, a pesar de que digamos, o digan otros, lo contrario. Entre sueños y gestas, sangre y carnavales, prisiones y éxodos, riesgos y dobleces, sumas y restas, verdades y mentiras: en este libro, reflejo de una reflexión sobre nuestra historia, una vez más es posible comprobar nuestra insular receta de carencias, y defectos, a los que el autor le dedica buena parte. Mientras Gayol Mecías escribía (me aventuro a decir que desde antes), comprendió que “el hecho de analizar nuestros defectos, al tiempo que le hablo al cubano descalzo, era (y es) el mejor favor que podemos hacernos a nosotros mismos”.

Esto confiesa: “Desde hace unos diez años, vengo pensando en lo difícil de abordar este tema, puesto que he estado convencido de que lo primero es encontrar y definir cuáles son nuestros defectos y las principales connotaciones que hacen una imagen más justa de nosotros mismos, pues de alguna manera, la imagen es el significante del significado que debemos ser”.

Pensamientos, bibliografía, hechos, contextos, conceptos, metáforas, memorias: son recogidas aquí por un cubano que no vive en Cuba, pero que, como otros 2 millones (aunque ciertamente no con la misma intensidad y perspicacia), no ha dejado de vivir en la Cuba imaginada, por muy brutal que sus nostalgias sean. Pues el arsenal de anhelos, hablando de Cuba, es fácil de percibir, de imaginar. Varias de sus imágenes posibles, con el lente poético de Lezama Lima, y con la preocupación pedagógica de su autor, son retratadas, perseguidas, reinventadas en un ensayo, al que no quiere, no puede, ponerle punto final. Su objetivo es atávico e inexcusable: “saber de dónde venimos, quiénes somos y hacia dónde vamos”.

Con 1959 (cuyo subtítulo es Cuba, el ser diverso y la isla imaginada), Gayol Mecías quiere aportar sus hallazgos a las imágenes de la Cuba desarmada. Sabe que nuestra nación está inundada de “lagunas de olvidos”, y por eso, su libro, es también una forma de luchar contra el olvido: crear y rescatar palabras, imágenes posibles, contra 6 décadas de olvidos.

El “espejismo de la Revolución”, es decir, su insustancial, pero a la vez poderosa tropología, es una imagen cardinal en este libro. “Los mitos políticos son creadores de imágenes y esas imágenes, interrelacionadas, dan lugar a espejismos”, asegura Gayol Mecías, quien ensaya en lo que considera los 5 mitos fundacionales de la Revolución castrista: el de “Robin Hood”, la “Isla de la Utopía”, “David contra Goliat”, la “isla bloqueada por el imperio” y el “invencible Comandante en Jefe”. También menciona otros mitos, que sustentan la autocracia socialista, provenientes de los discursos de Fidel Castro: “El genio está en las masas. El genio es masivo”; “patria o muerte, venceremos”; “al socialismo le debemos todo lo que somos hoy”; “a la Revolución no hay quien la detenga”; “toda nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo”; “vamos a crear riqueza con la conciencia y no conciencia con la riqueza”, entre otros.


Contraportada del lib
La Cuba de antes de 1959, es uno de los dolores y realidades históricas de las que zarpa Gayol Mecías para ensayar, que no es otra cosa que pensar, su nación. Que además de imaginada también reconoce rota, interminada, vilipendiada por una propaganda que ha ayudado a perpetuar el caos y la miseria en la isla, y el desconocimiento, y hasta no pocos desapegos, en el resto del mundo.



“Cuba no ha sido un referente de ejemplaridad durante la dictadura castrista, sino que —por el contrario— ha sido una devastadora avalancha de empobrecimiento y su referente se ha invertido en relación con lo que era antes de 1959. Si Cuba fue un ejemplo a imitar para otros países, en cuanto a calidad de vida, lo fue antes de 1959. La supuesta Revolución cubana siempre se ha autoproclamado, desde su inicio, como un referente de avanzada (…) cuando en verdad ha sido todo lo contrario, como he dicho, aun cuando la publicidad de la izquierda ha coadyuvado a proyectar su mito de una manera muy siniestra, valga la redundancia (…). A partir del año 1959, este estatus de referencia se ha invertido y la Isla ha pasado a ser un referente de pobreza en todo sentido”, señala el también autor de La penumbra de Dios Viaje inverso hacia el Reino de Imago, entre otros títulos.

De esa Cuba, recuerda el ensayista, con todo el peso de la historia como cimiento: “era un referente en tanto ejemplo a imitar por haber sido síntesis de lo posible en este continente, como ya Fernando Ortiz lo constataba, en otro sentido, al señalar que Cuba era modelo de transculturación —y la transculturación resultaba ser, a su vez, un abanico de posibilidades por la rapidez del cruzamiento de razas en la Isla, y porque el cubano en la década de los años 50 contaba ya con una excelente asimilación empresarial y tecnológica de todo lo que entraba al país procedente principalmente de Estados Unidos. Hasta que en 1959 comenzó la debacle”.

Gayol Mecías es un poeta. Por eso, incluso ante el horror petrificado que marcha por su nación en triste manada, ha preferido hablar de imágenes. No podía dejar de dedicarle, con paciencia de 10 años, capítulos a imágenes tales como el ajiaco de los genes, la utopía de la imperfección, los bufos con imaginación, la prostitución insular, la burla, la supervivencia, la pachanga, las lágrimas, el relajo, el desdoblamiento, la imaginación frustrada y los rejuegos del poder, y otros tropos que nos acompañan a los cubanos, con imponente presencia, como chasquidos en los ojos, sobre todo desde 1959.

Hablamos de un libro que ama profundamente a Cuba. Que se niega a permitir que las imágenes construidas por la propaganda revolucionaria supriman por completo la ya casi borrada historia de antes de 1959 y mucho de lo que hoy se fermenta y arde en las calderas del socialismo real. Al ser escrito ahora, 1959 no presenta a Cuba como la palabreada isla solitaria de los años nebulosos 60. La recorre hasta su impacto en Latinoamérica, con los satélites cubanos del llamado Socialismo del siglo XXI, que no es más que el nuevo maquillaje de las dictaduras de izquierda en Latinoamérica, con el castrismo en la cabeza del pulpo, y a quienes considera menos peligrosas que la matriz del fenómeno: el gramscismo. Esa estratagema seudointelectual para esconder narcoestados y justificar la imposición de la violencia, la demagogia, el terror, la miseria material y espiritual.

Hay mucho más en las 400 páginas de 1959. Cuba, el ser diverso y la isla imaginada. Creo que a todo el que le interese Cuba, ya sea para aprender, inspirarse, asentir o discutir (ese estado que tanto nos gusta a los cubanos), le llamará la atención este libro de Gayol Mecías. Un cubano que se ha atrevido, otra vez, ya no sólo a hablar de los cubanos -eso no es noticia-, sino, sobre todo, a pensar los cubanos. Lo cual siempre es un riesgo.



(Palabras de presentación del libro “1959” en el X Festival Vista de Miami, el 15 de diciembre 2018). 

Monday, December 3, 2018

Premio

En días pasados nuestro colega de la AHCE Enrique Del Risco recibió el XX Premio Unicaja Fernando Quiñones por su novela Turcos en la niebla. Este importante galardón incluye una dotación de 30 000 euros y publicación de la novela por el sello Alianza Editorial en marzo próximo. 
De acuerdo con el jurado la novela trata sobre "la importancia de recuperar un lenguaje perdido, así como su decidida crítica al castrismo, al exilio y al post castrismo que da cuenta de la realidad experimentada por el colectivo humano de los exiliados aún en contra de sus propias expectativas"
Según el propio Enrique Del Risco Turcos en la niebla es "la primera parte de una saga todavía en construcción que he llamado Trilogía cubana del Hudson sobre la presencia de compatriotas en la zona [de Nueva York y Nueva Jersey] en los últimos dos siglos y pico". Turcos en la niebla vendría a ocuparse del último medio siglo de dicha presencia cubana en esos lares.
Para una entrevista al autor sobre el premio pinchar aquí.

Wednesday, November 14, 2018

Tras las huellas literarias de la generación del Mariel

La editorial Hypermedia lanza en la trigésimo quinta Feria del Libro de Miami su nueva Colección Mariel, que incluye títulos significativos de los autores llegados a Estados Unidos a través del puente Mariel-Miami y que dieron un giro a la literatura escrita por cubanos en este país. Esta mesa cuenta con la presencia de José Abreu Felippe, poeta, narrador, dramaturgo y crítico literario y de teatro, quien nos trae Dile adiós a la virgen, novela que narra el drama de un hombre que quiere abandonar Cuba y al que le han robado su pasaporte. El narrador, poeta, periodista y promotor cultural Luis de la Paz ofrece su colección de cuentos Del lado de la memoria. Por su parte, el narrador, poeta, ensayista y editor Rolando Morelli comparte con el público de la feria Impresiones en el viento, una colección de relatos que reflejan el difícil proceso de adaptación y asimilación de la cultura estadounidense que deben enfrentar los exiliados. Los tres creadores serán presentados por el narrador, ensayista y profesor universitario Enrique Del Risco y por el director de Hypermedia y de la colección Mariel, Ladislao Aguado. [Sunday, November 18 @ 11:45 am. Room 8503 (Building 8, 5th Floor) 300 NE Second Ave., Miami, Fl 33132 United States]


Wednesday, November 7, 2018

El Capitán Emilio y su flota de 100 barcos


Por Alejandro González Acosta, Ciudad de México

Emilio Cueto (La Habana, 1944) es mucho más que un ilustre abogado ya jubilado, un cumplido funcionario internacional, un productivo historiador muy aplicado, un cubano devoto de las tradiciones, y cualquier otro apelativo que le obsequiemos. Pero, sobre todo, Emilio Cueto es UNA INSTITUCIÓN. Él solito viaja, investiga, hurga, colecciona, adquiere, escribe, organiza, divulga, edita y se multiplica al infinito: es ubicuo e incansable, apasionado, voluntarioso, y en ocasiones también caprichoso y empecinado (nobody is perfect), pero siempre encantador. Porque, además, los que tenemos el gusto de conocerlo, sabemos también que es UN PERSONAJE, casi de leyenda. Es decir, que si no hubiera existido, habría que inventarlo, pero después, rápida y precavidamente, habría que destruir el molde, porque el mundo no está capacitado para contener dos o más como él.

Pero con el Emilio que ya tenemos, basta y nunca sobra: antiguo alumno de los jesuitas del Colegio de Belén, luego fue a sus 16 años uno de aquellos Niños Pedro Pan que agarraron su maletica con un poco de ropa y algunos recuerdos, y los mandaron a los Estados Unidos ante la amenaza de la pérdida de la “patria potestad” en la Cuba de Castro. Desde el día que subió a ese primer avión de los muchos que habría después en su vida, Emilio tomó una decisión: “Me sacan de Cuba, pero Cuba nunca saldrá de mí”. Toda su vida posterior ha sido la confirmación de esto, atado con fuertes yugos a su origen… Y estas “lazos” no son metafóricos, sino muy reales, como cuando amenazó encadenarse al mástil de la bandera cubana frente a las puertas de la embajada cubana ante la UNESCO en París, con escándalo de un azorado Alejo Carpentier, exigiendo que le permitieran viajar para ver su madre enferma en la isla.

Ganado está el pan, hágase el verso: 41 años después de haber realizado ese primer vuelo, Emilio sigue aferrado a la misma decisión que tomó al pisar la escalerilla que lo conduciría “a distante ribera”. Su feudo en Washington no es una casa; es un Museo insólito, la asombrosa Colección de una sola persona: su querida Emilioteca. Y yo la llamaría además su Emiliópolis, porque en sí misma es una ciudad, un cosmos personal, un planeta como el Asteroide B-612 del Pequeño Príncipe, totalmente gobernado por la órbita cubana.


La pasión, devoción, consagración, vocación y decisión de Cueto se condensan en su lema y divisa personal: “Nada cubano me es ajeno”. Y con su vida y sus obras lo ha demostrado de forma innegable.

Cueto ha invertido los frutos de toda una vida de empeñoso trabajo en varios importantes organismos internacionales, para reunir una colección diversa, ecléctica y enfebrecida, de cuanto objeto o documento cubano ha encontrado por este ancho y ajeno mundo.

Cuba es la raison d’etre de Emilio Cueto y lo ha demostrado en cada una de sus obras. Después –o al mismo tiempo- que ha juntado una imponente colección miscelánea de todo lo divino y lo humano relacionado con la isla, en sus dos departamentos fundidos en la capital norteamericana, ha ido  agasajándonos con obsequios impresos de su autoría, como han sido sus espléndidos estudios Mialhe’s Colonial Cuba (1992), Cuba in Olds Maps (1999), Ilustrating Cuba’s Flora and Fauna (2002), La Cuba Pintoresca de Frédéric Mialhe (2010), La Virgen de la Caridad del Cobre en el alma del pueblo cubano (2014), Camagüey en la Música (2015), Las litografías santiagueras del Departamento Oriental de la Isla de Cuba (2015), Cuba en USA (2018), y ahora con el delicioso libro Cien barcos en la Historia de Cuba, que acaba de sacar la prestigiosísima Ediciones Universal, del Benemérito Juan Manuel Salvat, heroico Decano de los Editores cubanos.

Cueto confiesa de entrada que su vida se ha desenvuelto entre islas: Cuba, Manhattan, la parisina Île Saint-Louis y Haití. Y él tiene muy presente esa insularidad cubana que determina y fija una psicología –desde Colón a Piñera y desde Martí a Arenas- por la cual el cubano vive, consciente o no, atento siempre de lo que le llegará o se marchará por el mar: es un país fatalmente abierto al océano, para bien o para mal. Pero ante esa circunstancia, el barco resulta también la posibilidad material de la llegada y la salida, tanto de ingreso como de huida al mismo tiempo. Es, pues, una noción de latente culpabilidad, pues lo mismo nos trae también nos aleja de la tierra.

Cueto se asume como marinero en tierra e intenta la aventura náutica de narrar la historia cubana a través de los barcos (a semejanza de Martí quien quiso hacer la historia del hombre a través de sus casas),y así van desfilando –navegando- en su relato, desde las piraguas y canoas de los arahuacos originales (devenidos luego en taínos, siboneyes y guanajatabeyes, según la antigua denominación), pasando por Colón y sus compañeros (con sus dos carabelas y una nao), siguiendo con Ocampo, Ojeda, Velázquez, Cortés y otros tantos fundadores, el bote de los Tres Juanes con la Cachita rescatada de las aguas, luego por los repletos barcos negreros, los panzudos galeones de la Gran Flota de Indias, los veloces bergantines de los piratas, corsarios filibusteros y bucaneros, las poderosas fragatas de la flota inglesa de Albemarle, Eliott y Pocock, y a continuación los vapores de las expediciones independentistas y sus dispersos desembarcos con distinta fortuna, más tarde con el acorazado Maine y su accidente trascendental, luego los barcos de pasajeros con los migrantes españoles y de otros lugares, y los valientes pero endebles barcos del almirante Cervera, el yate Granma, las balsas, los camiones flotadores, esas insólitas góndolas del estrecho floridano, los remolcadores, los atuneros, las llantas, las tablas… 


Siempre en la historia de Cuba ha habido un barco o algo flotante parecido. La historia que nos obsequia Cueto es simpática y divertida a veces, como aquellas estampas criollas que nos legaron Álvaro de la Iglesia y Eladio Secades, y otras son muy tristes y penosas. Hay de todo, en esta botica marina de Cueto: troncos flotantes, piraguas, canoas, carabelas, naos, fragatas, galeras, galeones, corbetas, fragatas, cañoneras, acorazados, cargueros, portaviones, pesqueros, arrastreros, lanchas y yates, cruceros y transatlánticos, veleros a viento, barcos a vapor, movidos con carbón o petróleo… Interminable sucesión de embarcaciones, todas ellas versiones y herederas de aquella primera nave salvadora, el arca de Noé. Si como cantó el antiguo poeta castellano, “la vida son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir…” entonces los seres humanos serían nadadores o barcos, ahogados o náufragos sobrevivientes.

Cueto ha realizado una paciente recopilación de datos y seleccionado aquellas embarcaciones que le parecieron más significativas. Hay que decir que no están todas las embarcaciones (le faltan algunas muy importantes), pero con las que están el lector curioso puede hacerse una idea inicial documentada de ese vínculo permanente e inevitable de Cuba y los cubanos con el mar, y esa obra del ingenio y la industria humana que le permite asumirlo y sortearlo, único camino posible hasta la introducción de la aviación.

El cubano añora y ama el mar, pero también lo teme: él es la respuesta, no siempre agradable, a todas las preguntas. Regresando a la idea inicial del barco como noción de una culpa, hace muchos años, un amigo muy querido y admirado que aún vive en La Habana, entonces residía frente al Malecón con una espléndida vista desde su terraza; desde allí alcanzó a verme sentado una noche sobre ese muro kilométrico que es la cama, pero también el diván freudiano más extenso del mundo, melancólicamente “cabiztivo y pensibajo”. Solidario, bajó a saludarme y se interesó por saber la razón de mi mal oculta tristeza, y preguntó si me sentía culpable de algo… Le respondí que no, que era inocente de cualquier cargo, y me obsequió entonces lo que creo es su mejor poema en un solo verso, contundente, demoledor, rotundo e innegable: Nadie es inocente frente al mar… Hoy esa frase está grabada en una lápida vidriada que mira al Océano Pacífico desde el acantilado más alto de Acapulco, en un mirador concebido para recibir y agasajar a los amigos, bautizado con un neonahuatlismo: “Apapachitlán”.

Es cierto, el mar nos enfrenta con nosotros mismos, a nuestros goces y culpas, nuestro pasado y nuestro futuro, pero anula el presente. Nos exhibe nuestra propia pequeñez y nos demuestra la vanidad de la ambición.

Cueto entendió esto perfectamente y por eso se aplicó a reunir cuanto barco tuviera relación con la historia cubana con una admirable entrega y vocación de amor, porque quienes lo conocen reconocen que Cueto puede ser polémico, pero siempre auténtico. Se le podrán cuestionar muchas cosas, menos ese amor de campeonato por Cuba que ostenta como un estandarte sonoro y multicolor.

Desde un barco vio José María Heredia en la distancia la silueta de un monte que se alzaba en la línea del horizonte, y después de celebrar el sol reinante, las olas serenas y reconocer el triunfo de la proa sobre el mar, suspiró: “Es el Pan…

Quizá por ahí mismo embarcó después la intensa Tula, y se quejó de “la chusma diligente” que la impulsaba “al partir” … Bonifacio vio desde un barco a lo lejos una bandera que lo entristeció… El mar siempre está enlazado con la emoción cubana, aunque alguien, quizá como en broma, hablara de “la maldita circunstancia” de estar rodeados por él…

El mar comienza –o termina- en la costa y en ella se abren las playas, la porción doméstica del océano. Un gran nadador e intenso gozador de las playas, un furibundo buceador erótico como Reinaldo Arenas, concibió en sus desvelos la imagen y anuncio de una Cuba al garete como un barco sin rumbo, devorado por sus propios tripulantes, una nueva Nave de los Locos, una Isla de San Borondón desnorteada, dueña de todos los mares, en una visión tan escalofriante que ni por fantástica puede negar que cada día me parece más próxima a la realidad.

Este libro de Cueto es también un salvavidas: es un barquito de papel –“amigo fiel”- flotando en el estanque, con mucho de la infancia; es el avistamiento de los barcos desde la playita pública de El Vedado, es el primer beso en el Malecón por el rumbo de La Punta, es el sexo insaciable y sorprendido en la tibia marea de Bocaciega … Es todo eso y más. Es una historia de Cuba muy personal a través de 100 embarcaciones –“qué de barcos, qué de barcos”- con una sorprendente cantidad de información reunida en sus 536 páginas.

Poetas y músicos han tenido que ver con el mar, desde aquel son para niños “por el mar de las Antillas anda un barco de papel”, como dijo el gran Nicolás Guillén, hasta la juguetona canción de advertencia para adolescentes imprudentes, con el consejo de “no te bañes en el malecón, porque en el agua hay un tiburón” …

Cueto no agota todos los barcos en su lista. Faltan más y cada quien irá completando la lista con sus recuerdos y sentimientos. Esa isla, salida y meta, partida y regreso, sigue siendo como aquella Nave los locos que algunos comparan con un Titanic insumergible.

Este libro es también, como un colofón marinero, con su centenar de barcos, el anuncio de esa flota de mil navíos que algún día volverá a la isla para un abrazo final, la armada invencible del regreso, “ya sin lestrigones, ni cíclopes, ni el colérico Poseidón”, con la huella de tantos senderos en las cansadas plantas de los pies, y allí terminar el viaje en lo que quede de ella: será el retorno de todos los Ulises y las Penélopes a la eterna Ítaca que cantó Kavafis, aunque “no tenga nada que darte”, pues todo lo entregó para tu viaje, y “si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado. Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia, entenderás finalmente qué significan las Ítacas”.