Wednesday, January 24, 2018

Un Martí poco conocido (I)

Ante la cercanía del 165 aniversario del natalicio de José Martí el blog de la AHCE se complace en presentar esta serie de artículos escritos por el doctor Alejandro González Acosta sobre facetas poco conocidas del más admirable de los cubanos:

Un Martí poco conocido (I)
Alejandro González Acosta

Aunque todo cubano siente a José Martí como cosa propia y parte de su más profunda constitución nacional y personal, en realidad no son muchos los que realmente lo conocen con profundidad. Por eso tenía mucha razón José Lezama Lima cuando pronunció la conferencia más breve de la historia literaria cubana en la entonces Revista Cuba Internacional, ubicada en la esquina de la calle Lealtad y Calzada de Reina, antigua residencia, del mejor art nouveau cubano, de los jaboneros Crusellas. Invitado por algunos jóvenes periodistas para hablar en un aniversario del Apóstol, dijo: “Buenas tardes: Martí es un enigma que siempre nos acompaña a todas partes… Muchas gracias”. Y se fue.
Para empezar, abundan las citas erróneas de Martí, lo cual además reviste el riesgo de tomarlo equivocadamente al pie de la letra. Por ejemplo, con el mayor aplomo y sin la menor vacilación, muchos cubanos apoyan la sustracción de libros porque “Martí dijo que robar libros no es robar”, lo cual constituye una interpretación muy personal y laxa de un aforismo martiano: “Los libros son cultura y la cultura es patrimonio del pueblo”. De esto, a robar, va un largo trecho.
Otro dislate frecuente, que tiene hasta consecuencias siniestras, es el famoso “nuestro vino de plátano es amargo, pero es nuestro vino”. En realidad, lo que Martí dijo en su ensayo Nuestra América, fue: “Nuestro vino, de plátano, y si sale agrio, es nuestro vino”, lo cual implica que no necesariamente nuestro vino tenga que ser agrio (así lo subrayo), y tampoco que a pesar de su amargura haya que beberlo por ser nuestro, como un ejercicio de patriótico purgante masoquista.
Y hasta en una película canónica como es “La rosa blanca” (Cuba-México, 1954, Emilio “El Indio” Fernández – Iñigo de Martino), asesorada por estudiosos serios de Martí como Emeterio Santovenia y Féliz Lizazo, y con guion de Mauricio Magdaleno (autor de un libro valioso sobre el héroe, Fulgor de Martí), se deslizó otro punto muy debatido, precisamente con el poema que le da nombre al filme:
Y para el cruel que me arranca el corazón con que vivo, cardo ni oruga cultivo, cultivo una rosa blanca”. En realidad (es cierto que así lo escribió el autor), lo que casi seguramente quiso decir Martí -como sagazmente conjetura el gran Carlos Ripoll, quizá su mejor estudioso contemporáneo- a partir de sus ecos bíblicos y “su lograda aliteración” (además de la presumible imposibilidad de revisar las pruebas de impresión, por su momentáneo distanciamiento con el generoso editor, Enrique Trujillo), fue “cardo ni ortiga cultivo”, pues es de difícil aceptación que haya pensado en un gusano o una larva para ocupar su nívea flor de la amistad, sino en una planta espinosa común en Aragón (según se ha llegado a proponer). La lectura que razonablemente sugiere Ripoll y yo asumo, es ortiga no “oruga”. Probablemente la escritura rápida de un febril Martí apresurado por las urgencias de la imprenta, no trazó muy nítidamente los rasgos de la “t” y la “i” y ambas se “empastaron” como una “u” ante los cansados ojos del linotipista…
Pocos recuerdan, a partir del testimonio directo de quienes lo trataron y escucharon (Blanche Zacharie de Baralt, Gonzalo de Quesada, Fermín Valdés Domínguez), que José Martí, considerado el cubano por excelencia… hablaba con una marcada entonación hispana. Ceceaba castizamente, y esto era lógico si tenemos presente no sólo que era hijo de españoles (el padre, valenciano, con un fuerte acento palatal, y la madre, canaria, quizá con una más leve pronunciación isleña, más próxima a la cubana), pero además vive en España durante dos etapas fundamentales y formativas: en la primera, siendo muy  niño y cuando comenzó a hablar, en la paterna Valencia; y luego, en la cual se presume haber sido becado por el gobierno español, en las universidades de Madrid y Zaragoza, “donde abrió su corola la poca flor de mi vida”, como confesó delicada y pícaramente, refiriéndose a lo que parece fue su primera experiencia sexual.
Otro rasgo de su personalidad de cubano atípico, es la casi inexistencia de algo que pudiera considerarse como humor en su obra y su vida. Martí era sumamente serio y solemne. Su buen amigo Fermín Valdés recuerda con cariñosa travesura la forma hasta algo dramática en que su joven amigo se enamoraba… Sus amores debían ser grandiosos, terribles y agónicos para ser tales. Siempre serio y tenso en sus imágenes, con las manos rígidamente apretadas, sólo aparece sonriendo levemente en una foto: cuando carga a su hijo en brazos.
Martí, siempre atildado y severo en las fotos para la posteridad, enfundado en su permanente traje oscuro, no fue realmente un modelo de cuidado personal para algunos de sus meticulosos contemporáneos. En un poema titulado “Al buen Pedro”, le ripostaba acremente a alguien que se atrevió a mencionarle andaba algo desaseado y con el pelo demasiado largo:
Dicen, buen Pedro, que de mí murmuras
porque tras mis orejas el cabello
en crespas ondas su caudal levanta:
¡Diles, bribón, que mientras tú en festines,
en rubios caldos y en fragantes pomas,
entre mancebas del astuto Norte,
de tus esclavos el sudor sangriento,
torcido en oro lánguido bebes, -Pensativo,
febril, pálido, grave,
mi pan rebano en solitaria mesa
pidiendo ¡oh triste! al aire sordo modo
de liberar de su infortunio al siervo
y de tu infamia a ti! Y en esos lances,
suéleme, Pedro, en la apretada bolsa
faltar la monedilla que reclama
con sus húmedas manos el barbero.

Martí, no hay que olvidarlo, a pesar de su constitución física endeble y su esencia poética, también tenía un carácter bastante fuerte. Algunas alusiones a partes íntimas de su cuerpo que ponía como testigos de su hombría ante una ofensa recibida de un malqueriente, son argumentos probatorios de su temperamento, y cuando cierto osado ignorante le exigió explicaciones de sus actos, la respuesta de él fue tan elegante como magnífica: “Quienes merecerían pedirme cuentas de mis acciones, no lo hacen; y quienes lo hacen, no las merecen”.
Los antiguos historiadores españoles (y algún cubano) más recalcitrantes, incluso en sus primeras referencias, aludían a él como “Pepe Ginebrita” (aunque varios estudiosos creen que esto era por su hijo José Francisco, el brigadier, según dicen algunos, algo aficionado a las bebidas fuertes), refiriéndose a su inclinación por este licor de alto contenido alcohólico. Otros aluden a su entusiasmo por el Vino de Coca Mariani (que después derivó hacia la hoy universalmente conocida y popular Coca Cola), elaborado con hojas de coca en una época cuando todavía era legal (lo bebían, entre otros, el Papa León XIII, la reina Victoria de Inglaterra y Thomas A. Edison), y hasta recomendó su consumo. Recordemos que Sigmund Freud empleó la cocaína en sus tratamientos, y dio el ejemplo consumiéndola él mismo ampliamente pocos años después.
Para recordarnos que Martí era un ser humano, doliente y sufriente como otro cualquiera, debemos tener presente que durante la mayor parte de su vida fue un hombre enfermo, quien, además, no dedicaba tiempo para cuidarse debidamente. Tuvo un padecimiento especialmente doloroso y muy íntimo: diagnosticado en su época como sarcocele (no confundir con la orquitis, que es de origen viral), hoy los especialistas precisan que debió tratarse de una hidrocele o varicocele, que implicaba entonces la extirpación del testículo, como prueban las operaciones a las que se sometió, el examen practicado durante su necropsia por el Dr. Pablo A. Valencia, y el testimonio del Dr. Joaquín Castillo Duany. Al parecer, según las investigaciones más recientes, este padecimiento no tuvo que ver con el roce de la cadena que se le colocó durante su prisión en las Canteras de San Lázaro durante su Presidio Político, pues no frotaba la parte afectada sino otras, en las que sí dejó hondas huellas (cintura y tobillo).
Además, padecía de una conjuntivitis crónica, que se acentuaba con una ptosis palpebral diestra (caída de párpado derecho). A esto se añadía una broncolaringitis persistente (aunque no fumaba regularmente), lo cual no le impedía subir velozmente las escaleras como un “hombre ardilla”, según lo llamó su amigo Enrique Trujillo.
No deja de llamar la atención que dejó muy pocas pertenencias materiales, aparte de sus numerosos escritos: un grillete que fue donado por Carmen Mantilla a Fulgencio Batista cuando los festejos por el Centenario en 1953, un revólver, un sencillo escritorio, un sombrero, un manojo de retratos y una “almohadilla de olor” bordada, obsequiada por “La Niña de Guatemala”, que estuvo durante muchos años en la Fragua Martiana, donde supongo debe estar aún. Algunas de estas piezas personales se reunieron en un precioso y muy raro libro: En honor del 100º Aniversario del Nacimiento de José Martí (1853-1953). Álbum conmemorativo sobre su vida y muerte, del Dr. Dallos H. J. (París, Imprenta Unión, 1951, con presentación del entonces Ministro de Educación cubano, Aureliano Sánchez Arango; Dallos hizo otro libro similar un par de años antes, sobre Simón Bolívar).
En realidad, el trazo material más poderoso y perdurable de Martí es de celulosa, y no de otras sustancias más macizas. Él es un cometa fugaz, con una breve e intensa existencia de 45 años, que deja atrás una cauda de papeles como huella de su paso. No hereda bienes, sino dones. Su legado es de papel, es decir, algo volátil, moral y no tangible. Paradójicamente, en él lo más endeble se hizo fuerte como el acero, al influjo de su verbo fundador.
Por eso mismo quizá el bien intencionado pero algo torpe Alfonso Reyes estuvo interesado para recuperar en 1955 (dos años después de las grandes celebraciones cubanas y continentales al Centenario del héroe) un pretendido “gabán de Martí”, cuando recibió la amistosa y sabia advertencia de su amigo dominicano (y casi cubano) Max Enríquez Ureña, quien le recomendó no se metiera en semejante embrollo pues “los cubanos son sumamente susceptibles con cualquier cosa que tenga que ver con su Martí”, en especial cuando “estimen poco discreto mezclar reiteradamente el nombre y el recuerdo de Martí con ardentías callejeras de perros en celo”.[1]



[1] Véase nuestro libro: Alfonso Reyes: Cartas a La Habana. Correspondencia de Alfonso Reyes con Max Henríquez Ureña, José Antonio Ramos y Jorge Mañach. México, UNAM-Coordinación de Humanidades, 1989. Colección Nueva Biblioteca Mexicana Nº 102. Edición Especial Conmemorativa por el Centenario del Nacimiento de Alfonso Reyes. En especial: páginas 77 a 86. También nuestro artículo: “El armario de Zenea y el gabán de Martí” en Diario de Cuba: www.diariodecuba.com

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