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Wednesday, May 2, 2018

"El compañero que me atiende" en NYU este viernes

El Centro Cultural Cubano de Nueva York


le invita al lanzamiento de


EL COMPAÑERO

QUE ME ATIENDE


una antología sobre la vigilancia omnipresente
en la Cuba revolucionaria



Con la presencia de los autores Jorge Ignacio Domínguez, Alexis Romay, Ricardo Arrieta y Enrique Del Risco.

VIERNES 4 de MAYO, 2018
7:15 PM


NEW YORK UNIVERSITY
19 University Place,  NYC
GREAT ROOM ~ FIRST FLOOR

FREE ADMISSION

Sunday, April 29, 2018

Discurso de investidura del académico Jorge Ignacio Domínguez López

Rodolfo de Lagardere, el sueño de una Cuba mulata y española*

Se cuenta que Eugenio Surín, uno de los líderes del Partido Independiente de Color, en una ocasión “se interrumpió en medio de uno de sus discursos incendiarios, para decir que no podía continuar en el uso de la palabra, porque el cuello de la camisa, por ser blanco, le asfixiaba”1.
La anécdota la cuentan sus enemigos, los periodistas Rafael Conte y José M. Capmany, en su libro Guerra de razas (Negros contra Blancos en Cuba).
Y cuentan también Conte y Capmany que el líder de los Independientes de Color Evaristo Estenoz, en un discurso en Guantánamo, en los días que precedieron a la Guerra de 1912, dijo que “después del triunfo del Partido Independiente de Color, los mulatos, que hasta el presente habían sido producto del cruzamiento del blanco y la negra, nacerían de la unión del negro con la blanca”2.
Con esas citas, los autores llevan la intención de descalificar a Surín y Estenoz, sin preguntarse por las razones de la asfixia ni por el origen más común de los mulatos durante los cuatro siglos, o la violencia y el abuso que ese origen supone.
Sabemos, por supuesto, quién escribe la historia, y Estenoz profesó una larga amistad con la derrota: había estado preso durante la primera intervención norteamericana, se había levantado en armas contra la reelección de Estrada Palma en 1906, y fue el líder de los Independientes de Color en la Guerra de 1912, que terminaría con su muerte y la de miles de cubanos negros.
Había sido, por tanto, testigo de excepción del cumplimiento de los tres destinos infaustos que profetizaron quienes se oponían a la independencia, y no solo ellos: el peligro de la dominación americana, la supuesta incapacidad de los cubanos para el autogobierno, y la amenaza de una guerra de razas en una Cuba independiente.
Rodolfo de Lagardere
Desde el Pacto del Zanjón hasta el Maine, esos tres mitos malditos habían imantado el discurso de integristas y autonomistas. Uno de sus más curiosos expositores es hoy una figura olvidada: Rodolfo de Lagardere. Se le recuerda poco, y cuando se lo menciona es usualmente para vituperarlo.
La condena es expedita y las razones irrebatibles. Lagardere era un mulato nacido en Barcelona, integrista a ultranza, católico ultramontano y enemigo de Darwin y del naturalismo, tanto en filosofía como en literatura. ¿Valdría la pena acaso detenerse en su figura?
Casi todo lo que sabemos de su biografía fue escrito por un adversario. Los detalles de su origen se pueden hallar en un libro implacable escrito por Martín Morúa Delgado y publicado en Nueva York en 1882: Dos apuntes: Biografía de dos langostas que parecen hombres3.
Es un retrato mordaz y devastador, como el mismo título anuncia. Morúa acusa a Lagardere de ser un agente pagado por el gobierno español para promover la causa del integrismo entre la población negra de Cuba; de ser mal amigo, cobarde, informante de la policía, ladrón, ampuloso y ridículo. Sobre los rasgos de su carácter sería difícil pronunciarse sin pruebas. Su prosa, sin embargo, justifica las acusaciones de ridiculez y ampulosidad.
En su libro, Morúa explica que el abuelo de Lagardere, Pedro Blanco, era un traficante de esclavos catalán establecido en La Habana que, por intereses “comerciales”, se había casado con la hija del rey africano al que le compraba los prisioneros que traía a América como esclavos. De esa unión nació Rosa, la madre de Lagardere. Educada en Francia, Rosa hablaba el español con dificultad. Quizás el primer idioma de Lagardere haya sido el francés. Su verdadero nombre era Rodolfo Fernández-Trava.
Según Morúa, él y Lagardere habían sido amigos. En los años inmediatamente posteriores a la Guerra de los Diez Años, bajo el seudónimo de El Mandinga, Lagardere se había convertido en un columnista muy popular, especialmente entre la población negra de la Isla. En esa época, Morúa había sido uno de sus admiradores. Y Lagardere lo había guiado y ayudado en sus primeros pasos en el mundillo literario de la Cuba de entreguerras. Según el libro de Morúa, en un debate periodístico, Lagardere le recordó esa admiración antigua y aquellos favores. Morúa acepta en su libro la exactitud de esos detalles, pero es evidente que el recordatorio no aminoró su enemistad.
Cuba no es Venecia: contra la autonomía
Y sin embargo, no todo es integrismo y ampulosidad en Lagardere. En 1887, publica un folleto con el curioso título de La cuestión social de Cuba: Cuba no es Venecia. Es una denuncia contra los autonomistas, contra la idea misma de la autonomía de Cuba. Entre sus razones menciona algunas que no son las que normalmente identificamos con el integrismos español: la igualdad racial y lo que hoy llamaríamos “la multiculturalidad” de la nación. Para Lagardere, cuanta mayor autonomía tuviese la Isla, menos espacio y menos dignidad habría en ella para los cubanos negros:
“…la autonomía jamás marchará hacia el magnífico ideal de la abolición de razas, la abolición de castas. Antes al contrario, perpetuará la libertad mutilada, el derecho de libertad abolido por el derecho del color. […] en ese gobierno serían imposible los procedimientos verdaderamente democráticos y los antiguos esclavos se convertirían en eternos menores”4.
Su segunda razón esencial contra el autonomismo es, según él, su inviabilidad. Lagardere comenta que los autonomistas, necesariamente, terminarán siendo partidarios de una guerra de independencia o de la anexión: “La historia dirá en su día, hasta qué punto me he equivocado; pero yo declaro, en honor de los autonomistas, que por todas partes se echarán en brazos de la guerra social o del extranjero, POR HUIR DE MADRID y no hacer abdicaciones que ellos creen vergonzosas, porque no nacerían de sus corazones”5.
Para Lagardere “Cuba no es Venecia” porque sus vínculos con España son mucho más poderosos que los que Venecia podría tener en esa época con el imperio de los Hapsburgos o los Bonaparte. Y, por otro lado, apunta Lagardere, España es ya un abanico de etnias y culturas en el que los cubanos de cualquier color u origen cabrían naturalmente:
Grandes diferencias de raza, de intereses, de costumbres, de dialectos, de clima y hasta de historia, separan una de otras a las provincias de la madre patria. Estudiad el carácter del andaluz y encontraréis un español distinto al catalán […] Tratad al aragonés y no dudareis en llamar extranjero al navarro. Y sin embargo, la Patria España concierta estas antítesis de la naturaleza y de la historia, del carácter y de la tradición.6
En esa patria ecuménica, piensa Lagardere, ¿por qué no iban a caber los descendientes de españoles y africanos que pueblan la isla de Cuba? [Uno se pregunta que diría un Carles Puigdemont de semejante idea, por supuesto.] Lo que hace a Lagardere una rara avis son las peculiares razones de su crítica contra el autonomismo y el separatismo. Su condición de mulato, nieto de traficante de esclavos y princesa africana, nacido en España y residente en Cuba, lo pone en el centro de todas las encrucijadas del final de la colonia, y le da una perspectiva propia.
Así como sostiene que gallegos y catalanes son españoles por igual, asume que negar a los españoles su lugar en la Isla es tan imposible como excluir de su fuero a los africanos traídos como esclavos o a sus descendientes: “Aquí y en Puerto Rico, no se es descendiente sino de los españoles europeos o de los negros africanos. […] Aquí y en Puerto Rico, nadie puede llamar forastero al español europeo, ni al moreno de nación”.7 
Blancos y negros: contra el racismo
Al año siguiente, en agosto de 1888, el Dr. Benjamín de Céspedes publica su libro La prostitución en la ciudad de La Habana. Lagardere tenía ante sí a su adversario ideal. De Céspedes, médico de familia acaudalada, había estudiado en Francia y España, era separatista, profesaba un criollismo ingenuo y extremista, y en sus ratos libres era presidente de la Liga Anticlerical de la Isla de Cuba. Fue colaborador de La Habana Elegante y otras revistas literarias habaneras. Predicaba también, como lo demuestra en su libro, el racismo más extremo y abominable que se pueda hallar quizá en la historia impresa de Cuba.
El libro de De Céspedes fue prologado elogiosamente por Enrique José Varona. En ese prólogo, nuestro “insigne filósofo y pedagogo” se refiere a los cubanos de origen asiático como “chinos decrépitos en el vicio” y a los venidos de África como “piaras de ganado negro”. Vale la pena recordar que siete años después, Varona sucedería a José Martí como director del periódico Patria.
Sin citar profusamente su libro es difícil hacerse una idea exacta de la intensidad del racismo de Benjamín de  Céspedes; ni aquilatar con justicia la crítica de Lagardere. Por ejemplo, De Céspedes afirma:
Una fatalidad antiquísima, verdadera desgracia moral heredada, corroe la infeliz raza de color, explotada ayer como servil instrumento de trabajo, y hoy como carne de lujuria. Pero esa raza impenitente, después de diez años de redención, es hoy más esclava que nunca, de su indolencia, sus vicios y depravaciones. Si al menos como el estiércol aislado, ella se destruyera sin contagios, en su podredumbre; pero no, su contacto íntimo inficiona [sic] todo cuanto toca; la raza de nuestras desgracias, habrá de servir de vehículo también de nuestras miserias.
[…]
En el organismo linfático de la sociedad cubana, el abceso [sic] supurante de la prostitución radica en las costumbres de la raza de color [...] las uniones carnales más peligrosas para la salud y la moral pública, son las que se establecen entre individuos de diferentes razas y condiciones.9
Es difícil no leer esos calificativos —estiércol, podredumbre, contagio, infección, absceso— y no pensar en las expresiones del racismo genocida que hemos conocido en el siglo XX.
Para Lagardere, De Céspedes es el ejemplo exacto de todos los males que él ha combatido. De Céspedes es anticlerical, darwiniano y separatista. Y para Lagardere los tres se complementan. El darwinismo supone la negación de Dios y el racismo, el rechazo a la Iglesia Católica lleva al rechazo de la herencia española, al separatismo. Para Lagardere el resultado de esta mezcla será una Cuba independiente, irreligiosa y racista.
En 1889, Lagardere responde a De Céspedes con un folleto de 50 páginas que titula Blancos y negros, refutación al libro «La prostitución», del Dr. Céspedes. 
 […] ¿qué cargos, qué serios cargos no podría hacer yo a la raza a que no dudo pertenezca el Dr. Céspedes, empeñado en encerrar la personalidad del negro en el ataúd de plomo de las genealogías y del privilegio del color, y empeñado en desdeñar de la manera más injuriosa, al tenido por él, inferior a los brutos, a las aves y a los peces? ¿No temerá el Dr. Céspedes el juicio, impregnado con lágrimas de los que mañana escriban y dirijan su ojo perscrutador [sic] sobre esa democracia criolla-blanca-sin igualdad, democracia que ha destinado a los negros como los caballos padres en las yeguadas, que ha relegado a ser meros comparsas, sin voz ni voto […] y ha mantenido a los ayer esclavos en la más crasa ignorancia por medio de grandes cábalas políticas, de tremendos engaños y de sofísticas mentiras? ¿No temerán esos blancos que comulgan en los mismos altares que comulga el Dr. Céspedes […] no temerán el fallo de la historia por haber perpetuado a los negros, mucho tiempo y por razones de conveniencia, en instituciones como la Esclavitud [sic], opuestas a su naturaleza y a su voluntad? 10
Aunque la mayoría de las invectivas de De Céspedes van contra la raza negra, su lista de “excluibles” y despreciables es mucho larga. Su libro de 200 páginas es un concilio ecuménico de odios numerosos. Lagardere se concentra en la defensa de la raza negra, pero también responde a sus diatribas contra de los chinos, las mujeres, los peninsulares y las prostitutas.
Su breve libro es también un ajuste de cuentas con el racismo cubano del siglo XIX. De José Antonio Saco dice que “murió de espanto, de miedo a los negros, ¡los pobres negros!”11.
La base de su oposición al racismo darwinista de De Céspedes es la doctrina cristiana y lo que él llama “la unidad adámica”. Para Lagardere, más allá incluso de la ética, el racismo es un sinsentido porque todos somos hijos de Adán. “Dios hizo que todo el humano linaje saliera de un solo hombre”, dice citando a San Pablo. Y la prueba de ello es la muerte de Cristo, por todos, en el Calvario. “La inteligencia no es blanca, no es negra, ni tiene colores. Jesús murió […] por los americanos y los asiáticos, los africanos y los europeos, murió por todos los hijos de Adán, por todos los hombres”.12
Otra diferencia irreconciliable entre De Céspedes y Lagardere —y quizás la más significativa para el futuro de aquella Isla en la encrucijada— es la idea que ambos tienen de la mezcla de razas. Para De Céspedes “las uniones carnales más peligrosas para la salud y la moral pública, son las que se establecen entre individuos de diferentes razas y condiciones. De esta mancomunidad viciosa de las razas, brotará el tipo mestizo: la mulata”.13
Para Lagardere, por el contrario, “las razas más enérgicas que han aparecido sobre la tierra han sido producidas por la mezcla de elementos opuestos, por ejemplo, la mezcla del blanco con la mujer negra; elementos que dan por resultado el poderoso mundo mulato de extraordinario vigor, y capaz por sí solo de regenerar a las razas enfermizas que aquí en América languidecen, se debilitan, se extinguen y sucumben bajo el peso de la falsa bandera de los Estados Unidos”.14

Marinos y pequeñeces, contra la anexión

En 1901, Lagardere publica Marinos y pequeñeces. El mundo que defendía en sus obras anteriores había terminado con la intervención de Estados Unidos en la Guerra del 95 y el fin del dominio español. Benjamín de Céspedes para esa época estaba establecido en Costa Rica. Varona, que había nadado en ambas direcciones entre las dos aguas del autonomismo y el independentismo, era entonces funcionario del gobierno interventor norteamericano… aunque más tarde sería antiimperialista radical.
Morúa Delgado, autonomista también ayer antes de abrazar la causa de la independencia, había regresado a Cuba para participar en la Convención y oponerse a la mención de Dios en el primer artículo de la Constitución.
Lagardere es el único que parece no haber cambiado mucho. Sigue preocupado —ahora mucho más— por el destino de su Cuba española. En su libro se opone a la Enmienda Platt, a la que ve como el preludio de la anexión. Al contrario de Varona, elige ser antiimperialista a la hora en que es menos conveniente.
Los americanos, demasiado astutos, tenían necesidad de violentarlo todo, de atropellarlo todo, no en nombre de los derechos de la humanidad, que en ellos es una palabrería, sino en nombre de los altos intereses de la política. No querían tener inseguridad en su destino. Desaparecida España de América, lo demás vendrá por añadidura, y ha venido por desgracia.15
Y por supuesto, continúa a la defensa de la igualdad racial, a contrapelo de la ciencia al uso, una igualdad que él ve fundada en el cristianismo: “Las razas no son más que las diversas manifestaciones de la especie. La Ciencia concluirá por armonizarse con el Evangelio”.16
Para oponerse a la dominación americana, denuncia a “los majaderos que quieren injertar en las gargantas cubanas, voces inglesas”. Dice: “ni Gualberto Gómez, ni Sanguily, ni Giberga, ni González Llorente, renegarán nunca de la lengua castellana; pues renegar de la lengua de Cervantes, sería renegar a la patria cubana, al espíritu latino”.17
En la lengua española ve ya la posibilidad de reconciliación entre Cuba y España cuando habla de esa “lengua sublime, esa imponderable  y sonora lengua castellana, en la cual relatan los cubanos las glorias militares de un Maceo y los españoles relatamos los melancólicos pero gloriosos desastres de un Cervera”.18
Marinos y pequeñeces es, sobre todo, un lamento por la derrota de España ante Estados Unidos y el fin del Imperio Español, que para Lagardere significó el fin de su mundo personal. Si denuncia a los americanos por la intervención, y a los cubanos por adoptar el spanglish, también denuncia a los peninsulares, o a cierta tendencia dentro de la sociedad española, por haber provocado la catástrofe. El tono es melancólico, quijotesco y reaccionario, todo a la vez y todo en extremo:
“Los caballeros católicos del siglo XVI, hicieron de España la reina de las naciones. ¿Qué han hecho de España los partidarios del himno de Riego y de la electricidad? ¿Qué han hecho de España los utopistas que hacen novelas en el orden especulativo y tienen poder bastante para fascinar á las muchedumbres? Que respondan esas dos vergüenzas: Cavite primero, Santiago de Cuba después. Que respondan nuestras escuadras sumergidas en el fondo del Océano, nuestros soldados evacuando de la Habana”.19
Su conclusión es filosófica, pero igualmente desoladora: “Al costoso precio de nuestra ruina, hemos pagado las lecciones de Kant”20.
Resumen de la sesión de Cortes del Congreso de Diputados español del 23 de noviembre de 1881 donde en el punto 14 aparece la petición Rodolfo Fernández de Trava, más conocido como Rodolfo de Lagardere, de que se declare la abolición completa de la esclavitud en la isla de Cuba 
La historia de su olvido
Es difícil rastrear su nombre en los archivos (o al menos en Google Books) después de ese libro. Su nombre, como su mundo, desparece con la escuadra de Cervera. Tras rechazar la electricidad, su nombre queda en la sombra.
Pero perduran, testarudas, sus preguntas y sus obsesiones. Son el desmentido constante de la dicotomía falsa en que hemos parcelado nuestro siglo XIX, y que nos hace ver dos bandos donde hubo un abanico de sueños; y que nos hace identificar, con peligroso infantilismo, a uno de esos bandos como portador de todo lo que hoy nos parece deleznable, y al otro como dueño de las ideas que están de moda esta primavera.
Quienes hablan de “estar del lado equivocado de la historia” nunca se preguntan si la historia misma está siempre del lado correcto. En la mayor parte de las ocasiones, la historia no tiene ningún lado bueno, y uno sólo puede aspirar a ponerse del lado de la verdad y el bien, en la medida en que cada cual sea capaz de hacerlo.
Rodolfo de Lagardere estuvo siempre “del lado equivocado de la historia”. ¿Cómo se podía explicar que la España cristiana que él defendía hubiese practicado la esclavitud por cuatro siglos en América? ¿No negaba ese simple dato todas sus tesis? Y sin embargo, en su defensa de la raza negra, y de la igualdad de todas las razas, y en los peligros que anunció para el futuro de la Isla, y en su denuncia del racismo que muchos separatistas profesaban, fue más lúcido que sus críticos.
Ninguno de ellos fue más implacable que Martín Morúa Delgado. Sería Morúa Delgado —sin duda para escándalo de Lagardere— quien se opondría a la mención de Dios en la Constituyente que sesionaba en el Teatro Martí en los mismos días en que Lagardere escribía en su casa, por cuenta propia, Marinos y pequeñeces.
Una década más tarde, presentaría Morúa ante el Senado la enmienda al Artículo 17 de la ley electoral que llevaría su nombre, y que en la práctica ilegalizó el Partido Independiente de Color. Aprobada tras su muerte, la enmienda provocaría al cabo la Guerra de 1912 y la masacre de miles de miembros del Partido Independiente de Color, y el asesinato de su líder, Evaristo Estenoz, aquel mulato, hijo de hombre blanco y mujer negra —como Morúa, como Lagardere— que soñó con invertir la fórmula de la fusión de razas en Cuba; esa fusión que espantaba a Saco y a Benjamín de Céspedes, y que Rodolfo Lagardere presintió que era nuestra única redención.

*Discurso pronunciado el sábado 28 de abril de 2018


Bibliografía
1. “Conte, Rafael, y José M. Capmany. Guerra de razas (Negros contra Blancos en Cuba), página 20. Imprenta MILITAR de Antonio Perez. La Habana, 1912. Conte y Capmany atribuyen a frase a “Eugenio” Surín. Podría tratarse de un error, pues ese nombre no aparece usualmente mencionado entre los líderes del PIC,  sino el de “Gregorio Surín”.
2. Ibídem, página 19.
3.   Morúa Delgado, Martín. Dos apuntes: Biografía de dos langostas que parecen hombres, Imprenta de Hallet y Breen, Nueva York, 1882
4.   Lagardere, Rodolfo de. La cuestión social de Cuba: Cuba no es Venecia, pág. 29. Tipografía "La Universal", La Habana, 1887
5.   Ibídem, página 20.
6.   Ibídem, página 41.
7.   Ibídem, página 45.
8.   Céspedes, Benjamín de. La prostitución en la ciudad de La Habana, Establecimiento Tipográfico O’Reilly Número 9. La Habana, 1888
9.     Ibídem, págs. 170-171.
10. Blancos y negros, refutación al libro «La prostitución», del Dr. Céspedes, pág. 5. Imprenta “La Universal”. La Habana, 1889
11. Ibídem, página 21.
12. Ibídem, página 12.
13.  Céspedes, Benjamín de. La prostitución en la ciudad de La Habana, pág. 170
14. Blancos y negros, refutación al libro «La prostitución», del Dr. Céspedes, pág. 19.
15. Lagardere, Rodolfo de. Marinos y Pequeñeces, pág. 22. Imprenta y Librería “La Propagandista”, La Habana, 1901
16. Ibídem, página 69.
17. Ibídem, página 96.
18. Ibídem, página 12.
19. Ibídem, página 73.
20. Ibídem, página 73.

INVESTIDO JORGE I. DOMÍNGUEZ LÓPEZ COMO NUEVO ACADÉMICO


Jorge I. Domínguez recibe diploma acreditativo de manos del presidente de la academia Dr. Lolo [Foto: Liu Santiesteban] 
El pasado sábado 28 de abril tuvo lugar en Union City (NJ), en el local de la Unión de Expresos Políticos Cubanos Zona Noreste, el acto de investidura de un nuevo miembro de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp.: el Lic. Jorge I. Domínguez López.

Fungió como Maestro de Ceremonias el Dr. Octavio de la Suarée, Secretario de la AHCE, quien presentó a los oradores de la velada y dio a conocer el próximo acto de investidura de otros miembros electos que tendrá lugar en Los Ángeles (CA) el sábado 19 de mayo.

 El nuevo académico tituló su discurso “Rodolfo de Lagardere, el sueño de una Cuba mulata y española”, llamando la atención de un hoy olvidado (y en su época controversial) intelectual cubano que dedicó su pluma a denunciar la discriminación racial en la Cuba de finales del siglo XX al tiempo que, dado su inveterado integrismo, impugnaba las ideas autonomistas y separatistas. Domínguez basó su análisis de la inusual combinación de posturas señaladas, entre otros aspectos, tomando como punto de referencia la réplica que hiciera Lagardere de la tesis desarrollada por su contemporáneo Benjamín de Céspedes en su libro La prostitución en la ciudad de La Habana. De Céspedes, de un racismo feroz era, a su vez, un defensor de las ideas separatistas.

La dicotomía antitética personal resultante en las posturas por ambos mantenidas y a dúo en su relación, fueron detalladas y analizadas en profundidad por el orador, quien sacó a la luz las contradicciones de una época que la historiografía tradicional ha tratado de simplificar con la espuria imagen de polos de sólida homogeneidad. Otro personaje de la época presente en el discurso de Domínguez sirve de complemento y telón de fondo a las posturas de Lagardere y Céspedes: Martín Morúa Delgado.

Luego de reconocer el olvido en que se ha disuelto el nombre de Rodolfo Lagardere, el nuevo académico sintetizó así su tesis: “Pero perduran, testarudas, sus preguntas y sus obsesiones. Son el desmentido constante de la dicotomía falsa en que hemos parcelado nuestro siglo XIX, y que nos hace ver dos bandos donde hubo un abanico de sueños; y que nos hace identificar, con peligroso infantilismo, a uno de esos bandos como portador de todo lo que hoy nos parece deleznable, y al otro como dueño de las ideas que están de moda esta primavera. Quienes hablan de ‘estar del lado equivocado de la historia’ nunca se preguntan si la historia misma está siempre del lado correcto. En la mayor parte de las ocasiones, la historia no tiene ningún lado bueno, y uno sólo puede aspirar a ponerse del lado de la verdad y el bien, en la medida en que cada cual sea capaz de hacerlo.”

 El Discurso de Respuesta estuvo a cargo del Dr. Enrique Del Risco, Secretario de Publicaciones y Redes Sociales de la AHCE. Del Risco destacó la importancia del discurso del Lic. Domínguez dentro de los objetivos que, desde su fundación, persigue la institución que inviste al nuevo miembro. Señaló Del Risco a inicios de su alocución: “Como a cualquier historiador de raza a Jorge Ignacio Domínguez le apasiona hurgar en detalles que no le interesan a nadie para hablarnos de asuntos que nos atañen a todos. Sus obsesiones se nos revelan entonces no como majaderías sino como nudo esencial de un tejido de causalidades que nos justifican como habitantes de alguna provincia del universo.” Para concluir dándole la bienvenida al nuevo académico “con ese discurso que resulta modo ejemplar de acceder a ella.”
De izquierda a  derecha: Octavio de la Suareé, Enrique Del Risco, Jorge I. Domínguez y Eduardo Lolo [Foto: Liu Santiesteban] 


El acto terminó con unas breves palabras del Dr. Eduardo Lolo, Presidente de la AHCE, quien felicitó a los oradores, agradeció al público su presencia a pesar de las inclemencias del tiempo,

y destacó la generosidad y solidaridad de la Unión de Expresos Políticos Zonas Noreste por siempre permitir a la Academia  desarrollar los actos de investidura en su local, tan relacionado con la historia de Cuba. “Cada uno de nuestros investidos pronuncia su discurso bajo la mirada de nuestros mártires más recientes, quienes nos observan desde esa pared de retratos de hombres y mujeres asesinados por el castrismo que se resisten al olvido y nos impulsan a seguir adelante en nuestros propósitos como institución dedicada al estudio de la Historia de Cuba al margen de las falsificaciones totalitarias.” Finalmente, el Dr. Lolo hizo entrega al nuevo colega del Diploma que lo acredita como Miembro de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp.



Los discursos de Domínguez y Del Risco serán publicados próximamente en este Blog.



JUNTA DIRECTIVA

ACADEMIA DE LA HISTORIA DE CUBA EN EL EXILIO, CORP.

Sunday, October 8, 2017

La última casa de José Martí

Por Jorge Ignacio Domínguez

Tras el fracaso de la expedición de Fernandina en los primeros días de enero de 1895, José Martí tuvo que ocultarse. El gobierno español había contratado a los agentes de la Agencia Pickerton para descubrir su paradero. El objetivo era hacer que el gobierno norteamericano lo detuviese por violación de la neutralidad en los asuntos cubanos con la que el gobierno estadounidense estaba comprometido.

¿Dónde pasó José Martí esas dos semanas, desde su apresurado regreso de la Florida hasta su definitiva partida? En ese lugar escribió algunas de sus cartas más importantes, y allí firmó el “acta de independencia” de Cuba: la Orden de Alzamiento para iniciar la Guerra del 95.

La casa —ya veremos después dónde estaba realmente— fue uno de los centros gravitacionales de la comunidad cubana de Nueva York. Allí vivían dos matrimonios cuyo destino se fundió varias veces con el de la Isla de Cuba: el del Dr. Ramón Luis Miranda y Luciana Govín, y el de la hija de estos, Angelina Miranda, y Gonzalo de Quesada, discípulo y amigo cercano de Martí.

Luciana Govín era a su vez la hija de Félix Govín, el cubano más rico de Nueva York hasta su muerte en 1891. Luciana, principal heredera y albacea testamentaria de su padre, era una activa corredora de bienes raíces, y administraba su pequeño imperio desde la casa familiar. La fortuna heredada de su padre —y que debería compartir con su hermano vivo y los hijos del hermano muerto— equivaldría hoy a una suma de entre 16 y 36 millones de dólares.

Esa fortuna estuvo muchas veces a disposición de la causa cubana, aunque habría que señalar la probable falsedad de la más dramática escena de fervor patriótico que nos ha llegado: el ofrecimiento del famoso cheque en blanco durante los días cruciales en que Martí se refugió en su casa. Pero está fuera de toda duda que ayudó generosamente a la causa, y que era la persona a acudir cuando había que pagar la fianza de algún cubano detenido por conspirar contra España en el suelo oficialmente neutral de Nueva York.

No es ocioso recordar que una promesa incumplida de Félix Govín estuvo a punto de expulsar a Martí de la historia de Cuba. El famoso encontronazo con Máximo Gómez y Maceo en el Hotel Griffou en 1884 fue de alguna manera provocado por Govín. Según cuenta el general y doctor Eusebio Hernández, entre otros, el acaudalado Félix Govín había prometido a Gómez y a Maceo donar cien mil pesos y buscar dos amigos que donaran cada uno cincuenta mil, "si juntos [Gómez y Maceo] se ponían al frente del movimiento".

Tras la llegada a la ciudad de los dos patriotas, relata Eusebio Hernández, Govín informó a los conspiradores que no podría ayudarlos, pues "en aquellos momentos tenía pendiente una reclamación al gobierno español que fracasaría si le demostraban que alentaba una revolución separatista". Fue entonces que se decidió enviar a Martí y a Maceo a México a buscar fondos, y en esa conversación fue donde Gómez le dijo a Martí que se limitara a cumplir sus órdenes, lo que ocasionó la famosa respuesta de Martí sobre las fundaciones de pueblos y campamentos, y su apartamiento de la causa independentista. 

Pero volvamos a 1895. El esposo de Luciana Govín, el Dr. Miranda, era el médico personal de Martí y mantenía una consulta en la misma casa. Además, era el presidente de la Sociedad de Beneficencia Hispanoamericana, organización que también tenía sede oficial en la casa. El Dr. Miranda, graduado de la Sorbona, era médico de renombre en Nueva York. Ante una epidemia de fiebre amarilla, por ejemplo, los periódicos de la ciudad buscaban sus comentarios de experto. Y de todos es conocido el cariño reverencial que Martí sintió por él.

Gonzalo de Quesada, por supuesto, fue muy cercano colaborador de José Martí en sus años finales en Nueva York. Su admiración apasionada por Martí era correspondida por el cariño paternal que este le dedicó. Se olvida habitualmente que Gonzalo, además de ser “el discípulo” de Martí, era un neoyorkino; un señor cuyo inglés era más sofisticado que su castellano y casado con la heredera de una fortuna inmensa. Un abogado graduado de la Universidad de Columbia. Un hombre con conexiones en el mundo de los negocios y de la prensa de Nueva York.

Angelina, por su parte, fue también admiradora de Martí, desde antes de su boda con Quesada ,y contribuyó con su dinero a la causa martiana repetidas veces. Y después de la muerte de Martí fue la principal animadora del Club Hijas de Cuba, que se reunía en su casa.

Esa amistad casi familiar de Martí con toda la familia se puede rastrear en cartas, notas y referencias en el periódico Patria. Quizás la más reveladora de todas sea que Martí daba a Angelina “recibos” por el tiempo que le robaría al esposo para las labores de la independencia.

Esa casa, que fue uno de los centros de la comunidad cubana de Nueva York y uno de los lugares más frecuentados por José Martí, sería también su refugio último.

Pero, ¿dónde estaba?


Por más de siete décadas, en los libros de historia de Cuba, en las biografías y estudios diversos se ha repetido que José Martí pasó esas dos semanas definitivas en el número 116 oeste de la calle 64 de la ciudad de Nueva York. Esos mismos libros dicen a veces que se trataba de la casa de Gonzalo de Quesada y otras que era la casa de su suegro, el Dr. Ramón Miranda.

Esa casa —la del 116 oeste de la calle 64— desapareció a fines de la década del cincuenta o principios de la del sesenta del siglo pasado cuando se construyó el Lincoln Center.

Hay tres razones poderosas por las que se aceptó siempre esa dirección como verdadera.

En 1941, Luis Rodolfo Miranda, sobrino del Dr. Miranda y comandante del Ejército Libertador, publicó el libro Reminiscencias cubanas de la guerra y de la paz. Luis Rodolfo Miranda conoció de cerca de José Martí siendo adolescente y vivió en la casa de su tío, el Dr. Miranda. En su libro reproduce varios artículos. Hablando de Martí, afirma que tuvo “la dicha de acompañarle constantemente” 1 durante esas dos semanas de su estancia en casa del Dr. Miranda. E indica, de manera inequívoca, que la casa se hallaba en el 116 oeste de la calle 64.

La segunda razón es el libro de Blanca Z. de Baralt, El Martí que yo conocí, publicado en 1945. La Sra. de Baralt relata la conocida anécdota del abrigo olvidado por Martí en su casa el día en que partió hacia Cuba. Tras explicar que en 1895 ella vivía en el “número 135 oeste calle 64”, añade que a “dos puertas de nuestra nueva casa vivían el Dr. Ramón L. Miranda, su esposa Luciana Govín, su sobrino Luis Rodolfo Miranda y el joven matrimonio Angelina Miranda y Gonzalo de Quesada”. 2

Esos dos testimonios de personas tan cercanas a Martí son dos de las razones por las que se aceptó la dirección de la calle 64 como verdadera. La tercera razón parece ser que nunca se han comparado esos testimonios con documentos de la época.

Hace dos años, sin embargo, la lectura de una de las cartas que Martí escribió desde Santo Domingo en febrero de 1895 me hizo dudar de la dirección establecida. Comencé a buscar documentos de la época.

La carta que generó mis dudas es un breve mensaje de Martí a Gonzalo de Quesada, escrita desde La Vega, República Dominicana, el 18 de febrero de 1895, donde el remitente indica la dirección del destinatario bajo su nombre: 349 W. 46th St., New York.


¿Por qué dirigía Martí la carta a la calle 46 Oeste y no a la 64 Oeste donde se suponía que vivía Quesada, y donde Martí habría vivido sus últimas semanas?

Durante mi investigación pude hallar 24 documentos originales, de entre 1892 y marzo de 1895 que indican que los Miranda-Govín y los Quesada-Miranda Govín vivían en esa época en la misma casa, en el número 349 oeste de la calle 46. Entre esos documentos están cartas de José Martí a Gonzalo de Quesada, varios artículos de periódicos, el Directorio de la Ciudad de Nueva York, el Registro de Asociaciones Caritativas, varias publicaciones médicas, telegramas, etc.

Entre los 24 documentos hallados que indican que la dirección correcta es el 349 de la calle 46, los más significativos son éstos:

1. En la década del noventa del siglo XIX existió en Nueva York Sociedad de Beneficencia Hispanoamericana, presidida por el Dr. Miranda. La Sociedad, sobre la que Martí escribió un bello artículo, residía en su propia casa del Dr. Miranda, y en su junta directiva estaban dos de los más cercanos miembros clave del Partido Revolucionario Cubano: Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra.
En el Directory of the Charitable, Eleemosynary, Correctional and Reformatory Institutions4 de Nueva York de 1892 aparecen los nombres y direcciones de la Sociedad. Allí podemos ver que Quesada y el Dr. Miranda vivían en la misma casa, en el 349 oeste de la calle 46:

2. En el volumen 107 del New York City Directory5, publicado en julio de 1894, aparecen los nombres y la dirección del Dr. Miranda y de Gonzalo de Quesada:



3. El periódico The Sun, el 19 de mayo de 1894 relata6 que un pariente de Luciana Govín, esposa del Dr. Miranda, había intentado asesinar al médico en su casa. Allí se indica claramente que ambos vivían en el 349 oeste de la calle 46. El caso parece haber resonado en la ciudad. The New York Times publicó ese día un artículo7 semejante donde se indica la misma dirección.

Con ligeras variaciones, los dos artículos cuentan que el Dr. Miranda había pedido a Lorenzo Govín, de 28 años, que desistiera de hacerle proposiciones amorosas a una de las criadas de la casa. El joven, al que describen en los periódicos como epiléptico y enfermo mental, comenzó a merodear la casa armado de una pistola y un “pesado bastón”. Finalmente, el joven se presentó en la casa gritando amenazas de muerte contra el Dr. Miranda. Fue entonces que la familia lo denunció a la policía y el joven fue detenido.

Esta es la copia de los primeros párrafos del artículo del Times:




3. El Charities Directory8 de la Ciudad de Nueva York, publicado en 1895, incluye nuevamente una lista de los miembros de la directiva de la Sociedad de Beneficencia Hispanoamericana. Allí aparecen el Dr. Miranda y Gonzalo de Quesada como residentes del 349 oeste de la calle 46.





Martí en el 349 oeste de la calle 46

El hecho de que ambas familias vivieran en la calle 46 entre 1892 y 1895 no prueba necesariamente que viviesen en esa casa en la segunda quincena de enero de 1895, cuando Martí se quedó con ellos. Pero también hay documentos que evidencian ese detalle esencial.

1. Al regreso de Fernandina, en enero de 1895, José Martí le escribe a Juan Gualberto Gómez. Los detalles esenciales de la carta los pone en clave para evitar revelar el lugar donde se oculta en caso de que la carta sea interceptada. Dice así:

Me enoja hablarle a medias. Si pudiese resolver por mí, ya le estaría diciendo. No puedo, en la nueva situación, y hay mar por medio. Si aguardan, todo marche al rescoldo: yo volaré, de un modo u otro.

La dirección nueva—sólo para ella tengo tiempo—es: S. Dressner trescientos cuarenta y nueve oeste, calle cuarenta y seis—y en el sobre interior, ponga para María.10

2. El 29 de enero, en su siguiente carta a Juan Gualberto Gómez, Martí le reitera:

“…si ve que esperar, en las condiciones en mi carta explicadas, es posible o indispensable, aunque no sea grato, y decide recomendarlo así, telegrafíeme entonces la palabra venda a la misma dirección nueva que le di, y así podré irme más tranquilo, y con mayor firmeza…”11

3. El 29 de enero le escribe también a Serafín Sánchez, que está en Nueva York, y le dice:

“Si nada pudo enviar hasta el recibo de esta carta, alce en la noche cuantos cientos pueda, y por la noche avise el giro, el viernes mismo por la noche, o el sábado, al rayar, a G. De Quesada, —349 W. 46 St.—El sábado antes de las doce necesito tenerlo todo…”12

Cambio de dirección

Y entonces, ¿cómo apareció la otra dirección en los libros de Luis Rodolfo Miranda y Blanca Z de Baralt? ¿Cómo se explica que dos personas distintas recuerden medio siglo después que Martí se quedó en la calle 64 y no en la 46?

El hecho es que ambos matrimonios se mudaron del 349 oeste de la calle 46 al 116 oeste de la calle 64 en el mes de abril de 1895, menos de tres meses después de la partida de José Martí.

1. El 25 de abril de 1895, en la sección de bienes raíces de The New York Times14, se anuncia la venta de la casa, como se puede ver aquí:




2. Probablemente se hayan mudado de la casa unas semanas antes de la anunciada venta. En este caso, el dato viene de epistolario mismo de Martí. Supo éste, en los campos de Cuba, que la familia amiga que lo había ocultado por dos semanas en enero se acababa de mudar. Cinco días después del anuncio de la venta en el Times, escribe desde Cuba a Gonzalo de Quesada:

“¿Cómo los caliento a todos en mi pecho y les doy de este aire puro de libertad? Ya no vivirán en la sala inolvidable donde les dije adiós. ¿Trabajan mucho, como yo trabajaba? ¿Y Carmita, y mis niñas?”15

3. Dos años y medio después, a principios de octubre de 1897, muere Luciana Govín de Miranda. Su obituario en The New York Times aclara específicamente el cambio de direcciones. Dice el segundo párrafo del obituario:

Cuando José Martí estaba en este país en 1895 e intentó sin éxito enviar una expedición filibustera a Cuba desde la Florida, se refugió por dos semanas en la casa de la Sra. Miranda, que estaba entonces en el número 349 de la Calle 46 Oeste. Martí le confió a ella muchos de sus planes para llevar a cabo la guerra, y dejó en su poder numerosos documentos. Poco después, cuando Martí abandonó Nueva York para unirse al general Gómez en Santo Domingo, la Sra. Miranda colaboró con grandes sumas de dinero como ayuda a la causa cubana. 16

Un amigo, estudioso de la vida de Martí en Nueva York, me dijo en tono de sorna que no creía que el redactor de obituarios del New York Times conociera nada de la familia de Luciana Govín, por lo que no confiaba en su artículo. Le dije, y repito ahora, que precisamente por eso es confiable. El redactor de obituarios no podría haber inventado el dato de ninguna manera. Hizo la aclaración porque alguien de la familia le pidió que la hiciera. Y debió ser Gonzalo de Quesada, pues era él quien mantenía los contactos con la prensa estadounidense en todos los asuntos relativos al Partido Revolucionario de Cuba.


La casa del 349 oeste de la calle 46 sigue hoy en pie. En su sótano se encuentra ahora el club Swing 46. En una de sus habitaciones se decidió el inicio de la Guerra de Independencia. Y allí vivió José Martí los últimos días de su vida en Nueva York.