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Wednesday, February 20, 2019

Gusanos, mercenarios, bandidos, escorias


Como adelanto al segundo número del Anuario Histórico Cubanoamericano que recién acaba de aparecer les presentamos uno de los artículos que lo componen y que fuera presentado en el primer congreso de la AHCE

Historia de las falsificaciones contada por sus palabras
Por Enrique Del Risco

La Historia no la escriben necesariamente los vencedores. La Historia suelen escribirla historiadores que sí, con frecuencia están a sueldo de los vencedores que son los que quedan en mejores condiciones para subvencionar a los historiadores después de cada contienda. Pero incluso cuando la Historia no la escriban los vencedores debemos tener en cuenta que la Historia como tal no está compuesta de hechos sino de palabras. Compuesta por un lenguaje que refleja otra guerra, la guerra de insultos, invectivas, descalificaciones que precede y acompaña a las acciones físicas. Una guerra en la que —y en eso Goebbels, el ministro de propaganda nazi, lo tenía claro— no ganan necesariamente la inteligencia y la racionalidad sino la repetición y el volumen.

La entronización en Cuba a partir de 1959 de un régimen político totalitario impuso reglas de juego más a tono con los preceptos de Goebbels. Ya no se trataba de la propaganda elaborada por un gobierno o por la prensa afín para difamar a sus opositores. A partir de entonces se erigió un sistema que no solo controlaba por completo la esfera política sino también los medios de difusión masiva, la publicidad, las casas editoriales, el sistema educativo un complejo y ubicuo entramado de organizaciones de masas para imponer la ideología y voluntad política de su líder. Cada vez que Fidel Castro comparecía ante las cámaras de televisión para pronunciar sus maratónicos discursos —que en la década del sesenta alcanzó una frecuencia semanal— sus palabras eran transmitidas por todos los canales de televisión existentes y por todas las emisoras nacionales de radio. Pero no solo eso: en los días siguientes sus palabras eran reproducidas literalmente por toda la prensa escrita y luego “discutidas” —esto es repetidas, machacadas y digeridas— en multitud de “círculos de estudio” cual si de textos bíblicos se trataran. Y más allá de esto sus principales frases eran repetidas en vallas por todo el país, en los actos matutinos de las escuelas o en los textos oficiales por los que estudiaban niños y adultos. O luego servían de exergo a los libros académicos para justificar la visión del autor que las más de las veces era la del poder que lo autorizaba a existir como tal.

Pero no pretendo decir que esos discursos que se agolpaban en la prensa nacional conformaban la mentalidad de los cubanos a su imagen y semejanza. Después de todo muchas veces los nuevos discursos negaban lo que se había dicho en los anteriores. Más importante que la difusión de las ideas del líder fue la deformación del vocabulario cubano hasta incapacitarlo para dar cuenta de su propia realidad. La escritora Masha Gessen al estudiar el caso soviético afirma que “la capacidad de dar sentido a la propia existencia en el mundo es propia de la libertad” y que “el régimen soviético despojó a las personas no solo de la aptitud para vivir en libertad, sino también de la capacidad para comprender cabalmente de qué se les había despojado y cómo había ocurrido esto”. Así el régimen buscaba “aniquilar la memoria personal y la memoria histórica tanto como el análisis académico de la sociedad” y su sistemática labor de propaganda fue de hecho un ataque a “la humanidad de la sociedad rusa, que perdió las herramientas e incluso el lenguaje para entenderse” (Gessen.15) De eso precisamente quiero hablar en esta ponencia: del lenguaje del castrismo. Porque no se trata solo de que la sociedad cubana haya perdido las palabras para explicarse a sí misma sino que estas han sido sustituidas por un léxico ideado para hacer más profunda tal incomprensión.

El lingüista judío alemán Victor Klemperer apuntaba en su estudio de La lengua del Tercer Reich que en el esfuerzo propagandístico de los nazis “el efecto más potente no lo conseguían ni los discursos, ni los artículos, ni las octavillas, ni los carteles” ni nada “que se captase mediante el pensamiento o el sentimiento conscientes”. De acuerdo con Klemperer el “nazismo se introducía más bien en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente” (Klemperer.31). Klemperer, lingüista al fin, estaba convencido de que “el lenguaje no solo crea y piensa por mí sino que guía a la vez mis emociones”. Y lo decía ante la evidencia de que incluso la caída del Tercer Reich no había conseguido llevarse consigo el lenguaje que creó sino que este persistía incluso entre quienes desde una ideología contraria intentaban describirlo.

Si observamos el caso cubano debemos reconocer el triunfo casi total de la neolegua totalitaria. El léxico impuesto desde el poder ha sido adoptado no solo por su sistema de propaganda o por sus repetidores dentro o fuera de la isla sino por el cubano de a pie, por los cubanos cultos, por los exiliados, por los académicos de adentro o afuera, por castristas o anticastristas. Las expresiones usadas para definir el régimen cubano “Revolución Cubana”, “Cuba socialista” son las escogidas por él mismo; su peor crisis no conoce otra denominación que la de “Período Especial”; a la disidencia que se produjo dentro del seno del Partido Comunista a finales de los sesenta la llaman por el despectivo epíteto de “microfracción” y a la destrucción de los remanentes de pequeña empresa y el trabajo por cuenta propia en 1968 se le conoce como “Ofensiva Revolucionaria”; y al repunte ideológico y represivo alentado por el apoyo chavista y la campaña alrededor del balserito Elián González se insiste en llamarle “Batalla de las Ideas”. Cualquier intento por describir lo que ha pasado en la isla en las últimas décadas con mayor apego al fenómeno en sí y menos al vocabulario que ha producido es visto como tendencioso, extremista, poco objetivo. La lengua del castrismo ha demostrado ser, en fin, su baluarte más firme. De tan ubicua y aceptada que es se ha vuelto invisible incluso para sus propios detractores.

Uno de los casos en los que la lengua del castrismo ha mostrado su eficacia es en nombrar a sus enemigos. En su intento de negarles agencia, dignidad, voluntad propia y, llegado el caso, hasta su propia humanidad. En ese sentido la palabra “gusano” fue y sigue siendo un hallazgo ejemplar. Aparecida en el apogeo de la instauración del régimen totalitario y cuando este encontraba una mayor resistencia interna, el término imitaba “la visión apocalíptica nazi” en la que al decir de un estudioso los judíos “putativos enemigos de la civilización […] eran representados como organismos parásitos —como sanguijuelas, parásitos, piojos, bacterias o vectores de contagio” (Smith.15). El propio Hitler había proclamado en su Mein Kampf que “El judío es y será siempre el parásito típico, un bicho, que, como un microbio nocivo, se propaga cada vez más, cuando se encuentra en condiciones adecuadas. Su acción vital se parece a la de los parásitos de la Naturaleza. El pueblo que le hospeda será exterminado con mayor o menor rapidez” (Hitler.185-186).

El primer discurso donde Fidel Castro menciona la palabra “gusano” corresponde al del día 2 de enero de 1961. Allí la repite nada menos que 23 veces. Su estrategia para entronizarla se hace evidente. Empeñado en representar el papel de David frente al Goliath norteamericano Castro debe reconocer no obstante la existencia de una resistencia interna pero insistiendo en su total dependencia del enemigo externo. “Ese enemigo poderoso —dice Castro— ha sido el encargado de “revolver la gusanera” aquí en nuestro país […]  Y los gusanos se han removido, los gusanos se han agitado”. La resistencia interna no sería una reacción de descontento ante el régimen sino el rezago de un pasado putrefacto porque “los gusanos no pueden vivir sino de la pudrición […] no podían vivir ni hacer de instrumentos del imperialismo, como no fuese en el mundo y en el medio corrompido en que vivía nuestro pueblo antes del día luminoso del 1ro de enero de 1959” (Castro. 2 de enero, 1961). Y si yo hablaba antes de un hallazgo es porque “gusano” al tiempo que difama al contrario retiene una suerte de desparpajo popular. Gracias a eso consigue entrar en el vocabulario corriente como una disyuntiva frente a la que cada cubano debía definirse. Una disyuntiva que se resume en este diálogo de la película Memorias del subdesarrollo: “Tú no eres revolucionario ni “gusano”. “¿Entonces qué soy?”. “Nada, tú no eres nada”. 
Fotograma de "Memorias del subdesrrollo"


Con el epíteto “gusano” se busca, además, reducir la complejidad de la oposición al castrismo —desde el latifundista hasta el revolucionario frustrado— a una imagen elemental y única. Según Klemperer el principio en que se basaban los insultos nazis era este: ¡Que tus oyentes no se planteen un pensamiento crítico, trátalo todo de manera simplista! Si hablaras de varios adversarios, alguien podría pensar que tú, el aislado, tal vez no tuvieras razón… Así pues, redúcelos a un común denominador, ponlos todos juntos en un paréntesis, establece un rasgo común entre ellos” (Klemperer.254) 

Cartel reciente contra la bloguera Yoani Sanchez
Tal fue la naturalización del vocablo “gusano” que en mi primer día en una universidad norteamericana, hace ya veinte años, al presentarme como cubano que vivía acá un estudiante latinoamericano me preguntó “Pero tú, ¿eres cubano o gusano?” Así, con el mismo aire curioso que si me preguntara si era de La Habana o de Santiago de Cuba. O para que el año pasado en un congreso español sobre cine histórico una ponente de la Universidad de Cádiz, precisamente al explicar otra película de Tomás Gutiérrez Alea, (Las doce sillas) dijera que “Esta obra se hace eco de las primeras medidas llevadas a cabo por los revolucionarios como las expropiaciones y sus consecuencias que cristalizaron en el éxodo masivo de amplios sectores de la oligarquía y burguesía cubanas a Miami que, desde aquella época y siempre, se les apodó de gusanos para significar su esencia corrupta y servil” (Pérez Murillo.617).

Pero con tal epíteto no se buscaba únicamente significar la “esencia corrupta y servil” de los así llamados “gusanos” sino también justificar su exterminio. Elías Canetti explica en su famoso libro Masa y poder que con la animalización del contrario el “detentador del poder además que degrada a los hombres hasta convertirlos en animales […] degrada a nivel de alimaña todo lo que no es apropiado para ser dominado, y finalmente lo extermina por millones” (Canetti.382). No sorprende que en un discurso Fidel Castro admita que “a los que no podamos convencer ni persuadir ni neutralizar, a los que nos combatan, a los que nos hagan la guerra sencillamente [deberemos] hacerles la guerra […] a los contrarrevolucionarios activos, como parásitos que son […] como gusanos que son […] como servidores del imperialismo que son [debemos] exterminarlos” (Castro.13 de marzo,1961).

No fue “gusanos” la única designación utilizada por el castrismo contra sus adversarios. Otra que ha tenido empleo extenso es la de “mercenario”, asociada desde 1961 a los miembros de la brigada 2506 derrotada en Playa Girón. Incluso antes que desembarcaran a lo largo de la bahía de Cochinos ya Fidel Castro había desarmado a los futuros invasores de cualquier objetivo autónomo llamándolos “mercenarios”. En un discurso del 4 de marzo de 1961, cuando todavía faltaba más de un mes para la proyectada invasión Castro repite 21 veces el vocablo. Como para asegurarse que penetrara en el léxico de su sistema de propaganda y a su vez en el de toda la nación. 

Y así fue. De la eficacia del vocablo da cuenta la manera en que se entronizó en el habla coloquial cubana. Al punto que en la conocida canción “Memorias” de un cantautor “contestatario” como Carlos Varela al tiempo que evoca la censura contra “los discos de los Beatles” añade, con aire alegre que “cambiamos mercenarios por compotas/ cuando Playa Girón” (Varela). El régimen consideró este término lo suficientemente eficaz como para que entrado el siglo XXI, ante la aparición de una nueva hornada de disidentes, volviera a endilgárselo como si una nueva invasión se tratara. Si esta vez el término no ha calado en el habla popular al menos justifica la insistencia de la prensa oficial en cuestionar las fuentes de financiamiento de los disidentes y presiona a estos a que den explicaciones sobre su financiamiento.

También está el caso de la expresión “bandidos del Escambray”, usada para calificar a las guerrillas rurales que enfrentaban al régimen cubano en los años sesenta. Fue una frase que al mismo tiempo cuestionaba la catadura moral de los rebeldes y reducía a fenómeno local lo que fue —en su momento de mayor actividad— una serie de levantamientos guerrilleros que abarcó todas las provincias del país. Aunque Fidel Castro hablara profusamente de “bandas contrarrevolucionarias” curiosamente el término “bandidos” fue poco usado por este para referirse a los que se rebelaban contra su régimen. Pero es obvio que el sistema de propaganda fue instruido al detalle de cómo debía manejarse ante ese fenómeno. De manera que la represión contra estas guerrillas campesinas fue conocida como Lucha Contra Bandidos y el esfuerzo por exterminarlas fue oficialmente bautizado como la “Limpia del Escambray”. Tal manipulación lingüística ha sido lo bastante exitosa como para que rara vez se use el término “guerrillas” para referirse a esta forma de resistencia ni siquiera entre los historiadores del exilio. En su afán de exterminarlos el régimen estaba consciente que el cerco y el aislamiento físico al que sometió a estos combatientes no estaría completo sin el correspondiente acoso lingüístico.

La imaginación mostrada por el régimen castrista para destruir a sus contrarios ha sido demasiado profusa para no pretender siquiera resumirla en esta ponencia. Sin embargo, no quisiera cerrar este recuento sin referirme a otro epíteto que marcó época en la Historia cubana. Me refiero a “escoria”. Su uso se circunscribe especialmente al año 1980 y a los sucesos que desembocaron en la crisis de la embajada del Perú en el que casi 11 mil personas buscaron refugio en la sede diplomática peruana en La Habana y al posterior éxodo por el puerto del Mariel de más de 125 mil cubanos hacia los Estados Unidos. Una palabra hasta entonces extraña al habla cubana aparecía indisociable de aquellos sucesos. 
 No fue Fidel Castro el primero en pronunciarla. Al menos no en sus discursos. La menciona el 1ro de mayo de ese año cuando la crisis llevaba un mes de iniciada y ya era el término oficial usado por la prensa para aludir a los que intentaban escapar. En esta ocasión, al parecer, el régimen prefirió que dicha palabra pareciera surgir del propio pueblo, un clamor popular que era en realidad el muñeco del ventrílocuo. Hasta donde he podido investigar la primera mención que aparece en el órgano oficial del partido Comunista de Cuba, el diario Granma, es el 7 de abril, a una semana exacta de la entrada en la embajada de los primeros solicitantes de asilo en un editorial titulado “La posición de Cuba”. El objetivo de este es presentar a los refugiados como antisociales (haciendo énfasis especialmente en la condición homosexual de “no pocos de ellos”), seres que no merecían ser protegidos por ninguna ley de asilo político. Dice el editorial:

Como dijo Fidel en la clausura del último Congreso de la Federación de Mujeres Cubanas, la histórica empresa de hacer una revolución y construir el socialismo es absolutamente voluntaria y libre. Aunque en nuestro país no se persigue ni hostiga a los homosexuales, entre los que se alojaron en el patio de la embajada peruana había no pocos de ellos, amén de aficionados al juego y a las drogas que no encuentran aquí fácil oportunidad para sus vicios (“La posición de Cuba”)

Luego el editorial exhibe sus dotes telepáticas: “Nuestro pueblo trabajador piensa unánimemente: “¡Que se vayan los vagos! ¡Que se vayan los antisociales! ¡Que se vayan los lumpens! ¡Que se vayan los delincuentes! ¡Que se vaya la escoria!” (“La posición de Cuba”). Difícil suponer que tal palabra apareciera espontáneamente en boca del pueblo. Sobre todo si se piensa que este ya disponía de otros términos como el de “gusano” que también se usó profusamente en aquellos días. Pero el régimen tenía buenas razones para poner a circular otro apelativo. Si se atiende a la lógica con la que se presentó la palabra “gusano” su recuperación dos décadas resultaba embarazosa para el régimen. ¿Acaso los gusanos no anidaban en la podredumbre? Llamarles gusanos en 1980 equivalía a reconocer que la llamada revolución producía su propia putrefacción. De ahí que el término “escoria” pareciera más apropiado. El residuo que sobrenada en los hornos al fundir los metales parecerá demasiado rebuscado como invención popular pero conveniente para presentar a los refugiados como el deshecho de la forja de una nueva sociedad. Esa era la imagen que trataba de ofrecer de sí mismo un régimen que quería convertir la fuga masiva de sus ciudadanos en expulsión de desechos. No por gusto un artículo que publicara en aquellos días el entonces viceministro de relaciones exteriores cubano Ricardo Alarcón se titulaba “El acero y la escoria” (Alarcón). 

“Escoria” fue el epíteto obligatorio para definir a aquellos que escaparon en el ochenta. Tanto como para que en la prensa cubana aparecieran titulares como este: “Declara Alto Comisionado de ONU que la escoria que ha ido a EEUU no son refugiados porque no son perseguidos políticos” (Armendariz.6). Todavía hoy se asocia automáticamente aquel éxodo a la palabra “escoria”. El escritor Juan Abreu, miembro insigne de aquella generación, recuerda cómo en Barcelona, al mencionar el año de su partida un joven recién salido de Cuba le comentó: “Así que tú eras parte de la escoria”. Abreu aclara que “la palabra fue pronunciada a la ligera, sin intención peyorativa. Todo lo contrario, sonó como una burla a la forma en que el régimen cubano calificó a los ‘marielitos’” (Abreu.10). Y sin embargo Abreu no deja de traslucir una incomodidad que resuelve invocando a algunos —hoy muertos ilustres— que en aquellos días llamaban “escoria”. En primer lugar a Reinaldo Arenas “esa escoria cubana” de quien Abreu se precia de “haber sido amigo”. Arenas le basta a Abreu para reconciliarlo con su “país, que lo dio a él, en una época llena de cobardes, delatores, oportunistas y canallas” (11). Y Abreu también piensa en otros escritores como Roberto Valero, Guillermo Rosales o en el artista Carlos Alfonzo. Y al invocar aquella noche a sus muertos Abreu confiesa: “Volví a ser lo que más soy, un marielito, una escoria. Es decir, una forma de ser transgresor, marginal, según lo veo. Un hombre orgulloso de venir de donde viene. Alguien feliz de haber nacido en el mismo lugar que estos amigos que acabo de recordar. De esta gente que sabía que uno no puede venderse en lo fundamental, ni claudicar en lo fundamental. Yo no creo en Dios y, sin embargo, alzo los ojos a este cielo pastoso e imploro por ellos, con humildad llena de vida y de peligro: “Por favor, no olvides a la escoria” (14).   

No estoy seguro que la manera más recomendable de lidiar con la lengua del castrismo, una lengua creada para controlar nuestras emociones y pensamientos, sea la de Abreu: esa prestidigitación con que convierte un insulto en motivo de orgullo. Después de todo Abreu es un poeta, condición que casi ninguno de nosotros comparte. Y no lo digo porque Abreu literalmente escriba poesía sino por la especial atención y uso que hace del vocabulario heredado. Pero podríamos imitarlo al menos en esa atención e intención máximas con que hace uso de una lengua que fue creada para dominarnos.



Bibliografía

Alarcón de Quesada, Ricardo. “El acero y la escoria”. Granma, 13 de mayo, 1980, p. 6.

Armendariz, Jorge. “Declara Alto Comisionado de ONU que la escoria que ha ido a EEUU no son refugiados porque no son perseguidos políticos”. Granma, 17 de junio, 1980, p. 6.

“La posicion de Cuba”. (Editorial). Granma, 7 de abril, 1980, p.1.

Castro. Fidel. “Discurso pronunciado en el desfile efectuado en la Plaza Cívica, el 2 de enero de 1961”. http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1961/esp/f020161e.html

---------------. “Discurso pronunciado en el acto de recordación  a los Mártires del Asalto al Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1957, celebrado en la Escalinata de la Universidad de La Habana, el 13 de marzo de 1961”. http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1961/esp/f130361e.html

Gessen, Masha. El futuro es historia. Rusia y el regreso del totalitarismo. Madrid: Turner Publicaciones SL, 2018.

Hitler, Adolf. Mi lucha. file:///C:/Users/enris/Downloads/Adolf%20Hitler-Mi%20Lucha(1).pdf

Klamperer, Victor. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo. Barcelona: Editorial Minúscula, 2012.

Perez Murillo, María Dolores. La Revolución Cubana filmada por Tomás Gutiérrez Alea. https://e-archivo.uc3m.es/bitstream/handle/10016/24789/Revolucion_Perez_CIHC_2017.pdf

Smith, David Livingstone. Less than human : why we demean, enslave, and exterminate others. New York: St Martin Press, 2011.

Varela, Carlos. https://www.letras.com/carlos-varela/1266095/

Tuesday, February 19, 2019

Sale a la luz el segundo número del Anuario Histórico Cubanoamericano

 Acaba de publicarse, con algún retraso largo de explicar, el segundo número del Anuario Histórico Cubanoamericano correspondiente al año 2018. Un año luctuoso apra nuestra academia como se encarga de recalcar el editorial del anuario tras la pérdida, en pocos meses, de "cuatro de sus más destacados asociados a quienes va dedicado este número: Salvador Larrúa, Antonio A. Acosta, Luis Israel Abreu y Fidel González". Pero también el 2018 fue el año en que la AHCE celebró su primer congreso, en septiembre, en la localidad de Union City.
Precisamente uno de los mayores atractivos que tiene este anuario es la publicación de los trabajos presentados en dicho congreso que versó sobre el tema general de la manipulación histórica. 

El número también incluye un trabajo del conocido compositor Aurelio de la Vega, un dossier dedicado al cine del exilio con entrevistas a León Ichaso, Iván Acosta, Rolando Díaz y Nat Chediak y trabajos sobre Néstor Almendros y una magnífica filmografía de lo que ha sido el cine del exilio cubano durante seis décadas.
Y en la sección documental el Anuario presenta una carta inédita de Bartolomé Masó de l 8 de mayo 1902 al entonces presidente electo Tomás Estrada Palma.   
El Anuario puede ser adquirido aquí. Esperamos que lo disfruten. 

Monday, January 8, 2018

Clara Morera: “'El color del verano' es más autobiográfica que 'Antes que anochezca'”

Reproducimos a continuación la entrevista a la artista Clara Morera que forma parte del dossier dedicado a Reinaldo Arenas en el primer número del Anuario Histórico Cubanoamericano:

Clara Morera (Camagüey, 1944) estudió en la Academia de Arte San Alejandro, en La Habana y fue miembro del Grupo Antillano pionero en explorar “la influencia de las costumbres afrocaribeñas en la conformación de la identidad cubana”. Ha expuesto su obra en diversas galerías de todo el mundo y desde 1992 Morera vive y trabaja en el área metropolitana de Nueva York. Su amigo, el escritor Reinaldo Arenas dijo que en Morera encontramos “una de las expresiones más originales dentro de la pintura cubana contemporánea, donde acertadamente se fundan mito e imaginación, lo que equivale a la gran poesía”. Pero también, bajo el mal disimulado nombre de “Clara Mortera” aparece en las páginas de la novela de Arenas El color del verano como protagonista de algunos de sus capítulos más enloquecidos y anfitriona de un punto de reunión que Arenas mitificó como “el hueco de Clara”. Al personaje literario Arenas le atribuye esta declaración: “Ustedes saben que yo durante toda mi vida he sido puta. Conocen todos los riesgos que he tenido que padecer en el desempeño de mi oficio. Pero gracias a él he sobrevivido en todos los sentidos, los he ayudado a ustedes, he mantenido una enorme familia y he trabajado en mis cuadros. Pero sobre todo he vivido en forma independiente y desenfadada, practicando la única profesión que aún no se ha prostituido: la de la putería. Ese magnífico oficio me ha permitido mantener el timón de esta casa y el timón de mi vida. Pero, ahora, algo terrible me ha sucedido. Se me han caído las tetas. ¡Miren!”.   
Primero cuéntame de tus primeros años de vida. Naciste en la provincia de Camagüey y luego te trasladaste a Jagüey Grande, Matanzas. ¿Qué importancia crees que tuvieron esos años formativos en tu posterior desarrollo como artista? ¿Cómo fueron tus primeros contactos con la cultura afrocubana?
Me llevaron a Jagüey grande siendo bebita, ahí es que tengo recuerdos. Allí tuve un profesor de octavo grado, Anِíbal Pentón, que me quitó de las manos las novelitas de Corín Tellado y me dio a leer a Goethe. De alguna manera él separó un grupo de alumnos que después fueron artistas o maestros budistas. A él le debo haber decidido irme del pueblo y estudiar arte. Al principio fue solo por romper el ciclo que me estaba destinado por mi familia inmediata.
¿Cuál fue tu formación como artista?
Primeros estudios en la Escuela de Artes Plásticas de Matanzas. Grandes recuerdos, el director Drake, era un escultor maravilloso. Después terminé en San Alejandro, hice tercer año por el día y al mismo tiempo el cuarto año por la noche. En San Alejandro tenía excelentes maestros pero lo que era pintura del tercer año no me convencía porque estaba de moda rechazar el realismo. No nos enseñaban a pintar lo básico, ahí empecé a buscar por mi cuenta. Dejé la escuela después del cuarto año y seguí aprendiendo sola. Estudié Tapicería Monumental por mi cuenta, con libros que me trajeron de Suiza.

 En varios libros Arenas presenta tu casa como centro de reunión de personas marginadas por el régimen. ¿Cómo fuiste empujada a ese punto de marginación? ¿Por qué fuiste expulsada de la Brigada Hermanos Saíz?
¿Éramos marginados? No lo sé, nunca nos sentimos marginados sino artistas aparte, si alguna patada era muy fuerte nos rebelábamos. Para mí, cada vez que me cerraban un lugar o me expulsaban de algún sitio (por ejemplo, de Brigada Hermanos Saíz, de la que fui fundadora, del Grupo Antillano) me hacían más fuerte. Me empeñaba en subirles la parada en cuanto a calidad. En realidad nunca sentíamos mucho nuestra separación de los canales oficiales y por otro lado todos los escritores oficiales que yo conocía me protegían. Siempre tuve mucha relación con ellos.
Yo nunca supe por qué me expulsaron de la Brigada Hermanos Saiz, quizás tuvo algo que ver con José Mario y la editorial El Puente. Yo vivía en su casa y otras escritoras vivían allí también. Después me mudé para la casa de Walterio Carbonell y Walterio fue expulsado de la Unión de Escritores. Y encima Bienvenido, el administrador de la UNEAC en aquella época, me esperó un día en la puerta y me dijo que no podía entrar más. Tarde, mucho más tarde y después de muchas exposiciones, Nuez me entró en la Unión y se ocupó de mis viajes. Nunca hubo una explicación al respecto ni me interesó pedirla.
¿Cómo conociste a Reinaldo Arenas? ¿Cómo eran tus relaciones con él?
 Cuando Walterio fue castigado a vivir en granjas del Partido por unos años me fui de su casa, aunque no nos divorciamos hasta mucho después. El vivía con su mama y aunque era una casa grande, allí su mama era de cierta forma racista.
Frémez me puso a trabajar con él, como una especie de realizadora de sus diseños. Era más bien una botella pero me sirvió para conseguir un estudio en Muralla 60, (el Hueco). Me casé con Tapia (Tapón en El color del verano) que era primo por parte de madre de Reinaldo. Reinaldo vivía cerca, empezó a visitarnos. Todavía El Hueco no se había abierto, vivía en el pequeño estudio con un portal, baño y un cuarto. Reinaldo me hizo una barbacoa, él era experto. Después un día me empeñé en que abrieran una ventana de mi cuarto a un antiguo convento que colindaba y que yo veía que no estaba habitado, buscando aire más bien. La pared era enorme de grosor y Reinaldo y Tapia abrieron un hueco pequeño para el aire. Pero cuando metimos la cabeza apareció lo que nos parecía un palacio en ruinas. Ellos abrieron un hueco mucho más grande, pusimos una escalerita para poder subirnos y lo tapamos con una gran tela que yo tenía llamada “La Tiñosa cuando el diluvio”. Estos eran mitos que yo inventaba con personajes mitológicos de los que también me apropiaba. Luego descubrimos aquel lugar lleno de tesoros y abrimos una puerta y nos mudamos para allí, un amplio espacio pegado a la pared que tenía techo y paredes. En los otros cuartos había muebles Luis XV, medio rotos algunos. Reinaldo encontró mármoles de Carrara… Vendíamos la entrada, se podía entrar pero para salir con algo había que pagarnos. Reinaldo ya se pasaba todos los días allí, mucho tiempo. Empecé a pintar en el Hueco y no en el estudio y, como era lógico, las tertulias se hacían allí. Nunca supe de El color del verano, pero la mayor parte de las maldades, (por ejemplo, las cartas al director del Seminario al que asistía Vicente Echerri) se hacían allí. Nos reíamos a morirnos. También allí tuvimos amarrado a una cama a Delfín Prats hasta que nos confesó a quienes habían metido en una cadena de sífilis.
¿Qué es eso una cadena de sífilis?
Te llevaban a la consulta del especialista y te interrogaban de tus relaciones sexuales. Yo recuerdo que yo estaba embarazada y tenía todos mis análisis al día y vinieron a buscarme dos enfermeras del policlínico, obligada, porque yo estaba en una cadena de sífilis y tenía que ir a decir con quién yo había tenido relaciones sexuales, etc. Reynaldo también fue interrogado. Yo logré librarme de la inquisición médica porque mi médico intervino a mi favor: yo tenía todos mis exámenes médicos bien. Reynaldo también tuvo que hacerse examen. Delfín Prats, falsamente y por hacer un chiste según él, había metido en esa cadena a cuanta persona se le ocurrió. Reynaldo, yo, Guillén, Barnet y quien sabe cuántos más. Lo amarramos hasta que confeso que sí, que él era el que había dado nuestros nombres.

 Es sabido que Arenas era un gran fabulador pero al mismo tiempo vivió realmente circunstancias que resultan difíciles de creer aunque pudieron haber ocurrido. ¿Qué hay de cierto y de invención en capítulos como “El hueco de Clara” de El color del verano?
 Tú eres escritor y sabes que un escritor siempre va a apoyarse en algo, pero en el caso de El color del verano, nosotros vivíamos una vida, digamos, "paralela". No teníamos idea ni de respeto ni de amistades intocables. Todo era bienvenido si nos divertía. Pensando ahora creo que era una diversión extraña pero a nosotros nos parecía muy normal. Por ejemplo, Cintio y Fina acostumbraban a visitarme y comprar alguna de mis cosas pero aunque no compraran, Cintio siempre me escondía sorpresas, billetes, cien o doscientos pesos cubanos que nos salvaban la vida. Al principio realmente me sorprendía, movía un plato o un cenicero y ahí estaba mi dinero. Después ya si no me dejaba algo yo me molestaba y nos divertíamos inventando historias con él. Reinaldo después las escribía. El vino de consagración que Echerri le traía a Reinaldo para vender, Reinaldo lo vendía por allí pero después hacía las cartas al director del Monasterio quejándose de que Echerri estaba cobrando muy caro el vino. Lo más gracioso es que Echerri después iba a ver a Reinaldo para quejarse de que le estaban mandando cartas anónimas a su superior. Las cartas se hacían en El Hueco. Casi no comíamos y tomábamos el fabuloso té negro ruso por galones. Así vivíamos. Aunque novelada, esa era nuestra realidad. El agua apareció también de verdad y como entenderás, con una cisterna de agua me convertí en la reina del comité pues si yo no autorizaba no podían poner el motor para sacar el agua y en el edificio aquel el agua no entraba casi nunca.
En una entrevista anterior decías que en la época en que conociste a Arenas habías dejado de pintar. Da la impresión que el impulso inicial por el que retomaste tu pintura era para tapar el ahora famoso “hueco de Clara”. En qué sentido tu encuentro con Arenas estimuló tu creatividad.
Yo apenas he estado un año o algo así sin pintar. Sobre todo cuando la vorágine era fuerte no pintaba. Pero no, nunca dejé de pintar por mucho tiempo. Pintar para mí era "sobrevivir", no solo en el sentido fisico. No sé por qué Liliane Hasson puso eso en su libro [Reinaldo Arenas : Un Cubain libre]. Nunca le dije semejante cosa. Yo pintaba de madrugada, o a veces después seguía, después de que habíamos conseguido la comida. Mi mamá me mandaba cajas de miel de abejas desde el pueblo y Reinaldo las vendía. Sí, me encantaba pintar con Reinaldo allí pero porque él me entretenía mucho y nos reíamos. Nunca he podido pintar como un maestro. De hecho, necesito hablar, oír música y hacer otras cosas mientras pinto. Eso debe ser Attention Deficit Desorder, pero nunca me preocupo. El Hueco siempre tenía a alguien leyendo o discutiendo o haciendo cuentos y siempre nos reíamos mucho. Éramos un planeta aparte, ni parecía que estuviéramos en Cuba. Un día mi hijo mayor que tenía cinco o seis años estaba jugando y se derrumbó un pedazo de piso en el lugar en que estaba. Él empezó a gritar porque se le estaban hundiendo los pies en una loza caída. Yo no lo oí pero unos ladrones que estaban forrajeando, lo oyeron y lo salvaron. Éramos una realidad aparte a todo lo que ocurría en ese país. Allí ni siquiera el Comité de Defensa sabía al principio que nosotros estábamos allí. Ni se oían los gritos del vecindario. Que entrara alguien ajeno a nuestro grupo era casi impensable. Para nosotros el comunismo casi no existía, no nos afectaba. No había ojos ni oídos siguiéndonos. Puedes imaginar que en un mundo donde todo estaba lleno de pinturas, se tomaba té sin parar, no se respetaban las reglas sociales y nos podíamos morir de risa un día entero por unos trabalenguas, etc. era un mundo que no tenía nada que ver con la Revolución del Proletariado.
 Diplomáticos y coleccionistas y escritores y nosotros, los otros: todos nos reunimos allí. A la Presidenta del Comité le regalamos un juego de sala Luis XV que estaba entre los muebles antiguos del convento y ella formaba parte de nuestra diversión.
 ¿Cómo era vivir y crear y conservar ese círculo creativo y de amistades bajo esas condiciones de marginación? Aquellos artistas y escritores que pasaban por tu casa ¿Se sentían como una república clandestina de las letras y las artes, como una banda de sobrevivientes o una combinación de ambas cosas?
 Éramos más divertidos que los demás. Venían también algunos a vigilarnos, estábamos seguros pero también se divertían y como sabíamos quiénes eran nos divertíamos dándoles noticias falsas. Reinaldo decía que era para ayudarlos a que resolvieran trabajos y eso. Nunca nos sentimos marginados. El grupo era más o menos, Reinaldo, los amantes de Reinaldo, (Lázaro no iba mucho debido a los amantes ocasionales de Reinaldo), Armando López, Poncito, La Goyesca, Echerri (pero Reinaldo se molestó con él y ya casi no iba), Delfín Prats, Tapia, algún amigo ocasional de Tapia. Creo que casi nunca iban mujeres. Después me invitaron a entrar al grupo Antillano y [Rafael] Quenneditt, el director, empezó a ir. Shelton iba también. Del mundo de afuera iban los Vitier, Pablo Armando Fernández, Luciana Guissi, diplomática, junto a otros diplomáticos italianos de los que no me acuerdo el nombre. Esos eran los habituales, siempre había dos o tres personas y nosotros que vendíamos miel y comprábamos té, huevos y espaguetis. Reinaldo vendía la comida de su libreta y con eso comprábamos comidas. Nos sentíamos reales, no marginados. Yo tenía una amiga suiza que me traía materiales de pintura.
 ¿Qué influencia crees que tuvo una personalidad como la de Arenas en tu vida y en la de aquellos que lo rodeaban en Cuba?
Hay algo. Reinaldo nunca hablaba de literatura, al menos no se hablaba mucho de eso, ni yo hablaba de pintura. Reinaldo era como un Quevedo, que todo lo transformaba en literatura, pero de eso no se hablaba. Yo apenas sabía cuándo había venido su editor de México porque eso salía en relación con alguna otra conversación. Por ejemplo, Reinaldo contaba cómo uno que parecía informante se aparecía en su casa cada vez que el editor venía y Reinaldo le decía, "pasé por aquí"’. ¡Y el personaje vivía en la Víbora! No se hablaba de sus novelas excepto alguna que otra vez que hacíamos tertulia por la noche y él leía o decía de memoria fragmentos de algo. El color del verano no existía cuando aquello. A veces había discusiones literarias. Pero en general discutíamos para reírnos. Como por ejemplo la competencia de poemas entre él y Rene Ariza: ellos tenían que decir el poema y nosotros éramos como jurados. También la de trabalenguas, que eran de Armando o eran de Reinaldo. Así nos divertíamos.
Hace tiempo se subastó en una pequeña librería una nota mecanografiada que él había escrito como para una de mis exposiciones pero que él nunca me la dio o me la leyó, pero el crítico de arte Rafael Díaz Casas logró que le dieran una copia.



¿Por qué no te pudiste ir en el éxodo del Mariel?
Reinaldo se fue cuando Mariel pero yo tenía que pedir permiso al padre de mi hijo mayor y no me pude ir. Traté de irme después por el Comité.
¿Por el CDR?
Sí, después que se acabó el Mariel todavía quedaron muchos barcos que empezaron a llenar a través de los Comités de Defensa. Para que te dejaran ir había que decir que uno era lumpen, ladrón, homosexual, etc. Pero luego cerraron todas las salidas.
¿Qué ocurrió después contigo?
Vino una época negra. Me botaron del Grupo Antillano por sospechas de que me iba y entonces vino un ciclón y Eusebio Leal aprovechó para sacarnos de allí [Muralla 60?], pues el edificio había sido declarado Monumento y hubiera tenido que buscarnos casa. Quemé muchos cuadros grandes que no tenía dónde meterlos, nos llevaron a un albergue horroroso por Guanabacoa. Los diplomáticos empezaron a irme a buscar allí y también los escritores. [El Ministerio de]Cultura me sacó y me dio un apartamento en un edificio de Escoltas de Cultura en San Agustín.
¿Qué significa “edificio de Escoltas de Cultura”?
Era un edificio de microbrigadas donde casi todos los que vivían eran personal burocrático del Minint, entre ellos dos o tres escoltas del Ministro de Cultura. A uno de ellos le dieron un apartamento de mejor calidad y cuando se desocupó una secretaria de Hart llamada Chela me lo dio a mí, que estaba en un albergue. Para que me lo dieran hubo mucha presión de parte de Naty Revuelta, Pablo Armando, Cintio y una agregada cultural. En cualquier lado sacaban ese tema de conversación: que había una pintora conocida que estaba en un albergue en Guanabacoa con sus niños. Extrañamente en ese edificio no había problemas porque aquellos vecinos no se metían en nada. Empecé a hacer tapicería monumental aunque ahora sí que no me invitaban a ningún evento cultural. Hasta el punto que yo tenía una nota de catálogo de Aimé Cesaire para mi primera exposición y después Cesaire fue el Gobernador de Martinica y Cuba mandó una exposición para Martinica y no me incluyeron. Pero por otro lado Naty Revuelta me gestionó el performance Cien años de soledad que Gabo promovió en la Escuela de Cine. A los periodistas les dijeron que lo que pasara allí no podía salir de allí. Armando López solo pudo sacar una pequeña reseña. Y a la cañona porque le dijeron que no podía escribir nada. Esa exposición que se inauguró el día antes del cumple del Gabo tuvo sin embargo una gran asistencia oficial y allí conocí a Nisia Agüero que se convirtió en mi protectora. Yo vivía bien decorando hoteles extranjeros y viajé a Rusia con una exposición-performance. Creo que fui una de las primeras artistas que no salió protegida por el gobierno. Nuez me sacó el pasaporte y la visa y me entró a la Unión de Escritores otra vez. De San Petersburgo (era cuando la Perestroika) me escapé a Suiza sin problema alguno a llevar unos tapices que había vendido. Regresé a Cuba pero dejé saber que yo había ido a Suiza y había virado.
Un día me llamó una artista amiga mía desde la Sección de Artes Plásticas de la UNEAC para decirme que Barnet había dejado un enorme sobre en la mesa de la secretaria para mí. El sobre venía de París. Lo enviaba Ramón Alejandro, el gran pintor cubano-francés. Traía una invitación al Simposio de Artistas de Canadá. Cuando llegué a Baie Saint Paul, una ciudad pequeña de Quebec Ramón Alejandro me estaba esperando con los libros de Reinaldo. Ahí supe que Reinaldo había muerto, que había escrito los libros y los leí. Tiempo atrás Ramón Alejandro había estado leyendo El color del verano, y Sergio Giral, el director de cine cubano, estaba de visita en su casa en París le contó quién yo era. Ahí es que Ramón Alejandro decide sacarme de Cuba. Y lo hizo. Estando en Canadá, ya se sabía que yo me quedaba pero no estaba muy segura de querer quedarme allí porque en aquella época a los cubanos que pedían asilo los llevaban a la isla de Saint George por unos cuantos años. Pero por suerte el Museo de las Américas en Washington se llevó obras del simposio y mandaron invitaciones a los artistas que habían seleccionado. Yo fui invitada y conseguí la visa. Ya Reinaldo había muerto en diciembre de 1990 y yo llegué a Estados Unidos en 1992 pero siempre he considerado que Reinaldo me sacó de Cuba, fue su último gran truco de magia conmigo.
¿Qué sentiste al ver que Arenas te había convertido en uno de sus personajes? Lo sientes como una maldición, una bendición o como algo irrelevante?
Yo me divertí mucho leyendo El color y Antes que anochezca, aunque considero El color del verano más autobiografía que Antes que anochezca. Como conocía a todos los personajes me divertía lo exacto de las descripciones. Las oraciones eran Reinaldo. Las Cartas eran Reinaldo. Arenas, Reinaldo y la Tétrica Mofeta eran Reinaldo.
Yo no tengo un sentido convencional de mí misma. El personaje de la Mortera era yo misma, lo soy y lo fui o al menos quise serlo, incluyendo la prostituta. Me encanta.

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