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Wednesday, February 20, 2019

Gusanos, mercenarios, bandidos, escorias


Como adelanto al segundo número del Anuario Histórico Cubanoamericano que recién acaba de aparecer les presentamos uno de los artículos que lo componen y que fuera presentado en el primer congreso de la AHCE

Historia de las falsificaciones contada por sus palabras
Por Enrique Del Risco

La Historia no la escriben necesariamente los vencedores. La Historia suelen escribirla historiadores que sí, con frecuencia están a sueldo de los vencedores que son los que quedan en mejores condiciones para subvencionar a los historiadores después de cada contienda. Pero incluso cuando la Historia no la escriban los vencedores debemos tener en cuenta que la Historia como tal no está compuesta de hechos sino de palabras. Compuesta por un lenguaje que refleja otra guerra, la guerra de insultos, invectivas, descalificaciones que precede y acompaña a las acciones físicas. Una guerra en la que —y en eso Goebbels, el ministro de propaganda nazi, lo tenía claro— no ganan necesariamente la inteligencia y la racionalidad sino la repetición y el volumen.

La entronización en Cuba a partir de 1959 de un régimen político totalitario impuso reglas de juego más a tono con los preceptos de Goebbels. Ya no se trataba de la propaganda elaborada por un gobierno o por la prensa afín para difamar a sus opositores. A partir de entonces se erigió un sistema que no solo controlaba por completo la esfera política sino también los medios de difusión masiva, la publicidad, las casas editoriales, el sistema educativo un complejo y ubicuo entramado de organizaciones de masas para imponer la ideología y voluntad política de su líder. Cada vez que Fidel Castro comparecía ante las cámaras de televisión para pronunciar sus maratónicos discursos —que en la década del sesenta alcanzó una frecuencia semanal— sus palabras eran transmitidas por todos los canales de televisión existentes y por todas las emisoras nacionales de radio. Pero no solo eso: en los días siguientes sus palabras eran reproducidas literalmente por toda la prensa escrita y luego “discutidas” —esto es repetidas, machacadas y digeridas— en multitud de “círculos de estudio” cual si de textos bíblicos se trataran. Y más allá de esto sus principales frases eran repetidas en vallas por todo el país, en los actos matutinos de las escuelas o en los textos oficiales por los que estudiaban niños y adultos. O luego servían de exergo a los libros académicos para justificar la visión del autor que las más de las veces era la del poder que lo autorizaba a existir como tal.

Pero no pretendo decir que esos discursos que se agolpaban en la prensa nacional conformaban la mentalidad de los cubanos a su imagen y semejanza. Después de todo muchas veces los nuevos discursos negaban lo que se había dicho en los anteriores. Más importante que la difusión de las ideas del líder fue la deformación del vocabulario cubano hasta incapacitarlo para dar cuenta de su propia realidad. La escritora Masha Gessen al estudiar el caso soviético afirma que “la capacidad de dar sentido a la propia existencia en el mundo es propia de la libertad” y que “el régimen soviético despojó a las personas no solo de la aptitud para vivir en libertad, sino también de la capacidad para comprender cabalmente de qué se les había despojado y cómo había ocurrido esto”. Así el régimen buscaba “aniquilar la memoria personal y la memoria histórica tanto como el análisis académico de la sociedad” y su sistemática labor de propaganda fue de hecho un ataque a “la humanidad de la sociedad rusa, que perdió las herramientas e incluso el lenguaje para entenderse” (Gessen.15) De eso precisamente quiero hablar en esta ponencia: del lenguaje del castrismo. Porque no se trata solo de que la sociedad cubana haya perdido las palabras para explicarse a sí misma sino que estas han sido sustituidas por un léxico ideado para hacer más profunda tal incomprensión.

El lingüista judío alemán Victor Klemperer apuntaba en su estudio de La lengua del Tercer Reich que en el esfuerzo propagandístico de los nazis “el efecto más potente no lo conseguían ni los discursos, ni los artículos, ni las octavillas, ni los carteles” ni nada “que se captase mediante el pensamiento o el sentimiento conscientes”. De acuerdo con Klemperer el “nazismo se introducía más bien en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente” (Klemperer.31). Klemperer, lingüista al fin, estaba convencido de que “el lenguaje no solo crea y piensa por mí sino que guía a la vez mis emociones”. Y lo decía ante la evidencia de que incluso la caída del Tercer Reich no había conseguido llevarse consigo el lenguaje que creó sino que este persistía incluso entre quienes desde una ideología contraria intentaban describirlo.

Si observamos el caso cubano debemos reconocer el triunfo casi total de la neolegua totalitaria. El léxico impuesto desde el poder ha sido adoptado no solo por su sistema de propaganda o por sus repetidores dentro o fuera de la isla sino por el cubano de a pie, por los cubanos cultos, por los exiliados, por los académicos de adentro o afuera, por castristas o anticastristas. Las expresiones usadas para definir el régimen cubano “Revolución Cubana”, “Cuba socialista” son las escogidas por él mismo; su peor crisis no conoce otra denominación que la de “Período Especial”; a la disidencia que se produjo dentro del seno del Partido Comunista a finales de los sesenta la llaman por el despectivo epíteto de “microfracción” y a la destrucción de los remanentes de pequeña empresa y el trabajo por cuenta propia en 1968 se le conoce como “Ofensiva Revolucionaria”; y al repunte ideológico y represivo alentado por el apoyo chavista y la campaña alrededor del balserito Elián González se insiste en llamarle “Batalla de las Ideas”. Cualquier intento por describir lo que ha pasado en la isla en las últimas décadas con mayor apego al fenómeno en sí y menos al vocabulario que ha producido es visto como tendencioso, extremista, poco objetivo. La lengua del castrismo ha demostrado ser, en fin, su baluarte más firme. De tan ubicua y aceptada que es se ha vuelto invisible incluso para sus propios detractores.

Uno de los casos en los que la lengua del castrismo ha mostrado su eficacia es en nombrar a sus enemigos. En su intento de negarles agencia, dignidad, voluntad propia y, llegado el caso, hasta su propia humanidad. En ese sentido la palabra “gusano” fue y sigue siendo un hallazgo ejemplar. Aparecida en el apogeo de la instauración del régimen totalitario y cuando este encontraba una mayor resistencia interna, el término imitaba “la visión apocalíptica nazi” en la que al decir de un estudioso los judíos “putativos enemigos de la civilización […] eran representados como organismos parásitos como sanguijuelas, parásitos, piojos, bacterias o vectores de contagio” (Smith.15). El propio Hitler había proclamado en su Mein Kampf que “El judío es y será siempre el parásito típico, un bicho, que, como un microbio nocivo, se propaga cada vez más, cuando se encuentra en condiciones adecuadas. Su acción vital se parece a la de los parásitos de la Naturaleza. El pueblo que le hospeda será exterminado con mayor o menor rapidez” (Hitler.185-186).

El primer discurso donde Fidel Castro menciona la palabra “gusano” corresponde al del día 2 de enero de 1961. Allí la repite nada menos que 23 veces. Su estrategia para entronizarla se hace evidente. Empeñado en representar el papel de David frente al Goliath norteamericano Castro debe reconocer no obstante la existencia de una resistencia interna pero insistiendo en su total dependencia del enemigo externo. “Ese enemigo poderoso dice Castro ha sido el encargado de “revolver la gusanera” aquí en nuestro país […]  Y los gusanos se han removido, los gusanos se han agitado”. La resistencia interna no sería una reacción de descontento ante el régimen sino el rezago de un pasado putrefacto porque “los gusanos no pueden vivir sino de la pudrición […] no podían vivir ni hacer de instrumentos del imperialismo, como no fuese en el mundo y en el medio corrompido en que vivía nuestro pueblo antes del día luminoso del 1ro de enero de 1959” (Castro. 2 de enero, 1961). Y si yo hablaba antes de un hallazgo es porque “gusano” al tiempo que difama al contrario retiene una suerte de desparpajo popular. Gracias a eso consigue entrar en el vocabulario corriente como una disyuntiva frente a la que cada cubano debía definirse. Una disyuntiva que se resume en este diálogo de la película Memorias del subdesarrollo: “Tú no eres revolucionario ni “gusano”. “¿Entonces qué soy?”. “Nada, tú no eres nada”. 
Fotograma de "Memorias del subdesrrollo"


Con el epíteto “gusano” se busca, además, reducir la complejidad de la oposición al castrismo —desde el latifundista hasta el revolucionario frustrado— a una imagen elemental y única. Según Klemperer el principio en que se basaban los insultos nazis era este: ¡Que tus oyentes no se planteen un pensamiento crítico, trátalo todo de manera simplista! Si hablaras de varios adversarios, alguien podría pensar que tú, el aislado, tal vez no tuvieras razón… Así pues, redúcelos a un común denominador, ponlos todos juntos en un paréntesis, establece un rasgo común entre ellos” (Klemperer.254) 

Cartel reciente contra la bloguera Yoani Sanchez
Tal fue la naturalización del vocablo “gusano” que en mi primer día en una universidad norteamericana, hace ya veinte años, al presentarme como cubano que vivía acá un estudiante latinoamericano me preguntó “Pero tú, ¿eres cubano o gusano?” Así, con el mismo aire curioso que si me preguntara si era de La Habana o de Santiago de Cuba. O para que el año pasado en un congreso español sobre cine histórico una ponente de la Universidad de Cádiz, precisamente al explicar otra película de Tomás Gutiérrez Alea, (Las doce sillas) dijera que “Esta obra se hace eco de las primeras medidas llevadas a cabo por los revolucionarios como las expropiaciones y sus consecuencias que cristalizaron en el éxodo masivo de amplios sectores de la oligarquía y burguesía cubanas a Miami que, desde aquella época y siempre, se les apodó de gusanos para significar su esencia corrupta y servil” (Pérez Murillo.617).

Pero con tal epíteto no se buscaba únicamente significar la “esencia corrupta y servil” de los así llamados “gusanos” sino también justificar su exterminio. Elías Canetti explica en su famoso libro Masa y poder que con la animalización del contrario el “detentador del poder además que degrada a los hombres hasta convertirlos en animales […] degrada a nivel de alimaña todo lo que no es apropiado para ser dominado, y finalmente lo extermina por millones” (Canetti.382). No sorprende que en un discurso Fidel Castro admita que “a los que no podamos convencer ni persuadir ni neutralizar, a los que nos combatan, a los que nos hagan la guerra sencillamente [deberemos] hacerles la guerra […] a los contrarrevolucionarios activos, como parásitos que son […] como gusanos que son […] como servidores del imperialismo que son [debemos] exterminarlos” (Castro.13 de marzo,1961).

No fue “gusanos” la única designación utilizada por el castrismo contra sus adversarios. Otra que ha tenido empleo extenso es la de “mercenario”, asociada desde 1961 a los miembros de la brigada 2506 derrotada en Playa Girón. Incluso antes que desembarcaran a lo largo de la bahía de Cochinos ya Fidel Castro había desarmado a los futuros invasores de cualquier objetivo autónomo llamándolos “mercenarios”. En un discurso del 4 de marzo de 1961, cuando todavía faltaba más de un mes para la proyectada invasión Castro repite 21 veces el vocablo. Como para asegurarse que penetrara en el léxico de su sistema de propaganda y a su vez en el de toda la nación. 

Y así fue. De la eficacia del vocablo da cuenta la manera en que se entronizó en el habla coloquial cubana. Al punto que en la conocida canción “Memorias” de un cantautor “contestatario” como Carlos Varela al tiempo que evoca la censura contra “los discos de los Beatles” añade, con aire alegre que “cambiamos mercenarios por compotas/ cuando Playa Girón” (Varela). El régimen consideró este término lo suficientemente eficaz como para que entrado el siglo XXI, ante la aparición de una nueva hornada de disidentes, volviera a endilgárselo como si una nueva invasión se tratara. Si esta vez el término no ha calado en el habla popular al menos justifica la insistencia de la prensa oficial en cuestionar las fuentes de financiamiento de los disidentes y presiona a estos a que den explicaciones sobre su financiamiento.

También está el caso de la expresión “bandidos del Escambray”, usada para calificar a las guerrillas rurales que enfrentaban al régimen cubano en los años sesenta. Fue una frase que al mismo tiempo cuestionaba la catadura moral de los rebeldes y reducía a fenómeno local lo que fue en su momento de mayor actividad una serie de levantamientos guerrilleros que abarcó todas las provincias del país. Aunque Fidel Castro hablara profusamente de “bandas contrarrevolucionarias” curiosamente el término “bandidos” fue poco usado por este para referirse a los que se rebelaban contra su régimen. Pero es obvio que el sistema de propaganda fue instruido al detalle de cómo debía manejarse ante ese fenómeno. De manera que la represión contra estas guerrillas campesinas fue conocida como Lucha Contra Bandidos y el esfuerzo por exterminarlas fue oficialmente bautizado como la “Limpia del Escambray”. Tal manipulación lingüística ha sido lo bastante exitosa como para que rara vez se use el término “guerrillas” para referirse a esta forma de resistencia ni siquiera entre los historiadores del exilio. En su afán de exterminarlos el régimen estaba consciente que el cerco y el aislamiento físico al que sometió a estos combatientes no estaría completo sin el correspondiente acoso lingüístico.

La imaginación mostrada por el régimen castrista para destruir a sus contrarios ha sido demasiado profusa para no pretender siquiera resumirla en esta ponencia. Sin embargo, no quisiera cerrar este recuento sin referirme a otro epíteto que marcó época en la Historia cubana. Me refiero a “escoria”. Su uso se circunscribe especialmente al año 1980 y a los sucesos que desembocaron en la crisis de la embajada del Perú en el que casi 11 mil personas buscaron refugio en la sede diplomática peruana en La Habana y al posterior éxodo por el puerto del Mariel de más de 125 mil cubanos hacia los Estados Unidos. Una palabra hasta entonces extraña al habla cubana aparecía indisociable de aquellos sucesos. 
 No fue Fidel Castro el primero en pronunciarla. Al menos no en sus discursos. La menciona el 1ro de mayo de ese año cuando la crisis llevaba un mes de iniciada y ya era el término oficial usado por la prensa para aludir a los que intentaban escapar. En esta ocasión, al parecer, el régimen prefirió que dicha palabra pareciera surgir del propio pueblo, un clamor popular que era en realidad el muñeco del ventrílocuo. Hasta donde he podido investigar la primera mención que aparece en el órgano oficial del partido Comunista de Cuba, el diario Granma, es el 7 de abril, a una semana exacta de la entrada en la embajada de los primeros solicitantes de asilo en un editorial titulado “La posición de Cuba”. El objetivo de este es presentar a los refugiados como antisociales (haciendo énfasis especialmente en la condición homosexual de “no pocos de ellos”), seres que no merecían ser protegidos por ninguna ley de asilo político. Dice el editorial:

Como dijo Fidel en la clausura del último Congreso de la Federación de Mujeres Cubanas, la histórica empresa de hacer una revolución y construir el socialismo es absolutamente voluntaria y libre. Aunque en nuestro país no se persigue ni hostiga a los homosexuales, entre los que se alojaron en el patio de la embajada peruana había no pocos de ellos, amén de aficionados al juego y a las drogas que no encuentran aquí fácil oportunidad para sus vicios (“La posición de Cuba”)

Luego el editorial exhibe sus dotes telepáticas: “Nuestro pueblo trabajador piensa unánimemente: “¡Que se vayan los vagos! ¡Que se vayan los antisociales! ¡Que se vayan los lumpens! ¡Que se vayan los delincuentes! ¡Que se vaya la escoria!” (“La posición de Cuba”). Difícil suponer que tal palabra apareciera espontáneamente en boca del pueblo. Sobre todo si se piensa que este ya disponía de otros términos como el de “gusano” que también se usó profusamente en aquellos días. Pero el régimen tenía buenas razones para poner a circular otro apelativo. Si se atiende a la lógica con la que se presentó la palabra “gusano” su recuperación dos décadas resultaba embarazosa para el régimen. ¿Acaso los gusanos no anidaban en la podredumbre? Llamarles gusanos en 1980 equivalía a reconocer que la llamada revolución producía su propia putrefacción. De ahí que el término “escoria” pareciera más apropiado. El residuo que sobrenada en los hornos al fundir los metales parecerá demasiado rebuscado como invención popular pero conveniente para presentar a los refugiados como el deshecho de la forja de una nueva sociedad. Esa era la imagen que trataba de ofrecer de sí mismo un régimen que quería convertir la fuga masiva de sus ciudadanos en expulsión de desechos. No por gusto un artículo que publicara en aquellos días el entonces viceministro de relaciones exteriores cubano Ricardo Alarcón se titulaba “El acero y la escoria” (Alarcón). 

“Escoria” fue el epíteto obligatorio para definir a aquellos que escaparon en el ochenta. Tanto como para que en la prensa cubana aparecieran titulares como este: “Declara Alto Comisionado de ONU que la escoria que ha ido a EEUU no son refugiados porque no son perseguidos políticos” (Armendariz.6). Todavía hoy se asocia automáticamente aquel éxodo a la palabra “escoria”. El escritor Juan Abreu, miembro insigne de aquella generación, recuerda cómo en Barcelona, al mencionar el año de su partida un joven recién salido de Cuba le comentó: “Así que tú eras parte de la escoria”. Abreu aclara que “la palabra fue pronunciada a la ligera, sin intención peyorativa. Todo lo contrario, sonó como una burla a la forma en que el régimen cubano calificó a los ‘marielitos’” (Abreu.10). Y sin embargo Abreu no deja de traslucir una incomodidad que resuelve invocando a algunos hoy muertos ilustres que en aquellos días llamaban “escoria”. En primer lugar a Reinaldo Arenas “esa escoria cubana” de quien Abreu se precia de “haber sido amigo”. Arenas le basta a Abreu para reconciliarlo con su “país, que lo dio a él, en una época llena de cobardes, delatores, oportunistas y canallas” (11). Y Abreu también piensa en otros escritores como Roberto Valero, Guillermo Rosales o en el artista Carlos Alfonzo. Y al invocar aquella noche a sus muertos Abreu confiesa: “Volví a ser lo que más soy, un marielito, una escoria. Es decir, una forma de ser transgresor, marginal, según lo veo. Un hombre orgulloso de venir de donde viene. Alguien feliz de haber nacido en el mismo lugar que estos amigos que acabo de recordar. De esta gente que sabía que uno no puede venderse en lo fundamental, ni claudicar en lo fundamental. Yo no creo en Dios y, sin embargo, alzo los ojos a este cielo pastoso e imploro por ellos, con humildad llena de vida y de peligro: “Por favor, no olvides a la escoria” (14).   

No estoy seguro que la manera más recomendable de lidiar con la lengua del castrismo, una lengua creada para controlar nuestras emociones y pensamientos, sea la de Abreu: esa prestidigitación con que convierte un insulto en motivo de orgullo. Después de todo Abreu es un poeta, condición que casi ninguno de nosotros comparte. Y no lo digo porque Abreu literalmente escriba poesía sino por la especial atención y uso que hace del vocabulario heredado. Pero podríamos imitarlo al menos en esa atención e intención máximas con que hace uso de una lengua que fue creada para dominarnos.



Bibliografía

Alarcón de Quesada, Ricardo. “El acero y la escoria”. Granma, 13 de mayo, 1980, p. 6.

Armendariz, Jorge. “Declara Alto Comisionado de ONU que la escoria que ha ido a EEUU no son refugiados porque no son perseguidos políticos”. Granma, 17 de junio, 1980, p. 6.

“La posicion de Cuba”. (Editorial). Granma, 7 de abril, 1980, p.1.

Castro. Fidel. “Discurso pronunciado en el desfile efectuado en la Plaza Cívica, el 2 de enero de 1961”. http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1961/esp/f020161e.html

---------------. “Discurso pronunciado en el acto de recordación  a los Mártires del Asalto al Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1957, celebrado en la Escalinata de la Universidad de La Habana, el 13 de marzo de 1961”. http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1961/esp/f130361e.html

Gessen, Masha. El futuro es historia. Rusia y el regreso del totalitarismo. Madrid: Turner Publicaciones SL, 2018.

Hitler, Adolf. Mi lucha. file:///C:/Users/enris/Downloads/Adolf%20Hitler-Mi%20Lucha(1).pdf

Klamperer, Victor. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo. Barcelona: Editorial Minúscula, 2012.

Perez Murillo, María Dolores. La Revolución Cubana filmada por Tomás Gutiérrez Alea. https://e-archivo.uc3m.es/bitstream/handle/10016/24789/Revolucion_Perez_CIHC_2017.pdf

Smith, David Livingstone. Less than human : why we demean, enslave, and exterminate others. New York: St Martin Press, 2011.

Varela, Carlos. https://www.letras.com/carlos-varela/1266095/

Sunday, February 10, 2019

William Walker y el síndrome de abstinencia


William Walker (Brady/ Wikimedia Commons)

Por Enrisco 
 
No fue el venezolano Narciso López el último conquistador de bolsillo que zarpó de puertos norteamericanos a la caza de nuevas tierras del sur, allí donde el café cuelga de las matas y el subjuntivo crece silvestre. No. Luego de la anexión de Texas y el galante despojo de la mitad de México cualquier cosa parecía posible. Como que un nativo de Nashville, Tennessee, se declarara presidente de Nicaragua.
Ese fue William Walker. Nacido en 1824 de inmigrante inglés y americana, el precoz Walker se graduó en la universidad a los 14 años. Luego estudió medicina y leyes pero se le daba mejor causar (y recibir) heridas y violar las leyes. Probó suerte en el Oeste. En San Francisco tuvo éxito como periodista: tres veces lo retaron a duelo y fue herido en dos. En el Wild West lo de “la letra con sangre entra” podía ser demasiado literal. Buscando un oficio menos peligroso que el periodismo Walker probó con el de invasor de países.
Tuvo suerte. Corría la moda del “filibusterismo” que consistía en apoderarse de territorios en Latinoamérica y convertirlos en estados esclavistas. Algo había que hacer para conservar una tradición que tantas satisfacciones les había dado… a los dueños de esclavos.
En 1853 Walker desembarcó con 45 hombres en el norte de México, y al primer pueblito que encontró lo proclamó capital de la República de Baja California que se acababa de inventar. Luego le cambió el nombre por el de República de Sonora. Tres meses después, al ver que el gobierno mexicano no estaba dispuesto a que siguiera cambiándole el nombre a su flamante república (por el de República de Medio México, por ejemplo) Walker regresó a los Estados Unidos. Allí fue severamente juzgado por violar las leyes de neutralidad… y absuelto en ocho minutos.
Poco después, y como para ampliar los conocimientos geográficos de Walker, en los periódicos norteamericanos empezó a hablarse de Nicaragua. Sucedía que el magnate neoyorquino Cornelius Vanderbilt quería construir un canal interoceánico a través de Nicaragua. Solo que una guerra civil entre liberales y conservadores nicaragüenses estaba resultando pésima para hacer negocios allá. Y en plena guerra los liberales nicas tuvieron la brillante idea de pedirle ayuda a Walker.
Con el apoyo de Vanderbilt, Walker desembarcó en Nicaragua en junio de 1855. Ganó y perdió batallas hasta que en octubre tomó el control del país. Ya Walker iba a entregarle el poder a sus aliados liberales pero, pensándoselo mejor, se proclamó presidente del país. Buscando apoyo de los esclavistas del sur, reinstituyó la esclavitud en Nicaragua, abolida hacía más de treinta años. Y como al parecer a Walker le costaba conjugar el subjuntivo en español declaró el inglés la lengua oficial. Su gobierno llegó a ser reconocido por el de los Estados Unidos en mayo de 1856. Pero en medio de su entusiasmo Walker cometió un grave error: darle la espalda a su protector neoyorquino, Vanderbilt.
Sintiéndose traicionado Vanderbilt pagó una coalición de fuerzas centroamericanas para que sacaran a Walker del poder. Eso lo consiguieron en mayo de 1857. De vuelta a su país Walker fue recibido como un héroe en Nueva York. No obstante, ante la disyuntiva de pasarse la vida recordando en los bares de Manhattan sus tiempos de presidente nicaragüense Walker decidió ir a recuperar el puesto. En una de sus intentonas fue interceptado y devuelto a los Estados Unidos. En otra fue entregado a las autoridades hondureñas que decidieron curarle el síndrome de abstinencia de riesgo y poder del modo más radical posible: fusilándolo. Y así, tras intenso tratamiento con plomo, el alma aventurera de William Walker fue liberada de su cuerpo el 12 de septiembre de 1860. Un bonito ejemplo a seguir. El de los hondureños, digo.

Tuesday, January 22, 2019

El general y la tuerca


Por Enrisco
Grabado representando desembarco de López en Matanzas
Una vez que el general venezolano Narciso López diseñó una bandera para Cuba faltaba buscar la forma de irla a plantar allá. Como luego hicieron los norteamericanos con la Luna. Y soltar una frasecita como “Un pequeño paso para el hombre y un gran paso para la cubanidad”. Algo así. Narciso dedicado a organizar expediciones y el gobierno norteamericano a desorganizárselas. Que no estaba bien buscarse la enemistad con el gobierno español… de momento. Así que a la segunda expedición abortada Narciso decidió cambiar de aires, irse de Nueva York y probar suerte en el Sur. En Nueva Orleans más exactamente. Allá verían con mejores ojos la idea de apoderarse de una isla repleta de esclavos.
Allá no encontró a muchos cubanos dispuestos a liberar su isla del dominio español… para enseguida convertirla en un estado más de los Estados Unidos. Pero no era problema mayor si conseguía dinero para pagar mercenarios de Mississippi o Luisiana. O prometerles la Luna, como hicieron luego con Neil Armstrong. De los 610 expedicionarios que salieron de Nueva Orleans hacia Cuba el 7 de mayo de 1850 solo cinco eran cubanos.
Por Nueva York Narciso había dejado un grupo de partidarios que le daban todo su apoyo moral: entre ellos el poeta Miguel Teurbe Tolón, el novelista Cirilo Villaverde y periodistas y hombres de negocios norteamericanos que esperaban ansiosos el desenlace de la empresa. Ya el 11 de mayo no pudieron más y cuando todavía estaban en camino el periódico The Sun dio noticia de la expedición y colgó una bandera cubana en el exterior de su edificio, en el número 89 de la calle Fulton. Así iniciaban una respetable tradición cubana: la de celebrar por anticipado eventos que no llegarían a ninguna parte.Caricatura del general venezolano Narciso López. Litografía de John L. Magee. Al pie reza en inglés: “¡Bueno! No hemos revolucionado Cuba, pero hemos conseguido lo que perseguíamos. Mis camaradas venían buscando gloria, y yo buscando cash. Yo he conseguido el dinero y ellos la gloria, así que supongo que todos estamos satisfechos. Ahora voy de vuelta para los Estados Unidos. No soporto vivir bajo el despotismo militar”.   
Aun así las autoridades españolas se las arreglaron para ser tomadas por sorpresa por la expedición que desembarcó el 19 de mayo en la ciudad de Cárdenas. Allí Narciso y sus hombres derrotaron a los españoles, plantaron por primera vez la bandera en su territorio correspondiente y, ante la falta de entusiasmo local, volvieron a montarse en el vapor “Creole” y se fueron.
Como expedición militar no sería gran cosa pero como declaración de principios fue tremenda. En Nueva York los exiliados, alborotados, desfilaron por las calles con la bandera recién estrenada convencidos de que el próximo intento sería el definitivo.
López, hombre de palabra, reunió dinero, armas y hombres y siguió organizando expediciones. Finalmente logró formar una que reunía a más de medio millar de expedicionarios en su mayoría norteamericanos, húngaros, alemanes y de otros países europeos aunque esta vez López pudo incorporar varios venezolanos, españoles, más de treinta cubanos y un boricua. Tan buena fue la publicidad de Narciso que llegó el momento en que tuvo que bajar gente del “Pampero” porque le sobraba. Por ahí debe andar el origen de los cruceros al Caribe.
El 12 de agosto de 1851 el “Pampero” desembarcó en la costa norte de Pinar del Río pero tras varios combates la práctica totalidad de los expedicionarios cayeron muertos o presos. El general López también fue apresado y el 31 de agosto lo condujeron a La Habana para ejecutarlo al día siguiente en el garrote vil (ese dispositivo con una tuerca inmensa que se usaba para partirle el cuello a los condenados). Dicen que antes de morir el diseñador de la bandera cubana exclamó “Mi muerte no cambiará los destinos de Cuba”. Fue su manera de decir: “Una pequeña vuelta de tuerca para Narciso, un gran salto para la eternidad”.
Caricatura del general venezolano Narciso López. Litografía de John L. Magee. Al pie reza en inglés: “¡Bueno! No hemos revolucionado Cuba, pero hemos conseguido lo que perseguíamos. Mis camaradas venían buscando gloria, y yo buscando cash. Yo he conseguido el dinero y ellos la gloria, así que supongo que todos estamos satisfechos. Ahora voy de vuelta para los Estados Unidos. No soporto vivir bajo el despotismo militar”

Thursday, January 10, 2019

"Aportaciones del totalitarismo caribeño"

Reseña que acaba de aparecer en la española Revista de Libros:


La posibilidad del crimen

Por José Lasaga Medina



El totalitarismo no ha creado el mal,
apenas lo ha organizado como nunca
antes.

Enrique Del Risco

Después de la devoción de un lector, el odio de una dictadura es el mejor
premio a que puede aspirar un poeta.

Manuel Díaz Martínez

Un título descriptivo para este libro podría ser: «Textos sobre las aportaciones del totalitarismo caribeño al control social de especies intelectuales y afines». El autor, con buen criterio, ha preferido titular con una imagen alusiva, inspirada en una cita del narrador cubano Leonardo Padura que aparece al comienzo del libro como motto del mismo.
Si traducimos el eufemismo, surgirá diáfano el tema y motivo de la presente antología: «el compañero que me atiende» es el «seguroso» (magnífico hallazgo verbal), es decir, el oficial de la Seguridad del Estado encargado de vigilar, escuchar, observar, en definitiva, «atender» al escritor, artista, poeta, periodista, de forma que sepa que es sometido a «cuidados» tan solícitos como intimidatorios, para que no cometa «errores» o desviaciones respecto de la «verdad» revolucionaria. La aportación que el castrismo ha hecho a los hitos precedentes en las relaciones de los Estados totalitarios con sus intelectuales reside en que, antes, el intelectual era perseguido cuando había escrito o declarado algo considerado por el poder peligroso o nocivo; en Cuba, como queda bien acreditado en muchas de las entradas de la antología, los agentes de seguridad se preocupan antes de que haya algún dato objetivo sobre posibles desviaciones, disidencias o desafecciones. En otras palabras, se dedican a vigilar para interesarse por lo que leen, escriben, pintan o componen; o solicitar su colaboración ‒prueba de que está con «nosotros»‒ para espiar a otros colegas, a «compañeros» que no habrían hecho nada, y que aún mantendrían intacta su fe en el proyecto revolucionario o que, en el peor de los casos, se moverían en la zona templada.
Eso explica un dato que, a buen seguro, chocará al lector: muchos de quienes merecieron la atención del «seguroso» de turno recibieron o recibirían premios de las instituciones culturales de la revolución. Así, los cuerpos de seguridad del Estado se parecían más al confesor de adolescentes que, en el silencio del confesionario ‒inevitable no recordar que los hermanos Castro se educaron con jesuitas‒, pregunta con discreción, pero con firmeza, sobre prácticas prohibidas, que a la imagen del sudoroso «poli» que berrea preguntas en el cuarto inhóspito al aterrado ciudadano. Pero de todo hallará el lector.
Hay que agradecer al autor de la antología, el escritor exiliado Enrique Del Risco (autor, entre otras obras, de unas memorias sobre su paso por Madrid inexplicablemente amables y generosas ‒tampoco nos portamos tan bien‒), hay que agradecerle, decía, además de la existencia de este centón de textos, casi sesenta colaboraciones (cincuenta y siete, para ser exactos), que le haya antepuesto un prólogo tan breve y penetrante como sustancioso.
Comienza por aclarar que esta antología inaugura un nuevo género literario, que denomina «totalitario policiaco», que, por razones fáciles de entender, se basa en un tipo de experiencias que «demoró bastante en convertirse en literatura». A diferencia de ciertos libros que hablan de esto mismo, como los relatos de Kafka o 1984 de Orwell, aquí el camino es el inverso: si estos fueron de la ficción a la realidad, los autores de la antología van de la realidad a la ficción. La coincidencia con los héroes virtuales de las obras mencionadas reside en que los protagonistas de los relatos, poemas, informes o cuentos aquí recogidos tampoco saben muy bien por qué merecen las atenciones del MinInt (abreviatura del Ministerio del Interior). Como dice el antólogo, «no persiguen el crimen, sino su posibilidad», lo cual viene a ser, si se para uno a pensarlo, una especie de monstruo metafísico: lo posible no existe. De ahí la extraña síntesis kafkiano-caribeña: el escritor de turno sabe sobre los motivos por los que es «atendido» tanto como el protagonista de El proceso, pero recibe una calurosa advertencia en un lenguaje tan coloquial como eufemístico. Hablamos de nuevos refinamientos en viejos mecanismos de terror: el advertido o detenido no tiene que conocer su (posible) crimen, y sus compañeros y familiares, menos aún. En el fondo, tratan de convencerte de que no eres culpable, al menos no demasiado, explica Del Risco, resumiendo algunas de las experiencias en que coinciden los relatos: el Estado o la Revolución confían en ti, conocen tus pasos y son comprensivos con tus faltas. Quieren tu ayuda. Y, de vez en cuando, el «compañero» intenta comprometer al pupilo o pupila con alguna tarea sencilla para comprobar su grado de fidelidad a la Revolución, es decir, a Fidel.
Alguien podría extrañarse de que escritores jóvenes, educados en los principios de la filosofía marxista-leninista, anticapitalistas convencidos y algunos antiyanquis, sean vigilados y presionados para colaborar. Pero hay una explicación lógica y convincente que fue ya descubierta por Hannah Arendt en su clásico estudio Los orígenes del totalitarismo (1951) y confirmada por el comportamiento de las policías de seguridad con los disidentes en los países de Europa del Este en la crisis de los años ochenta. Václav Havel, entre otros, teorizó desde la cárcel que, cuando una dictadura se basa en la ideología, es decir, en la deformación sistemática de la realidad para que ésta encaje, sí o sí, en el ideal, el simple hecho de declarar la verdad se convierte en un auténtico ataque al corazón del Estado. En el fondo, saben lo que se hacen.
Del Risco escribe su prólogo con el estilo que va a predominar a lo largo de la antología, estilo que puede nombrarse con una palabra: ironía. Me ha llamado la atención el hecho de que la mayoría de las descripciones no incluyan emociones de odio o resentimiento. Coinciden muchas en la perspectiva oblicua que ve en el humor la mejor arma contra la estupidez totalitaria. (Alguna vez, alguien se dedicará a estudiar el rebajamiento ético, estético e intelectual que todo proceso revolucionario termina generando). Así, el autor de la antología no duda en agradecer a los cuerpos de seguridad de la revolución cubana su aportación a la literatura. A la monotonía y uniformidad del acoso, a las formas estandarizadas de «atención» al compañero, que admite muy pocas variantes, corresponde una notable diversidad en las formas literarias que describen la experiencia, y que van desde el informe o las memorias al relato de ciencia ficción, pasando por el poema o la obra de teatro. Un ejemplo magnífico de esa ironía, que pocas veces se desliza hacia el sarcasmo, lo tenemos en las líneas iniciales del texto de Verónica Pérez Kónina, «Carta de agradecimiento a los censores», texto escrito expresamente para esta antología, cosa no infrecuente: «Debo confesar que mis mayores agradecimientos los guardo para los censores. Sin ese Ejército Secreto, ¿quiénes seríamos nosotros, los que aspirábamos y aspiramos a ser escritores? ¿Quiénes sino ellos se habrían leído nuestras primeras obras, tan imperfectas, tan ilegibles? ¿Quién hubiera seguido con tanta atención todo lo que escribíamos? ¿Quién otro podría haberle dado ese aire de azarosa aventura al oficio de escribir?»
Con la precisión que ya hemos elogiado, Del Risco capta la nota de originalidad que caracteriza el programa de represión castrista: «esa mezcla entre una vigilancia y control eficaces con la chapucería inherente al sistema en su conjunto», que se manifiesta en «la opulencia de la represión», en «su absurdo inagotable», de los que hallará el lector abundantes ejemplos. Menciono uno: la historia del escritor exiliado que decide regresar a Cuba para rodar clandestinamente una película que refleje la realidad de la vida cotidiana. La pone en marcha en un apartado rincón de un pueblo perdido. La filmación no escapa a la mirada de algún chivato y el escritor recibe una citación. Se presenta ante el jefe de seguridad, al que convence de que, si no le permite terminar una filmación que pretende ensalzar «la belleza de la cultura cubana», cuando vuelva a París contando que les impidieron filmar, dará la impresión de «que vivimos en un terror completo». El jefe de la Seguridad responde con una sonrisa maliciosa: «Necesitamos gente como usted allá afuera. Gente que se codee con las altas esferas de la sociedad para saber qué planes tienen en contra de nuestra Revolución». Y le pasa una pequeña tarjeta con el número del agente Vladimir.
La antología cubre el medio siglo largo de vida de la dictadura castrista. Organizada cronológicamente, se divide en una primera sección más breve que abarca los primeros veinte años, de 1959 a 1979, a la que siguen los apartados dedicados a las siguientes décadas, los años ochenta y los noventa y una última sección, quizá la más poblada, que reúne los textos que tienen lugar «Después del dos mil». Del Risco invitó a colaborar expresamente a los participantes, lo que exigía que estuvieran vivos para dar su consentimiento. Algunos de los textos han sido expresamente escritos para la ocasión y se identifican como tales. Otros habían sido ya publicados o proceden de manuscritos inéditos. Al final de los textos, el lector encontrará un breve currículo profesional de cada colaborador. El más viejo, nacido en 1936, es el poeta Manuel Díaz Martínez y, la más joven, la también poeta y novelista Legna Rodríguez Iglesias, nacida en 1984. Ambos fueron premiados por instituciones de la revolución cubana y ambos viven actualmente en el exilio y. por supuesto, ambos recibieron la visita del «seguroso compañero».
Este libro es muchas cosas, entre otras, una magnífica antología literaria, pero también una radiografía de los instrumentos de represión que la Revolución fue dándose a sí misma conforme cambiaban los tiempos. Después de que esta se afianzara y no fuera ya necesario aplicar la dialéctica «amigo/enemigo» porque los enemigos, bien estaban muertos, bien se habían exiliado, llegaron la ley de peligrosidad, la ley contra la vagancia y sus complementarios «espontáneos», tales como los actos de repudio o los «asesinatos de reputación». Más adelante se depuraron los procedimientos, especialmente los de tipo preventivo. Existía ‒y seguramente aún está en vigor‒ un procedimiento por el cual, si no te mostrabas colaborador con el «compañero que te atendía» te llevaban detenido y te «invitaban» a firmar un Acta de Advertencia oficial por la que el «atendido» se autoincrimina al reconocer que se halla en un estado de «peligrosidad predelictiva” (sic). Pero no es una broma. Si el estado «predelictivo» ‒de nuevo el monstruo metafísico: el delito no existe, pero sí tiene consecuencias‒ se sostiene en el tiempo, a juicio de los vigilantes, tenemos que tres actas equivalen a peligrosidad y esto a tres años de cárcel sin juicio.
No me corresponde recomendar unos relatos frente a otros. Sorprende el excelente nivel literario que alcanza la inmensa mayoría. Me parece un acierto comenzar con un ensayo que reconstruye el famoso «caso Padilla» a partir del testimonio de uno de sus protagonistas, el novelista chileno Jorge Edwards, autor de Persona non grata. Fue la primera puesta en escena de que la Revolución iba a tolerar pocas cosas, a pesar de haberse envuelto desde el primer momento en las banderas de la cultura y la creación. Faltaba hacer explícito lo implícito, que los más avisados sí intuyeron: una obra pasará la aduana si y sólo si sirve a los intereses de la Revolución, es decir, a los de Fidel (los hermanos Castro). De esas primeras experiencias se decantaron ciertas sabidurías: un amigo advierte a Edwards durante su primer viaje a La Habana para abrir la embajada de Chile, por encargo de su amigo Salvador Allende: «Habla bajo. ¡La policía se mete en todo!» Y el cronista concluye: «De manera que el micrófono ‒incluso el que deviene mental‒ ha quedado para nuestra historia nacional como ese punto diminuto que favorece la relación de poder que va del tirano hasta el poeta, penetrándolo, para luego domarlo o expulsarlo».
No me resisto a citar el relato ‒por cierto, el más breve‒ que mejor refleja el espíritu de resistencia que los autores de este libro comparten en defensa de su libertad de escribir, pensar y actuar. Se titula «Hasta que la delación te alcance»:
El delator del cual hablamos [...] se sentó frente a Olmo y le dijo:
‒ Te voy a delatar.
Olmo amaba la rectitud de la gente. Y la transparencia de alma en la gente. Y la resolución en los ojos de la gente. «Un delator honrado», se dijo Olmo con las pupilas húmedas. Y lo abrazó, lo abrazó como no abrazaba a nadie en muchísimo tiempo.
Y como el universo totalitario basado en la ideología es el mundo del revés, a mayor inverosimilitud en los hechos relatados, mayor veracidad de la ficción.

José Lasaga Medina es catedrático de Filosofía de enseñanza media, profesor de Filosofía en la UNED y profesor investigador en la Fundación José Ortega y Gasset. Ha sido comisario de la exposición El Madrid de José Ortega y Gasset (Residencia de Estudiantes y Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, mayo de 2006).  Es autor de José Ortega y Gasset (1883-1955). Vida y filosofía (Madrid, Biblioteca Nueva, 2003) y Figuras de la vida buena. Ensayo sobre las ideas morales de Ortega y Gasset (Madrid, Enigma, 2006), y editor de Ortega en pasado y en futuro. Medio siglo después (Madrid, Biblioteca Nueva, 2007).